El llamado sistema respiratorio tiene un nombre tradicional, pero no siempre es el más preciso. En sentido estricto, la respiración es un proceso metabólico celular: ocurre dentro de las células y consiste en obtener energía química, principalmente ATP, a partir de moléculas orgánicas. En la respiración aerobia, por ejemplo, muchas células consumen oxígeno y producen dióxido de carbono y agua como desechos. Por eso, cuando hablamos de pulmones, branquias, tráqueas o superficies de intercambio, el término más exacto sería sistema ventilatorio o sistema de intercambio gaseoso, porque su función no es producir ATP directamente, sino permitir la entrada y salida de gases.
Figura 1. [Leonardo
da Vinci] fue un artista, anatomista, inventor e ingeniero del Renacimiento
italiano. Nació en Vinci en 1452 y destacó por unir arte y ciencia
mediante observación, dibujo y razonamiento. Pintó obras como Mona Lisa
y La última cena, estudió el cuerpo humano y diseñó máquinas. Murió en
Francia en 1519.
Figura 2. [Mabel
Purefoy FitzGerald] fue una fisióloga británica especializada en respiración,
oxígeno e hipoxia. Investigó la adaptación humana a grandes
alturas junto a John Scott Haldane, estudiando hemoglobina y ventilación
en condiciones de bajo oxígeno. Aunque enfrentó barreras por ser mujer, hizo
aportes clave a la fisiología respiratoria y recibió reconocimiento
tardío de Oxford.
En los animales, el caso más
conocido es el intercambio entre O₂ y CO₂. El oxígeno entra al
organismo porque será usado por las células en la respiración celular,
mientras que el dióxido de carbono sale porque es un producto de desecho del
metabolismo. Sin embargo, no todos los seres vivos manejan los mismos gases.
Algunas bacterias y arqueas pueden producir o consumir hidrógeno, metano,
sulfuro de hidrógeno, amoníaco o nitrógeno, según sus
rutas metabólicas. Por eso, el intercambio gaseoso no debe entenderse como una
regla universal limitada a oxígeno y dióxido de carbono, sino como una relación
entre metabolismo, ambiente y tipo de organismo.
La ventilación puede
dividirse en dos grandes fases funcionales. La primera es el intercambio
externo, donde los gases pasan entre el ambiente y una superficie
especializada. En peces ocurre en las branquias, en insectos mediante tráqueas,
en anfibios también por la piel, y en mamíferos principalmente en los pulmones,
específicamente en los alvéolos. Para que este intercambio sea eficiente, la
superficie debe ser húmeda, delgada, amplia y estar conectada con un sistema
que mantenga diferencias de concentración.
Figura 3. [Respiración vs ventilación]. La ventilación o breathing es
el movimiento de gases entre el ambiente y los pulmones:
entra oxígeno y sale dióxido de carbono. La respiración
celular ocurre en las mitocondrias, donde la glucosa usa
oxígeno para producir ATP, agua y dióxido de carbono. Así, ventilar
no produce energía; permite que las células respiren metabólicamente.
La segunda fase es la perfusión,
es decir, el transporte interno de gases mediante un fluido circulante, como la
sangre o la hemolinfa. En vertebrados, la sangre lleva oxígeno
desde los pulmones o branquias hacia los tejidos y recoge dióxido de carbono
para devolverlo al órgano ventilatorio. Así, el sistema ventilatorio y el sistema
circulatorio trabajan juntos: uno intercambia gases con el ambiente y el
otro los distribuye dentro del cuerpo. La verdadera respiración ocurre
después, cuando cada célula usa esos gases en su metabolismo energético.
Líquidos surfactantes
Los tejidos
ventilatorios, es decir, las superficies donde los gases pasan entre
el interior del organismo y el ambiente, deben mantenerse húmedos para
funcionar. El oxígeno y el dióxido de carbono no cruzan una membrana
completamente seca: primero deben disolverse en una película líquida y luego
difundirse a través de las células. Por eso, las superficies de intercambio,
como branquias, piel respiratoria, tráqueas o alvéolos
pulmonares, suelen estar cubiertas por moco, agua, fluidos epiteliales o
sustancias surfactantes que facilitan el contacto entre el gas y la membrana
viva.
Figura 4. Un [capilar] es un vaso microscópico con pared
muy delgada, formada por endotelio, que permite el intercambio de
oxígeno, dióxido de carbono, agua y solutos por difusión. Si el
capilar se pliega o ramifica, aumenta su área de intercambio sin
volverse más grueso. Por eso transporta más sustancias de forma eficiente.
Figura
5. [Mecanismos de transporte a través de membrana].
La membrana celular permite transporte por difusión, ósmosis,
transporte facilitado y transporte activo. El paso pasivo mueve sustancias a
favor del gradiente; el activo usa ATP para ir en contra.
Fallas en acuaporinas, CFTR, SLC5A1 o ATP7B causan
enfermedades como diabetes insípida, fibrosis quística, malabsorción
glucosa-galactosa y enfermedad de Wilson.
En ambientes acuáticos
o muy húmedos, mantener esa película líquida resulta menos difícil. Las branquias
de los peces, por ejemplo, permanecen desplegadas dentro del agua, lo que
permite que los gases disueltos entren y salgan de la sangre. En cambio, en
ambientes terrestres y secos, el problema es más grave: una superficie húmeda
permite el intercambio gaseoso, pero también favorece la pérdida de vapor de
agua. Por eso, muchos animales terrestres han llevado sus superficies
ventilatorias hacia el interior del cuerpo, formando pulmones, tráqueas o
cavidades protegidas. Así reducen la desecación sin perder la capacidad de
intercambiar gases.
Los anfibios
muestran muy bien esta dependencia de la humedad. Muchas ranas pueden
complementar la ventilación pulmonar mediante respiración cutánea, pero
para hacerlo necesitan mantener la piel delgada, vascularizada y húmeda. En
otros anfibios, como algunas salamandras sin pulmones, la piel y la mucosa
bucofaríngea se vuelven indispensables para respirar. En los pulmones de
vertebrados terrestres, además de humedad, se requiere surfactante, una
mezcla de sustancias que reduce la tensión superficial y evita que los alvéolos
colapsen. En síntesis, todo órgano ventilatorio debe combinar tres condiciones:
estar húmedo, ser delgado y mantenerse desplegado para conservar una gran superficie
de intercambio.
Órganos de intercambio de gases
Cualquier tejido puede convertirse
evolutivamente en una superficie de intercambio gaseoso si cumple varias
condiciones básicas: estar en contacto con un medio ventilado, mantenerse húmedo,
ser lo bastante delgado para permitir la difusión y asociarse a una red
de capilares o conductos de transporte. Los gases no atraviesan bien
superficies secas; primero deben disolverse en una película líquida, como moco,
agua o fluido surfactante. Además, la distancia entre el ambiente y la sangre
debe ser mínima. Por eso, en distintos vertebrados pueden aparecer superficies
ventilatorias auxiliares en la piel, la boca, la faringe, las mejillas,
el esófago o incluso regiones intestinales como el ano. Sin embargo, en los
vertebrados nos centraremos principalmente en dos grandes órganos
ventilatorios: branquias y pulmones.
Bránquias.
Las branquias se originaron a partir de
tejidos de la región faríngea, relacionados con los antiguos arcos
branquiales y las hendiduras faríngeas. En cordados primitivos, estas
estructuras funcionaban en parte como sistemas de filtración, semejantes
a una red que retenía partículas alimenticias mientras el agua atravesaba la
faringe. Con la evolución de los vertebrados, esas hendiduras se volvieron cada
vez más importantes para la ventilación acuática. El tejido filamentoso
asociado a ellas aumentó la superficie de intercambio, permitió el paso
de agua sobre epitelios delgados y facilitó la transferencia de oxígeno hacia
la sangre.
Figura 6. [Las
branquias] de los peces extraen oxígeno disuelto del agua. El
agua entra por la boca, pasa por arcos, filamentos y lamelas, donde
capilares captan O₂ y liberan CO₂. Gracias al intercambio a
contracorriente, agua y sangre circulan en sentidos opuestos, manteniendo
el gradiente de difusión y aumentando la eficiencia ventilatoria si
permanecen húmedas, desplegadas y ventiladas.
Con la transición desde vertebrados agnatos
hacia vertebrados gnatostomados, es decir, con mandíbulas, los arcos
faríngeos se modificaron profundamente. Los primeros arcos anteriores
participaron en la formación de la mandíbula y del aparato hioideo,
mientras los arcos posteriores conservaron funciones de soporte branquial. Esta
reorganización transformó una red filtradora relativamente simple en un sistema
más activo, capaz de mover agua sobre los filamentos branquiales mediante
mecanismos de bombeo bucal, opercular o faríngeo. Las branquias, sin embargo,
dependen del agua para mantenerse desplegadas: sus filamentos son finos,
húmedos y delicados. Fuera del agua, pierden soporte, colapsan por su propio
peso y dejan de funcionar eficientemente.
Origen de los pulmones.
Los pulmones, por su parte, evolucionaron
como evaginaciones del tubo digestivo anterior, en la región relacionada con la
faringe y el esófago primitivo. En los peces óseos, estas bolsas internas
pudieron cumplir funciones dobles: ventilación aérea y control de la flotabilidad.
En algunos linajes se especializaron como pulmones funcionales, capaces de
captar oxígeno del aire; en otros, derivaron principalmente en vejigas
natatorias, usadas para regular la posición en el agua. También existen
formas intermedias o poco especializadas, donde la misma estructura conserva
cierta relación con ambas funciones.
Figura 7. [La
vejiga natatoria] de algunos peces se conecta al tubo
digestivo mediante un conducto neumático, permitiendo tragar o expulsar
aire. Al llenarse, aumenta la flotabilidad; al vaciarse, facilita el
descenso. En aguas pobres en oxígeno, puede apoyar la ventilación. Por
eso, pulmones y vejigas natatorias son órganos emparentados, derivados de
bolsas digestivas reutilizadas evolutivamente.
Por eso los pulmones de los vertebrados no tienen
una única forma ancestral rígida. Pueden ser simples o muy subdivididos, únicos
o pares, alargados o compactos, y ubicarse en posiciones dorsales, ventrales o
laterales según el linaje. En peces pulmonados y algunos peces óseos basales,
los pulmones conservan una organización relativamente sencilla.
Faveolos, parabronquios y alveolos.
A diferencia de lo
que suelen presentar muchos libros de texto, los pulmones de los
vertebrados no poseen una única arquitectura interna. En sus formas más
simples, pueden ser bolsas relativamente lisas, aunque bien vascularizadas,
como ocurre en algunas estructuras de función doble relacionadas con la ventilación
y la flotabilidad, semejantes a las vejigas natatorias de ciertos peces
óseos. Sin embargo, en los tetrápodos terrestres la arquitectura
pulmonar se diversificó mucho más. De manera general, pueden reconocerse tres
grandes modelos internos: pulmones con faveolos, pulmones con alvéolos
y pulmones con parabronquios. Cada modelo resuelve el mismo problema
básico —aumentar la superficie húmeda, delgada y vascularizada para
intercambiar gases—, pero lo hace con diseños anatómicos diferentes.
Figura 8. Lepidosiren paradoxa es un [pez
pulmonado] sudamericano que vive en aguas dulces pobres en oxígeno.
Aunque es acuático, al completar su metamorfosis pierde branquias
funcionales y depende de pulmones verdaderos para respirar aire; si no
sube a la superficie, puede ahogarse. Sus aletas filamentosas, piel glandular y
estivación en lodo ayudan a sobrevivir sequías.
Figura 9. Neoceratodus es un [pez
pulmonado africano] robusto, con escamas grandes, aletas carnosas y
movimientos lentos. Posee un pulmón vascularizado que le permite
respirar aire cuando el agua tiene poco oxígeno. Sin embargo, tras la metamorfosis
pierde branquias larvarias y depende más de la superficie; si no puede subir a
ventilar, puede sufrir asfixia.
Figura 8. [El
pulmón faveolar] de anfibios y reptiles es un saco
ventilatorio dividido por tabiques que forman faveolos. Estos aumentan
la superficie de intercambio, permitiendo entrada de oxígeno y
salida de dióxido de carbono. En anfibios suele ser simple y
complementarse con piel húmeda; en reptiles es más tabicado,
vascularizado, protegido y adaptado al aire seco terrestre.
Los faveolos
son compartimentos internos que crecen hacia el interior del pulmón formando
cámaras parecidas a una colmena. En lugar de tener una bolsa lisa, la
pared pulmonar se subdivide en múltiples cavidades comunicadas por orificios,
lo que aumenta la superficie de intercambio sin convertir el órgano en
una red de tubos finos. Este tipo de organización es común en muchos anfibios
y reptiles, aunque con grados distintos de complejidad. En formas más
simples, el pulmón puede parecer un saco con paredes arrugadas; en formas más
complejas, la compartimentalización interna crea una superficie mucho más
amplia. Los faveolos permiten mejorar la ventilación, pero todavía dependen en
gran medida de un sistema de entrada y salida donde el aire usado y el aire
fresco pueden mezclarse.
La arquitectura más
especializada aparece en los pulmones con parabronquios, propios de las aves
y relacionados evolutivamente con varios arcosaurios, incluyendo
cocodrilianos y dinosaurios no avianos. En este sistema, el aire no entra y
sale simplemente por la misma ruta hacia una bolsa terminal. Los parabronquios
funcionan como conductos atravesados por flujo de aire casi unidireccional, de
modo que el tejido de intercambio recibe aire fresco de manera más continua. En
las aves, este sistema se complementa con sacos aéreos, que no realizan
el intercambio gaseoso principal, pero almacenan y dirigen el aire como
fuelles. Gracias a esta organización, el pulmón aviar mantiene una ventilación
muy eficiente, con menor mezcla entre aire fresco y aire usado que en los
pulmones alveolares.
Figura 9. [Pulmón
de los cocodrilos]. El sistema parabronquial de los cocodrilianos
organiza el aire en un flujo casi unidireccional, desde la cavidad nasal
y tráquea hacia cámaras dorsales y ventrales. Esto reduce la mezcla con aire
usado y mejora el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono.
Gracias a pulmones compactos y eficientes, pueden sumergirse, guardar aire y
acechar sin burbujas.
Figura 10. Crocodylus intermedius, el [cocodrilo
del Orinoco], habita ríos, lagunas y sabanas inundables de Colombia y
Venezuela. Es un depredador semiacuático robusto, con ojos y narinas
superiores para acechar oculto. Consume peces, aves, mamíferos y reptiles.
Aunque poderoso, está amenazado por cacería, pérdida de hábitat y
reducción de zonas de anidación.
Los sacos aéreos
de las aves se extienden por distintas regiones del cuerpo y pueden penetrar
algunos huesos y vértebras, dejando cavidades neumáticas
reconocibles. Por eso, cuando los paleontólogos encuentran huesos fósiles con
patrones de neumatización semejantes, pueden inferir la presencia de sistemas
respiratorios complejos en ciertos dinosaurios no avianos. Esta
arquitectura ayuda a explicar cómo algunos linajes pudieron sostener altos
niveles de actividad, cuerpos grandes o comportamientos exigentes. En síntesis,
los pulmones no son simples “bolsas de aire”: son órganos ventilatorios con
diseños muy diversos, desde sacos vascularizados hasta redes alveolares y
sistemas parabronquiales altamente eficientes.
Figura 11. [Anatomía
respiratoria de las aves]. Las aves poseen tráquea, bronquios, pulmones
rígidos y sacos aéreos. Los parabronquios realizan el
intercambio de oxígeno y dióxido de carbono, mientras los sacos
actúan como fuelles que mueven aire casi unidireccional. Esta ventilación
eficiente favorece el vuelo y grandes alturas, como en Gyps rueppellii,
capaz de alcanzar cerca de 11 300 metros, donde humanos sin oxígeno
pierden conciencia útil rápidamente.
Figura 12. [Fisiología
respiratoria de las aves]. El sistema respiratorio de las aves
usa pulmones rígidos con parabronquios y sacos aéreos que actúan
como fuelles. Durante dos ciclos, el aire fresco entra, cruza los pulmones y el
aire usado sale. El flujo casi unidireccional mantiene intercambio
constante de oxígeno y dióxido de carbono, favoreciendo vuelo eficiente,
actividad intensa y supervivencia en grandes alturas sin gran mezcla interna.
Figura 12. Gyps rueppellii, el [buitre
de Rüppell], es un ave carroñera africana adaptada al vuelo
prolongado en grandes alturas, con alas amplias, pico fuerte y sistema
respiratorio parabronquial. Puede alcanzar cerca de 11 300 metros,
donde el oxígeno es escaso. Consume carroña, limpia ecosistemas y está
amenazado por envenenamiento, pérdida de hábitat y persecución humana, además
de reducción de alimento disponible.
Figura 13. Jian changmaensis muestra que los
[dinosaurios
no aviares] incluían formas muy cercanas a las aves, con plumas,
colores inferidos y cuerpos activos. En China, fósiles del Cretácico temprano
revelan esta transición junto a aves como Gansus yumenensis. Sus
vértebras neumáticas sugieren sacos aéreos y respiración aviar antes del
vuelo moderno, como adaptación previa para ventilación eficiente y esqueletos
más ligeros.
Los alvéolos,
característicos de los mamíferos, pueden entenderse como una
modificación más fina y organizada de este principio. En lugar de grandes
cámaras internas, el pulmón se ramifica en una red de bronquios, bronquiolos
y conductos cada vez más delgados, que terminan en sacos microscópicos
semejantes a racimos de uvas. Cada alvéolo está rodeado por capilares
sanguíneos, de modo que el oxígeno puede pasar rápidamente hacia la sangre
y el dióxido de carbono puede salir hacia el aire pulmonar. Esta arquitectura
ofrece una enorme área de intercambio en un espacio relativamente compacto,
aunque funciona con ventilación bidireccional: el aire entra y sale por el
mismo camino, lo que produce mezcla parcial entre aire fresco y aire ya usado.
Figura 14. El [sistema
respiratorio humano] conduce aire por nariz, faringe, laringe, tráquea
y bronquios hasta los pulmones. Allí los bronquios se ramifican en
bronquiolos y llegan a alvéolos rodeados de capilares. El diafragma
permite la inspiración. En los alvéolos entra oxígeno a la sangre y sale
dióxido de carbono para ser expulsado durante la espiración normal del cuerpo
humano adulto vivo.
Figura 15. [La
mioglobina] actúa como una reserva muscular de oxígeno,
similar a un “tercer pulmón” metafórico. En aves y mamíferos
acuáticos, permite seguir nadando cuando dejan de ventilar y los pulmones
se comprimen por presión. Junto con hemoglobina, bradicardia y ahorro
circulatorio, prolonga la inmersión, sostiene músculos activos y aumenta la
autonomía bajo el agua.
Figura 16. [Los
cachalotes], Physeter macrocephalus, son odontocetos capaces
de bucear a gran profundidad. Antes de sumergirse cargan oxígeno en
sangre y músculos. Durante el descenso, sus pulmones colapsan
controladamente, reduciendo absorción de nitrógeno y riesgo de descompresión.
Luego dependen de hemoglobina, mioglobina muscular, bradicardia y
ahorro metabólico para cazar sin respirar durante largos periodos.
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