El caso de Thuillier no fue único. Otros investigadores también murieron por las enfermedades que intentaban comprender. Daniel Alcides Carrión, estudiante peruano de medicina, se inoculó en 1885 material de una lesión de verruga peruana para demostrar la relación con la fiebre de Oroya, hoy conocida como enfermedad de Carrión, y murió como consecuencia del experimento. Jesse Lazear, miembro de la comisión estadounidense sobre fiebre amarilla en Cuba, murió en 1900 tras contraer la enfermedad durante los estudios que confirmaron la transmisión por mosquitos. Howard Taylor Ricketts falleció en 1910 en Ciudad de México mientras investigaba el tifus, después de demostrar su transmisión por piojos. Adrian Stokes murió en 1927 durante investigaciones sobre fiebre amarilla en África occidental, contribuyendo al desarrollo de modelos experimentales de la enfermedad.
Estos sacrificios no fueron en vano. Carrión ayudó a aclarar una enfermedad andina antes confusa; Lazear contribuyó a transformar la prevención de la fiebre amarilla mediante control de mosquitos; Ricketts dejó su nombre ligado a todo un grupo de bacterias, las rickettsias; y Stokes fortaleció la investigación que conduciría a mejores estrategias contra la fiebre amarilla. Junto con Thuillier, representan una generación de científicos que enfrentó directamente el riesgo biológico para convertir enfermedades temidas en problemas naturales, investigables y finalmente controlables.
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