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jueves, 5 de marzo de 2026
miércoles, 4 de marzo de 2026
Introducción a las ciencias naturales. Ciencia y su método
[Regresar al índice: Introducción a las ciencias naturales]
La ciencia de la
naturaleza es el conjunto organizado de conocimientos que estudia los
fenómenos del mundo natural mediante observación sistemática, experimentación
controlada y análisis racional. Se basa en una integración coherente
de métodos empíricos, razonamiento lógico y modelización
matemática, a partir de los cuales se construyen modelos explicativos
—también llamados teorías— que describen, interpretan y permiten predecir el
comportamiento de los sistemas naturales bajo condiciones determinadas.
Estos modelos no son simples descripciones, sino representaciones
conceptuales capaces de generar hipótesis comprobables y de anticipar
resultados observables. Cuando alcanzan suficiente consistencia y poder
predictivo, pueden traducirse en aplicaciones prácticas, dando lugar a
desarrollos en la tecnología humana. Sin embargo, la relación entre
ciencia y tecnología no es estrictamente lineal ni unidireccional. En algunos
momentos históricos, la tecnología ha avanzado por ensayo y error antes de
contar con una explicación científica completa; en otros, descubrimientos
teóricos han impulsado innovaciones técnicas posteriores. En términos
generales, ciencia y tecnología evolucionan de forma interdependiente y
paralela, retroalimentándose de manera continua.
Método científico clásico o escolar
En la versión escolar, acrítica y lineal
del método científico, la investigación suele presentarse como una
secuencia limpia de pasos que casi siempre “funciona” igual: primero se hace
una observación neutral de un fenómeno; luego se formula una pregunta;
después se propone una hipótesis; a continuación se diseña un experimento
para probarla controlando variables; se recogen datos; se analizan;
se extrae una conclusión; y finalmente, si los resultados se repiten, se
“acepta” la hipótesis y se convierte en una teoría, que con el tiempo
puede cristalizar en una ley. Esta narrativa es útil como introducción
porque enseña ideas clave —contrastación, replicación, control
experimental, medición—, pero transmite una imagen demasiado
ordenada de cómo opera realmente la ciencia.
Enlace
a la [Figura:
Método científico simplificado]
El primer problema es que las observaciones casi
nunca se hacen “desde la nada”. Se observan cosas porque ya existe un marco
conceptual previo: instrumentos, categorías, preguntas heredadas, y
expectativas sobre lo que cuenta como un dato relevante. Un astrónomo no “mira
el cielo” en abstracto: mira con telescopios, sensores, modelos
y software que ya incorporan supuestos teóricos; un biólogo no “ve” un
tejido sin teorías sobre células, función, evolución y patología.
Además, el observador no está libre de contexto social e intelectual:
hay tradiciones disciplinarias, prioridades de financiación, lenguajes
técnicos, debates vigentes y hasta sesgos de época que influyen en qué
preguntas se consideran importantes y qué resultados parecen “sorprendentes”.
El segundo problema es que el producto final no es una verdad
absoluta, sino un modelo con un dominio de validez, grados de
incertidumbre y posibilidad de revisión. Incluso resultados robustos suelen
venir acompañados de intervalos de confianza, supuestos, condiciones
iniciales, y márgenes instrumentales. En la práctica, la ciencia no avanza
como una escalera que sube de hipótesis a teoría y luego a ley; más bien
progresa como una red: teorías grandes generan hipótesis, hipótesis fallidas
obligan a ajustar instrumentos, métodos o supuestos, y a veces un hallazgo
accidental reorganiza el campo. Muchas áreas dependen más de observación
sistemática, modelos estadísticos, simulaciones o
“experimentos naturales” que de experimentos perfectos de laboratorio.
Un tercer problema es conceptual y se presta para
manipulación: en el lenguaje cotidiano, muchas personas usan “teoría”
como sinónimo de “suposición” o “ocurrencia”, pero en ciencia una
teoría es un marco explicativo amplio, coherente y fértil, que integra
evidencia y produce predicciones comprobables (por ejemplo, la teoría
microbiana de la enfermedad o la teoría de la evolución). Una hipótesis
es una proposición más específica y directamente testeable dentro de un
contexto dado. Esta confusión es explotada con frecuencia por actores públicos:
algunos políticos o grupos de presión presentan consensos científicos
como “solo teorías” para sembrar duda y evitar decisiones sobre problemas
ambientales, salud pública o política educativa, como si
“teoría” significara “mera opinión”. En realidad, cuando existe consenso
científico, no es porque la comunidad “crea” lo mismo por moda, sino porque
hay acumulación de evidencia, convergencia de métodos y resultados
replicados que hacen que ciertas explicaciones sean, de lejos, las más sólidas
disponibles, aunque siempre permanezcan abiertas a mejora.
Otras formas de conocimiento
La ciencia de la
naturaleza es solo una entre varias formas de conocimiento sistemático
desarrolladas por la humanidad. Existen también la filosofía, que
examina los fundamentos del pensamiento y la realidad; la literatura y la
poesía, que exploran la experiencia humana mediante el lenguaje simbólico;
la historia, que interpreta procesos sociales pasados; e incluso los saberes
tradicionales, que organizan prácticas y observaciones acumuladas
culturalmente. Cada uno de estos sistemas posee coherencia interna, métodos
propios y criterios de validación. Sin embargo, la ciencia natural se distingue
por centrarse específicamente en la explicación de los fenómenos naturales
mediante procedimientos replicables y contrastables.
Lo que hace singular a la ciencia de la naturaleza no es su
valor cultural —que comparte con otras disciplinas— sino su capacidad para
establecer un circuito de retroalimentación con la técnica y la tecnología.
Un modelo físico puede conducir al diseño de un dispositivo; ese dispositivo, a
su vez, permite realizar mediciones más precisas que corrigen o refinan el
modelo original. Así ocurrió con la teoría electromagnética de James Clerk
Maxwell, que hizo posible el desarrollo de la radio y las telecomunicaciones
modernas; o con la teoría microbiana de la enfermedad, que transformó la
medicina al permitir la creación de vacunas, antibióticos y protocolos de
higiene hospitalaria. En estos casos, la comprensión teórica del mundo natural
se tradujo en intervenciones técnicas que modificaron de manera tangible las
condiciones de vida.
Enlace
a la [Figura:
James Clerk Maxwell]
Este poder transformador ha generado críticas y tensiones. A
veces se acusa a la ciencia natural de arrogancia intelectual o de
promover una visión reduccionista conocida como cientificismo, es decir,
la idea de que solo el conocimiento científico sería legítimo. No obstante,
desde un análisis epistemológico riguroso, la ciencia de la naturaleza no
invalida otras formas de saber; simplemente opera con criterios específicos
cuando el objetivo es intervenir materialmente en el entorno. Si se
desea construir un puente, desarrollar una vacuna o diseñar un satélite, es
necesario recurrir a modelos físico-matemáticos verificables,
independientemente de las reflexiones filosóficas o literarias que puedan
acompañar esas empresas.
Es importante notar que, cuando definimos la ciencia de la
naturaleza, rara vez empleamos la palabra “verdad” en sentido absoluto.
La ciencia no afirma verdades eternas e inmutables, sino que construye modelos
provisionales, siempre abiertos a revisión frente a nueva evidencia. La
mecánica newtoniana describió con gran precisión el movimiento durante siglos,
pero fue reformulada en ciertos dominios por la relatividad y la mecánica
cuántica. Esto no significa que Newton estuviera “equivocado” en términos absolutos,
sino que su modelo era válido dentro de ciertos límites de escala y velocidad.
La ciencia progresa sustituyendo o refinando explicaciones anteriores mediante
evidencia empírica.
En contraste, las ciencias formales, como la
matemática y la lógica, sí trabajan con nociones de verdad necesarias dentro de
sistemas axiomáticos. Cuando se demuestra un teorema en geometría euclidiana,
su validez se mantiene mientras se acepten los axiomas de partida. En cambio,
una teoría biológica o física depende siempre de observaciones del mundo
empírico y puede ser revisada si aparecen datos contradictorios. Esta
diferencia subraya que no todas las “ciencias” operan bajo los mismos criterios
de validación, aunque todas compartan un carácter sistemático.
Enlace
a la [Figura:
Tecnociencia]
Reconocer estas distinciones permite ubicar a la ciencia de
la naturaleza en su justo lugar: no como la única forma valiosa de
conocimiento, pero sí como la única que ha demostrado de manera consistente una
capacidad predictiva y tecnológica sobre el mundo material. La
literatura puede transformar la sensibilidad, la filosofía puede transformar la
comprensión conceptual, y la ética puede orientar nuestras decisiones; pero
cuando se trata de modificar las condiciones físicas del entorno —desde
erradicar enfermedades hasta enviar sondas a Marte— la ciencia natural y su
diálogo permanente con la tecnología han mostrado una eficacia singular.
Las ciencias formales
Además de las ciencias
de la naturaleza, suelen distinguirse las ciencias formales y las ciencias
humanas o sociales, cada una con objeto, método y criterios de validación
propios. Esta clasificación no implica jerarquías de valor, sino diferencias en
el tipo de preguntas que formulan y en el modo en que justifican sus
afirmaciones. Mientras unas se ocupan de estructuras abstractas, otras analizan
fenómenos físicos, y otras estudian acciones, significados e instituciones
humanas.
Las ciencias formales, como la matemática y la
lógica, no estudian directamente el mundo empírico, sino sistemas de
relaciones abstractas definidos por axiomas y reglas de inferencia. Su
rasgo distintivo es que operan dentro de marcos deductivos: a partir de axiomas
explícitos, considerados puntos de partida, se derivan teoremas mediante demostraciones
lógicas rigurosas. Si los axiomas se aceptan, las conclusiones son
necesarias dentro de ese sistema.
Un axioma es una proposición básica que se acepta
como punto de partida dentro de un sistema formal, no porque sea una “verdad
absoluta” demostrada, sino porque cumple la función de fundamento lógico desde
el cual se derivan otras proposiciones. El concepto fue sistematizado en la
tradición griega, especialmente en los Elementos de Euclides,
donde ciertos postulados —como “por dos puntos pasa una única recta”— se
adoptan sin demostración para construir toda la geometría euclidiana. Más
tarde, el desarrollo de la lógica formal y de los sistemas axiomáticos
en los siglos XIX y XX (por ejemplo, en la obra de David Hilbert) reforzó la
idea de que un axioma es una regla inicial elegida dentro de un marco teórico
específico. No es sinónimo de “verdad” en sentido absoluto porque su validez
depende del sistema en el que se inserta: si se modifican los axiomas, como
ocurre en las geometrías no euclidianas, se obtienen resultados distintos pero
igualmente coherentes. Así, un axioma no es una verdad empírica comprobada,
sino un supuesto estructural que permite organizar y deducir un conjunto
consistente de teoremas.
Enlace
a la [Figura:
Euclides de alejandría]
Por ejemplo, en la geometría euclidiana, el teorema
de Pitágoras se deduce de postulados básicos; en el álgebra simbólica
desarrollada por François Viète, la formalización del lenguaje algebraico
permitió demostrar identidades y resolver ecuaciones de manera general. Del
mismo modo, en la lógica proposicional, si se parte de premisas
verdaderas y se aplican reglas válidas de inferencia, la conclusión es
necesariamente válida dentro del sistema. Estas verdades son inmutables en
tanto se mantengan los axiomas y las reglas adoptadas.
Las ciencias formales, por tanto, producen verdades
necesarias y universales dentro de un marco definido, pero no requieren
contrastación empírica directa. Un teorema matemático no se verifica midiendo
el mundo físico, sino examinando la coherencia interna del razonamiento.
Incluso cuando la matemática se aplica a la física —como en las ecuaciones
diferenciales que describen el movimiento— la validez matemática de esas
ecuaciones es independiente de si el modelo físico resulta correcto o no. La
demostración aquí es un proceso puramente lógico, expresado en un lenguaje
formal cuidadosamente estructurado.
Enlace
a la [Figura: Francois Viete]
En contraste, las ciencias de la naturaleza trabajan
con categorías distintas: modelos, hipótesis, teorías y leyes.
Aunque pueden emplear herramientas matemáticas sofisticadas, su validez no
depende solo de la coherencia lógica, sino de su correspondencia con la
realidad empírica. Una hipótesis inicial —por ejemplo, que una determinada
bacteria causa una enfermedad— debe ser contrastada mediante experimentos
controlados y observaciones repetibles. La ley de gravitación universal de
Newton, aunque expresada matemáticamente, fue aceptada porque explicaba con
precisión los movimientos planetarios observados por astrónomos como Kepler.
Más tarde, la teoría de la relatividad de Einstein refinó ese modelo al
explicar desviaciones observadas en órbitas y en la curvatura de la luz. Aquí,
la validez depende de la confrontación sistemática con el mundo natural.
Finalmente, las ciencias humanas y sociales —como la
historia, la sociología, la economía o la antropología— se sitúan en un punto
intermedio en cuanto a métodos. También emplean análisis sistemático y, en
muchos casos, técnicas cuantitativas; pero su objeto de estudio son acciones,
instituciones y significados humanos, que no siempre pueden aislarse
experimentalmente como en física o química. Un economista puede construir un
modelo matemático del mercado, pero su validez dependerá de datos históricos y
del comportamiento real de los agentes. Un historiador, por su parte, no
demuestra teoremas, sino que argumenta interpretaciones basadas en fuentes
documentales. Así, cada tipo de ciencia se define no solo por su rigor, sino
por el tipo de realidad que intenta comprender y por los criterios mediante los
cuales valida sus conclusiones.
Las ciencias sociales
Otro gran grupo de
disciplinas lo constituyen las ciencias sociales, cuyo objeto de estudio
es el comportamiento humano en sociedad, incluyendo las instituciones,
las normas, las decisiones colectivas y las dinámicas culturales. A diferencia
de las ciencias de la naturaleza, que estudian fenómenos físicos o
biológicos gobernados por leyes relativamente estables, las ciencias sociales
deben analizar sistemas donde intervienen decisiones humanas, tradiciones,
intereses, emociones e interpretaciones culturales, factores que introducen
un alto grado de variabilidad e imprevisibilidad. Disciplinas como la sociología,
la ciencia política, la antropología o la historia intentan
identificar patrones dentro de esa complejidad, reconociendo que las sociedades
cambian constantemente y que los mismos fenómenos pueden manifestarse de formas
distintas según el contexto histórico o cultural.
El estudio del comportamiento humano también se diferencia
del análisis del comportamiento animal, que se aborda principalmente
desde la etología, una rama de la biología. La etología examina
conductas como el cortejo, la territorialidad o las jerarquías sociales en
especies como lobos (Canis lupus), abejas (Apis
mellifera) o chimpancés (Pan troglodytes),
buscando explicaciones evolutivas y fisiológicas. Aunque los humanos también
somos una especie biológica, nuestro comportamiento está profundamente influido
por lenguaje simbólico, instituciones sociales, educación, religión y
sistemas económicos, lo que genera patrones mucho más complejos. Por
ejemplo, fenómenos como los mercados financieros, las elecciones
políticas o las revoluciones sociales no pueden explicarse
únicamente mediante instintos biológicos, sino que dependen de redes de
significados y decisiones colectivas.
Algunas ciencias sociales combinan herramientas provenientes
de las ciencias formales y de las ciencias naturales. Un ejemplo
claro es la economía, que utiliza modelos matemáticos y métodos
estadísticos para analizar fenómenos como la inflación, el crecimiento
económico o el comercio internacional. Modelos como la oferta y la demanda,
el equilibrio de mercado o las teorías de juegos permiten
describir ciertos comportamientos colectivos, como la fijación de precios o las
estrategias competitivas entre empresas. Sin embargo, estos modelos deben
aplicarse con cautela porque dependen de supuestos simplificadores acerca del
comportamiento humano, que no siempre se cumplen en la realidad.
Las ciencias sociales también trabajan con modelos
teóricos, pero su grado de consenso suele ser menor que en muchas
áreas de las ciencias naturales. En ocasiones, distintas escuelas interpretan
los mismos fenómenos de maneras muy diferentes, lo que lleva a debates intensos
e incluso a que algunas teorías sean calificadas como ideologías por sus
críticos. Además, diseñar experimentos controlados en contextos sociales
es mucho más difícil que en un laboratorio físico o químico, ya que no es
posible manipular sociedades completas bajo condiciones estrictamente
controladas. Por ello, los investigadores suelen recurrir a estudios
estadísticos, análisis históricos, encuestas, experimentos de comportamiento y
comparaciones entre sociedades, intentando construir explicaciones
plausibles para fenómenos complejos como la desigualdad económica, la
cooperación social o la formación de instituciones políticas.
Dogmas de fe y tradiciones
Un dogma de fe
es una afirmación considerada verdadera por autoridad religiosa o tradición
espiritual, y cuya validez no depende de la demostración empírica ni del
razonamiento lógico formal. A diferencia de un axioma, que en las ciencias
formales se adopta como punto de partida lógico dentro de un sistema de
demostraciones, el dogma se sostiene principalmente por convicción
colectiva, tradición y experiencia emocional. Los axiomas —como los
propuestos por Euclides en Alejandría alrededor del 300 a. C. para
fundamentar la geometría— son proposiciones abstractas que permiten construir
sistemas lógicos coherentes, pero rara vez despiertan emociones profundas.
Nadie organiza comunidades, rituales o identidades culturales alrededor de un
principio como la conservación de la masa. En cambio, los dogmas
religiosos sí movilizan emociones intensas, pues se viven a través de la identidad
cultural, la pertenencia social y la experiencia espiritual, como ocurrió
con la formulación de doctrinas centrales del cristianismo durante el Concilio
de Nicea en el año 325 d. C.
Enlace
a la [Figura:
Isaac Newton]
Las ciencias de la naturaleza rechazan el dogma como
método de conocimiento, pero no están completamente libres de la influencia
de las tradiciones intelectuales. Una tradición científica consiste
en un conjunto de teorías, métodos o interpretaciones que se mantienen porque
han demostrado ser útiles para explicar fenómenos, aunque no se
consideren verdades absolutas. Por ejemplo, durante gran parte del siglo XVII y
XVIII la mecánica newtoniana, desarrollada por Isaac Newton en
Inglaterra en 1687, se convirtió en la tradición dominante para explicar el
movimiento de los cuerpos. Incluso cuando aparecieron anomalías en
fenómenos astronómicos o en la propagación de la luz, los científicos
continuaron trabajando dentro de ese marco porque era extraordinariamente
eficaz para describir la mayoría de los sistemas físicos conocidos.
En ocasiones, algunos científicos individuales pueden aferrarse
emocionalmente a una tradición teórica, acercándose peligrosamente a una
actitud similar al dogma. Un caso famoso ocurrió a finales del siglo XIX con el
debate sobre la existencia de los átomos. El químico y físico alemán Wilhelm
Ostwald, trabajando en Leipzig hacia 1895, defendía una postura
llamada energetismo, según la cual la materia no debía interpretarse
como compuesta por partículas discretas, sino como manifestaciones de energía
continua. Esta posición lo llevó a rechazar la teoría atomista defendida
por científicos como Ludwig Boltzmann, quien utilizaba modelos
estadísticos de partículas para explicar fenómenos termodinámicos. Las críticas
intensas hacia sus ideas contribuyeron a la profunda depresión de Boltzmann,
que finalmente se suicidó en Duino, Italia, en 1906.
Sin embargo, lo importante desde la perspectiva histórica es que la comunidad científica en su conjunto rara vez adopta una postura dogmática unificada por mucho tiempo. Durante décadas coexistieron distintas interpretaciones sobre la naturaleza de la materia, lo que generó debates, publicaciones y experimentos que enriquecieron el desarrollo de la física. Finalmente, evidencias experimentales como el movimiento browniano explicado por Albert Einstein en 1905 y confirmado experimentalmente por Jean Perrin en París en 1908 proporcionaron pruebas sólidas de la existencia de los átomos. Este proceso muestra cómo la ciencia progresa no eliminando de inmediato las discrepancias, sino permitiendo que múltiples ideas compitan hasta que la evidencia empírica favorece una explicación más robusta.
La ciencia de la naturaleza es naturalista
Otro rasgo fundamental que distingue a las ciencias de la
naturaleza es su carácter naturalista. Esto significa que no solo
describen y ordenan los fenómenos del mundo natural, sino que además explican
esos fenómenos utilizando causas que pertenecen al propio orden natural,
sin recurrir a agentes sobrenaturales. Cuando un físico estudia el movimiento
de los planetas, un biólogo analiza la evolución de una especie o un químico
investiga una reacción molecular, las explicaciones se construyen a partir de propiedades
observables, leyes físicas, procesos biológicos o interacciones químicas.
Esta forma de investigar se consolidó progresivamente desde la revolución
científica de los siglos XVI y XVII, cuando pensadores como Galileo Galilei
en Italia (1610) o Isaac Newton en Inglaterra (1687) comenzaron a
explicar fenómenos naturales mediante principios matemáticos y
experimentales, en lugar de atribuirlos a causas divinas directas.
Como se mencionó anteriormente, el naturalismo suele
distinguirse en dos sentidos. El naturalismo ontológico sostiene que la
naturaleza constituye la realidad fundamental del universo, es decir, que
todo lo que existe pertenece de algún modo al mundo natural. En cambio, el naturalismo
metodológico es una postura más limitada y práctica: establece que el método
científico debe buscar explicaciones basadas en procesos naturales,
independientemente de las creencias filosóficas o religiosas personales de los
investigadores. En otras palabras, incluso científicos creyentes pueden
practicar ciencia si sus hipótesis se formulan y se ponen a prueba mediante observaciones,
experimentos y modelos naturales.
Enlace a la [Figura: Albert Einstein]
Las ciencias de la naturaleza son, en la práctica,
una aplicación sistemática del naturalismo metodológico. Por ejemplo,
cuando Charles Darwin publicó en Londres en 1859 su teoría de la evolución
por selección natural, explicó la diversidad biológica mediante procesos
naturales como la variación heredable y la competencia por recursos, sin
recurrir a intervenciones sobrenaturales. De manera similar, cuando Louis
Pasteur demostró en Francia en 1861 que los microorganismos causan enfermedades,
reemplazó antiguas ideas sobre la generación espontánea por explicaciones
basadas en organismos observables. Otro ejemplo moderno es el estudio del cambio
climático, donde climatólogos utilizan mediciones atmosféricas, modelos
físicos y registros geológicos para explicar el aumento de la temperatura
global mediante procesos naturales y actividades humanas.
Enlace
a la [Figura.
Charles Darwin]
En contraste, existen posturas que rechazan el
naturalismo metodológico y proponen explicaciones que no pueden ser
evaluadas mediante métodos científicos. Entre los ejemplos más conocidos se
encuentran el creacionismo literalista, que interpreta ciertos textos
religiosos como descripciones científicas del origen del mundo; el terraplanismo,
que niega la evidencia astronómica acumulada desde la antigüedad; o campañas de
desinformación promovidas durante décadas por algunos sectores de la industria
tabacalera, que intentaron desacreditar la relación entre tabaco y
cáncer demostrada desde los años 1950. Estos movimientos suelen compartir
ciertos rasgos: el uso selectivo de datos científicos fragmentarios, la
promoción de expertos marginales financiados por grupos de presión, y la
generación deliberada de dudas sobre consensos científicos bien establecidos en
la población general no experta. Frente a estas estrategias, la ciencia se
apoya en la revisión por pares, la replicación de resultados y el debate
abierto, mecanismos que permiten separar gradualmente las explicaciones más
sólidas de aquellas que no resisten la evidencia.
Ramas
Las ciencias de la
naturaleza no siempre existieron como disciplinas separadas como hoy las
conocemos. Durante gran parte de la historia, todos los estudios sobre el mundo
físico y los seres vivos formaban parte de una sola tradición intelectual
llamada filosofía natural. Este campo intentaba comprender el
funcionamiento de la naturaleza mediante la observación, el razonamiento y la
reflexión filosófica. Sus orígenes suelen situarse en la Grecia antigua del
siglo VI a. C., particularmente con pensadores como Tales de Mileto
(aprox. 624–548 a. C.), quien propuso que los fenómenos del mundo podían
explicarse mediante principios naturales en lugar de recurrir a relatos
mitológicos sobre la intervención directa de los dioses. Tales buscaba un arjé,
o principio fundamental de la naturaleza, que identificó con el agua,
inaugurando así una tradición de pensamiento que intentaba explicar el
universo mediante causas naturales.
Enlace
a la [Figura.
Tales de Mileto]
Durante la Antigüedad clásica, la filosofía natural
fue desarrollada por autores como Aristóteles (384–322 a. C.), quien
estudió desde la física del movimiento hasta la clasificación de los animales y
plantas. En su obra se mezclaban lo que hoy llamaríamos biología, física,
meteorología y cosmología. A lo largo de la Edad Media y el Renacimiento,
este conjunto de saberes continuó evolucionando, y gradualmente comenzó a
organizarse en diferentes áreas. Una de estas ramas fue la historia natural,
que se concentraba en la descripción y clasificación de los organismos,
minerales y fenómenos geológicos. Naturalistas como Carl Linnaeus en Suecia
(1707–1778), creador del sistema moderno de clasificación biológica en Systema
Naturae (1735), representan este esfuerzo por ordenar la diversidad de la
naturaleza.
Mientras tanto, otras áreas de la filosofía natural
comenzaron a enfocarse cada vez más en fenómenos físicos y matemáticos. Este
proceso dio lugar al surgimiento de la física moderna, que fue una de
las primeras ciencias en consolidarse como disciplina independiente. Durante el
siglo XVII, científicos como Robert Hooke en Inglaterra (1635–1703)
estudiaron fenómenos como la elasticidad y la estructura microscópica de los
materiales, mientras que Isaac Newton publicó en 1687 su obra Philosophiæ
Naturalis Principia Mathematica, donde formuló las leyes del movimiento
y la gravitación universal. Con este trabajo, la filosofía natural comenzó
a transformarse en una ciencia cuantitativa basada en matemáticas,
experimentación y leyes universales.
La química también se desarrolló a partir de la
separación progresiva entre la alquimia y el estudio científico de las
sustancias. La alquimia había surgido principalmente de prácticas artesanales
de metalurgistas, boticarios y tintoreros, quienes buscaban transformar
materiales y producir compuestos útiles. Sin embargo, en el siglo XVII,
el químico irlandés Robert Boyle publicó The Sceptical Chymist
(1661), obra que criticaba las explicaciones tradicionales, y proponía estudiar
la materia mediante experimentos sistemáticos. Finalmente, la biología
moderna emergió en el siglo XIX cuando naturalistas como Charles
Darwin y Alfred Russel Wallace propusieron la teoría de la
evolución por selección natural, presentada en 1859 en El origen de las
especies. Esta teoría ofreció una explicación natural para la diversidad de
los organismos, separando definitivamente el estudio científico de la vida de
interpretaciones teológicas tradicionales.
Enlace
a la [Figura.
Aristóteles de Estagira]
Los métodos científicos
Existen muchas versiones
simplificadas del método científico, pero en la práctica real de la
investigación el proceso suele ser más dinámico y circular de lo que sugieren
los esquemas escolares. En general, la investigación comienza con una teoría
o modelo general ya establecido que explica un conjunto amplio de fenómenos
naturales. Sin embargo, incluso las teorías más exitosas presentan problemas
abiertos, inconsistencias parciales o preguntas aún no resueltas. Estos
problemas se traducen en predicciones concretas que pueden ponerse a
prueba. Cuando una predicción se formula de manera clara y comprobable recibe
el nombre de hipótesis. Por ejemplo, la teoría de la gravitación de
Newton (1687) predecía con gran precisión el movimiento de los planetas,
pero pequeñas anomalías en la órbita de Mercurio generaron hipótesis
adicionales que finalmente solo pudieron explicarse completamente con la relatividad
general de Einstein en 1915.
Un mismo modelo teórico puede generar varias hipótesis en
competencia. En muchas disciplinas, especialmente en estadística y ciencias
experimentales, se distinguen dos tipos principales: la hipótesis nula y
la hipótesis alternativa. La hipótesis nula suele representar la
explicación más conservadora o el supuesto de que no existe efecto o
relación significativa, mientras que la alternativa propone que sí existe
tal efecto. Por ejemplo, en medicina, al evaluar un nuevo medicamento contra
una enfermedad, la hipótesis nula podría afirmar que el fármaco no tiene
efecto sobre los pacientes, mientras que la alternativa sostiene que sí
mejora la condición clínica. La investigación se diseña de modo que los
datos permitan rechazar o no rechazar la hipótesis nula, como ocurre en
numerosos ensayos clínicos modernos.
Las hipótesis deben ponerse a prueba mediante contrastación
empírica, es decir, comparando sus predicciones con lo que ocurre realmente
en la naturaleza. Esta contrastación puede adoptar diversas formas. En algunos
casos se realiza mediante observaciones sistemáticas, como en la astronomía,
donde telescopios terrestres o espaciales registran fenómenos que no pueden
reproducirse en laboratorio, como las supernovas o los agujeros negros.
En otros casos se utilizan experimentos controlados, típicos de la
química o la biología molecular, como los experimentos que permitieron
descubrir la estructura del ADN por Watson y Crick en 1953, basados en
datos de difracción de rayos X. Actualmente también se utilizan métodos
adicionales como modelos matemáticos complejos, simulaciones en supercomputadoras
o incluso técnicas de inteligencia artificial, por ejemplo en el estudio
del clima global o en la predicción de estructuras de proteínas.
Los resultados de estas contrastaciones pueden producir
distintos tipos de conocimiento científico. Las formulaciones más simples
suelen denominarse leyes científicas, que describen relaciones regulares
entre variables medibles, como la ley de Boyle (1662) que relaciona
presión y volumen de un gas. Sin embargo, la ciencia no se limita a leyes
aisladas. Con frecuencia, varias leyes se integran dentro de modelos más
complejos o dentro de teorías científicas, que son marcos
conceptuales amplios que incluyen principios generales, conceptos unificadores
y numerosos problemas abiertos. Un ejemplo es la teoría de la evolución,
que integra múltiples leyes y observaciones sobre genética, ecología y
paleontología. Las teorías no representan el final del conocimiento, sino más
bien plataformas para generar nuevas preguntas, permitiendo formular
nuevas hipótesis y reiniciar continuamente el ciclo de investigación
científica.
Enlace
a la [Figura:
Robert Boyle]
Crisis científicas y nuevos paradigmas
En la práctica
histórica, el desarrollo de las ciencias de la naturaleza no ocurre como
una acumulación lineal de descubrimientos, sino mediante períodos de
estabilidad interrumpidos por cambios profundos en la forma de interpretar la
naturaleza. El historiador y filósofo de la ciencia Thomas Kuhn, en su
obra The Structure of Scientific Revolutions (1962), describió este
proceso mediante el concepto de paradigma. Un paradigma es un marco
teórico dominante que orienta la investigación durante lo que Kuhn llamó ciencia
normal, una etapa en la que los científicos resuelven problemas dentro de
un conjunto compartido de conceptos y métodos. Sin embargo, cuando comienzan a
acumularse anomalías, es decir, fenómenos que el paradigma no logra
explicar adecuadamente, puede producirse una crisis científica que
eventualmente conduce a una revolución científica. Un ejemplo clásico es
el paso del modelo geocéntrico de Ptolomeo (siglo II) al modelo
heliocéntrico propuesto por Copérnico en 1543 y desarrollado posteriormente por
Kepler y Galileo, transformación que modificó profundamente la forma de
entender el sistema solar.
Otro filósofo de la ciencia, Imre Lakatos, propuso
una interpretación más gradual del cambio científico mediante la idea de programas
de investigación. Según Lakatos, una teoría científica no debe evaluarse de
manera aislada, sino como parte de un programa teórico que incluye un
núcleo conceptual relativamente estable y una serie de hipótesis auxiliares que
pueden modificarse con el tiempo. Un programa es progresivo cuando
genera nuevas predicciones confirmadas empíricamente, mientras que se considera
degenerativo cuando solo introduce modificaciones ad hoc para
explicar anomalías sin producir descubrimientos nuevos. Un ejemplo de programa
progresivo fue la mecánica newtoniana, que durante los siglos XVII y
XVIII permitió explicar desde la caída de los cuerpos hasta el movimiento de
los planetas y la trayectoria de los cometas. Con el tiempo, sin embargo,
ciertas anomalías —como la precesión del perihelio de Mercurio— condujeron a la
aparición de un nuevo marco teórico: la relatividad general de Einstein en
1915, que amplió el programa anterior.
Algunos objetos de conocimiento científico trascienden una
teoría particular y pueden entenderse como metateorías, es decir,
conceptos que se mantienen como problema central a lo largo de varias
transformaciones teóricas. Un ejemplo notable es el átomo. La idea de
que la materia está formada por unidades discretas aparece ya en el atomismo
de Demócrito en el siglo V a. C., pero fue reinterpretada muchas veces. En
el siglo XIX, John Dalton propuso un modelo químico de átomos
indivisibles (1808), que luego fue transformado por el descubrimiento de
partículas subatómicas como el electrón por J. J. Thomson en 1897, el modelo
nuclear de Rutherford en 1911, el modelo cuántico de Bohr en 1913 y
finalmente la mecánica cuántica desarrollada entre 1925 y 1930. En cada
etapa hubo crisis conceptuales y nuevas formulaciones, pero el objeto de
estudio —la estructura de la materia— permaneció como un eje continuo de
investigación.
Algo similar ocurre con el concepto de evolución
biológica, que también puede entenderse como una metateoría. La formulación
original de Charles Darwin y Alfred Russel Wallace en 1859 explicaba la
evolución mediante selección natural, pero carecía de un mecanismo claro
de herencia. A comienzos del siglo XX, el redescubrimiento de las leyes de Gregor
Mendel (1900) permitió consolidar la llamada síntesis moderna de la
evolución entre las décadas de 1930 y 1940, con científicos como Theodosius
Dobzhansky, Ernst Mayr y Julian Huxley. Más recientemente, nuevas áreas
como la biología del desarrollo evolutivo (evo-devo) y la epigenética
han ampliado el marco explicativo, mostrando que incluso teorías muy
consolidadas continúan evolucionando.
En este sentido, las metateorías científicas
comparten un rasgo fundamental: todas se fundamentan en el naturalismo
metodológico, es decir, en la búsqueda de explicaciones basadas en procesos
naturales observables. Sin embargo, dentro de ese marco general pueden
coexistir programas de investigación distintos e incluso antagonistas,
que compiten por explicar mejor los fenómenos. Las transiciones entre estos
programas suelen implicar crisis conceptuales, debates intensos y
reinterpretaciones profundas de los datos existentes.
Dado que las nuevas
teorías que surgen dentro de una metateoría siguen siendo naturalistas
por definición, para el público general la ciencia puede resultar
desconcertante. A veces parece un conocimiento que nunca cambia, porque
los grandes conceptos —como el átomo, la evolución o la gravedad— permanecen
durante siglos; pero otras veces parece que nunca hay acuerdo, porque
los científicos discuten constantemente, hablan de crisis teóricas, revisiones
conceptuales o cambios de modelo, y utilizan expresiones prudentes como es
plausible, la evidencia sugiere o los datos indican. Para
muchas personas esto puede dar la impresión contradictoria de que nada
cambia y al mismo tiempo nada es completamente confiable.
En realidad, esos debates forman parte del funcionamiento
normal de la investigación científica. Los periodistas suelen amplificar
palabras como crisis, revolución o reescritura de la teoría,
porque resultan dramáticas y noticiosas. Sin embargo, incluso cuando ocurren
cambios profundos, estos se desarrollan dentro del mismo marco naturalista:
las explicaciones siguen basándose en causas naturales, evidencia empírica y
modelos contrastables. Por ejemplo, aunque las teorías sobre la evolución
hayan cambiado desde Darwin hasta la síntesis moderna y las
discusiones actuales sobre evo-devo o epigenética, todas siguen siendo
teorías naturalistas sobre cómo cambian las poblaciones biológicas a lo largo
del tiempo.
Esto significa que incluso si una teoría concreta colapsara
o fuese reemplazada, lo que surgiría en su lugar sería otra teoría
igualmente naturalista, probablemente más precisa o más amplia, pero aún
dentro del mismo tipo de explicación científica. En ese sentido, el concepto
central —como la evolución biológica— suele permanecer, aunque sus
mecanismos o modelos cambien. Desde fuera, algunos observadores esperan que una
crisis científica termine sustituyendo las explicaciones naturales por explicaciones
sobrenaturales o religiosas, pero eso no ocurre porque hacerlo implicaría abandonar
el principio fundamental del naturalismo metodológico, que es precisamente
lo que define a las ciencias de la naturaleza.
Por ello, lo que desde el exterior puede parecer una ciencia
permanentemente inestable o contradictoria, para los investigadores es
simplemente la actividad normal del conocimiento científico. Los
desacuerdos, las revisiones y las discusiones forman parte del proceso mediante
el cual las teorías se refinan y se vuelven más precisas. En términos menos
solemnes, lo que para el público parece una gran crisis intelectual, para
muchos científicos suele ser simplemente otro jueves por la mañana
discutiendo modelos con una taza de café en la mano.
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Figura. Charles Darwin
El acontecimiento decisivo en su vida científica fue su participación como naturalista en el viaje del HMS Beagle entre 1831 y 1836. Durante esta expedición alrededor del mundo, Darwin observó una gran diversidad de organismos, formaciones geológicas y fósiles. Sus estudios en lugares como Sudamérica y las islas Galápagos le llevaron a cuestionar la idea de que las especies fueran inmutables. Comparando animales de distintas regiones, comenzó a considerar que las especies podían cambiar gradualmente a lo largo del tiempo. Estas observaciones, junto con la lectura de obras como el ensayo de Thomas Malthus sobre la población, contribuyeron al desarrollo de su teoría de la selección natural.
En 1859 Darwin publicó su obra más influyente, El origen de las especies, donde propuso que la diversidad de la vida puede explicarse por la evolución a través de la descendencia con modificación y la acción de la selección natural. Según esta idea, las variaciones hereditarias que favorecen la supervivencia y reproducción tienden a preservarse en las poblaciones. Su teoría revolucionó la biología al ofrecer una explicación naturalista del origen de las especies. Darwin continuó investigando temas como la variación, la domesticación y la evolución humana hasta su muerte en 1882. Fue enterrado en la Abadía de Westminster, reconocimiento a su enorme impacto científico.
Figura. Euclides de Alejandría
Su obra más célebre es Elementos, un tratado monumental compuesto por trece libros que organizan la geometría y parte de la teoría de números mediante un método axiomático. En este sistema, Euclides parte de definiciones, postulados y nociones comunes, a partir de los cuales deduce proposiciones mediante demostraciones rigurosas. Este enfoque estableció un modelo de razonamiento lógico que influyó profundamente en la matemática, la filosofía y la ciencia durante más de dos mil años. En los Elementos aparecen resultados fundamentales como el teorema de Pitágoras, la teoría de proporciones y los fundamentos de la geometría plana y sólida.
Además de los Elementos, a Euclides se le atribuyen otros tratados como Óptica, donde estudió la propagación rectilínea de la luz y la perspectiva visual, y Datos, que analiza propiedades geométricas deducibles a partir de condiciones iniciales. La tradición también conserva una anécdota famosa: cuando el rey Ptolomeo preguntó si existía un camino más corto para aprender geometría, Euclides respondió que “no hay camino real hacia la geometría”. Esta frase resume su visión del conocimiento matemático como una disciplina basada en la demostración rigurosa y el razonamiento sistemático, legado que definió la estructura de las matemáticas durante siglos.
Figura. Tecnociencia
En este sentido, la tecnología no solo aplica conocimiento
científico: también genera problemas, instrumentos y contextos
experimentales que alimentan el progreso de la ciencia. Los ingenieros que
optimizaban calderas, pistones y sistemas de presión produjeron datos empíricos
que obligaron a los científicos a desarrollar teorías más precisas sobre el
comportamiento del calor. A su vez, esas teorías permitieron diseñar máquinas
más eficientes. Este ciclo continuo de retroalimentación muestra que ingeniería
aplicada y ciencia teórica evolucionan juntas. Los avances en
instrumentación, materiales y métodos experimentales amplían las capacidades de
observación y medición, permitiendo a la ciencia explorar fenómenos que antes
eran inaccesibles.
Por esta razón puede afirmarse que ingeniería y ciencia
son como un par de siameses: comparten funciones vitales y no pueden
separarse sin comprometer su desarrollo. La ciencia proporciona modelos
explicativos, principios y marcos conceptuales, mientras que la tecnología
aporta herramientas, dispositivos y soluciones prácticas que hacen
posible poner a prueba esos modelos. En la tecnociencia moderna —desde la
biotecnología hasta la exploración espacial— teoría e implementación se
desarrollan simultáneamente. Separarlas artificialmente, ya sea en la práctica
o en la reflexión conceptual, oculta su verdadera naturaleza: un sistema
integrado de producción de conocimiento y transformación del mundo material.
Figura. Método científico simplificado
La figura representa un modelo simplificado del método
científico, organizado como una secuencia de pasos que permiten transformar
una pregunta inicial en conocimiento sistemático. El proceso comienza
con hacer una pregunta, generalmente surgida de la observación de un
fenómeno natural o de una duda sobre cómo funciona algún sistema. A
continuación se realiza una investigación de fondo, que consiste en
revisar información previa, literatura científica o antecedentes
experimentales. Este paso es importante porque permite comprender qué se sabe
ya sobre el tema y evitar repetir estudios innecesarios. Con esa información se
puede construir una hipótesis, es decir, una explicación tentativa que
intenta responder la pregunta inicial.
Una vez formulada la hipótesis, el siguiente paso consiste
en ponerla a prueba mediante experimentos. Estos experimentos deben
diseñarse de manera controlada para evaluar si las predicciones derivadas de la
hipótesis se cumplen o no. Los datos obtenidos durante la experimentación se
someten posteriormente a un análisis de resultados, donde se comparan
las observaciones con lo que la hipótesis anticipaba. Este análisis conduce a
una conclusión provisional. La figura muestra dos posibles caminos: que
los resultados apoyen la hipótesis o que indiquen que es falsa o
parcialmente incorrecta.
El diagrama también destaca que el método científico no
es completamente lineal, sino iterativo. Si la hipótesis resulta
falsa o insuficiente, el investigador puede replantear la idea, modificar la
hipótesis o diseñar nuevos experimentos, lo que se representa en la figura
como “volver a pensar e intentarlo de nuevo”. Incluso cuando los resultados
apoyan la hipótesis, el proceso no termina ahí. El último paso es comunicar
los resultados mediante un informe, lo que permite que otros científicos
revisen, reproduzcan o discutan el trabajo. De esta forma, el conocimiento
científico se construye colectivamente y permanece siempre abierto a revisión y
mejora.
Proceso digestivo en vertebrados. Faringe, laringe y paladar
La cavidad bucal está delimitada por el techo, formado por el paladar, por el piso, constituido por la superficie lingual o glosa y los tejidos del suelo oral, y por las paredes laterales, representadas por las mejillas o paredes bucales. Según el clado, esta cavidad puede comunicarse con el medio externo no solo a través de la abertura oral, sino también mediante el conducto nasal y las coanas, de modo que la cavidad nasal puede abrirse hacia el interior de la boca cuando no existe un paladar secundario completamente desarrollado.
Las coanas son las aberturas internas de la
cavidad nasal que conectan las fosas nasales con la región
posterior de la cavidad bucal o con la nasofaringe, permitiendo el
paso del aire inspirado desde las narinas externas hacia el sistema
respiratorio. En los vertebrados acuáticos primitivos, las aberturas
nasales tenían función principalmente olfativa y no se comunicaban con
la boca; en los tetrápodos, en cambio, las coanas establecen una
conexión interna entre la cavidad nasal y la vía aérea pulmonar.
En muchos anfibios y reptiles sin paladar secundario completo,
las coanas se abren directamente en la cavidad bucal, mientras que en mamíferos
y cocodrilianos el desarrollo de un paladar secundario óseo las
desplaza hacia una posición más posterior, separando funcionalmente la respiración
de la masticación.
Los paladares
En los vertebrados
basales, la cavidad bucal y el sistema olfativo no estaban
completamente separados. Existían narinas externas que conducían hacia
sacos nasales revestidos por epitelio olfativo, pero en muchos linajes
tempranos estas estructuras no formaban aún una cavidad nasal independiente
como la que observamos en mamíferos. En peces óseos como Eusthenopteron
foordi, las aberturas nasales cumplían principalmente funciones sensoriales
y no participaban en la ventilación pulmonar. Con la transición a los tetrápodos
tempranos, como Acanthostega gunnari, aparecen las coanas
internas, estableciendo comunicación entre las fosas nasales y la cavidad
oral; sin embargo, todavía no existía un paladar secundario, por lo que
la vía respiratoria y la vía digestiva compartían un mismo espacio funcional.
Esta condición —en la que la ventilación y la ingestión
convergen en la cavidad bucal— se mantuvo en la mayoría de los anfibios
y reptiles. Por ejemplo, en un lagarto como Iguana iguana o en un
anfibio como Rhinella marina, las coanas se abren directamente en la
boca, ya que no existe una separación ósea completa entre la cavidad nasal y la
cavidad oral. El aire que entra por las narinas pasa a la boca antes de
dirigirse a la glotis, lo que impide respirar y deglutir de manera simultánea.
Esta organización anatómica es funcional en estos grupos, pero impone
limitaciones cuando se requiere alimentación continua acompañada de ventilación
sostenida.
Enlace
a la [Figura:
Paladar secundario]
En el linaje de los sinápsidos que dio origen a los
mamíferos, la aparición de la lactancia generó una fuerte presión
selectiva para permitir que las crías pudieran succionar leche sin
interrumpir la respiración. En formas avanzadas de reptiles mamiferoides como Thrinaxodon
liorhinus, se observan indicios de un paladar secundario parcial,
constituido por expansiones de los huesos maxilares y palatinos que comienzan a
separar las cavidades nasal y oral. Esta innovación permitió que el aire
circulara por una vía dorsal independiente mientras el alimento líquido se
desplazaba por la región ventral, reduciendo el riesgo de asfixia durante la
succión.
En los mamíferos verdaderos, como Canis lupus
familiaris o Homo sapiens, el paladar secundario óseo está
completamente desarrollado y divide la región en dos compartimentos anatómicos
definidos: una cavidad nasal superior, que conserva el paladar primario
y conduce el aire hacia la nasofaringe, y una cavidad bucal inferior,
delimitada dorsalmente por el nuevo techo óseo. Esta separación estructural no
solo posibilita la respiración continua durante la alimentación, sino que
también influye en la morfología facial característica de los mamíferos,
asociada al desarrollo del complejo nasolabial y a la reorganización del
aparato respiratorio y digestivo en compartimentos funcionalmente
independientes.
El órgano vomeronalsal o órgano se Jacobson, y epitelio nasal
El órgano vomeronasal —también llamado órgano de Jacobson— es una estructura quimiosensorial especializada situada en la región anteroinferior del tabique nasal o en el piso de la cavidad nasal, según el clado. En su forma más simple puede presentarse como un epitelio sensorial engrosado; en especies altamente especializadas constituye una bolsa tubular revestida por receptores químicos conectados al sistema nervioso accesorio. Su función principal no es el olfato general, sino la detección de señales químicas específicas, en particular feromonas y compuestos asociados a comunicación social y reproducción. En muchos vertebrados, el sistema vomeronasal complementa al epitelio olfativo principal, pero no lo reemplaza.
En vertebrados con paladar primario simple, como
numerosos anfibios y reptiles, la comunicación entre la cavidad bucal y la
nasal es directa, ya que no existe un paladar secundario completo que
las separe. En estos casos, la lengua puede participar activamente en el
transporte de partículas químicas hacia el órgano vomeronasal. Un ejemplo
clásico se observa en serpientes como Pantherophis guttatus o Lampropeltis
getula, donde la lengua bífida recoge moléculas del ambiente y las
introduce en los conductos vomeronasales. En muchos escamados (clado Squamata),
el epitelio lingual contiene componentes lipídicos que facilitan la adsorción
de odorantes, y la bifurcación lingual permite comparar gradientes químicos
laterales, contribuyendo a la detección direccional de presas o
congéneres.
En animales con paladar secundario, como los
mamíferos —por ejemplo Canis lupus familiaris o Homo sapiens— la
situación anatómica es distinta. Aunque el paladar secundario separa
estructuralmente la cavidad nasal de la cavidad bucal, la separación no es
absoluta a nivel funcional, ya que ambas vías convergen posteriormente en la faringe
y la laringe. Durante la masticación, los compuestos volátiles liberados
por el alimento ascienden desde la cavidad oral hacia la cavidad nasal a través
de la llamada vía retronasal. Este fenómeno explica por qué la mayor
parte de lo que percibimos como “sabor” depende en realidad del olfato
retronasal, más que de los receptores gustativos de la lengua. En humanos,
el sistema vomeronasal es rudimentario o funcionalmente reducido, y la
percepción compleja del sabor depende principalmente del epitelio olfativo
principal.
Enlace
a la [Figura:
El órgano vomeronasal]
El sentido del gusto propiamente dicho —limitado a
modalidades básicas como dulce, salado, ácido, amargo y umami— es generado por
los botones gustativos de la lengua y otras regiones orales. Sin
embargo, la experiencia sensorial completa de un alimento surge de la
integración entre gusto, olfato ortonasal, olfato retronasal, textura y
temperatura. Cuando una persona presenta congestión nasal, como ocurre
durante infecciones respiratorias, la vía retronasal se ve afectada y los
alimentos parecen “insípidos”, aun cuando los receptores gustativos sigan
funcionando. Esto ilustra la estrecha relación funcional entre cavidad oral,
cavidad nasal y sistemas quimiosensoriales.
En este contexto, enfermedades virales como la causada por
el SARS-CoV-2 (agente de la COVID-19) pueden alterar de manera
significativa la percepción quimiosensorial. El virus puede afectar el epitelio
olfativo, produciendo anosmia o hiposmia, y se ha sugerido
que también podría comprometer estructuras asociadas como el epitelio
vomeronasal en especies donde este es funcional. Aunque en humanos el órgano
vomeronasal es vestigial, el daño inflamatorio o neurosensorial en la mucosa
nasal puede alterar tanto el olfato ortonasal como el retronasal, modificando
la percepción del sabor. En especies con sistema vomeronasal plenamente
operativo, una infección que afecte la mucosa nasal podría potencialmente
interferir en la detección de feromonas y en conductas sociales dependientes de
esta vía química.
Enlace
a la [Figura:
Órgano vomeronasal en serpientes]
Faringe y laringe
Ya hemos señalado que
la faringe de los cordados primitivos no surgió como un conducto
respiratorio pulmonar, sino como una cesta filtradora perforada por
múltiples hendiduras. En tunicados como Ciona intestinalis, la faringe
funciona como un aparato de filtración donde el agua atraviesa numerosas
aberturas faríngeas sostenidas por barras estructurales. En los primeros
vertebrados, esta región se esqueletiza mediante una serie de arcos
faríngeos articulados, compuestos por cartílago y posteriormente hueso. En
los gnatóstomos tempranos, como Placodermi o tiburones actuales (Carcharhinus
leucas), los dos primeros arcos adquieren destinos especializados: el primer
arco origina la mandíbula (palatocuadrado y cartílago de Meckel),
mientras que el segundo arco forma la hiomandíbula, inicialmente
implicada en la suspensión mandibular. Los arcos posteriores permanecen
asociados a la ventilación branquial.
Enlace
a la [Figura:
Faringe en los peces]
A medida que seguimos la transición evolutiva desde peces
hacia tetrápodos, observamos una reducción progresiva de los arcos
branquiales funcionales. En peces óseos como Oncorhynchus mykiss,
varios arcos sostienen branquias activas y participan en la ventilación
acuática. Sin embargo, en los tetrápodos tempranos como Acanthostega gunnari,
aunque aún existían estructuras branquiales, comienza una reorganización
asociada a la respiración aérea. En los anfibios modernos, por ejemplo Lithobates
catesbeianus, las larvas (renacuajos) poseen arcos branquiales funcionales,
pero durante la metamorfosis estos se reducen o se reconfiguran,
coincidiendo con la pérdida de branquias externas y el establecimiento
definitivo de la respiración pulmonar.
Con la consolidación de la vida terrestre, la faringe deja
de funcionar como cámara branquial abierta y se transforma en un conducto
compartido entre las vías digestiva y respiratoria. No obstante, los arcos
faríngeos no desaparecen simplemente; en lugar de ello, se reutilizan
estructuralmente. En anfibios adultos y amniotas, varios elementos
derivados de los arcos posteriores se integran en el aparato hioideo y
en las estructuras de soporte de la lengua y la laringe. Este fenómeno ilustra
un principio evolutivo recurrente: la exaptación, donde una estructura
pierde su función original pero es reclutada para una nueva.
La laringe puede entenderse como una reorganización
especializada de la región posterior de la faringe, situada en la intersección
entre la vía aérea y el esófago. En tetrápodos, elementos derivados de los
arcos faríngeos contribuyen a formar los cartílagos laríngeos. En mamíferos
como Homo sapiens, los cartílagos tiroides, cricoides y aritenoides
derivan en parte de estos arcos modificados, y permiten regular el paso del
aire hacia los pulmones y la producción de sonido. En anfibios como Rhinella
marina, la laringe también desempeña un papel clave en la fonación,
mostrando cómo estructuras originalmente vinculadas a la ventilación branquial
se transformaron en componentes de un aparato acústico.
En consecuencia, la evolución de la faringe en vertebrados
no implica un simple cierre o pérdida de hendiduras, sino una reconfiguración
profunda del aparato faríngeo. Lo que comenzó como una cesta filtradora en
tunicados terminó dando origen a la mandíbula, al aparato hioideo, a la laringe
y a estructuras asociadas con la respiración aérea y la fonación. Este proceso,
observable al comparar peces como Salmo salar, anfibios como Ambystoma
mexicanum y mamíferos como Canis lupus familiaris, evidencia cómo
los arcos faríngeos cambiaron de función sin desaparecer, desplazándose desde
la ventilación branquial hacia la respiración pulmonar y la producción de
sonido en los tetrápodos terrestres.
Enlace
a la [Figura:
Destino de los arcos branquiales]
Además del aparato hioideo, varios elementos
derivados de los arcos faríngeos se transforman profundamente en los
tetrápodos y dan origen a componentes clave de la laringe. Estas
estructuras ya no sostienen branquias, sino que participan en la respiración
aérea, la protección de la vía respiratoria y, en muchos linajes, en
la fonación. Su reorganización representa uno de los ejemplos más claros
de exaptación evolutiva dentro del complejo faríngeo.
Los cartílagos aritenoides derivan principalmente del
cuarto y sexto arcos faríngeos (según la segmentación clásica en
amniotas). Se sitúan en la región posterior de la laringe y actúan como puntos
de inserción para los músculos que controlan la apertura y cierre de la
glotis. En mamíferos como Homo sapiens, los aritenoides son
esenciales para tensar y aproximar las cuerdas vocales, regulando la
producción de sonido. En anfibios anuros como Rhinella marina,
estructuras homólogas permiten la vibración laríngea que produce sus
característicos cantos reproductivos.
El cartílago cricoides, también derivado en gran
parte del sexto arco faríngeo, forma un anillo completo en la base de la
laringe. Su función principal es mantener la permeabilidad de la vía aérea
y servir como base estructural para la articulación con los aritenoides. En
mamíferos como Canis lupus familiaris, el cricoides actúa como soporte
rígido que impide el colapso del conducto respiratorio durante la inspiración
forzada. Evolutivamente, representa la transformación de barras branquiales
posteriores en un marco estabilizador de la vía aérea.
El cartílago tiroides, asociado también a los arcos
cuarto y sexto, constituye la estructura más prominente de la laringe en
mamíferos. En humanos forma la conocida “nuez” o prominencia laríngea. Su
función es proteger las cuerdas vocales y proporcionar inserción a los músculos
que ajustan la tensión vocal. Aunque no tiene equivalente directo en
peces branquiales, su origen embrionario se rastrea hasta el mesénquima de los
arcos faríngeos posteriores, lo que evidencia la continuidad evolutiva de estas
estructuras.
Los cartílagos corniculados, pequeños elementos
situados sobre los aritenoides en mamíferos, también derivan del complejo de
los arcos posteriores y ayudan a reforzar la región superior de la laringe.
Contribuyen a la estabilidad estructural durante la fonación y la deglución. En
especies con vocalizaciones complejas, como Pan troglodytes o Homo
sapiens, su presencia forma parte del delicado sistema que modula el flujo
aéreo y la vibración de los pliegues vocales.
La epiglotis, aunque no es un cartílago derivado de
un arco único de forma simple, se desarrolla a partir del mesénquima asociado a
los arcos tercero y cuarto. Su función es crucial en la protección contra la
aspiración: durante la deglución, la epiglotis se pliega sobre la entrada
laríngea, desviando el alimento hacia el esófago. En mamíferos como Equus
caballus o Homo sapiens, este mecanismo permite separar
funcionalmente la respiración y la ingestión, reduciendo el riesgo de
atragantamiento.
Enlace
a la [Figura:
La Larínge]
Adicionalmente, el aparato hioideo, derivado en gran
parte del segundo arco faríngeo y de porciones de arcos posteriores,
actúa como plataforma de inserción para la lengua, la laringe y
los músculos suprahioideos e infrahioideos. En reptiles como Iguana iguana,
el hioides sostiene la base lingual; en mamíferos como Homo sapiens, su
suspensión muscular permite movimientos finos asociados a la deglución y la
fonación. Así, lo que en peces como Salmo salar fueron soportes
branquiales, en tetrápodos terrestres se convirtieron en componentes esenciales
del aparato respiratorio superior y del sistema vocal, ilustrando la profunda
transformación funcional de los arcos faríngeos a lo largo de la evolución
vertebrada.
La laringe y el aparato fonador
La laringe es una estructura cartilaginosa y muscular
situada en la región anterior del cuello, en la transición entre la faringe
y la tráquea. Funcionalmente actúa como una válvula reguladora del
flujo aéreo, un órgano fonador y un mecanismo protector que
impide la aspiración de alimento hacia las vías respiratorias inferiores.
Anatómicamente está compuesta por cartílagos (tiroides, cricoides, aritenoides
y corniculados, entre otros), ligamentos y músculos intrínsecos y extrínsecos
que permiten modificar la apertura glótica y la tensión de los pliegues
vocales. Aunque en peces la región faríngea posterior estaba dedicada
principalmente a la ventilación branquial, en los tetrápodos esta porción se
reorganiza para constituir la laringe, marcando una transición funcional desde
la respiración acuática hacia la respiración aérea.
Los destinos de los arcos branquiales en tetrápodos
se reparten entre la faringe y la laringe tras la pérdida de la
función branquial. El primer arco origina la mandíbula; el segundo
arco contribuye al aparato hioideo y al estribo del oído medio; los arcos tercero,
cuarto y sexto participan en la formación del esqueleto laríngeo y en
elementos de soporte faríngeo. Así, estructuras que en peces como Salmo
salar sostenían filamentos branquiales pasan, en mamíferos como Homo
sapiens, a formar parte del cartílago tiroides, cricoides y aritenoides, o
a integrarse en el aparato hioideo que sostiene la lengua y la base faríngea.
De este modo, la región faríngea ancestral no desaparece, sino que se
redistribuye funcionalmente: una parte mantiene su papel como conducto común
respiratorio-digestivo, mientras otra se especializa como laringe, órgano clave
para la fonación y la regulación de la vía aérea en los vertebrados terrestres.
La fisiología del aparato fonador en los tetrápodos
—especialmente en los mamíferos— depende de la integración coordinada entre la respiración
pulmonar, la laringe, el aparato hioideo, la lengua,
el paladar y las cavidades de resonancia supralaríngeas. El proceso
comienza con la ventilación pulmonar: el aire expulsado desde los
pulmones asciende por la tráquea y alcanza la laringe, donde se
localizan las estructuras fundamentales para la producción sonora. Sin flujo
aéreo espiratorio no hay fonación; la presión subglótica generada por la musculatura
respiratoria es el motor físico del sonido.
En la laringe se encuentran las llamadas cuerdas
vocales —también denominadas pliegues vocales— que no son “cuerdas” en
sentido estricto, sino repliegues de mucosa que contienen el ligamento vocal
y el músculo vocal (porción del músculo tiroaritenoideo). Estas
estructuras se insertan anteriormente en el cartílago tiroides y
posteriormente en los cartílagos aritenoides, derivados de los arcos
faríngeos posteriores. Cuando los músculos intrínsecos laríngeos aproximan los
aritenoides, las cuerdas vocales se tensan y el aire que pasa entre ellas
provoca su vibración periódica, generando una onda sonora primaria. La
frecuencia de vibración —y por tanto el tono— depende de la longitud,
tensión y masa de los pliegues vocales, lo que explica diferencias entre
sexos, edades y especies.
El cartílago cricoides actúa como base estructural de
la laringe, manteniendo la apertura del conducto respiratorio y permitiendo la
articulación fina con los aritenoides. Los cartílagos corniculados
refuerzan la región posterior superior, contribuyendo a la estabilidad durante
la vibración. La epiglotis, por su parte, cumple una función protectora
más que fonadora: durante la deglución se pliega para impedir la entrada de
alimento en la vía aérea, pero durante la fonación permanece elevada
permitiendo el paso controlado del aire.
Una vez generado el sonido en la laringe, este asciende
hacia las cavidades supralaríngeas —faringe, cavidad oral y cavidad nasal—
donde es modificado por resonancia. Aquí intervienen el aparato hioideo
y la lengua, que ajustan la forma y el volumen de la cavidad oral. En
humanos (Homo sapiens), la movilidad refinada de la lengua —gracias a su
musculatura intrínseca y extrínseca— permite articular fonemas diferenciados.
El paladar blando regula la apertura hacia la cavidad nasal: si
desciende, el sonido adquiere componente nasal; si se eleva, dirige el flujo
exclusivamente por la cavidad oral.
Enlace
a la [Figura:
Cuerdas bucales]
En sentido amplio, además de las cuerdas vocales, existen
otras estructuras que participan en la modulación sonora, a veces denominadas
de forma coloquial “cuerdas bucales”, aunque el término anatómico
correcto sigue siendo pliegues vocales laríngeos. En algunos mamíferos no
humanos, como Canis lupus o Pan troglodytes, la fonación es más
limitada en articulación fina pero puede implicar modificaciones en la cavidad
oral y en sacos laríngeos accesorios. En anfibios anuros como Rhinella
marina, la laringe produce vibraciones que luego se amplifican en sacos
vocales, estructuras derivadas de la mucosa faríngea que funcionan como
resonadores externos. Así, el aparato fonador no es una única estructura, sino
un sistema integrado donde pulmones, laringe, hioides, lengua y cavidades
resonantes actúan coordinadamente para transformar flujo aéreo en sonido
estructurado.
Modificaciones de la faringe
En la mayoría de los
tetrápodos la laringe se sitúa en la porción posterior de la faringe,
de modo que el aire pasa desde la cavidad nasal o bucal hacia la faringe y
luego desciende por la laringe hacia la tráquea. Sin embargo, en muchas serpientes
(clado Serpentes), la disposición anatómica presenta una modificación
notable: la glotis —la abertura laríngea— puede proyectarse hacia
adelante y abrir prácticamente en el piso de la cavidad bucal, en lugar
de permanecer retraída en la faringe posterior. Esta adaptación permite que,
durante la deglución de presas voluminosas, la serpiente mantenga una vía aérea
funcional aun cuando la boca y la faringe estén ocupadas por el alimento.
En especies como Python regius o Boa constrictor,
cuando el animal engulle una presa grande, la laringe se desplaza anteriormente
y sobresale entre las ramas mandibulares, quedando por delante del bolo
alimenticio. De este modo, la glotis permanece expuesta al aire exterior
mientras el resto de la cavidad oral y faríngea está distendida por la presa.
Esta disposición evita la asfixia durante un proceso de deglución que
puede prolongarse varios minutos u horas, dependiendo del tamaño del alimento.
Enlace
a la [Figura:
Tráquea en las serpientes]
Esta especialización está íntimamente relacionada con la quinesis
craneana característica de las serpientes. Gracias a la movilidad
independiente de los huesos del cráneo —incluyendo la separación funcional de
las ramas mandibulares y la articulación flexible del cuadrado— la cavidad
bucal puede expandirse extraordinariamente. Pero esa misma expansión
comprometería la ventilación si la laringe permaneciera fija en la faringe
posterior. La capacidad de protrusión laríngea resuelve este problema
funcional, integrando respiración y deglución en un sistema altamente adaptado
a la ingestión de presas enteras.
Así, en serpientes la reorganización del eje boca–faringe–laringe
ilustra nuevamente cómo estructuras derivadas de los arcos faríngeos no
solo cambiaron de función a lo largo de la evolución, sino que continúan
modificándose dentro de linajes específicos. La laringe, originalmente parte de
la región faríngea branquial, se convierte aquí en un conducto móvil adelantado
que garantiza la continuidad respiratoria durante la alimentación extrema,
demostrando la plasticidad funcional del aparato faríngeo en los vertebrados.
Glándulas asociadas
Las glándulas
salivales bucales en vertebrados son estructuras exocrinas
derivadas del epitelio oral cuya función principal es producir secreciones
mucosas, serosas o mixtas que facilitan la lubricación, la formación
del bolo alimenticio y, en muchos linajes, el inicio de la digestión
química. Pueden presentarse como glándulas difusas microscópicas
incrustadas en la mucosa oral —como ocurre en numerosos peces y anfibios—
o como glándulas macroscópicas organizadas en pares principales, como en
los mamíferos (Homo sapiens, Canis lupus familiaris),
donde destacan las glándulas parótidas, submandibulares y sublinguales.
La composición de la saliva varía según la dieta, el ambiente
y la estrategia alimentaria, pudiendo contener mucinas, enzimas
digestivas, factores antimicrobianos y otras proteínas
especializadas.
Enlace
a la [Figura:
Glándulas bucales en reptiles]
En peces, la secreción oral suele ser limitada y está
asociada principalmente a la lubricación mecánica, ya que el transporte
del alimento depende del medio acuático y de la succión bucal. En
anfibios como Rhinella marina, la mucosa oral secretora
contribuye tanto a la manipulación del alimento como a la ventilación
bucofaríngea, manteniendo la superficie húmeda. En reptiles,
especialmente en ambientes terrestres, las glándulas labiales y palatinas
están más desarrolladas, produciendo secreciones que compensan la pérdida de
humedad y facilitan la deglución en medio seco. Aquí la saliva cumple un
papel clave en la transición hacia una alimentación independiente del agua.
En el clado Squamata (lagartos y serpientes), algunas
glándulas salivales han sufrido una profunda especialización
evolutiva hacia la producción de veneno. En serpientes de la familia
Viperidae, como Bothrops asper o Crotalus durissus, las glándulas
supralabiales posteriores se transforman en verdaderas glándulas de
veneno, altamente vascularizadas y encapsuladas. Estas producen complejas
mezclas de toxinas proteicas, incluyendo metaloproteinasas, fosfolipasas
A₂, neurotoxinas y hemotoxinas, que se inyectan mediante colmillos
solenoglifos. Desde el punto de vista evolutivo, estas glándulas derivan de
glándulas salivales ancestrales, evidenciando cómo una estructura
digestiva puede convertirse en un sofisticado sistema predatorio y defensivo.
La evolución de la saliva venenosa no se limita a
Viperidae. En la familia Elapidae, como Naja naja o Micrurus
mipartitus, las glándulas de veneno también derivan de tejido
salival, aunque sus toxinas son predominantemente neurotóxicas y se
inyectan mediante colmillos proteroglifos. Incluso en lagartos como Heloderma
suspectum, las glándulas mandibulares producen secreciones tóxicas
que fluyen por surcos dentales. Estos casos muestran múltiples eventos de innovación
funcional dentro de los escamosos, donde la saliva pasa de ser un
fluido lubricante a convertirse en un arma bioquímica compleja.
Enlace a la [Figura:
Glándulas salivales en mamíferos]
En mamíferos, las glándulas salivales mayores
alcanzan un alto grado de organización anatómica y regulación fisiológica, pero
rara vez evolucionan hacia sistemas venenosos. Sin embargo, existen excepciones
como algunas musarañas del género Blarina, cuya saliva neurotóxica
puede paralizar presas pequeñas. En la mayoría de los mamíferos, la saliva
cumple funciones de digestión enzimática inicial (por ejemplo, mediante amilasa
salival), protección antimicrobiana, amortiguación del pH y mantenimiento
de la integridad epitelial. En conjunto, las glándulas salivales bucales
representan un sistema altamente versátil cuya evolución abarca desde simples
mecanismos de lubricación hasta complejas adaptaciones químicas asociadas a la
depredación, defensa y procesamiento alimentario.
Enlace
a la [Figura:
Glándulas salivales humanas]
Capsula nasal y senos paranasales
La cápsula nasal
es el armazón estructural cartilaginoso u óseo que rodea y protege el epitelio
olfativo y delimita el espacio interno del sistema nasal. En vertebrados
basales era predominantemente cartilaginosa; en mamíferos como Homo
sapiens está integrada en el complejo óseo del cráneo, especialmente en el hueso
etmoides, la lámina cribosa, el vómer y el cartílago
septal. Su función es sostener los tejidos sensoriales y mantener la
arquitectura interna donde circula el aire.
La cavidad nasal es el espacio interno comprendido
entre las narinas externas y las coanas. Está revestida por epitelio
respiratorio y, en regiones específicas, por epitelio olfativo. En
mamíferos presenta estructuras laminares llamadas cornetes o conchas nasales,
que aumentan enormemente la superficie interna para la humidificación,
calentamiento y filtración del aire. En humanos estos cornetes están bien
desarrollados; en cánidos como Canis lupus familiaris son aún más
complejos, lo que mejora la eficiencia olfativa.
Enlace
a la [Figura:
Senos paranasales]
Un epitelio es un tejido de revestimiento
compuesto por capas de células estrechamente unidas que cubren superficies
externas del cuerpo y tapizan cavidades internas y conductos. Su
función depende de su localización y de sus adaptaciones estructurales:
algunos epitelios son protectores, como el epitelio estratificado
queratinizado de la piel, que forma una barrera córnea contra la desecación
y el daño mecánico; otros son glandulares, especializados en la secreción
de sustancias como moco, enzimas u hormonas; otros son absorbentes, como
el epitelio intestinal, optimizado para el intercambio de nutrientes; y algunos
son sensitivos, como el epitelio olfativo, que contiene
receptores capaces de detectar estímulos químicos. Así, el epitelio no es un
tejido uniforme, sino un sistema altamente diverso cuya forma y función
reflejan las exigencias del ambiente y del órgano donde se encuentra.
Los senos paranasales son cavidades neumáticas
excavadas dentro de ciertos huesos del cráneo —como el frontal, maxilar y
esfenoides en humanos— que se comunican con la cavidad nasal. Están revestidos
por mucosa respiratoria y cumplen funciones de reducción del peso craneal,
resonancia vocal y regulación térmica del aire. No son estructuras
primarias del plan vertebrado, sino expansiones secundarias derivadas de la
cavidad nasal, particularmente desarrolladas en muchos mamíferos.
Los tabiques nasales dividen la cavidad nasal en
compartimentos. El principal es el tabique nasal medio, compuesto por
cartílago en la porción anterior y por el etmoides y el vómer en la región
posterior. Además, los cornetes actúan como subdivisiones internas que generan
turbulencia y aumentan la superficie mucosa. Estas estructuras optimizan la eficiencia
respiratoria y la percepción olfativa, y su grado de complejidad
varía según el linaje y la ecología.
La nariz propiamente dicha corresponde a la porción
externa visible del sistema nasal en mamíferos. En perros y otros cánidos, la
superficie externa —el rinario— es húmeda debido a secreciones
constantes de glándulas nasales y al lamido frecuente. Esta humedad mejora la captura
de moléculas odorantes, aumentando la sensibilidad olfativa. En humanos, la
superficie nasal externa está cubierta por piel queratinizada relativamente
seca; la humidificación ocurre principalmente dentro de la cavidad nasal, no en
el exterior.
Enlace
a la [Figura:
Fosas nasales en los cetáceos]
En ballenas (orden Cetacea), la anatomía se
modifica radicalmente: las narinas se desplazan dorsalmente formando el espiráculo,
la cavidad nasal se adapta a la respiración aérea en medio acuático y se pierde
la función olfativa en la mayoría de los odontocetos, mientras que los
misticetos conservan cierto grado de capacidad olfativa. Así, aunque las
estructuras básicas —cápsula, cavidad y aberturas nasales— son homólogas entre
mamíferos, su morfología y fisiología reflejan adaptaciones profundas al
ambiente terrestre, aéreo o acuático.
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