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jueves, 15 de octubre de 2026

Copetón bogotano (Zonotrichia capensis costaricensis)

El copetón bogotano, también llamado gorrión andino o pinche, corresponde a Zonotrichia capensis costaricensis, una subespecie del copetón común documentada en la sabana de Bogotá. No constituye una especie exclusiva de la capital ni debe confundirse con una variedad doméstica. Su canto matutino, su comportamiento inquieto y su capacidad para utilizar jardines lo convierten en un ave reconocible de la ciudad. Habita parques, potreros, huertas, humedales y bordes de vegetación, donde busca alimento y anida. Investigaciones realizadas en el Jardín Botánico y la Universidad Nacional confirman su identidad subespecífica (Cueva, 2018).

Taxonómicamente pertenece al reino Animalia, filo Chordata, clase Aves, orden Passeriformes, familia Passerellidae, género Zonotrichia y especie Zonotrichia capensis. El género comprende cinco especies de gorriones americanos, caracterizados por plumajes pardos, cabezas marcadas y picos adaptados al consumo de semillas. Cuatro especies se concentran principalmente en Norteamérica; el copetón ocupa extensas regiones neotropicales. Zonotrichia procede del griego y alude a bandas en el plumaje, mientras capensis significa «del Cabo», referencia errónea al Cabo de Buena Esperanza, en África. El epíteto costaricensis alude a Costa Rica, sin implicar que esta subespecie viva únicamente allí. Aunque se lo llame gorrión, no pertenece a la familia del gorrión doméstico, Passer domesticus (Rising y Jaramillo, 2020).

El adulto mide aproximadamente 13 a 15 centímetros y pesa 20 a 25 gramos. Presenta una cabeza gris atravesada por franjas negras, una pequeña cresta eréctil y un característico collar castaño rojizo detrás del cuello. Su garganta blanquecina contrasta con las mejillas oscuras; el dorso pardo muestra manchas longitudinales y las alas poseen bordes claros. El vientre resulta grisáceo, mientras la cola alargada contribuye a maniobrar entre arbustos. Su pico corto y cónico rompe semillas; las patas delgadas, con tres dedos anteriores y uno posterior, permiten sujetarse a ramas y caminar mediante saltos. Los juveniles exhiben mayor estriado ventral (Cueva, 2018).

Como ave diurna, se alimenta principalmente sobre el suelo, pero canta desde perchas elevadas, postes o ramas visibles. Los machos defienden territorios reproductivos mediante vocalizaciones y persecuciones breves; las parejas pueden conservar vínculos entre nidadas. Su canto combina silbidos y trinos que presentan variaciones regionales, conocidas como dialectos vocales. Estas diferencias permiten estudiar la comunicación aprendida entre poblaciones. El plumaje también cambia: investigaciones bogotanas describieron mudas prebásicas completas y una muda preformativa parcial, procesos útiles para estimar la edad individual mediante plumas, iris y osificación craneal (Cueva, 2018).

La especie posee una distribución continental extensa, desde sectores de Centroamérica y el Caribe hasta Tierra del Fuego, con poblaciones en los Andes y regiones abiertas sudamericanas. La subespecie costaricensis ocupa zonas montañosas del norte de Sudamérica y Centroamérica, incluida la cordillera colombiana. En Bogotá utiliza espacios cercanos a los Cerros Orientales, jardines urbanos, bordes de cultivos y reservas de humedal. Prefiere vegetación baja y heterogénea, donde alternen semillas disponibles, arbustos protectores y lugares apropiados para anidar. Su presencia en áreas urbanas demuestra adaptabilidad ecológica, pero no garantiza que soporte cualquier intensidad de urbanización (Observatorio Ambiental de Bogotá, 2024).

Su reproducción es sexual y ovípara. La hembra construye un nido en forma de copa, utilizando pastos, fibras y otros materiales vegetales, generalmente en el suelo protegido o sobre arbustos bajos. En poblaciones colombianas estudiadas, la puesta habitual comprende dos huevos, incubados por la hembra durante once o doce días. Los polluelos altriciales nacen dependientes, reciben alimento de los adultos y suelen abandonar el nido diez a doce días después de eclosionar. En climas tropicales puede haber oportunidades reproductivas durante distintas épocas, según las condiciones locales. Los machos sostienen territorios que pueden utilizarse en nidadas sucesivas (Miller y Miller, 1968).

El copetón presenta una dieta principalmente granívora, basada en semillas de hierbas y granos caídos; también consume insectos, arañas y otros artrópodos, especialmente cuando están disponibles. Por ello participa en la red trófica como consumidor de plantas y depredador de pequeños invertebrados. Sus huevos y polluelos pueden alimentar a depredadores naturales, mientras los adultos interactúan con otras aves en zonas de forrajeo. Estas relaciones ayudan a regular poblaciones, aunque consumir semillas no equivale necesariamente a dispersarlas. Su presencia revela la importancia de conservar pastizales con semillas, matorrales y suelos vivos, incluso dentro de parques urbanos (Rising y Jaramillo, 2020).

Una interacción especialmente importante es el parasitismo de cría del chamón, Molothrus bonariensis, que deposita huevos en nidos ajenos. Un estudio bogotano examinó 28 nidos y encontró 48 % parasitados; la destrucción de huevos y el abandono de nidos redujeron su éxito reproductivo. Sin embargo, estos resultados locales no demuestran, por sí solos, una extinción próxima de toda la población (Sierra Ricaurte, 2026). Otras amenazas potenciales incluyen pérdida de vegetación, expansión urbana, pesticidas, gatos sin control, atropellamientos y colisiones contra estructuras. La magnitud específica de cada factor exige seguimiento y datos comparables a largo plazo.

La especie está clasificada globalmente como de preocupación menor, pero esta evaluación no reemplaza el monitoreo local. En Bogotá existen interpretaciones diferentes sobre sus tendencias demográficas: algunos estudios señalan disminuciones, mientras ciertos conteos prolongados sugieren estabilidad. Resulta necesario examinar métodos, zonas y periodos antes de establecer conclusiones definitivas. Su conservación requiere proteger corredores ecológicos, mantener arbustos y pastizales, reducir productos tóxicos y promover la tenencia responsable de gatos. También conviene evitar la destrucción accidental de nidos durante podas y fortalecer la educación ambiental. Cuidar al copetón significa conservar una biodiversidad urbana cotidiana, cuya aparente abundancia nunca debería justificar la indiferencia (Sierra Ricaurte, 2026).

 

Aves de Perú. (s. f.). Gorrión de collar rufo (Zonotrichia capensis). https://avesdeperu.org/passerellidae/gorrion-de-collar-rufo-zonotrichia-capensis/

Cueva, D. (2018). Molt strategy and aging of Rufous-collared Sparrow (Zonotrichia capensis) in Bogotá, Colombia. Caldasia, 40(1), 18–26. https://doi.org/10.15446/caldasia.v40n1.63337

Miller, A. H., & Miller, V. D. (1968). The behavioral ecology and breeding biology of the Andean Sparrow, Zonotrichia capensis. Caldasia, 10(47), 83–154. https://revistas.unal.edu.co/index.php/cal/article/view/33724

Observatorio Ambiental de Bogotá. (2024). ¿Qué tipo de aves hay en Bogotá? Secretaría Distrital de Ambiente. https://oab.ambientebogota.gov.co/aves-en-bogota/

Rising, J. D., & Jaramillo, A. (2020). Rufous-collared Sparrow (Zonotrichia capensis), version 1.0. En Birds of the World. Cornell Lab of Ornithology. https://doi.org/10.2173/bow.rucspa1.01

Sierra Ricaurte, A. F. (2026). Efecto del parasitismo de cría de Molothrus bonariensis sobre el éxito reproductivo de Zonotrichia capensis en Bogotá, Colombia. Caldasia, 48, e117202. https://doi.org/10.15446/caldasia.v48.117202

Zorro perruno (Cerdocyon thous)

El llamado zorro bogotano es, en realidad, el zorro perruno o cangrejero, Cerdocyon thous, un mamífero silvestre que habita los Cerros Orientales y otros espacios naturales de la capital colombiana. Aunque su apariencia recuerda a la de un perro pequeño, pertenece a una especie nativa, independiente de los animales domésticos. Su presencia demuestra que, incluso dentro de una metrópoli densamente poblada, sobreviven redes ecológicas formadas por depredadores, presas y plantas. Su presencia no implica que haya sido liberado recientemente. Los registros de cámaras trampa en el humedal Torca–Guaymaral confirman su utilización de corredores verdes urbanos (Alcaldía Mayor de Bogotá, 2026a).

Su clasificación taxonómica comprende el reino Animalia, filo Chordata, clase Mammalia, orden Carnivora, familia Canidae, género Cerdocyon y especie Cerdocyon thous. El nombre Cerdocyon combina las raíces griegas correspondientes a zorro y perro, mientras thous alude al chacal; la combinación refleja semejanzas externas, no una identidad entre estos animales (Hover, 2003). Su parentesco biológico explica similitudes visibles con otros cánidos. Es el único representante viviente reconocido de su género. Frente a los zorros típicos del género Vulpes, los lobos y perros de Canis, posee una historia evolutiva sudamericana propia. No pertenece a las aves: como todos los mamíferos, tiene pelo y alimenta sus crías con leche.

Su anatomía combina un cuerpo alargado, extremidades relativamente cortas y una cola tupida que ayuda al equilibrio. La longitud de cabeza y tronco suele variar entre 54 y 77,5 centímetros; la cola mide entre 22 y 41 centímetros y la masa corporal oscila aproximadamente entre 4,5 y 8,5 kilogramos. Presenta pelaje grisáceo, mezclado con pelos negros, amarillentos y rojizos; el vientre es más claro y las patas suelen oscurecerse hacia sus extremos. Su coloración facilita el camuflaje entre hierbas y arbustos. El hocico estrecho, las orejas atentas y los ojos orientados hacia delante favorecen la búsqueda de alimento (Administración de Parques Nacionales, s. f.).

Como integrante de los cánidos, posee mandíbulas fuertes, dientes caninos para sujetar presas y molares capaces de triturar distintos alimentos. Sus cuatro extremidades terminan en dedos con uñas no retráctiles y almohadillas que facilitan el desplazamiento sobre suelo húmedo, hojarasca o senderos pedregosos. La dentición especializada conserva piezas cortantes características del orden Carnivora. Tiene olfato desarrollado para reconocer rastros, localizar recursos y percibir señales de otros individuos. La audición sensible complementa la visión durante desplazamientos con poca luz. Su fisiología endotérmica mantiene una temperatura corporal relativamente constante, ventaja importante ante las noches frías de la sabana bogotana.

El comportamiento es predominantemente crepuscular y nocturno, aunque puede observarse durante el día. Habitualmente forma parejas estables, utiliza refugios protegidos entre la vegetación y señala áreas mediante olores y vocalizaciones. Puede recorrer pastizales, matorrales, bosques secundarios y bordes de humedales, siempre que encuentre alimento y cobertura. No necesita vivir exclusivamente en bosques intactos: su plasticidad ecológica le permite aprovechar paisajes modificados, sin que eso signifique tolerancia ilimitada a la perturbación humana. Estos movimientos responden a cambios estacionales de recursos disponibles. La actividad nocturna dificulta su observación directa y favorece desplazamientos discretos (Hover, 2003).

Su reproducción es sexual y vivípara, con fecundación interna y una gestación cercana a 52–59 días. Las camadas suelen reunir tres a seis cachorros, nacidos con ojos cerrados y completamente dependientes del cuidado adulto. La hembra amamanta tres meses; las crías incorporan alimentos sólidos antes. Ambos progenitores participan en la vigilancia, el suministro de comida y la protección del refugio. El éxito reproductivo depende también de recursos alimentarios suficientes. La madurez sexual puede alcanzarse alrededor de los nueve meses. Aunque se han observado dos camadas anuales en cautiverio, esa frecuencia no debe suponerse para todas las poblaciones silvestres (Hover, 2003).

La alimentación omnívora y oportunista incluye roedores, insectos, anfibios, reptiles, huevos, frutos y carroña. El nombre «cangrejero» procede de poblaciones que consumen crustáceos cuando abundan, especialmente durante temporadas lluviosas; no significa que los cangrejos sean imprescindibles en Bogotá. Al depredar pequeños animales contribuye al control poblacional, mientras que, al ingerir frutos y expulsar semillas viables, puede favorecer la dispersión de semillas y la regeneración vegetal. Esta flexibilidad permite explotar recursos diferentes durante épocas difíciles. Participa así simultáneamente como consumidor, depredador, carroñero y transportador de propágulos (Grupo de Especialistas en Cánidos, s. f.).

Su distribución geográfica es amplia: comprende Colombia, Venezuela, las Guayanas, Brasil, Bolivia, Paraguay, Uruguay y el norte argentino. Habita sabanas, bosques, pastizales, matorrales y humedales. En Bogotá está documentado en los Cerros Orientales, zonas próximas a Usaquén y la reserva Torca–Guaymaral. La especie no es endémica de la sabana bogotana. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza lo clasifica mundialmente como de preocupación menor, con poblaciones consideradas generalmente estables. Sin embargo, esta categoría global no garantiza la seguridad de sus grupos locales, especialmente cuando sus hábitats permanecen aislados por vías y construcciones (Lucherini, 2015).

Entre sus principales amenazas socioambientales destacan la fragmentación del hábitat, los atropellamientos, la persecución humana y el contacto con perros domésticos, que pueden atacarlo o transmitir enfermedades. La acumulación de basura y la costumbre de alimentarlo alteran sus movimientos y aumentan la exposición al peligro. Protegerlo exige conservar corredores biológicos funcionales y continuos, restaurar vegetación nativa, regular las mascotas y evitar acercamientos o capturas. También son fundamentales el monitoreo científico, la educación ambiental y la planificación urbana. Conservar al zorro significa proteger las relaciones naturales que todavía conectan la ciudad con sus montañas y humedales (Alcaldía Mayor de Bogotá, 2026b).

 

Administración de Parques Nacionales. (s. f.). Cerdocyon thous. Sistema de Información de Biodiversidad de Argentina. https://sib.gob.ar/especies/cerdocyon-thous

Alcaldía Mayor de Bogotá. (2026a, 4 de abril). Secretaría de Ambiente de Bogotá reportó presencia del zorro perrero en la Reserva Distrital de Humedal Torca-Guaymaral. Portal Bogotá. https://bogota.gov.co/mi-ciudad/ambiente/camara-trampa-secretaria-de-ambiente-capta-zorro-perruno-de-bogota

Alcaldía Mayor de Bogotá. (2026b, 15 de julio). Esto es lo que debes hacer si te encuentras un zorro perruno en Bogotá. Portal Bogotá. https://bogota.gov.co/mi-ciudad/ambiente/esto-es-lo-que-debes-hacer-si-te-encuentras-un-zorro-perruno-en-bogota

Grupo de Especialistas en Cánidos. (s. f.). Crab-eating fox. IUCN SSC Canid Specialist Group. https://canids.org/canids/crab-eating-fox/

Hover, A. (2003). Cerdocyon thous. Animal Diversity Web, University of Michigan. https://animaldiversity.org/accounts/Cerdocyon_thous/

Lucherini, M. (2015). Cerdocyon thous. The IUCN Red List of Threatened Species 2015, e.T4248A81266293. https://doi.org/10.2305/IUCN.UK.2015-4.RLTS.T4248A81266293.en

La probabilidad y su fundamento filosófico

[Genérica clásica]

 La probabilidad es un parámetro matemático que permite expresar qué tan posible es que ocurra un acontecimiento bajo determinadas condiciones. En estadística, también podemos relacionarla con la frecuencia relativa, que representa la proporción de entidades pertenecientes a una categoría respecto al total observado. Por su parte, el número de entidades corresponde a la frecuencia absoluta, pues indica cuántas veces aparece una característica dentro del sistema estudiado. Aunque la probabilidad y la frecuencia relativa experimental están estrechamente relacionadas, no son exactamente lo mismo: la primera puede calcularse mediante un modelo teórico, mientras que la segunda procede de observaciones reales.

Uno de los problemas más interesantes de la filosofía de la ciencia consiste en establecer qué significa realmente afirmar que un acontecimiento tiene una determinada probabilidad de ocurrencia. ¿Significa que desconocemos algunas de sus causas? ¿Que existen procesos naturales cuyos resultados no están determinados previamente? ¿O simplemente que necesitamos una herramienta matemática para describir fenómenos demasiado complejos? Estas preguntas han enfrentado durante siglos a matemáticos, físicos, biólogos y filósofos, porque involucran nuestra interpretación del azar, la causalidad, el determinismo y la propia naturaleza del conocimiento científico.

En genética experimental, estas discusiones adquieren una importancia particular. Cuando afirmamos que un descendiente tiene una probabilidad del 25 % de presentar determinado genotipo, no estamos anunciando que necesariamente aparecerá un individuo de ese tipo por cada cuatro nacimientos. Estamos describiendo una predicción estadística basada en las reglas de transmisión de los alelos y en determinadas condiciones del cruzamiento. Los resultados individuales pueden variar, pero las proporciones adquieren mayor estabilidad cuando aumentamos el número de observaciones (Abbott & Fairbanks, 2016).

¿Qué es el azar?

El azar describe situaciones en las que no podemos anticipar con certeza cuál de varios resultados posibles ocurrirá. Por ejemplo, cuando lanzamos una moneda equilibrada, sabemos que puede aparecer cara o sello, pero desconocemos el resultado particular antes del lanzamiento. Esta incertidumbre no significa necesariamente que el acontecimiento carezca de causas, sino que el resultado puede depender de condiciones que desconocemos, no controlamos o que el propio modelo considera probabilísticas.

En biología, encontramos situaciones semejantes durante la reproducción sexual. Los organismos diploides poseen pares de cromosomas homólogos, cuyos componentes se distribuyen durante la meiosis para producir gametos haploides. Esta distribución genera diferentes combinaciones de alelos, cuya aparición podemos estudiar mediante probabilidades.

Por ejemplo, un organismo heterocigoto para un gen autosómico puede producir dos clases de gametos con probabilidades teóricas iguales, siempre que exista segregación equilibrada. Sin embargo, no podemos determinar de antemano cuál de los dos alelos estará presente en un gameto particular. La incertidumbre individual convive con una regularidad que podemos describir matemáticamente.

El azar puede interpretarse de diferentes maneras. Algunas explicaciones lo relacionan con nuestra falta de información, mientras otras consideran que ciertos acontecimientos naturales poseen una indeterminación fundamental. Esta diferencia constituye una de las controversias más importantes de la filosofía de la ciencia, porque distingue entre incertidumbre del observador e indeterminación física.

Escala de tiempo

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Figura 1. [Determinismo y predictibilidad en sistemas simples]. El determinismo establece que las condiciones iniciales y las leyes físicas determinan la evolución de un sistema. En condiciones ideales, los sistemas simples permiten predecir trayectorias. Sin embargo, pequeñas perturbaciones pueden modificar los resultados. En biología, las numerosas interacciones celulares, moleculares y ambientales dificultan las predicciones, especialmente cuando existe caos determinista (Lorenz, 1963; May, 1976).

El azar clásico: incertidumbre dentro del determinismo

El llamado azar clásico se relaciona con los sistemas estudiados mediante las leyes de la mecánica clásica. Según una interpretación determinista de estas leyes, si conociéramos perfectamente las condiciones iniciales de un sistema y todas las fuerzas que actúan sobre él, podríamos calcular su evolución posterior.

Imaginemos nuevamente una moneda. Su movimiento depende de la fuerza aplicada, la velocidad inicial, la rotación, la resistencia del aire y las características de la superficie donde cae. En un modelo clásico ideal, estas condiciones determinan el resultado. Sin embargo, como normalmente desconocemos sus valores exactos, utilizamos probabilidades.

Cuando estudiamos sistemas deterministas sencillos, cuyas condiciones iniciales conocemos suficientemente bien, la incertidumbre puede reducirse considerablemente. Por ejemplo, podemos calcular con gran precisión cuándo llegará un objeto a determinada posición si conocemos su movimiento y las fuerzas que intervienen.

En cambio, cuando desconocemos las variables necesarias, el resultado parece azaroso. Por esta razón, el azar clásico suele interpretarse como una consecuencia de nuestra información incompleta o de las dificultades prácticas para realizar predicciones exactas.

En genética, algunas incertidumbres también proceden de condiciones biológicas que desconocemos. La supervivencia de un gameto, la fecundación de un óvulo o el desarrollo de un embrión pueden depender de numerosas interacciones que no hemos medido. Aunque los modelos escolares asignan probabilidades a estos acontecimientos, no debemos confundir esa descripción matemática con una demostración de que todos sus mecanismos físicos sean fundamentalmente indeterminados.

Figura 2. [Determinismo complejo]. El determinismo complejo describe sistemas gobernados por leyes definidas, pero difíciles de predecir debido a múltiples variables interdependientes. En biología, las poblaciones y los ecosistemas presentan interacciones que pueden generar caos determinista. Pequeñas variaciones iniciales producen resultados diferentes, fenómeno conocido como efecto mariposa. Su estudio requiere modelos matemáticos y análisis estadísticos (Lorenz, 1963; May, 1976).

El azar cuántico: incertidumbre en las leyes fundamentales

La mecánica cuántica, desarrollada durante las primeras décadas del siglo XX, introdujo una interpretación diferente de la probabilidad. Esta teoría describe el comportamiento de sistemas físicos microscópicos, como electrones, átomos y partículas de luz, mediante leyes matemáticas que permiten calcular las probabilidades de diferentes resultados.

En la interpretación cuántica habitual, incluso cuando conocemos completamente el estado matemático de un sistema, algunos resultados individuales de una medición no pueden predecirse con certeza. Podemos calcular sus probabilidades, pero no necesariamente anticipar cuál aparecerá en una observación particular.

Esta diferencia llevó a importantes controversias. Albert Einstein cuestionó que las probabilidades constituyeran una descripción definitiva de la realidad, mientras que otros físicos defendieron el carácter fundamentalmente probabilístico de determinados resultados experimentales.

Posteriormente, las investigaciones sobre las desigualdades de Bell permitieron contrastar ciertas explicaciones de la mecánica cuántica con predicciones basadas en variables ocultas locales. Los experimentos han encontrado resultados incompatibles con esas explicaciones locales bajo las condiciones estudiadas, aunque continúan existiendo debates filosóficos sobre la interpretación de la teoría cuántica (Hensen et al., 2015).

Esto no significa que todos los acontecimientos biológicos deban explicarse directamente mediante el azar cuántico. Aunque los organismos están constituidos por átomos y moléculas, muchos de sus procesos pueden estudiarse adecuadamente mediante modelos clásicos, leyes químicas y probabilidades estadísticas, sin necesidad de describir individualmente cada interacción cuántica.

Figura 3. [Azar clásico y probabilidad]. El azar clásico describe acontecimientos inciertos mediante modelos probabilísticos. En genética mendeliana, permite calcular la segregación de alelos, las combinaciones de gametos y las proporciones hereditarias esperadas. Sin embargo, las predicciones no garantizan resultados individuales. Las muestras pequeñas, los sesgos estadísticos y las interpretaciones equivocadas pueden generar conclusiones erróneas sobre los fenómenos biológicos estudiados (Abbott & Fairbanks, 2016).

Figura 4. [Ley de los grandes números]. La ley de los grandes números establece que, al aumentar las observaciones, las frecuencias experimentales se aproximan a las probabilidades teóricas. En genética mendeliana, permite comprender las proporciones fenotípicas esperadas durante los cruzamientos hereditarios. Sin embargo, el azar, la selección natural y las diferencias de viabilidad genética pueden producir desviaciones entre los resultados observados y esperados (Abbott & Fairbanks, 2016).

Determinismo y caos: cuando conocer las reglas no basta

El determinismo establece que la evolución de un sistema está definida por sus condiciones iniciales y las leyes que gobiernan sus interacciones. Sin embargo, debemos distinguir entre que un fenómeno esté determinado y que podamos predecirlo.

En algunos sistemas simples, conocer las condiciones iniciales permite realizar predicciones muy precisas. Pero existen otros sistemas deterministas que presentan comportamientos extraordinariamente complicados, incluso cuando están gobernados por unas pocas ecuaciones.

El caos determinista aparece en determinados sistemas dinámicos, generalmente no lineales, donde pequeñas diferencias iniciales pueden producir trayectorias muy diferentes con el transcurso del tiempo. Esto significa que dos sistemas cuyas condiciones parecen prácticamente idénticas pueden terminar mostrando resultados considerablemente distintos.

El matemático y meteorólogo Edward Lorenz investigó este problema mediante modelos atmosféricos. En 1963 publicó un estudio que demostró cómo determinadas ecuaciones deterministas podían producir comportamientos no periódicos y extremadamente sensibles a pequeñas variaciones iniciales (Lorenz, 1963).

Una consecuencia fundamental de este descubrimiento es que disponer de las ecuaciones correctas no garantiza que podamos realizar predicciones indefinidamente precisas. Si nuestras mediciones iniciales contienen errores pequeños, estos pueden amplificarse hasta volver poco confiables las predicciones a largo plazo.

En ecología, el matemático Robert May demostró que incluso modelos muy sencillos de crecimiento poblacional pueden producir comportamientos estables, oscilatorios o caóticos, dependiendo de los valores de sus parámetros. Estos resultados cuestionaron la idea de que una ecuación simple necesariamente produce resultados fáciles de anticipar (May, 1976).

 

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Figura 5. [Azar clásico y azar cuántico]. El azar clásico surge del desconocimiento de las condiciones iniciales de un sistema determinista. El azar cuántico, según su interpretación habitual, presenta incertidumbre fundamental, incluso con información completa. En biología, los procesos moleculares dependen de leyes cuánticas, mientras que la genética mendeliana utiliza modelos probabilísticos clásicos para predecir proporciones hereditarias y combinaciones de alelos (Lambert et al., 2013).

 El efecto mariposa y los sistemas biológicos complejos

El llamado efecto mariposa es una metáfora utilizada para explicar la sensibilidad a las condiciones iniciales de determinados sistemas caóticos. Su significado no consiste en que cualquier acontecimiento insignificante provoque necesariamente una catástrofe, sino en que variaciones inicialmente muy pequeñas pueden llegar a producir diferencias importantes.

Imaginemos dos poblaciones de insectos que habitan ambientes aparentemente idénticos. En una de ellas, una pequeña variación de temperatura modifica ligeramente la germinación de determinadas plantas. Esta diferencia puede alterar la disponibilidad de alimento, modificar la supervivencia de los insectos e influir sobre la abundancia de sus depredadores.

A medida que estas interacciones se acumulan, las dos poblaciones podrían desarrollar trayectorias distintas, aunque sus condiciones iniciales fueran muy semejantes. Sin embargo, para demostrar que existe caos determinista no basta con encontrar diferencias importantes: debemos identificar propiedades matemáticas características de los sistemas caóticos.

Los ecosistemas naturales contienen numerosas relaciones entre organismos. Las interacciones depredador-presa, parásito-hospedador, la competencia intraespecífica, las relaciones simbióticas y los factores abióticos pueden modificar simultáneamente las condiciones de supervivencia y reproducción.

Estas relaciones no siempre son proporcionales. Un pequeño aumento de la abundancia de una especie puede producir consecuencias limitadas mientras existan recursos suficientes, pero desencadenar cambios importantes cuando se alcanza determinado límite ecológico.

Por esta razón, algunos modelos de dinámica poblacional presentan comportamientos no lineales y, bajo determinadas condiciones, caóticos. May (1976) mostró que incluso una ecuación sencilla puede generar resultados que parecen aleatorios sin introducir azar explícito en sus reglas matemáticas.

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Figura 6. [El efecto mariposa y el caos determinista]. El efecto mariposa describe cómo pequeñas diferencias iniciales pueden generar grandes cambios en sistemas deterministas caóticos. En biología, las poblaciones y los ecosistemas presentan interacciones que dificultan las predicciones. Las variaciones ambientales pueden amplificarse con el tiempo, aunque no toda fluctuación representa caos. Su estudio requiere modelos matemáticos y análisis estadísticos (Lorenz, 1963; May, 1976).

¿Por qué el azar y el caos han enfrentado a matemáticos y filósofos?

La dificultad fundamental consiste en que un proceso aleatorio y un sistema determinista caótico pueden producir secuencias de resultados aparentemente semejantes. En ambos casos, las observaciones pueden mostrar fluctuaciones irregulares, ausencia de patrones evidentes y dificultades para predecir acontecimientos individuales.

Sin embargo, sus fundamentos son diferentes. En un proceso verdaderamente aleatorio, el modelo asigna probabilidades a sus posibles resultados. En un sistema determinista caótico, la trayectoria está definida por sus condiciones iniciales, aunque nuestra capacidad para conocerlas y calcular sus consecuencias sea limitada.

Desde la epistemología, disciplina que estudia cómo obtenemos y justificamos el conocimiento, surge una pregunta: ¿cómo podemos demostrar que un resultado es realmente azaroso y no simplemente una consecuencia de variables que desconocemos?

Este problema adquiere una dificultad adicional porque los instrumentos científicos poseen límites de precisión. Podemos medir la temperatura, la velocidad, la posición o la concentración de una sustancia, pero ninguna medición experimental contiene información ilimitada.

En ciertos sistemas caóticos, las pequeñas incertidumbres de medición pueden amplificarse, haciendo imposible mantener predicciones precisas durante períodos prolongados. Por eso, aunque conozcamos las leyes generales, podríamos no disponer de suficiente información para anticipar los resultados individuales.

En biología, además, una desviación respecto de una probabilidad teórica puede tener explicaciones diferentes. Podría originarse en el azar del muestreo, en una diferencia de viabilidad, en un mecanismo de selección natural o en interacciones ecológicas no consideradas.

Es importante señalar que estas causas no son equivalentes. La selección natural es un mecanismo evolutivo que produce diferencias en el éxito reproductivo; el caos determinista es una propiedad matemática de determinados sistemas dinámicos; y el azar estadístico describe la incertidumbre de los resultados. Los tres conceptos pueden relacionarse, pero no deben confundirse.

Las investigaciones modernas utilizan modelos matemáticos, simulaciones y métodos estadísticos para diferenciar hipótesis. Sin embargo, ninguna irregularidad observada demuestra automáticamente la presencia de caos. Para establecerlo es necesario investigar las propiedades dinámicas del sistema y descartar explicaciones alternativas.

La ley de los grandes números: cuando el azar se vuelve predecible

Una de las propiedades más importantes de la probabilidad es la ley de los grandes números, según la cual, bajo determinadas condiciones, las frecuencias relativas obtenidas mediante numerosas observaciones tienden a aproximarse a sus probabilidades teóricas.

Supongamos que lanzamos una moneda equilibrada diez veces. Podemos obtener siete caras y tres sellos, aunque la probabilidad teórica de cada resultado sea del 50 %. Esta diferencia no contradice el modelo, porque las muestras pequeñas pueden presentar variaciones considerables.

Si aumentamos el número de lanzamientos a mil o diez mil, esperamos que la frecuencia relativa de caras se aproxime al 50 %. No significa que necesariamente obtendremos cantidades exactamente iguales, sino que las desviaciones proporcionales grandes se vuelven cada vez menos probables.

Es importante aclarar que la ley de los grandes números no garantiza que las diferencias absolutas desaparezcan, ni que los resultados anteriores obliguen a los siguientes a compensarlas. Cada nuevo lanzamiento continúa siendo independiente cuando se mantienen las condiciones del experimento.

En genética mendeliana, podemos aplicar este principio al estudio de los cruzamientos hereditarios. Por ejemplo, cuando cruzamos organismos heterocigotos para un carácter con dominancia completa, esperamos determinadas proporciones entre los fenotipos de los descendientes.

Si el experimento produce solamente cuatro descendientes, no necesariamente encontraremos la distribución exacta de tres individuos con el fenotipo dominante y uno con el recesivo. En cambio, cuando obtenemos cientos o miles de descendientes, las frecuencias relativas suelen acercarse más a las proporciones esperadas, siempre que el modelo hereditario sea adecuado.

En este sentido, la predicción estadística no elimina la incertidumbre individual, pero permite reconocer regularidades colectivas. Esta propiedad constituye uno de los fundamentos de la genética experimental, donde las leyes hereditarias se comprueban mediante numerosas observaciones (Abbott & Fairbanks, 2016).

La selección natural como causa de desviaciones no aleatorias

Uno de los ejemplos más importantes de desviaciones sistemáticas en genética corresponde a la selección natural. Los experimentos clásicos se desarrollaron frecuentemente con organismos cultivados o mantenidos bajo condiciones controladas, como plantas de guisante y moscas de laboratorio.

En estos ambientes es posible reducir determinadas influencias externas, controlar los cruzamientos y comparar las proporciones fenotípicas con las predicciones hereditarias. Sin embargo, incluso bajo condiciones de laboratorio pueden existir diferencias entre los genotipos respecto a su supervivencia, fertilidad y desarrollo.

En las poblaciones naturales, estas dificultades aumentan porque los organismos interactúan continuamente con su ambiente. No basta con que un individuo reciba determinada combinación genética: también debe sobrevivir, desarrollarse y, eventualmente, reproducirse.

Imaginemos una población de insectos con individuos verdes y marrones. Si ambos colores aparecen inicialmente según las proporciones esperadas, pero los insectos marrones son más visibles para los depredadores sobre hojas verdes, podrían experimentar una mortalidad mayor.

Cuando los investigadores cuenten los insectos supervivientes, encontrarán una distribución diferente de la observada al nacimiento. Esta diferencia podría explicarse mediante selección natural, siempre que existan pruebas de que la coloración influye sobre la supervivencia y de que intervienen diferencias hereditarias relevantes.

La selección negativa puede reducir la frecuencia de determinadas variantes hereditarias, mientras que la selección positiva puede favorecer otras. Sin embargo, estos efectos dependen del ambiente y no implican que una característica sea universalmente beneficiosa o perjudicial.

Una demostración importante de la selección natural procede de los estudios de Peter y Rosemary Grant sobre los pinzones de las islas Galápagos. Sus observaciones durante varias décadas mostraron cómo las variaciones ambientales modificaban las condiciones de alimentación y favorecían diferentes tamaños y formas del pico.

Los investigadores encontraron que la evolución podía presentar cierta capacidad de predicción a corto plazo, pero que los cambios ambientales dificultaban anticipar sus trayectorias durante períodos prolongados (Grant & Grant, 2002).

Estos resultados muestran que la selección natural es un fenómeno científicamente medible y que las poblaciones pueden presentar cambios hereditarios asociados con diferencias ambientales concretas.

 Figura 7. [Selección natural e interacciones ecológicas]. La selección natural favorece características hereditarias que aumentan la supervivencia y el éxito reproductivo. Intervienen relaciones de depredación, competencia, parasitismo, mutualismo y factores abióticos. Estas interacciones modifican las frecuencias genéticas entre generaciones. Aunque sus efectos pueden medirse experimentalmente, la complejidad de los ecosistemas dificulta predecir la evolución biológica a largo plazo (Grant & Grant, 2002).

Lineamientos prácticos para nuestro curso de genética clásica

En nuestro estudio de la genética clásica básica utilizaremos la probabilidad como una herramienta matemática para construir predicciones y comprender las proporciones hereditarias. No será necesario resolver todas las controversias filosóficas sobre la naturaleza del azar, pero sí reconocer los supuestos que utilizamos y sus limitaciones.

Inicialmente trabajaremos con modelos mendelianos sencillos, suponiendo que los alelos se segregan regularmente, que los gametos considerados presentan las probabilidades previstas y que no existen diferencias importantes de supervivencia entre las categorías estudiadas. Para determinados cruzamientos dihíbridos también supondremos distribución independiente, siempre que corresponda al modelo analizado.

Bajo estas condiciones podremos calcular las probabilidades teóricas de diferentes genotipos y fenotipos mediante fracciones, proporciones y operaciones aritméticas. Posteriormente, estas probabilidades permitirán estimar el número esperado de descendientes pertenecientes a cada categoría.

Los datos obtenidos mediante observaciones reales recibirán el nombre de frecuencias experimentales. Debemos conservar estos valores y evitar modificarlos para obligarlos a coincidir con las predicciones matemáticas. Si encontramos diferencias, nuestro trabajo consistirá en describirlas y determinar si son compatibles con las variaciones esperadas.

Cuando las diferencias sean grandes, podremos reconocerlas mediante tablas de frecuencias y gráficas de barras. Sin embargo, cuando sean pequeñas y difíciles de interpretar visualmente, será necesario utilizar procedimientos de estadística inferencial, como la prueba de chi-cuadrado de bondad de ajuste, siempre que se cumplan sus condiciones de aplicación.

No debemos afirmar que una diferencia pequeña demuestra que el modelo es correcto, ni que una diferencia grande demuestra automáticamente la existencia de selección natural. Las hipótesis científicas requieren evaluarse considerando la cantidad de datos, las condiciones experimentales y los mecanismos biológicos posibles.

Finalmente, distinguiremos entre tres niveles de interpretación. El primero corresponde a las probabilidades teóricas, construidas mediante el modelo hereditario. El segundo corresponde a las frecuencias experimentales, obtenidas mediante conteos reales. El tercero corresponde a las explicaciones biológicas, mediante las cuales investigamos por qué ambos resultados coinciden o se diferencian.

Esta distinción es indispensable para comprender el alcance de los experimentos de Mendel y de la genética posterior: un modelo matemático describe determinadas regularidades de la naturaleza, pero su capacidad predictiva depende de las condiciones bajo las cuales fue construido y comprobado.

Referencias bibliográficas

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Hensen, B., Bernien, H., Dréau, A. E., Reiserer, A., Kalb, N., Blok, M. S., Ruitenberg, J., Vermeulen, R. F. L., Schouten, R. N., Abellán, C., Amaya, W., Pruneri, V., Mitchell, M. W., Markham, M., Twitchen, D. J., Elkouss, D., Wehner, S., Taminiau, T. H., & Hanson, R. (2015). Loophole-free Bell inequality violation using electron spins separated by 1.3 kilometres. Nature, 526(7575), 682–686. https://doi.org/10.1038/nature15759

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Figura. Selección natural

La selección natural es un proceso evolutivo mediante el cual determinadas características hereditarias favorecen la supervivencia o el éxito reproductivo de los organismos. Un ejemplo clásico es la relación depredador-presa: los individuos mejor camuflados pueden escapar con mayor frecuencia, sobrevivir y transmitir sus variantes genéticas a sus descendientes. Con las generaciones, estos rasgos ventajosos pueden aumentar su frecuencia en la población. Sin embargo, la depredación constituye solamente uno de los numerosos mecanismos ecológicos capaces de producir selección diferencial (McPeek, 2025).

Los organismos mantienen múltiples interacciones ecológicas que modifican sus posibilidades de reproducción. Las relaciones intraespecíficas incluyen competencia por recursos, cooperación y selección sexual. Las interacciones interespecíficas comprenden depredación, parasitismo, competencia y mutualismo. También intervienen los factores abióticos, como temperatura, humedad, luz y disponibilidad de nutrientes. Una misma característica puede resultar favorable bajo determinadas condiciones y perjudicial en otras. Por ejemplo, el pelaje blanco facilita el camuflaje sobre nieve, pero aumenta la visibilidad cuando desaparece la cobertura nevada (Haloin & Strauss, 2008).

La acción conjunta de estas variables dificulta predecir la dirección de la evolución biológica. Los investigadores pueden medir diferencias de supervivencia, fecundidad y cambios en las frecuencias alélicas, demostrando que la selección natural constituye un fenómeno observable. Los estudios de los pinzones de Galápagos revelaron que las variaciones ambientales modifican las presiones selectivas sobre el tamaño y la forma del pico. Aunque estas interacciones obedecen mecanismos causales, sus resultados pueden ser difíciles de anticipar a largo plazo. No obstante, la complejidad ecológica no demuestra necesariamente la existencia de caos determinista (Grant & Grant, 2002).


Grant, P. R., & Grant, B. R. (2002). Unpredictable evolution in a 30-year study of Darwin's finches. Science, 296(5568), 707–711. https://doi.org/10.1126/science.1070315

Haloin, J. R., & Strauss, S. Y. (2008). Interplay between ecological communities and evolution: Review of feedbacks from microevolutionary to macroevolutionary scales. Annals of the New York Academy of Sciences, 1133, 87–125. https://doi.org/10.1196/annals.1438.003

McPeek, M. A. (2025). The evolutionary ecology of species interactions: Shared mechanisms of natural selection and population regulation. Annual Review of Ecology, Evolution, and Systematics, 56, 1–26. https://doi.org/10.1146/annurev-ecolsys-102723-044137

Figura. El efecto mariposa

El efecto mariposa describe una propiedad del caos determinista: pequeñas diferencias en las condiciones iniciales pueden producir resultados considerablemente distintos después de cierto tiempo. Aunque el sistema obedece leyes físicas definidas, su evolución puede resultar difícil de predecir. El meteorólogo Edward Lorenz demostró que diferencias mínimas en los valores iniciales de un modelo atmosférico generaban trayectorias divergentes. La famosa mariposa no significa que su aleteo provoque necesariamente un huracán, sino que representa la sensibilidad extrema de determinados sistemas a pequeñas perturbaciones (Lorenz, 1963).

En biología, este comportamiento puede aparecer en modelos de dinámica poblacional, donde intervienen natalidad, mortalidad, competencia ecológica y disponibilidad de recursos. Por ejemplo, una pequeña diferencia inicial en la abundancia de una población puede generar cambios importantes después de varias generaciones. Robert May demostró que incluso ecuaciones matemáticas sencillas pueden producir oscilaciones caóticas cuando sus parámetros alcanzan determinados valores. Sin embargo, no toda fluctuación poblacional constituye caos: también pueden intervenir azar ambiental, migraciones, depredación y selección natural (May, 1976).

La principal dificultad del efecto mariposa es que nuestras mediciones nunca poseen precisión infinita. En sistemas especialmente sensibles, pequeñas incertidumbres pueden amplificarse y limitar las predicciones a largo plazo. En ecosistemas naturales, numerosas interacciones biológicas dificultan identificar cuáles variaciones son verdaderamente deterministas y cuáles corresponden a procesos aleatorios. Por ello, los científicos utilizan modelos matemáticos, simulaciones y análisis estadísticos para investigar estas diferencias. La existencia de reglas deterministas no garantiza una predictibilidad absoluta, especialmente cuando estudiamos sistemas ecológicos complejos (Hastings et al., 1993).


Hastings, A., Hom, C. L., Ellner, S., Turchin, P., & Godfray, H. C. J. (1993). Chaos in ecology: Is Mother Nature a strange attractor? Annual Review of Ecology and Systematics, 24, 1–33. https://doi.org/10.1146/annurev.es.24.110193.000245

Lorenz, E. N. (1963). Deterministic nonperiodic flow. Journal of the Atmospheric Sciences, 20(2), 130–141. https://doi.org/10.1175/1520-0469(1963)020<0130:DNF>2.0.CO;2

May, R. M. (1976). Simple mathematical models with very complicated dynamics. Nature, 261, 459–467. https://doi.org/10.1038/261459a0

Figura. Azar clásico y azar cuántico

El azar clásico describe acontecimientos aparentemente impredecibles debido al desconocimiento de sus condiciones iniciales. Por ejemplo, el resultado de lanzar una moneda depende de su velocidad, rotación y fuerzas externas. En principio, un modelo determinista suficientemente preciso permitiría calcularlo. En cambio, el azar cuántico aparece en fenómenos microscópicos, como la detección de fotones, donde la mecánica cuántica proporciona probabilidades para diferentes resultados individuales. Según su interpretación habitual, esta incertidumbre no depende solamente de información incompleta, sino que constituye una propiedad fundamental de las mediciones cuánticas (Bell, 1964).

La diferencia plantea importantes problemas filosóficos y científicos. Mientras el determinismo clásico supone que conocer completamente las causas permitiría anticipar sus efectos, la teoría cuántica utiliza distribuciones de probabilidad incluso cuando conocemos el estado del sistema. Los experimentos sobre entrelazamiento cuántico han demostrado resultados incompatibles con determinadas explicaciones basadas en variables ocultas locales. Sin embargo, estos hallazgos no eliminan todas las interpretaciones deterministas de la física cuántica. Por tanto, distinguir entre incertidumbre por desconocimiento e indeterminación fundamental continúa siendo un problema de investigación (Hensen et al., 2015).

En biología, ambos enfoques ayudan a comprender los límites de nuestras predicciones. Las reacciones bioquímicas, la fotosíntesis y determinados procesos moleculares dependen de interacciones gobernadas por leyes cuánticas. Sin embargo, las proporciones hereditarias de la genética mendeliana generalmente pueden estudiarse mediante modelos probabilísticos clásicos, sin calcular individualmente los fenómenos cuánticos. La biología cuántica investiga posibles funciones de efectos cuánticos en procesos como la captación de energía luminosa y la orientación magnética de algunas aves (Lambert et al., 2013).

Bell, J. S. (1964). On the Einstein Podolsky Rosen paradox. Physics Physique Fizika, 1(3), 195–200. https://doi.org/10.1103/PhysicsPhysiqueFizika.1.195

Hensen, B., Bernien, H., Dréau, A. E., et al. (2015). Loophole-free Bell inequality violation using electron spins separated by 1.3 kilometres. Nature, 526, 682–686. https://doi.org/10.1038/nature15759

Lambert, N., Chen, Y.-N., Cheng, Y.-C., Li, C.-M., Chen, G.-Y., & Nori, F. (2013). Quantum biology. Nature Physics, 9, 10–18. https://doi.org/10.1038/nphys2474

Figura. Azar clásico y probabilidad

El azar clásico permite estudiar acontecimientos cuyos resultados individuales son inciertos, aunque sus posibilidades pueden describirse mediante modelos matemáticos. La probabilidad clásica, desarrollada especialmente por Pierre-Simon Laplace, establece que, cuando todos los resultados elementales son igualmente probables, la probabilidad de un evento corresponde a la proporción entre casos favorables y casos posibles. Por ejemplo, una moneda equilibrada presenta dos resultados equiprobables, mientras que un dado ideal posee seis. Este procedimiento permite formular predicciones estadísticas, aunque no garantiza conocer el resultado de cada experimento. Su aplicación requiere identificar correctamente el espacio muestral y justificar que sus resultados son equiprobables.

En genética mendeliana, las probabilidades permiten estudiar la segregación de alelos y las posibles combinaciones de gametos durante la reproducción sexual. Por ejemplo, un organismo heterocigoto puede producir dos tipos de gametos con probabilidades teóricas iguales, siempre que exista segregación equilibrada. Estas relaciones permiten anticipar determinadas proporciones genotípicas y fenotípicas entre los descendientes. Sin embargo, los resultados individuales pueden variar debido al azar reproductivo, y las proporciones experimentales no necesariamente coinciden exactamente con las predicciones matemáticas (Abbott & Fairbanks, 2016).

La probabilidad también permite comparar riesgos y tomar decisiones fundamentadas en información cuantitativa. Sin embargo, debemos evitar interpretaciones equivocadas, como la falacia del jugador, que supone que los acontecimientos aleatorios anteriores obligan a compensaciones posteriores. Una probabilidad del 90 % tampoco representa una certeza absoluta. Además, las muestras pequeñas pueden producir frecuencias engañosas y generar conclusiones precipitadas. En investigación biológica, interpretar correctamente los resultados exige considerar el tamaño de la muestra, las condiciones experimentales y los posibles sesgos estadísticos, sin confundir una estimación probabilística con una garantía.

Abbott, S., & Fairbanks, D. J. (2016). Experiments on plant hybrids by Gregor Mendel. Genetics, 204(2), 407–422. https://doi.org/10.1534/genetics.116.195198

Hájek, A. (2012). Interpretations of probability. The Stanford Encyclopedia of Philosophy. https://plato.stanford.edu/entries/probability-interpret/

Figura. Ley de los grandes números.

La ley de los grandes números establece que, al aumentar las observaciones de un experimento aleatorio, las frecuencias relativas tienden a aproximarse a sus probabilidades teóricas, siempre que se cumplan determinadas condiciones. Por ejemplo, una moneda equilibrada presenta una probabilidad del 50 % para cara y sello. Sin embargo, diez lanzamientos pueden producir siete caras y tres sellos, mientras que mil lanzamientos podrían generar 503 caras y 497 sellos. Esta aproximación estadística no elimina el azar individual, sino que permite reconocer patrones colectivos cada vez más estables (Dinov et al., 2009).

En genética mendeliana, este principio permite comprender las diferencias entre proporciones hereditarias teóricas y resultados experimentales. Durante la meiosis, los alelos se distribuyen entre los gametos, generando combinaciones cuya frecuencia podemos estimar matemáticamente. Por ejemplo, determinados cruzamientos monohíbridos producen una proporción esperada de tres descendientes con fenotipo dominante por cada uno con fenotipo recesivo. Sin embargo, cuatro descendientes no necesariamente presentan exactamente esa distribución. Al estudiar cientos de organismos, las frecuencias fenotípicas suelen aproximarse a los valores previstos, siempre que el modelo hereditario sea adecuado (Abbott & Fairbanks, 2016).

La convergencia estadística no significa que los resultados anteriores deban compensarse mediante acontecimientos posteriores. Cada evento independiente conserva su propia probabilidad de ocurrencia, sin importar los resultados acumulados. Tampoco garantiza coincidencias exactas entre frecuencias observadas y esperadas, pues continúan existiendo fluctuaciones. Además, mecanismos como la selección natural, las diferencias de viabilidad genética o los errores experimentales pueden modificar las proporciones. Por ello, la ley permite evaluar regularidades, pero no demuestra automáticamente que las predicciones genéticas sean correctas (Dinov et al., 2009).

Abbott, S., & Fairbanks, D. J. (2016). Experiments on plant hybrids by Gregor Mendel. Genetics, 204(2), 407–422. https://doi.org/10.1534/genetics.116.195198

Dinov, I. D., Christou, N., & Gould, R. (2009). Law of large numbers: The theory, applications and technology-based education. Journal of Statistics Education, 17(1), 1–19. https://doi.org/10.1080/10691898.2009.11889499

Figura. Determinismo complejo

El determinismo complejo describe sistemas cuya evolución sigue reglas matemáticas definidas, pero cuyos resultados pueden ser difíciles de predecir. A diferencia de los sistemas simples, intervienen múltiples variables interdependientes, capaces de modificar conjuntamente su comportamiento. Incluso cuando conocemos las ecuaciones, pequeñas diferencias en las condiciones iniciales pueden producir trayectorias divergentes. Esta propiedad caracteriza determinados sistemas de caos determinista, donde el comportamiento parece aleatorio sin serlo necesariamente. Edward Lorenz demostró que ciertas ecuaciones atmosféricas generaban resultados extremadamente sensibles a variaciones iniciales, estableciendo fundamentos de la teoría del caos (Lorenz, 1963).

En biología, estas dificultades aparecen al estudiar la dinámica de poblaciones, donde interactúan natalidad, mortalidad, competencia, disponibilidad de alimentos y condiciones ambientales. Robert May demostró que incluso una ecuación sencilla de crecimiento poblacional puede generar oscilaciones irregulares y comportamientos caóticos. Una pequeña diferencia inicial en el número de organismos podría conducir a distribuciones poblacionales considerablemente diferentes después de varias generaciones. Sin embargo, debemos distinguir la simple complejidad del verdadero caos: un sistema con numerosas variables no necesariamente presenta sensibilidad extrema a las condiciones iniciales (May, 1976).

La predictibilidad científica depende tanto de las leyes conocidas como de la precisión de nuestras mediciones. En ecosistemas naturales, pequeñas incertidumbres pueden amplificarse mediante interacciones ecológicas, dificultando las predicciones prolongadas. Este fenómeno se relaciona con el llamado efecto mariposa, aunque no significa que cualquier perturbación produzca consecuencias extraordinarias. Además, los comportamientos aparentemente caóticos pueden confundirse con fluctuaciones aleatorias o influencias ambientales desconocidas. Distinguirlos requiere modelos matemáticos, observaciones repetidas y análisis estadísticos. La investigación ecológica reconoce estas dificultades al estudiar la estabilidad y variabilidad de las poblaciones naturales (Hastings et al., 1993).

Lorenz, E. N. (1963). Deterministic nonperiodic flow. Journal of the Atmospheric Sciences, 20(2), 130–141. https://doi.org/10.1175/1520-0469(1963)020<0130:DNF>2.0.CO;2

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Hastings, A., Hom, C. L., Ellner, S., Turchin, P., & Godfray, H. C. J. (1993). Chaos in ecology: Is Mother Nature a strange attractor? Annual Review of Ecology and Systematics, 24, 1–33. https://doi.org/10.1146/annurev.es.24.110193.000245

Figura. Determinismo y predictibilidad en sistemas físicos simples.

El determinismo establece que la evolución de un sistema está definida por sus condiciones iniciales y las leyes físicas que gobiernan su comportamiento. En un sistema simple, como una esfera que desciende por una rampa, podemos calcular su movimiento si conocemos su posición inicial, velocidad, inclinación y fuerzas actuantes. La gravedad produce una aceleración determinada, mientras que el rozamiento modifica el desplazamiento. Cuando estas variables permanecen constantes, repetir el experimento bajo condiciones idénticas produce la misma trayectoria teórica. Este principio permite construir modelos matemáticos capaces de predecir resultados sin recurrir al azar (Lorenz, 1963).

La predictibilidad depende de conocer adecuadamente las variables y controlar las perturbaciones externas. En condiciones ideales, un sistema determinista evoluciona mediante una sucesión de estados donde cada resultado depende del anterior. Sin embargo, los experimentos reales presentan pequeñas diferencias de temperatura, fricción o velocidad que pueden modificar las mediciones. Estas variaciones no significan necesariamente que exista azar fundamental, sino que nuestro conocimiento de las condiciones iniciales es limitado. Además, el determinismo no garantiza siempre la predicción: incluso ecuaciones matemáticas sencillas pueden generar comportamientos complejos y difíciles de anticipar (May, 1976).

En biología, este enfoque permite comprender procesos como el movimiento celular, el transporte de sustancias y determinadas reacciones bioquímicas. Bajo condiciones controladas, podemos establecer relaciones entre las causas y sus efectos. Sin embargo, los organismos presentan numerosas interacciones moleculares, ambientales y fisiológicas que dificultan realizar predicciones exactas. Por ello, debemos distinguir los sistemas deterministas simples, generalmente predecibles, de los sistemas deterministas caóticos, donde pequeñas diferencias iniciales pueden amplificarse considerablemente. Esta distinción resulta fundamental para comprender las limitaciones de los modelos científicos (May, 1976).

Lorenz, E. N. (1963). Deterministic nonperiodic flow. Journal of the Atmospheric Sciences, 20(2), 130–141. https://doi.org/10.1175/1520-0469(1963)020<0130:DNF>2.0.CO;2

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Principios de estadística básica, la cantidad

[Genérica clásica]

La estadística es la rama de las matemáticas encargada de recolectar, organizar, analizar e interpretar datos para describir fenómenos y obtener conclusiones sobre ellos. En biología, permite estudiar las características de los organismos, comparar poblaciones e identificar patrones que resultan difíciles de reconocer mediante la observación individual. Por ejemplo, podemos contar cuántas plantas producen semillas amarillas, cuántas moscas presentan ojos blancos o qué proporción de una población posee determinada característica hereditaria. Al organizar estas observaciones mediante tablas, gráficas y parámetros estadísticos, podemos encontrar regularidades y construir explicaciones sobre los fenómenos naturales.

La importancia de las matemáticas en las ciencias fue reconocida desde los comienzos de la ciencia moderna. Galileo Galilei (1564-1642) defendía que la naturaleza podía comprenderse mediante un lenguaje matemático, mientras que William Thomson, conocido como lord Kelvin (1824-1907), destacó la importancia de las mediciones cuantitativas para comprender los fenómenos físicos. Estas ideas contribuyeron al desarrollo de la física y la química, aunque durante mucho tiempo numerosos fenómenos biológicos parecieron demasiado complejos para explicarse mediante ecuaciones sencillas. La enorme diversidad de los organismos, sus diferencias individuales y la influencia del ambiente dificultaban establecer relaciones matemáticas comparables a las utilizadas para describir el movimiento de los cuerpos.

Precisamente, uno de los acontecimientos que convirtió al mendelismo en una teoría especialmente importante fue la matematización de la herencia biológica. Aunque Gregor Mendel (1822-1884) ya había empleado conteos y proporciones para estudiar la hibridación vegetal, los investigadores de comienzos del siglo XX desarrollaron un lenguaje matemático que permitió interpretar sus resultados mediante parámetros elementales, como el número de individuos, las frecuencias absolutas, las frecuencias relativas y las probabilidades hereditarias. Gracias a estos instrumentos, las diferencias entre los descendientes dejaron de interpretarse únicamente mediante descripciones y comenzaron a estudiarse mediante modelos matemáticos capaces de predecir proporciones bajo determinadas condiciones experimentales (Olby, 1979; Abbott & Fairbanks, 2016).

La incorporación de estos procedimientos transformó la genética experimental. En lugar de limitarse a describir que algunas plantas eran altas y otras enanas, los investigadores podían determinar cuántas pertenecían a cada categoría, calcular sus proporciones y compararlas con los resultados esperados. Posteriormente, estas herramientas se ampliaron mediante la genética de poblaciones, que estudia la distribución y los cambios de las variantes hereditarias entre generaciones. En 1908, Godfrey Hardy y Wilhelm Weinberg establecieron independientemente las bases de un modelo que permite estudiar las frecuencias genéticas bajo condiciones ideales, conocido actualmente como equilibrio de Hardy-Weinberg (Edwards, 2008).

Sin embargo, para comprender estos modelos no necesitamos comenzar con matemáticas complicadas. Durante las primeras etapas de nuestro estudio utilizaremos procedimientos basados en el conteo de entidades, la clasificación de características biológicas, las fracciones y las operaciones del álgebra elemental. Estos conocimientos permitirán comprender cómo se construyen las predicciones genéticas y, posteriormente, cómo se comparan con los resultados obtenidos mediante la experimentación.

Número de entidades

El número de entidades es la cantidad de entes de un mismo tipo presentes en un sistema determinado. Esta definición procede del tratamiento cuantitativo utilizado en química, donde las entidades pueden ser átomos, moléculas, iones u otras partículas identificables. El mismo principio puede aplicarse a los sistemas biológicos, donde podemos contar células, semillas, organismos, gametos o individuos que comparten determinada característica.

El conteo puede realizarse directamente sobre entidades elementales, utilizando números enteros, o mediante agrupaciones cuando las cantidades son demasiado grandes para manejarlas cómodamente. Según el Sistema Internacional de Unidades, el número de entidades es una magnitud adimensional, cuya unidad es uno. Esto significa que el resultado del conteo no requiere una unidad física independiente, aunque debemos identificar claramente qué estamos contando.

Por ejemplo, podemos registrar 24 semillas, 150 células o 300 plantas. En estas expresiones, las palabras indican el tipo de entidad y no representan unidades físicas como el metro o el kilogramo. En cambio, el número de entidades se expresa mediante valores enteros no negativos, pues no podemos contar una fracción de un organismo completo cuando nuestra unidad de observación es precisamente el individuo.

Cuando las cantidades alcanzan valores enormes, como sucede con los átomos y las moléculas, resulta conveniente utilizar agrupaciones especiales. En química se emplea el mol, unidad de la magnitud denominada cantidad de sustancia, que corresponde exactamente a 6,02214076 × 1023 entidades elementales. Es importante distinguir ambas magnitudes: el número de entidades es un conteo adimensional, mientras que la cantidad de sustancia se mide en moles (BIPM, 2019).

En genética escolar, normalmente trabajaremos con cantidades considerablemente menores, como decenas, centenas o algunos miles de organismos. Por esta razón, resulta más sencillo contar directamente las entidades e identificar sus características fenotípicas, como el color de las flores, la forma de las semillas o la altura de las plantas.

Para representar estos conteos utilizaremos la letra minúscula cursiva n, acompañada del nombre o símbolo de la entidad entre paréntesis. Esta será nuestra convención de notación para los ejercicios de genética. Debemos tener presente que, en la nomenclatura oficial del Sistema Internacional, el número de entidades suele representarse mediante N, mientras que n representa la cantidad de sustancia en moles. Nuestra notación mantiene el uso de n como parámetro de conteo exclusivamente dentro de los modelos escolares que estamos construyendo.

Por ejemplo, si un experimento produce 400 semillas de guisante, podemos escribir: n(semillas) = 400

La letra n representa el parámetro de cantidad, que leeremos como «número de» o «cantidad de». Entre paréntesis aparece el tipo de entidad contada, mientras que después del signo igual encontramos el valor numérico del conteo.

En química, para identificar los átomos de un elemento, podemos utilizar su símbolo químico. Así, dentro de nuestra notación de conteo, la expresión: n(C) = 400

Se lee «número de átomos de carbono igual a 400». Cuando estudiamos moléculas, utilizamos su fórmula química. Por ejemplo, para representar 400 moléculas de agua escribimos: n(H2O) = 400

En genética, trabajaremos inicialmente con objetos y características más fáciles de reconocer. Si contamos 400 flores púrpuras, podemos expresar el resultado mediante: n(f.púrpura) = 400

En este caso, «f.púrpura» identifica la categoría biológica correspondiente a las flores que presentan esa coloración. La abreviatura nos permite distinguirlas de otras categorías, como flores blancas o semillas amarillas.

También podemos utilizar expresiones como n(s.amarilla), para indicar el número de semillas amarillas, o n(p.alta), para representar el número de plantas altas. Es fundamental mantener una nomenclatura coherente durante todo el experimento, de modo que cada símbolo corresponda siempre a la misma categoría.

Finalmente, después del signo igual podemos escribir un valor de conteo, una fórmula matemática o una función, dependiendo de la información disponible. Esto nos permitirá utilizar el mismo parámetro tanto para registrar datos experimentales como para realizar cálculos y construir predicciones.

Distribución y conservación

En ciertos sistemas biológicos, una categoría de entidades, como las semillas, puede dividirse en diferentes subcategorías determinadas por características particulares, como el color, el tamaño o la textura. De esta manera, el número total de entidades puede distribuirse entre varios grupos, cada uno con su propio conteo particular.

Por ejemplo, una colección de 400 semillas puede contener 250 amarillas y 150 verdes. Aunque ahora tenemos dos subcategorías, el número total de semillas continúa siendo 400. Lo único que ha cambiado es nuestra manera de organizar el conjunto mediante una clasificación fenotípica.

Para efectuar correctamente esta distribución, las categorías deben ser mutuamente excluyentes, de modo que cada entidad pertenezca a una sola categoría dentro de la clasificación elegida. Además, las categorías deben incluir todos los resultados posibles. Si clasificamos las semillas exclusivamente según su color, no debemos incluir simultáneamente categorías mezcladas como «semillas amarillas» y «semillas grandes», porque una misma semilla podría pertenecer a ambas.

Cuando cumplimos estas condiciones, podemos establecer una primera relación de conservación: la suma de los números de entidades de todas las subcategorías debe ser igual al número total de entidades del sistema. Esta relación no representa una nueva ley física, sino una consecuencia matemática de contar todos los elementos una sola vez.

Sin embargo, no siempre sabemos cuántas categorías tendrá un sistema. Podemos trabajar con dos colores, tres texturas o numerosas combinaciones de características observables. Por esta razón, utilizaremos la notación de sumatoria, representada mediante la letra griega mayúscula sigma (Σ), que permite expresar la suma de varios conteos particulares.

La sumatoria puede escribirse de dos maneras: una forma completa, con límites explícitos, y una forma simplificada, con límites implícitos. Los límites indican dónde comienza y termina la suma. En la forma completa, el límite inferior aparece debajo de sigma, mientras que el superior se coloca encima.

[Conservación del número de entidades] forma explícita

Por ejemplo, podemos utilizar i = 1 para indicar que comenzamos con la primera categoría. El límite superior señalará la última categoría que debemos considerar. Cuando nos interesa sumar todas las categorías del sistema, podemos omitir los límites, siempre que el conjunto considerado esté claramente definido.

Así, la expresión:

[Conservación del número de entidades] forma implícita

Indica que debemos sumar los números de entidades correspondientes a todas las categorías identificadas mediante el subíndice i. Este subíndice permite distinguir cada conteo sin necesidad de escribir individualmente todas las cantidades.

Por ejemplo, si tenemos semillas amarillas, verdes y blancas, el número total será igual a la suma de los conteos correspondientes a los tres colores. Esta propiedad permitirá construir tablas estadísticas, comprobar nuestros resultados y reconocer errores cuando la suma de las categorías no coincida con el total registrado.

Teóricos frente a experimentales

Uno de los problemas didácticos más frecuentes en la enseñanza de las ciencias naturales es que los libros de texto no siempre distinguen claramente los diferentes significados que puede tener un mismo parámetro matemático. En nuestro caso, resulta fundamental diferenciar los valores teóricos de los valores experimentales. Aunque ambos describen una misma característica biológica, proceden de fuentes diferentes y cumplen funciones distintas dentro de una investigación.

Un parámetro experimental, como el número de entidades, representa la cantidad de veces que realmente observamos una determinada categoría. Este valor se obtiene mediante un conteo directo, es decir, a posteriori, después de realizar las observaciones. Por ejemplo, si contamos cuántas plantas presentan flores púrpuras, obtenemos un dato experimental. Una vez verificado, este valor constituye un resultado observado que no debemos modificar para ajustarlo a nuestras expectativas.

Por su parte, un parámetro teórico representa un valor calculado mediante un modelo matemático, una estimación o una función. Una función matemática es una relación que permite determinar el valor de una variable dependiente a partir de los valores conocidos de una o varias variables independientes.

En genética, estos modelos permiten estimar cuántos descendientes esperamos encontrar con determinada característica hereditaria antes de realizar el conteo experimental. Por ejemplo, algunos cruzamientos monohíbridos permiten predecir una proporción fenotípica de 3:1, siempre que se cumplan condiciones específicas, como la dominancia completa y la ausencia de diferencias importantes en la viabilidad de los genotipos (Abbott & Fairbanks, 2016).

La idea fundamental consiste en comparar los valores esperados con los resultados observados. Si el modelo es adecuado, las diferencias deberían encontrarse dentro de las fluctuaciones compatibles con el experimento. Sin embargo, ambos valores rara vez coinciden exactamente, especialmente cuando estudiamos cantidades pequeñas de organismos.

Estas diferencias pueden aparecer debido al azar reproductivo, al tamaño de la muestra, a las condiciones ambientales o a variables adicionales que afectan la supervivencia y reproducción de los individuos. Por esta razón, la estadística permite investigar si las discrepancias son compatibles con las variaciones esperadas o si sugieren que debemos revisar nuestro modelo.

Para distinguir ambos parámetros mediante una notación algebraica, utilizaremos el subíndice e como indicador de los resultados experimentales. Así, la expresión: n(i)e,  representa el número de entidades de la categoría i que hemos contado experimentalmente. En cambio, cuando escribimos: n(i), sin ninguna marca adicional, entenderemos que corresponde al número teórico o esperado de entidades de esa misma categoría. Esta distinción constituye una convención de nuestro curso, diseñada para facilitar la comparación entre diferentes resultados.

Imaginemos que un modelo hereditario predice que, entre 400 plantas, deberían aparecer 300 con flores púrpuras y 100 con flores blancas. Estos serían nuestros conteos teóricos. Sin embargo, después de realizar el experimento encontramos 294 plantas con flores púrpuras y 106 con flores blancas. Los últimos valores corresponden a los conteos experimentales.

Aunque las cantidades no coinciden exactamente, las diferencias son relativamente pequeñas. Esto no significa automáticamente que el modelo sea correcto o incorrecto. Para evaluar su compatibilidad necesitaremos utilizar procedimientos estadísticos que consideren la cantidad de individuos estudiados y la magnitud de las diferencias observadas.

También debemos recordar que el valor experimental no representa necesariamente una verdad absoluta e inmodificable. Puede corregirse cuando descubrimos errores de identificación, registro o conteo, siempre que exista una justificación verificable. Lo que no debemos hacer es alterar los resultados simplemente para aproximarlos a una predicción teórica.

Figura 3. Comparación entre frecuencias teóricas y experimentales en un cruzamiento de plantas con flores púrpuras y blancas.

Gráficas de barras de conteo directo

Las gráficas de barras de conteo directo son representaciones estadísticas que permiten comparar visualmente el número de entidades pertenecientes a diferentes categorías. Se construyen sobre un plano cartesiano, donde cada eje cumple una función específica y facilita la interpretación de los resultados experimentales.

Figura 1. [Gráficas de barras categóricas] Las gráficas de barras permiten comparar frecuencias absolutas de distintas categorías biológicas, como colores florales o fenotipos. El eje horizontal representa las categorías y el vertical, los conteos. Las barras deben estar separadas y comenzar desde cero. En genética experimental, facilitan comparar resultados teóricos y observados, aunque determinar diferencias significativas requiere pruebas estadísticas (Cleveland & McGill, 1984).

El eje horizontal (X) presenta las variables categóricas, es decir, características que permiten distinguir grupos de organismos. Estas pueden corresponder al color de las semillas, la forma de las hojas, la longitud del tallo o diferentes fenotipos. Como las categorías representan grupos diferenciados, sus barras se dibujan separadas, sin establecer una continuidad entre ellas.

El eje vertical (Y) representa una escala numérica de conteo, generalmente expresada mediante números enteros no negativos. Aunque el número de entidades corresponde a una variable discreta, la altura de las barras puede ajustarse proporcionalmente a los valores registrados. De esta manera, una barra más alta representa un conteo mayor, mientras que una barra más baja indica una cantidad menor de entidades.

Para construir una gráfica correctamente, primero debemos organizar los datos en una tabla de frecuencias absolutas. Después identificamos las categorías y establecemos una escala vertical apropiada. Es importante que esta escala sea uniforme y, normalmente, comience en cero, pues de lo contrario podríamos exagerar visualmente las diferencias entre categorías.

Por ejemplo, si contamos 200 semillas amarillas, 120 verdes y 80 blancas, la gráfica tendrá tres barras. La primera alcanzará el valor de 200, la segunda llegará a 120 y la tercera a 80. Esta representación permite identificar rápidamente cuál es la categoría más frecuente y cuál aparece en menor cantidad.

También podemos utilizar las gráficas de barras agrupadas para comparar los valores teóricos con los conteos experimentales. En este caso, colocaremos dos barras próximas para cada categoría, utilizando colores diferentes y una leyenda que permita distinguir los resultados.

Este procedimiento facilita la identificación visual de las diferencias entre las predicciones matemáticas y las observaciones experimentales. Sin embargo, las gráficas resultan especialmente útiles cuando estas diferencias son suficientemente grandes para reconocerse a simple vista.

Figura 2. [Gráficas de barras para comparar parámetros]. Las gráficas de barras agrupadas permiten comparar frecuencias teóricas y experimentales de diferentes fenotipos. Facilitan reconocer diferencias grandes y evidentes, pero resultan insuficientes cuando las desviaciones son pequeñas. En esos casos, la prueba de chi-cuadrado permite evaluar si las diferencias entre valores observados y esperados son compatibles con el azar estadístico del modelo (McHugh, 2013).

Cuando las frecuencias teóricas y experimentales son muy semejantes, las barras pueden parecer prácticamente iguales. En estas situaciones, una inspección visual no permite establecer si las diferencias son estadísticamente importantes. Para resolver este problema, posteriormente utilizaremos pruebas estadísticas, como la prueba de bondad de ajuste de chi-cuadrado, que permite comparar frecuencias observadas con frecuencias esperadas bajo determinadas condiciones.

En genética experimental, las gráficas de barras constituyen una herramienta fundamental para representar las proporciones fenotípicas, identificar variaciones entre generaciones y comunicar los resultados de los cruzamientos. Su principal ventaja consiste en transformar una colección de números en una representación visual que facilita reconocer las relaciones entre los diferentes grupos de organismos.

Referencias bibliográficas

Abbott, S., & Fairbanks, D. J. (2016). Experiments on plant hybrids by Gregor Mendel. Genetics, 204(2), 407–422. https://doi.org/10.1534/genetics.116.195198

Bureau International des Poids et Mesures. (2019). The International System of Units (SI) (9.ª ed.). https://www.bipm.org/en/publications/si-brochure

Edwards, A. W. F. (2008). G. H. Hardy (1908) and Hardy–Weinberg equilibrium. Genetics, 179(3), 1143–1150. https://doi.org/10.1534/genetics.104.92940

Olby, R. C. (1979). Mendel no Mendelian? History of Science, 17(1), 53–72. https://doi.org/10.1177/007327537901700103

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