Regresar a
[Sistema esquelético]
Los terópodos
constituyen uno de los grandes linajes de dinosaurios saurisquios y, durante
más de 150 millones de años, produjeron una extraordinaria diversidad de cráneos
depredadores, desde formas primitivas relativamente ligeras hasta cabezas
extremadamente robustas capaces de fracturar huesos. Aunque muchas
reconstrucciones populares reducen a Theropoda a la imagen de un dinosaurio
bípedo con grandes dientes, el grupo experimentó profundas modificaciones en la
forma del rostro, tamaño de las fenestras, dentición, musculatura
mandibular, neumatización, ornamentación craneal y biomecánica de la mordida.
En este apartado se seguirá esa transformación desde formas muy próximas al
origen de Theropoda hasta Coelurosauria, excluyendo deliberadamente a Maniraptora
y Avialae, que requieren un análisis independiente por su relación directa
con el origen de las aves.

Figura
1. [Los terópodos] conservaron
gran parte del patrón corporal bípedo ancestral, con extremidades
posteriores dominantes, cola equilibradora y cabeza móvil. Aun así,
diversificaron enormemente cráneo, dentición y biomecánica. Su aspecto
depredador los volvió protagonistas de la cultura popular y de las Guerras
de los Huesos, donde grandes carnívoros eran fósiles especialmente
codiciados.
El patrón ancestral
seguía siendo arcosaurio y diápsido. Un cráneo terópodo generalizado presentaba
narina externa, fenestra anteorbital, órbita, fenestra temporal superior,
fenestra temporal inferior y fenestra mandibular externa, además de dientes
implantados individualmente en alvéolos. Sin embargo, las proporciones de estas
estructuras variaron enormemente. Algunos linajes conservaron cráneos estrechos
y relativamente flexibles, mientras otros desarrollaron nasales fusionados,
barras óseas reforzadas o articulaciones capaces de redistribuir grandes cargas
durante la alimentación. Los análisis biomecánicos muestran que incluso entre
terópodos distantes existían soluciones mecánicas distintas para enfrentar las
tensiones producidas por la mordida (Rayfield, 2005). Wiley Online Library
Figura 1. Patrón
craneal generalizado de un terópodo no aviano. Se señalan la narina externa,
fenestra anteorbital, órbita, fenestras temporales, fenestra mandibular y
articulación cuadrado-articular.
Cerca del origen: Herrerasaurus y los primeros depredadores
dinosaurianos
Herrerasaurus
ischigualastensis, del Triásico
Superior de Argentina, es particularmente importante porque se encuentra
muy cerca de las primeras radiaciones de dinosaurios carnívoros. Su posición
exacta ha variado entre análisis filogenéticos: tradicionalmente fue
considerado un terópodo muy basal, mientras otras hipótesis lo sitúan
como un saurisquio próximo, pero externo a Theropoda. Por ello, resulta más
prudente utilizarlo como una referencia para comprender el tipo de cráneo
existente cerca del origen de los terópodos, sin presentarlo como
representante indiscutible del grupo (Sereno & Novas, 1992, 1994). PubMed
Su cráneo era estrecho
transversalmente, relativamente largo y de perfil rectangular. Presentaba
una amplia fosa anteorbital, grandes aberturas temporales y numerosos
dientes comprimidos y recurvados. Las depresiones supratemporales
proporcionaban espacio para una musculatura aductora considerable, mientras que
una particular articulación intramandibular móvil permitía cierto
desplazamiento entre regiones de la mandíbula. Esta combinación sugiere un
depredador activo capaz de sujetar y desgarrar presas mediante movimientos
rápidos de cabeza y mandíbula (Sereno & Novas, 1994). Taylor & Francis Online
El interés de Herrerasaurus
radica precisamente en que conserva numerosos caracteres primitivos que
desaparecerían o se modificarían en terópodos posteriores. Su cráneo todavía no
posee la profunda especialización de ceratosaurios, alosauroideos o
tiranosáuridos, pero ya presenta una arquitectura funcional claramente
orientada hacia la depredación bípeda.

Figura
2. [Herrerasaurus
ischigualastensis] fue un dinosaurio basal del Triásico Superior,
descrito por Osvaldo Reig en 1963. No se considera un terópodo
inequívoco en sentido estricto, porque conserva rasgos anatómicos
primitivos en pelvis, tarso, mandíbula y extremidades. Fue un depredador
bípedo de cráneo alargado y dientes recurvados, clave para comprender el
origen temprano de Saurischia y Theropoda.

Figura
3. [Cráneo de Herrerasaurus], alargado,
ligero y muy fenestrado, con narina externa, fenestra anteorbital,
órbita amplia y fenestra mandibular. Sus dientes recurvados y
comprimidos estaban adaptados a desgarrar tejidos. La posible movilidad
intramandibular favorecía el manejo de presas. Su anatomía combina rasgos
depredadores con caracteres primitivos, situándolo cerca del origen de Theropoda.
Coelofisoideos y la conservación de un cráneo ligero
Los primeros
terópodos inequívocos incluyeron formas pequeñas o medianas con cráneos
relativamente bajos y ligeros, como los coelofisoideos. En Coelophysis,
la cabeza era alargada, con amplias fenestras y barras óseas delgadas. La
dentición estaba formada por numerosos dientes comprimidos y curvados hacia
atrás, adecuados para capturar pequeños vertebrados.
Los análisis de
elementos finitos muestran que el cráneo de Coelophysis distribuía las
tensiones de manera diferente al de grandes terópodos posteriores. Sus nasales
relativamente gráciles soportaban menor carga que las regiones
frontoparietales, lo que contrasta fuertemente con la condición de los
tiranosáuridos, donde los nasales fusionados participaban activamente en la
transmisión de fuerzas (Rayfield, 2005). Wiley Online Library
Esta cabeza ligera
era coherente con animales de menor masa corporal, cuellos relativamente
móviles y una estrategia alimentaria basada en mordidas rápidas y repetidas,
más que en una sola mordida extremadamente poderosa.
Durante el Jurásico
Inferior aparecieron terópodos de mayor tamaño como Dilophosaurus wetherilli.
Su cráneo mantenía una arquitectura relativamente ligera, pero incorporaba un
rasgo visual espectacular: dos grandes crestas longitudinales situadas
sobre la región nasolacrimal.
Durante décadas
estas crestas fueron representadas como estructuras frágiles y puramente
ornamentales, pero estudios anatómicos recientes muestran que estaban
integradas por varios huesos craneales y asociadas con una compleja neumatización.
El cráneo de Dilophosaurus era más robusto de lo que sugerían las
primeras reconstrucciones, y su dentición estaba plenamente adaptada a la
depredación. Las crestas probablemente desempeñaron funciones de señalización
visual, reconocimiento intraespecífico o exhibición, aunque su función
exacta no puede determinarse directamente (Marsh & Rowe, 2020). Cambridge University Press

Figura
4. [Dilophosaurus
wetherilli] fue un terópodo del Jurásico Inferior, famoso por
sus dos crestas craneales. Descrito por Samuel Welles en 1970,
era un depredador bípedo con cráneo alargado y dientes recurvados. No
existe evidencia de veneno ni de volantes cervicales desplegables;
esas características fueron invenciones de ficción popularizadas por Jurassic
Park.

Figura
5. [Cráneo de Dilophosaurus], alargado,
ligero y muy fenestrado, con gran fenestra anteorbital, órbita
amplia y dos crestas craneales longitudinales. Poseía dientes
recurvados y comprimidos, adecuados para desgarrar tejidos. Su anatomía
demuestra una temprana combinación de depredación y ornamentación en
Theropoda. No existe evidencia de veneno ni de volantes cervicales
desplegables.
Ceratosauria: rostros altos, ornamentación y nuevas estrategias
craneales
Con Ceratosauria
aparece una radiación de terópodos cuyo cráneo comienza a alejarse notablemente
del patrón ligero de los primeros grupos. Ceratosaurus, del Jurásico
Superior, poseía una cabeza relativamente profunda y ornamentada con una
prominencia nasal, además de estructuras supraorbitales.
Su endocráneo
conserva varios caracteres relativamente primitivos, pero también presenta recesos
neumáticos y una organización del oído interno semejante en algunos
aspectos a la de otros terópodos. La tomografía computarizada ha mostrado que
la cabeza de Ceratosaurus combinaba rasgos basales con especializaciones
relacionadas con la neumatización craneal y la percepción sensorial
(Sanders & Smith, 2005). Acta Palaeontologica Polonica
En los
ceratosaurios derivados, particularmente en Abelisauridae, el cráneo
experimentó una transformación mucho más extrema. El rostro se hizo
progresivamente corto, alto, ancho y fuertemente ornamentado, mientras
varias regiones desarrollaron superficies rugosas, engrosamientos y
protuberancias.
Abelisauridae: cráneos cortos y profundamente reforzados
Los abelisáuridos
constituyen uno de los mejores ejemplos de divergencia funcional dentro de
Theropoda. Mientras muchos tetanuros desarrollaron cráneos elongados y
mandíbulas extensas, los abelisáuridos tendieron hacia cabezas abreviadas
rostrocaudalmente y profundas dorsoventralmente.
La región facial
mostraba con frecuencia una fuerte texturización ósea, probablemente
relacionada con tegumentos especializados. Los nasales podían engrosarse y
fusionarse, las regiones frontales desarrollaban protuberancias y la región
occipital se ampliaba para recibir una poderosa musculatura cervical. Esta
combinación sugiere que la cabeza y el cuello participaban activamente en el
procesamiento y control de las presas, aunque no necesariamente mediante
mordidas equivalentes a las de un tiranosáurido.
Carnotaurus
sastrei llevó esta
tendencia a uno de sus extremos más conocidos. Su cráneo era corto, alto y
relativamente ancho, con dos grandes cuernos frontales sobre las
órbitas. Tomografías y revisiones recientes han mostrado además una compleja
distribución de recesos neumáticos, conductos nasolagrimales y cavidades
dentro de los propios cuernos (Cerroni et al., 2021). Taylor & Francis Online
La biomecánica de
su mordida difiere radicalmente de la de Tyrannosaurus. Los modelos
indican una mordida relativamente rápida pero no extraordinariamente fuerte,
mientras el cráneo podía soportar impactos asociados con ciertas estrategias de
ataque. Las hipótesis antiguas que imaginaban violentos golpes frontales de
cuerno contra cuerno reciben menor apoyo biomecánico, pues el cráneo no parece
especialmente adecuado para resistir impactos frontales severos (Mazzetta et
al., 2009). CONICET Digital

Figura
6. [Carnotaurus
sastrei] fue un abelisáurido del Cretácico Superior de
Patagonia, cuyo nombre significa “toro carnívoro”. Descrito por José
Bonaparte en 1985, se conoce por un esqueleto excepcionalmente completo con
cráneo y piel preservada. Poseía cuernos frontales, brazos muy
reducidos, cuello musculoso y un cráneo corto adaptado a una estrategia
depredadora distinta de la de Tyrannosaurus.

Figura
7. [Cráneo de Carnotaurus], corto,
alto y fuertemente ornamentado, con grandes fenestras y
característicos cuernos frontales. Poseía dientes recurvados y
comprimidos, relativamente pequeños, y una mandíbula profunda. Su
biomecánica sugiere ataques rápidos apoyados por un cuello musculoso,
mientras los cuernos probablemente participaron en exhibición,
reconocimiento y competencia intraespecífica

Figura
8. [Majungasaurus
crenatissimus] fue un abelisáurido del Cretácico Superior de
Madagascar, cuyo nombre significa “lagarto de Mahajanga”. Poseía cráneo
corto, alto y ornamentado, nasales engrosados y cuello potente. Fósiles
estudiados por Sampson, Witmer y Krause revelan además marcas de mordida
compatibles con canibalismo oportunista, convirtiéndolo en un modelo
importante de la ecología depredadora de Abelisauridae.

Figura
9. [Cráneo
de Majungasaurus], corto, alto y reforzado, con amplia fenestra
anteorbital, huesos faciales rugosos y prominencia frontal. Poseía dientes
recurvados y serrados, mandíbula profunda y potente musculatura aductora.
Su alimentación dependía de mordidas repetidas y movimientos fuertes de cabeza
y cuello. Marcas fósiles de mordida indican además posible canibalismo
oportunista.
Majungasaurus crenatissimus, del Cretácico Superior de Madagascar, proporciona uno de los cráneos de abelisáurido mejor conocidos. Su cabeza era igualmente corta, profunda y ancha, pero presentaba un engrosamiento medio sobre los frontales y nasales especialmente robustos.
En este animal, distintos componentes de los tejidos craneofaciales muestran una notable mineralización y osificación, incluyendo placas interdental fusionadas, un tabique interorbitario mineralizado y superficies vinculadas con tejidos tegumentarios. El occipital ampliado probablemente estaba asociado con una poderosa musculatura cervical, mientras la fenestra mandibular externa era grande y pudo permitir cierto grado de movilidad dentro de la mandíbula (Sampson & Witmer, 2007). Taylor & Francis Online
La cabeza de Majungasaurus demuestra que los abelisáuridos no eran simplemente versiones pequeñas de otros grandes terópodos, sino que desarrollaron su propio modelo funcional de depredación, combinando cráneos compactos, cuello potente, dientes relativamente cortos y ornamentación extensa.
Tetanurae: alargamiento del rostro y diversificación de la fosa
anteorbital
En Tetanurae,
la evolución craneal siguió trayectorias diferentes. Muchos representantes
desarrollaron rostros relativamente largos, una gran fosa anteorbital
con aberturas accesorias y una reorganización progresiva de los huesos
maxilares y nasales.
Dentro de esta
región podían aparecer la fenestra maxilar y, en algunos linajes, una
fenestra promaxilar. Estas aberturas estaban asociadas principalmente con la neumatización
del rostro, no con una simple reducción mecánica de masa.
Los dientes de los
tetanuros depredadores tendieron a ser comprimidos lateralmente y serrados,
formando verdaderas estructuras cortantes. Sin embargo, las estrategias
biomecánicas siguieron siendo diversas.
Allosaurus representa uno de los grandes terópodos del
Jurásico Superior. Su cráneo era relativamente ligero y muy fenestrado,
con grandes aberturas anteorbitales y temporales. Sobre los ojos aparecían
prominencias formadas principalmente por los lacrimales.
Los estudios
biomecánicos clásicos mediante análisis de elementos finitos mostraron
que su cráneo podía soportar cargas importantes aunque fuera considerablemente
menos robusto que el de Tyrannosaurus. La distribución de tensiones
sugiere una combinación entre mordidas y movimientos de cabeza, y dio origen a
propuestas en las que el cráneo podía utilizarse mediante movimientos
descendentes semejantes, de forma muy aproximada, al funcionamiento de una
herramienta cortante (Rayfield et al., 2001). Nature
En comparación con Tyrannosaurus,
los nasales de Allosaurus permanecían relativamente gráciles, mientras
la región frontoparietal resistía una proporción mayor de las cargas. Esta
diferencia ilustra dos soluciones mecánicas distintas para construir una cabeza
depredadora de gran tamaño (Rayfield, 2005). Wiley Online Library

Figura
10. [Allosaurus]
fue un gran terópodo del Jurásico Superior, cuyo nombre significa “lagarto
diferente”. Descrito por Othniel C. Marsh en 1877, es abundante en
la Formación Morrison. Poseía cráneo ligero y fenestrado, dientes
serrados y prominencias lacrimales. Su estrategia depredadora combinaba mordidas
rápidas, movimientos de cabeza y cuello y desgarro de tejidos.

Figura
11. [Cráneo
de Allosaurus], ligero, alargado y muy fenestrado, con amplia
fenestra anteorbital, grandes órbitas y prominencias lacrimales. Sus dientes
recurvados y serrados estaban adaptados para cortar y desgarrar tejidos. La
biomecánica sugiere una estrategia basada en mordidas rápidas, movimientos
de cabeza y cuello, penetración dental y desgarro, más que en trituración
ósea extrema.
Spinosauridae: convergencia hacia un hocico longirrostro
Los espinosáuridos
modificaron el patrón terópodo de una manera radical. En géneros como Baryonyx,
Suchomimus y Spinosaurus, el rostro se volvió extraordinariamente
largo y estrecho, mientras las narinas se desplazaron posteriormente.
La región anterior
del hocico se expandió formando una roseta terminal provista de dientes
cónicos y relativamente poco comprimidos. Esta combinación recuerda
funcionalmente a algunos crocodilianos longirrostros y constituye una
convergencia relacionada con la captura de presas acuáticas.
Sin embargo, no
debe interpretarse a los espinosáuridos como piscívoros obligados. La
evidencia directa incluye peces, pero también restos de dinosaurios y otros
vertebrados asociados con su alimentación. Los análisis biomecánicos indican
que sus rostros resistían adecuadamente la flexión dorsoventral, pero
estaban comparativamente peor adaptados frente a fuertes torsiones
mediolaterales. El tamaño corporal absoluto compensaba parcialmente esta
limitación, permitiéndoles capturar tanto peces como presas terrestres
relativamente pequeñas (Cuff & Rayfield, 2013). PLOS
En Spinosaurus
aegyptiacus, la especialización alcanzó un grado extremo. El cráneo era
largo y relativamente bajo, con una roseta premaxilar, dientes cónicos y
narinas retraídas hacia la región posterior del rostro. La combinación reduce
la semejanza con la mayoría de los otros terópodos y refuerza el vínculo
funcional con ambientes acuáticos.
La discusión
moderna sobre Spinosaurus se concentra mucho en su locomoción y grado de
adaptación acuática, pero el cráneo por sí solo ya indica una estrategia de
alimentación muy diferente de la de tiranosáuridos o abelisáuridos. No estaba
optimizado para soportar torsiones violentas producidas por presas enormes y
forcejeantes; su geometría favorecía principalmente capturas rápidas con el
extremo del hocico y cargas orientadas dorsoventralmente (Cuff &
Rayfield, 2013). PLOS

Figura
12. [Spinosaurus
aegyptiacus] fue un terópodo espinosáurido del Cretácico
Superior del norte de África, cuyo nombre significa “lagarto de espinas”.
Descrito por Ernst Stromer en 1915, perdió su holotipo durante la
Segunda Guerra Mundial. Poseía hocico alargado, dientes cónicos, narinas
retraídas y adaptaciones acuáticas, aunque su capacidad natatoria exacta
continúa siendo debatida.

Figura
13. [Cráneo
de Spinosaurus aegyptiacus], alargado y estrecho, con narinas
retraídas, roseta premaxilar y dientes cónicos adaptados para
perforar y sujetar presas. Su hocico resistía bien cargas dorsoventrales, pero
menos las torsiones intensas. Esta anatomía indica una clara especialización
hacia la captura de presas acuáticas, aunque no necesariamente una dieta
exclusivamente piscívora.
Coelurosauria antes de Maniraptora
La aparición de Coelurosauria
introdujo nuevas tendencias craneales. Muchos coelurosaurios tempranos eran
relativamente pequeños y poseían cabezas ligeras, cerebros proporcionalmente
mayores y una progresiva reorganización del rostro. Sin embargo, el grupo
produjo también gigantes, y no existe una única anatomía craneal
coelurosauriana.
En este punto debe
establecerse deliberadamente el límite del presente análisis. Maniraptora y
Avialae quedan excluidos porque allí aparecen las transformaciones
directamente relacionadas con el origen del cráneo aviano: expansión
encefálica, cambios profundos del paladar, reducción del rostro, modificaciones
del cuadrado, pérdida dental en diferentes líneas y aparición de
configuraciones de quinesis craneal que requieren tratamiento separado.
Fuera de
Maniraptora, algunos coelurosaurios experimentaron tendencias hacia la edentulia,
mientras otros transformaron completamente la biomecánica depredadora.
Ornithomimosauria, por ejemplo, produjo cráneos relativamente pequeños y
elongados que evolucionaron hacia mandíbulas desdentadas y estructuras
queratinizadas en formas derivadas.
La transformación
más espectacular dentro de los coelurosaurios depredadores ocurrió, sin
embargo, en Tyrannosauroidea.
Los primeros
tiranosauroideos distaban enormemente de la imagen de Tyrannosaurus.
Géneros tempranos como Dilong, Proceratosaurus y Yutyrannus
poseían cráneos proporcionalmente más ligeros y estrechos, algunos acompañados
por ornamentaciones craneales.
A medida que
aumentó el tamaño corporal, especialmente dentro de Tyrannosauridae, el cráneo
se hizo más ancho, profundo y robusto. Las superficies disponibles para
los músculos aductores aumentaron y los dientes adquirieron secciones
más gruesas, adecuadas para soportar elevadas cargas.
Análisis
comparativos recientes muestran que los tiranosáuridos del Cretácico Superior
desarrollaron fuerzas mandibulares relativas superiores a las de
tiranosauroideos más tempranos de tamaño comparable. Este cambio estuvo
acompañado por una transformación hacia cráneos anchos y mecánicamente
preparados para manejar fuerzas extremadamente grandes (Johnson-Ransom et al.,
2024, 2026). PubMed
El cráneo de Tyrannosaurus
rex constituye uno de los extremos biomecánicos de Theropoda. Era alto,
ancho, profundamente construido y reforzado, con grandes fenestras
delimitadas por barras óseas considerablemente robustas.
Los nasales
fusionados desempeñaban un papel particularmente importante en la
transmisión de cargas. Mientras Allosaurus y Coelophysis
concentraban mayores tensiones en otras regiones del techo craneal, el cráneo
de Tyrannosaurus transmitía importantes fuerzas de compresión y
cizallamiento a través de los nasales fusionados (Rayfield, 2005). Wiley Online Library
Los dientes eran
gruesos, profundamente implantados y relativamente resistentes a cargas que
habrían fracturado dientes más delgados. Los modelos dinámicos estiman fuerzas
de mordida posteriores del orden de 35 000–57 000 N en un solo diente,
valores excepcionalmente elevados para un vertebrado terrestre (Bates &
Falkingham, 2012). PubMed Central (PMC)
Esta potencia no
convertía el cráneo en una estructura maciza. Continuaba estando profundamente
fenestrado, pero las suturas, barras y zonas de inserción muscular trabajaban
juntas como un sistema capaz de redistribuir cargas multidireccionales.
Estudios mediante elementos finitos han mostrado que la arquitectura craneal
era capaz de soportar eficazmente las enormes fuerzas producidas durante la
alimentación (Rayfield, 2004). PubMed

Figura
14. [Tyrannosaurus
rex] fue un tiranosáurido del Cretácico Superior, de hace 68–66
millones de años. Su nombre significa “rey de los lagartos tiranos”.
Descrito por Henry Fairfield Osborn en 1905, posee un abundante registro
fósil. Fue un enorme depredador bípedo con cráneo masivo, dientes
robustos y mordida extraordinariamente poderosa, capaz también de
carroñear.

Figura
15. Cráneo
de Tyrannosaurus rex, alto, ancho y reforzado, con nasales
fusionados, grandes fenestras y poderosa musculatura mandibular. Sus
dientes gruesos, recurvados y profundamente implantados podían perforar
y fracturar huesos. Durante la ontogenia, el cráneo se hacía más
robusto, indicando cambios en alimentación y presas. Representa una
especialización extrema para mordida, trituración y resistencia mecánica.
La ontogenia
también transformaba profundamente esta cabeza. Los individuos juveniles
poseían cráneos más estrechos y gráciles, mientras que durante el crecimiento
aumentaban la anchura posterior, el volumen disponible para la musculatura y la
robustez dental. Esto implica que jóvenes y adultos podían explotar presas y
estrategias alimentarias diferentes, reduciendo potencialmente la
competencia dentro de una misma especie (Rowe & Snively, 2022;
Johnson-Ransom et al., 2024). American Association for Anatomy
Tendencias generales de la evolución craneal terópoda
Desde las
condiciones próximas a Herrerasaurus hasta los grandes coelurosaurios,
la historia craneal de Theropoda no siguió una única dirección hacia cabezas
progresivamente “más fuertes”. Distintos linajes experimentaron soluciones
independientes. Los coelofisoideos conservaron cráneos ligeros; Dilophosaurus
desarrolló ornamentación y neumatización; los abelisáuridos acortaron y
profundizaron el rostro; Allosaurus mantuvo una cabeza altamente
fenestrada; los espinosáuridos elongaron radicalmente el hocico; y los tiranosáuridos
construyeron cráneos capaces de soportar cargas excepcionales.
Otra tendencia
importante fue la creciente diversificación de la fosa anteorbital y sus
cámaras neumáticas. En muchos tetanuros aparecieron fenestras accesorias y
cavidades vinculadas con divertículos aéreos, transformando el rostro en una
estructura parcialmente neumática. Esta condición reducía masa, pero también
reorganizaba la arquitectura interna del cráneo.
La dentición
tampoco evolucionó siguiendo un único patrón. Desde dientes numerosos y
relativamente finos se pasó, según el linaje, a piezas cortas y robustas,
dientes cónicos especializados para sujetar presas acuáticas, coronas
profundamente serradas o, en ciertos coelurosaurios no maniraptores, reducción
parcial o completa de los dientes.
La región posterior
mostró igualmente transformaciones constantes en función del tamaño de los músculos
mandibulares y cervicales. Los grandes abelisáuridos reforzaron el
occipital y el cuello; los tiranosáuridos expandieron enormemente las
superficies de inserción aductora; y los espinosáuridos mantuvieron un rostro
largo cuya biomecánica se alejaba del modelo triturador.
El resultado fue
una radiación craneal extraordinaria producida sobre el mismo patrón
anatómico arcosaurio. Antes incluso de llegar a Maniraptora, Theropoda ya había
explorado desde cráneos estrechos de depredadores ligeros hasta cabezas
profundamente reforzadas, rostros piscívoros longirrostros, ornamentaciones
frontales, cuernos, crestas, sistemas neumáticos complejos y denticiones
capaces de cortar, perforar o fracturar hueso.
Referencias
Bates, K. T., &
Falkingham, P. L. (2012). Estimating maximum bite performance in Tyrannosaurus
rex using multi-body dynamics. Biology Letters, 8(4), 660–664. https://doi.org/10.1098/rsbl.2012.0056
Cerroni, M. A.,
Canale, J. I., & Novas, F. E. (2021). The skull of Carnotaurus sastrei
Bonaparte 1985 revisited: Insights from craniofacial bones, palate and lower
jaw. Historical Biology, 33(10), 2444–2485. https://doi.org/10.1080/08912963.2020.1802445
Cuff, A. R., &
Rayfield, E. J. (2013). Feeding mechanics in spinosaurid theropods and extant
crocodilians. PLoS ONE, 8(5), e65295. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0065295
Johnson-Ransom, E.,
Li, F., Xu, X., Ramos, R., Midzuk, A. J., Thon, U., Atkins-Weltman, K., &
Snively, E. (2024). Comparative cranial biomechanics reveal that Late
Cretaceous tyrannosaurids exerted relatively greater bite force than in
early-diverging tyrannosauroids. The Anatomical Record, 307(5),
1897–1917. https://doi.org/10.1002/ar.25326
Johnson-Ransom, E.,
et al. (2026). Comparative cranial biomechanics reveal macroevolutionary trends
in theropod dinosaurs, with emphasis on Tyrannosauroidea. The Anatomical
Record. https://doi.org/10.1002/ar.70126
Marsh, A. D., &
Rowe, T. B. (2020). A comprehensive anatomical and phylogenetic evaluation of Dilophosaurus
wetherilli (Dinosauria, Theropoda) with descriptions of new specimens from
the Kayenta Formation of northern Arizona. Journal of Paleontology, 94(S78),
1–103.
Mazzetta, G. V.,
Cisilino, A. P., Blanco, R. E., & Calvo, N. (2009). Cranial mechanics and
functional interpretation of the horned carnivorous dinosaur Carnotaurus
sastrei. Journal of Vertebrate Paleontology, 29(3), 822–830. https://doi.org/10.1671/039.029.0313
Rayfield, E. J.
(2004). Cranial mechanics and feeding in Tyrannosaurus rex. Proceedings
of the Royal Society B: Biological Sciences, 271(1547), 1451–1459. https://doi.org/10.1098/rspb.2004.2755
Rayfield, E. J.
(2005). Aspects of comparative cranial mechanics in the theropod dinosaurs Coelophysis,
Allosaurus and Tyrannosaurus. Zoological Journal of the
Linnean Society, 144(3), 309–316. https://doi.org/10.1111/j.1096-3642.2005.00176.x
Rayfield, E. J.,
Norman, D. B., Horner, C. C., Horner, J. R., Smith, P. M., Thomason, J. J.,
& Upchurch, P. (2001). Cranial design and function in a large theropod
dinosaur. Nature, 409, 1033–1037. https://doi.org/10.1038/35059070
Sampson, S. D.,
& Witmer, L. M. (2007). Craniofacial anatomy of Majungasaurus
crenatissimus (Theropoda: Abelisauridae) from the Late Cretaceous of
Madagascar. Journal of Vertebrate Paleontology, 27(sup2), 32–104. https://doi.org/10.1671/0272-4634(2007)27[32:CAOMCT]2.0.CO;2
Sanders, R. K.,
& Smith, D. K. (2005). The endocranium of the theropod dinosaur Ceratosaurus
studied with computed tomography. Acta Palaeontologica Polonica, 50(3),
601–616.
Sereno, P. C.,
& Novas, F. E. (1992). The complete skull and skeleton of an early
dinosaur. Science, 258(5085), 1137–1140. https://doi.org/10.1126/science.258.5085.1137
Sereno, P. C.,
& Novas, F. E. (1994). The skull and neck of the basal theropod Herrerasaurus
ischigualastensis. Journal of Vertebrate Paleontology, 13(4),
451–476. https://doi.org/10.1080/02724634.1994.10011525