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lunes, 16 de febrero de 2026

Proceso digestivo en vertebrados. Filogenia y origen de los dientes

 [Enlace al índice]

La filogenia de los dientes es el estudio de cómo estas estructuras han surgido, se han transformado y se han diversificado a lo largo de la historia evolutiva de los vertebrados. Lejos de ser elementos estáticos, los dientes representan una de las innovaciones anatómicas más exitosas del linaje vertebrado, vinculadas estrechamente con cambios en la alimentación, el comportamiento y la ecología. Desde las primeras estructuras odontológicas en peces primitivos hasta las denticiones altamente especializadas de mamíferos modernos, los dientes han experimentado modificaciones profundas en su forma, implantación, número, patrón de reemplazo y función. Comprender su filogenia implica reconocer que cada tipo dental es el resultado de una secuencia acumulativa de transformaciones heredadas y adaptadas a nuevas presiones selectivas.

En esta sección analizaremos comparativamente los dientes de los vertebrados, pero no nos limitaremos a describir la dentición estandarizada de cada grupo. En lugar de ello, nos enfocaremos en singularidades evolutivas, innovaciones estructurales y soluciones biomecánicas llamativas, es decir, en aquellos casos donde la evolución ha producido configuraciones particularmente reveladoras. Este enfoque permitirá entender los dientes no solo como herramientas de alimentación, sino como marcas evolutivas que registran cambios en dieta, desarrollo embrionario, reemplazo dental y organización craneal. A través de estas comparaciones, podremos observar cómo una misma estructura básica ha sido moldeada de maneras muy distintas en peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos.

Denticiones en peces primitivos

Los agnatostomados primitivos —vertebrados sin mandíbulas— como los actuales mixinos (Myxine glutinosa) y lampreas (Petromyzon marinus), no poseen dientes verdaderos en el sentido estricto que se aplica a los gnathostomados. Es decir, no presentan órganos dentarios con esmalte, dentina organizada y raíces implantadas en hueso alveolar. En su lugar, exhiben estructuras queratinizadas dispuestas en la cavidad bucal que cumplen funciones análogas de sujeción y raspado, pero que no son homólogas a los dientes de vertebrados con mandíbulas. En las lampreas, por ejemplo, se observa un disco oral con múltiples “dientes” córneos que permiten adherirse al hospedero y raspar tejidos; en los mixinos, las placas dentiformes móviles actúan como garfios retráctiles. Estas estructuras están formadas principalmente por queratina, no por tejidos dentarios mineralizados, por lo que deben considerarse análogos funcionales, no dientes verdaderos.

Enlace a la [Figura: Dientes queratinosos]

Desde el punto de vista ecológico y funcional, muchos agnatostomados presentaron un modo de alimentación que recuerda al de un tunicado móvil: capturan partículas o fluidos mediante succión y dependen en gran medida de la corriente de agua que atraviesa la faringe para alimentarse y ventilarse. Esto resulta particularmente interesante a la luz del concepto de neotenia, es decir, la retención de rasgos juveniles en el adulto. En los tunicados, la larva es móvil y presenta características cordadas evidentes, mientras que el adulto se fija al sustrato y adopta una vida filtradora sedentaria. El linaje que condujo a los vertebrados parece haber retenido la movilidad larvaria como condición adulta, manteniendo al mismo tiempo un patrón de alimentación y ventilación basado en la faringe perforada por hendiduras branquiales.

En los agnatostomados, los arcos branquiales no solo sostienen las hendiduras, sino que participan activamente en la generación de corrientes de agua, funcionando mediante movimientos coordinados comparables a una acción de tijera o bomba suctora. Este sistema permite aspirar agua hacia la cavidad oral y faríngea, facilitando tanto la respiración como la captura de alimento. La ausencia de mandíbulas limita la capacidad de morder o triturar, por lo que la estrategia dominante es la succión y el raspado, más que la fragmentación mecánica compleja. Así, los agnatostomados representan una etapa evolutiva en la que aún no han surgido los dientes mineralizados verdaderos, pero sí existen estructuras orales especializadas que anticipan la transición hacia sistemas dentarios más complejos en los vertebrados mandibulados.

Mandíbulas de tijera

Aunque este proceso será analizado con mayor profundidad en secciones posteriores, es importante señalar que, a lo largo de la evolución temprana de los vertebrados, los arcos branquiales anteriores experimentaron una profunda reorganización. Las primeras series de arcos, originalmente dedicadas al sostén de las hendiduras faríngeas, se desplazaron hacia la región anterior del cuerpo y comenzaron a enmarcar la abertura bucal. Con el tiempo, algunos de estos arcos se modificaron, se robustecieron y se articularon entre sí, fusionándose funcionalmente en conjuntos estructurales que dieron origen a las mandíbulas primitivas. Este evento marcó una transformación decisiva en la historia evolutiva de los vertebrados, ya que permitió el desarrollo de una alimentación basada en la captura activa y la manipulación mecánica del alimento.

Enlace a la [Figura: Dientes en cuchilla continua]

Sin embargo, las primeras mandíbulas no poseían dientes verdaderos como los que conocemos en peces óseos, reptiles o mamíferos. En grupos tempranos como los placodermos, las estructuras cortantes de la boca no eran dientes individualizados con esmalte y dentina diferenciados, sino placas óseas dérmicas afiladas, que actuaban como cuchillas integradas al esqueleto craneal. En especies emblemáticas como Dunkleosteus terrelli, estas placas formaban bordes cortantes capaces de generar fuerzas de mordida extraordinarias. Aunque funcionalmente equivalentes a dientes —capaces de cortar y desgarrar tejido— estas estructuras no eran homólogas a los dientes verdaderos de los gnathostomados posteriores, sino expansiones y especializaciones del hueso dérmico del cráneo. Así, la transición hacia la dentición mineralizada independiente representó un paso evolutivo posterior, que separó las simples placas cortantes integradas al esqueleto de los órganos dentarios verdaderos, con desarrollo embrionario y organización histológica propios.

Origen y desarrollo

Las investigaciones más recientes publicadas en Nature indican que los dientes de los vertebrados no surgieron primero como herramientas para morder sino a partir de estructuras dérmicas sensoriales en el exoesqueleto de los primeros vertebrados acuáticos. Fósiles de peces primitivos del Ordovícico Medio (hace unos 460 millones de años), como Eriptychius y Astraspis, muestran odontodes externos compuestos de dentina innervada que probablemente funcionaban como sensores táctiles en la piel mineralizada, una función que aún mantiene la dentina moderna al transmitir estímulos hacia la pulpa dental. Estas unidades dérmicas de dentina son precedentes evolutivos directos de los dientes verdaderos, y su presencia en los esqueletos de peces acorazados sugiere que estos tejidos sensoriales fueron reclutados o cooptados hacia la cavidad bucal cuando los precursores de los peces con mandíbulas comenzaron a desarrollar estructuras dentarias internas.

Enlace a la [Figura: Origen de los dientes]

Este trabajo apoya la idea de que los dientes se originaron a partir del esqueleto dérmico mineralizado, no como una invención independiente dentro de la boca. En los embriones de vertebrados actuales, los odontodes y los dientes comparten vías de desarrollo molecular, con la dentina derivada de crestas neurales que también contribuyen a la formación de estructuras dérmicas duras. La evidencia fósil demuestra que antes de la aparición de mandíbulas articuladas, estos tejidos existían fuera del cuerpo como parte de la armadura sensorial de peces agnatos acorazados, y fueron posteriormente incorporados y modificados para formar los dientes mandibulares y faríngeos que conocemos en los vertebrados mandibulados.

Dentición y bomba bucal de vacío

Los primeros dientes verdaderos ampliamente aceptados en el registro fósil se han documentado en el linaje de los gnatostomados tempranos (vertebrados con mandíbulas) del Silúrico tardío y Devónico temprano, hace aproximadamente 430–400 millones de años. Entre los ejemplos más representativos se encuentran peces acantodios y condrictios primitivos como Doliodus problematicus, cuyos restos muestran estructuras dentarias organizadas en hileras asociadas a las primeras mandíbulas funcionales. En el linaje de los tiburones tempranos, especies como Cladoselache clarkii exhiben ya dientes cónicos bien desarrollados, adaptados a capturar presas activas. A diferencia de las placas cortantes de los placodermos como Dunkleosteus terrelli, estos dientes eran unidades repetidas y diferenciadas, más cercanas al modelo dentario que dominaría la evolución posterior.

En estos peces mandibulados, los dientes no actuaban de manera aislada, sino en combinación con un sofisticado sistema de succión por presión negativa. La boca funciona como una bomba de vacío parcial: mediante la acción coordinada de músculos craneales y la expansión rápida de la cavidad bucal y faríngea, el pez incrementa súbitamente el volumen interno de la boca. Al hacerlo, genera una disminución de presión que provoca el ingreso violento de agua desde el exterior, arrastrando consigo todo lo que se encuentre frente a la abertura bucal, incluidas las presas. Este mecanismo es especialmente evidente en peces modernos como Micropterus salmoides (lobina negra) y en numerosos teleósteos depredadores. Una vez dentro, los dientes cónicos y recurvados impiden la salida de la presa mientras la cavidad vuelve a comprimirse y el agua es expulsada a través de las aberturas branquiales.

Enlace a la [Figura: Mandíbulas mordedoras]

En los peces y en los tetrápodos no amniotas, la cavidad bucal y sus dientes funcionaron ante todo como una trampa de captura, más que como un aparato de trituración compleja. En tiburones como Carcharodon carcharias, los dientes presentan bordes afilados y, en muchos casos, serraciones que actúan como cuchillas para cortar tejido blando con eficacia. En linajes fósiles como los ripidistianos, por ejemplo Eusthenopteron foordi, y en tetrápodos tempranos como Ichthyostega stensioei, los dientes poseían una sola cúspide aguda y un esmalte plegado de forma intrincada, dando origen a la denominación laberintodonto. Estas invaginaciones del esmalte aumentaban la resistencia estructural y generaban crestas superficiales que mejoraban la penetración y el agarre. Así, desde los primeros peces mandibulados hasta los tetrápodos primitivos, los dientes evolucionaron como estructuras de sujeción y corte integradas a un sistema de succión y captura, marcando un paso decisivo en la historia funcional de los vertebrados.

Denticiones en anfibios

 En los anfibios en sentido amplio, incluyendo tanto linajes fósiles tempranos como especies actuales, los dientes han sido tradicionalmente pequeños, cónicos y funcionalmente simples, adaptados principalmente a la captura y retención de presas. En los primeros tetrápodos como Ichthyostega stensioei, los dientes podían ser más robustos y presentar pliegues complejos de esmalte (condición asociada a los llamados dientes laberintodontos), lo que aumentaba su resistencia estructural frente a fuerzas de penetración. Esta morfología sugiere una estrategia basada en perforar y sujetar más que en triturar. De manera comparable, en salamandras actuales como Ambystoma tigrinum, los dientes mantienen una forma cónica y aguda, dispuestos en hileras relativamente uniformes a lo largo de la mandíbula y, en algunos casos, del paladar. No existe en estos animales una diferenciación clara en categorías dentales como incisivos, caninos o molares; por el contrario, predominan dientes similares entre sí, lo que refleja una condición cercana a la homodoncia, donde la especialización funcional es limitada y el objetivo principal es impedir el escape de presas pequeñas y resbaladizas.

Enlace a la [Figura: Dientes de anfibios]

En los anfibios modernos, la tendencia evolutiva general ha sido hacia una reducción progresiva del tamaño dental, acompañada en algunos casos por la pérdida parcial o total de la dentición. En ranas como Rana temporaria, los dientes son extremadamente pequeños, casi microscópicos, y se disponen en discretas hileras sobre el maxilar superior y el vómer, siendo apenas visibles sin aumento. En contraste, en especies como el sapo común Bufo bufo, la dentición está marcadamente reducida o ausente, especialmente en la mandíbula inferior. En estos linajes, la lengua protráctil y pegajosa asume el papel principal en la captura de alimento, relegando a los dientes a una función secundaria o eliminándolos por completo. Así, desde formas ancestrales con dientes relativamente más robustos hasta especies actuales con dentición diminuta, delicada o invisible, los anfibios muestran una clara tendencia hacia la simplificación estructural, manteniendo siempre como eje funcional la retención de presas, más que la masticación compleja característica de otros vertebrados.

Amniotas saurópsidos

Cuando hablamos de saurópsidos no aviares, nos referimos, en un sentido estrictamente filogenético, a todos aquellos amniotas del linaje saurópsido que no pertenecen al clado Aves. Aunque el término no corresponde a un grupo natural (porque las aves están incluidas dentro de Sauropsida), se emplea de manera práctica para designar lo que coloquialmente se entiende como “reptiles”: es decir, tortugas, lepidosaurios (lagartos, serpientes y tuátaras) y crocodilianos, excluyendo tanto a las aves como a los sinápsidos (mamíferos y sus ancestros).

La mayoría posee dientes de forma relativamente semejante entre sí y con reemplazo continuo a lo largo de la vida. En muchos lagartos como Varanus komodoensis o Iguana iguana, los dientes son cónicos, recurvados hacia atrás y afilados, adaptados principalmente a perforar y sujetar presas o desgarrar vegetación, según la dieta. A diferencia de los mamíferos, no existe una división clara en incisivos, caninos y molares; el patrón dominante es una serie repetida de piezas similares distribuidas a lo largo del borde mandibular. En cuanto a su implantación, muchos saurópsidos presentan dentición pleurodonta (dientes adheridos al lado interno del hueso) o acrodonta (dientes asentados sobre la cresta del hueso), aunque los arcosaurios —como cocodrilos— muestran implantación tecodonta, con dientes alojados en alveolos.

En términos funcionales, los dientes de los saurópsidos han eviolucionado principalmente para capturar y retener, más que para masticar. La fragmentación compleja del alimento es poco común; en su lugar, muchas especies desgarran y tragan trozos relativamente grandes. En cocodrilos como Crocodylus niloticus, los dientes son robustos, cónicos y ligeramente comprimidos lateralmente, adecuados para sujetar presas grandes y resistir fuerzas intensas. En algunos lagartos herbívoros, los dientes pueden aplanarse y presentar bordes cortantes para procesar material vegetal, pero sin alcanzar la heterodoncia mamífera.

Enlace a la [Figura: Dientes en reptiles]

Un caso extremo de especialización dentro de los saurópsidos se observa en las serpientes venenosas. En estos reptiles, ciertos dientes maxilares se han transformado en colmillos especializados para la inoculación de veneno. En especies como Naja naja (cobra india), los colmillos son proteroglifos, es decir, relativamente cortos, fijos y situados en la parte anterior de la mandíbula superior, con un canal interno por donde fluye el veneno. En víboras como Bothrops atrox, los colmillos son solenoglifos, largos, huecos y articulados, capaces de plegarse contra el paladar cuando la boca está cerrada y de proyectarse hacia adelante durante el ataque. Estos colmillos no son estructuras nuevas, sino dientes modificados, integrados al sistema polifiodonto; por ello, se reemplazan periódicamente como el resto de la dentición. La evolución de los colmillos representa una transformación funcional extraordinaria dentro de un patrón dentario básicamente homodonto, demostrando cómo una arquitectura repetitiva puede dar lugar a innovaciones altamente especializadas sin abandonar el modelo estructural saurópsido.

Dinosaurios y aves

La dentición de los dinosaurios fue extraordinariamente diversa y refleja una amplia gama de estrategias alimentarias, aunque hoy es inexistente. En términos generales, la mayoría de los dinosaurios basales presentaban dentición tecodonta y polifiodonta, es decir, dientes implantados en alveolos profundos y con reemplazo continuo a lo largo de la vida, un patrón compartido con otros arcosaurios como los cocodrilos. En los terópodos carnívoros, como Allosaurus fragilis o Tyrannosaurus rex, los dientes eran grandes, comprimidos lateralmente, recurvados y con bordes serrados, optimizados para cortar carne y desgarrar tejidos. Estos dientes funcionaban más como cuchillas intercambiables que como instrumentos de masticación: se fracturaban con frecuencia y eran reemplazados constantemente.

Enlace a la [Figura: Dientes en dinosaurios y aves]

Sin embargo, dentro de Dinosauria también surgieron formas herbívoras con denticiones altamente especializadas, algunas de ellas sorprendentemente complejas y funcionalmente análogas a las de ciertos mamíferos. Los hadrosaurios, como Edmontosaurus annectens, desarrollaron verdaderas baterías dentales, con cientos de dientes apilados verticalmente que se reemplazaban de manera coordinada y generaban amplias superficies de molienda. Este sistema permitía triturar material vegetal fibroso con notable eficiencia. De forma convergente, los ceratópsidos como Triceratops horridus poseían dientes organizados en columnas que formaban superficies cortantes y de desgaste continuo, funcionando casi como una trituradora vegetal. Aunque estructuralmente distintos a los molares mamíferos —no eran heterodontos en el sentido estricto— estos sistemas representan un caso notable de convergencia funcional hacia mecanismos de procesamiento intensivo del alimento.

En cuanto a la pérdida de dientes y su reemplazo por picos queratinizados, este fenómeno ocurrió múltiples veces dentro de los dinosaurios. Se estima que la edentulia parcial o total evolucionó de manera independiente al menos cinco o seis veces en distintos linajes. Ejemplos incluyen los ornitisquios como los ceratópsidos y ornitomímidos, que poseían picos rostrales queratinizados combinados con dentición posterior; los oviraptorosaurios, muchos de los cuales eran completamente desdentados y dependían exclusivamente de un pico córneo; y finalmente las aves, descendientes de terópodos manirraptores, en las cuales la pérdida total de dientes se consolidó en el linaje que conduce a Aves modernas. En todos estos casos, el pico no era un diente modificado, sino una estructura queratinizada derivada del tejido labial y del premaxilar.

Por tanto, la historia dental de los dinosaurios no sigue una trayectoria lineal de complejidad creciente o reducción progresiva, sino que exhibe múltiples experimentos evolutivos: desde denticiones cortantes típicamente depredadoras, hasta baterías trituradoras comparables funcionalmente a sistemas mamíferos, y pérdidas repetidas de dientes en favor de picos. Esta diversidad confirma que la dentición dinosauriana fue uno de los campos más dinámicos de innovación biomecánica dentro de los arcosaurios mesozoicos.

Mamíferos

La dentición de los mamíferos está profundamente ligada a una de sus innovaciones anatómicas más importantes: el paladar secundario óseo. Esta estructura separa de manera casi completa la cavidad nasal de la cavidad oral, permitiendo que el animal pueda respirar mientras mantiene alimento en la boca. A diferencia de muchos otros vertebrados, en los cuales la ventilación y la manipulación del alimento comparten más directamente el mismo espacio funcional, los mamíferos pueden masticar durante periodos prolongados sin comprometer la respiración. Esta reorganización anatómica abrió la puerta a una transformación radical: la aparición de la masticación compleja y, en algunos linajes, la rumiación.

Enlace a la [Figura: Dientes sexuales]

Al poder triturar el alimento dentro de la boca antes de deglutirlo, se favoreció la evolución de dientes especializados por categorías —incisivos, caninos, premolares y molares— cada uno con una función mecánica distinta. Esta condición, conocida como heterodoncia, permitió dividir el trabajo: cortar, perforar y moler en secuencia coordinada. Sin embargo, esta precisión oclusal tuvo un costo evolutivo importante. Para que las superficies dentales encajen con exactitud durante años, el reemplazo continuo típico de reptiles y peces se volvió inviable. Así, los mamíferos adoptaron un patrón difiodonto, con solo dos generaciones de dientes (decidua y permanente), sacrificando la renovación constante en favor de estabilidad funcional. Las condiciones más cercanas al patrón basal pueden observarse en mamíferos carnívoros como los cánidos, donde la fórmula dental es relativamente completa y la organización heterodonta es clara, con carnasiales bien definidos pero sin reducciones extremas.

Sin embargo, la dentición mamífera no se limita al modelo estándar. Existen numerosas “rarezas evolutivas” que revelan hasta qué punto los dientes pueden convertirse en estructuras de defensa, exhibición o especialización extrema. En los jabalíes (Sus scrofa), los caninos crecen continuamente y se proyectan como colmillos curvos utilizados en combate y defensa. En los elefantes (Loxodonta africana, Elephas maximus), los colmillos son incisivos hipertrofiados que cumplen funciones sociales, defensivas y manipulativas. En el narval (Monodon monoceros), el dimorfismo sexual es notable: el largo colmillo espiralado corresponde a un incisivo superior izquierdo enormemente desarrollado en los machos, probablemente relacionado con selección sexual y exhibición.

Enlace a la [Figura: Dientes de sable]

Otros casos muestran especializaciones biomecánicas extremas, como los colmillos de sable en Smilodon fatalis, cuyos caninos superiores alcanzaban tamaños desproporcionados. Aunque intuitivamente se asocian con la depredación, su tamaño implicaba fragilidad estructural, lo que sugiere estrategias de ataque altamente específicas y aún debatidas. En el extremo opuesto, algunos herbívoros han reducido o perdido ciertas series dentales. Los caballos (Equus ferus caballus), por ejemplo, han eliminado los caninos funcionales en muchas hembras y presentan incisivos prominentes junto con molares hipsodontos altamente especializados para el desgaste continuo por sílice vegetal.

Así, la dentición mamífera combina un marco estructural altamente conservado —heterodoncia asociada al paladar secundario y reemplazo limitado— con una impresionante diversidad de modificaciones adaptativas. Defensa, competencia sexual, procesamiento vegetal intensivo o depredación especializada son solo algunas de las trayectorias evolutivas que han moldeado sus dientes, transformando un plan básico en una galería de soluciones morfológicas extraordinarias.

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Figura. Dientes de sable

 
Los llamados dientes de sable representan uno de los ejemplos más llamativos de convergencia evolutiva. No aparecieron una sola vez, sino múltiples veces en distintos linajes de vertebrados carnívoros. En mamíferos, evolucionaron al menos en los nimrávidos, en los verdaderos felinos machairodontinos como Smilodon, y en algunos metaterios depredadores como Thylacosmilus. Incluso antes, en el Pérmico, ciertos terápsidos gorgonópsidos ya exhibían colmillos elongados comparables. En total, la morfología “sable” ha surgido al menos cinco veces de manera independiente, demostrando que bajo presiones ecológicas similares —presas grandes, necesidad de penetrar tejidos blandos rápidamente— la evolución puede llegar a soluciones anatómicas parecidas.

Sin embargo, esta espectacular adaptación suele interpretarse como un callejón evolutivo. Los colmillos extremadamente alargados son frágiles, dependen de técnicas de caza muy específicas y limitan el tipo de presa que puede explotarse. Además, implican modificaciones profundas del cráneo, la mandíbula y la musculatura cervical, lo que reduce la flexibilidad ecológica. Cuando cambian las condiciones ambientales o desaparecen las presas adecuadas, estas formas altamente especializadas tienden a extinguirse. La repetición del “diseño sable” en la historia evolutiva no implica planificación ni corrección de errores; refleja simplemente que ciertas trayectorias anatómicas son accesibles desde distintas bases evolutivas.

La metáfora de un “ingeniero ebrio” resulta ilustrativa en un sentido: la evolución carece de intención y no posee supervisión externa. No hay metas, no hay jefes, no hay evaluación de desempeño. Solo existe variación heredable, selección natural y tiempo profundo. Si una morfología funciona temporalmente, se mantiene; si deja de hacerlo, desaparece junto con la especie que la porta. En el vasto marco de la historia de la vida, la duración de cualquier linaje es breve. La reiteración de los dientes de sable muestra que la evolución explora soluciones posibles, aunque muchas terminen siendo transitorias frente a los cambios inevitables del planeta.

Figura. Dientes sexuales

 
Los dientes pueden funcionar como un órgano dimórfico sexual, es decir, una estructura que se desarrolla de manera más extrema en uno de los sexos, generalmente en los machos, debido a la selección sexual. En jabalíes y cerdos salvajes, los colmillos hipertrofiados no solo sirven para alimentarse, sino también para exhibición visual, competencia entre machos y defensa del harén. Estos colmillos crecen continuamente y se afilan por fricción mutua, formando auténticas armas curvas capaces de infligir heridas profundas. En contextos de disputa territorial, el tamaño y la curvatura de los colmillos actúan como señales de estatus, reduciendo a veces la necesidad de combate directo porque el rival evalúa el riesgo antes de atacar.

La literatura ha recogido simbólicamente este poder. En la ficción, el rey Robert Baratheon muere tras ser herido por un jabalí durante una cacería, un recurso narrativo que subraya la peligrosidad real de estos animales. Pero no es solo un recurso literario: en la historia, el rey Felipe IV de Francia falleció en 1314 tras un accidente de caza vinculado a un jabalí, recordando que estos mamíferos no son presas inofensivas. Los colmillos inferiores, largos y proyectados hacia arriba, pueden desgarrar músculos y arterias con facilidad. La evolución ha favorecido estas estructuras porque incrementan el éxito reproductivo de los machos vencedores, aun cuando impliquen un alto costo energético y riesgo de lesiones.

Desde el punto de vista biológico, estos dientes modificados ilustran cómo un órgano originalmente alimentario puede transformarse en una herramienta de competencia intraespecífica. La testosterona influye en su desarrollo, reforzando el carácter dimórfico. Así, el diente deja de ser solo parte del sistema digestivo y se integra en la estrategia reproductiva del individuo. En los jabalíes, la forma, tamaño y exposición de los colmillos revelan cómo la selección sexual puede moldear la anatomía hasta convertirla en símbolo de poder, defensa y supervivencia. 

Figura: Dientes en dinosaurios y aves

 

Los dinosaurios no avianos presentaban en su mayoría una dentición tecodonta, con dientes insertos en alvéolos profundos del maxilar y la mandíbula. Estos dientes solían ser homodontos en forma general, aunque variaban en tamaño y curvatura según la dieta. En los terópodos carnívoros, los dientes eran comprimidos lateralmente, recurvados y con serraciones, adaptados para cortar carne con eficiencia. En contraste, muchos dinosaurios herbívoros desarrollaron coronas complejas y baterías dentales, como en hadrosaurios y ceratópsidos, capaces de triturar vegetación mediante un sistema de reemplazo continuo. Esta diversidad demuestra que la especialización dentaria fue clave en la radiación ecológica del grupo.

La mayoría de los dinosaurios reemplazaban sus dientes de manera constante, un patrón de polifiodoncia similar al de los reptiles actuales. Bajo cada diente funcional se desarrollaba uno nuevo, lo que garantizaba una dentición activa durante toda la vida. Algunos linajes, sin embargo, comenzaron a mostrar tendencias hacia la reducción dental, especialmente dentro de los terópodos más cercanos a las aves. En ciertos grupos como los oviraptorosaurios y ornithomimosaurios, los dientes desaparecieron por completo y fueron reemplazados por picos córneos, anticipando la condición aviana moderna.

Las aves actuales, descendientes directas de dinosaurios terópodos, carecen de dientes y poseen un pico queratinizado que recubre los huesos maxilares. Sin embargo, esta condición no es ancestral para el linaje, sino derivada. Las primeras aves como Archaeopteryx aún conservaban dientes verdaderos, lo que evidencia una transición evolutiva gradual. La pérdida de los dientes en aves modernas se asocia a reducción de peso craneal, especialización alimentaria y al desarrollo de la molleja como órgano triturador interno. Así, la comparación entre dinosaurios y aves revela una historia evolutiva continua, donde la dentición se transformó profundamente sin romper el vínculo filogenético entre ambos grupos.

Figura. Dientes en reptiles

 

Los reptiles presentan en general una dentición homodonta, es decir, dientes de forma semejante a lo largo de la mandíbula, diseñados principalmente para sujetar y perforar más que para masticar. En el caso del cocodrilo marino, Crocodylus porosus, los dientes son cónicos, robustos y ligeramente curvados hacia atrás, lo que impide que la presa escape una vez atrapada. No están adaptados para triturar como los molares de los mamíferos, sino para ejercer una mordida de presión extrema, sostenida por potentes músculos aductores. La disposición alternada entre maxilar y mandíbula permite que los dientes encajen como una trampa, distribuyendo la fuerza de cierre de manera eficiente.

En Crocodylus porosus la implantación es tecodonta, es decir, cada diente se inserta en un alvéolo óseo profundo, una condición que también se observa en mamíferos y algunos dinosaurios. Esta inserción proporciona estabilidad frente a las enormes fuerzas generadas durante la captura de presas grandes. Además, presentan polifiodoncia, reemplazando dientes de manera continua a lo largo de la vida. Bajo cada diente funcional se desarrolla uno de reemplazo, listo para ocupar su lugar cuando el anterior se pierde o se fractura. Esta estrategia es crucial en un depredador que enfrenta resistencia mecánica frecuente al morder caparazones, huesos o cuerpos en movimiento.

A diferencia de los mamíferos, los cocodrilos no mastican; su estrategia consiste en sujetar, desgarrar y tragar fragmentos. El famoso “giro de la muerte” ayuda a desmembrar presas grandes utilizando la fuerza corporal más que la trituración dental. Los dientes, aunque simples en forma, están optimizados para penetración y retención, no para procesamiento fino del alimento. Así, la dentición de Crocodylus porosus representa una solución evolutiva altamente especializada dentro de un patrón reptiliano ancestral que privilegia la captura eficiente sobre la masticación compleja.

Figura. Dientes de anfibios

 

Aunque muchos anfibios modernos presentan dientes pequeños, simples o incluso ausentes en la mandíbula inferior, esta condición no refleja toda la historia evolutiva del grupo. En ranas actuales, por ejemplo, los dientes suelen limitarse al maxilar superior y al vómer, y en varios linajes han desaparecido por completo. Sin embargo, en algunas salamandras como la salamandra tigre (Ambystoma tigrinum), se observa una dentición más desarrollada, con dientes pedicelados característicos: estructuras bicúspides unidas a la base por una zona fibrosa que facilita su reemplazo. Estos dientes, aunque pequeños, cumplen una función eficaz en la captura de presas blandas, como insectos y otros invertebrados.

Si retrocedemos en el tiempo geológico, los ancestros de los anfibios, incluidos grandes temnospóndilos y otros tetrapodomorfos basales, poseían denticiones mucho más robustas. Grupos como los temnospóndilos depredadores del Carbonífero y Pérmico exhibían cráneos macizos y hileras de dientes cónicos afilados, adecuados para capturar peces y otros vertebrados. Algunos alcanzaban tamaños considerables y actuaban como depredadores tope en ecosistemas acuáticos y pantanosos, mucho antes de la radiación de los amniotas. En estos linajes, la dentición no era reducida ni secundaria, sino una herramienta central para la alimentación activa y la competencia ecológica.

Con la posterior diversificación de los amniotas —reptiles, aves y mamíferos— muchos nichos depredadores fueron ocupados por estos grupos mejor adaptados a ambientes terrestres secos. Paralelamente, los anfibios modernos tendieron hacia cuerpos más pequeños y dietas especializadas, lo que favoreció la reducción o simplificación dental. Así, la condición actual de dientes diminutos no representa un rasgo primitivo, sino el resultado de una evolución secundaria asociada a cambios ecológicos y fisiológicos dentro del linaje anfibio.

Figura. Mandíbulas mordedoras

 

La mandíbula mordedora de los tiburones representa una innovación clave dentro de los condrictios, y su origen se explica por el reclutamiento evolutivo de los arcos branquiales anteriores. En los vertebrados primitivos, estos arcos sostenían las branquias y participaban en la ventilación acuática. Con el tiempo, el primer arco branquial —el arco mandibular— se transformó en las piezas que hoy reconocemos como mandíbula superior e inferior. Este cambio no fue abrupto, sino el resultado de una reorganización progresiva de estructuras preexistentes. Así, la función respiratoria ancestral dio paso a una función de captura y sujeción de presas, consolidando el modelo de bisagra funcional que caracteriza a los tiburones modernos.

A diferencia de muchos peces óseos y de los tetrápodos, la mandíbula de los tiburones no está fusionada rígidamente al cráneo verdadero o neurocráneo. Presenta una articulación relativamente libre y móvil, sostenida por cartílago y por elementos de soporte como el hioides modificado. Esta configuración, conocida como suspensión hiostílica, permite una apertura bucal amplia y una proyección anterior de la mandíbula durante el ataque. El resultado es un mecanismo de mordida potente, optimizado para cerrar con rapidez y ejercer presión concentrada sobre la presa. El refuerzo del movimiento de bisagra cartilaginosa incrementa la eficiencia mecánica sin necesidad de una unión ósea rígida.

Además, los tiburones poseen múltiples hileras de dientes reemplazables, anclados a la piel interna y no a alveolos óseos, lo que complementa la movilidad mandibular. La combinación de articulaciones flexibles, reclutamiento de arcos branquiales y dentición en recambio continuo convierte su aparato bucal en un sistema altamente adaptable. Esta arquitectura demuestra cómo la evolución no crea estructuras desde cero, sino que modifica y reorganiza componentes previos para generar nuevas funciones biomecánicas especializadas.

Figura. Origen de los dientes.

Eriptychius fue un vertebrado marino primitivo del Ordovícico, perteneciente a los heterostráceos, un grupo de peces acorazados sin mandíbulas verdaderas. Su cuerpo estaba cubierto por un esqueleto dérmico formado por placas y pequeños tubérculos mineralizados. Estas estructuras contenían dentina primitiva y una capa externa semejante al esmalte, lo que las vincula directamente con el origen de los dientes verdaderos. Sin embargo, en este linaje no existían hileras dentarias organizadas ni una mordida funcional como la de los vertebrados posteriores. Las piezas eran parte del tegumento, es decir, del sistema corporal externo, y cumplían funciones de protección mecánica frente a depredadores y del ambiente marino.

La relevancia evolutiva de Eriptychius demuestra que ningún órgano complejo aparece completamente formado. Los dientes surgieron por reclutamiento evolutivo, un proceso en el cual estructuras previas, como las placas dérmicas sensoriales, fueron reorganizadas en la región oral. Las mismas redes genéticas que controlaban la mineralización cutánea comenzaron a expresarse en la boca. Inicialmente, estas unidades mineralizadas estaban asociadas a funciones sensoriales, con abundante inervación y conexión a vasos sanguíneos. Esta condición explica por qué los dientes actuales conservan una pulpa vascularizada y una gran sensibilidad al dolor: su origen estuvo ligado a tejidos detectores antes que a herramientas de corte.

Con la aparición de las mandíbulas en vertebrados posteriores, estas estructuras mineralizadas fueron incorporadas a la cavidad oral, transformándose en elementos de captura y procesamiento de alimento. La función de mordida activa surgió después de la función sensorial protectora, pero esta última no desapareció. Por ello, los dientes siguen siendo órganos complejos, compuestos por tejidos especializados, con capacidad de respuesta nerviosa. El caso de Eriptychius ilustra un principio fundamental de la evolución biológica: las innovaciones surgen por modificación de lo existente, no por creación súbita de estructuras completamente nuevas.

Figura. Dientes de cuchilla continua

En algunos vertebrados primitivos como Dunkleosteus, un placodermo del Devónico, la función cortante no recaía en dientes verdaderos, sino en placas mandibulares afiladas formadas por extensiones del propio hueso dérmico. En la imagen se aprecia cómo los bordes anteriores de las mandíbulas superior e inferior desarrollan filos agudos semejantes a cuchillas. Estas estructuras no eran piezas individuales implantadas en alvéolos, sino láminas óseas continuas que crecían como parte integral del cráneo. Desde el punto de vista funcional, actuaban como auténticas guillotinas capaces de seccionar presas con enorme potencia, compensando la ausencia de dientes diferenciados mediante fuerza de mordida y bordes cortantes autoafilables por desgaste.

Sin embargo, estas placas cortantes presentan desventajas comparativas frente a los dientes mineralizados de los gnatóstomos posteriores. Los dientes verdaderos están compuestos por dentina y, en muchos linajes, por esmalte, lo que les otorga mayor resistencia al desgaste y capacidad de mantener filos precisos durante más tiempo. Además, los dientes pueden organizarse en hileras, especializarse en distintas formas —cúspides, crestas, carenas— y, crucialmente, reemplazarse de manera continua en numerosos peces y reptiles. Las placas óseas, en cambio, no se reemplazaban como unidades discretas; su desgaste implicaba remodelación del hueso completo, un proceso más lento y menos flexible evolutivamente.

Desde una perspectiva evolutiva, las placas mandibulares de Dunkleosteus representan una solución temprana al problema de capturar y procesar presas grandes antes de la consolidación del sistema dentario moderno. Constituyen un análogo funcional de los dientes, pero no son homólogas a ellos en el sentido estricto. La aparición posterior de dientes verdaderos permitió una diversificación mucho mayor en estrategias alimentarias, ya que la modularidad, el reemplazo y la diferenciación morfológica ampliaron el repertorio ecológico de los vertebrados. Así, aunque impresionantes y eficaces en su contexto, las placas cortantes resultaron evolutivamente menos versátiles que los sistemas dentarios basados en piezas individuales.

Figura. Dientes queratinosos

Las lampreas presentan estructuras dentarias que, aunque funcionalmente comparables a los dientes, difieren profundamente en su origen histológico y en su composición tisular respecto a los dientes verdaderos de los vertebrados con mandíbulas. En la imagen se observa su disco oral circular provisto de múltiples “dientes” córneos dispuestos en anillos concéntricos, así como una lengua raspadora armada con placas denticuladas. Estas estructuras están formadas principalmente por queratina, la misma proteína estructural presente en uñas y epidermis, y no por tejidos mineralizados como esmalte o dentina. En contraste, los dientes verdaderos de peces cartilaginosos, peces óseos, reptiles y mamíferos derivan de interacciones entre ectodermo y mesénquima neural, generando órganos dentarios complejos con pulpa vascularizada, dentina y, en muchos casos, esmalte.

A pesar de estas diferencias estructurales, existen notables similitudes funcionales. Tanto los dientes queratinosos de las lampreas como los dientes mineralizados permiten sujeción, perforación y raspado de tejidos. Las lampreas parasíticas utilizan su aparato bucal para fijarse a peces hospedadores y erosionar su piel, accediendo a fluidos corporales. De manera análoga, muchos vertebrados mandibulados emplean sus dientes para capturar o procesar alimento. Sin embargo, los dientes verdaderos están anclados en hueso o cartílago mediante tejidos de soporte especializados, mientras que en lampreas las estructuras dentarias forman parte de un disco muscular sin raíces ni inserción alveolar.

Desde una perspectiva evolutiva, las lampreas representan una condición agnata ancestral en la que aún no existían mandíbulas verdaderas. Los dientes verdaderos emergieron posteriormente en los gnatóstomos, vinculados al desarrollo de arcos branquiales modificados y de un esqueleto dérmico mineralizado. Por tanto, aunque ambas estructuras cumplen funciones semejantes, no son estrictamente homólogas, sino ejemplos de soluciones evolutivas distintas ante el mismo desafío: capturar y manipular alimento de forma eficiente.

Proceso digestivo en vertebrados, anatomía de los dientes

 [Enlace al índice]

Un diente es un órgano mineralizado especializado, implantado en los huesos de la mandíbula o del maxilar (o asociado a ellos), cuya función principal es capturar, perforar, cortar, desgarrar o triturar alimento antes de que este continúe su procesamiento químico en el tracto digestivo. A diferencia de simples protuberancias córneas o serraciones superficiales, el diente verdadero es una estructura compleja de origen ectodérmico y mesenquimático, formada por tejidos altamente diferenciados como esmalte, dentina, cemento y pulpa, y está asociado a mecanismos de desarrollo embrionario específicos.

No debe confundirse un diente verdadero con las serraciones de un pico o con crestas queratinizadas del borde labial. Las serraciones son extensiones del tejido córneo del pico y carecen de la arquitectura interna característica de los dientes. Tampoco deben confundirse con simples espinas dérmicas o estructuras queratinizadas superficiales. El diente auténtico posee una organización histológica propia, inserción definida y un patrón de desarrollo regulado genéticamente.

Estructura

Lo que define verdaderamente a un diente no es simplemente su forma puntiaguda o su función de cortar, sino su estructura interna altamente especializada. Un diente es un órgano completo, en el sentido biológico estricto del término, porque integra múltiples tejidos diferenciados que trabajan de manera coordinada para cumplir una función concreta: la fragmentación mecánica del alimento. En su composición intervienen tejidos mineralizados extremadamente duros, tejidos conectivos, vasos sanguíneos y nervios. No es una simple prolongación del hueso ni una estructura córnea superficial; es una unidad anatómica organizada, con desarrollo embrionario propio y arquitectura histológica definida.

A diferencia de otras estructuras duras del cuerpo, el diente combina esmalte (tejido más duro del organismo), dentina (tejido mineralizado intermedio), cemento (tejido de anclaje) y pulpa vascularizada e inervada, formando un sistema funcional que equilibra resistencia, sensibilidad y capacidad de reparación limitada. Esta integración de tejidos convierte al diente en una auténtica innovación evolutiva dentro de los vertebrados.

Enlace a la [Figura: El diente]

Corona: Es la porción visible del diente, la parte que sobresale por encima de la encía o gingiva. La corona es la región funcional que entra en contacto directo con el alimento y soporta las fuerzas de corte, compresión y fricción durante la masticación.

Raíz: Es la porción del diente que se encuentra insertada dentro del hueso alveolar de la mandíbula o del maxilar. La raíz proporciona estabilidad y fijación, y su morfología varía según el tipo de diente y las fuerzas mecánicas que debe soportar.

Esmalte (Enamel): Es el tejido más duro del cuerpo vertebrado. Está compuesto principalmente por cristales de hidroxiapatita altamente organizados. Recubre la corona y actúa como escudo protector contra el desgaste y la fractura. A diferencia de otros tejidos, el esmalte no se regenera una vez perdido.

Dentina: Se encuentra debajo del esmalte y constituye la mayor parte del volumen del diente. Es similar al hueso en composición química, pero es más duro y menos vascularizado. La dentina protege la pulpa y puede depositarse en capas sucesivas a lo largo de la vida, formando líneas de crecimiento que, al igual que los anillos de un árbol, pueden utilizarse para estimar la edad en ciertos estudios.

Enlace a la [Figura: Dientes humanos]

Cemento: Recubre la raíz del diente y permite su anclaje al hueso mediante el ligamento periodontal. Aunque menos duro que el esmalte y la dentina, cumple un papel esencial en la estabilidad mecánica.

Pulpa: Es la región central y más protegida del diente. Contiene vasos sanguíneos, tejido conectivo y fibras nerviosas, lo que mantiene la vitalidad del órgano y le confiere sensibilidad.

Fórmula dental

Para entender la fórmula dental, es importante saber que cada letra representa un tipo de diente: I = incisivos, C = caninos, PM = premolares, M = molares. Los números antes y después de la barra indican cuántos dientes de cada tipo hay en un solo lado de la cabeza: el número superior corresponde al maxilar (arcada superior) y el inferior a la mandíbula (arcada inferior). Por ejemplo, en la fórmula humana I 2/2, significa que hay 2 incisivos superiores y 2 inferiores en cada lado. Como la fórmula describe solo un lado, el total real se obtiene sumando todos los términos sin importar las barras de fracción y multiplicando por dos. Así, 2 incisivos superiores por lado equivalen a 4 incisivos superiores en total. De esta manera, la fórmula es una forma abreviada y comparativa de describir la dentición entre distintas especies, permitiendo visualizar rápidamente diferencias evolutivas y funcionales.

La fórmula dental humana permanente es: I 2/2, C 1/1, PM 2/2, M 3/3, lo que equivale a 32 dientes en total. El “mamífero ideal” ancestral placentario se reconstruye con la fórmula I 3/3, C 1/1, PM 4/4, M 3/3 (44 dientes), lo que indica que los humanos hemos reducido un incisivo y dos premolares por cuadrante respecto al patrón ancestral. Si se compara con un perro (Canis), cuya fórmula típica es I 3/3, C 1/1, PM 4/4, M 2/3 (42 dientes), se observa que conserva más premolares y presenta carnasiales bien desarrollados. En el gato (Felis) la reducción es distinta: I 3/3, C 1/1, PM 3/2, M 1/1 (30 dientes), con fuerte especialización carnívora y molares muy reducidos.

Reemplazo dental

Los dientes pueden experimentar modificaciones extremas incluso entre especies cercanas evolutivamente. Esta plasticidad refleja adaptaciones a dietas, estrategias de caza o modos de alimentación muy diversos.

Un criterio importante de clasificación es el patrón de reemplazo dental:

Polifiodontos: Son animales que reemplazan sus dientes de manera continua a lo largo de su vida. Este patrón es típico de los tiburones y de la mayoría de los reptiles, donde nuevas piezas dentales se desarrollan constantemente detrás de las funcionales.

Difiodontos: Presentan únicamente dos generaciones de dientes. Este es el caso de los mamíferos, que poseen una dentición decidua (temporal o “de leche”) que es reemplazada por una dentición permanente. Aunque ambos juegos comparten tipos básicos como incisivos, caninos y premolares, la dentición permanente incluye molares adicionales, que emergen más tarde en el desarrollo (como las muelas del juicio en humanos).

Esta organización limitada del reemplazo dental en mamíferos está asociada con su dentición altamente especializada y precisa en la oclusión, lo que requiere estabilidad y alineación duradera entre las piezas. Así, el diente no es solo una estructura dura incrustada en la mandíbula, sino un órgano complejo cuya forma, número y patrón de reemplazo reflejan millones de años de historia evolutiva y adaptación funcional.

En cuanto al reemplazo dental en humanos, no existen diferencias bioquímicas fundamentales entre los dientes deciduos (infantiles) y los dientes permanentes. Ambos están compuestos por los mismos tejidos básicos: esmalte rico en hidroxiapatita, dentina, cemento y pulpa vascularizada e inervada. Sin embargo, sí existen diferencias estructurales y proporcionales: los dientes infantiles presentan coronas más pequeñas, esmalte más delgado y raíces más cortas y divergentes, lo que facilita su posterior reabsorción y caída. El término “diente de leche” no proviene de una diferencia química ni de que contengan leche en su composición, sino de su asociación temporal con la etapa de lactancia. Es un nombre histórico y cultural que alude al periodo en el que aparecen, no a su naturaleza biológica.

Muelas del juicio. En términos de número de dientes, sí existe una modificación entre infancia y adultez. La dentición decidua humana está compuesta por 20 piezas (I 2/2, C 1/1, M 2/2; sin premolares), mientras que la dentición permanente incluye 32 piezas (I 2/2, C 1/1, PM 2/2, M 3/3). Los premolares no reemplazan a premolares infantiles —porque no existen en la dentición decidua— sino que sustituyen a los molares temporales. Además, los molares permanentes posteriores, especialmente el tercer molar o “muela del juicio”, no reemplazan ningún diente previo: emergen como piezas adicionales en la parte más posterior de la arcada.

Diagrama

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Enlace a la [Figura: Condición heterodonta]

Desde una perspectiva evolutiva, la aparición problemática de los terceros molares (muelas del juicio) en humanos modernos se relaciona con cambios profundos en la morfología mandibular y craneofacial. A lo largo de la evolución reciente del género Homo, se ha producido una reducción progresiva del tamaño del rostro y de la mandíbula, fenómeno asociado probablemente a múltiples factores: la incorporación del uso del fuego, el procesamiento cultural de los alimentos (cocción, trituración, fermentación), la disminución de las exigencias mecánicas de la masticación, e incluso posibles procesos de selección sexual neoténica, que favorecieron rasgos faciales más gráciles y juveniles en la edad adulta. El resultado anatómico ha sido una arcada dental más compacta que la de nuestros antepasados.

Sin embargo, el programa genético que regula la formación de tres molares por cuadrante se ha conservado en gran parte de la población humana. Esto genera un desajuste evolutivo: una mandíbula relativamente pequeña —en parte por retención de rasgos juveniles en el adulto— frente a un patrón dental que aún “espera” un espacio acorde con una arcada más robusta. Como consecuencia, los terceros molares pueden quedar impactados, erupcionar de forma incompleta o requerir extracción quirúrgica. No obstante, en muchas poblaciones modernas se observa agenesia congénita de uno o más terceros molares, lo que sugiere una posible tendencia evolutiva hacia su reducción o desaparición, aunque este proceso no es uniforme ni universal.

Es importante considerar además el contexto histórico y cultural. Antes del desarrollo de la odontología moderna, los adultos perdían con frecuencia una o más piezas dentales debido a caries, desgaste extremo o infecciones. Esta pérdida generaba espacio funcional adicional en la arcada, lo que permitía a los terceros molares erupcionar con mayor facilidad y desempeñar un papel útil en la masticación. En la actualidad, gracias a la higiene dental, la medicina preventiva y la conservación de piezas durante más tiempo, las arcadas suelen mantenerse completas hasta la adolescencia tardía, dejando menos margen para la erupción de estos molares finales. Así, lo que en contextos ancestrales podía representar una reserva funcional tardía, hoy se manifiesta con frecuencia como un problema clínico. Estos dientes reciben el nombre coloquial de “muelas del juicio” porque suelen aparecer en la etapa final de la adolescencia o inicio de la adultez, tradicionalmente asociada con la madurez, el “juicio o razonamiento de nivel adulto”. El término “muelas cordales” proviene del latín dens cordis o dentes cordales, relacionado con la idea de cordura o sensatez que se atribuía simbólicamente a esa edad de aparición.

Crecimiento dental

La clasificación dentaria según el patrón de crecimiento distingue entre dientes de crecimiento continuo y dientes de crecimiento limitado o discontinuo. Esta diferencia no depende solo del reemplazo (polifiodoncia o difiodoncia), sino de si el diente mantiene activa su capacidad de elongación a lo largo de la vida del individuo.

En los dientes de crecimiento continuo —también llamados elodontos o hipselodontos— la región productora de dentina permanece activa de forma permanente. Esto significa que el diente no completa nunca su desarrollo, sino que sigue creciendo mientras el animal vive. Un ejemplo clásico son los roedores, como el castor Castor canadensis, cuyas incisivos crecen constantemente. En estos animales, el desgaste producido por roer madera u otros materiales duros se compensa con el crecimiento continuo desde la base del diente. La superficie anterior del incisivo está recubierta por esmalte más duro que la posterior, de modo que el desgaste diferencial mantiene un borde afilado permanente, funcional como un cincel. Otros ejemplos incluyen el ratón Mus musculus y el conejo Oryctolagus cuniculus, cuyos incisivos también crecen sin cesar. En ausencia de desgaste, estos dientes pueden curvarse excesivamente y generar problemas graves.

Enlace a la [Figura: Cráneos de las serpientes]

En contraste, los dientes de crecimiento limitado o determinado —también llamados braquiodontos cuando poseen coronas bajas— completan su desarrollo tras la erupción y no continúan creciendo indefinidamente. Esta condición es típica en humanos (Homo sapiens) y en la mayoría de los carnívoros como el perro (Canis lupus familiaris) o el gato (Felis catus). En estos casos, una vez que la corona y la raíz alcanzan su tamaño final, el crecimiento cesa, y el desgaste acumulado no puede compensarse con nueva formación significativa de tejido dentario. El mantenimiento funcional depende entonces de la durabilidad del esmalte y del patrón de oclusión.

Existe además una condición intermedia en algunos grandes herbívoros como el caballo (Equus caballus), cuyos molares son hipsodontos: poseen coronas muy altas y reservas extensas de tejido dentario que emergen progresivamente a medida que la superficie oclusal se desgasta. Aunque no crecen indefinidamente como los incisivos de un roedor, sí presentan una erupción prolongada que compensa el intenso desgaste producido por dietas abrasivas ricas en sílice.

En conjunto, el patrón de crecimiento dental refleja la interacción entre dieta, desgaste mecánico y estrategia evolutiva: donde el alimento impone fricción constante, la evolución favorece dientes de crecimiento continuo; donde el desgaste es menor o la precisión oclusal es prioritaria, predominan dientes de crecimiento limitado.

Especialización estándar

En los vertebrados, los dientes pueden especializarse de manera parcial o total, dependiendo del linaje y de la estrategia alimentaria. Lo más común fuera de los mamíferos es la especialización total o uniforme, es decir, que todos los dientes de un individuo presenten una morfología semejante y estén adaptados a una misma función. Esta condición se conoce como homodoncia. En animales como cocodrilos, tiburones o delfines, cada diente puede variar en tamaño según su posición, pero mantiene esencialmente la misma forma y función: perforar y sujetar. En estos casos, la dentición actúa como una serie repetida de estructuras similares, optimizadas para capturar presas más que para triturarlas.

En la mayoría de estos linajes, la homodoncia se asocia con un patrón de reemplazo dental continuo, denominado polifiodoncia. Dado que los dientes cumplen principalmente funciones de agarre y penetración —y están sometidos a desgaste o fractura frecuente— resulta ventajoso reemplazarlos de manera constante. Así, tiburones y muchos reptiles desarrollan nuevas piezas detrás de las funcionales, asegurando que la capacidad de captura no se vea comprometida por la pérdida de dientes individuales.

En los mamíferos, sin embargo, la situación evolutiva es diferente. A lo largo de su historia evolutiva se consolidó una tendencia hacia la especialización por categorías dentales, condición conocida como heterodoncia. En lugar de poseer dientes iguales, los mamíferos desarrollaron tipos distintos con funciones diferenciadas dentro de la misma boca. Las principales categorías son:

Incisivos: Ubicados en la parte anterior, están especializados en el corte de materiales, ya sean vegetales o animales.

Caninos: Situados lateralmente, se especializan en la penetración y sujeción. En depredadores, pueden perforar tejidos profundos o contribuir a inmovilizar la presa.

Premolares y molares: Ubicados posteriormente, poseen superficies amplias y complejas para la trituración y molienda. Esta capacidad de masticación eficiente está estrechamente ligada a la presencia de un paladar secundario, que permite respirar mientras se procesa el alimento.

Carnasiales (carniceros): En el orden Carnivora, ciertos premolares y molares se modifican en dientes sectoriales con bordes afilados y robustos que actúan como tijeras para cortar carne y tendones. La heterodoncia representa una de las innovaciones más importantes de la dentición mamífera, ya que permite dividir el trabajo mecánico en etapas: cortar, perforar y moler, aumentando la eficiencia energética.

No obstante, no todos los mamíferos conservan este plan heterodonto completo. En algunos linajes se ha producido una reducción o pérdida de categorías dentales, mientras que en otros se ha enfatizado el desarrollo preferente de un grupo específico. Incluso existen casos de retorno a una condición funcionalmente homodonta, como en los delfines, cuyos dientes son numerosos, cónicos y muy similares entre sí, adaptados a sujetar presas resbaladizas. En otros grupos se observa la pérdida casi total de la dentición (como en ballenas con barbas) o la hipertrofia extrema de ciertos dientes transformados en colmillos.

Enlace a la [Figura: Condición homodonta]

En conjunto, la evolución dental de los vertebrados muestra dos grandes estrategias: la repetición uniforme de dientes funcionalmente equivalentes (homodoncia) y la división funcional en categorías especializadas (heterodoncia). Ambas representan soluciones evolutivas exitosas, pero responden a demandas ecológicas y biomecánicas muy distintas.

Dientes humanos

Los dientes humanos se ajustan en lo esencial al plan heterodonto estándar de los mamíferos, pero con particularidades asociadas a una dieta omnívora y a una reducción de la agresividad dentaria típica de muchos carnívoros especializados. Conservamos las cuatro categorías clásicas —incisivos, caninos, premolares y molares— organizadas funcionalmente en corte, sujeción moderada y molienda. Sin embargo, en comparación con depredadores estrictos, nuestros caninos son poco prominentes y no están diseñados para perforaciones profundas; en cambio, nuestros molares son amplios y bunodontos, con cúspides redondeadas adaptadas a triturar una amplia variedad de alimentos. Carecemos de dientes carnasiales desarrollados como los del orden Carnivora. En conjunto, la dentición humana representa una variante generalista del modelo heterodonto difiodonto, más orientada a la versatilidad que a la especialización extrema.

Tipos de implantación dental

Los dientes pueden unirse a los huesos de soporte mediante tres tipos generales de implantación, y esta característica es fundamental tanto desde el punto de vista anatómico como evolutivo.

La primera condición es la tecodonta, en la cual los dientes se insertan profundamente dentro de alveolos o cavidades óseas. En este caso, cada diente está alojado en un hueco bien definido del maxilar o la mandíbula, lo que proporciona una fijación firme y resistente a fuerzas intensas de mordida. Esta modalidad se observa en los mamíferos y en los arcosaurios (grupo que incluye cocodrilos, dinosaurios y aves).

La segunda condición es la acrodonta, donde los dientes se sitúan sobre la cresta del hueso, con inserciones relativamente superficiales. No están profundamente hundidos en alveolos, sino que se adhieren al borde óseo. Este patrón se encuentra en ciertos reptiles y otros vertebrados.

La tercera modalidad es la pleurodonta, en la cual los dientes se fijan al lado medial del hueso mandibular, es decir, se adhieren a la superficie interna lateral del hueso en lugar de estar alojados en cavidades profundas. Esta condición es común en numerosos reptiles actuales, como muchos lagartos.

Más allá del tipo de implantación, la forma de los dientes puede experimentar profundas modificaciones según la dieta. En algunos herbívoros y depredadores especializados, los dientes se ensanchan y aplanan hasta formar superficies amplias comparables a un sistema de “martillo y yunque”, lo que permite triturar material vegetal fibroso o romper conchas duras de moluscos. En numerosos peces teleósteos, los dientes pueden organizarse en superficies abrasivas que funcionan como raspadores, permitiendo desprender algas adheridas a las rocas, suspenderlas en el agua y luego ingerirlas. Así, tanto la implantación como la morfología dental reflejan adaptaciones directas a exigencias mecánicas específicas impuestas por el tipo de alimento.

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