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El olfato se
define como el sentido químico encargado de detectar moléculas volátiles o
disueltas presentes en el ambiente, mediante receptores especializados
localizados en epitelios sensoriales. En los vertebrados, este sistema no se
organiza siempre de la misma manera: en peces y muchos tetrápodos con paladar
simple, la región olfativa se relaciona con sacos nasales o con una cavidad
buconasal, donde la cavidad nasal se comunica directamente con la boca
mediante las coanas. En cambio, en vertebrados con paladar secundario,
como mamíferos y cocodrilianos, la cavidad nasal queda más separada de la
cavidad oral, permitiendo una vía respiratoria superior más independiente.
Olfato buconasal
En vertebrados con cavidad
buconasal o con separación incompleta entre boca y nariz, los estímulos
químicos pueden llegar a los receptores desde la boca, desde el aire inspirado
o mediante estructuras auxiliares como la lengua. Allí pueden encontrarse
varios tejidos quimiorreceptores: el epitelio olfativo principal,
encargado del olfato general; el órgano vomeronasal u órgano de
Jacobson, especializado en feromonas y señales químicas sociales; y, en la
cavidad oral, los botones gustativos, que detectan sustancias disueltas
relacionadas con dulce, salado, ácido, amargo y umami. En muchos reptiles
escamosos, como serpientes del género Pantherophis o lagartos varánidos
como Varanus komodoensis, la lengua bífida recoge partículas
químicas del ambiente y las lleva al órgano vomeronasal, permitiendo rastrear
presas o congéneres con gran precisión.
Figura
1. [Figura:
Órgano vomeronasal en serpientes]. El órgano vomeronasal u órgano
de Jacobson es una estructura quimiosensorial especializada en detectar
señales químicas como feromonas. En serpientes y lagartos funciona junto
con la lengua bífida para rastrear presas o congéneres. En mamíferos
también regula conductas sociales y reproductivas. En humanos es generalmente rudimentario,
predominando el olfato principal y retronasal.
La sensibilidad de
estos tejidos varía mucho entre clados. En peces como Danio rerio, las
cavidades nasales suelen ser principalmente olfativas y no participan
directamente en la respiración pulmonar, pues el agua entra y sale por narinas
asociadas a sacos sensoriales. En anfibios como Rhinella marina, las
coanas conectan la cavidad nasal con la boca, de modo que la ventilación y la
alimentación comparten parte del espacio bucofaríngeo. En reptiles como Iguana
iguana, el olfato principal y el órgano vomeronasal pueden actuar de forma
complementaria. En serpientes, el sistema vomeronasal alcanza gran
especialización, mientras que en aves el órgano vomeronasal suele estar
reducido o ausente, y el olfato principal varía mucho según el grupo.
Olfato nasal
En vertebrados con cavidad
nasal independiente, el paladar secundario separa de manera más
clara la vía respiratoria de la vía alimentaria. En mamíferos como Canis
lupus familiaris, esta separación permite respirar mientras se mastica o se
manipula alimento, y favorece un sistema olfativo muy desarrollado, con
cornetes nasales que aumentan la superficie del epitelio olfativo. En Homo
sapiens, el órgano vomeronasal es rudimentario, por lo que la percepción
química depende sobre todo del epitelio olfativo principal y del olfato
retronasal: durante la masticación, los vapores del alimento ascienden
desde la boca hacia la cavidad nasal posterior, contribuyendo a lo que
comúnmente llamamos “sabor”. Así, el olfato vertebrado no es un sistema único y
uniforme, sino un conjunto de tejidos quimiosensoriales reorganizados según
respiración, alimentación, comunicación y ambiente.
Figura 2. El [olfato de los perros]
es extremadamente desarrollado gracias a sus cornetes nasales, amplia
superficie de epitelio olfativo y numerosos receptores. Su rinario
húmedo captura moléculas odorantes, y el órgano vomeronasal detecta
señales químicas sociales. Así, los perros reconocen rastros, individuos,
emociones, presas y sustancias, interpretando el mundo como un mapa químico.
Capsula nasal y senos paranasales
La cápsula nasal es el armazón
estructural cartilaginoso u óseo que rodea y protege el epitelio
olfativo y delimita el espacio interno del sistema nasal. En
vertebrados basales era predominantemente cartilaginosa; en mamíferos como Homo
sapiens está integrada en el complejo óseo del cráneo, especialmente
en el hueso etmoides, la lámina cribosa, el vómer y
el cartílago septal. Su función es sostener los tejidos sensoriales
y mantener la arquitectura interna donde circula el aire.
La cavidad nasal es el espacio interno
comprendido entre las narinas externas y las coanas.
Está revestida por epitelio respiratorio y, en regiones
específicas, por epitelio olfativo. En mamíferos presenta
estructuras laminares llamadas cornetes o conchas nasales, que
aumentan enormemente la superficie interna para la humidificación,
calentamiento y filtración del aire. En humanos estos cornetes están bien
desarrollados; en cánidos como Canis lupus familiaris son aún
más complejos, lo que mejora la eficiencia olfativa.
Figura 3. Los
[Senos
paranasales], como el seno maxilar, son cavidades llenas
de aire comunicadas con la cavidad nasal y revestidas por mucosa respiratoria.
Reducen el peso del cráneo, contribuyen a la resonancia vocal y
ayudan a humidificar, calentar y filtrar el aire. Su cercanía a dientes
superiores explica infecciones dentales asociadas y posibles casos de sinusitis.
Un epitelio es un tejido de
revestimiento compuesto por capas de células estrechamente unidas que
cubren superficies externas del cuerpo y tapizan cavidades
internas y conductos. Su función depende de su localización y de
sus adaptaciones estructurales: algunos epitelios son protectores,
como el epitelio estratificado queratinizado de la piel, que
forma una barrera córnea contra la desecación y el daño mecánico; otros
son glandulares, especializados en la secreción de
sustancias como moco, enzimas u hormonas; otros son absorbentes,
como el epitelio intestinal, optimizado para el intercambio de nutrientes; y
algunos son sensitivos, como el epitelio olfativo, que
contiene receptores capaces de detectar estímulos químicos. Así, el epitelio no
es un tejido uniforme, sino un sistema altamente diverso cuya forma y función
reflejan las exigencias del ambiente y del órgano donde se encuentra.
Los senos paranasales son cavidades
neumáticas excavadas dentro de ciertos huesos del cráneo —como el frontal,
maxilar y esfenoides en humanos— que se comunican con la cavidad nasal. Están
revestidos por mucosa respiratoria y cumplen funciones de reducción del
peso craneal, resonancia vocal y regulación térmica del
aire. No son estructuras primarias del plan vertebrado, sino expansiones
secundarias derivadas de la cavidad nasal, particularmente desarrolladas en
muchos mamíferos.
Los tabiques nasales dividen la cavidad
nasal en compartimentos. El principal es el tabique nasal medio,
compuesto por cartílago en la porción anterior y por el etmoides y el vómer en
la región posterior. Además, los cornetes actúan como subdivisiones internas
que generan turbulencia y aumentan la superficie mucosa. Estas estructuras
optimizan la eficiencia respiratoria y la percepción
olfativa, y su grado de complejidad varía según el linaje y la ecología.
La nariz propiamente dicha corresponde a la
porción externa visible del sistema nasal en mamíferos. En perros y otros
cánidos, la superficie externa —el rinario— es húmeda debido a
secreciones constantes de glándulas nasales y al lamido frecuente. Esta humedad
mejora la captura de moléculas odorantes, aumentando la
sensibilidad olfativa. En humanos, la superficie nasal externa está cubierta
por piel queratinizada relativamente seca; la humidificación ocurre
principalmente dentro de la cavidad nasal, no en el exterior.
Figura 4. [Fosas
nasales en los cetáceos]. En los cetáceos, las fosas nasales
migraron gradualmente desde el frente del cráneo hasta la parte superior,
formando el espiráculo. En Pakicetus eran anteriores; en Aetiocetus
estaban en posición media; y en belugas modernas son dorsales. Esta
transformación facilitó la respiración acuática y se asoció con cambios
craneales, comunicación acústica y ecolocalización.
En ballenas (orden Cetacea), la anatomía se modifica radicalmente: las
narinas se desplazan dorsalmente formando el espiráculo, la cavidad nasal se adapta a la respiración
aérea en medio acuático y se pierde la función olfativa en la mayoría de los
odontocetos, mientras que los misticetos conservan cierto grado de capacidad
olfativa. Así, aunque las estructuras básicas —cápsula, cavidad y aberturas
nasales— son homólogas entre mamíferos, su morfología y fisiología reflejan
adaptaciones profundas al ambiente terrestre, aéreo o acuático.
Epitelios nasales
Un epitelio
es un tejido de revestimiento formado por células estrechamente unidas que
cubren superficies externas o tapizan cavidades internas. En la región nasal de
los vertebrados no existe un solo epitelio, sino varios tejidos con funciones
distintas. El epitelio respiratorio calienta, humedece y filtra el aire,
mientras que los epitelios sensitivos nasales detectan moléculas
químicas del ambiente. Entre estos últimos, los dos sistemas principales son el
epitelio olfativo principal, encargado del olfato general, y el órgano
vomeronasal u órgano de Jacobson, especializado en señales químicas
sociales, reproductivas o territoriales. En algunos vertebrados también existen
sistemas accesorios, como el órgano septal de Masera y el ganglio de
Grueneberg en ciertos mamíferos, aunque no son universales. Además, la
mucosa nasal posee terminaciones del nervio trigémino, que detectan
irritantes como amoníaco, humo, mentol o picante, pero este sistema no se
considera olfato propiamente dicho.
El epitelio
olfativo principal contiene neuronas sensoriales cuyos cilios quedan
bañados por moco. Las moléculas olorosas, llamadas odorantes, se
disuelven en ese moco y se unen a receptores olfativos de membrana, que
en su mayoría son receptores acoplados a proteína G. Estos receptores no
funcionan como una llave única para una cerradura única, sino mediante codificación
combinatoria: una molécula puede activar varios receptores, y un receptor
puede responder a varias moléculas relacionadas. Por eso olores complejos como
café, chocolate, frutas o carne cocida resultan de la mezcla de muchos
compuestos, como aldehídos, ésteres, cetonas, terpenos, aminas o moléculas
azufradas. También existen olores que algunos animales perciben y los humanos
no, porque carecemos de ciertos receptores funcionales o porque muchos genes
olfativos humanos se volvieron pseudogenes durante la evolución.
Figura
5. El [El
órgano vomeronasal] u órgano de Jacobson es una estructura
quimiosensorial especializada en detectar señales químicas como feromonas.
En serpientes y lagartos funciona junto con la lengua bífida para
rastrear presas o congéneres. En mamíferos también regula conductas sociales y
reproductivas. En humanos es generalmente rudimentario, predominando el
olfato principal y retronasal.
El órgano
vomeronasal se localiza, según el clado, en la región anteroinferior del
tabique nasal, en el piso de la cavidad nasal o conectado con la región
buconasal. Su función principal no es reconocer olores generales, sino detectar
moléculas específicas, especialmente feromonas y señales químicas
asociadas a reproducción, territorialidad o reconocimiento social. En muchos
reptiles escamosos, como serpientes y lagartos, este sistema está muy
desarrollado: la lengua bífida recoge partículas químicas del aire o del
sustrato y las lleva hacia los conductos vomeronasales. En mamíferos como el
perro, Canis lupus familiaris, también puede participar en comunicación
química. En cambio, en Homo sapiens suele considerarse rudimentario o
funcionalmente reducido, por lo que la percepción química compleja depende
sobre todo del epitelio olfativo principal y del olfato retronasal.
La organización de
estos epitelios cambia según la anatomía del paladar. En vertebrados con paladar
primario simple o cavidad buconasal, como muchos anfibios y
reptiles, la cavidad nasal se comunica directamente con la boca mediante las
coanas; por eso las señales químicas pueden circular entre boca y nariz con
menor separación. En vertebrados con paladar secundario, como mamíferos
y cocodrilianos, la cavidad nasal queda más independiente de la cavidad bucal,
lo que separa mejor respiración y alimentación. Sin embargo, la separación no
es absoluta: durante la masticación, los compuestos volátiles del alimento
ascienden por la vía retronasal hacia el epitelio olfativo, explicando
por qué gran parte del “sabor” depende del olfato. Esta relación se nota cuando
infecciones respiratorias o enfermedades como la COVID-19 producen anosmia
o hiposmia, haciendo que los alimentos parezcan insípidos aunque las
papilas gustativas sigan funcionando.
Importancia del apercepción nasal en la digestión
La importancia
del olfato en la digestión suele subestimarse porque lo asociamos solo con
“oler”, cuando en realidad participa desde antes de que el alimento entre a la
boca. La vista, el olor y la expectativa de comer activan la
llamada fase cefálica de la digestión, una preparación anticipada del
organismo: aumenta la salivación, se estimula la secreción de ácido
gástrico, se activan enzimas digestivas y se modifica la motilidad
gastrointestinal. Es decir, el sistema digestivo no empieza a trabajar cuando
el alimento llega al estómago, sino cuando el cerebro reconoce señales
sensoriales de comida.
El olfato
retronasal también es clave durante la alimentación. Cuando masticamos, los
compuestos volátiles del alimento ascienden desde la cavidad oral hacia la
cavidad nasal posterior, donde estimulan el epitelio olfativo. Por eso gran
parte de lo que llamamos “sabor” no depende solo de la lengua, sino de la
integración entre gusto, olfato, textura, temperatura
y memoria. Sin olfato, una comida puede conservar lo dulce, salado, ácido,
amargo o umami, pero perder su complejidad: el café, el chocolate, las frutas o
las carnes se vuelven planos, apagados o difíciles de reconocer.
Figura 6. [Comer
como acto social]. En humanos y otros primates, la alimentación no es
solo anatómica, sino social. Comer en grupo favorece calma,
conversación, aprendizaje y digestión adecuada. La vida capitalista acelerada,
descrita por Byung-Chul Han, empuja a comer rápido, solos y bajo estrés,
debilitando vínculos comunitarios y favoreciendo ansiedad, depresión y
problemas digestivos como reflujo o colon irritable en la vida cotidiana
moderna actual.
Cuando el olfato se
pierde por infecciones respiratorias, como ocurrió en muchos casos de COVID-19,
la digestión puede verse comprometida de manera indirecta. La persona puede
perder apetito, comer menos, modificar sus preferencias, rechazar
alimentos antes agradables o abusar de sal, azúcar, picante o grasa para
compensar la pérdida sensorial. Además, si las señales olfativas no activan
adecuadamente la fase cefálica, la preparación digestiva puede ser menos
eficiente. Revisiones recientes describen que los trastornos de olfato y gusto
post-COVID afectan hábitos alimentarios, preparación de comidas y calidad de
vida.
El impacto no es
solo fisiológico, sino también emocional. Comer no es únicamente
introducir nutrientes: es memoria, placer, identidad cultural y vínculo social.
La pérdida de olfato puede hacer que una comida familiar deje de provocar
emoción, que cocinar pierda sentido o que compartir alimentos resulte menos
satisfactorio. En algunos pacientes con anosmia, hiposmia o parosmia tras
COVID-19, el problema no es solo “no oler”, sino perder una parte importante de
la relación afectiva con el alimento. Por eso el olfato debe entenderse como un
componente esencial de la digestión completa: prepara el cuerpo, orienta el
apetito y sostiene el placer de comer.
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