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lunes, 27 de julio de 2026

Figura. Cuarto número cuántico

Para ver mejor pulsa en la imagen.  El espín electrónico es una propiedad cuántica intrínseca del electrón, descrita mediante el cuarto número cuántico (mₛ). Aunque suele representarse con una flecha hacia arriba (↑) o una flecha hacia abajo (↓), estas figuras no indican que el electrón gire literalmente sobre sí mismo como una esfera. El espín es una propiedad exclusivamente cuántica que solo puede adoptar dos valores posibles: y −½. Esta propiedad resulta indispensable para comprender la estructura electrónica de los átomos, ya que explica por qué dos electrones pueden compartir un mismo orbital únicamente cuando poseen espines opuestos, de acuerdo con el principio de exclusión de Pauli. En química, el espín se representa mediante flechas porque esta notación facilita la construcción de las configuraciones electrónicas y la aplicación de la regla de Hund.

Además de intervenir en la estructura de los átomos, el espín origina un momento magnético asociado al electrón. Como consecuencia, cuando un átomo se encuentra dentro de un campo magnético, los estados con espín y −½ dejan de tener exactamente la misma energía y aparecen pequeñas diferencias energéticas, fenómeno conocido como desdoblamiento de Zeeman. Este comportamiento explica gran parte de las propiedades magnéticas de la materia, distinguiendo materiales diamagnéticos, paramagnéticos y ferromagnéticos. También constituye el fundamento de importantes técnicas experimentales, como la resonancia magnética nuclear (RMN) y la resonancia paramagnética electrónica (EPR), ampliamente utilizadas para estudiar la estructura de moléculas, materiales y sistemas biológicos con enorme precisión.

El estudio del espín ha dado origen a una de las áreas más activas de la física y la ingeniería modernas: la espintrónica. A diferencia de la electrónica convencional, que utiliza únicamente la carga eléctrica del electrón para transportar información, la espintrónica aprovecha también la orientación del espín, permitiendo desarrollar dispositivos más rápidos, eficientes y con menor consumo energético. La interacción entre el espín y el movimiento del electrón, conocida como acoplamiento espín-órbita, desempeña un papel esencial en numerosos materiales avanzados y en tecnologías cuánticas emergentes. Aunque en química general el espín se introduce principalmente para construir correctamente las configuraciones electrónicas, su importancia trasciende ampliamente este contexto y conecta la estructura atómica con aplicaciones actuales en magnetismo, computación cuántica, sensores, memorias magnéticas y nuevas tecnologías de procesamiento de información.

Figura. Configuraciones de 3 números cuánticos

La figura muestra cómo se aplica la regla de Hund al construir la configuración electrónica de algunos elementos representativos. Cada caja corresponde a un orbital, mientras que los números indican cuántos electrones contiene cada uno. En el carbono, cuya configuración de valencia es 2s²2p², los dos electrones del subnivel 2p no se emparejan inmediatamente, sino que ocupan dos orbitales distintos. En el nitrógeno, con configuración 2s²2p³, cada uno de los tres orbitales p contiene un electrón, alcanzando la máxima separación posible entre ellos. Esta distribución reduce la repulsión electrónica y corresponde al estado de menor energía del átomo.

Cuando el número de electrones supera el número de orbitales disponibles comienza el emparejamiento. Esto puede observarse en el oxígeno, cuya configuración de valencia es 2s²2p⁴. Los tres primeros electrones ocupan orbitales diferentes y el cuarto debe compartir uno de ellos, formando el primer par de electrones con espines opuestos. El mismo principio se aprecia en el cloro, cuya configuración resumida es [Ne]3s²3p⁵. En este caso, el subnivel 3p contiene cinco electrones distribuidos en tres orbitales: dos de ellos ya están completos con dos electrones cada uno, mientras que el tercero permanece ocupado por un solo electrón. Esta distribución explica muchas propiedades químicas del cloro, como su elevada tendencia a captar un electrón para completar el subnivel p.

La regla de Hund no sustituye al principio de Aufbau ni al principio de exclusión de Pauli, sino que los complementa. Aufbau determina el orden en que se llenan los subniveles según su energía, Pauli limita cada orbital a un máximo de dos electrones con espines opuestos y Hund indica cómo distribuir esos electrones cuando existen varios orbitales de igual energía. Gracias a la acción conjunta de estas tres reglas es posible construir correctamente las configuraciones electrónicas, comprender la organización de la tabla periódica y explicar por qué elementos con configuraciones de valencia semejantes presentan propiedades químicas similares y forman familias con comportamientos característicos.

Figura. Shohini Ghose

 Shohini Ghose es una física canadiense reconocida internacionalmente por sus investigaciones en información cuántica, computación cuántica y óptica cuántica, así como por su labor en la divulgación científica y la promoción de la diversidad en las ciencias. Nació en Canadá y cursó estudios de física en la Universidad de Waterloo, una de las instituciones líderes en investigación cuántica. Posteriormente obtuvo el doctorado en la Universidad de Queen's, especializándose en el estudio experimental de sistemas cuánticos. Desde el inicio de su carrera ha combinado la investigación fundamental con el desarrollo de tecnologías cuánticas, contribuyendo a acercar conceptos complejos al público general y fomentando la participación de mujeres y grupos tradicionalmente subrepresentados en la física.

Como profesora en la Wilfrid Laurier University e investigadora asociada del Institute for Quantum Computing de la Universidad de Waterloo, Ghose ha desarrollado investigaciones sobre fotones entrelazados, comunicación cuántica, criptografía cuántica y procesamiento de información cuántica. Sus trabajos exploran cómo aprovechar las propiedades de la superposición y el entrelazamiento cuántico para construir tecnologías capaces de realizar tareas imposibles para la informática clásica. Además de su producción científica, ha participado activamente en proyectos de divulgación mediante conferencias internacionales, programas educativos y publicaciones dirigidas al público no especializado. Su libro Her Space, Her Time destaca la importancia de la diversidad y la inclusión para el avance del conocimiento científico y tecnológico.

La trayectoria de Shohini Ghose ha sido reconocida con numerosos premios por su excelencia científica y su compromiso con la educación. Ha sido distinguida como una de las principales divulgadoras de la segunda revolución cuántica, etapa caracterizada por el desarrollo de computadoras cuánticas, sensores ultraprecisos y redes de comunicación seguras basadas en fenómenos cuánticos. Su trabajo demuestra que la investigación de frontera puede combinarse con una comunicación clara y accesible, inspirando a nuevas generaciones de estudiantes e investigadores. Gracias a sus contribuciones tanto científicas como educativas, Shohini Ghose es considerada una de las figuras más influyentes de la información cuántica contemporánea y una importante embajadora internacional de la física moderna.

Figura. El principio de Aufbau,

El principio de Aufbau, cuyo nombre proviene del alemán y significa "principio de construcción", establece que los electrones ocupan primero los orbitales de menor energía disponibles antes de llenar aquellos de mayor energía. Este principio explica cómo se forma progresivamente la configuración electrónica de los átomos a medida que aumenta el número atómico. Sin embargo, Aufbau no indica por sí mismo cuál es el orden energético de todos los subniveles; simplemente establece que el llenado debe seguir la secuencia de menor a mayor energía. Para determinar esa secuencia es necesario recurrir a un criterio adicional que permita comparar las energías relativas de los distintos subniveles presentes en los átomos multielectrónicos.

Ese criterio fue desarrollado por el físico alemán Erwin Madelung, quien observó que el orden de llenado podía describirse mediante la llamada regla de Madelung o regla n + l. Según esta regla, los subniveles se ordenan primero por el valor de la suma n + l. El subnivel con menor valor de esta suma posee menor energía y, por tanto, se llena antes. Cuando dos subniveles tienen el mismo valor de n + l, se ocupa primero aquel cuyo número cuántico principal (n) es menor. Gracias a esta regla se obtiene el conocido orden 1s, 2s, 2p, 3s, 3p, 4s, 3d, 4p, 5s, 4d, 5p, 6s, y así sucesivamente. El diagrama de las diagonales constituye una forma gráfica de aplicar esta regla sin necesidad de calcular continuamente los valores de n + l.

En consecuencia, el principio de Aufbau y la regla de Madelung cumplen funciones diferentes, aunque complementarias. Aufbau responde a la pregunta "¿qué debe hacerse?": llenar siempre primero los orbitales de menor energía. Madelung, en cambio, responde "¿cuál es el siguiente orbital de menor energía?", proporcionando el orden práctico de llenado. Una vez establecido ese orden, entran en acción el principio de exclusión de Pauli, que limita cada orbital a dos electrones con espines opuestos, y la regla de Hund, que distribuye inicialmente los electrones en orbitales equivalentes antes de emparejarlos. La combinación de estas tres reglas permite construir correctamente las configuraciones electrónicas de la mayoría de los elementos de la tabla periódica.

Figura. Los orbitales atómicos

Los orbitales atómicos suelen representarse mediante cajas, una convención gráfica que facilita la construcción de la configuración electrónica. Es importante recordar que estas cajas no existen físicamente dentro del átomo. En realidad, cada una representa un orbital, cuya interpretación depende del modelo cuántico adoptado. Según la interpretación probabilística de Max Born, un orbital es una función de probabilidad que indica las regiones donde es más probable encontrar un electrón. Otras interpretaciones consideran que el orbital corresponde a una onda de materia extendida por el espacio. Aunque estas diferencias son fundamentales en física, en química general no trabajaremos con ese debate, sino con la forma en que los orbitales se organizan y se ocupan para construir las configuraciones electrónicas. Por esta razón, utilizaremos las cajas únicamente como un recurso visual para representar los distintos orbitales disponibles dentro de cada subnivel.

El número de cajas depende del subnivel considerado y está determinado por el número cuántico magnético (mₗ). El subnivel s posee un orbital, por lo que se representa con una sola caja. El subnivel p contiene tres orbitales, representados mediante tres cajas. El subnivel d está formado por cinco orbitales, mientras que el subnivel f contiene siete orbitales. Como cada orbital puede alojar un máximo de dos electrones, las capacidades máximas de estos subniveles son 2, 6, 10 y 14 electrones, respectivamente. Esta distribución deriva directamente de los valores permitidos para el número cuántico mₗ, cuyos posibles valores determinan cuántos orbitales diferentes existen dentro de cada subnivel.

Una vez conocida esta organización, es posible representar gráficamente el proceso de llenado de los orbitales. Cada caja simboliza un orbital disponible y cada flecha representa un electrón con uno de los dos posibles valores del espín. A partir de estas representaciones se aplican el principio de exclusión de Pauli y la regla de Hund, que determinan cómo deben distribuirse los electrones para alcanzar el estado fundamental del átomo. Aunque las cajas son solo una simplificación didáctica, constituyen una herramienta extraordinariamente útil para visualizar la estructura electrónica y comprender cómo se organizan los electrones antes de estudiar la formación de enlaces químicos, la geometría molecular y muchas otras propiedades de la materia.

Figura. La configuración electrónica expandida

Para ver mejor pulsa en la imagen. La configuración electrónica expandida muestra la distribución completa de todos los electrones de un átomo, desde el nivel 1s hasta el último subnivel ocupado. En ella aparecen representados todos los niveles principales, subniveles y el número de electrones que contiene cada uno. Por ejemplo, el argón se escribe como 1s² 2s² 2p⁶ 3s² 3p⁶, indicando explícitamente la ocupación de todos sus orbitales. Esta forma de escritura es especialmente útil para comprender cómo se llenan los niveles siguiendo el principio de Aufbau, la regla de Madelung y la evolución de la estructura electrónica a lo largo de la tabla periódica. Sin embargo, conforme aumenta el número atómico, las configuraciones se vuelven cada vez más largas y difíciles de leer.

Para simplificar esta notación se utiliza la configuración electrónica abreviada o notación de gas noble. Este método consiste en reemplazar toda la configuración correspondiente al gas noble inmediatamente anterior por su símbolo químico encerrado entre corchetes. Así, en lugar de escribir 1s² 2s² 2p⁶ 3s² 3p⁶ 4s² para el calcio, se escribe simplemente [Ar]4s². Del mismo modo, el aluminio puede representarse como [Ne]3s²3p¹, mientras que el yodo se escribe [Kr]5s²4d¹⁰5p⁵. Esta notación resume una gran cantidad de información sin perder precisión, ya que la configuración del gas noble es conocida y puede recuperarse fácilmente cuando sea necesario.

La razón principal para emplear esta abreviación es que los electrones internos, también llamados electrones de núcleo o no valentes, rara vez participan directamente en la formación de enlaces químicos. En cambio, los electrones de valencia, situados en el nivel energético más externo, son los responsables de la mayor parte de las propiedades químicas de un elemento. Al escribir una configuración como [Ne]3s²3p¹, la atención se centra inmediatamente en los tres electrones de valencia del aluminio, mientras que los diez electrones representados por [Ne] se entienden como parte del núcleo electrónico. Por esta razón, la notación de gas noble es la forma preferida en química para estudiar la valencia, la reactividad, los enlaces químicos y la geometría molecular, evitando repetir información que permanece prácticamente inalterada durante las reacciones químicas.

Figura. Max Born

 Max Born (1882–1970) fue un físico y matemático alemán considerado uno de los principales fundadores de la mecánica cuántica. Nació en Breslavia, entonces parte del Imperio alemán, y estudió matemáticas y física en las universidades de Breslavia, Heidelberg, Zúrich y Gotinga. Muy pronto destacó por su habilidad para aplicar herramientas matemáticas a los problemas de la física teórica. En la Universidad de Gotinga reunió a un grupo de jóvenes investigadores que transformaría la física moderna, entre ellos Werner Heisenberg, Pascual Jordan y Wolfgang Pauli. Bajo su dirección, Gotinga se convirtió en uno de los centros científicos más importantes del mundo durante la década de 1920, impulsando el desarrollo de la nueva teoría cuántica.

Su contribución más influyente apareció en 1926 al proponer la interpretación probabilística de la función de onda de Schrödinger. Born planteó que la función de onda no describía directamente la posición física del electrón, sino la probabilidad de encontrarlo al realizar una medición. Esta idea permitió relacionar las soluciones matemáticas de la ecuación de Schrödinger con los resultados observados en los experimentos y constituye uno de los pilares de la llamada interpretación de Copenhague. Además, realizó aportes fundamentales a la mecánica matricial, la teoría de colisiones, la dinámica de redes cristalinas y la física del estado sólido. Su influencia fue decisiva en la formación de una generación de físicos que consolidó la mecánica cuántica como una de las teorías más exitosas de la historia.

La llegada del régimen nazi obligó a Born, de ascendencia judía, a abandonar Alemania en 1933. Tras un breve paso por la Universidad de Cambridge, aceptó una cátedra en la Universidad de Edimburgo, donde continuó su labor científica durante más de dos décadas. En 1954 recibió el Premio Nobel de Física por sus investigaciones fundamentales en mecánica cuántica, especialmente por la interpretación estadística de la función de onda. Después de jubilarse regresó a Alemania y continuó promoviendo el uso responsable de la ciencia y la cooperación internacional. Su legado permanece en la física moderna, donde la interpretación de Born sigue siendo una de las bases conceptuales para comprender el comportamiento probabilístico de las partículas cuánticas.

Figura. Tabla de números cuánticos.

Pulsa en la imagen para ver mas claramente. La tabla resume cómo los números cuánticos determinan la organización de los orbitales atómicos y la capacidad máxima de electrones de cada subnivel. Para cada nivel principal (n) existen uno o varios valores posibles del número cuántico azimutal (l), que identifican los subniveles s, p, d y f. A su vez, cada subnivel contiene un número fijo de orbitales, determinado por el número cuántico magnético (mₗ). El subnivel s posee un único orbital (mₗ = 0); el p contiene tres (−1, 0, +1); el d está formado por cinco (−2, −1, 0, +1, +2); y el f por siete (−3, −2, −1, 0, +1, +2, +3). Esta organización no depende del elemento químico, sino que constituye una propiedad general de las soluciones de la ecuación de Schrödinger.

Cada orbital puede alojar un máximo de dos electrones con espines opuestos, de acuerdo con el principio de exclusión de Pauli. Como consecuencia, la capacidad máxima de cada subnivel depende únicamente del número de orbitales que contiene. El subnivel s, con un orbital, admite 2 electrones; el subnivel p, con tres orbitales, puede alojar 6 electrones; el subnivel d, formado por cinco orbitales, admite 10 electrones; y el subnivel f, con siete orbitales, puede contener 14 electrones. Estas capacidades son siempre las mismas, independientemente del nivel principal al que pertenezcan. Así, un 2p, 3p o 6p siempre podrán albergar seis electrones, mientras que un 3d, 4d o 5d tendrán siempre capacidad para diez.

Esta información, combinada con el principio de Aufbau, permite construir la configuración electrónica de dos números cuánticos, representando únicamente los niveles (n) y los subniveles (l). Siguiendo el orden energético descrito por la regla de Madelung, los electrones ocupan sucesivamente los subniveles disponibles hasta completar la configuración del átomo. Aunque esta representación no distingue todavía los orbitales individuales (mₗ) ni el espín (mₛ) de cada electrón, constituye la forma más utilizada en química para describir la estructura electrónica de los elementos y sirve como punto de partida para comprender la periodicidad, la valencia y el comportamiento químico de la materia.

La teoría cuántica 3. Orbitales

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En el modelo atómico de Bohr, el electrón solo podía ocupar determinadas órbitas permitidas, denominadas niveles de energía. Cada uno de estos estados estaba identificado por el número cuántico principal, representado por el símbolo n, que determina la energía y el tamaño general del estado electrónico. Para Bohr, cada valor de n correspondía a una única órbita posible alrededor del núcleo.

Figura 1. [Albert Einstein] revolucionó la física con las teorías de la relatividad especial y general, además de explicar el efecto fotoeléctrico, por el que recibió el Premio Nobel de Física en 1921. Exiliado por el nazismo, defendió el pacifismo y los derechos humanos. Su legado transformó la comprensión del espacio, el tiempo, la energía y el universo.

Imagen en blanco y negro de una pareja

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Figura 2. [Ana María Rey] es una física teórica colombiana reconocida por sus investigaciones en física atómica, sistemas cuánticos de muchos cuerpos, relojes atómicos y simulación cuántica. Profesora en JILA, NIST y la Universidad de Colorado, recibió la Beca MacArthur en 2013 y figura entre las científicas más influyentes de la física cuántica contemporánea.

Posteriormente, Arnold Sommerfeld perfeccionó este modelo al demostrar que cada nivel principal podía dividirse en varios estados energéticos muy próximos entre sí, llamados subniveles. Para describirlos introdujo el número cuántico azimutal, simbolizado por l, relacionado con el momento angular orbital del electrón. En el modelo de Sommerfeld, estos subniveles podían interpretarse como órbitas elípticas con diferentes excentricidades, proporcionando una explicación más precisa de la estructura fina observada en algunos espectros atómicos.

El desarrollo de la mecánica cuántica modificó profundamente esta interpretación. Las órbitas dejaron de considerarse trayectorias reales y fueron reemplazadas por orbitales, regiones del espacio donde existe una alta probabilidad de encontrar al electrón. Para distinguir las diferentes orientaciones espaciales de un mismo subnivel se introdujo el número cuántico magnético, simbolizado por mₗ, cuyos valores indican la orientación del orbital respecto a un eje de referencia.

Finalmente, se descubrió que el electrón posee una propiedad cuántica intrínseca denominada espín electrónico, descrita mediante el número cuántico de espín, mₛ. Aunque suele representarse visualmente como una rotación en un sentido o en el contrario, esta imagen es únicamente una analogía didáctica. El electrón no es una esfera que gira sobre sí misma; el espín es una propiedad puramente cuántica que solo puede tomar dos valores posibles, y −½. Juntos, el número cuántico principal (n), el azimutal (l), el magnético (mₗ) y el de espín (mₛ) constituyen los cuatro números cuánticos, suficientes para identificar completamente el estado cuántico de un electrón en un átomo.

Valores de los números cuánticos

Los números cuánticos solo pueden adoptar determinados valores permitidos por la mecánica cuántica. Estos valores no son arbitrarios, sino que dependen del número cuántico considerado y del contexto en que se utilicen. En física, normalmente se emplean los valores numéricos originales derivados de las soluciones matemáticas de la ecuación de Schrödinger, mientras que en química es frecuente utilizar notaciones equivalentes más sencillas, especialmente para describir la configuración electrónica de los átomos.

El número cuántico principal (n) solo puede tomar valores enteros positivos: 1, 2, 3, 4… hasta el infinito. Cada valor representa un nivel de energía permitido. Matemáticamente no existe un límite superior, aunque en los átomos conocidos los electrones ocupan de manera estable únicamente los primeros niveles, aproximadamente hasta n = 7. Los estados superiores pueden existir, pero son muy energéticos y su estabilidad disminuye considerablemente.

El número cuántico azimutal (l) identifica el subnivel de energía. En física sus valores son enteros comprendidos entre 0 y n − 1. En química, estos valores suelen sustituirse por letras: s (sharp), p (principal), d (diffuse) y f (fundamental), nombres heredados de la espectroscopia del siglo XIX. Si fueran necesarios niveles superiores, continúan las letras del alfabeto (g, h, i, …), aunque en la química ordinaria prácticamente nunca aparecen subniveles más allá de f, ya que los átomos conocidos no requieren ocuparlos en su estado fundamental.

El número cuántico magnético (mₗ) describe la orientación espacial de cada orbital. En física puede tomar todos los valores enteros comprendidos entre −l y +l, incluyendo el cero. Así, para l = 0 existe un único orbital (mₗ = 0); para l = 1 aparecen tres orbitales (−1, 0, +1); para l = 2 existen cinco (−2, −1, 0, +1, +2); y para l = 3, siete. En química, estos orbitales suelen nombrarse según su orientación espacial. El subnivel s posee un único orbital esférico; el subnivel p tiene tres orbitales, designados pₓ, pᵧ y p𝓏; el subnivel d contiene cinco orbitales, denominados dxy, dxz, dyz, dx²−y² y dz²; mientras que el subnivel f posee siete orbitales de geometría aún más compleja.

Finalmente, el número cuántico de espín (mₛ) solo admite dos valores posibles: y −½. En química se representan casi siempre mediante una flecha hacia arriba (↑) y una flecha hacia abajo (↓). Estas flechas no indican que el electrón sea una esfera girando realmente sobre sí misma; constituyen una representación convencional de una propiedad cuántica intrínseca llamada espín, indispensable para comprender el principio de exclusión de Pauli, la estructura electrónica y las propiedades magnéticas de la materia.

El orbital

En esta lección nos centraremos en los orbitales atómicos, es decir, en el resultado del tercer número cuántico, el número cuántico magnético (mₗ), que determina las diferentes orientaciones espaciales de los estados electrónicos. Es aquí donde la mecánica cuántica comienza a mostrar su aspecto más visual. La idea fundamental consiste en abandonar el concepto clásico de órbita, entendido como un carril circular por el que viaja un electrón, para sustituirlo por una distribución espacial descrita por una función de onda. En lugar de preguntarnos "¿por dónde pasa el electrón?", la teoría cuántica responde "¿en qué regiones del espacio es más probable encontrarlo?".

Esta interpretación no está exenta de debate. Según la interpretación probabilística de Max Born, la función de onda no representa un objeto físico, sino la probabilidad de localizar el electrón al realizar una medición. Otras interpretaciones sostienen que la propia función de onda constituye una entidad física real, es decir, que el electrón es una onda de materia extendida en el espacio cuya forma evoluciona continuamente hasta que interactúa con otro sistema. Existen además otras interpretaciones de la mecánica cuántica. Sin embargo, para este curso de química adoptaremos la primera, la interpretación probabilística, porque es la utilizada habitualmente para comprender la configuración electrónica, los enlaces químicos y la periodicidad de los elementos.

Las soluciones de la ecuación de Schrödinger son funciones matemáticas definidas en el espacio tridimensional. Cuando se representan gráficamente suelen visualizarse como volúmenes de densidad con formas características, conocidos como orbitales atómicos. En sentido estricto, estos volúmenes nunca terminan: la función de onda disminuye gradualmente y se extiende hasta el infinito. Sin embargo, para facilitar su representación se dibuja una superficie que encierra normalmente entre el 95 % y el 99 % de la probabilidad de encontrar al electrón. Esta frontera no corresponde a una pared física ni al tamaño real del electrón; simplemente delimita la región donde es más probable detectarlo. El término orbital no debe confundirse con órbita: ambos conceptos tienen nombres semejantes, pero describen ideas completamente diferentes.

Cada combinación de números cuánticos produce una solución distinta de la ecuación de Schrödinger y, por tanto, una distribución espacial diferente. En consecuencia, cada orbital posee un tamaño, una simetría y una estructura interna particulares. Uno de los problemas más frecuentes en los libros de texto consiste en mostrar únicamente los orbitales 1s, 2p, 3d y 4f, dando la impresión de que todos los orbitales pertenecientes a un mismo subnivel tienen exactamente la misma forma. En realidad, esto solo es cierto de manera muy superficial. Todos los orbitales s son aproximadamente esféricos, todos los p conservan una estructura bilobular, los d presentan cinco distribuciones características y los f siete distribuciones más complejas; sin embargo, su estructura interna cambia conforme aumenta el nivel principal n.

Figura 3. [Formas fundamentales de los orbitales atómicos]. Los orbitales s son ondas estacionarias de forma esférica. Aunque los orbitales 1s, 2s y 3s parecen iguales externamente, su estructura interna incorpora cada vez más nodos radiales y regiones de máxima probabilidad. Al aumentar la energía, las ondas electrónicas se vuelven más complejas, mientras los subniveles p, d y f desarrollan geometrías espaciales progresivamente más elaboradas.

Figura 4. [Los orbitales s] siempre son esféricos, pero aumentan su complejidad al crecer el nivel de energía. Como una cuerda de guitarra, cada nuevo armónico añade un nodo radial. Además, pueden imaginarse como muñecas rusas: conservan su forma general mientras incorporan capas concéntricas y una estructura interna cada vez más compleja.

 

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Figura 5. [Los orbitales p] conservan su característica forma de dos lóbulos desde 2p hasta 7p, pero su estructura interna cambia con la energía. Cada nivel incorpora nuevos nodos radiales y patrones de ondas estacionarias más complejos. Los diagramas escolares muestran solo las formas fundamentales, mientras que los orbitales superiores desarrollan distribuciones internas mucho más elaboradas.

Figura 6. [Los orbitales d] conservan su geometría general desde 3d hasta 7d, pero su estructura interna cambia al aumentar el nivel principal. Cada incremento de energía incorpora nuevos nodos radiales y patrones de ondas estacionarias más complejos. Los diagramas escolares muestran solo las formas fundamentales, mientras que los orbitales superiores presentan distribuciones internas mucho más elaboradas.

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Figura 7. [Los orbitales f] poseen las formas más complejas de los orbitales atómicos. Desde 4f hasta 7f conservan su geometría general, pero desarrollan nuevos nodos radiales y patrones de ondas estacionarias conforme aumenta la energía. Los diagramas habituales muestran solo las formas fundamentales, mientras que los orbitales superiores presentan estructuras internas mucho más elaboradas.

Tomemos como ejemplo el subnivel s. El orbital 1s es la solución más sencilla de la ecuación de Schrödinger y presenta una única región de máxima probabilidad alrededor del núcleo. En cambio, los orbitales 2s, 3s, 4s, 5s, 6s y 7s mantienen externamente una forma esférica, pero desarrollan una estructura interna cada vez más compleja. Aparecen nodos radiales, regiones donde la probabilidad de encontrar el electrón es exactamente cero, que separan distintas zonas de máxima probabilidad. Así, aunque desde el exterior todos parezcan simples esferas, en su interior contienen una sucesión de capas alternadas de máximos y mínimos de la función de onda.

Esta situación es muy parecida a la de una onda estacionaria en una cuerda vibrante. Cuando la cuerda oscila con poca energía aparece un patrón simple; al aumentar la energía surgen nuevos nodos y vientres sin que desaparezca la forma general de la cuerda. De manera análoga, los orbitales de mayor energía no dejan de pertenecer al mismo tipo, pero incorporan una estructura ondulatoria interna progresivamente más rica. Comprender esta idea será fundamental para interpretar correctamente los orbitales que estudiaremos en las siguientes secciones y para entender, en el próximo capítulo, cómo estas funciones de onda organizan la configuración electrónica de todos los elementos de la tabla periódica.

Referencias

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Zumdahl, S. S., & Zumdahl, S. A. (2020). Chemistry (11th ed.). Cengage Learning.

Figura. Los orbitales s

Pulsa en la imagen para ver mas claramente. Los orbitales s constituyen las soluciones más simples de la ecuación de Schrödinger y poseen siempre una simetría esférica. Sin embargo, esta apariencia puede resultar engañosa. Los diagramas escolares suelen representar únicamente los orbitales 1s, 2s, 3s y 4s, dando la impresión de que todos son prácticamente iguales y que solo aumenta su tamaño. En realidad, conforme crece el número cuántico principal (n), la estructura interna del orbital se vuelve progresivamente más compleja. Una analogía útil es la de una cuerda de guitarra. Cuando la cuerda vibra en su modo fundamental produce una única onda sencilla, pero al excitarse aparecen nuevos armónicos, cada uno con un mayor número de nodos, puntos donde la cuerda permanece inmóvil. De forma semejante, el orbital 1s no posee nodos radiales, el 2s presenta uno, el 3s dos y el 4s tres. Cada nuevo nivel de energía incorpora un armónico radial adicional sin modificar la naturaleza esférica del orbital.

La distribución espacial de estos orbitales también puede entenderse mediante otra analogía. Imagine un conjunto de muñecas rusas colocadas una dentro de otra. Todas conservan la misma forma general, pero cada muñeca sucesiva es mayor y contiene a las anteriores en su interior. De manera similar, todos los orbitales s mantienen una geometría aproximadamente esférica, aunque los de mayor energía se expanden hacia regiones cada vez más alejadas del núcleo. Además, cada nueva esfera incorpora capas internas separadas por nodos radiales, regiones donde la probabilidad de encontrar al electrón es exactamente cero. Así, el orbital no es una esfera maciza, sino una sucesión de conchas concéntricas de alta probabilidad separadas por superficies nodales, recordando la estructura anidada característica de las muñecas rusas.

Estas dos analogías describen aspectos distintos pero complementarios del mismo fenómeno. La cuerda de guitarra ayuda a comprender cómo el aumento de la energía genera armónicos cada vez más complejos y, con ellos, un mayor número de nodos radiales. Las muñecas rusas, por su parte, permiten visualizar cómo esas nuevas soluciones conservan la simetría esférica mientras se expanden espacialmente y desarrollan una organización interna más rica. En conjunto, ambas imágenes muestran que los orbitales s de mayor energía no son simplemente esferas más grandes, sino ondas estacionarias tridimensionales con una estructura interna cada vez más elaborada, consecuencia directa de las soluciones permitidas por la mecánica cuántica.

Figura. Los orbitales f

La figura compara los orbitales f correspondientes a los niveles principales 4f, 5f, 6f y 7f, mostrando cómo evolucionan las soluciones de la ecuación de Schrödinger conforme aumenta el número cuántico principal (n). Todos pertenecen al mismo subnivel y, por ello, conservan una geometría general semejante: siete orbitales con distribuciones tridimensionales muy complejas formadas por numerosos lóbulos y superficies nodales. Estas formas son mucho más elaboradas que las de los orbitales s, p y d, ya que el elevado momento angular orbital del subnivel f produce patrones de interferencia espacial mucho más ricos. Aunque las ilustraciones parecen representar objetos sólidos, en realidad muestran regiones donde la probabilidad de encontrar al electrón es mayor, es decir, diferentes representaciones de la función de onda.

El conjunto 4f corresponde a las soluciones fundamentales del subnivel f y posee la estructura interna más sencilla posible para este tipo de orbitales. Sin embargo, al avanzar hacia los orbitales 5f, 6f y 7f, la forma exterior permanece prácticamente igual mientras la estructura interna se transforma. Surgen nuevos nodos radiales, superficies donde la probabilidad de encontrar al electrón es exactamente cero, que dividen cada lóbulo en regiones alternadas de máxima y mínima probabilidad. En consecuencia, cada orbital desarrolla una organización interna progresivamente más compleja. Este comportamiento refleja el de una onda estacionaria, que conserva su patrón general pero incorpora nuevos armónicos cuando aumenta la energía del sistema.

La comparación evidencia que las imágenes habituales de los libros de texto muestran únicamente las formas fundamentales de los orbitales f, normalmente las correspondientes al nivel 4f. Sin embargo, todos los orbitales f evolucionan con el incremento del nivel energético, incorporando nuevas oscilaciones sin modificar su simetría general. Cada orbital continúa representando una distribución tridimensional de probabilidad, no una trayectoria seguida por el electrón. La creciente complejidad observada desde 4f hasta 7f constituye una manifestación directa del carácter ondulatorio de la materia y demuestra que los electrones ocupan estados cuánticos cuya estructura espacial depende tanto del subnivel como de la energía del átomo.

Figura. Orbitales p

La figura compara los orbitales p correspondientes a los niveles principales 2p, 3p, 4p, 5p, 6p y 7p, mostrando cómo evolucionan las soluciones de la ecuación de Schrödinger al aumentar la energía. Todos conservan la característica forma de dos lóbulos orientados en direcciones opuestas, correspondiente a una distribución de probabilidad separada por un plano nodal que atraviesa el núcleo. Esta geometría general permanece prácticamente inalterada porque depende del subnivel p, no del nivel principal. Sin embargo, aunque externamente todos parecen iguales, cada incremento del número cuántico principal (n) modifica profundamente la estructura interna de la función de onda. El orbital aumenta de tamaño y desarrolla nuevas oscilaciones radiales que no suelen representarse en los diagramas simplificados de los libros de texto.

El orbital 2p constituye la forma fundamental del subnivel p y presenta la estructura interna más sencilla. A medida que aparecen los orbitales 3p, 4p, 5p, 6p y 7p, surgen progresivamente nuevos nodos radiales, es decir, superficies donde la probabilidad de encontrar al electrón es exactamente cero. Estos nodos dividen cada lóbulo en regiones alternadas de máxima y mínima probabilidad, formando patrones cada vez más complejos. El fenómeno puede interpretarse como una onda estacionaria de materia que incorpora armónicos superiores al aumentar la energía. Del mismo modo que una cuerda vibrante desarrolla más nodos cuando vibra en frecuencias más altas, la función de onda electrónica conserva su forma general mientras adquiere una estructura interna mucho más rica.

La comparación pone de manifiesto que los dibujos tradicionales de los orbitales p representan únicamente las formas fundamentales, normalmente las del nivel 2p. En realidad, todos los orbitales p evolucionan conforme aumenta el nivel energético, incorporando nuevas regiones de interferencia y oscilación sin perder la geometría bilobular característica. Esta visión ayuda a comprender que un orbital atómico no es un objeto rígido ni una trayectoria seguida por el electrón, sino una distribución tridimensional de probabilidad determinada por la función de onda. La creciente complejidad observada en los orbitales de mayor energía constituye una manifestación directa del carácter ondulatorio de la materia descrito por la mecánica cuántica.

Figura. Orbitales d

La figura compara los orbitales d correspondientes a los niveles principales 3d, 4d, 5d, 6d y 7d, permitiendo observar cómo evoluciona una misma familia de soluciones de la ecuación de Schrödinger al aumentar la energía. A primera vista, todos conservan la geometría característica del subnivel d: cinco orbitales con distribuciones de cuatro lóbulos y un orbital formado por dos lóbulos acompañados de una región anular. Sin embargo, esta semejanza externa puede resultar engañosa. A medida que aumenta el número cuántico principal (n), cada orbital desarrolla una estructura interna mucho más compleja. Los nuevos niveles energéticos no modifican únicamente el tamaño del orbital, sino también la forma en que la función de onda oscila dentro de él, generando nuevos máximos y mínimos de probabilidad.

En los orbitales 3d, las distribuciones representan las soluciones fundamentales y contienen el menor número posible de nodos radiales para este subnivel. Al pasar a los orbitales 4d, 5d, 6d y 7d, aparecen progresivamente nuevas superficies nodales que dividen el orbital en regiones concéntricas de probabilidad elevada separadas por zonas donde la probabilidad es exactamente cero. Como consecuencia, cada lóbulo comienza a mostrar subdivisiones internas cada vez más complejas. Este comportamiento es característico de las ondas estacionarias: cuando aumenta la energía, la onda incorpora nuevos modos de vibración sin perder su simetría general. Es un fenómeno comparable al de una membrana o una campana vibrando en armónicos superiores, donde la forma global permanece, pero el patrón de oscilación se vuelve mucho más elaborado.

La comparación demuestra que los dibujos simplificados presentes en muchos libros representan únicamente las formas fundamentales del subnivel d, generalmente las correspondientes al nivel 3d. En realidad, todos los orbitales de un mismo subnivel evolucionan conforme aumenta el nivel principal, desarrollando una estructura interna cada vez más rica. Las geometrías generales permanecen reconocibles, pero las ondas electrónicas adquieren nuevos nodos y regiones de interferencia. Esta visión ondulatoria permite comprender que un orbital no es un objeto rígido ni una trayectoria, sino una solución matemática tridimensional cuya complejidad aumenta de manera natural con la energía del electrón.

Figura. Formas fundamentales de los orbitales atómicos

Pulsa en la imagen para ver mejor. La figura resume las formas fundamentales de los orbitales atómicos correspondientes a los subniveles 1s, 2p, 3d y 4f, que representan las soluciones de menor energía de la ecuación de Schrödinger. Aunque los dibujos suelen emplearse como símbolos sencillos, cada orbital es en realidad una onda estacionaria de materia. En el caso de los orbitales s, la distribución de probabilidad mantiene siempre una forma aproximadamente esférica, independientemente del nivel principal. Sin embargo, esa esfera no permanece inmóvil: corresponde a una onda que vibra radialmente hacia el interior y el exterior del núcleo. Por ello, los orbitales 1s, 2s y 3s no son idénticos. Externamente todos conservan una apariencia esférica, pero internamente presentan una estructura ondulatoria cada vez más compleja.

El orbital 1s constituye la solución más sencilla y posee una única región principal de máxima probabilidad. Al aumentar el número cuántico principal, aparecen nuevos nodos radiales, es decir, superficies esféricas donde la probabilidad de encontrar al electrón es exactamente cero. Así, el orbital 2s presenta una oscilación adicional en su interior, mientras que el 3s incorpora otra más, generando una sucesión alternada de máximos y mínimos de la función de onda. Puede imaginarse como una esfera que vibra sobre sí misma, de manera semejante a una campana o a una burbuja esférica que desarrolla modos de vibración cada vez más complejos conforme aumenta la energía. Aunque desde el exterior todos los orbitales s parezcan iguales, su estructura interna revela claramente el carácter ondulatorio del electrón.

La figura también muestra que, al aumentar el momento angular orbital, aparecen nuevas geometrías correspondientes a los subniveles p, d y f. Los orbitales p presentan tres orientaciones espaciales perpendiculares; los d, cinco distribuciones más complejas; y los f, siete configuraciones con numerosos lóbulos. Sin embargo, estas imágenes representan únicamente las formas fundamentales de los niveles de menor energía. Los orbitales de niveles superiores mantienen la misma geometría general, pero desarrollan una estructura interna mucho más rica, incorporando nodos adicionales. De esta manera, la complejidad de las ondas estacionarias electrónicas aumenta progresivamente conforme crece el nivel energético del átomo.

Figura. Ana María Rey

 Ana María Rey es una física teórica colombiana reconocida internacionalmente por sus aportes a la mecánica cuántica, la física atómica y el estudio de los sistemas cuánticos de muchos cuerpos. Nació en Bogotá, Colombia, y desde temprana edad mostró interés por las matemáticas y la física. Estudió Física en la Universidad de los Andes, donde adquirió una sólida formación científica antes de trasladarse a los Estados Unidos para continuar sus estudios de posgrado. Obtuvo el doctorado en la Universidad de Maryland bajo la dirección de Charles Clark, especializándose en gases atómicos ultrafríos y fenómenos cuánticos colectivos. Desde el inicio de su carrera destacó por combinar un profundo dominio matemático con la capacidad de relacionar la teoría con experimentos de alta precisión.

Tras su doctorado se incorporó al JILA, uno de los centros de investigación más prestigiosos del mundo en física atómica, asociado a la Universidad de Colorado Boulder y al National Institute of Standards and Technology (NIST). Allí desarrolló modelos teóricos para comprender el comportamiento colectivo de átomos ultrafríos confinados mediante láseres y trampas magnéticas. Sus investigaciones abarcan los relojes atómicos ópticos, la simulación cuántica, la metrología cuántica, la información cuántica y los sistemas de muchos cuerpos. Sus trabajos han permitido comprender con mayor precisión las interacciones entre miles de átomos actuando como un único sistema cuántico, contribuyendo tanto a la física fundamental como al desarrollo de tecnologías de medición extraordinariamente precisas. Gracias a la influencia de sus investigaciones, Ana María Rey se encuentra entre las físicas teóricas más citadas de la actualidad.

Su trayectoria ha sido reconocida con numerosos premios internacionales. En 2013 recibió la Beca MacArthur, conocida popularmente como el "Genius Grant", uno de los reconocimientos más prestigiosos otorgados a investigadores por su creatividad e impacto científico. También ha recibido distinciones de la Sociedad Estadounidense de Física, la Fundación Sloan y otras instituciones internacionales. Además de su labor investigadora, participa activamente en la formación de nuevas generaciones de científicos y promueve la colaboración internacional en las ciencias cuánticas. Su trabajo continúa ampliando las fronteras de la física cuántica, consolidando a Ana María Rey como una de las investigadoras más influyentes del siglo XXI y una de las científicas latinoamericanas de mayor reconocimiento mundial.

La teoría cuántica 2. Ondas y paradojas

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Erwin Schrödinger tomó en serio la propuesta de De Broglie y, en 1926, formuló una ecuación capaz de describir cómo cambia el estado ondulatorio de un sistema. Su aportación convirtió intuiciones dispersas en una mecánica ondulatoria operativa. En vez de imponer niveles energéticos desde fuera, la ecuación permitía obtenerlos como soluciones compatibles con las interacciones y condiciones de contorno del problema. La cuantización aparecía entonces como resultado matemático, no como decreto adicional.

Un dibujo de una persona con traje y corbata

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Figura 1. [Louis de Broglie] propuso que las partículas, como los electrones, también presentan propiedades ondulatorias. Relacionó su longitud de onda con el momento lineal mediante λ = h/p. La posterior observación de difracción electrónica confirmó su hipótesis, que impulsó la mecánica ondulatoria. Recibió el Premio Nobel de Física en 1929 por este descubrimiento fundamental.

Figura 2. [Myriam Sarachik] fue una física experimental destacada por sus investigaciones en materia condensada y fenómenos cuánticos. Confirmó experimentalmente el efecto Kondo y estudió transiciones metal-aislante, transporte electrónico, semiconductores e imanes moleculares. También fue profesora distinguida, presidenta de la Sociedad Estadounidense de Física y defensora activa de los derechos humanos y la libertad científica.

La ecuación de Schrödinger cumple un papel parecido al de las leyes de movimiento clásicas, pero no entrega directamente una trayectoria. Entrega una función de onda que contiene la información disponible para predecir resultados. Si conocemos el estado inicial y las fuerzas relevantes, podemos calcular su evolución. La evolución matemática es continua y determinista; lo probabilístico aparece al relacionar ese estado con una medición concreta. Aquí nace una tensión que todavía alimenta discusiones: la función evoluciona de una manera, pero el laboratorio registra un solo resultado.

Schrödinger prefería ondas reales y continuas para evitar saltos misteriosos. Sin embargo, la interpretación probabilística explicó cómo una función extendida correspondía con impactos puntuales. La teoría ganó eficacia al renunciar a una narración visual sencilla: podíamos calcular con exactitud, aunque no contar una historia clásica sobre lo que el electrón “hacía” entre preparación y detección.

Texto

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Figura 3. [La ecuación de Schrödinger] describe el estado cuántico de una partícula mediante la función de onda ψ. Sus soluciones determinan energías permitidas y distribuciones espaciales de probabilidad. En los átomos originan orbitales con lóbulos y nodos, no trayectorias electrónicas. Esta ecuación explica la organización de los electrones, los espectros atómicos y los enlaces químicos.

¿Otra vez el modelo se queda en el hidrógeno?

La ecuación reproduce de manera natural los estados del hidrógeno, pero los átomos polielectrónicos introducen el mismo enemigo que había derrotado las órbitas anteriores: la repulsión electrónica. Cada electrón interactúa con el núcleo y con todos los demás, convirtiendo el problema en una ecuación acoplada de muchas variables. Salvo casos muy simples, no existe una solución exacta expresable mediante fórmulas elementales.

La teoría exige aproximaciones controladas. Métodos como el campo autoconsistente estiman el efecto promedio de los demás electrones; técnicas posteriores incorporan correlación electrónica. El principio de exclusión organiza los estados, mientras el espín completa propiedades ausentes en la ecuación original. La mecánica cuántica no quedó encerrada en el hidrógeno: se convirtió en base de la química, aunque resolverla requiera estrategias numéricas y computación.

El principio de incertidumbre

En 1927, Werner Heisenberg estableció que ciertas parejas de magnitudes, como posición y momento, no pueden poseer simultáneamente dispersiones arbitrariamente pequeñas. Cuanto más localizado se prepara un estado, mayor es la diversidad de momentos necesarios para construirlo; cuanto más definido está el momento, más extendida queda la posición. No se trata solamente de que un instrumento torpe golpee al electrón, aunque toda medición real implique interacción. La limitación pertenece a la estructura matemática de los estados cuánticos.

Figura 4. [Max Planck] inauguró la teoría cuántica al proponer que la energía se emite y absorbe en cantidades discretas llamadas cuantos. Su explicación de la radiación de cuerpo negro introdujo la relación E = hf y la constante de Planck. Recibió el Premio Nobel de Física en 1918 y transformó la física moderna.

Dibujo de un hombre

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Figura 5. [Werner Heisenberg] creó la mecánica matricial, una de las primeras formulaciones completas de la mecánica cuántica. Enunció el principio de incertidumbre, que limita la precisión simultánea de la posición y el momento. Recibió el Premio Nobel de Física en 1932 y realizó aportes fundamentales a la física nuclear, la teoría cuántica de campos y el estudio de la materia microscópica.

Figura 6. El [principio de incertidumbre] establece que la posición y el impulso de una partícula no pueden conocerse simultáneamente con precisión absoluta. Al reducir la incertidumbre espacial, aumenta la del impulso. La constante de Planck fija este límite cuántico. La figura relaciona la ecuación con ondas localizadas y muestra que la mecánica cuántica reemplaza trayectorias exactas por descripciones probabilísticas de partículas.

La explicación ondulatoria permite verlo. Una onda pura, con longitud definida, se extiende indefinidamente y no señala una posición concreta. Para fabricar un paquete localizado debemos superponer muchas longitudes; por De Broglie, eso significa combinar muchos momentos. La incertidumbre cuántica expresa este compromiso inevitable. No afirma que todo sea vago: establece límites cuantitativos precisos sobre distribuciones de resultados.

Esta idea termina de disolver la órbita clásica. Una trayectoria requiere conocer posición y momento en cada instante con precisión suficiente para prolongar el movimiento. En el átomo, esa exigencia no corresponde a un estado físicamente permitido. Por eso el orbital no es una fotografía borrosa de una órbita nítida escondida; es otra clase de descripción. La teoría no perdió una trayectoria por falta de microscopios: descubrió que atribuirla contradice la estructura cuántica del sistema.

La forma tridimensional de la ecuación de Schrödinger

En tres dimensiones, la función de onda depende de las coordenadas espaciales y, cuando se estudia su evolución, también del tiempo. Para un átomo con simetría aproximadamente esférica conviene separar el problema en una parte radial y otra angular. La solución ya no produce círculos, sino distribuciones tridimensionales con tamaños, orientaciones y nodos característicos. Las conocidas formas esféricas, lobulares o más complejas proceden de estas soluciones y de representaciones de densidad probable.

La frontera coloreada de un orbital suele encerrar una proporción escogida de probabilidad; no es una membrana física ni el límite del electrón. Fuera de ella la probabilidad no desaparece bruscamente. Los colores opuestos tampoco indican cargas diferentes: representan el signo o fase de la función, información esencial para comprender interferencia y enlaces.

La tridimensionalidad explica por qué la estructura atómica se relaciona con geometría molecular, direccionalidad de enlaces y periodicidad química. Un estado electrónico posee orientación, simetría y capacidad de superponerse con estados vecinos. Así, la ecuación no solo reemplazó las órbitas; proporcionó un lenguaje para comprender por qué los átomos forman determinadas moléculas y por qué la materia presenta propiedades específicas.

Reinterpretación de los números cuánticos

Los números cuánticos dejan de ser etiquetas colocadas sobre órbitas imaginarias y pasan a identificar propiedades de las soluciones. El número principal, n, se relaciona con la energía y la extensión general del estado. El número azimutal, l, clasifica el momento angular orbital y la forma básica. El número magnético, mₗ, distingue orientaciones posibles respecto de un eje elegido. No indican tres coordenadas de una trayectoria, sino resultados permitidos para observables y simetrías del estado.

El espín electrónico requiere además un número propio, mₛ, con dos proyecciones posibles al medirlo respecto de un eje. No debe imaginarse literalmente como una esfera girando, porque semejante dibujo clásico produce contradicciones. Es una propiedad cuántica intrínseca con comportamiento matemático de momento angular. Junto con el principio de exclusión de Pauli, permite que dos electrones compartan un mismo orbital únicamente si difieren en su estado de espín.

Esta reinterpretación organiza la configuración electrónica. Los subniveles s, p, d y f corresponden a valores de l; sus orbitales corresponden a valores de mₗ; la ocupación depende también del espín, de la repulsión entre electrones y de reglas energéticas. La tabla periódica emerge entonces como expresión macroscópica de estados cuánticos, aunque los diagramas escolares de cajas y flechas sigan siendo modelos simplificados. La química se vuelve comprensible porque la matemática limita de manera rigurosa cómo pueden organizarse los electrones.

La conferencia de Solvay

En octubre de 1927, la quinta Conferencia Solvay reunió en Bruselas a figuras centrales para discutir “Electrones y fotones”. La célebre fotografía no muestra una teoría terminada, sino una ciencia poderosa y conceptualmente incómoda. Einstein, Bohr, Heisenberg, Schrödinger, Born, Pauli, Dirac y otros debatieron qué significaban probabilidad, medición, causalidad y realidad.

Einstein proponía experimentos mentales destinados a mostrar que la teoría debía estar incompleta; Bohr respondía examinando el montaje entero y las condiciones que hacían posible cada medición. No discutían si las predicciones funcionaban, sino qué autorizaban a afirmar sobre la realidad. Solvay simboliza así una fractura duradera entre el éxito predictivo y la interpretación ontológica. La física había adquirido un formalismo extraordinario sin obtener una única imagen consensuada del mundo descrito.

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Figura 7. La fotografía de la [Conferencia de Solvay de 1927] reúne a figuras decisivas como Einstein, Bohr, Curie, Planck, Schrödinger y Heisenberg. La imagen refleja amistades, rivalidades, egos y profundos debates sobre la mecánica cuántica. Su valor histórico radica en registrar una concentración excepcional de talento científico, cuyas discusiones transformaron la comprensión moderna del átomo, la energía y la realidad física.

Consecuencias del modelo atómico cuántico

El nuevo modelo sustituyó órbitas por orbitales, trayectorias por estados y certezas individuales por distribuciones probabilísticas. Explicó la estructura electrónica, los espectros complejos, la periodicidad, los enlaces químicos y buena parte de las propiedades de sólidos. La estabilidad de la materia dejó de depender de una prohibición especial y pasó a resultar de estados permitidos, energía mínima, exclusión y simetría.

Sus consecuencias tecnológicas son igualmente profundas. Semiconductores, láseres, microscopios electrónicos, resonancia magnética, relojes atómicos y buena parte de la electrónica moderna dependen de principios cuánticos. Esto obliga a evitar una confusión frecuente: una teoría puede ser filosóficamente discutida y experimentalmente sólida al mismo tiempo. Las interpretaciones compiten por explicar qué significa el formalismo; no borran la precisión con la que ese formalismo describe resultados.

Algunos fenómenos cuánticos

La superposición permite combinar estados posibles mientras no exista información capaz de distinguirlos. La interferencia revela esa combinación mediante refuerzos y cancelaciones. El efecto túnel permite encontrar una partícula al otro lado de una barrera que, clásicamente, no podría superar; no porque haya tomado prestada energía, sino porque el estado se extiende dentro y más allá de la barrera. Este fenómeno participa en procesos nucleares, dispositivos electrónicos y microscopía.

El entrelazamiento describe sistemas cuyo estado no puede separarse en propiedades independientes de cada parte. La medición muestra correlaciones incompatibles con teorías locales de variables ocultas. La decoherencia, producida por el ambiente, dispersa las fases necesarias para observar interferencia y explica la apariencia clásica de los objetos macroscópicos. No resuelve el resultado único, pero muestra que lo cuántico no desaparece por tamaño: se vuelve difícil de aislar.

La interpretación de Copenhague

La llamada interpretación de Copenhague no fue un catecismo único firmado por todos. Bohr y Heisenberg mantuvieron diferencias, y la etiqueta se consolidó después para agrupar ideas relacionadas: complementariedad, papel del montaje experimental, descripción clásica de resultados y lectura probabilística de la función de onda. Su tesis práctica es que la teoría no necesita ofrecer una película microscópica detrás de cada medición para realizar predicciones significativas.

La complementariedad sostiene que ciertos arreglos revelan aspectos mutuamente excluyentes, como trayectoria o interferencia. No significa que la conciencia fabrique la realidad ni que mirar cause mágicamente un colapso: “observador” puede ser un detector. Las propiedades medidas no se separan limpiamente de las condiciones experimentales que permiten definirlas.

El gato de Schrödinger

En 1935, Schrödinger imaginó un gato encerrado con un mecanismo activado por un suceso cuántico aleatorio. Si la función de onda se aplica sin matices al conjunto, el sistema parece combinar gato vivo y gato muerto antes de abrir la caja. La intención no era celebrar un animal sobrenatural, sino exponer lo extraño de trasladar una superposición microscópica directamente al mundo cotidiano.

El experimento señala el problema de la medición: la ecuación permite superposiciones y evolución continua, mientras cada observación ofrece un resultado definido. ¿Cuándo aparece? Copenhague introduce un corte práctico entre sistema y aparato; otras interpretaciones proponen ramificaciones, colapsos físicos, variables adicionales o historias consistentes. La decoherencia explica la pérdida de interferencia, pero la discusión continúa abierta.

Figura 8. [El gato de Schrödinger] es un experimento mental que cuestiona la interpretación de Copenhague. Antes de observar, el sistema se describe mediante una superposición de estados; al medir, aparece un único resultado. Schrödinger creó esta analogía para criticar una interpretación de la mecánica cuántica que él mismo había ayudado a desarrollar, no para defenderla.

El horrible efecto a distancia de Einstein

También en 1935, Einstein, Podolsky y Rosen argumentaron que la mecánica cuántica parecía incompleta. Un par entrelazado permite predecir correlaciones entre mediciones lejanas. Einstein rechazaba que una acción física instantánea cruzara el espacio y defendía una realidad local con propiedades mejor definidas. La expresión recordada como acción fantasmal a distancia resume su desconfianza, aunque el problema no consiste en enviar una fuerza convencional entre partículas.

En 1964, John Bell demostró que las teorías locales de variables ocultas deben satisfacer ciertas desigualdades. Experimentos posteriores observaron violaciones compatibles con la mecánica cuántica. La naturaleza exhibe correlaciones no locales que no pueden explicarse asignando simplemente instrucciones locales previas a cada partícula. Sin embargo, esas correlaciones no permiten transmitir mensajes controlados más rápido que la luz: cada resultado local sigue siendo impredecible y solo al comparar datos aparece el patrón.

Los dados de Dios

Einstein expresó su incomodidad diciendo que Dios no jugaba a los dados. La frase representa su esperanza de que la probabilidad ocultara una descripción más completa, como sucede en muchos problemas clásicos. La mecánica cuántica estándar sostiene algo más radical: incluso con la mejor preparación posible, ciertos resultados individuales no están fijados por valores locales accesibles; solamente sus probabilidades obedecen una ley exacta.

Los dados cuánticos no significan desorden absoluto. Las probabilidades se calculan con precisión, las distribuciones se reproducen y las correlaciones entre sistemas pueden ser extremadamente rígidas. La teoría reemplaza el determinismo de cada acontecimiento por regularidades estadísticas fundamentales. Quizá la lección más difícil sea esta: la naturaleza puede ser rigurosamente matemática sin ofrecer el tipo de certeza narrativa que nuestra intuición desea. La teoría cuántica no destruyó la racionalidad; nos obligó a separar la predicción exacta de la fantasía de que todo debe comportarse como una maquinaria visible.

Ese cambio convirtió al átomo en un sistema de posibilidades estructuradas por simetría y medición.

Referencias

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