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lunes, 13 de julio de 2026

El átomo de Rutherford

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La radioactividad es el fenómeno mediante el cual ciertos núcleos atómicos inestables se transforman espontáneamente y emiten radiación en forma de partículas o energía electromagnética. A diferencia de una reacción química, que reorganiza los electrones externos sin alterar la identidad esencial de los elementos, una desintegración radiactiva modifica directamente el núcleo y puede convertir un elemento en otro. Este proceso ocurre de manera espontánea y no necesita calentamiento, iluminación ni intervención externa. Su velocidad se caracteriza mediante la actividad radiactiva y la vida media, parámetros que permiten describir cuántos núcleos se desintegran y cuánto tarda una muestra en perder parte de su actividad.

Figura 1. [Maria Skłodowska Curie] fue una física y química polaca-francesa, pionera en el estudio de la radioactividad. Descubrió el polonio y el radio, acuñó el término radioactividad y desarrolló aplicaciones médicas de los rayos X. Fue la primera persona en recibir dos Premios Nobel en disciplinas científicas diferentes.

Imagen que contiene tabla, hombre, pastel, mujer

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Figura 2. [Ernest Rutherford] fue un físico y químico neozelandés considerado el padre de la física nuclear. Clasificó las radiaciones alfa y beta, propuso el modelo nuclear del átomo tras el experimento de la lámina de oro y recibió el Premio Nobel de Química en 1908. Sus investigaciones transformaron la comprensión de la materia.

La radiación

El descubrimiento comenzó en 1896, cuando Henri Becquerel estudiaba sales de uranio inspirado por el reciente hallazgo de los rayos X. Becquerel esperaba que la luz solar activara la emisión de radiación, pero observó que las sales de uranio oscurecían placas fotográficas incluso cuando permanecían guardadas en la oscuridad. Esto demostró que la radiación no dependía de una fuente externa, sino que procedía espontáneamente del propio material. Poco después, Maria Skłodowska Curie denominó este fenómeno radioactividad y, junto con Pierre Curie, descubrió que minerales como la pechblenda presentaban una actividad mayor que la del uranio puro. Esta observación condujo al descubrimiento del polonio y el radio, elementos intensamente radiactivos.

El estudio de la radioactividad abrió dos caminos que transformaron el modelo atómico. El primero se concentró en los electrones, especialmente a partir de los experimentos con rayos catódicos, la carga eléctrica y la interacción entre materia y luz. Esta ruta conduciría al descubrimiento del electrón, la cuantización de la energía, los espectros atómicos y la configuración electrónica. El segundo camino se concentró en el núcleo, porque las emisiones radiactivas revelaban que dentro del átomo existía una región capaz de liberar partículas y enormes cantidades de energía. Desde entonces, el átomo dejó de considerarse una esfera indivisible y comenzó a entenderse como un sistema compuesto por una corteza electrónica y un núcleo central.

Figura 3.  La [dispersión Rutherford-Villard] permitió distinguir tres emisiones radiactivas mediante placas eléctricas: la radiación beta, negativa y muy desviable; la alfa, positiva y menos desviable; y la gamma, sin carga y rectilínea. Esta clasificación reveló diferencias de masa, carga y penetración, impulsando el estudio del núcleo atómico.

La dispersión Rutherford-Villard

Un paso decisivo fue la clasificación de las emisiones realizada por Ernest Rutherford. Al hacer pasar la radiación por campos eléctricos y magnéticos, observó que una parte se desviaba en un sentido y otra en el sentido contrario. Llamó radiación alfa a la emisión positiva, pesada y poco penetrante, y radiación beta a la emisión negativa, ligera y mucho más desviable. Posteriormente se comprendió que las partículas alfa son núcleos de helio y que las partículas beta corresponden, en muchos casos, a electrones emitidos desde el núcleo. Esta separación mediante campos permitió reconocer que la radioactividad no era una radiación única, sino una mezcla de emisiones con distinta masa, carga, penetración y comportamiento físico.

En 1900, Paul Villard identificó una tercera radiación extraordinariamente penetrante que no se desviaba mediante campos eléctricos o magnéticos. Rutherford la denominó posteriormente radiación gamma. A diferencia de las emisiones alfa y beta, los rayos gamma no poseen carga eléctrica ni masa en reposo, pues consisten en radiación electromagnética de altísima energía. Así, la clasificación Rutherford-Villard estableció tres grandes familias: alfa, beta y gamma. La radiación alfa presenta gran capacidad de ionización, pero recorre distancias cortas; la beta posee penetración intermedia; y la gamma atraviesa materiales con mayor facilidad, aunque puede atenuarse mediante capas densas de plomo, acero u hormigón. Esta clasificación fue esencial para estudiar experimentalmente el interior del átomo.

La importancia de la llamada dispersión Rutherford-Villard radica en que permitió utilizar las radiaciones como sondas de la estructura atómica. La desviación de partículas cargadas revelaba su relación entre carga y masa, mientras que su capacidad de penetración permitía inferir cómo interactuaban con la materia. Las partículas alfa, por ser relativamente masivas y positivas, resultaron especialmente útiles en el célebre experimento de la lámina de oro.

Figura 4. El [experimento de la lámina de oro] mostró que la mayoría de las partículas alfa atraviesan el átomo, algunas se desvían y muy pocas rebotan. Rutherford concluyó que casi toda la masa y la carga positiva se concentran en un núcleo pequeño y denso, estableciendo el modelo nuclear del átomo.

El modelo atómico nuclear

La clasificación de las radiaciones alfa, beta y gamma proporcionó una herramienta extraordinaria para explorar el interior del átomo. Entre todas ellas, las partículas alfa resultaban especialmente útiles porque poseían una gran masa, carga positiva y una elevada energía cinética. Ernest Rutherford comprendió que estas partículas podían emplearse como pequeñas "sondas" capaces de revelar cómo se distribuía la carga eléctrica dentro del átomo. Con este propósito, entre 1908 y 1911, bajo la dirección de Ernest Rutherford, sus colaboradores Hans Geiger y Ernest Marsden realizaron una serie de experimentos que pasarían a la historia como los experimentos de Geiger-Marsden o experimentos de la lámina de oro. Su objetivo era poner a prueba el entonces aceptado modelo atómico de Thomson, según el cual el átomo era una esfera de carga positiva difusa en cuyo interior se encontraban incrustados los electrones, semejantes a pasas dentro de un pastel.

El montaje experimental era aparentemente sencillo. Una fuente radiactiva emitía partículas alfa que eran colimadas mediante una pequeña abertura para formar un haz estrecho y bien definido. Este haz incidía sobre una lámina extremadamente delgada de oro, elegida porque podía fabricarse con apenas unos cientos de átomos de espesor sin romperse. Alrededor de la lámina se colocaba una pantalla recubierta con sulfuro de zinc, material que emitía pequeños destellos de luz cuando era impactado por una partícula alfa. Observando cuidadosamente estos destellos era posible determinar el ángulo con el que cada partícula abandonaba la lámina. Según el modelo de Thomson, las partículas alfa, mucho más pesadas que los electrones y sometidas únicamente a una carga positiva distribuida de manera uniforme, debían atravesar la lámina prácticamente en línea recta, experimentando apenas ligerísimas desviaciones.

Los resultados fueron sorprendentes. La inmensa mayoría de las partículas alfa atravesaba la lámina sin desviarse, confirmando que el átomo está formado casi por completo por espacio vacío. Sin embargo, una pequeña fracción sufría desviaciones importantes y, de manera aún más inesperada, unas pocas partículas rebotaban casi 180°, regresando hacia la fuente emisora. Rutherford expresó su asombro comparando el fenómeno con disparar un proyectil de gran calibre contra un pañuelo de papel y que este rebotara hacia el tirador. Aunque estadísticamente era un evento muy raro, resultaba imposible explicarlo mediante el modelo de Thomson. La única interpretación razonable era que prácticamente toda la masa y toda la carga positiva del átomo se encontraban concentradas en una región central extremadamente pequeña y muy densa.

De esta manera nació el modelo atómico nuclear de Rutherford. El átomo dejó de concebirse como una esfera maciza de carga positiva para convertirse en un sistema formado por un diminuto núcleo positivo, donde se concentra casi toda la masa, rodeado por una amplia región prácticamente vacía ocupada por los electrones. El núcleo representa solo una fracción diminuta del volumen total del átomo, pero contiene la mayor parte de su masa. Esta nueva visión transformó completamente la física y la química, proporcionando el fundamento para comprender la radioactividad, las reacciones nucleares, la existencia de los isótopos y, posteriormente, el desarrollo de la teoría cuántica. El experimento de la lámina de oro se convirtió así en uno de los experimentos más influyentes de toda la historia de la ciencia, pues marcó el nacimiento de la física nuclear moderna y del concepto de átomo moderno que continúa siendo la base de nuestro conocimiento actual.

Figura 5. El [modelo atómico de Rutherford]estableció que el átomo posee un núcleo pequeño, denso y positivo rodeado por electrones. Explicó el experimento de la lámina de oro, pero presentó un problema: según la física clásica, los electrones deberían emitir radiación continuamente, perder energía y hacer inestable al átomo, contradiciendo las observaciones.

Límites del modelo atómico nuclear

El modelo atómico nuclear de Rutherford representó un avance extraordinario en la historia de la ciencia, pero también fue una teoría transitoria. Aunque explicó correctamente que casi toda la masa y la carga positiva del átomo se concentran en un pequeño núcleo, todavía dejaba numerosas preguntas sin respuesta. En particular, Rutherford sabía que la masa del núcleo era mayor que la que podía justificarse únicamente con las cargas positivas que contenía. En aquella época aún no se conocía la verdadera estructura interna del núcleo ni la existencia de los neutrones, por lo que este problema permaneció sin resolver durante varios años. Como ya estudiamos en la unidad de Introducción a la Química, el descubrimiento posterior de los protones y neutrones permitió comprender la composición nuclear y constituyó la base para conceptos tan importantes como la masa molar y la existencia de los isótopos.

Sin embargo, el mayor desafío del modelo de Rutherford no se encontraba en el núcleo, sino en los electrones. Rutherford los imaginó como partículas clásicas que orbitaban alrededor del núcleo de manera semejante a los planetas alrededor del Sol. Este modelo parecía razonable desde el punto de vista mecánico, pero entraba en conflicto con el electromagnetismo clásico. Una carga eléctrica acelerada, como un electrón que describe una trayectoria circular, debe emitir continuamente radiación electromagnética. Al perder energía de forma constante, el electrón debería disminuir progresivamente el radio de su órbita hasta precipitarse sobre el núcleo en una fracción extremadamente pequeña de tiempo. En consecuencia, los átomos serían inherentemente inestables, algo que contradice por completo la realidad.

Además, este modelo predecía que la energía emitida durante la caída del electrón sería continua, produciendo un espectro continuo de radiación. Sin embargo, los experimentos mostraban exactamente lo contrario: los átomos emiten y absorben únicamente determinadas longitudes de onda, formando espectros discretos compuestos por líneas bien definidas. Esta discrepancia marcó el fracaso del modelo clásico y abrió el camino hacia una nueva descripción de la materia basada en la teoría cuántica. Pero antes de comprender cómo los electrones ocupan niveles de energía cuantizados, primero debemos responder una pregunta fundamental: ¿qué es la luz y qué es un espectro? Esa será precisamente la siguiente lección.

Referencias

Becquerel, H. (1896). Sur les radiations émises par phosphorescence. Comptes Rendus de l'Académie des Sciences, 122, 420–421.

Curie, M. (1904). Investigations on radioactive substances. E. P. Dutton.

Geiger, H., & Marsden, E. (1909). On a diffuse reflection of the α-particles. Proceedings of the Royal Society A, 82(557), 495–500. https://doi.org/10.1098/rspa.1909.0054

Kragh, H. (2012). Niels Bohr and the quantum atom: The Bohr model of atomic structure 1913–1925. Oxford University Press.

Pais, A. (1986). Inward bound: Of matter and forces in the physical world. Oxford University Press.

Rutherford, E. (1899). Uranium radiation and the electrical conduction produced by it. Philosophical Magazine, 47(284), 109–163.

Rutherford, E. (1904). Radio-activity. Cambridge University Press.

Rutherford, E. (1911). The scattering of α and β particles by matter and the structure of the atom. Philosophical Magazine, 21(125), 669–688. https://doi.org/10.1080/14786440508637080

Rutherford, E. (1913). Radioactive substances and their radiations. Cambridge University Press.

Villard, P. (1900). Sur la réflexion et la réfraction des rayons cathodiques et des rayons déviables du radium. Comptes Rendus de l'Académie des Sciences, 130, 1010–1012.

Además, para un libro de bachillerato resulta recomendable complementar las fuentes históricas con textos modernos:

Atkins, P., & Jones, L. (2023). Principios de química: Los caminos del descubrimiento (8.ª ed.). Editorial Médica Panamericana.

Brown, T. L., LeMay, H. E., Bursten, B. E., Murphy, C., Woodward, P., & Stoltzfus, M. (2024). Química: La ciencia central (15.ª ed.). Pearson.

Chang, R., & Goldsby, K. A. (2023). Química (14.ª ed.). McGraw-Hill.

Petrucci, R. H., Herring, F. G., Madura, J. D., & Bissonnette, C. (2021). Química general: Principios y aplicaciones modernas (12.ª ed.). Pearson.













Figura. Modelo atómico de Rutherford

La imagen resume el modelo atómico de Rutherford, propuesto en 1911 como resultado de los experimentos de la lámina de oro. En el centro se representa un átomo formado por un núcleo muy pequeño, denso y con carga positiva, alrededor del cual se mueven los electrones, representados como partículas con carga negativa que describen órbitas circulares. Este modelo sustituyó al de Thomson al demostrar que la carga positiva no se encuentra distribuida por todo el átomo, sino concentrada en una región central diminuta. También se destaca que la mayor parte del volumen atómico corresponde a espacio vacío, explicación que permitió comprender por qué casi todas las partículas alfa atravesaban la lámina de oro sin desviarse. El núcleo concentra la carga positiva mientras los electrones ocupan la región exterior del átomo.

La parte inferior recuerda el experimento de la lámina de oro, fundamento experimental del modelo. Una fuente radiactiva emite un haz de partículas alfa dirigido hacia una delgada lámina de oro. Detrás de ella se ubica una pantalla fluorescente que registra el punto de impacto de cada partícula. La mayoría atraviesa la lámina en línea recta, algunas experimentan pequeñas desviaciones y una cantidad muy reducida rebota casi completamente hacia atrás. Estas observaciones solo podían explicarse si el átomo contenía un centro extremadamente pequeño, masivo y cargado positivamente capaz de repeler las partículas alfa. Gracias a este experimento se estableció el concepto de núcleo atómico, que revolucionó la comprensión de la estructura de la materia y abrió el camino hacia el desarrollo de la física nuclear.

La imagen también señala la principal limitación del modelo de Rutherford. En la física clásica, un electrón que gira continuamente alrededor del núcleo constituye una carga acelerada, por lo que debería emitir radiación electromagnética de manera permanente. Al perder energía, su órbita se reduciría progresivamente hasta caer sobre el núcleo, haciendo que el átomo fuera inestable. Además, este proceso produciría un espectro continuo de radiación, mientras que los experimentos mostraban espectros discretos formados por líneas bien definidas. Esta contradicción indicó que el movimiento electrónico no podía describirse mediante la mecánica clásica y preparó el camino para el desarrollo del modelo de Bohr y, posteriormente, de la teoría cuántica

Figura. El experimento de la lámina de oro

La imagen representa el experimento de la lámina de oro, realizado por Ernest Rutherford junto con Hans Geiger y Ernest Marsden, uno de los experimentos más importantes de la historia de la ciencia. El montaje experimental comienza con una fuente radiactiva encerrada dentro de una caja de plomo, cuya función es bloquear la radiación en todas las direcciones excepto en una pequeña abertura. De esta forma se obtiene un haz de partículas alfa estrecho y bien definido que se dirige hacia una lámina de oro extremadamente delgada. Alrededor de la lámina se encuentra una pantalla fluorescente que emite pequeños destellos cuando es impactada por una partícula alfa, permitiendo registrar con precisión la trayectoria seguida por cada una de ellas. Gracias a este dispositivo fue posible observar cómo interactuaban las partículas con el interior de los átomos del metal.

Los resultados del experimento fueron sorprendentes y se resumen en tres comportamientos claramente diferenciados. La gran mayoría de las partículas alfa atravesó la lámina prácticamente sin desviarse, indicando que la mayor parte del volumen del átomo está formada por espacio vacío. Una fracción mucho menor sufrió desviaciones moderadas al pasar cerca de una región con carga positiva, mientras que un número extremadamente pequeño rebotó casi en sentido contrario, como si hubiera chocado contra un objeto muy sólido y denso. Estos resultados eran incompatibles con el modelo de Thomson, que proponía una carga positiva distribuida uniformemente por todo el átomo. La existencia de rebotes solo podía explicarse si casi toda la masa y la carga positiva se encontraban concentradas en una región muy pequeña.

A partir de estas observaciones, Rutherford propuso el modelo nuclear del átomo. Según este modelo, el átomo posee un núcleo muy pequeño, extremadamente denso y con carga positiva, donde se concentra casi toda su masa. Los electrones ocupan la región que rodea al núcleo, mientras que el resto del átomo es prácticamente espacio vacío. Este descubrimiento transformó por completo la teoría atómica y abrió el camino hacia el estudio de la física nuclear, la estructura electrónica, los isótopos, las reacciones nucleares y, posteriormente, la teoría cuántica. El experimento de la lámina de oro continúa siendo uno de los ejemplos más elegantes de cómo un resultado experimental puede cambiar profundamente nuestra comprensión de la naturaleza.

Figura. La dispersión Rutherford-Villard

La dispersión Rutherford-Villard fue uno de los experimentos más importantes para comprender la naturaleza de la radioactividad. Su objetivo consistía en determinar si la radiación emitida por sustancias radiactivas era un único tipo de emisión o si estaba formada por partículas con propiedades diferentes. Para ello se colocaba una fuente radiactiva dentro de una caja de plomo, que actuaba como blindaje y dejaba salir únicamente un haz estrecho de radiación. Este haz atravesaba un espacio situado entre dos placas cargadas eléctricamente, una positiva y otra negativa. Finalmente, las emisiones llegaban a una placa fotográfica, donde quedaba registrada la posición de impacto de cada una. Si todas las radiaciones fueran iguales, todas seguirían la misma trayectoria. Sin embargo, el resultado mostró tres caminos claramente distintos, revelando que la radioactividad estaba formada por tres tipos de emisiones diferentes.

Las observaciones permitieron clasificar las radiaciones según su comportamiento frente al campo eléctrico. Una parte del haz se desviaba hacia la placa positiva; esta radiación recibió el nombre de beta (β) y posteriormente se identificó como un flujo de electrones, por lo que posee carga negativa. Además, debido a su pequeña masa, experimentaba la mayor desviación. Otra parte del haz se desviaba hacia la placa negativa; esta fue denominada alfa (α) y más tarde se descubrió que estaba formada por núcleos de helio, con carga positiva y una masa mucho mayor, razón por la cual su desviación era mucho menor. Finalmente, una tercera radiación continuaba en línea recta sin experimentar ninguna desviación. Paul Villard demostró que esta emisión carecía de carga eléctrica y Rutherford la denominó radiación gamma (γ), identificándola posteriormente como radiación electromagnética de muy alta energía.

La dispersión Rutherford-Villard constituyó una prueba experimental decisiva para comprender la estructura del átomo y la naturaleza de la radioactividad. Al demostrar que las emisiones poseían cargas, masas y poderes de penetración diferentes, permitió desarrollar nuevas técnicas para estudiar la materia y el núcleo atómico. La radiación alfa sería posteriormente utilizada por Rutherford en el célebre experimento de la lámina de oro, que condujo al descubrimiento del núcleo atómico. Por su parte, las radiaciones beta y gamma impulsaron el desarrollo de la física nuclear, la medicina, la radioterapia, las radiografías y numerosas aplicaciones industriales y científicas. Este experimento marcó el inicio de la clasificación moderna de las radiaciones ionizantes y abrió una nueva etapa en el estudio de la estructura interna de la materia.