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a las ciencias naturales]
El sistema
digestivo visceral puede definirse como el conjunto de conductos
internos que comienzan en el esófago y terminan en el ano. A
diferencia de la región bucal, que participa en la entrada, trituración y
preparación inicial del alimento, este sistema visceral se encarga del tránsito
profundo del bolo alimenticio, su transformación química, la absorción
de nutrientes, la recuperación de agua y la eliminación de desechos. En
el ser humano incluye el esófago, el estómago, el intestino
delgado, el intestino grueso, el recto y el canal anal.
Aunque órganos como hígado, páncreas y vesícula biliar son esenciales para la
digestión, pueden estudiarse aparte como sistema glandular asociado.

Figura 1. [Anna Morandi Manzolini] fue
una anatomista y modeladora italiana de cera anatómica nacida en
Bolonia en 1714. Junto a Giovanni Manzolini estudió y representó el cuerpo
humano con gran precisión. Tras enviudar, enseñó anatomía por cuenta
propia. Sus modelos unieron arte, medicina y ciencia, demostrando que
también las mujeres podían producir conocimiento anatómico riguroso.

Figura 2. [Lazzaro Spallanzani] fue
un naturalista italiano del siglo XVIII, clave para la biología experimental.
Estudió la generación espontánea, demostrando que los microorganismos no
aparecían si se evitaba la contaminación. Investigó la digestión química,
la reproducción animal, la regeneración y la orientación de murciélagos. Sus
experimentos anticiparon avances en microbiología, fisiología, fecundación
artificial y ecolocalización.
Esófago y estómago
El esófago
es un tubo muscular que comunica la faringe con el estómago. Su
función principal no es digerir químicamente el alimento, sino transportarlo
mediante movimientos coordinados llamados peristaltismo. Estos
movimientos consisten en contracciones musculares ondulatorias que empujan el
bolo hacia abajo, incluso si la persona está inclinada o acostada. En sus
extremos se encuentran esfínteres que regulan el paso del alimento: el esfínter
esofágico superior ayuda a iniciar la deglución y evita la entrada de aire
excesivo, mientras el esfínter esofágico inferior reduce el reflujo del
contenido ácido del estómago hacia el esófago.

Figura 3. El [sistema
digestivo humano] recibe alimentos, los fragmenta, los transforma
químicamente, absorbe nutrientes y elimina residuos. Inicia en la boca,
continúa por faringe, esófago, estómago, intestino
delgado e intestino grueso, y termina en el ano. Participan saliva,
jugo gástrico, bilis, jugo pancreático, microbiota intestinal, absorción
de agua y formación de heces.

Figura 1. El [estómago] se divide en cardias, fundus y píloro.
El fundus contiene glándulas fúndicas con células
parietales, que secretan ácido clorhídrico, y células
principales, que producen pepsinógeno. El cardias y
el píloro poseen glándulas ricas en células mucosas,
encargadas de proteger la mucosa y regular el paso del quimo.
El estómago
es una dilatación muscular del tubo digestivo donde el alimento se almacena, se
mezcla y comienza una digestión química intensa. Sus paredes producen jugo
gástrico, compuesto por ácido clorhídrico, enzimas, moco protector y otras
secreciones. El ácido ayuda a destruir muchos microorganismos,
desnaturaliza proteínas y activa enzimas como la pepsina, encargada de iniciar
la digestión de proteínas. Al mismo tiempo, la musculatura gástrica
mezcla el alimento hasta transformarlo en una masa semilíquida llamada quimo,
que luego pasará gradualmente al intestino delgado.
Para este nivel,
podemos dividir el estómago en tres regiones funcionales principales. El
cardias es la zona de entrada, ubicada cerca de la unión con el esófago;
recibe el bolo alimenticio y participa en la protección contra el reflujo
gastroesofágico. El fundus, junto con el cuerpo gástrico, funciona
como región de almacenamiento, mezcla y secreción; allí se acumula parte del
alimento, se retienen gases y se produce una porción importante del jugo
gástrico. El píloro es la región final del estómago; regula la
salida del quimo hacia el duodeno mediante el esfínter pilórico,
evitando que el intestino reciba demasiado contenido ácido de una sola vez.
Intestinos
El intestino
delgado es mucho más activo de lo que suele imaginarse. No es un simple
tubo por donde pasa el alimento, sino el principal laboratorio químico y de
absorción del sistema digestivo visceral. En el ser humano se divide en
tres regiones: duodeno, yeyuno e íleon. El duodeno
es la primera porción y allí ocurre buena parte de la verdadera digestión
química, porque recibe el quimo ácido que viene del estómago y lo mezcla
con bilis y jugo pancreático. Estas secreciones llegan por la
región hepatopancreática, regulada por el esfínter de Oddi, que controla
la entrada de bilis y enzimas pancreáticas hacia el intestino.

Figura 5. El [árbol hepato-pancreático-biliar] conecta hígado, vesícula, páncreas y duodeno para
conducir bilis y jugo pancreático. Sus
alteraciones incluyen cálculos biliares, colecistitis, coledocolitiasis, colangitis, estenosis, quistes, atresia y tumores.
Una obstrucción puede causar ictericia, heces
pálidas, dolor, pancreatitis y mala digestión de grasas,
porque afecta simultáneamente el drenaje biliar y la secreción
pancreática, ambos controlados por el esfínter de Oddi duodenal.
El jugo
pancreático contiene bicarbonato, que ayuda a neutralizar la acidez del
quimo, y también libera enzimas digestivas. Muchas de estas enzimas no se
producen activas desde el principio, sino como zimógenos, es decir,
formas inactivas que deben activarse en el duodeno. Esto es fundamental porque,
si esas enzimas estuvieran activas dentro del páncreas, podrían digerir los
propios tejidos del órgano. En el intestino, el tripsinógeno se
transforma en tripsina, y esta activa otros zimógenos relacionados con la
digestión de proteínas. La bilis, por su parte, no es una enzima,
pero emulsiona las grasas, separándolas en gotas pequeñas para facilitar la
acción de las lipasas.
Después, el
contenido pasa al yeyuno, donde ocurre la mayor parte de la absorción
de nutrientes. Su revestimiento interno posee grandes pliegues, vellosidades
intestinales y microvellosidades, que aumentan enormemente la
superficie de contacto. Allí actúan proteínas de membrana, canales,
cotransportadores y bombas que permiten absorber glucosa, aminoácidos,
minerales, vitaminas, agua y otros solutos. Muchos de estos procesos requieren energía
celular, porque no se limitan a dejar pasar sustancias, sino que las
seleccionan, las concentran y las transportan activamente a través de la pared
intestinal.
Una vez absorbidos,
muchos nutrientes pasan a los capilares sanguíneos de las vellosidades y
entran al sistema porta hepático, que los lleva primero al hígado.
Allí se procesan, almacenan, transforman o filtran antes de llegar a la
circulación general. La sangre sale luego por las venas hepáticas hacia
la vena cava inferior. Las grasas siguen una ruta especial: muchas
entran primero en vasos linfáticos llamados quilíferos y después llegan
a la sangre. El hígado también metaboliza toxinas y elimina algunos desechos
mediante la bilis, no por el jugo pancreático.
Finalmente, el
contenido intestinal llega al íleon, la última parte del intestino
delgado. Allí continúa la absorción de sales biliares, vitamina B12 y otros
compuestos. Además, el íleon contiene abundantes nódulos linfáticos,
conocidos como placas de Peyer, llenos de células del sistema inmune.
Esta defensa es necesaria porque el intestino está en contacto permanente con
alimentos, bacterias, toxinas y posibles patógenos. Así, el intestino delgado
no solo digiere y absorbe: también regula, selecciona, protege y comunica el
sistema digestivo con el metabolismo general del cuerpo.
Posteriormente, el
contenido pasa al intestino grueso, donde ya no ocurre la digestión
química intensa propia del duodeno ni la gran absorción de nutrientes
característica del yeyuno. Su función principal es recuperar agua
y sales minerales, compactar los restos no digeridos y transformarlos
progresivamente en heces. Aunque a veces se le imagina como una parte
pasiva del tubo digestivo, el intestino grueso también es un órgano activo:
regula la hidratación del contenido intestinal, moviliza residuos mediante
contracciones musculares, produce moco para facilitar el avance de las
heces y mantiene una relación estrecha con la microbiota intestinal.
La primera región del intestino grueso es el ciego,
una especie de bolsa donde desemboca el íleon a través de la válvula
ileocecal. En esta zona se encuentra el apéndice vermiforme, una
estructura pequeña asociada con tejido linfático y funciones inmunológicas.
Después del ciego continúa el colon, dividido en colon ascendente,
transverso, descendente y sigmoide. A lo largo del colon, la microbiota
fermenta fibras y restos orgánicos que el ser humano no puede digerir por sí
solo. Como resultado, se producen gases y moléculas útiles, como algunos ácidos
grasos de cadena corta, que pueden alimentar a las células del colon y
participar en la salud intestinal.

Figura 6. [Anatomía del intestino delgado].
El intestino delgado posee pliegues circulares, vellosidades y glándulas
intestinales que aumentan la superficie de absorción.
Cada vellosidad contiene capilares sanguíneos y
un vaso quilífero o lacteal: la sangre
recibe glucosa y aminoácidos, mientras la linfa transporta lípidos.
Las placas de Peyer vigilan inmunológicamente el lumen
intestinal.

Figura 7. El [sistema porta hepático] lleva sangre del aparato
digestivo al hígado para procesar nutrientes y toxinas. Puede
enfermar por cirrosis, trombosis o hipertensión portal, causando
várices, ascitis y sangrados. Para cuidarlo, conviene proteger el hígado:
evitar alcohol excesivo, mantener peso saludable, hacer ejercicio, vacunarse
contra hepatitis, controlar diabetes y consultar ante ictericia, sangrado
abdominal, fatiga severa o heces negras.
Mientras el
contenido avanza, el colon absorbe cada vez más agua, de modo que los
residuos se vuelven más sólidos. Si el tránsito es demasiado rápido, no se
recupera suficiente agua y aparece diarrea; si es demasiado lento, se
absorbe agua en exceso y se produce estreñimiento. Finalmente, las heces
llegan al recto, donde se almacenan temporalmente. Cuando sus paredes se
distienden, se activa el reflejo de defecación. El paso final ocurre en
el canal anal, regulado por esfínteres musculares: uno interno, involuntario,
y otro externo, voluntario. Así, el sistema digestivo visceral termina en el ano,
donde el cuerpo expulsa los desechos que ya no puede aprovechar.
Modificaciones
El canal
digestivo de los vertebrados conserva una organización general
común, pero puede modificarse de manera notable según la dieta, el modo
de vida y el tipo de alimento que cada animal consume. No es lo mismo procesar
carne, hojas, semillas, insectos, néctar, peces o presas gelatinosas. Por eso,
aunque todos los vertebrados poseen un tubo digestivo con regiones
equivalentes, la forma, el grosor, la longitud, la musculatura y el
revestimiento interno pueden cambiar mucho entre grupos.
Un ejemplo
llamativo aparece en algunas tortugas marinas, especialmente en especies
que consumen medusas y otros organismos gelatinosos. En ellas, el esófago
puede presentar papilas internas duras, orientadas hacia atrás y cubiertas por
tejido resistente. Estas estructuras ayudan a retener presas resbalosas,
impedir que escapen hacia la boca y expulsar el exceso de agua ingerida durante
la alimentación. En este caso, el tubo digestivo no solo transporta alimento:
también funciona como un sistema mecánico adaptado a presas blandas, acuosas y
difíciles de sujetar.
El estómago
también muestra variaciones importantes entre vertebrados. En algunos animales
puede ser simple y glandular, especializado en mezclar alimento con ácidos
y enzimas digestivas. En otros, ciertas regiones se agrandan para
almacenar comida, retrasar su paso o permitir una digestión más prolongada.
Algunas especies poseen zonas menos glandulares, donde el alimento puede
acumularse temporalmente antes de pasar a regiones de digestión química más
intensa. Esto es útil cuando el animal come grandes cantidades en poco tiempo o
cuando el alimento requiere procesamiento lento.
Fermentadores
Otro aspecto en el
que se modifican las vísceras digestivas de los vertebrados es la
longitud del canal intestinal y la presencia de espacios de fermentación.
En primera instancia, los depredadores suelen tener sistemas digestivos
relativamente cortos, porque la carne, los órganos y otros tejidos animales
contienen proteínas, lípidos y moléculas que pueden ser procesadas
directamente por enzimas del propio vertebrado. En ellos no suele ser necesario
mantener grandes cámaras de fermentación, ya que el alimento no está encerrado
en paredes celulares de celulosa. Por eso, muchos carnívoros poseen un
tránsito digestivo más rápido y vísceras proporcionalmente más simples, lo que
reduce el peso interno, el gasto de mantenimiento y el tiempo que el alimento
permanece en el cuerpo.
En los herbívoros,
el problema digestivo es distinto. Gran parte de la energía vegetal se
encuentra atrapada en tejidos ricos en celulosa, hemicelulosa y otros
polisacáridos estructurales. Sin embargo, los genomas de los vertebrados
no producen, por sí solos, las enzimas necesarias para degradar eficientemente
la celulosa. Para resolver esta limitación, los herbívoros dependen de microorganismos
simbiontes, como bacterias, arqueas, protozoos y hongos anaerobios, capaces
de fermentar la materia vegetal. Esta fermentación libera ácidos grasos de
cadena corta, que el animal puede absorber y usar como fuente de energía.
Existen dos grandes
soluciones anatómicas para este problema. La primera es la fermentación
preestomacal, que ocurre antes de la región gástrica ácida y glandular. En
los rumiantes, como vacas, ovejas y cabras, el alimento entra primero en
cámaras especializadas como el rumen, donde los microorganismos degradan
la celulosa antes de que el contenido pase al estómago ácido verdadero, llamado
abomaso. Una estrategia semejante aparece en otros vertebrados con
fermentación anterior, como algunos canguros, camélidos y monos colobinos. Esta
vía permite aprovechar mejor la proteína microbiana, porque los
microorganismos pueden ser digeridos después en regiones más ácidas.

Figura 8. [Longitud del sistema digestivo]. El
tamaño del intestino depende de la dieta.
Los herbívoros poseen intestinos largos y ciegos prominentes
para fermentar celulosa mediante microbiota.
Los rumiantes además tienen rumen y estómago
compuesto. En cambio, los carnívoros presentan intestinos
cortos y ciego pequeño o ausente, porque la carne se
digiere más fácilmente.
La segunda solución
es la fermentación postestomacal, que ocurre después del estómago,
principalmente en el ciego y el colon. Es típica de animales como
caballos, conejos, elefantes, muchos roedores e iguanas herbívoras. En este
caso, el alimento primero pasa por el estómago y el intestino delgado, y luego
los restos vegetales llegan a cámaras posteriores donde los microorganismos
fermentan la fibra. Esta estrategia permite procesar grandes cantidades de
material vegetal, aunque puede perder parte de la proteína microbiana en las
heces. Por eso, algunos animales, como los conejos, practican cecotrofia,
es decir, reingieren heces blandas especiales para recuperar nutrientes
producidos por la microbiota.
En algunos
vertebrados, ambas formas pueden coexistir en distintos grados. Un animal puede
tener una cámara anterior importante y, al mismo tiempo, cierta fermentación
secundaria en el intestino grueso. Esto muestra que la evolución del
sistema digestivo no busca una estructura única y perfecta, sino soluciones
ajustadas al tipo de alimento, al tamaño corporal, al metabolismo y al
ambiente. Así, las vísceras digestivas de los vertebrados se modifican como un
conjunto de compromisos entre almacenamiento, fermentación, absorción,
velocidad de tránsito y eficiencia energética.
Aves y falta de dientes
Otra variante
importante aparece en varios avemetatarsalianos, especialmente en las aves
y en algunos dinosaurios no avianos que redujeron o perdieron los
dientes. En estos animales, la trituración del alimento dejó de depender
principalmente de la dentición oral y fue trasladada hacia regiones
internas del sistema digestivo. La boca captura, corta o manipula el alimento,
pero no siempre lo mastica de manera fina. Por eso, en muchas aves el tubo
digestivo se especializó en una secuencia funcional: el alimento puede
almacenarse temporalmente en el buche, pasar luego al proventrículo,
donde recibe secreciones ácidas y enzimas, y finalmente llegar a la molleja
o ventrículo muscular.

Figura 9. [El sistema digestivo de las aves]. El sistema
digestivo de las aves inicia en el pico y la orofaringe,
continúa por el esófago y el buche, que almacena
alimento. Luego pasa al proventrículo, donde ocurre digestión
química, y a la molleja, que tritura. El intestino delgado absorbe
nutrientes, los ciegos fermentan y la cloaca recibe
desechos digestivos, urinarios y reproductivos.
La molleja
funciona como una cámara de trituración mecánica. Sus paredes musculares son
gruesas y potentes, capaces de comprimir y fragmentar semillas, granos,
insectos duros o material vegetal resistente. En muchas especies, esta acción
se refuerza mediante pequeñas piedras ingeridas llamadas gastrolitos.
Estos gastrolitos permanecen dentro de la molleja y actúan como una especie de
“dentadura interna”: al contraerse la musculatura, las piedras rozan y golpean
el alimento, ayudando a romperlo en partículas más pequeñas. Esta estrategia
permite compensar la ausencia de dientes masticadores sin cargar la
cabeza con mandíbulas pesadas.
En términos
evolutivos, esta modificación muestra que el sistema digestivo puede
redistribuir funciones. En lugar de maximizar la trituración en la boca, como
ocurre en muchos mamíferos, las aves optimizan el cuerpo para el vuelo,
reduciendo peso craneal y trasladando parte del procesamiento mecánico hacia
las vísceras. Algunos dinosaurios herbívoros y otros linajes fósiles
también muestran evidencias de gastrolitos, lo que sugiere soluciones
semejantes para procesar alimento sin una masticación oral compleja. Así, el
canal digestivo no solo digiere químicamente: también puede reemplazar
funciones que en otros vertebrados cumplen los dientes.
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