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Los animales
pequeños o de organización simple pueden realizar el intercambio gaseoso
mediante difusión directa a través de la superficie corporal. Sin embargo, a
medida que aumenta el tamaño del cuerpo y la actividad metabólica, este
mecanismo deja de ser suficiente. En los animales más grandes, muchos tejidos
vivos se encuentran lejos de las superficies externas, es decir, quedan confinados
en el interior del organismo. Por eso no basta con captar oxígeno y expulsar
dióxido de carbono en una superficie; también se necesita un sistema que
transporte esos gases entre el órgano de intercambio y las células internas. En
el lenguaje cotidiano solemos llamar sistema respiratorio al sistema de
intercambio gaseoso, y sistema circulatorio al sistema de transporte de
gases. Entre ambos aparece una estructura integradora fundamental: los capilares,
vasos microscópicos donde ocurre el intercambio de sustancias entre la sangre y
los tejidos.
Grosor y forma de los capilares
Los capilares
son vasos sanguíneos extremadamente delgados, formados por una pared de una
sola capa de células endoteliales. Esta pared fina permite que sustancias
pequeñas, como oxígeno, dióxido de carbono, agua, nutrientes y
desechos, pasen con relativa facilidad entre la sangre y los tejidos. En el
caso de los gases, el movimiento ocurre principalmente por difusión pasiva,
siguiendo diferencias de presión parcial o concentración. El oxígeno tiende a
moverse desde donde hay más hacia donde hay menos, mientras que el dióxido de
carbono hace lo mismo en sentido contrario.

Figura 1. Un [capilar]
es un vaso microscópico con pared muy delgada, formada por endotelio,
que permite el intercambio de oxígeno, dióxido de carbono, agua y solutos por difusión.
Si el capilar se pliega o ramifica, aumenta su área de intercambio sin
volverse más grueso. Por eso transporta más sustancias de forma eficiente.
La eficiencia de un
capilar depende de dos factores principales: el grosor de la barrera que
debe atravesar el gas y la superficie de intercambio disponible. Cuanto
más delgada sea la pared capilar, más corto será el recorrido que deben hacer
las moléculas. Y cuanto mayor sea el área expuesta, mayor será la cantidad de
gas que puede intercambiarse al mismo tiempo. Como los gases atraviesan las membranas
por mecanismos físicos, no se puede aumentar indefinidamente la velocidad del
proceso sin modificar la estructura. Por eso la evolución ha favorecido
capilares delgados, numerosos, plegados o muy ramificados.
Una forma de
mejorar el intercambio es aumentar el área de contacto mediante pliegues
o ramificaciones. En las branquias, por ejemplo, las láminas y
filamentos branquiales multiplican la superficie donde la sangre entra en
contacto cercano con el agua. En los tejidos internos, los capilares se
ramifican tanto que casi ninguna célula queda demasiado lejos de una fuente de oxígeno
o de una ruta para eliminar dióxido de carbono. Así, los sistemas respiratorio
y circulatorio se conectan mediante superficies microscópicas especializadas,
diseñadas para sostener un flujo continuo de gases.
Fluido de transporte de gases
Los animales
grandes necesitan mantener un gradiente favorable para que el oxígeno
entre constantemente desde el medio externo hacia la sangre. Para lograrlo,
utilizan fluidos de transporte como la sangre o la hemolinfa, que
contienen moléculas capaces de unirse a gases respiratorios. En los
vertebrados, la más importante es la hemoglobina, una proteína rica en
hierro que se une de manera reversible al oxígeno. Al capturar oxígeno en los
pulmones o branquias, la hemoglobina reduce la cantidad de oxígeno libre
disuelto en la sangre, manteniendo el gradiente que favorece la entrada de más
gas.
En algunos
artrópodos y moluscos, una función semejante puede cumplirla la hemocianina,
una proteína con cobre que da a la hemolinfa un tono azulado cuando transporta
oxígeno. Estos pigmentos respiratorios no solo aumentan la cantidad total de
oxígeno transportado, sino que también ayudan a distribuirlo hacia tejidos
confinados. La hemoglobina también participa en el transporte de dióxido
de carbono, aunque este gas viaja en la sangre de varias formas: disuelto,
unido a proteínas o convertido en bicarbonato. Gracias a estos sistemas, los
tejidos reciben oxígeno y eliminan dióxido de carbono sin depender únicamente
de la difusión directa desde el exterior.
Confinamiento
El confinamiento
aparece cuando la superficie corporal deja de ser una vía eficiente o segura
para intercambiar gases. En organismos acuáticos pequeños, delgados o simples,
la difusión a través de toda la superficie puede ser suficiente. En cambio, en
muchos artrópodos, vertebrados y plantas terrestres, la superficie
externa está protegida por piel, cutícula, escamas, plumas, pelos o ceras que
reducen la pérdida de agua. Esta protección es necesaria para vivir en
ambientes secos, pero también dificulta el intercambio gaseoso.
La dificultad es
fisiológica: una superficie que permite la entrada de oxígeno y la
salida de dióxido de carbono también puede permitir la pérdida de vapor
de agua. Por eso, la vida terrestre exige un equilibrio delicado entre
respirar y no desecarse. En los animales, esta presión favoreció la aparición
de órganos especializados, como branquias internas, pulmones o tráqueas, junto
con sistemas de transporte interno. En vez de permitir que toda la piel
intercambie gases libremente, el organismo concentra esa función en regiones
protegidas, húmedas, vascularizadas y regulables.
Solubilidad del oxígeno
Las exigencias del
órgano respiratorio cambian según el medio donde se realiza el intercambio: aire
o agua. El agua es mucho más densa y viscosa que el aire, por lo que
moverla sobre una superficie respiratoria requiere más energía. Además, el
oxígeno es menos abundante y menos disponible en el agua que en la atmósfera.
Aunque el aire contiene aproximadamente un 21 % de oxígeno, la cantidad de oxígeno
disuelto en el agua depende de muchos factores, como temperatura,
salinidad, presión, movimiento, profundidad y actividad de organismos
fotosintéticos.
El oxígeno
molecular es poco polar y no forma puentes de hidrógeno con el agua, por lo
que su solubilidad es limitada. El agua fría puede retener más oxígeno que el
agua caliente, y el agua en movimiento suele oxigenarse mejor que el agua
estancada. Por eso, cada cuerpo de agua puede tener condiciones muy distintas.
Un río turbulento, una laguna cálida, un pantano eutrofizado o una zona marina
profunda no ofrecen la misma disponibilidad de oxígeno. Para los peces y otros
animales acuáticos, estas variaciones representan presiones de selección
importantes. Si el oxígeno disuelto cae demasiado, aparece hipoxia acuática,
que puede producir estrés, desplazamientos, reducción del crecimiento o incluso
muertes masivas.
Solubilidad del dióxido de carbono
El dióxido de
carbono también puede disolverse en el agua, pero a diferencia del oxígeno,
reacciona parcialmente con ella. Al combinarse con agua forma ácido
carbónico, que puede disociarse en bicarbonato e iones hidrógeno. Este
equilibrio químico es fundamental porque influye en el pH de los fluidos
biológicos y de los ecosistemas acuáticos. Cuando se acumula demasiado dióxido
de carbono, el medio tiende a volverse más ácido.
Aunque el dióxido
de carbono es un producto de desecho de la respiración celular, no debe
eliminarse por completo. En pequeñas cantidades ayuda a regular el pH
sanguíneo, la ventilación y varios procesos fisiológicos. El problema aparece
cuando se acumula demasiado o cuando disminuye en exceso. Algo distinto ocurre
con el monóxido de carbono, producido por combustiones incompletas: este
gas se une con gran afinidad a la hemoglobina y bloquea el transporte de
oxígeno, causando una forma de asfixia química.
Hiperventilación
La hiperventilación
ocurre cuando una persona ventila más rápido o más profundamente de lo
necesario para su metabolismo. Esto reduce la concentración de dióxido de
carbono en los alvéolos y en la sangre. Algunos buceadores o recolectores
de perlas han usado la hiperventilación antes de sumergirse para retrasar la
sensación urgente de respirar, ya que esa sensación depende más del aumento de
CO₂ que de la caída inicial de oxígeno. Sin embargo, esta práctica puede ser
peligrosa, porque una persona puede perder la conciencia bajo el agua antes de
sentir una alarma respiratoria suficiente.

Figura 2. La [hiperventilación]
ocurre cuando se respira demasiado rápido, expulsando exceso de CO₂ y
alterando el equilibrio de gases en la sangre. Esto puede causar mareo,
hormigueo, opresión y más ansiedad, formando un círculo vicioso.
Respirar en una bolsa puede ilustrar la recuperación de CO₂, pero no sirve para
todos los problemas respiratorios.
Cuando la
hiperventilación se produce por ansiedad, dolor, pánico o esfuerzo mal
regulado, puede causar mareo, hormigueo, sensación de falta de aire y
confusión. Esto ocurre porque la caída excesiva de dióxido de carbono altera el
equilibrio ácido-base de la sangre y puede modificar la circulación cerebral.
En esos casos, el problema no suele ser falta de oxígeno, sino una pérdida
excesiva de CO₂. Por eso la ventilación normal debe mantener un equilibrio:
expulsar el dióxido de carbono producido por las células, pero no reducirlo
hasta niveles que afecten la función nerviosa y circulatoria.
Hipoxia
La hipoxia
aparece cuando los tejidos no reciben suficiente oxígeno para sostener la respiración
celular. El metabolismo funciona como una cadena continua: deben entrar
materias primas, especialmente oxígeno y nutrientes, y deben salir productos de
desecho, como dióxido de carbono. Si el aporte de oxígeno falla, las células
reducen su producción de ATP. Los tejidos más sensibles son aquellos con mayor
demanda energética, especialmente el sistema nervioso y el músculo
cardíaco.

Figura 3. La [cabina
presurizada] permite que aviones como el F-22 Raptor vuelen a unos 19
000 metros, donde la presión atmosférica y el oxígeno disponible son muy
bajos. Sin ella, el piloto sufriría hipoxia y descompresión severa, con
pérdida rápida de conciencia y posible muerte en menos de un minuto por falta
de oxígeno funcional.
En humanos, los
primeros signos de hipoxia pueden incluir desorientación, dolor de cabeza,
fatiga mental, visión alterada, euforia, torpeza, pérdida de coordinación y
pérdida de conciencia. La altitud es una causa común porque, aunque el
porcentaje de oxígeno en el aire se mantiene cercano al 21 %, la presión
atmosférica disminuye al ascender. Esto reduce la presión parcial de
oxígeno y dificulta su entrada a la sangre. Si el ascenso es gradual, el cuerpo
puede adaptarse aumentando la producción de glóbulos rojos y modificando
la ventilación. Pero a altitudes extremas, o ante una descompresión rápida en
una aeronave, la hipoxia puede ser mortal en poco tiempo.
Síndrome de descompresión
El aire que
respiramos contiene principalmente nitrógeno y oxígeno. En
condiciones normales, el nitrógeno es poco reactivo y se disuelve en los
tejidos en cantidades relativamente estables. Sin embargo, durante el buceo, la
presión aumenta con la profundidad y favorece que más nitrógeno se disuelva en
la sangre y en los tejidos. Si el buceador asciende demasiado rápido, la
presión externa disminuye bruscamente y el nitrógeno puede formar burbujas, de
manera semejante a lo que ocurre al destapar una bebida gaseosa.

Figura 4. [Cámara
hiperbárica].La cabina de descompresión controla la presión del
aire para tratar la enfermedad por descompresión. En buzos, el ascenso
rápido puede formar burbujas de nitrógeno en sangre y tejidos. La cámara
aumenta presión para comprimirlas, favorecer su disolución y eliminarlas
gradualmente por respiración, protegiendo pulmones, circulación y sistema
nervioso de daños graves permanentes.
Estas burbujas
pueden causar el síndrome de descompresión, especialmente si se acumulan
en articulaciones, pulmones, médula espinal, cerebro o vasos sanguíneos. Los
síntomas pueden incluir dolor articular, debilidad, entumecimiento, mareo,
náuseas, dificultad respiratoria, confusión o pérdida de conciencia. Para
reducir el riesgo, los buceadores deben respetar tablas de buceo, límites de
profundidad, tiempos máximos y paradas de seguridad durante el ascenso. Una
parada controlada permite eliminar parte del nitrógeno disuelto mediante la
respiración, reduciendo la formación de burbujas peligrosas.
Variación de la presión parcial de oxígeno en la historia del planeta
El oxígeno
atmosférico no siempre ha tenido la misma abundancia en la historia de la
Tierra. Es una molécula reactiva y, si no fuera producido continuamente por
organismos fotosintéticos, tendería a disminuir al reaccionar con minerales,
gases volcánicos y materia orgánica. Durante los primeros periodos del planeta,
la atmósfera contenía muy poco oxígeno libre. Uno de los grandes cambios
ocurrió cuando las cianobacterias desarrollaron fotosíntesis oxigénica,
capaz de usar agua como fuente de electrones y liberar oxígeno molecular como
subproducto.
Más adelante, la
endosimbiosis que dio origen a los cloroplastos permitió que algas y
plantas eucarióticas ampliaran la producción de oxígeno. Durante el
Carbonífero, la expansión de plantas vasculares terrestres, junto con el
enterramiento masivo de materia vegetal, contribuyó a elevar notablemente el
oxígeno atmosférico. Esta variación tuvo efectos profundos sobre la evolución
de animales, incendios naturales, ecosistemas terrestres y ciclos
biogeoquímicos. En síntesis, la cantidad de oxígeno disponible no es una
propiedad fija del planeta, sino el resultado histórico de la interacción entre
vida, geología, clima y química atmosférica.

Figura 5. [Historia
del oxígeno atmosférico]. El oxígeno atmosférico ha variado durante
la historia geológica porque depende de la fotosíntesis, respiración,
enterramiento de carbono y oxidación. Aumentó con las plantas vasculares,
alcanzando niveles altos en el Carbonífero, lo que favoreció vida
terrestre y formación de carbón. Luego descendió tras crisis como el evento pérmico
y fluctuó durante Mesozoico y Cenozoico.
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