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jueves, 7 de mayo de 2026

Figura. Anatomía del oido

La imagen muestra la organización general del oído humano, dividido en oído externo, oído medio y oído interno. El oído externo incluye el pabellón auricular, visible por fuera de la cabeza, y el canal auditivo, que conduce las ondas sonoras hacia la membrana timpánica. Esta membrana funciona como una frontera flexible entre el exterior y el oído medio: cuando recibe vibraciones del aire, oscila como un pequeño tambor biológico. Así, la primera parte del sistema auditivo convierte las variaciones de presión del aire en movimientos mecánicos.

Detrás del tímpano se encuentra el oído medio, una cavidad aérea donde aparecen tres huesecillos: martillo, yunque y estribo. Estos amplifican y transmiten las vibraciones desde la membrana timpánica hacia el oído interno. En términos evolutivos, el martillo y el yunque derivan de antiguos huesos mandibulares, mientras que el estribo se relaciona con la antigua hiomandíbula. También se observa la trompa de Eustaquio, conducto que comunica el oído medio con la faringe, permitiendo igualar presiones. Por eso, al tragar o bostezar, los oídos pueden “destaparse”.

El oído interno contiene la cóclea, también llamada caracol, encargada de transformar vibraciones en impulsos nerviosos enviados por el nervio auditivo hacia el encéfalo. La cóclea está llena de líquido y posee células sensoriales que responden a distintas frecuencias sonoras. Además, aparecen los canales semicirculares, que no participan directamente en la audición, sino en el equilibrio. Estos detectan movimientos de la cabeza y ayudan a mantener la postura. Así, el oído no solo permite escuchar, sino también orientarse espacialmente, integrando audición, presión, equilibrio y conexión faríngea.

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