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lunes, 9 de febrero de 2026

Proceso digestivo en plantas

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Las plantas son fotoautótrofos por excelencia, por lo que, en principio, no esperaríamos que realicen digestión de sustancias externas. En condiciones normales, las plantas absorben minerales disueltos en el agua a través de sus raíces, mediante mecanismos de transporte a través de membrana. El alimento orgánico no lo producen directamente los tejidos vegetales, sino los cloroplastos, descendientes de antiguas cianobacterias, que realizan la fotosíntesis. Los compuestos orgánicos producidos se redistribuyen hacia zonas de crecimiento o almacenamiento, por lo que este proceso se entiende mejor como una relación metabólica interna y no como digestión propiamente dicha. Sin embargo, como ocurre con frecuencia en biología, existen excepciones notables.

Plantas carnívoras

Las plantas carnívoras crecen en ambientes extremadamente pobres en nitrógeno, un elemento esencial que las plantas no pueden incorporar directamente a los ciclos biológicos, a pesar de que el nitrógeno molecular constituye cerca del 70 % de la atmósfera. Normalmente, esta limitación se supera gracias a asociaciones simbióticas como las micorrizas, donde los hongos integran el nitrógeno y lo intercambian por productos de la fotosíntesis. Cuando esta vía no está disponible, algunas plantas han evolucionado estructuras modificadas para capturar artrópodos y obtener de ellos los nutrientes que les faltan.

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Enlace a la [Figura: Drosera capensis]

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Enlace a la [Figura: Venus atrapamoscas]

 

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Enlace a la [Figura. Heliamphora chimantensis]

Un mecanismo común de captura es el uso de tricomas, prolongaciones de la epidermis vegetal que secretan un mucílago pegajoso. Los insectos quedan atrapados al desplazarse sobre estas superficies y luego pueden ser degradados parcialmente mediante enzimas digestivas. Este método es eficaz para inmovilizar presas, pero no genera una cavidad especializada, por lo que se considera un tipo de digestión externa. En contraste, muchas plantas carnívoras han modificado hojas o estructuras florales para formar trampas más complejas.

Estas trampas pueden clasificarse en mecánicas y químicas. Un ejemplo de trampa mecánica es la venus atrapamoscas, cuya hoja se cierra rápidamente cuando se estimulan pelos sensitivos, formando un estómago floral donde la presa es digerida durante varios días mediante enzimas digestivas, lo que corresponde a digestión interna. Las trampas químicas, en cambio, suelen ser resbaladizas: atraen a la presa con néctar, provocan su caída y la degradan en un fluido digestivo. En ambientes acuáticos, otras plantas han desarrollado trampas de succión o entrada sin salida, basadas en principios físicos. Para que una planta sea considerada verdaderamente carnívora, debe capturar, digerir y absorber nutrientes mediante transporte a través de membrana; aquellas que solo matan, pero no digieren, se consideran pre-carnívoras.

Plantas parásitas

Otra estrategia extrema es el parasitismo vegetal. En este caso, la planta invade los tejidos vasculares de otra planta y extrae nutrientes directamente. Este proceso requiere un complejo control hormonal, enzimas capaces de penetrar tejidos y sistemas especializados de absorción. Algunas plantas parásitas son fotosintéticas y solo extraen nutrientes específicos, mientras que otras son no fotosintéticas y dependen completamente de su hospedador, siendo holoparásitas.

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Enlace a la [Figura: plantas parásitas]  

El parasitismo ha evolucionado múltiples veces de forma independiente en las angiospermas, lo que constituye un claro ejemplo de evolución convergente. Una de las familias más importantes es Orobanchaceae, que incluye especies altamente destructivas para la agricultura. Géneros como Striga pueden parasitar cultivos clave como maíz, arroz y sorgo, causando pérdidas masivas de biomasa y llevando incluso al abandono de tierras cultivadas. De forma aún más sorprendente, algunas plantas parásitas pueden infectar hongos, incluidos los hongos micorrícicos, mostrando hasta qué punto la evolución vegetal ha explorado estrategias extremas para obtener nutrientes en ambientes limitantes.

Referencias

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Figura. Plantas parásitas

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Cistanche tubulosa es una planta holoparásita adaptada a ambientes de desierto, perteneciente al género Cistanche. A diferencia de la mayoría de las plantas vasculares, esta especie carece de clorofila, por lo que no realiza fotosíntesis y depende completamente de otros organismos para su supervivencia. Su ciclo de vida está estrechamente ligado a las plantas hospedantes, generalmente arbustos de zonas áridas, de cuyas raíces obtiene tanto agua como nutrientes orgánicos. Esta estrategia biológica le permite prosperar en ecosistemas con escasez extrema de recursos, donde la producción primaria es limitada y las condiciones climáticas resultan altamente restrictivas.

El parasitismo de Cistanche tubulosa se realiza mediante estructuras especializadas llamadas haustorios, que penetran los tejidos radiculares de la planta hospedante. A través de estos órganos, se establece una conexión directa con el sistema vascular del huésped, permitiendo la transferencia de azúcares, sales minerales y agua. Al ser una holoparásita obligada, no puede completar su desarrollo sin esta asociación. Su cuerpo vegetativo carece de hojas verdes funcionales y suele presentar tallos carnosos de tonos amarillentos o pálidos, reflejo de la ausencia de pigmentos fotosintéticos y de su dependencia metabólica total del hospedante.

Desde una perspectiva ecológica, Cistanche tubulosa representa una notable adaptación evolutiva a los ambientes áridos. Su presencia ilustra cómo el parasitismo vegetal puede constituir una estrategia exitosa frente a la limitación hídrica y la pobreza nutricional del suelo. Además, su interacción con las plantas hospedantes influye en la dinámica del ecosistema, afectando el crecimiento y la distribución de otras especies. Por estas características, resulta de gran interés para el estudio de la ecología del desierto, las relaciones interespecíficas y las diversas formas en que las plantas han diversificado sus estrategias de supervivencia en condiciones ambientales extremas.

Figura. Heliamphora chimantensis

  

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Heliamphora chimantensis es una planta carnívora perteneciente a la familia Sarraceniaceae y constituye un ejemplo notable de endemismo vegetal. Habita exclusivamente en el Chimantá-Tepuy, en Venezuela, un ambiente montañoso caracterizado por altas precipitaciones, suelos pobres y condiciones climáticas extremas. En este contexto, la especie ha desarrollado adaptaciones que le permiten complementar la fotosíntesis con la captura de pequeños organismos. Su distribución restringida la convierte en un organismo de alto interés científico, especialmente para el estudio de la evolución, la biogeografía y la conservación de ecosistemas únicos y antiguos del Escudo Guayanés, presentes en regiones aisladas de gran valor natural continental.

Las hojas tubulares de Heliamphora chimantensis crecen de forma vertical y pueden superar los 30 centímetros de longitud, formando estructuras especializadas para la captura pasiva de presas. En el extremo superior se encuentra la cuchara nectarífera, también vertical, cuya forma puede ser redondeada o puntiaguda según los distintos clones. El néctar actúa como atrayente, guiando a los insectos hacia el interior del tubo. A diferencia de otras plantas carnívoras, esta especie carece de tapa funcional, por lo que la lluvia desempeña un papel clave en el desplazamiento de las presas hacia el fondo, donde ocurre la acumulación de materia orgánica.

Las hojas superiores pueden presentarse laxas, lo que influye en la eficiencia de captura y en la ventilación interna del tubo. La digestión se basa en la acción conjunta de microorganismos simbióticos y enzimas que descomponen lentamente a las presas. Esta estrategia refleja una compleja adaptación ecológica a entornos con escasez de nutrientes disponibles. Debido a su distribución limitada y a la fragilidad de su hábitat, Heliamphora chimantensis es considerada relevante para la conservación, el estudio evolutivo y la comprensión de las relaciones entre morfología, ambiente y función en plantas carnívoras, especializadas de ecosistemas tepuyanos antiguos y altamente frágiles naturales.

Figura. Venus atrapamoscas

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Dionaea muscipula es una planta carnívora y la única especie del género Dionaea, conocida comúnmente como dionea atrapamoscas o venus atrapamoscas. Se especializa en la captura de presas vivas, principalmente insectos y arácnidos, como complemento nutricional en ambientes con suelos pobres en minerales. Su rasgo más distintivo es su trampa activa, formada por la porción terminal de cada hoja, la cual se divide en dos lóbulos móviles con bordes provistos de cilios que encajan entre sí al cerrarse. Esta estructura representa una adaptación altamente eficiente para maximizar la obtención de nutrientes esenciales, en especial nitrógeno y fósforo.

En la superficie interna de cada lóbulo se encuentran tres pelos sensitivos, también llamados tricomas mecano-receptores, cuya función es detectar el movimiento de una posible presa. El mecanismo de captura responde a un principio de estimulación doble: la trampa solo se activa si uno o más de estos pelos son tocados al menos dos veces dentro de un intervalo aproximado de veinte segundos. Este sistema funciona como un mecanismo de seguridad energética, evitando el cierre accidental provocado por gotas de lluvia, partículas inertes o pequeños restos vegetales. De este modo, la planta reduce el gasto metabólico asociado al cierre y reapertura de la trampa, optimizando su eficiencia funcional.

Una vez cerrada, la trampa forma una cámara casi hermética donde se inicia la digestión enzimática de la presa. Las glándulas internas secretan enzimas digestivas que descomponen los tejidos blandos, permitiendo la absorción de nutrientes a través de la superficie foliar. Tras varios días, cuando el proceso concluye, la trampa se reabre y deja expuestos los restos no digeribles, como el exoesqueleto. Este sofisticado sistema convierte a Dionaea muscipula en un ejemplo emblemático de adaptación evolutiva, integración entre sensibilidad, movimiento vegetal y nutrición especializada, ampliamente utilizado en contextos educativos para ilustrar la complejidad funcional de las plantas.

Figura. Drosera capensis

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Drosera capensis es una planta carnívora perenne caracterizada por un sistema de raíces rizomatosas y una altura promedio cercana a los 30 centímetros. Presenta hojas lineares de aproximadamente 6,5 centímetros, dispuestas en roseta basal y cubiertas por numerosos tricomas glandulares. Estos tricomas secretan un mucílago pegajoso que brilla a la luz y actúa como trampa pasiva para pequeños insectos. Al entrar en contacto, la presa queda adherida, iniciándose un proceso de captura, retención y posterior digestión enzimática, mediante el cual la planta obtiene nutrientes esenciales, especialmente nitrógeno y fósforo, escasos en los suelos donde habita de forma natural y eficiente.

El mecanismo de alimentación carnívora no implica movimiento rápido, pero sí una respuesta gradual de la hoja, que puede curvarse levemente para aumentar el contacto con la presa. Las enzimas digestivas disuelven tejidos blandos y liberan compuestos simples que son absorbidos por la superficie foliar. Este proceso representa una clara adaptación evolutiva a ambientes con suelos pobres, como turberas y zonas arenosas. A diferencia de los animales, la planta mantiene la fotosíntesis como fuente principal de energía, utilizando la captura de insectos solo como un complemento mineral estratégico para su crecimiento y mantenimiento fisiológico general y equilibrado a largo plazo.

La reproducción de Drosera capensis se realiza mediante escapos florales que sostienen numerosas flores rosadas de cerca de un centímetro. Estas flores se abren individualmente durante la mañana y se cierran al atardecer, con una duración aproximada de un solo día. Tras el cierre ocurre la autopolinización, produciendo abundantes semillas pequeñas. Una vez seco el capullo, las semillas se liberan y se dispersan con facilidad por el viento. En condiciones favorables, germinan cerca de la planta madre, otorgándole una notable capacidad de reproducción rápida y consolidando su reputación como especie de cultivo sencillo en contextos educativos y experimentales controlados actuales.

Proceso digestivo en unicelulares y hongos

 [Enlace al índice]

La digestión es un proceso fundamental para la vida, ya que permite a los seres vivos obtener materia y energía a partir del entorno y transformarlas en componentes útiles para su metabolismo. Aunque en los organismos complejos solemos asociar la digestión con órganos especializados como el estómago o el intestino, en realidad se trata de un fenómeno mucho más antiguo y diverso. Desde bacterias y arqueas hasta eucariotas unicelulares y multicelulares, todos los seres vivos han desarrollado estrategias particulares para degradar sustancias, absorber nutrientes y eliminar desechos. El estudio comparado de la digestión revela no solo la enorme variedad de soluciones biológicas existentes, sino también principios comunes que conectan a todos los organismos, independientemente de su tamaño o complejidad.

Digestión en bacterias y arqueas

Los procariotas, tanto bacterias como arqueas, son los organismos con mayor diversidad metabólica conocida. Esta extraordinaria variedad es coherente con su historia evolutiva y puede explicarse por dos factores principales. En primer lugar, son los seres vivos más antiguos del planeta: existen evidencias fósiles de procariotas que se remontan a hace aproximadamente 3 500 millones de años, mientras que los primeros eucariotas aparecen mucho más tarde, cerca de los 1 200 millones de años. En segundo lugar, los procariotas poseen un enorme potencial evolutivo debido a sus altas tasas de reproducción, lo que incrementa la frecuencia de mutaciones y acelera la diversificación metabólica.

Resultado de imagen para bacterial digestion

Enlace a la [Figura: Digestión en las bacterias]

Aunque morfológicamente los procariotas son relativamente simples y similares entre sí, su complejidad bioquímica es extraordinaria. Desde el punto de vista digestivo, existen procariotas con prácticamente todos los modos de nutrición conocidos. Algunos son quimiolitótrofos, capaces de obtener energía oxidando sustancias inorgánicas como minerales; otros son fotoautótrofos, como las cianobacterias, que realizan fotosíntesis y representan los primeros organismos capaces de producir materia orgánica a partir de la luz. Estas cianobacterias fueron tan exitosas que una de sus líneas evolutivas terminó estableciendo una simbiosis permanente dentro de otras células, dando origen a los cloroplastos de algas y plantas.

Muchas bacterias son bioheterótrofas, es decir, obtienen sus nutrientes a partir de otros seres vivos. Para ello liberan toxinas o enzimas líticas al ambiente, destruyendo células vecinas y absorbiendo los nutrientes liberados. Desde la perspectiva bacteriana, estas sustancias cumplen una única función: acceder a recursos contenidos en organismos competidores. Desde la perspectiva humana, algunas de estas moléculas son patógenas y otras se conocen como antibióticos. Incluso dentro de una misma especie bacteriana, como Escherichia coli, existen numerosas cepas con repertorios metabólicos y digestivos muy distintos, que pueden ir desde simbiontes inofensivos hasta patógenos altamente agresivos. En general, los procariotas realizan digestión externa, ya que su pared celular rígida impide procesos como la fagocitosis.

Digestión en eucariotas unicelulares

Los eucariotas unicelulares presentan una diversidad metabólica menor que la de los procariotas, ya que no pueden realizar por sí mismos ciertos procesos como la fotosíntesis o algunas rutas respiratorias complejas sin ayuda simbiótica. No obstante, esta limitación bioquímica es compensada por una notable flexibilidad estructural. Las células eucariotas son más grandes y poseen un sistema de compartimentos internos —los organelos— que les permite realizar procesos digestivos altamente especializados.

Desde el punto de vista digestivo, muchos eucariotas unicelulares tienen la capacidad de capturar partículas completas del entorno, envolviéndolas con su membrana plasmática. De esta manera, la célula genera una cavidad interna que funciona de manera análoga a una boca y un estómago microscópicos. Este proceso incluye mecanismos como la endocitosis y la fagocitosis, mediante los cuales la presa es incorporada, degradada por enzimas líticas y finalmente absorbida. Gracias a estos mecanismos, los eucariotas unicelulares pueden alimentarse de bacterias, algas u otros eucariotas más pequeños.

Digestión en eucariotas multicelulares

Los eucariotas multicelulares exhiben una gran variedad de estrategias digestivas. Existen organismos fotoautótrofos, como las plantas, y bioheterótrofos, como animales y hongos. Entre los eucariotas no animales ni vegetales destacan los mixomicetos, organismos con ciclos de vida complejos en los que alternan fases unicelulares y multicelulares. Durante la fase unicelular, presentan un comportamiento ameboide y se alimentan activamente; cuando los nutrientes escasean, las células se agrupan formando una estructura multicelular dedicada exclusivamente a la reproducción.

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Enlace a la [Figura: Digestión en hongos]

Enlace a la [Figura: Círculos de las hadas]

 

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Enlace a la [Figura: Hongos cazadores]

En los hongos, la digestión es siempre externa. Estos organismos son bioheterótrofos obligados y dependen de materia orgánica preexistente. Segregan enzimas líticas al ambiente, descomponen los sustratos y luego absorben los nutrientes resultantes. En los hongos filamentosos, este proceso ocurre mientras el organismo crece de manera radial desde un punto inicial, avanzando hacia regiones ricas en alimento y dejando atrás zonas agotadas y cargadas de desechos metabólicos.

Algunos hongos han desarrollado estrategias digestivas altamente especializadas, incluyendo la captura activa de pequeños animales como nemátodos. En todos los casos, independientemente de la complejidad del organismo, el principio es el mismo: liberar enzimas al entorno, degradar la materia y absorber los productos, lo que demuestra que la digestión externa es una estrategia extremadamente eficaz y ampliamente distribuida en la historia evolutiva de la vida.

Referencias

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Raven, P. H., Evert, R. F., & Eichhorn, S. E. (2013). Biology of plants (8th ed.). W.H. Freeman and Company.

Figura. Hongos cazadores

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La imagen muestra una escena microscópica en la que se observa la interacción directa entre un hongo y un pequeño animal, probablemente un nematodo, capturado por una estructura fúngica especializada. Las hifas del hongo forman un entramado fino y transparente que contrasta con el cuerpo alargado del animal. En el centro de la escena se distingue una estructura en forma de lazo o anillo, característica de ciertos hongos nematófagos, diseñada específicamente para atrapar presas móviles. Este tipo de imagen ilustra que los hongos no son organismos pasivos, sino que algunos han desarrollado estrategias activas de caza para obtener nutrientes en ambientes pobres.

Algunos hongos pueden cazar animales empleando estructuras especializadas que actúan como trampas, como anillos constrictores, redes adhesivas o filamentos pegajosos. Cuando el nematodo entra en contacto con estas trampas, el hongo responde rápidamente: el anillo se contrae o la superficie adhesiva inmoviliza a la presa. Una vez capturado el animal, las hifas comienzan a invadir su cuerpo a través de aberturas naturales, como la boca o el ano, o incluso perforando directamente la cutícula. Este proceso marca el inicio de la digestión externa, ya que el hongo libera enzimas líticas que degradan los tejidos del animal desde el interior.

A medida que la digestión avanza, los nutrientes liberados son absorbidos por las hifas, permitiendo el crecimiento del hongo dentro y alrededor de la presa. El animal atrapado se transforma así en una fuente concentrada de materia y energía, esencial para la supervivencia del hongo en suelos donde los compuestos orgánicos disponibles son escasos. Este comportamiento depredador desafía la idea tradicional de los hongos como simples descomponedores y demuestra la diversidad ecológica y funcional del reino Fungi. La imagen es un ejemplo claro de cómo la evolución ha favorecido soluciones sorprendentes, en las que un organismo aparentemente simple desarrolla mecanismos altamente eficaces para capturar, digerir y aprovechar a otros seres vivos.

Figura. Círculos de las hadas

 

La imagen presenta dos ejemplos distintos pero conceptualmente relacionados del crecimiento fúngico, uno a escala macroscópica en un jardín y otro a escala corporal en la piel humana. En el primer caso se observa un anillo casi perfecto de hongos sobre el césped, conocido popularmente como círculo de las hadas. En el segundo, se aprecia una lesión cutánea circular típica del pie de atleta, una infección fúngica superficial. Aunque los contextos son muy diferentes, ambos fenómenos responden al mismo principio biológico: el crecimiento radial del micelio, que se expande desde un punto inicial hacia el exterior.

El patrón de crecimiento de los hongos es radial, esférico o circular, dependiendo de si se observa en un plano bidimensional o en un volumen tridimensional. Cuando el hongo crece sobre una superficie plana, como el suelo o la piel, el micelio se expande de manera aproximadamente circular. Las hifas avanzan hacia zonas ricas en nutrientes, mientras que el centro queda progresivamente empobrecido o incluso muere. En el caso del césped, el hongo subterráneo degrada la materia orgánica del suelo, liberando nutrientes que estimulan el crecimiento del pasto en el borde activo del anillo. En el centro, donde los nutrientes ya fueron consumidos, el crecimiento vegetal disminuye, haciendo visible la forma circular.

En el pie de atleta ocurre un proceso análogo a menor escala. El hongo coloniza la piel desde un punto inicial y crece hacia afuera, digiriendo queratina y otros compuestos de las capas superficiales. La zona más activa de la infección se localiza en el borde de la lesión, donde el hongo sigue expandiéndose, mientras que el centro puede mostrar menos actividad o una apariencia distinta. Estos ejemplos muestran que los hongos no crecen como animales o plantas, sino como redes que avanzan desde un foco central. Ya sea en un jardín o en el cuerpo humano, el patrón circular no es casualidad, sino la huella geométrica de una estrategia digestiva y de crecimiento basada en la expansión radial del micelio.

Figura. Digestión en hongos

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La imagen muestra una superficie de madera en proceso de descomposición, atravesada por una red blanca y ramificada que corresponde al micelio de un hongo. Este micelio se extiende de forma radial y dendrítica, formando patrones que recuerdan a raíces finas o a un sistema vascular. La madera presenta tonalidades oscuras y marrones, con zonas visiblemente alteradas, lo que indica un proceso activo de podredumbre. No se observan cuerpos fructíferos, como setas u hongos visibles, lo que sugiere que la imagen captura una fase temprana o puramente vegetativa del crecimiento fúngico.

El micelio representa el verdadero cuerpo del hongo, constituido por hifas microscópicas que crecen y se ramifican continuamente. Estas hifas penetran la madera y liberan enzimas digestivas al ambiente externo, las cuales degradan componentes complejos como la celulosa y la lignina. A medida que estas macromoléculas se rompen en compuestos más simples, los nutrientes resultantes son absorbidos por las hifas. La imagen ilustra claramente cómo la digestión fúngica ocurre fuera del organismo, convirtiendo el sustrato sólido en una fuente aprovechable de materia y energía.

Desde una perspectiva ecológica, la escena representa un proceso fundamental en los ecosistemas terrestres: la reciclación de la materia orgánica. Los hongos que colonizan la madera muerta desempeñan un papel clave al descomponer tejidos vegetales que otros organismos no pueden digerir. La distribución del micelio muestra cómo el hongo crece desde varios puntos de colonización, expandiéndose hacia regiones ricas en nutrientes y dejando atrás áreas agotadas. Esta forma de crecimiento explica los patrones ramificados observados y evidencia que el avance del hongo está estrechamente ligado a la disponibilidad de recursos. En conjunto, la imagen no solo documenta un fenómeno biológico, sino que ilustra una estrategia evolutiva altamente eficaz: crecer oculto, digerir externamente y transformar el entorno en alimento, sin necesidad de estructuras visibles en la superficie.