La cavidad bucal está delimitada por el techo, formado por el paladar, por el piso, constituido por la superficie lingual o glosa y los tejidos del suelo oral, y por las paredes laterales, representadas por las mejillas o paredes bucales. Según el clado, esta cavidad puede comunicarse con el medio externo no solo a través de la abertura oral, sino también mediante el conducto nasal y las coanas, de modo que la cavidad nasal puede abrirse hacia el interior de la boca cuando no existe un paladar secundario completamente desarrollado.
Las coanas son las aberturas internas de la
cavidad nasal que conectan las fosas nasales con la región
posterior de la cavidad bucal o con la nasofaringe, permitiendo el
paso del aire inspirado desde las narinas externas hacia el sistema
respiratorio. En los vertebrados acuáticos primitivos, las aberturas
nasales tenían función principalmente olfativa y no se comunicaban con
la boca; en los tetrápodos, en cambio, las coanas establecen una
conexión interna entre la cavidad nasal y la vía aérea pulmonar.
En muchos anfibios y reptiles sin paladar secundario completo,
las coanas se abren directamente en la cavidad bucal, mientras que en mamíferos
y cocodrilianos el desarrollo de un paladar secundario óseo las
desplaza hacia una posición más posterior, separando funcionalmente la respiración
de la masticación.
Los paladares
En los vertebrados
basales, la cavidad bucal y el sistema olfativo no estaban
completamente separados. Existían narinas externas que conducían hacia
sacos nasales revestidos por epitelio olfativo, pero en muchos linajes
tempranos estas estructuras no formaban aún una cavidad nasal independiente
como la que observamos en mamíferos. En peces óseos como Eusthenopteron
foordi, las aberturas nasales cumplían principalmente funciones sensoriales
y no participaban en la ventilación pulmonar. Con la transición a los tetrápodos
tempranos, como Acanthostega gunnari, aparecen las coanas
internas, estableciendo comunicación entre las fosas nasales y la cavidad
oral; sin embargo, todavía no existía un paladar secundario, por lo que
la vía respiratoria y la vía digestiva compartían un mismo espacio funcional.
Esta condición —en la que la ventilación y la ingestión
convergen en la cavidad bucal— se mantuvo en la mayoría de los anfibios
y reptiles. Por ejemplo, en un lagarto como Iguana iguana o en un
anfibio como Rhinella marina, las coanas se abren directamente en la
boca, ya que no existe una separación ósea completa entre la cavidad nasal y la
cavidad oral. El aire que entra por las narinas pasa a la boca antes de
dirigirse a la glotis, lo que impide respirar y deglutir de manera simultánea.
Esta organización anatómica es funcional en estos grupos, pero impone
limitaciones cuando se requiere alimentación continua acompañada de ventilación
sostenida.
Enlace
a la [Figura:
Paladar secundario]
En el linaje de los sinápsidos que dio origen a los
mamíferos, la aparición de la lactancia generó una fuerte presión
selectiva para permitir que las crías pudieran succionar leche sin
interrumpir la respiración. En formas avanzadas de reptiles mamiferoides como Thrinaxodon
liorhinus, se observan indicios de un paladar secundario parcial,
constituido por expansiones de los huesos maxilares y palatinos que comienzan a
separar las cavidades nasal y oral. Esta innovación permitió que el aire
circulara por una vía dorsal independiente mientras el alimento líquido se
desplazaba por la región ventral, reduciendo el riesgo de asfixia durante la
succión.
En los mamíferos verdaderos, como Canis lupus
familiaris o Homo sapiens, el paladar secundario óseo está
completamente desarrollado y divide la región en dos compartimentos anatómicos
definidos: una cavidad nasal superior, que conserva el paladar primario
y conduce el aire hacia la nasofaringe, y una cavidad bucal inferior,
delimitada dorsalmente por el nuevo techo óseo. Esta separación estructural no
solo posibilita la respiración continua durante la alimentación, sino que
también influye en la morfología facial característica de los mamíferos,
asociada al desarrollo del complejo nasolabial y a la reorganización del
aparato respiratorio y digestivo en compartimentos funcionalmente
independientes.
El órgano vomeronalsal o órgano se Jacobson, y epitelio nasal
El órgano vomeronasal —también llamado órgano de Jacobson— es una estructura quimiosensorial especializada situada en la región anteroinferior del tabique nasal o en el piso de la cavidad nasal, según el clado. En su forma más simple puede presentarse como un epitelio sensorial engrosado; en especies altamente especializadas constituye una bolsa tubular revestida por receptores químicos conectados al sistema nervioso accesorio. Su función principal no es el olfato general, sino la detección de señales químicas específicas, en particular feromonas y compuestos asociados a comunicación social y reproducción. En muchos vertebrados, el sistema vomeronasal complementa al epitelio olfativo principal, pero no lo reemplaza.
En vertebrados con paladar primario simple, como
numerosos anfibios y reptiles, la comunicación entre la cavidad bucal y la
nasal es directa, ya que no existe un paladar secundario completo que
las separe. En estos casos, la lengua puede participar activamente en el
transporte de partículas químicas hacia el órgano vomeronasal. Un ejemplo
clásico se observa en serpientes como Pantherophis guttatus o Lampropeltis
getula, donde la lengua bífida recoge moléculas del ambiente y las
introduce en los conductos vomeronasales. En muchos escamados (clado Squamata),
el epitelio lingual contiene componentes lipídicos que facilitan la adsorción
de odorantes, y la bifurcación lingual permite comparar gradientes químicos
laterales, contribuyendo a la detección direccional de presas o
congéneres.
En animales con paladar secundario, como los
mamíferos —por ejemplo Canis lupus familiaris o Homo sapiens— la
situación anatómica es distinta. Aunque el paladar secundario separa
estructuralmente la cavidad nasal de la cavidad bucal, la separación no es
absoluta a nivel funcional, ya que ambas vías convergen posteriormente en la faringe
y la laringe. Durante la masticación, los compuestos volátiles liberados
por el alimento ascienden desde la cavidad oral hacia la cavidad nasal a través
de la llamada vía retronasal. Este fenómeno explica por qué la mayor
parte de lo que percibimos como “sabor” depende en realidad del olfato
retronasal, más que de los receptores gustativos de la lengua. En humanos,
el sistema vomeronasal es rudimentario o funcionalmente reducido, y la
percepción compleja del sabor depende principalmente del epitelio olfativo
principal.
Enlace
a la [Figura:
El órgano vomeronasal]
El sentido del gusto propiamente dicho —limitado a
modalidades básicas como dulce, salado, ácido, amargo y umami— es generado por
los botones gustativos de la lengua y otras regiones orales. Sin
embargo, la experiencia sensorial completa de un alimento surge de la
integración entre gusto, olfato ortonasal, olfato retronasal, textura y
temperatura. Cuando una persona presenta congestión nasal, como ocurre
durante infecciones respiratorias, la vía retronasal se ve afectada y los
alimentos parecen “insípidos”, aun cuando los receptores gustativos sigan
funcionando. Esto ilustra la estrecha relación funcional entre cavidad oral,
cavidad nasal y sistemas quimiosensoriales.
En este contexto, enfermedades virales como la causada por
el SARS-CoV-2 (agente de la COVID-19) pueden alterar de manera
significativa la percepción quimiosensorial. El virus puede afectar el epitelio
olfativo, produciendo anosmia o hiposmia, y se ha sugerido
que también podría comprometer estructuras asociadas como el epitelio
vomeronasal en especies donde este es funcional. Aunque en humanos el órgano
vomeronasal es vestigial, el daño inflamatorio o neurosensorial en la mucosa
nasal puede alterar tanto el olfato ortonasal como el retronasal, modificando
la percepción del sabor. En especies con sistema vomeronasal plenamente
operativo, una infección que afecte la mucosa nasal podría potencialmente
interferir en la detección de feromonas y en conductas sociales dependientes de
esta vía química.
Enlace
a la [Figura:
Órgano vomeronasal en serpientes]
Faringe y laringe
Ya hemos señalado que
la faringe de los cordados primitivos no surgió como un conducto
respiratorio pulmonar, sino como una cesta filtradora perforada por
múltiples hendiduras. En tunicados como Ciona intestinalis, la faringe
funciona como un aparato de filtración donde el agua atraviesa numerosas
aberturas faríngeas sostenidas por barras estructurales. En los primeros
vertebrados, esta región se esqueletiza mediante una serie de arcos
faríngeos articulados, compuestos por cartílago y posteriormente hueso. En
los gnatóstomos tempranos, como Placodermi o tiburones actuales (Carcharhinus
leucas), los dos primeros arcos adquieren destinos especializados: el primer
arco origina la mandíbula (palatocuadrado y cartílago de Meckel),
mientras que el segundo arco forma la hiomandíbula, inicialmente
implicada en la suspensión mandibular. Los arcos posteriores permanecen
asociados a la ventilación branquial.
Enlace
a la [Figura:
Faringe en los peces]
A medida que seguimos la transición evolutiva desde peces
hacia tetrápodos, observamos una reducción progresiva de los arcos
branquiales funcionales. En peces óseos como Oncorhynchus mykiss,
varios arcos sostienen branquias activas y participan en la ventilación
acuática. Sin embargo, en los tetrápodos tempranos como Acanthostega gunnari,
aunque aún existían estructuras branquiales, comienza una reorganización
asociada a la respiración aérea. En los anfibios modernos, por ejemplo Lithobates
catesbeianus, las larvas (renacuajos) poseen arcos branquiales funcionales,
pero durante la metamorfosis estos se reducen o se reconfiguran,
coincidiendo con la pérdida de branquias externas y el establecimiento
definitivo de la respiración pulmonar.
Con la consolidación de la vida terrestre, la faringe deja
de funcionar como cámara branquial abierta y se transforma en un conducto
compartido entre las vías digestiva y respiratoria. No obstante, los arcos
faríngeos no desaparecen simplemente; en lugar de ello, se reutilizan
estructuralmente. En anfibios adultos y amniotas, varios elementos
derivados de los arcos posteriores se integran en el aparato hioideo y
en las estructuras de soporte de la lengua y la laringe. Este fenómeno ilustra
un principio evolutivo recurrente: la exaptación, donde una estructura
pierde su función original pero es reclutada para una nueva.
La laringe puede entenderse como una reorganización
especializada de la región posterior de la faringe, situada en la intersección
entre la vía aérea y el esófago. En tetrápodos, elementos derivados de los
arcos faríngeos contribuyen a formar los cartílagos laríngeos. En mamíferos
como Homo sapiens, los cartílagos tiroides, cricoides y aritenoides
derivan en parte de estos arcos modificados, y permiten regular el paso del
aire hacia los pulmones y la producción de sonido. En anfibios como Rhinella
marina, la laringe también desempeña un papel clave en la fonación,
mostrando cómo estructuras originalmente vinculadas a la ventilación branquial
se transformaron en componentes de un aparato acústico.
En consecuencia, la evolución de la faringe en vertebrados
no implica un simple cierre o pérdida de hendiduras, sino una reconfiguración
profunda del aparato faríngeo. Lo que comenzó como una cesta filtradora en
tunicados terminó dando origen a la mandíbula, al aparato hioideo, a la laringe
y a estructuras asociadas con la respiración aérea y la fonación. Este proceso,
observable al comparar peces como Salmo salar, anfibios como Ambystoma
mexicanum y mamíferos como Canis lupus familiaris, evidencia cómo
los arcos faríngeos cambiaron de función sin desaparecer, desplazándose desde
la ventilación branquial hacia la respiración pulmonar y la producción de
sonido en los tetrápodos terrestres.
Enlace
a la [Figura:
Destino de los arcos branquiales]
Además del aparato hioideo, varios elementos
derivados de los arcos faríngeos se transforman profundamente en los
tetrápodos y dan origen a componentes clave de la laringe. Estas
estructuras ya no sostienen branquias, sino que participan en la respiración
aérea, la protección de la vía respiratoria y, en muchos linajes, en
la fonación. Su reorganización representa uno de los ejemplos más claros
de exaptación evolutiva dentro del complejo faríngeo.
Los cartílagos aritenoides derivan principalmente del
cuarto y sexto arcos faríngeos (según la segmentación clásica en
amniotas). Se sitúan en la región posterior de la laringe y actúan como puntos
de inserción para los músculos que controlan la apertura y cierre de la
glotis. En mamíferos como Homo sapiens, los aritenoides son
esenciales para tensar y aproximar las cuerdas vocales, regulando la
producción de sonido. En anfibios anuros como Rhinella marina,
estructuras homólogas permiten la vibración laríngea que produce sus
característicos cantos reproductivos.
El cartílago cricoides, también derivado en gran
parte del sexto arco faríngeo, forma un anillo completo en la base de la
laringe. Su función principal es mantener la permeabilidad de la vía aérea
y servir como base estructural para la articulación con los aritenoides. En
mamíferos como Canis lupus familiaris, el cricoides actúa como soporte
rígido que impide el colapso del conducto respiratorio durante la inspiración
forzada. Evolutivamente, representa la transformación de barras branquiales
posteriores en un marco estabilizador de la vía aérea.
El cartílago tiroides, asociado también a los arcos
cuarto y sexto, constituye la estructura más prominente de la laringe en
mamíferos. En humanos forma la conocida “nuez” o prominencia laríngea. Su
función es proteger las cuerdas vocales y proporcionar inserción a los músculos
que ajustan la tensión vocal. Aunque no tiene equivalente directo en
peces branquiales, su origen embrionario se rastrea hasta el mesénquima de los
arcos faríngeos posteriores, lo que evidencia la continuidad evolutiva de estas
estructuras.
Los cartílagos corniculados, pequeños elementos
situados sobre los aritenoides en mamíferos, también derivan del complejo de
los arcos posteriores y ayudan a reforzar la región superior de la laringe.
Contribuyen a la estabilidad estructural durante la fonación y la deglución. En
especies con vocalizaciones complejas, como Pan troglodytes o Homo
sapiens, su presencia forma parte del delicado sistema que modula el flujo
aéreo y la vibración de los pliegues vocales.
La epiglotis, aunque no es un cartílago derivado de
un arco único de forma simple, se desarrolla a partir del mesénquima asociado a
los arcos tercero y cuarto. Su función es crucial en la protección contra la
aspiración: durante la deglución, la epiglotis se pliega sobre la entrada
laríngea, desviando el alimento hacia el esófago. En mamíferos como Equus
caballus o Homo sapiens, este mecanismo permite separar
funcionalmente la respiración y la ingestión, reduciendo el riesgo de
atragantamiento.
Enlace
a la [Figura:
La Larínge]
Adicionalmente, el aparato hioideo, derivado en gran
parte del segundo arco faríngeo y de porciones de arcos posteriores,
actúa como plataforma de inserción para la lengua, la laringe y
los músculos suprahioideos e infrahioideos. En reptiles como Iguana iguana,
el hioides sostiene la base lingual; en mamíferos como Homo sapiens, su
suspensión muscular permite movimientos finos asociados a la deglución y la
fonación. Así, lo que en peces como Salmo salar fueron soportes
branquiales, en tetrápodos terrestres se convirtieron en componentes esenciales
del aparato respiratorio superior y del sistema vocal, ilustrando la profunda
transformación funcional de los arcos faríngeos a lo largo de la evolución
vertebrada.
La laringe y el aparato fonador
La laringe es una estructura cartilaginosa y muscular
situada en la región anterior del cuello, en la transición entre la faringe
y la tráquea. Funcionalmente actúa como una válvula reguladora del
flujo aéreo, un órgano fonador y un mecanismo protector que
impide la aspiración de alimento hacia las vías respiratorias inferiores.
Anatómicamente está compuesta por cartílagos (tiroides, cricoides, aritenoides
y corniculados, entre otros), ligamentos y músculos intrínsecos y extrínsecos
que permiten modificar la apertura glótica y la tensión de los pliegues
vocales. Aunque en peces la región faríngea posterior estaba dedicada
principalmente a la ventilación branquial, en los tetrápodos esta porción se
reorganiza para constituir la laringe, marcando una transición funcional desde
la respiración acuática hacia la respiración aérea.
Los destinos de los arcos branquiales en tetrápodos
se reparten entre la faringe y la laringe tras la pérdida de la
función branquial. El primer arco origina la mandíbula; el segundo
arco contribuye al aparato hioideo y al estribo del oído medio; los arcos tercero,
cuarto y sexto participan en la formación del esqueleto laríngeo y en
elementos de soporte faríngeo. Así, estructuras que en peces como Salmo
salar sostenían filamentos branquiales pasan, en mamíferos como Homo
sapiens, a formar parte del cartílago tiroides, cricoides y aritenoides, o
a integrarse en el aparato hioideo que sostiene la lengua y la base faríngea.
De este modo, la región faríngea ancestral no desaparece, sino que se
redistribuye funcionalmente: una parte mantiene su papel como conducto común
respiratorio-digestivo, mientras otra se especializa como laringe, órgano clave
para la fonación y la regulación de la vía aérea en los vertebrados terrestres.
La fisiología del aparato fonador en los tetrápodos
—especialmente en los mamíferos— depende de la integración coordinada entre la respiración
pulmonar, la laringe, el aparato hioideo, la lengua,
el paladar y las cavidades de resonancia supralaríngeas. El proceso
comienza con la ventilación pulmonar: el aire expulsado desde los
pulmones asciende por la tráquea y alcanza la laringe, donde se
localizan las estructuras fundamentales para la producción sonora. Sin flujo
aéreo espiratorio no hay fonación; la presión subglótica generada por la musculatura
respiratoria es el motor físico del sonido.
En la laringe se encuentran las llamadas cuerdas
vocales —también denominadas pliegues vocales— que no son “cuerdas” en
sentido estricto, sino repliegues de mucosa que contienen el ligamento vocal
y el músculo vocal (porción del músculo tiroaritenoideo). Estas
estructuras se insertan anteriormente en el cartílago tiroides y
posteriormente en los cartílagos aritenoides, derivados de los arcos
faríngeos posteriores. Cuando los músculos intrínsecos laríngeos aproximan los
aritenoides, las cuerdas vocales se tensan y el aire que pasa entre ellas
provoca su vibración periódica, generando una onda sonora primaria. La
frecuencia de vibración —y por tanto el tono— depende de la longitud,
tensión y masa de los pliegues vocales, lo que explica diferencias entre
sexos, edades y especies.
El cartílago cricoides actúa como base estructural de
la laringe, manteniendo la apertura del conducto respiratorio y permitiendo la
articulación fina con los aritenoides. Los cartílagos corniculados
refuerzan la región posterior superior, contribuyendo a la estabilidad durante
la vibración. La epiglotis, por su parte, cumple una función protectora
más que fonadora: durante la deglución se pliega para impedir la entrada de
alimento en la vía aérea, pero durante la fonación permanece elevada
permitiendo el paso controlado del aire.
Una vez generado el sonido en la laringe, este asciende
hacia las cavidades supralaríngeas —faringe, cavidad oral y cavidad nasal—
donde es modificado por resonancia. Aquí intervienen el aparato hioideo
y la lengua, que ajustan la forma y el volumen de la cavidad oral. En
humanos (Homo sapiens), la movilidad refinada de la lengua —gracias a su
musculatura intrínseca y extrínseca— permite articular fonemas diferenciados.
El paladar blando regula la apertura hacia la cavidad nasal: si
desciende, el sonido adquiere componente nasal; si se eleva, dirige el flujo
exclusivamente por la cavidad oral.
Enlace
a la [Figura:
Cuerdas bucales]
En sentido amplio, además de las cuerdas vocales, existen
otras estructuras que participan en la modulación sonora, a veces denominadas
de forma coloquial “cuerdas bucales”, aunque el término anatómico
correcto sigue siendo pliegues vocales laríngeos. En algunos mamíferos no
humanos, como Canis lupus o Pan troglodytes, la fonación es más
limitada en articulación fina pero puede implicar modificaciones en la cavidad
oral y en sacos laríngeos accesorios. En anfibios anuros como Rhinella
marina, la laringe produce vibraciones que luego se amplifican en sacos
vocales, estructuras derivadas de la mucosa faríngea que funcionan como
resonadores externos. Así, el aparato fonador no es una única estructura, sino
un sistema integrado donde pulmones, laringe, hioides, lengua y cavidades
resonantes actúan coordinadamente para transformar flujo aéreo en sonido
estructurado.
Modificaciones de la faringe
En la mayoría de los
tetrápodos la laringe se sitúa en la porción posterior de la faringe,
de modo que el aire pasa desde la cavidad nasal o bucal hacia la faringe y
luego desciende por la laringe hacia la tráquea. Sin embargo, en muchas serpientes
(clado Serpentes), la disposición anatómica presenta una modificación
notable: la glotis —la abertura laríngea— puede proyectarse hacia
adelante y abrir prácticamente en el piso de la cavidad bucal, en lugar
de permanecer retraída en la faringe posterior. Esta adaptación permite que,
durante la deglución de presas voluminosas, la serpiente mantenga una vía aérea
funcional aun cuando la boca y la faringe estén ocupadas por el alimento.
En especies como Python regius o Boa constrictor,
cuando el animal engulle una presa grande, la laringe se desplaza anteriormente
y sobresale entre las ramas mandibulares, quedando por delante del bolo
alimenticio. De este modo, la glotis permanece expuesta al aire exterior
mientras el resto de la cavidad oral y faríngea está distendida por la presa.
Esta disposición evita la asfixia durante un proceso de deglución que
puede prolongarse varios minutos u horas, dependiendo del tamaño del alimento.
Enlace
a la [Figura:
Tráquea en las serpientes]
Esta especialización está íntimamente relacionada con la quinesis
craneana característica de las serpientes. Gracias a la movilidad
independiente de los huesos del cráneo —incluyendo la separación funcional de
las ramas mandibulares y la articulación flexible del cuadrado— la cavidad
bucal puede expandirse extraordinariamente. Pero esa misma expansión
comprometería la ventilación si la laringe permaneciera fija en la faringe
posterior. La capacidad de protrusión laríngea resuelve este problema
funcional, integrando respiración y deglución en un sistema altamente adaptado
a la ingestión de presas enteras.
Así, en serpientes la reorganización del eje boca–faringe–laringe
ilustra nuevamente cómo estructuras derivadas de los arcos faríngeos no
solo cambiaron de función a lo largo de la evolución, sino que continúan
modificándose dentro de linajes específicos. La laringe, originalmente parte de
la región faríngea branquial, se convierte aquí en un conducto móvil adelantado
que garantiza la continuidad respiratoria durante la alimentación extrema,
demostrando la plasticidad funcional del aparato faríngeo en los vertebrados.
Glándulas asociadas
Las glándulas
salivales bucales en vertebrados son estructuras exocrinas
derivadas del epitelio oral cuya función principal es producir secreciones
mucosas, serosas o mixtas que facilitan la lubricación, la formación
del bolo alimenticio y, en muchos linajes, el inicio de la digestión
química. Pueden presentarse como glándulas difusas microscópicas
incrustadas en la mucosa oral —como ocurre en numerosos peces y anfibios—
o como glándulas macroscópicas organizadas en pares principales, como en
los mamíferos (Homo sapiens, Canis lupus familiaris),
donde destacan las glándulas parótidas, submandibulares y sublinguales.
La composición de la saliva varía según la dieta, el ambiente
y la estrategia alimentaria, pudiendo contener mucinas, enzimas
digestivas, factores antimicrobianos y otras proteínas
especializadas.
Enlace
a la [Figura:
Glándulas bucales en reptiles]
En peces, la secreción oral suele ser limitada y está
asociada principalmente a la lubricación mecánica, ya que el transporte
del alimento depende del medio acuático y de la succión bucal. En
anfibios como Rhinella marina, la mucosa oral secretora
contribuye tanto a la manipulación del alimento como a la ventilación
bucofaríngea, manteniendo la superficie húmeda. En reptiles,
especialmente en ambientes terrestres, las glándulas labiales y palatinas
están más desarrolladas, produciendo secreciones que compensan la pérdida de
humedad y facilitan la deglución en medio seco. Aquí la saliva cumple un
papel clave en la transición hacia una alimentación independiente del agua.
En el clado Squamata (lagartos y serpientes), algunas
glándulas salivales han sufrido una profunda especialización
evolutiva hacia la producción de veneno. En serpientes de la familia
Viperidae, como Bothrops asper o Crotalus durissus, las glándulas
supralabiales posteriores se transforman en verdaderas glándulas de
veneno, altamente vascularizadas y encapsuladas. Estas producen complejas
mezclas de toxinas proteicas, incluyendo metaloproteinasas, fosfolipasas
A₂, neurotoxinas y hemotoxinas, que se inyectan mediante colmillos
solenoglifos. Desde el punto de vista evolutivo, estas glándulas derivan de
glándulas salivales ancestrales, evidenciando cómo una estructura
digestiva puede convertirse en un sofisticado sistema predatorio y defensivo.
La evolución de la saliva venenosa no se limita a
Viperidae. En la familia Elapidae, como Naja naja o Micrurus
mipartitus, las glándulas de veneno también derivan de tejido
salival, aunque sus toxinas son predominantemente neurotóxicas y se
inyectan mediante colmillos proteroglifos. Incluso en lagartos como Heloderma
suspectum, las glándulas mandibulares producen secreciones tóxicas
que fluyen por surcos dentales. Estos casos muestran múltiples eventos de innovación
funcional dentro de los escamosos, donde la saliva pasa de ser un
fluido lubricante a convertirse en un arma bioquímica compleja.
Enlace a la [Figura:
Glándulas salivales en mamíferos]
En mamíferos, las glándulas salivales mayores
alcanzan un alto grado de organización anatómica y regulación fisiológica, pero
rara vez evolucionan hacia sistemas venenosos. Sin embargo, existen excepciones
como algunas musarañas del género Blarina, cuya saliva neurotóxica
puede paralizar presas pequeñas. En la mayoría de los mamíferos, la saliva
cumple funciones de digestión enzimática inicial (por ejemplo, mediante amilasa
salival), protección antimicrobiana, amortiguación del pH y mantenimiento
de la integridad epitelial. En conjunto, las glándulas salivales bucales
representan un sistema altamente versátil cuya evolución abarca desde simples
mecanismos de lubricación hasta complejas adaptaciones químicas asociadas a la
depredación, defensa y procesamiento alimentario.
Enlace
a la [Figura:
Glándulas salivales humanas]
Capsula nasal y senos paranasales
La cápsula nasal
es el armazón estructural cartilaginoso u óseo que rodea y protege el epitelio
olfativo y delimita el espacio interno del sistema nasal. En vertebrados
basales era predominantemente cartilaginosa; en mamíferos como Homo
sapiens está integrada en el complejo óseo del cráneo, especialmente en el hueso
etmoides, la lámina cribosa, el vómer y el cartílago
septal. Su función es sostener los tejidos sensoriales y mantener la
arquitectura interna donde circula el aire.
La cavidad nasal es el espacio interno comprendido
entre las narinas externas y las coanas. Está revestida por epitelio
respiratorio y, en regiones específicas, por epitelio olfativo. En
mamíferos presenta estructuras laminares llamadas cornetes o conchas nasales,
que aumentan enormemente la superficie interna para la humidificación,
calentamiento y filtración del aire. En humanos estos cornetes están bien
desarrollados; en cánidos como Canis lupus familiaris son aún más
complejos, lo que mejora la eficiencia olfativa.
Enlace
a la [Figura:
Senos paranasales]
Un epitelio es un tejido de revestimiento
compuesto por capas de células estrechamente unidas que cubren superficies
externas del cuerpo y tapizan cavidades internas y conductos. Su
función depende de su localización y de sus adaptaciones estructurales:
algunos epitelios son protectores, como el epitelio estratificado
queratinizado de la piel, que forma una barrera córnea contra la desecación
y el daño mecánico; otros son glandulares, especializados en la secreción
de sustancias como moco, enzimas u hormonas; otros son absorbentes, como
el epitelio intestinal, optimizado para el intercambio de nutrientes; y algunos
son sensitivos, como el epitelio olfativo, que contiene
receptores capaces de detectar estímulos químicos. Así, el epitelio no es un
tejido uniforme, sino un sistema altamente diverso cuya forma y función
reflejan las exigencias del ambiente y del órgano donde se encuentra.
Los senos paranasales son cavidades neumáticas
excavadas dentro de ciertos huesos del cráneo —como el frontal, maxilar y
esfenoides en humanos— que se comunican con la cavidad nasal. Están revestidos
por mucosa respiratoria y cumplen funciones de reducción del peso craneal,
resonancia vocal y regulación térmica del aire. No son estructuras
primarias del plan vertebrado, sino expansiones secundarias derivadas de la
cavidad nasal, particularmente desarrolladas en muchos mamíferos.
Los tabiques nasales dividen la cavidad nasal en
compartimentos. El principal es el tabique nasal medio, compuesto por
cartílago en la porción anterior y por el etmoides y el vómer en la región
posterior. Además, los cornetes actúan como subdivisiones internas que generan
turbulencia y aumentan la superficie mucosa. Estas estructuras optimizan la eficiencia
respiratoria y la percepción olfativa, y su grado de complejidad
varía según el linaje y la ecología.
La nariz propiamente dicha corresponde a la porción
externa visible del sistema nasal en mamíferos. En perros y otros cánidos, la
superficie externa —el rinario— es húmeda debido a secreciones
constantes de glándulas nasales y al lamido frecuente. Esta humedad mejora la captura
de moléculas odorantes, aumentando la sensibilidad olfativa. En humanos, la
superficie nasal externa está cubierta por piel queratinizada relativamente
seca; la humidificación ocurre principalmente dentro de la cavidad nasal, no en
el exterior.
Enlace
a la [Figura:
Fosas nasales en los cetáceos]
En ballenas (orden Cetacea), la anatomía se
modifica radicalmente: las narinas se desplazan dorsalmente formando el espiráculo,
la cavidad nasal se adapta a la respiración aérea en medio acuático y se pierde
la función olfativa en la mayoría de los odontocetos, mientras que los
misticetos conservan cierto grado de capacidad olfativa. Así, aunque las
estructuras básicas —cápsula, cavidad y aberturas nasales— son homólogas entre
mamíferos, su morfología y fisiología reflejan adaptaciones profundas al
ambiente terrestre, aéreo o acuático.
Referencias
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