Las plantas son fotoautótrofos por excelencia, por lo que, en principio, no esperaríamos que realicen digestión de sustancias externas. En condiciones normales, las plantas absorben minerales disueltos en el agua a través de sus raíces, mediante mecanismos de transporte a través de membrana. El alimento orgánico no lo producen directamente los tejidos vegetales, sino los cloroplastos, descendientes de antiguas cianobacterias, que realizan la fotosíntesis. Los compuestos orgánicos producidos se redistribuyen hacia zonas de crecimiento o almacenamiento, por lo que este proceso se entiende mejor como una relación metabólica interna y no como digestión propiamente dicha. Sin embargo, como ocurre con frecuencia en biología, existen excepciones notables.
Plantas carnívoras
Las plantas carnívoras crecen en ambientes
extremadamente pobres en nitrógeno, un elemento esencial que las plantas
no pueden incorporar directamente a los ciclos biológicos, a pesar de
que el nitrógeno molecular constituye cerca del 70 % de la atmósfera.
Normalmente, esta limitación se supera gracias a asociaciones simbióticas como
las micorrizas, donde los hongos integran el nitrógeno y lo
intercambian por productos de la fotosíntesis. Cuando esta vía no está
disponible, algunas plantas han evolucionado estructuras modificadas
para capturar artrópodos y obtener de ellos los nutrientes que les
faltan.
Enlace
a la [Figura:
Drosera capensis]
Enlace
a la [Figura:
Venus atrapamoscas]
Enlace
a la [Figura.
Heliamphora chimantensis]
Un mecanismo común de captura es el uso de tricomas,
prolongaciones de la epidermis vegetal que secretan un mucílago
pegajoso. Los insectos quedan atrapados al desplazarse sobre estas
superficies y luego pueden ser degradados parcialmente mediante enzimas
digestivas. Este método es eficaz para inmovilizar presas, pero no genera
una cavidad especializada, por lo que se considera un tipo de digestión
externa. En contraste, muchas plantas carnívoras han modificado hojas o
estructuras florales para formar trampas más complejas.
Estas trampas pueden clasificarse en mecánicas y químicas.
Un ejemplo de trampa mecánica es la venus atrapamoscas, cuya hoja se
cierra rápidamente cuando se estimulan pelos sensitivos, formando un estómago
floral donde la presa es digerida durante varios días mediante enzimas
digestivas, lo que corresponde a digestión interna. Las trampas
químicas, en cambio, suelen ser resbaladizas: atraen a la presa con néctar,
provocan su caída y la degradan en un fluido digestivo. En ambientes
acuáticos, otras plantas han desarrollado trampas de succión o entrada
sin salida, basadas en principios físicos. Para que una planta sea
considerada verdaderamente carnívora, debe capturar, digerir y absorber
nutrientes mediante transporte a través de membrana; aquellas que solo
matan, pero no digieren, se consideran pre-carnívoras.
Plantas parásitas
Otra estrategia extrema es el parasitismo vegetal. En
este caso, la planta invade los tejidos vasculares de otra planta y extrae
nutrientes directamente. Este proceso requiere un complejo control
hormonal, enzimas capaces de penetrar tejidos y sistemas
especializados de absorción. Algunas plantas parásitas son fotosintéticas
y solo extraen nutrientes específicos, mientras que otras son no
fotosintéticas y dependen completamente de su hospedador, siendo holoparásitas.
Enlace
a la [Figura:
plantas parásitas]
El parasitismo ha evolucionado múltiples veces de forma
independiente en las angiospermas, lo que constituye un claro
ejemplo de evolución convergente. Una de las familias más importantes es
Orobanchaceae, que incluye especies altamente destructivas para la
agricultura. Géneros como Striga pueden parasitar cultivos clave
como maíz, arroz y sorgo, causando pérdidas masivas de biomasa y
llevando incluso al abandono de tierras cultivadas. De forma aún más
sorprendente, algunas plantas parásitas pueden infectar hongos,
incluidos los hongos micorrícicos, mostrando hasta qué punto la
evolución vegetal ha explorado estrategias extremas para obtener nutrientes en
ambientes limitantes.
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