La imagen muestra los principales componentes del aparato
hioideo y laríngeo humano, integrados en la región cervical anterior. El
hueso hioides (hyoid bone) se sitúa superiormente y constituye un soporte móvil
para la lengua y la laringe. Embriológicamente, el hioides deriva en parte del segundo
arco faríngeo (arco hioideo) y en parte del tercer arco branquial,
lo que explica su morfología compuesta. Inferiormente aparecen los cartílagos
laríngeos: tiroides (thyroid cartilage), cricoides (cricoid cartilage),
aritenoides (arytenoid cartilages), así como la epiglotis. Estas estructuras
forman el esqueleto de la laringe, protegiendo la vía aérea y participando en
la fonación.
En términos evolutivos, varios componentes laríngeos se
originan a partir de los arcos branquiales posteriores. El cartílago
tiroides y el cricoides derivan principalmente del cuarto y sexto arcos
faríngeos, que en vertebrados acuáticos sostenían branquias funcionales.
Los cartílagos aritenoides también se asocian a estos arcos posteriores y
permiten el movimiento fino necesario para la producción de sonido. La
epiglotis tiene un origen más complejo, relacionada con proliferaciones
mesenquimáticas de la región faríngea vinculada a estos mismos arcos. Así, la
laringe humana representa una profunda reorganización del antiguo aparato
branquial, ahora adaptado a respiración aérea y fonación.
Las cuerdas vocales verdaderas se ubican dentro de la
laringe, extendiéndose entre el cartílago tiroides y los aritenoides. Se
desarrollan a partir de pliegues de la mucosa laríngea que recubren la región
derivada del cuarto y sexto arcos. Anatómicamente, se sitúan por encima del cricoides
y por debajo de la epiglotis, formando el límite funcional de la glotis. De
esta manera, elementos que en peces sostenían branquias se transformaron en
estructuras esenciales para el habla y la modulación sonora en humanos.
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