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Aunque en el nivel celular
las plantas suelen describirse a partir del citoesqueleto y la pared
celular, cuando forman organismos multicelulares sus células
necesitan estructuras de anclaje, sostén y protección que
les permitan crecer de manera organizada. Las plantas más simples, como los musgos,
carecen de un sistema verdadero de soporte interno comparable al de las plantas
vasculares; por eso, su crecimiento suele permanecer limitado a formas bajas,
extendidas y muy dependientes de la humedad. En esta sección se revisan las
estructuras vegetales que cumplen funciones análogas a las de un esqueleto:
los rizoides, las raíces y los tallos.
No todas las
plantas poseen el mismo grado de sostenimiento estructural. El
desarrollo de sistemas de soporte fue uno de los rasgos centrales de la evolución
vegetal. Las primeras plantas terrestres surgieron a partir de linajes de algas
verdes que podían existir como organismos unicelulares o como asociaciones
multicelulares poco especializadas. En esos primeros momentos, las plantas
carecían de raíces verdaderas, xilema, floema, madera
y tejidos de soporte complejos. Su capacidad para elevarse sobre el suelo,
competir por luz solar y dispersar esporas estaba profundamente
restringida.
En la actualidad,
los musgos muestran una condición intermedia útil para comprender esta
historia: poseen cierto nivel de especialización, pero carecen de un sistema
vascular completo y de un sistema de sostén rígido. Por eso forman capas
bajas, semejantes a un tapete verde, muy sensibles a la disponibilidad de agua.
Durante buena parte de la historia temprana de las plantas terrestres, el
paisaje debió estar dominado por formas vegetales bajas, densas y apiñadas, que
competían por alcanzar la luz y por liberar sus estructuras reproductivas en
una posición más ventajosa.
Figura 1. [Red
vascular de la planta]. La hoja muestra el sistema vascular
vegetal: xilema y floema transportan agua, sales y azúcares. Sus nervaduras
también sostienen la lámina porque el xilema posee paredes con lignina,
polímero que refuerza la celulosa. Al perderse tejido blando, queda un esqueleto
vegetal que mantiene forma, permite fotosíntesis y crecimiento
contra gravedad en plantas vasculares vivas.
La siguiente gran
transformación ocurrió con las embriofitas vasculares, como los helechos
y sus parientes. En estos linajes aparecieron dos innovaciones decisivas: un
sistema de transporte interno, formado por xilema y floema,
y un sistema de sostén mecánico capaz de elevar el cuerpo vegetal contra
la gravedad. El xilema permitió transportar agua y minerales desde el
suelo hacia regiones aéreas, mientras el floema distribuyó productos de
la fotosíntesis. Más tarde, la aparición y expansión de la lignina
transformó radicalmente la vida terrestre, porque permitió endurecer tejidos,
formar madera y elevar las plantas a alturas cada vez mayores.
Figura 2. [Sistema
radical]. El anclaje de una planta depende de la
profundidad, extensión y ramificación de sus raíces, además del tipo
de suelo. Raíces y rizoides fijan el cuerpo al sustrato, resisten
viento y peso, y permiten absorber agua y sales. Cuando el suelo es
débil o húmedo, el árbol puede caer y revelar su arquitectura subterránea,
clave para sostén vegetal y supervivencia.
Raíces y rizoides como sistemas de anclaje
Una función básica
de cualquier sistema esquelético es anclar el organismo a un sustrato.
En los animales, este anclaje es fundamental para el movimiento, porque
ningún cuerpo puede desplazarse con eficiencia si no logra ejercer fuerza
contra el suelo, el agua, el aire u otra superficie. Las plantas siguieron una
ruta evolutiva distinta: para ellas, lo importante no fue moverse, sino
permanecer fijas en lugares donde la fotosíntesis fuera posible. Sin
embargo, permanecer inmóvil también exige una solución estructural, porque el
viento, la lluvia, la gravedad, el peso propio y la erosión pueden arrancar o
derribar al organismo.
Figura 3. [Los
rizoides] son estructuras simples de fijación, formadas por pocas células
o un tipo celular dominante. Funcionan como tejidos, no como órganos
complejos. A diferencia de las raíces, no poseen varios tejidos
especializados ni sistema vascular. Permiten anclaje, contacto con el sustrato
y absorción limitada de agua, pero restringen el tamaño y sostén de plantas
simples terrestres.
Un ejemplo
cotidiano aparece después de un huracán. Aunque algunos árboles caen,
muchos individuos sanos permanecen en pie si el suelo no es demasiado delgado,
arenoso o inestable. Esto ocurre porque poseen un sistema de raíces que
ancla el cuerpo al suelo mediante una red extensa, ramificada y resistente. Las
raíces no son simples “cables” enterrados: forman un sistema apendicular que
emerge del tronco, se ramifica en el sustrato y puede representar una
fracción importante de la biomasa seca de la planta. En muchas especies,
la mayor parte de las raíces se concentra en los primeros metros del suelo,
donde se encuentran agua, oxígeno, minerales y materia orgánica.
Las raíces
verdaderas son propias de plantas vasculares con órganos diferenciados.
Evolucionaron durante el Devónico, junto con asociaciones complejas
entre plantas y hongos, como las micorrizas. Estas asociaciones
permitieron mejorar la absorción de nutrientes y ampliar la superficie efectiva
de contacto con el suelo. En cambio, las plantas más ancestrales o simples
poseen rizoides, estructuras que también cumplen función de anclaje,
pero que son anatómicamente más sencillas.
La diferencia entre
una raíz y un rizoide depende del grado de organización. Un rizoide
está formado por pocos tipos celulares y no constituye un órgano complejo. Una raíz,
en cambio, posee varios tejidos especializados: epidermis, corteza, tejidos
vasculares, meristemos, pelos absorbentes y regiones de crecimiento. En este
capítulo no es necesario profundizar todavía en toda la anatomía de la raíz;
basta reconocer que su función esquelética principal consiste en anclar
la planta y crear una red de contacto con el suelo. Esta función depende del rozamiento,
la ramificación, la profundidad, la cohesión del sustrato y la interacción con
otros organismos del suelo.
Los tallos como sistemas de sostén
Las raíces
anclan la planta, pero el órgano que sostiene la mayor parte del cuerpo aéreo
es el tallo. El tallo mantiene hojas, ramas, flores y frutos en una
posición favorable para realizar fotosíntesis, intercambio gaseoso,
reproducción y dispersión. El tallo moderno es un rasgo propio de plantas
terrestres con tejidos organizados, y combina dos funciones fundamentales:
transportar sustancias mediante xilema y floema, y sostener el
peso de las partes vivas mediante tejidos mecánicos.
Figura 4. [Corte
transversal de una raíz]. La raíz es un órgano vegetal
complejo formado por varios tejidos: epidermis, corteza, xilema
y floema. A diferencia de un rizoide, no solo fija la planta; también
absorbe agua, transporta sales y azúcares, almacena sustancias y aporta sostén.
Sus vasos lignificados conectan suelo, tallo y hojas, manteniendo nutrición,
anclaje y circulación vegetal en plantas terrestres vasculares vivas y activas
completas.
En términos
generales, podemos distinguir tallos herbáceos y tallos leñosos.
Los tallos herbáceos poseen tejidos vasculares y pueden elevar a la
planta por encima de unos pocos milímetros, pero no permiten alcanzar grandes
alturas sin apoyo adicional. Muchas plantas herbáceas colapsan cuando pierden
agua, cuando florecen o cuando producen estructuras demasiado pesadas. Esto se
debe a que su sostén depende en gran medida de la turgencia, es decir,
de la presión del agua dentro de las células y tejidos. En ese sentido, un
tallo herbáceo funciona parcialmente como un esqueleto hidrostático.
El problema de los esqueletos
hidrostáticos vegetales es que tienen límites de peso y dependen de la
disponibilidad de agua. Si el agua disminuye, la turgencia cae, los
tejidos pierden firmeza y la planta se marchita. Por eso, en jardinería se atan
algunas plantas herbáceas a tutores o palos que cumplen una función mecánica
externa: sostener flores, hojas o tallos que por sí mismos no soportan su
propio peso. En contraste, los tallos leñosos desarrollaron un material
endurecido que permite resistir cargas mucho mayores y elevar las estructuras
fotosintéticas a grandes alturas. Ese material es la madera, uno de los
sistemas esqueléticos vegetales más exitosos de la historia de la vida.
Estructura general de un tallo
Una ramita
puede entenderse como un eje sobre el cual se disponen las hojas. Según
la posición de esas hojas, la botánica ha desarrollado una nomenclatura
clásica. Cuando las hojas aparecen una por una a lo largo del tallo, se
denominan alternas o alternantes. Cuando aparecen en parejas
opuestas sobre el mismo nivel, se llaman opuestas. Cuando tres o más
hojas surgen desde un mismo punto alrededor del tallo, se denominan verticiladas.
Esta terminología permite describir la arquitectura vegetal y, en algunos
casos, ayuda a reconocer grupos taxonómicos.
Figura 5. [Anatomía
ideal de un tallo]. El
tallo organiza la planta mediante nodos, entrenudos, hojas,
pecíolos, brotes terminales y brotes axilares. Los nodos
insertan hojas; los entrenudos separan esas regiones. El brote terminal permite
crecimiento; los axilares originan ramas o flores. Las lenticelas
permiten intercambio gaseoso y las cicatrices registran crecimiento
pasado, mostrando que el tallo sostiene, transporta y conserva memoria
estructural vegetal durante su desarrollo.
La región donde una
hoja se une al tallo se llama nodo, mientras que el segmento comprendido
entre dos nodos se denomina internodo. La estructura que conecta la hoja
con el tallo recibe el nombre de pecíolo. El ángulo formado entre el
pecíolo y el tallo se conoce como axila. En las axilas y en la punta de
los tallos se encuentran estructuras de crecimiento potencial llamadas brotes
o yemas. De ellas pueden surgir ramas, hojas nuevas o flores. Estos
brotes suelen estar protegidos por escamas hasta que las condiciones
permiten su desarrollo.
A medida que un
tallo herbáceo se transforma en tallo leñoso, cambian también sus
estructuras de intercambio con el ambiente. En órganos verdes jóvenes, los estomas
permiten el intercambio de gases. En tallos leñosos, esos estomas pueden ser
reemplazados por poros mayores llamados lenticelas, cuya función es
permitir el intercambio gaseoso a través de la corteza. Además, las escamas de
las yemas terminales pueden dejar cicatrices visibles que ayudan a estimar
etapas de crecimiento. También pueden observarse cicatrices dejadas por hojas,
pecíolos o estípulas, lo que exige cuidado al interpretar la historia de
crecimiento de una rama.
La lignina como material de sostén
La lignina
es un polímero aromático complejo, irregular y resistente que se deposita en la
pared celular de muchas plantas leñosas. Su función principal es actuar
como un “cemento” molecular que une fibras de celulosa y hemicelulosa.
La comparación con el concreto es útil: en un edificio, el hierro aporta
resistencia a la tensión y el cemento aporta rigidez; en la madera, la celulosa
funciona como fibra resistente y la lignina como material endurecedor que
rellena, une y estabiliza.
Gracias a la lignina,
las plantas pueden construir tejidos rígidos, durables y resistentes a la
compresión. La combinación entre celulosa, hemicelulosa y lignina
constituye la base molecular del sistema esquelético de las plantas
leñosas. Sin lignina, los tallos altos serían mucho más débiles, los árboles no
podrían elevarse con la misma eficacia y la vida terrestre tendría una
arquitectura muy distinta. La lignina permitió que las plantas conquistaran el
espacio vertical, formaran bosques, modificaran suelos, alteraran el ciclo del
carbono y generaran hábitats para innumerables organismos.
Figura 6. [Dos tipos de tallos vegetales].
Los tallos herbáceos son
verdes, blandos y flexibles; contienen clorofila, realizan fotosíntesis
y dependen de la turgencia para sostenerse. Los tallos leñosos son
duros, resistentes y poco fotosintéticos; su sostén depende de madera, xilema
secundario, celulosa y lignina. Esta diferencia permite
comparar crecimiento rápido frente a duración, protección y soporte vegetal
prolongado.
La lignina
también es difícil de degradar. Ningún animal produce por sí mismo enzimas
capaces de descomponerla completamente. Los organismos que degradan madera
dependen de hongos y bacterias, o de asociaciones simbióticas con
ellos. Las termitas, por ejemplo, no consumen madera gracias únicamente
a su propio cuerpo, sino gracias a microorganismos que participan en la
degradación de componentes vegetales. Incluso así, degradar lignina exige
condiciones adecuadas de humedad, temperatura, oxígeno y actividad
microbiana.
Durante la historia
de la Tierra, la dificultad para degradar lignina tuvo consecuencias
enormes. Grandes cantidades de tejido vegetal leñoso pudieron acumularse
durante el Carbonífero, contribuyendo al secuestro de dióxido de
carbono atmosférico y a la formación de depósitos que, con el tiempo
geológico, originaron carbón mineral. El propio nombre Carbonífero
significa “portador de carbón”. Esto muestra que una sustancia esquelética
vegetal no solo cambia la forma de una planta; también puede modificar la
atmósfera, el clima y la geología del planeta.
La madera y sus propiedades
La madera es
xilema secundario. Para los seres humanos ha sido uno de los materiales más
importantes de la historia: combustible, refugio, herramienta, arma, mueble,
embarcación, puente, instrumento, soporte artístico y estructura
arquitectónica. Si se le diera un sobrenombre, podría llamarse el plástico
de la naturaleza, porque es ligera, resistente, moldeable y versátil. En
manos de un buen carpintero, la madera puede cortarse, ensamblarse,
pulirse, curvarse, tallarse y transformarse en objetos muy diversos.
Figura 7. [Formas
básicas de filotaxia] La filotaxia describe cómo se disponen las hojas
en el tallo. En hojas alternantes, cada nodo tiene una hoja, reduciendo
sombra y mejorando captación de luz. En hojas opuestas, dos hojas nacen
frente a frente en el mismo nodo. Estas disposiciones ayudan al
crecimiento, la fotosíntesis, la circulación por xilema y floema,
y la identificación de plantas en campo escolar.
La madera fresca
de un árbol vivo contiene gran cantidad de humedad, que puede
representar una fracción importante de su masa. Para usarla de manera estable,
normalmente se debe secar hasta reducir su contenido de agua. El secado
debe realizarse de forma gradual y controlada, porque una pérdida rápida o
desigual de humedad puede deformar las tablas, abrir grietas o producir
fracturas a lo largo de los radios. Por esta razón, la madera se apila, ventila
y almacena bajo condiciones específicas antes de convertirse en material de
construcción o carpintería.
La parte seca de la
madera está compuesta principalmente por celulosa y hemicelulosa,
derivadas de unidades de glucosa y otros azúcares, junto con lignina y
una variedad de componentes secundarios. Entre esos componentes se encuentran resinas,
gomas, aceites, taninos, almidón y pigmentos
naturales. Estas sustancias influyen en el color, la textura, la resistencia,
el olor, la durabilidad y el uso de cada tipo de madera. Por eso no todas las
maderas sirven para lo mismo: unas son adecuadas para muebles, otras para
vigas, otras para embarcaciones, otras para tallas finas y otras para
herramientas.
Una propiedad
central de la madera es su densidad, definida como la relación entre
masa y volumen. En botánica y tecnología de la madera suele hablarse de gravedad
específica o densidad relativa, comparando la densidad de una madera con la
del agua. Si una madera tiene densidad relativa menor que 1, tiende a flotar;
si es mayor que 1, tiende a hundirse, salvo que el diseño del objeto incorpore
aire o una estructura capaz de desplazar suficiente agua. Esta propiedad
explica por qué la elección de la madera ha sido tan importante en la
construcción de embarcaciones.
La madera contiene
espacios internos que reducen su densidad y le dan una relación notable entre peso
y resistencia. Las maderas con densidad relativa baja se consideran
ligeras; las de densidad elevada se consideran pesadas. Algunas maderas
extremadamente densas, llamadas popularmente maderas de hierro, pueden
hundirse en agua y tener propiedades mecánicas comparables a ciertos materiales
industriales. Estas maderas se encuentran en varios linajes tropicales y han
sido apreciadas por su dureza, durabilidad y resistencia al desgaste.
Figura 5.8. [La
lignina] es un polímero vegetal complejo que refuerza celulosa y hemicelulosa
en la pared celular, formando madera resistente. Comparte con los
plásticos su durabilidad y difícil degradación. Durante el Carbonífero,
grandes bosques acumularon madera casi no biodegradable, que al enterrarse
secuestró carbono y originó carbón mineral, afectando ciclos
atmosféricos, suelos y evolución terrestre durante millones de años geológicos
posteriores.
La durabilidad
de la madera depende de su resistencia a la degradación por hongos, bacterias,
insectos y otros organismos. La humedad es un factor decisivo, porque
tanto la celulosa como la lignina se degradan con mayor facilidad cuando hay
agua suficiente para que proliferen microorganismos. Además, los componentes
minoritarios de algunas maderas, como taninos, resinas, aceites
y alcaloides, pueden tener efectos antimicrobianos o antifúngicos que
retrasan la colonización. Por eso algunas maderas duran décadas al aire libre,
mientras otras se pudren rápidamente si no reciben tratamiento.
En síntesis, las
plantas poseen sistemas de anclaje y sostén que cumplen funciones
equivalentes a las de un esqueleto. Los rizoides representan soluciones
simples de fijación; las raíces forman órganos complejos de anclaje y
absorción; los tallos herbáceos dependen de la turgencia; y los tallos
leñosos usan madera endurecida por lignina. La evolución de estas
estructuras permitió que las plantas dejaran de ser tapetes bajos y se
convirtieran en bosques verticales capaces de transformar la atmósfera, el
suelo, el clima y la vida animal. El esqueleto vegetal no es una
metáfora decorativa: es una realidad funcional que sostiene organismos,
ecosistemas y buena parte de la historia material de la humanidad.
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