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jueves, 14 de mayo de 2026

Ventilación en unicelulares, hongos y seres poco confinados

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En los organismos unicelulares, el intercambio de gases y de otras sustancias depende directamente de la relación entre área, volumen y forma celular.

Unicelulares

En células pequeñas, la membrana plasmática suele ser suficiente para permitir el ingreso de nutrientes y la salida de desechos mediante difusión. Sin embargo, en células esféricas o rígidas, como muchas bacterias, el tamaño máximo está limitado: cuando la célula crece, su volumen interno aumenta más rápido que su superficie disponible. Por esta razón, la membrana se vuelve proporcionalmente menos eficiente para sostener todos los procesos metabólicos internos.

Figura 1. [Célula bacteriana]. Una célula bacteriana es procariota: carece de núcleo y orgánulos membranosos. Presenta cápsula, pared de peptidoglicano y membrana celular; algunas tienen pili o flagelo. Su ADN se ubica en el nucleoide y puede incluir plásmidos. En el citoplasma, los ribosomas producen proteínas. Aunque simple, es eficiente, adaptable y capaz de reproducirse rápidamente en ambientes mediante división binaria y metabolismo diverso.

En bacterias y arqueas, lo complejo no suele estar en el mecanismo físico del transporte gaseoso, ya que muchos gases atraviesan la membrana por transporte pasivo. La verdadera complejidad está en su enorme diversidad metabólica. Un mismo gas puede actuar como nutriente, producto de desecho o incluso toxina, dependiendo del organismo y del ambiente. Por ejemplo, el oxígeno es indispensable para muchos seres aeróbicos, pero puede ser letal para microorganismos anaerobios estrictos. Del mismo modo, gases como hidrógeno, metano, amoniaco o sulfuro de hidrógeno pueden participar en rutas metabólicas opuestas y complementarias.

Si tomamos como referencia el oxígeno, los procariotas pueden clasificarse de manera general en aerobios, anaerobios y facultativos. Los organismos aerobios usan el oxígeno como reactivo metabólico, especialmente como aceptor final de electrones. Los anaerobios estrictos, en cambio, no toleran el oxígeno porque este puede generar especies reactivas que dañan proteínas, membranas y ADN. Los anaerobios facultativos pueden vivir con oxígeno, pero también sobrevivir mediante rutas anaeróbicas cuando este escasea. Esta clasificación es útil, aunque simplificada, porque no considera toda la diversidad de gases que pueden intervenir en el metabolismo microbiano.

Las cianobacterias son un ejemplo fundamental de esta diversidad. Estos microorganismos realizan fotosíntesis oxigénica, capturan dióxido de carbono como fuente de carbono y liberan oxígeno como producto de desecho. Su importancia evolutiva es enorme, porque los cloroplastos de plantas y algas proceden de antiguas cianobacterias incorporadas por endosimbiosis. Por tanto, la fotosíntesis de plantas y algas eucarióticas depende de organelos cuyo origen se relaciona con bacterias fotosintéticas. Además, la producción de oxígeno por cianobacterias transformó la atmósfera primitiva de la Tierra, elevando progresivamente la presión parcial de O₂ y favoreciendo la evolución de metabolismos aeróbicos.

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Figura 2. [Cianobacterias]. Las cianobacterias realizaron fotosíntesis oxigénica, liberando oxígeno molecular y aumentando la presión de O₂ en la atmósfera terrestre. Esto permitió la capa de ozono y metabolismos aeróbicos complejos. Los bosques producen oxígeno, pero también lo consumen. La conexión amazónica-africana transporta nutrientes como fósforo, integrando atmósfera, océano, microorganismos, clima y productividad global.

El intercambio gaseoso microbiano también está conectado con los ciclos biogeoquímicos. Muchos gases de importancia metabólica pueden ser usados o liberados por rutas opuestas: existen organismos que producen metano y otros que lo consumen; microorganismos que reducen sulfato y liberan sulfuro de hidrógeno, y otros que oxidan compuestos de azufre; bacterias que transforman amonio, nitrito, nitrato o nitrógeno gaseoso dentro del ciclo del nitrógeno. Como bacterias y arqueas representan una fracción enorme de la actividad metabólica del planeta, su captura y emisión de gases influyen en la fertilidad del suelo, la composición de la atmósfera, la química de los océanos y el clima global.

Diagrama

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Figura 3. [Ciclo del nitrógeno]. El ciclo del nitrógeno transforma el nitrógeno atmosférico N₂ en compuestos útiles para los seres vivos. Las bacterias fijadoras producen amonio; los descomponedores liberan nitrógeno de restos orgánicos; las bacterias nitrificantes forman nitritos y nitratos; las plantas los asimilan para crear proteínas y ADN. Finalmente, bacterias desnitrificantes devuelven N₂ a la atmósfera.

Intercambio de gases en hongos

Los hongos han colonizado una gran variedad de ambientes, desde suelos húmedos y madera en descomposición hasta tejidos vivos, alimentos, raíces vegetales y ambientes acuáticos. Sus necesidades de intercambio gaseoso dependen de cada especie y de su hábitat, pero en general están limitados por las rutas metabólicas propias de los eucariotas. Por eso, los gases más relevantes para ellos suelen ser oxígeno, dióxido de carbono, vapor de agua y, de manera indirecta, compuestos nitrogenados. A diferencia de muchos animales, los hongos no poseen un sistema respiratorio interno especializado; su intercambio gaseoso ocurre directamente entre sus células y la microatmósfera que rodea sus tejidos.

En los hongos filamentosos, la zona alimenticia principal es el micelio, formado por hifas delgadas y ramificadas. Esta forma corporal aumenta mucho la superficie de contacto con el medio, lo que facilita la difusión de gases, agua y nutrientes. Por eso, en muchos hongos, la ventilación y la perfusión no están separadas como en los animales con sistemas circulatorios: el intercambio ocurre directamente en las superficies celulares expuestas. La eficiencia depende de la humedad, la disponibilidad de oxígeno, la compactación del sustrato y la acumulación local de dióxido de carbono u otros compuestos volátiles.

Respecto al oxígeno, los hongos muestran varias estrategias metabólicas. Algunos son aerobios estrictos y solo crecen cuando hay oxígeno suficiente para realizar respiración celular aeróbica. Otros son fermentadores facultativos, capaces de usar oxígeno cuando está disponible, pero también de sobrevivir mediante fermentación si disminuye. También existen hongos que no dependen metabólicamente del oxígeno, aunque pueden tolerarlo en ciertas condiciones. Finalmente, algunos son anaerobios estrictos, especialmente en ambientes como el tubo digestivo de animales herbívoros, donde el oxígeno es escaso o ausente.

El dióxido de carbono es el gas complementario del oxígeno en la mayoría de rutas energéticas de los hongos. Como son heterótrofos, degradan moléculas orgánicas y producen CO₂ como desecho tanto durante la respiración aeróbica como durante muchas fermentaciones. Este dióxido de carbono puede difundirse hacia el ambiente si el micelio está bien aireado; pero, en espacios cerrados o sustratos compactos, puede acumularse y modificar el crecimiento fúngico. Por eso, en cultivos de hongos comestibles, panificación, fermentación y almacenamiento de alimentos, el control del oxígeno, el CO₂ y la humedad es decisivo.

Además, los hongos pueden producir diversos compuestos volátiles con funciones ecológicas. Algunos gases y moléculas pequeñas actúan como señales químicas, inhibidores de competidores o factores de patogenicidad. Por ejemplo, ciertos hongos que infectan frutas pueden estimular procesos de maduración o sobremaduración del tejido vegetal, facilitando la invasión del hospedero. En otros casos, los compuestos volátiles participan en la comunicación entre hongos, bacterias, plantas e insectos. Esto muestra que el intercambio gaseoso en hongos no se limita a oxígeno y dióxido de carbono, sino que también incluye una dimensión química y ecológica más amplia.

Figura 4. [El cuerpo de los hongos]. Los hongos unicelulares, como las levaduras, funcionan como células independientes. Los hongos filamentosos forman hifas, filamentos que se ramifican y originan el micelio, verdadero cuerpo del hongo. La seta visible es solo el cuerpo fructificante, encargado de producir esporas. Arrancarlo no mata al hongo si el micelio permanece vivo en el sustrato.

Finalmente, conviene aclarar la relación entre hongos y fijación de nitrógeno. Durante mucho tiempo se atribuyó a algunos hongos una posible capacidad de fijar directamente el nitrógeno molecular de la atmósfera, pero esta idea no es aceptada de manera general para los eucariotas. La fijación de N₂ depende principalmente de bacterias y arqueas con enzimas especializadas, como la nitrogenasa. Sin embargo, los hongos sí pueden participar indirectamente en la nutrición nitrogenada mediante simbiosis. Las micorrizas, por ejemplo, aumentan la absorción de agua, fósforo y compuestos nitrogenados del suelo, mientras que bacterias asociadas a raíces o a comunidades microbianas cercanas pueden realizar la fijación de nitrógeno. Así, la función del hongo no siempre es fijar nitrógeno por sí mismo, sino integrarse en redes simbióticas donde plantas, bacterias y hongos cooperan en el intercambio de nutrientes.

Las micorrizas arbusculares pueden contribuir al suministro de nitrógeno hacia las plantas, pero es importante precisar que el nitrógeno fijado no proviene necesariamente del hongo por sí mismo. En estas asociaciones, el hongo micorrícico coloniza la raíz y mejora la absorción de fosfato, agua y otros nutrientes minerales, mientras recibe de la planta azúcares y lípidos producidos por fotosíntesis. Sin embargo, cuando aparece fijación de nitrógeno atmosférico N₂ dentro de este sistema, esta función suele atribuirse a bacterias asociadas, incluidas endobacterias que viven dentro del hongo. De este modo, puede formarse una simbiosis triple: las bacterias transforman el nitrógeno atmosférico en compuestos aprovechables, el hongo integra esos nutrientes en la red micorrícica y la planta los recibe a cambio de productos fotosintéticos. Es un caso notable de cooperación entre bacterias, hongos y plantas.

Figura 5. [Micorriza]. Los hongos micorrízicos penetran raíces con estrategias parecidas a hongos patógenos, pero forman una simbiosis beneficiosa. Sus hifas aumentan la absorción de agua, fosfato y minerales; la planta entrega azúcares y lípidos. Además, bacterias asociadas pueden aportar nitrógeno. Así, planta, hongo y bacterias crean una cooperación triple que mejora nutrición, protección y crecimiento.

El intercambio gaseoso de los hongos no requiere órganos respiratorios especializados, porque sus cuerpos suelen estar formados por hifas delgadas y ramificadas. En el micelio, cada filamento mantiene contacto directo con la microatmósfera del suelo, la madera, el alimento o el tejido que coloniza. Por eso, el paso de oxígeno, dióxido de carbono, vapor de agua y compuestos volátiles ocurre principalmente por difusión pasiva. Sin embargo, cada microambiente puede tener condiciones gaseosas propias. Un sustrato húmedo, compacto o poco ventilado puede tener una presión parcial de oxígeno menor que la atmósfera abierta, especialmente si en él viven bacterias y hongos aerobios facultativos que consumen oxígeno. En esas condiciones, algunas especies disminuyen su crecimiento, otras fermentan y otras producen estructuras resistentes o reproductivas para dispersarse hacia ambientes más favorables.

Protistas

En los protistas, muchas de las ideas mencionadas para los hongos también se aplican, aunque este grupo es mucho más diverso en forma, metabolismo y modo de vida. La mayoría de los protistas unicelulares o coloniales intercambia gases directamente a través de la membrana celular, porque su tamaño pequeño mantiene una relación área-volumen favorable para la difusión. Protistas acuáticos como las amebas, los paramecios y muchas euglenas absorben oxígeno disuelto desde el agua circundante y liberan dióxido de carbono como producto de su metabolismo. En estos organismos no existe un sistema respiratorio especializado, porque cada célula está en contacto directo con el medio externo o muy cerca de él.

Figura 6. [Ventilación en unicelulares parásitos]. Muchos parásitos bacterianos, fúngicos y protistas viven en ambientes pobres en oxígeno, por eso usan metabolismos anaeróbicos. Entamoeba histolytica habita el intestino grueso, se transmite por quistes en agua o alimentos contaminados y causa amebiasis. Para prevenirla, se recomienda hervir agua sospechosa, lavar alimentos, evitar hielo dudoso, mejorar higiene y cortar la transmisión fecal-oral.

Sin embargo, no todos los protistas se comportan igual frente a los gases. Algunos son heterótrofos y dependen de la degradación de materia orgánica, por lo que consumen oxígeno si realizan respiración aeróbica y expulsan CO₂ como desecho. Otros poseen cloroplastos y pueden realizar fotosíntesis, como muchas algas unicelulares, diatomeas, dinoflagelados y euglenoides fotosintéticos. En estos casos, el dióxido de carbono actúa como nutriente porque aporta el carbono necesario para formar azúcares, lípidos y otras moléculas orgánicas, mientras que el oxígeno molecular se libera como producto de las reacciones fotosintéticas. Así, dentro del mismo grupo pueden existir protistas que consumen oxígeno, otros que lo producen, y algunos que alternan estrategias según la luz, los nutrientes y las condiciones ambientales.

Cuando el ambiente se vuelve desfavorable, muchos protistas desarrollan estrategias de resistencia y dispersión. Algunos forman quistes, esporas o estructuras latentes que reducen su actividad metabólica, resisten sequía, falta de alimento, cambios de temperatura o disminución del oxígeno disuelto. Otros modifican su metabolismo para tolerar condiciones pobres en oxígeno o se desplazan hacia zonas mejor iluminadas, más oxigenadas o con mayor disponibilidad de nutrientes. Esta flexibilidad explica su éxito ecológico en charcas, océanos, suelos húmedos, sedimentos, intestinos de animales y ambientes extremos. Aunque carecen de pulmones, branquias o tráqueas, los protistas resuelven el intercambio gaseoso mediante difusión, tamaño reducido, gran contacto con el medio y notable plasticidad metabólica.

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Figura. Ventilación en unicelulares parásitos.

Muchos parásitos viven en ambientes internos donde el oxígeno es escaso, como el intestino, heridas profundas, tejidos mal irrigados o cavidades con poca ventilación. Por eso, numerosas bacterias, algunos hongos y varios protistas parásitos han desarrollado metabolismos anaeróbicos o tolerantes a bajas concentraciones de oxígeno. En estos organismos, el intercambio gaseoso no sigue el modelo animal clásico de captar O₂ y eliminar CO₂ mediante pulmones o branquias. Más bien, sus células intercambian gases y moléculas pequeñas por difusión directa a través de la membrana, mientras obtienen energía mediante fermentación u otras rutas que no dependen de la respiración aeróbica completa.

Un ejemplo importante es Entamoeba histolytica, protista parásito causante de amebiasis. Vive principalmente en el intestino grueso, un ambiente pobre en oxígeno y rico en materia orgánica. A diferencia de las células animales, no depende de mitocondrias típicas para producir energía con oxígeno; su metabolismo está adaptado a condiciones anaerobias. Por eso, el oxígeno puede ser más una presión ambiental que un nutriente central. Esta ameba se transmite por ingestión de quistes presentes en agua o alimentos contaminados con materia fecal. En el intestino, puede causar diarrea, dolor abdominal, sangre en heces y, en casos graves, invadir tejidos o llegar al hígado.

Si se sospecha que el agua está contaminada, la prevención debe centrarse en cortar la transmisión fecal-oral. Lo más seguro es hervir el agua antes de beberla, especialmente en zonas rurales, viajes o emergencias. También se recomienda usar filtros confiables, lavar frutas y verduras con agua segura, evitar hielo de origen dudoso, lavarse las manos después de ir al baño y antes de comer, y mantener separados alimentos crudos y preparados. En estos parásitos, controlar el agua es tan importante como tratar al paciente, porque el ciclo continúa mientras los quistes regresen al ambiente.

Figura. Micorrizas

Los hongos micorrízicos arbusculares establecen una relación íntima con las raíces de las plantas mediante estrategias que, en apariencia, recuerdan a las de muchos hongos patógenos. Sus hifas crecen en el suelo, detectan señales químicas liberadas por la raíz, se adhieren a la superficie vegetal y penetran algunos tejidos corticales. Para lograrlo, modifican localmente la pared celular, producen moléculas señalizadoras y evitan activar una respuesta defensiva destructiva. La diferencia fundamental es que esta invasión no busca matar ni consumir agresivamente al hospedero, sino formar una asociación controlada. En la imagen, el sector “con micorrizas” muestra muchas hifas extendidas alrededor de la raíz, aumentando el contacto con agua y nutrientes del suelo.

Dentro de la raíz, las hifas de las micorrizas arbusculares forman estructuras ramificadas llamadas arbúsculos, que funcionan como zonas de intercambio entre hongo y planta. Allí, la planta entrega azúcares y lípidos producidos por fotosíntesis, mientras el hongo aporta principalmente fosfato, agua y otros minerales que capta gracias a su red filamentosa. La imagen lo muestra claramente: sin micorrizas hay menor transferencia de nutrientes y agua; con micorrizas, la red de hifas aumenta la superficie de absorción y explora poros del suelo que las raíces no alcanzan. Así, el hongo actúa como una extensión microscópica del sistema radical.

La simbiosis puede volverse todavía más compleja cuando intervienen bacterias asociadas o endobacterias que viven junto al hongo o incluso dentro de sus estructuras. En ese caso aparece una simbiosis triple: la planta aporta carbono fotosintético, el hongo mejora la absorción de agua y minerales, y las bacterias pueden contribuir con nitrógeno, estimular el crecimiento o proteger contra patógenos. Los tres participantes se benefician: la planta crece mejor, el hongo recibe alimento energético y las bacterias obtienen refugio y acceso a compuestos orgánicos. Por eso las micorrizas no son simples “hongos en raíces”, sino redes ecológicas de cooperación profunda entre plantas, hongos y microorganismos.

Figura. Cuerpos de los hongos

Los hongos unicelulares están formados por células individuales que realizan por sí mismas las funciones de nutrición, crecimiento y reproducción. El ejemplo más conocido son las levaduras, como Saccharomyces cerevisiae, usadas en panificación y fermentación. En ellas no existe un cuerpo visible dividido en partes, porque cada célula vive de manera relativamente independiente, se alimenta por absorción y puede reproducirse por gemación o división. En cambio, los hongos filamentosos, como los mohos y muchas setas, están formados por largos filamentos microscópicos llamados hifas. Cada hifa crece por su extremo, penetra el sustrato y absorbe nutrientes del suelo, la madera, los alimentos o la materia orgánica en descomposición.

El conjunto de hifas forma el micelio, que constituye el verdadero cuerpo vegetativo del hongo. Aunque muchas personas identifican al hongo con la seta visible, en realidad esa estructura es solo una parte reproductiva. El micelio puede extenderse bajo tierra, dentro de un tronco, sobre una fruta o entre hojas muertas, formando una red ramificada que digiere externamente el alimento mediante enzimas y luego absorbe moléculas simples. Por eso, el cuerpo real del hongo suele estar oculto y distribuido en el sustrato. En un champiñón común, Agaricus bisporus, lo que vemos sobre la superficie es apenas una manifestación temporal del organismo completo.

El cuerpo fructificante es la estructura visible encargada de producir y dispersar esporas. En setas, corresponde al “sombrero” y al “pie”; en otros hongos puede adoptar forma de copa, costra, repisa o bola. Arrancar un cuerpo fructificante no mata necesariamente al hongo, porque equivale a cortar una flor o un fruto, no a destruir toda la planta. Mientras el micelio permanezca vivo dentro del sustrato, puede seguir alimentándose y producir nuevos cuerpos fructificantes cuando existan humedad, temperatura y nutrientes adecuados. Por eso, el hongo verdadero no es la seta aislada, sino la red viva que la produce.

Figura. Ciclo del nitrógeno.

El ciclo del nitrógeno describe cómo el nitrógeno atmosférico N₂ se transforma en compuestos aprovechables por los seres vivos y luego regresa a la atmósfera. Aunque el N₂ es muy abundante en el aire, la mayoría de las plantas y animales no puede utilizarlo directamente porque sus átomos están unidos por un enlace muy estable. Por eso intervienen microorganismos especializados. En la imagen aparecen bacterias fijadoras de nitrógeno, algunas libres en el suelo y otras asociadas a las raíces de plantas leguminosas. Estas bacterias convierten el N₂ en amonio NH₄⁺, una forma química que puede incorporarse al suelo y entrar en las redes alimentarias.

Después de la fijación, ocurre la amonificación, proceso en el que los descomponedores, como bacterias y hongos, degradan restos de plantas, animales muertos, excrementos y materia orgánica. Durante esta descomposición, el nitrógeno orgánico de proteínas, ácidos nucleicos y otros compuestos se transforma nuevamente en amonio. Luego intervienen las bacterias nitrificantes, que convierten el amonio primero en nitrito NO₂⁻ y después en nitrato NO₃⁻. El nitrato es una forma muy importante porque muchas plantas lo absorben fácilmente por sus raíces mediante asimilación, incorporándolo a aminoácidos, proteínas, clorofila y material genético.

El ciclo continúa cuando los animales obtienen nitrógeno al alimentarse de plantas o de otros animales. Cuando esos organismos excretan desechos o mueren, el nitrógeno vuelve al suelo y puede reiniciar el proceso. Finalmente, las bacterias desnitrificantes transforman nitratos en nitrógeno gaseoso N₂, devolviéndolo a la atmósfera. Así se cierra el ciclo. Este proceso es esencial para la fertilidad del suelo, la producción de alimentos y el equilibrio de los ecosistemas, porque sin nitrógeno disponible no podrían formarse proteínas, enzimas, ADN ni tejidos vivos.

Figura. Cianobacterias.

La imagen representa cianobacterias, microorganismos fotosintéticos del dominio bacteriano asociados al origen del oxígeno atmosférico. Las cianobacterias realizan fotosíntesis oxigénica: capturan dióxido de carbono, usan energía luminosa, rompen moléculas de agua y liberan oxígeno molecular como desecho. Durante miles de millones de años, este proceso cambió la química del planeta, porque la atmósfera primitiva tenía muy poco O₂ libre. La actividad acumulada de las cianobacterias elevó progresivamente la presión parcial de oxígeno, permitió la formación de la capa de ozono y abrió el camino para metabolismos aeróbicos más eficientes. Sin esta transformación, los animales grandes, incluidos los vertebrados terrestres, no habrían tenido suficiente oxígeno disponible para sostener cuerpos activos y complejos.

La relación con los bosques actuales debe entenderse con cuidado. Los bosques, como la Amazonia o las selvas africanas, producen grandes cantidades de oxígeno mediante fotosíntesis, pero también consumen mucho por respiración de plantas, animales, hongos y bacterias descomponedoras. Por eso, en balance anual, un bosque maduro no necesariamente aumenta mucho el oxígeno atmosférico neto; más bien funciona como un gran regulador de carbono, agua, temperatura, humedad y biodiversidad. Una parte importante del oxígeno planetario actual depende también de organismos fotosintéticos acuáticos, incluidas cianobacterias, algas y fitoplancton marino.

La conexión amazónica-africana muestra que los ecosistemas no funcionan aislados. Polvo mineral del Sahara y regiones africanas cruza el Atlántico impulsado por vientos, llevando fósforo, hierro y otros nutrientes hacia la Amazonia. Estos nutrientes compensan parcialmente la pérdida de minerales por lluvias intensas y suelos lavados. A su vez, el Atlántico tropical, los vientos alisios, la humedad amazónica y los microorganismos fotosintéticos marinos forman una red biogeoquímica donde atmósfera, océano, bacterias y bosques interactúan. Así, las cianobacterias no solo pertenecen al pasado: siguen participando en el clima, los ciclos químicos y la productividad global.