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miércoles, 4 de marzo de 2026

Introducción a las ciencias naturales. Ciencia y su método

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 La ciencia de la naturaleza es el conjunto organizado de conocimientos que estudia los fenómenos del mundo natural mediante observación sistemática, experimentación controlada y análisis racional. Se basa en una integración coherente de métodos empíricos, razonamiento lógico y modelización matemática, a partir de los cuales se construyen modelos explicativos —también llamados teorías— que describen, interpretan y permiten predecir el comportamiento de los sistemas naturales bajo condiciones determinadas.

Estos modelos no son simples descripciones, sino representaciones conceptuales capaces de generar hipótesis comprobables y de anticipar resultados observables. Cuando alcanzan suficiente consistencia y poder predictivo, pueden traducirse en aplicaciones prácticas, dando lugar a desarrollos en la tecnología humana. Sin embargo, la relación entre ciencia y tecnología no es estrictamente lineal ni unidireccional. En algunos momentos históricos, la tecnología ha avanzado por ensayo y error antes de contar con una explicación científica completa; en otros, descubrimientos teóricos han impulsado innovaciones técnicas posteriores. En términos generales, ciencia y tecnología evolucionan de forma interdependiente y paralela, retroalimentándose de manera continua.

Método científico clásico o escolar

En la versión escolar, acrítica y lineal del método científico, la investigación suele presentarse como una secuencia limpia de pasos que casi siempre “funciona” igual: primero se hace una observación neutral de un fenómeno; luego se formula una pregunta; después se propone una hipótesis; a continuación se diseña un experimento para probarla controlando variables; se recogen datos; se analizan; se extrae una conclusión; y finalmente, si los resultados se repiten, se “acepta” la hipótesis y se convierte en una teoría, que con el tiempo puede cristalizar en una ley. Esta narrativa es útil como introducción porque enseña ideas clave —contrastación, replicación, control experimental, medición—, pero transmite una imagen demasiado ordenada de cómo opera realmente la ciencia.

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Enlace a la [Figura: Método científico simplificado]

El primer problema es que las observaciones casi nunca se hacen “desde la nada”. Se observan cosas porque ya existe un marco conceptual previo: instrumentos, categorías, preguntas heredadas, y expectativas sobre lo que cuenta como un dato relevante. Un astrónomo no “mira el cielo” en abstracto: mira con telescopios, sensores, modelos y software que ya incorporan supuestos teóricos; un biólogo no “ve” un tejido sin teorías sobre células, función, evolución y patología. Además, el observador no está libre de contexto social e intelectual: hay tradiciones disciplinarias, prioridades de financiación, lenguajes técnicos, debates vigentes y hasta sesgos de época que influyen en qué preguntas se consideran importantes y qué resultados parecen “sorprendentes”.

El segundo problema es que el producto final no es una verdad absoluta, sino un modelo con un dominio de validez, grados de incertidumbre y posibilidad de revisión. Incluso resultados robustos suelen venir acompañados de intervalos de confianza, supuestos, condiciones iniciales, y márgenes instrumentales. En la práctica, la ciencia no avanza como una escalera que sube de hipótesis a teoría y luego a ley; más bien progresa como una red: teorías grandes generan hipótesis, hipótesis fallidas obligan a ajustar instrumentos, métodos o supuestos, y a veces un hallazgo accidental reorganiza el campo. Muchas áreas dependen más de observación sistemática, modelos estadísticos, simulaciones o “experimentos naturales” que de experimentos perfectos de laboratorio.

Un tercer problema es conceptual y se presta para manipulación: en el lenguaje cotidiano, muchas personas usan “teoría” como sinónimo de “suposición” o “ocurrencia”, pero en ciencia una teoría es un marco explicativo amplio, coherente y fértil, que integra evidencia y produce predicciones comprobables (por ejemplo, la teoría microbiana de la enfermedad o la teoría de la evolución). Una hipótesis es una proposición más específica y directamente testeable dentro de un contexto dado. Esta confusión es explotada con frecuencia por actores públicos: algunos políticos o grupos de presión presentan consensos científicos como “solo teorías” para sembrar duda y evitar decisiones sobre problemas ambientales, salud pública o política educativa, como si “teoría” significara “mera opinión”. En realidad, cuando existe consenso científico, no es porque la comunidad “crea” lo mismo por moda, sino porque hay acumulación de evidencia, convergencia de métodos y resultados replicados que hacen que ciertas explicaciones sean, de lejos, las más sólidas disponibles, aunque siempre permanezcan abiertas a mejora.

Otras formas de conocimiento

 La ciencia de la naturaleza es solo una entre varias formas de conocimiento sistemático desarrolladas por la humanidad. Existen también la filosofía, que examina los fundamentos del pensamiento y la realidad; la literatura y la poesía, que exploran la experiencia humana mediante el lenguaje simbólico; la historia, que interpreta procesos sociales pasados; e incluso los saberes tradicionales, que organizan prácticas y observaciones acumuladas culturalmente. Cada uno de estos sistemas posee coherencia interna, métodos propios y criterios de validación. Sin embargo, la ciencia natural se distingue por centrarse específicamente en la explicación de los fenómenos naturales mediante procedimientos replicables y contrastables.

Lo que hace singular a la ciencia de la naturaleza no es su valor cultural —que comparte con otras disciplinas— sino su capacidad para establecer un circuito de retroalimentación con la técnica y la tecnología. Un modelo físico puede conducir al diseño de un dispositivo; ese dispositivo, a su vez, permite realizar mediciones más precisas que corrigen o refinan el modelo original. Así ocurrió con la teoría electromagnética de James Clerk Maxwell, que hizo posible el desarrollo de la radio y las telecomunicaciones modernas; o con la teoría microbiana de la enfermedad, que transformó la medicina al permitir la creación de vacunas, antibióticos y protocolos de higiene hospitalaria. En estos casos, la comprensión teórica del mundo natural se tradujo en intervenciones técnicas que modificaron de manera tangible las condiciones de vida.

Enlace a la [Figura: James Clerk Maxwell]

Este poder transformador ha generado críticas y tensiones. A veces se acusa a la ciencia natural de arrogancia intelectual o de promover una visión reduccionista conocida como cientificismo, es decir, la idea de que solo el conocimiento científico sería legítimo. No obstante, desde un análisis epistemológico riguroso, la ciencia de la naturaleza no invalida otras formas de saber; simplemente opera con criterios específicos cuando el objetivo es intervenir materialmente en el entorno. Si se desea construir un puente, desarrollar una vacuna o diseñar un satélite, es necesario recurrir a modelos físico-matemáticos verificables, independientemente de las reflexiones filosóficas o literarias que puedan acompañar esas empresas.

Es importante notar que, cuando definimos la ciencia de la naturaleza, rara vez empleamos la palabra “verdad” en sentido absoluto. La ciencia no afirma verdades eternas e inmutables, sino que construye modelos provisionales, siempre abiertos a revisión frente a nueva evidencia. La mecánica newtoniana describió con gran precisión el movimiento durante siglos, pero fue reformulada en ciertos dominios por la relatividad y la mecánica cuántica. Esto no significa que Newton estuviera “equivocado” en términos absolutos, sino que su modelo era válido dentro de ciertos límites de escala y velocidad. La ciencia progresa sustituyendo o refinando explicaciones anteriores mediante evidencia empírica.

En contraste, las ciencias formales, como la matemática y la lógica, sí trabajan con nociones de verdad necesarias dentro de sistemas axiomáticos. Cuando se demuestra un teorema en geometría euclidiana, su validez se mantiene mientras se acepten los axiomas de partida. En cambio, una teoría biológica o física depende siempre de observaciones del mundo empírico y puede ser revisada si aparecen datos contradictorios. Esta diferencia subraya que no todas las “ciencias” operan bajo los mismos criterios de validación, aunque todas compartan un carácter sistemático.

Enlace a la [Figura: Tecnociencia]

Reconocer estas distinciones permite ubicar a la ciencia de la naturaleza en su justo lugar: no como la única forma valiosa de conocimiento, pero sí como la única que ha demostrado de manera consistente una capacidad predictiva y tecnológica sobre el mundo material. La literatura puede transformar la sensibilidad, la filosofía puede transformar la comprensión conceptual, y la ética puede orientar nuestras decisiones; pero cuando se trata de modificar las condiciones físicas del entorno —desde erradicar enfermedades hasta enviar sondas a Marte— la ciencia natural y su diálogo permanente con la tecnología han mostrado una eficacia singular.

Las ciencias formales

 Además de las ciencias de la naturaleza, suelen distinguirse las ciencias formales y las ciencias humanas o sociales, cada una con objeto, método y criterios de validación propios. Esta clasificación no implica jerarquías de valor, sino diferencias en el tipo de preguntas que formulan y en el modo en que justifican sus afirmaciones. Mientras unas se ocupan de estructuras abstractas, otras analizan fenómenos físicos, y otras estudian acciones, significados e instituciones humanas.

Las ciencias formales, como la matemática y la lógica, no estudian directamente el mundo empírico, sino sistemas de relaciones abstractas definidos por axiomas y reglas de inferencia. Su rasgo distintivo es que operan dentro de marcos deductivos: a partir de axiomas explícitos, considerados puntos de partida, se derivan teoremas mediante demostraciones lógicas rigurosas. Si los axiomas se aceptan, las conclusiones son necesarias dentro de ese sistema.

Un axioma es una proposición básica que se acepta como punto de partida dentro de un sistema formal, no porque sea una “verdad absoluta” demostrada, sino porque cumple la función de fundamento lógico desde el cual se derivan otras proposiciones. El concepto fue sistematizado en la tradición griega, especialmente en los Elementos de Euclides, donde ciertos postulados —como “por dos puntos pasa una única recta”— se adoptan sin demostración para construir toda la geometría euclidiana. Más tarde, el desarrollo de la lógica formal y de los sistemas axiomáticos en los siglos XIX y XX (por ejemplo, en la obra de David Hilbert) reforzó la idea de que un axioma es una regla inicial elegida dentro de un marco teórico específico. No es sinónimo de “verdad” en sentido absoluto porque su validez depende del sistema en el que se inserta: si se modifican los axiomas, como ocurre en las geometrías no euclidianas, se obtienen resultados distintos pero igualmente coherentes. Así, un axioma no es una verdad empírica comprobada, sino un supuesto estructural que permite organizar y deducir un conjunto consistente de teoremas.

Enlace a la [Figura: Euclides de alejandría]

Por ejemplo, en la geometría euclidiana, el teorema de Pitágoras se deduce de postulados básicos; en el álgebra simbólica desarrollada por François Viète, la formalización del lenguaje algebraico permitió demostrar identidades y resolver ecuaciones de manera general. Del mismo modo, en la lógica proposicional, si se parte de premisas verdaderas y se aplican reglas válidas de inferencia, la conclusión es necesariamente válida dentro del sistema. Estas verdades son inmutables en tanto se mantengan los axiomas y las reglas adoptadas.

Las ciencias formales, por tanto, producen verdades necesarias y universales dentro de un marco definido, pero no requieren contrastación empírica directa. Un teorema matemático no se verifica midiendo el mundo físico, sino examinando la coherencia interna del razonamiento. Incluso cuando la matemática se aplica a la física —como en las ecuaciones diferenciales que describen el movimiento— la validez matemática de esas ecuaciones es independiente de si el modelo físico resulta correcto o no. La demostración aquí es un proceso puramente lógico, expresado en un lenguaje formal cuidadosamente estructurado.

Una caricatura de una persona

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En contraste, las ciencias de la naturaleza trabajan con categorías distintas: modelos, hipótesis, teorías y leyes. Aunque pueden emplear herramientas matemáticas sofisticadas, su validez no depende solo de la coherencia lógica, sino de su correspondencia con la realidad empírica. Una hipótesis inicial —por ejemplo, que una determinada bacteria causa una enfermedad— debe ser contrastada mediante experimentos controlados y observaciones repetibles. La ley de gravitación universal de Newton, aunque expresada matemáticamente, fue aceptada porque explicaba con precisión los movimientos planetarios observados por astrónomos como Kepler. Más tarde, la teoría de la relatividad de Einstein refinó ese modelo al explicar desviaciones observadas en órbitas y en la curvatura de la luz. Aquí, la validez depende de la confrontación sistemática con el mundo natural.

Finalmente, las ciencias humanas y sociales —como la historia, la sociología, la economía o la antropología— se sitúan en un punto intermedio en cuanto a métodos. También emplean análisis sistemático y, en muchos casos, técnicas cuantitativas; pero su objeto de estudio son acciones, instituciones y significados humanos, que no siempre pueden aislarse experimentalmente como en física o química. Un economista puede construir un modelo matemático del mercado, pero su validez dependerá de datos históricos y del comportamiento real de los agentes. Un historiador, por su parte, no demuestra teoremas, sino que argumenta interpretaciones basadas en fuentes documentales. Así, cada tipo de ciencia se define no solo por su rigor, sino por el tipo de realidad que intenta comprender y por los criterios mediante los cuales valida sus conclusiones.

Las ciencias sociales

 Otro gran grupo de disciplinas lo constituyen las ciencias sociales, cuyo objeto de estudio es el comportamiento humano en sociedad, incluyendo las instituciones, las normas, las decisiones colectivas y las dinámicas culturales. A diferencia de las ciencias de la naturaleza, que estudian fenómenos físicos o biológicos gobernados por leyes relativamente estables, las ciencias sociales deben analizar sistemas donde intervienen decisiones humanas, tradiciones, intereses, emociones e interpretaciones culturales, factores que introducen un alto grado de variabilidad e imprevisibilidad. Disciplinas como la sociología, la ciencia política, la antropología o la historia intentan identificar patrones dentro de esa complejidad, reconociendo que las sociedades cambian constantemente y que los mismos fenómenos pueden manifestarse de formas distintas según el contexto histórico o cultural.

El estudio del comportamiento humano también se diferencia del análisis del comportamiento animal, que se aborda principalmente desde la etología, una rama de la biología. La etología examina conductas como el cortejo, la territorialidad o las jerarquías sociales en especies como lobos (Canis lupus), abejas (Apis mellifera) o chimpancés (Pan troglodytes), buscando explicaciones evolutivas y fisiológicas. Aunque los humanos también somos una especie biológica, nuestro comportamiento está profundamente influido por lenguaje simbólico, instituciones sociales, educación, religión y sistemas económicos, lo que genera patrones mucho más complejos. Por ejemplo, fenómenos como los mercados financieros, las elecciones políticas o las revoluciones sociales no pueden explicarse únicamente mediante instintos biológicos, sino que dependen de redes de significados y decisiones colectivas.

Algunas ciencias sociales combinan herramientas provenientes de las ciencias formales y de las ciencias naturales. Un ejemplo claro es la economía, que utiliza modelos matemáticos y métodos estadísticos para analizar fenómenos como la inflación, el crecimiento económico o el comercio internacional. Modelos como la oferta y la demanda, el equilibrio de mercado o las teorías de juegos permiten describir ciertos comportamientos colectivos, como la fijación de precios o las estrategias competitivas entre empresas. Sin embargo, estos modelos deben aplicarse con cautela porque dependen de supuestos simplificadores acerca del comportamiento humano, que no siempre se cumplen en la realidad.

Las ciencias sociales también trabajan con modelos teóricos, pero su grado de consenso suele ser menor que en muchas áreas de las ciencias naturales. En ocasiones, distintas escuelas interpretan los mismos fenómenos de maneras muy diferentes, lo que lleva a debates intensos e incluso a que algunas teorías sean calificadas como ideologías por sus críticos. Además, diseñar experimentos controlados en contextos sociales es mucho más difícil que en un laboratorio físico o químico, ya que no es posible manipular sociedades completas bajo condiciones estrictamente controladas. Por ello, los investigadores suelen recurrir a estudios estadísticos, análisis históricos, encuestas, experimentos de comportamiento y comparaciones entre sociedades, intentando construir explicaciones plausibles para fenómenos complejos como la desigualdad económica, la cooperación social o la formación de instituciones políticas.

Dogmas de fe y tradiciones

 Un dogma de fe es una afirmación considerada verdadera por autoridad religiosa o tradición espiritual, y cuya validez no depende de la demostración empírica ni del razonamiento lógico formal. A diferencia de un axioma, que en las ciencias formales se adopta como punto de partida lógico dentro de un sistema de demostraciones, el dogma se sostiene principalmente por convicción colectiva, tradición y experiencia emocional. Los axiomas —como los propuestos por Euclides en Alejandría alrededor del 300 a. C. para fundamentar la geometría— son proposiciones abstractas que permiten construir sistemas lógicos coherentes, pero rara vez despiertan emociones profundas. Nadie organiza comunidades, rituales o identidades culturales alrededor de un principio como la conservación de la masa. En cambio, los dogmas religiosos sí movilizan emociones intensas, pues se viven a través de la identidad cultural, la pertenencia social y la experiencia espiritual, como ocurrió con la formulación de doctrinas centrales del cristianismo durante el Concilio de Nicea en el año 325 d. C.

Un dibujo de una persona

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Enlace a la [Figura: Isaac Newton]

Las ciencias de la naturaleza rechazan el dogma como método de conocimiento, pero no están completamente libres de la influencia de las tradiciones intelectuales. Una tradición científica consiste en un conjunto de teorías, métodos o interpretaciones que se mantienen porque han demostrado ser útiles para explicar fenómenos, aunque no se consideren verdades absolutas. Por ejemplo, durante gran parte del siglo XVII y XVIII la mecánica newtoniana, desarrollada por Isaac Newton en Inglaterra en 1687, se convirtió en la tradición dominante para explicar el movimiento de los cuerpos. Incluso cuando aparecieron anomalías en fenómenos astronómicos o en la propagación de la luz, los científicos continuaron trabajando dentro de ese marco porque era extraordinariamente eficaz para describir la mayoría de los sistemas físicos conocidos.

En ocasiones, algunos científicos individuales pueden aferrarse emocionalmente a una tradición teórica, acercándose peligrosamente a una actitud similar al dogma. Un caso famoso ocurrió a finales del siglo XIX con el debate sobre la existencia de los átomos. El químico y físico alemán Wilhelm Ostwald, trabajando en Leipzig hacia 1895, defendía una postura llamada energetismo, según la cual la materia no debía interpretarse como compuesta por partículas discretas, sino como manifestaciones de energía continua. Esta posición lo llevó a rechazar la teoría atomista defendida por científicos como Ludwig Boltzmann, quien utilizaba modelos estadísticos de partículas para explicar fenómenos termodinámicos. Las críticas intensas hacia sus ideas contribuyeron a la profunda depresión de Boltzmann, que finalmente se suicidó en Duino, Italia, en 1906.

Sin embargo, lo importante desde la perspectiva histórica es que la comunidad científica en su conjunto rara vez adopta una postura dogmática unificada por mucho tiempo. Durante décadas coexistieron distintas interpretaciones sobre la naturaleza de la materia, lo que generó debates, publicaciones y experimentos que enriquecieron el desarrollo de la física. Finalmente, evidencias experimentales como el movimiento browniano explicado por Albert Einstein en 1905 y confirmado experimentalmente por Jean Perrin en París en 1908 proporcionaron pruebas sólidas de la existencia de los átomos. Este proceso muestra cómo la ciencia progresa no eliminando de inmediato las discrepancias, sino permitiendo que múltiples ideas compitan hasta que la evidencia empírica favorece una explicación más robusta.

La ciencia de la naturaleza es naturalista

Otro rasgo fundamental que distingue a las ciencias de la naturaleza es su carácter naturalista. Esto significa que no solo describen y ordenan los fenómenos del mundo natural, sino que además explican esos fenómenos utilizando causas que pertenecen al propio orden natural, sin recurrir a agentes sobrenaturales. Cuando un físico estudia el movimiento de los planetas, un biólogo analiza la evolución de una especie o un químico investiga una reacción molecular, las explicaciones se construyen a partir de propiedades observables, leyes físicas, procesos biológicos o interacciones químicas. Esta forma de investigar se consolidó progresivamente desde la revolución científica de los siglos XVI y XVII, cuando pensadores como Galileo Galilei en Italia (1610) o Isaac Newton en Inglaterra (1687) comenzaron a explicar fenómenos naturales mediante principios matemáticos y experimentales, en lugar de atribuirlos a causas divinas directas.

Como se mencionó anteriormente, el naturalismo suele distinguirse en dos sentidos. El naturalismo ontológico sostiene que la naturaleza constituye la realidad fundamental del universo, es decir, que todo lo que existe pertenece de algún modo al mundo natural. En cambio, el naturalismo metodológico es una postura más limitada y práctica: establece que el método científico debe buscar explicaciones basadas en procesos naturales, independientemente de las creencias filosóficas o religiosas personales de los investigadores. En otras palabras, incluso científicos creyentes pueden practicar ciencia si sus hipótesis se formulan y se ponen a prueba mediante observaciones, experimentos y modelos naturales.

Enlace a la [Figura: Albert Einstein]

Las ciencias de la naturaleza son, en la práctica, una aplicación sistemática del naturalismo metodológico. Por ejemplo, cuando Charles Darwin publicó en Londres en 1859 su teoría de la evolución por selección natural, explicó la diversidad biológica mediante procesos naturales como la variación heredable y la competencia por recursos, sin recurrir a intervenciones sobrenaturales. De manera similar, cuando Louis Pasteur demostró en Francia en 1861 que los microorganismos causan enfermedades, reemplazó antiguas ideas sobre la generación espontánea por explicaciones basadas en organismos observables. Otro ejemplo moderno es el estudio del cambio climático, donde climatólogos utilizan mediciones atmosféricas, modelos físicos y registros geológicos para explicar el aumento de la temperatura global mediante procesos naturales y actividades humanas.

Enlace a la [Figura. Charles Darwin]

En contraste, existen posturas que rechazan el naturalismo metodológico y proponen explicaciones que no pueden ser evaluadas mediante métodos científicos. Entre los ejemplos más conocidos se encuentran el creacionismo literalista, que interpreta ciertos textos religiosos como descripciones científicas del origen del mundo; el terraplanismo, que niega la evidencia astronómica acumulada desde la antigüedad; o campañas de desinformación promovidas durante décadas por algunos sectores de la industria tabacalera, que intentaron desacreditar la relación entre tabaco y cáncer demostrada desde los años 1950. Estos movimientos suelen compartir ciertos rasgos: el uso selectivo de datos científicos fragmentarios, la promoción de expertos marginales financiados por grupos de presión, y la generación deliberada de dudas sobre consensos científicos bien establecidos en la población general no experta. Frente a estas estrategias, la ciencia se apoya en la revisión por pares, la replicación de resultados y el debate abierto, mecanismos que permiten separar gradualmente las explicaciones más sólidas de aquellas que no resisten la evidencia.

Ramas

 Las ciencias de la naturaleza no siempre existieron como disciplinas separadas como hoy las conocemos. Durante gran parte de la historia, todos los estudios sobre el mundo físico y los seres vivos formaban parte de una sola tradición intelectual llamada filosofía natural. Este campo intentaba comprender el funcionamiento de la naturaleza mediante la observación, el razonamiento y la reflexión filosófica. Sus orígenes suelen situarse en la Grecia antigua del siglo VI a. C., particularmente con pensadores como Tales de Mileto (aprox. 624–548 a. C.), quien propuso que los fenómenos del mundo podían explicarse mediante principios naturales en lugar de recurrir a relatos mitológicos sobre la intervención directa de los dioses. Tales buscaba un arjé, o principio fundamental de la naturaleza, que identificó con el agua, inaugurando así una tradición de pensamiento que intentaba explicar el universo mediante causas naturales.

Enlace a la [Figura. Tales de Mileto]

Durante la Antigüedad clásica, la filosofía natural fue desarrollada por autores como Aristóteles (384–322 a. C.), quien estudió desde la física del movimiento hasta la clasificación de los animales y plantas. En su obra se mezclaban lo que hoy llamaríamos biología, física, meteorología y cosmología. A lo largo de la Edad Media y el Renacimiento, este conjunto de saberes continuó evolucionando, y gradualmente comenzó a organizarse en diferentes áreas. Una de estas ramas fue la historia natural, que se concentraba en la descripción y clasificación de los organismos, minerales y fenómenos geológicos. Naturalistas como Carl Linnaeus en Suecia (1707–1778), creador del sistema moderno de clasificación biológica en Systema Naturae (1735), representan este esfuerzo por ordenar la diversidad de la naturaleza.

Mientras tanto, otras áreas de la filosofía natural comenzaron a enfocarse cada vez más en fenómenos físicos y matemáticos. Este proceso dio lugar al surgimiento de la física moderna, que fue una de las primeras ciencias en consolidarse como disciplina independiente. Durante el siglo XVII, científicos como Robert Hooke en Inglaterra (1635–1703) estudiaron fenómenos como la elasticidad y la estructura microscópica de los materiales, mientras que Isaac Newton publicó en 1687 su obra Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica, donde formuló las leyes del movimiento y la gravitación universal. Con este trabajo, la filosofía natural comenzó a transformarse en una ciencia cuantitativa basada en matemáticas, experimentación y leyes universales.

La química también se desarrolló a partir de la separación progresiva entre la alquimia y el estudio científico de las sustancias. La alquimia había surgido principalmente de prácticas artesanales de metalurgistas, boticarios y tintoreros, quienes buscaban transformar materiales y producir compuestos útiles. Sin embargo, en el siglo XVII, el químico irlandés Robert Boyle publicó The Sceptical Chymist (1661), obra que criticaba las explicaciones tradicionales, y proponía estudiar la materia mediante experimentos sistemáticos. Finalmente, la biología moderna emergió en el siglo XIX cuando naturalistas como Charles Darwin y Alfred Russel Wallace propusieron la teoría de la evolución por selección natural, presentada en 1859 en El origen de las especies. Esta teoría ofreció una explicación natural para la diversidad de los organismos, separando definitivamente el estudio científico de la vida de interpretaciones teológicas tradicionales.

Enlace a la [Figura. Aristóteles de Estagira]

Los métodos científicos

 Existen muchas versiones simplificadas del método científico, pero en la práctica real de la investigación el proceso suele ser más dinámico y circular de lo que sugieren los esquemas escolares. En general, la investigación comienza con una teoría o modelo general ya establecido que explica un conjunto amplio de fenómenos naturales. Sin embargo, incluso las teorías más exitosas presentan problemas abiertos, inconsistencias parciales o preguntas aún no resueltas. Estos problemas se traducen en predicciones concretas que pueden ponerse a prueba. Cuando una predicción se formula de manera clara y comprobable recibe el nombre de hipótesis. Por ejemplo, la teoría de la gravitación de Newton (1687) predecía con gran precisión el movimiento de los planetas, pero pequeñas anomalías en la órbita de Mercurio generaron hipótesis adicionales que finalmente solo pudieron explicarse completamente con la relatividad general de Einstein en 1915.

Un mismo modelo teórico puede generar varias hipótesis en competencia. En muchas disciplinas, especialmente en estadística y ciencias experimentales, se distinguen dos tipos principales: la hipótesis nula y la hipótesis alternativa. La hipótesis nula suele representar la explicación más conservadora o el supuesto de que no existe efecto o relación significativa, mientras que la alternativa propone que sí existe tal efecto. Por ejemplo, en medicina, al evaluar un nuevo medicamento contra una enfermedad, la hipótesis nula podría afirmar que el fármaco no tiene efecto sobre los pacientes, mientras que la alternativa sostiene que sí mejora la condición clínica. La investigación se diseña de modo que los datos permitan rechazar o no rechazar la hipótesis nula, como ocurre en numerosos ensayos clínicos modernos.

Las hipótesis deben ponerse a prueba mediante contrastación empírica, es decir, comparando sus predicciones con lo que ocurre realmente en la naturaleza. Esta contrastación puede adoptar diversas formas. En algunos casos se realiza mediante observaciones sistemáticas, como en la astronomía, donde telescopios terrestres o espaciales registran fenómenos que no pueden reproducirse en laboratorio, como las supernovas o los agujeros negros. En otros casos se utilizan experimentos controlados, típicos de la química o la biología molecular, como los experimentos que permitieron descubrir la estructura del ADN por Watson y Crick en 1953, basados en datos de difracción de rayos X. Actualmente también se utilizan métodos adicionales como modelos matemáticos complejos, simulaciones en supercomputadoras o incluso técnicas de inteligencia artificial, por ejemplo en el estudio del clima global o en la predicción de estructuras de proteínas.

Los resultados de estas contrastaciones pueden producir distintos tipos de conocimiento científico. Las formulaciones más simples suelen denominarse leyes científicas, que describen relaciones regulares entre variables medibles, como la ley de Boyle (1662) que relaciona presión y volumen de un gas. Sin embargo, la ciencia no se limita a leyes aisladas. Con frecuencia, varias leyes se integran dentro de modelos más complejos o dentro de teorías científicas, que son marcos conceptuales amplios que incluyen principios generales, conceptos unificadores y numerosos problemas abiertos. Un ejemplo es la teoría de la evolución, que integra múltiples leyes y observaciones sobre genética, ecología y paleontología. Las teorías no representan el final del conocimiento, sino más bien plataformas para generar nuevas preguntas, permitiendo formular nuevas hipótesis y reiniciar continuamente el ciclo de investigación científica.

Enlace a la [Figura: Robert Boyle]

Crisis científicas y nuevos paradigmas

 En la práctica histórica, el desarrollo de las ciencias de la naturaleza no ocurre como una acumulación lineal de descubrimientos, sino mediante períodos de estabilidad interrumpidos por cambios profundos en la forma de interpretar la naturaleza. El historiador y filósofo de la ciencia Thomas Kuhn, en su obra The Structure of Scientific Revolutions (1962), describió este proceso mediante el concepto de paradigma. Un paradigma es un marco teórico dominante que orienta la investigación durante lo que Kuhn llamó ciencia normal, una etapa en la que los científicos resuelven problemas dentro de un conjunto compartido de conceptos y métodos. Sin embargo, cuando comienzan a acumularse anomalías, es decir, fenómenos que el paradigma no logra explicar adecuadamente, puede producirse una crisis científica que eventualmente conduce a una revolución científica. Un ejemplo clásico es el paso del modelo geocéntrico de Ptolomeo (siglo II) al modelo heliocéntrico propuesto por Copérnico en 1543 y desarrollado posteriormente por Kepler y Galileo, transformación que modificó profundamente la forma de entender el sistema solar.

Otro filósofo de la ciencia, Imre Lakatos, propuso una interpretación más gradual del cambio científico mediante la idea de programas de investigación. Según Lakatos, una teoría científica no debe evaluarse de manera aislada, sino como parte de un programa teórico que incluye un núcleo conceptual relativamente estable y una serie de hipótesis auxiliares que pueden modificarse con el tiempo. Un programa es progresivo cuando genera nuevas predicciones confirmadas empíricamente, mientras que se considera degenerativo cuando solo introduce modificaciones ad hoc para explicar anomalías sin producir descubrimientos nuevos. Un ejemplo de programa progresivo fue la mecánica newtoniana, que durante los siglos XVII y XVIII permitió explicar desde la caída de los cuerpos hasta el movimiento de los planetas y la trayectoria de los cometas. Con el tiempo, sin embargo, ciertas anomalías —como la precesión del perihelio de Mercurio— condujeron a la aparición de un nuevo marco teórico: la relatividad general de Einstein en 1915, que amplió el programa anterior.

Algunos objetos de conocimiento científico trascienden una teoría particular y pueden entenderse como metateorías, es decir, conceptos que se mantienen como problema central a lo largo de varias transformaciones teóricas. Un ejemplo notable es el átomo. La idea de que la materia está formada por unidades discretas aparece ya en el atomismo de Demócrito en el siglo V a. C., pero fue reinterpretada muchas veces. En el siglo XIX, John Dalton propuso un modelo químico de átomos indivisibles (1808), que luego fue transformado por el descubrimiento de partículas subatómicas como el electrón por J. J. Thomson en 1897, el modelo nuclear de Rutherford en 1911, el modelo cuántico de Bohr en 1913 y finalmente la mecánica cuántica desarrollada entre 1925 y 1930. En cada etapa hubo crisis conceptuales y nuevas formulaciones, pero el objeto de estudio —la estructura de la materia— permaneció como un eje continuo de investigación.

Algo similar ocurre con el concepto de evolución biológica, que también puede entenderse como una metateoría. La formulación original de Charles Darwin y Alfred Russel Wallace en 1859 explicaba la evolución mediante selección natural, pero carecía de un mecanismo claro de herencia. A comienzos del siglo XX, el redescubrimiento de las leyes de Gregor Mendel (1900) permitió consolidar la llamada síntesis moderna de la evolución entre las décadas de 1930 y 1940, con científicos como Theodosius Dobzhansky, Ernst Mayr y Julian Huxley. Más recientemente, nuevas áreas como la biología del desarrollo evolutivo (evo-devo) y la epigenética han ampliado el marco explicativo, mostrando que incluso teorías muy consolidadas continúan evolucionando.

En este sentido, las metateorías científicas comparten un rasgo fundamental: todas se fundamentan en el naturalismo metodológico, es decir, en la búsqueda de explicaciones basadas en procesos naturales observables. Sin embargo, dentro de ese marco general pueden coexistir programas de investigación distintos e incluso antagonistas, que compiten por explicar mejor los fenómenos. Las transiciones entre estos programas suelen implicar crisis conceptuales, debates intensos y reinterpretaciones profundas de los datos existentes.

 Dado que las nuevas teorías que surgen dentro de una metateoría siguen siendo naturalistas por definición, para el público general la ciencia puede resultar desconcertante. A veces parece un conocimiento que nunca cambia, porque los grandes conceptos —como el átomo, la evolución o la gravedad— permanecen durante siglos; pero otras veces parece que nunca hay acuerdo, porque los científicos discuten constantemente, hablan de crisis teóricas, revisiones conceptuales o cambios de modelo, y utilizan expresiones prudentes como es plausible, la evidencia sugiere o los datos indican. Para muchas personas esto puede dar la impresión contradictoria de que nada cambia y al mismo tiempo nada es completamente confiable.

En realidad, esos debates forman parte del funcionamiento normal de la investigación científica. Los periodistas suelen amplificar palabras como crisis, revolución o reescritura de la teoría, porque resultan dramáticas y noticiosas. Sin embargo, incluso cuando ocurren cambios profundos, estos se desarrollan dentro del mismo marco naturalista: las explicaciones siguen basándose en causas naturales, evidencia empírica y modelos contrastables. Por ejemplo, aunque las teorías sobre la evolución hayan cambiado desde Darwin hasta la síntesis moderna y las discusiones actuales sobre evo-devo o epigenética, todas siguen siendo teorías naturalistas sobre cómo cambian las poblaciones biológicas a lo largo del tiempo.

Esto significa que incluso si una teoría concreta colapsara o fuese reemplazada, lo que surgiría en su lugar sería otra teoría igualmente naturalista, probablemente más precisa o más amplia, pero aún dentro del mismo tipo de explicación científica. En ese sentido, el concepto central —como la evolución biológica— suele permanecer, aunque sus mecanismos o modelos cambien. Desde fuera, algunos observadores esperan que una crisis científica termine sustituyendo las explicaciones naturales por explicaciones sobrenaturales o religiosas, pero eso no ocurre porque hacerlo implicaría abandonar el principio fundamental del naturalismo metodológico, que es precisamente lo que define a las ciencias de la naturaleza.

Por ello, lo que desde el exterior puede parecer una ciencia permanentemente inestable o contradictoria, para los investigadores es simplemente la actividad normal del conocimiento científico. Los desacuerdos, las revisiones y las discusiones forman parte del proceso mediante el cual las teorías se refinan y se vuelven más precisas. En términos menos solemnes, lo que para el público parece una gran crisis intelectual, para muchos científicos suele ser simplemente otro jueves por la mañana discutiendo modelos con una taza de café en la mano.

Referencias

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Figura. Charles Darwin

 Charles Darwin (1809–1882) fue un naturalista británico cuya obra transformó profundamente la biología moderna. Nació el 12 de febrero de 1809 en Shrewsbury, Inglaterra, en una familia acomodada interesada en la ciencia y la medicina. Su padre, Robert Darwin, era médico, y su abuelo, Erasmus Darwin, había sido un pensador naturalista que ya especulaba sobre la transformación de las especies. Darwin inició estudios de medicina en la Universidad de Edimburgo, pero abandonó esa carrera debido a su aversión a las prácticas quirúrgicas de la época. Posteriormente ingresó al Christ’s College de Cambridge, donde inicialmente se preparaba para el clero, aunque allí desarrolló un profundo interés por la historia natural, influido por el botánico John Stevens Henslow.

El acontecimiento decisivo en su vida científica fue su participación como naturalista en el viaje del HMS Beagle entre 1831 y 1836. Durante esta expedición alrededor del mundo, Darwin observó una gran diversidad de organismos, formaciones geológicas y fósiles. Sus estudios en lugares como Sudamérica y las islas Galápagos le llevaron a cuestionar la idea de que las especies fueran inmutables. Comparando animales de distintas regiones, comenzó a considerar que las especies podían cambiar gradualmente a lo largo del tiempo. Estas observaciones, junto con la lectura de obras como el ensayo de Thomas Malthus sobre la población, contribuyeron al desarrollo de su teoría de la selección natural.

En 1859 Darwin publicó su obra más influyente, El origen de las especies, donde propuso que la diversidad de la vida puede explicarse por la evolución a través de la descendencia con modificación y la acción de la selección natural. Según esta idea, las variaciones hereditarias que favorecen la supervivencia y reproducción tienden a preservarse en las poblaciones. Su teoría revolucionó la biología al ofrecer una explicación naturalista del origen de las especies. Darwin continuó investigando temas como la variación, la domesticación y la evolución humana hasta su muerte en 1882. Fue enterrado en la Abadía de Westminster, reconocimiento a su enorme impacto científico.

Figura. Euclides de Alejandría

 Euclides de Alejandría fue uno de los matemáticos más influyentes de la Antigüedad y es tradicionalmente conocido como el “padre de la geometría”. Vivió aproximadamente entre los siglos IV y III a. C., probablemente alrededor del año 300 a. C., durante el reinado de Ptolomeo I Sóter en Egipto. Aunque los detalles de su vida son escasos, se sabe que trabajó en Alejandría, uno de los centros intelectuales más importantes del mundo helenístico, asociado con la famosa Biblioteca y el Museo de Alejandría. Allí enseñó matemáticas y desarrolló un programa sistemático de organización del conocimiento geométrico heredado de matemáticos anteriores como Tales, Pitágoras, Eudoxo y Teeteto.

Su obra más célebre es Elementos, un tratado monumental compuesto por trece libros que organizan la geometría y parte de la teoría de números mediante un método axiomático. En este sistema, Euclides parte de definiciones, postulados y nociones comunes, a partir de los cuales deduce proposiciones mediante demostraciones rigurosas. Este enfoque estableció un modelo de razonamiento lógico que influyó profundamente en la matemática, la filosofía y la ciencia durante más de dos mil años. En los Elementos aparecen resultados fundamentales como el teorema de Pitágoras, la teoría de proporciones y los fundamentos de la geometría plana y sólida.

Además de los Elementos, a Euclides se le atribuyen otros tratados como Óptica, donde estudió la propagación rectilínea de la luz y la perspectiva visual, y Datos, que analiza propiedades geométricas deducibles a partir de condiciones iniciales. La tradición también conserva una anécdota famosa: cuando el rey Ptolomeo preguntó si existía un camino más corto para aprender geometría, Euclides respondió que “no hay camino real hacia la geometría”. Esta frase resume su visión del conocimiento matemático como una disciplina basada en la demostración rigurosa y el razonamiento sistemático, legado que definió la estructura de las matemáticas durante siglos.

Figura. Tecnociencia

El concepto de tecnociencia describe la profunda interdependencia entre conocimiento científico y desarrollo tecnológico. Tradicionalmente se ha presentado a la ciencia como el origen de las aplicaciones técnicas, pero la historia muestra un panorama más complejo. Muchas innovaciones tecnológicas surgieron antes de que existiera una explicación científica completa de los fenómenos involucrados. Por ello suele citarse la provocadora frase: “la ciencia le debe más al motor de vapor que el motor de vapor a la ciencia”. Con esta afirmación se sugiere que el desarrollo de las máquinas de vapor durante la Revolución Industrial impulsó preguntas fundamentales sobre la energía, el calor y el trabajo, estimulando la formulación de la termodinámica como disciplina científica.

En este sentido, la tecnología no solo aplica conocimiento científico: también genera problemas, instrumentos y contextos experimentales que alimentan el progreso de la ciencia. Los ingenieros que optimizaban calderas, pistones y sistemas de presión produjeron datos empíricos que obligaron a los científicos a desarrollar teorías más precisas sobre el comportamiento del calor. A su vez, esas teorías permitieron diseñar máquinas más eficientes. Este ciclo continuo de retroalimentación muestra que ingeniería aplicada y ciencia teórica evolucionan juntas. Los avances en instrumentación, materiales y métodos experimentales amplían las capacidades de observación y medición, permitiendo a la ciencia explorar fenómenos que antes eran inaccesibles.

Por esta razón puede afirmarse que ingeniería y ciencia son como un par de siameses: comparten funciones vitales y no pueden separarse sin comprometer su desarrollo. La ciencia proporciona modelos explicativos, principios y marcos conceptuales, mientras que la tecnología aporta herramientas, dispositivos y soluciones prácticas que hacen posible poner a prueba esos modelos. En la tecnociencia moderna —desde la biotecnología hasta la exploración espacial— teoría e implementación se desarrollan simultáneamente. Separarlas artificialmente, ya sea en la práctica o en la reflexión conceptual, oculta su verdadera naturaleza: un sistema integrado de producción de conocimiento y transformación del mundo material.

Figura. Método científico simplificado

La figura representa un modelo simplificado del método científico, organizado como una secuencia de pasos que permiten transformar una pregunta inicial en conocimiento sistemático. El proceso comienza con hacer una pregunta, generalmente surgida de la observación de un fenómeno natural o de una duda sobre cómo funciona algún sistema. A continuación se realiza una investigación de fondo, que consiste en revisar información previa, literatura científica o antecedentes experimentales. Este paso es importante porque permite comprender qué se sabe ya sobre el tema y evitar repetir estudios innecesarios. Con esa información se puede construir una hipótesis, es decir, una explicación tentativa que intenta responder la pregunta inicial.

Una vez formulada la hipótesis, el siguiente paso consiste en ponerla a prueba mediante experimentos. Estos experimentos deben diseñarse de manera controlada para evaluar si las predicciones derivadas de la hipótesis se cumplen o no. Los datos obtenidos durante la experimentación se someten posteriormente a un análisis de resultados, donde se comparan las observaciones con lo que la hipótesis anticipaba. Este análisis conduce a una conclusión provisional. La figura muestra dos posibles caminos: que los resultados apoyen la hipótesis o que indiquen que es falsa o parcialmente incorrecta.

El diagrama también destaca que el método científico no es completamente lineal, sino iterativo. Si la hipótesis resulta falsa o insuficiente, el investigador puede replantear la idea, modificar la hipótesis o diseñar nuevos experimentos, lo que se representa en la figura como “volver a pensar e intentarlo de nuevo”. Incluso cuando los resultados apoyan la hipótesis, el proceso no termina ahí. El último paso es comunicar los resultados mediante un informe, lo que permite que otros científicos revisen, reproduzcan o discutan el trabajo. De esta forma, el conocimiento científico se construye colectivamente y permanece siempre abierto a revisión y mejora.

Proceso digestivo en vertebrados. Faringe, laringe y paladar

 [Enlace al índice]

 La cavidad bucal está delimitada por el techo, formado por el paladar, por el piso, constituido por la superficie lingual o glosa y los tejidos del suelo oral, y por las paredes laterales, representadas por las mejillas o paredes bucales. Según el clado, esta cavidad puede comunicarse con el medio externo no solo a través de la abertura oral, sino también mediante el conducto nasal y las coanas, de modo que la cavidad nasal puede abrirse hacia el interior de la boca cuando no existe un paladar secundario completamente desarrollado.

Las coanas son las aberturas internas de la cavidad nasal que conectan las fosas nasales con la región posterior de la cavidad bucal o con la nasofaringe, permitiendo el paso del aire inspirado desde las narinas externas hacia el sistema respiratorio. En los vertebrados acuáticos primitivos, las aberturas nasales tenían función principalmente olfativa y no se comunicaban con la boca; en los tetrápodos, en cambio, las coanas establecen una conexión interna entre la cavidad nasal y la vía aérea pulmonar. En muchos anfibios y reptiles sin paladar secundario completo, las coanas se abren directamente en la cavidad bucal, mientras que en mamíferos y cocodrilianos el desarrollo de un paladar secundario óseo las desplaza hacia una posición más posterior, separando funcionalmente la respiración de la masticación.

Los paladares

 En los vertebrados basales, la cavidad bucal y el sistema olfativo no estaban completamente separados. Existían narinas externas que conducían hacia sacos nasales revestidos por epitelio olfativo, pero en muchos linajes tempranos estas estructuras no formaban aún una cavidad nasal independiente como la que observamos en mamíferos. En peces óseos como Eusthenopteron foordi, las aberturas nasales cumplían principalmente funciones sensoriales y no participaban en la ventilación pulmonar. Con la transición a los tetrápodos tempranos, como Acanthostega gunnari, aparecen las coanas internas, estableciendo comunicación entre las fosas nasales y la cavidad oral; sin embargo, todavía no existía un paladar secundario, por lo que la vía respiratoria y la vía digestiva compartían un mismo espacio funcional.

Esta condición —en la que la ventilación y la ingestión convergen en la cavidad bucal— se mantuvo en la mayoría de los anfibios y reptiles. Por ejemplo, en un lagarto como Iguana iguana o en un anfibio como Rhinella marina, las coanas se abren directamente en la boca, ya que no existe una separación ósea completa entre la cavidad nasal y la cavidad oral. El aire que entra por las narinas pasa a la boca antes de dirigirse a la glotis, lo que impide respirar y deglutir de manera simultánea. Esta organización anatómica es funcional en estos grupos, pero impone limitaciones cuando se requiere alimentación continua acompañada de ventilación sostenida.

Gráfico, Gráfico radial

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Enlace a la [Figura: Paladar secundario]

En el linaje de los sinápsidos que dio origen a los mamíferos, la aparición de la lactancia generó una fuerte presión selectiva para permitir que las crías pudieran succionar leche sin interrumpir la respiración. En formas avanzadas de reptiles mamiferoides como Thrinaxodon liorhinus, se observan indicios de un paladar secundario parcial, constituido por expansiones de los huesos maxilares y palatinos que comienzan a separar las cavidades nasal y oral. Esta innovación permitió que el aire circulara por una vía dorsal independiente mientras el alimento líquido se desplazaba por la región ventral, reduciendo el riesgo de asfixia durante la succión.

En los mamíferos verdaderos, como Canis lupus familiaris o Homo sapiens, el paladar secundario óseo está completamente desarrollado y divide la región en dos compartimentos anatómicos definidos: una cavidad nasal superior, que conserva el paladar primario y conduce el aire hacia la nasofaringe, y una cavidad bucal inferior, delimitada dorsalmente por el nuevo techo óseo. Esta separación estructural no solo posibilita la respiración continua durante la alimentación, sino que también influye en la morfología facial característica de los mamíferos, asociada al desarrollo del complejo nasolabial y a la reorganización del aparato respiratorio y digestivo en compartimentos funcionalmente independientes.

El órgano vomeronalsal o órgano se Jacobson, y epitelio nasal

 El órgano vomeronasal —también llamado órgano de Jacobson— es una estructura quimiosensorial especializada situada en la región anteroinferior del tabique nasal o en el piso de la cavidad nasal, según el clado. En su forma más simple puede presentarse como un epitelio sensorial engrosado; en especies altamente especializadas constituye una bolsa tubular revestida por receptores químicos conectados al sistema nervioso accesorio. Su función principal no es el olfato general, sino la detección de señales químicas específicas, en particular feromonas y compuestos asociados a comunicación social y reproducción. En muchos vertebrados, el sistema vomeronasal complementa al epitelio olfativo principal, pero no lo reemplaza.

En vertebrados con paladar primario simple, como numerosos anfibios y reptiles, la comunicación entre la cavidad bucal y la nasal es directa, ya que no existe un paladar secundario completo que las separe. En estos casos, la lengua puede participar activamente en el transporte de partículas químicas hacia el órgano vomeronasal. Un ejemplo clásico se observa en serpientes como Pantherophis guttatus o Lampropeltis getula, donde la lengua bífida recoge moléculas del ambiente y las introduce en los conductos vomeronasales. En muchos escamados (clado Squamata), el epitelio lingual contiene componentes lipídicos que facilitan la adsorción de odorantes, y la bifurcación lingual permite comparar gradientes químicos laterales, contribuyendo a la detección direccional de presas o congéneres.

En animales con paladar secundario, como los mamíferos —por ejemplo Canis lupus familiaris o Homo sapiens— la situación anatómica es distinta. Aunque el paladar secundario separa estructuralmente la cavidad nasal de la cavidad bucal, la separación no es absoluta a nivel funcional, ya que ambas vías convergen posteriormente en la faringe y la laringe. Durante la masticación, los compuestos volátiles liberados por el alimento ascienden desde la cavidad oral hacia la cavidad nasal a través de la llamada vía retronasal. Este fenómeno explica por qué la mayor parte de lo que percibimos como “sabor” depende en realidad del olfato retronasal, más que de los receptores gustativos de la lengua. En humanos, el sistema vomeronasal es rudimentario o funcionalmente reducido, y la percepción compleja del sabor depende principalmente del epitelio olfativo principal.

Vomeronasal Organ – Rish Academy

Enlace a la [Figura: El órgano vomeronasal]

El sentido del gusto propiamente dicho —limitado a modalidades básicas como dulce, salado, ácido, amargo y umami— es generado por los botones gustativos de la lengua y otras regiones orales. Sin embargo, la experiencia sensorial completa de un alimento surge de la integración entre gusto, olfato ortonasal, olfato retronasal, textura y temperatura. Cuando una persona presenta congestión nasal, como ocurre durante infecciones respiratorias, la vía retronasal se ve afectada y los alimentos parecen “insípidos”, aun cuando los receptores gustativos sigan funcionando. Esto ilustra la estrecha relación funcional entre cavidad oral, cavidad nasal y sistemas quimiosensoriales.

En este contexto, enfermedades virales como la causada por el SARS-CoV-2 (agente de la COVID-19) pueden alterar de manera significativa la percepción quimiosensorial. El virus puede afectar el epitelio olfativo, produciendo anosmia o hiposmia, y se ha sugerido que también podría comprometer estructuras asociadas como el epitelio vomeronasal en especies donde este es funcional. Aunque en humanos el órgano vomeronasal es vestigial, el daño inflamatorio o neurosensorial en la mucosa nasal puede alterar tanto el olfato ortonasal como el retronasal, modificando la percepción del sabor. En especies con sistema vomeronasal plenamente operativo, una infección que afecte la mucosa nasal podría potencialmente interferir en la detección de feromonas y en conductas sociales dependientes de esta vía química.

Smelling in Stereo: The Real Reason Snakes Have Flicking, Forked Tongues

Enlace a la [Figura: Órgano vomeronasal en serpientes]

Faringe y laringe

 Ya hemos señalado que la faringe de los cordados primitivos no surgió como un conducto respiratorio pulmonar, sino como una cesta filtradora perforada por múltiples hendiduras. En tunicados como Ciona intestinalis, la faringe funciona como un aparato de filtración donde el agua atraviesa numerosas aberturas faríngeas sostenidas por barras estructurales. En los primeros vertebrados, esta región se esqueletiza mediante una serie de arcos faríngeos articulados, compuestos por cartílago y posteriormente hueso. En los gnatóstomos tempranos, como Placodermi o tiburones actuales (Carcharhinus leucas), los dos primeros arcos adquieren destinos especializados: el primer arco origina la mandíbula (palatocuadrado y cartílago de Meckel), mientras que el segundo arco forma la hiomandíbula, inicialmente implicada en la suspensión mandibular. Los arcos posteriores permanecen asociados a la ventilación branquial.

Fish gill - Wikipedia

Enlace a la [Figura: Faringe en los peces]

A medida que seguimos la transición evolutiva desde peces hacia tetrápodos, observamos una reducción progresiva de los arcos branquiales funcionales. En peces óseos como Oncorhynchus mykiss, varios arcos sostienen branquias activas y participan en la ventilación acuática. Sin embargo, en los tetrápodos tempranos como Acanthostega gunnari, aunque aún existían estructuras branquiales, comienza una reorganización asociada a la respiración aérea. En los anfibios modernos, por ejemplo Lithobates catesbeianus, las larvas (renacuajos) poseen arcos branquiales funcionales, pero durante la metamorfosis estos se reducen o se reconfiguran, coincidiendo con la pérdida de branquias externas y el establecimiento definitivo de la respiración pulmonar.

Con la consolidación de la vida terrestre, la faringe deja de funcionar como cámara branquial abierta y se transforma en un conducto compartido entre las vías digestiva y respiratoria. No obstante, los arcos faríngeos no desaparecen simplemente; en lugar de ello, se reutilizan estructuralmente. En anfibios adultos y amniotas, varios elementos derivados de los arcos posteriores se integran en el aparato hioideo y en las estructuras de soporte de la lengua y la laringe. Este fenómeno ilustra un principio evolutivo recurrente: la exaptación, donde una estructura pierde su función original pero es reclutada para una nueva.

La laringe puede entenderse como una reorganización especializada de la región posterior de la faringe, situada en la intersección entre la vía aérea y el esófago. En tetrápodos, elementos derivados de los arcos faríngeos contribuyen a formar los cartílagos laríngeos. En mamíferos como Homo sapiens, los cartílagos tiroides, cricoides y aritenoides derivan en parte de estos arcos modificados, y permiten regular el paso del aire hacia los pulmones y la producción de sonido. En anfibios como Rhinella marina, la laringe también desempeña un papel clave en la fonación, mostrando cómo estructuras originalmente vinculadas a la ventilación branquial se transformaron en componentes de un aparato acústico.

En consecuencia, la evolución de la faringe en vertebrados no implica un simple cierre o pérdida de hendiduras, sino una reconfiguración profunda del aparato faríngeo. Lo que comenzó como una cesta filtradora en tunicados terminó dando origen a la mandíbula, al aparato hioideo, a la laringe y a estructuras asociadas con la respiración aérea y la fonación. Este proceso, observable al comparar peces como Salmo salar, anfibios como Ambystoma mexicanum y mamíferos como Canis lupus familiaris, evidencia cómo los arcos faríngeos cambiaron de función sin desaparecer, desplazándose desde la ventilación branquial hacia la respiración pulmonar y la producción de sonido en los tetrápodos terrestres.

Laryngeal Function and Speech Production | Ento Key

Enlace a la [Figura: Destino de los arcos branquiales]

Además del aparato hioideo, varios elementos derivados de los arcos faríngeos se transforman profundamente en los tetrápodos y dan origen a componentes clave de la laringe. Estas estructuras ya no sostienen branquias, sino que participan en la respiración aérea, la protección de la vía respiratoria y, en muchos linajes, en la fonación. Su reorganización representa uno de los ejemplos más claros de exaptación evolutiva dentro del complejo faríngeo.

Los cartílagos aritenoides derivan principalmente del cuarto y sexto arcos faríngeos (según la segmentación clásica en amniotas). Se sitúan en la región posterior de la laringe y actúan como puntos de inserción para los músculos que controlan la apertura y cierre de la glotis. En mamíferos como Homo sapiens, los aritenoides son esenciales para tensar y aproximar las cuerdas vocales, regulando la producción de sonido. En anfibios anuros como Rhinella marina, estructuras homólogas permiten la vibración laríngea que produce sus característicos cantos reproductivos.

El cartílago cricoides, también derivado en gran parte del sexto arco faríngeo, forma un anillo completo en la base de la laringe. Su función principal es mantener la permeabilidad de la vía aérea y servir como base estructural para la articulación con los aritenoides. En mamíferos como Canis lupus familiaris, el cricoides actúa como soporte rígido que impide el colapso del conducto respiratorio durante la inspiración forzada. Evolutivamente, representa la transformación de barras branquiales posteriores en un marco estabilizador de la vía aérea.

El cartílago tiroides, asociado también a los arcos cuarto y sexto, constituye la estructura más prominente de la laringe en mamíferos. En humanos forma la conocida “nuez” o prominencia laríngea. Su función es proteger las cuerdas vocales y proporcionar inserción a los músculos que ajustan la tensión vocal. Aunque no tiene equivalente directo en peces branquiales, su origen embrionario se rastrea hasta el mesénquima de los arcos faríngeos posteriores, lo que evidencia la continuidad evolutiva de estas estructuras.

Los cartílagos corniculados, pequeños elementos situados sobre los aritenoides en mamíferos, también derivan del complejo de los arcos posteriores y ayudan a reforzar la región superior de la laringe. Contribuyen a la estabilidad estructural durante la fonación y la deglución. En especies con vocalizaciones complejas, como Pan troglodytes o Homo sapiens, su presencia forma parte del delicado sistema que modula el flujo aéreo y la vibración de los pliegues vocales.

La epiglotis, aunque no es un cartílago derivado de un arco único de forma simple, se desarrolla a partir del mesénquima asociado a los arcos tercero y cuarto. Su función es crucial en la protección contra la aspiración: durante la deglución, la epiglotis se pliega sobre la entrada laríngea, desviando el alimento hacia el esófago. En mamíferos como Equus caballus o Homo sapiens, este mecanismo permite separar funcionalmente la respiración y la ingestión, reduciendo el riesgo de atragantamiento.

Definición de epiglotis - Diccionario de cáncer del NCI - NCI

Enlace a la [Figura: La Larínge]

Adicionalmente, el aparato hioideo, derivado en gran parte del segundo arco faríngeo y de porciones de arcos posteriores, actúa como plataforma de inserción para la lengua, la laringe y los músculos suprahioideos e infrahioideos. En reptiles como Iguana iguana, el hioides sostiene la base lingual; en mamíferos como Homo sapiens, su suspensión muscular permite movimientos finos asociados a la deglución y la fonación. Así, lo que en peces como Salmo salar fueron soportes branquiales, en tetrápodos terrestres se convirtieron en componentes esenciales del aparato respiratorio superior y del sistema vocal, ilustrando la profunda transformación funcional de los arcos faríngeos a lo largo de la evolución vertebrada.

La laringe y el aparato fonador

La laringe es una estructura cartilaginosa y muscular situada en la región anterior del cuello, en la transición entre la faringe y la tráquea. Funcionalmente actúa como una válvula reguladora del flujo aéreo, un órgano fonador y un mecanismo protector que impide la aspiración de alimento hacia las vías respiratorias inferiores. Anatómicamente está compuesta por cartílagos (tiroides, cricoides, aritenoides y corniculados, entre otros), ligamentos y músculos intrínsecos y extrínsecos que permiten modificar la apertura glótica y la tensión de los pliegues vocales. Aunque en peces la región faríngea posterior estaba dedicada principalmente a la ventilación branquial, en los tetrápodos esta porción se reorganiza para constituir la laringe, marcando una transición funcional desde la respiración acuática hacia la respiración aérea.

Los destinos de los arcos branquiales en tetrápodos se reparten entre la faringe y la laringe tras la pérdida de la función branquial. El primer arco origina la mandíbula; el segundo arco contribuye al aparato hioideo y al estribo del oído medio; los arcos tercero, cuarto y sexto participan en la formación del esqueleto laríngeo y en elementos de soporte faríngeo. Así, estructuras que en peces como Salmo salar sostenían filamentos branquiales pasan, en mamíferos como Homo sapiens, a formar parte del cartílago tiroides, cricoides y aritenoides, o a integrarse en el aparato hioideo que sostiene la lengua y la base faríngea. De este modo, la región faríngea ancestral no desaparece, sino que se redistribuye funcionalmente: una parte mantiene su papel como conducto común respiratorio-digestivo, mientras otra se especializa como laringe, órgano clave para la fonación y la regulación de la vía aérea en los vertebrados terrestres.

La fisiología del aparato fonador en los tetrápodos —especialmente en los mamíferos— depende de la integración coordinada entre la respiración pulmonar, la laringe, el aparato hioideo, la lengua, el paladar y las cavidades de resonancia supralaríngeas. El proceso comienza con la ventilación pulmonar: el aire expulsado desde los pulmones asciende por la tráquea y alcanza la laringe, donde se localizan las estructuras fundamentales para la producción sonora. Sin flujo aéreo espiratorio no hay fonación; la presión subglótica generada por la musculatura respiratoria es el motor físico del sonido.

En la laringe se encuentran las llamadas cuerdas vocales —también denominadas pliegues vocales— que no son “cuerdas” en sentido estricto, sino repliegues de mucosa que contienen el ligamento vocal y el músculo vocal (porción del músculo tiroaritenoideo). Estas estructuras se insertan anteriormente en el cartílago tiroides y posteriormente en los cartílagos aritenoides, derivados de los arcos faríngeos posteriores. Cuando los músculos intrínsecos laríngeos aproximan los aritenoides, las cuerdas vocales se tensan y el aire que pasa entre ellas provoca su vibración periódica, generando una onda sonora primaria. La frecuencia de vibración —y por tanto el tono— depende de la longitud, tensión y masa de los pliegues vocales, lo que explica diferencias entre sexos, edades y especies.

El cartílago cricoides actúa como base estructural de la laringe, manteniendo la apertura del conducto respiratorio y permitiendo la articulación fina con los aritenoides. Los cartílagos corniculados refuerzan la región posterior superior, contribuyendo a la estabilidad durante la vibración. La epiglotis, por su parte, cumple una función protectora más que fonadora: durante la deglución se pliega para impedir la entrada de alimento en la vía aérea, pero durante la fonación permanece elevada permitiendo el paso controlado del aire.

Una vez generado el sonido en la laringe, este asciende hacia las cavidades supralaríngeas —faringe, cavidad oral y cavidad nasal— donde es modificado por resonancia. Aquí intervienen el aparato hioideo y la lengua, que ajustan la forma y el volumen de la cavidad oral. En humanos (Homo sapiens), la movilidad refinada de la lengua —gracias a su musculatura intrínseca y extrínseca— permite articular fonemas diferenciados. El paladar blando regula la apertura hacia la cavidad nasal: si desciende, el sonido adquiere componente nasal; si se eleva, dirige el flujo exclusivamente por la cavidad oral.

How Your Voice Works - Dysphonia International

Enlace a la [Figura: Cuerdas bucales]

En sentido amplio, además de las cuerdas vocales, existen otras estructuras que participan en la modulación sonora, a veces denominadas de forma coloquial “cuerdas bucales”, aunque el término anatómico correcto sigue siendo pliegues vocales laríngeos. En algunos mamíferos no humanos, como Canis lupus o Pan troglodytes, la fonación es más limitada en articulación fina pero puede implicar modificaciones en la cavidad oral y en sacos laríngeos accesorios. En anfibios anuros como Rhinella marina, la laringe produce vibraciones que luego se amplifican en sacos vocales, estructuras derivadas de la mucosa faríngea que funcionan como resonadores externos. Así, el aparato fonador no es una única estructura, sino un sistema integrado donde pulmones, laringe, hioides, lengua y cavidades resonantes actúan coordinadamente para transformar flujo aéreo en sonido estructurado.

Modificaciones de la faringe

 En la mayoría de los tetrápodos la laringe se sitúa en la porción posterior de la faringe, de modo que el aire pasa desde la cavidad nasal o bucal hacia la faringe y luego desciende por la laringe hacia la tráquea. Sin embargo, en muchas serpientes (clado Serpentes), la disposición anatómica presenta una modificación notable: la glotis —la abertura laríngea— puede proyectarse hacia adelante y abrir prácticamente en el piso de la cavidad bucal, en lugar de permanecer retraída en la faringe posterior. Esta adaptación permite que, durante la deglución de presas voluminosas, la serpiente mantenga una vía aérea funcional aun cuando la boca y la faringe estén ocupadas por el alimento.

En especies como Python regius o Boa constrictor, cuando el animal engulle una presa grande, la laringe se desplaza anteriormente y sobresale entre las ramas mandibulares, quedando por delante del bolo alimenticio. De este modo, la glotis permanece expuesta al aire exterior mientras el resto de la cavidad oral y faríngea está distendida por la presa. Esta disposición evita la asfixia durante un proceso de deglución que puede prolongarse varios minutos u horas, dependiendo del tamaño del alimento.

Enlace a la [Figura: Tráquea en las serpientes]

Esta especialización está íntimamente relacionada con la quinesis craneana característica de las serpientes. Gracias a la movilidad independiente de los huesos del cráneo —incluyendo la separación funcional de las ramas mandibulares y la articulación flexible del cuadrado— la cavidad bucal puede expandirse extraordinariamente. Pero esa misma expansión comprometería la ventilación si la laringe permaneciera fija en la faringe posterior. La capacidad de protrusión laríngea resuelve este problema funcional, integrando respiración y deglución en un sistema altamente adaptado a la ingestión de presas enteras.

Así, en serpientes la reorganización del eje boca–faringe–laringe ilustra nuevamente cómo estructuras derivadas de los arcos faríngeos no solo cambiaron de función a lo largo de la evolución, sino que continúan modificándose dentro de linajes específicos. La laringe, originalmente parte de la región faríngea branquial, se convierte aquí en un conducto móvil adelantado que garantiza la continuidad respiratoria durante la alimentación extrema, demostrando la plasticidad funcional del aparato faríngeo en los vertebrados.

Glándulas asociadas

 Las glándulas salivales bucales en vertebrados son estructuras exocrinas derivadas del epitelio oral cuya función principal es producir secreciones mucosas, serosas o mixtas que facilitan la lubricación, la formación del bolo alimenticio y, en muchos linajes, el inicio de la digestión química. Pueden presentarse como glándulas difusas microscópicas incrustadas en la mucosa oral —como ocurre en numerosos peces y anfibios— o como glándulas macroscópicas organizadas en pares principales, como en los mamíferos (Homo sapiens, Canis lupus familiaris), donde destacan las glándulas parótidas, submandibulares y sublinguales. La composición de la saliva varía según la dieta, el ambiente y la estrategia alimentaria, pudiendo contener mucinas, enzimas digestivas, factores antimicrobianos y otras proteínas especializadas.

Enlace a la [Figura: Glándulas bucales en reptiles]

En peces, la secreción oral suele ser limitada y está asociada principalmente a la lubricación mecánica, ya que el transporte del alimento depende del medio acuático y de la succión bucal. En anfibios como Rhinella marina, la mucosa oral secretora contribuye tanto a la manipulación del alimento como a la ventilación bucofaríngea, manteniendo la superficie húmeda. En reptiles, especialmente en ambientes terrestres, las glándulas labiales y palatinas están más desarrolladas, produciendo secreciones que compensan la pérdida de humedad y facilitan la deglución en medio seco. Aquí la saliva cumple un papel clave en la transición hacia una alimentación independiente del agua.

En el clado Squamata (lagartos y serpientes), algunas glándulas salivales han sufrido una profunda especialización evolutiva hacia la producción de veneno. En serpientes de la familia Viperidae, como Bothrops asper o Crotalus durissus, las glándulas supralabiales posteriores se transforman en verdaderas glándulas de veneno, altamente vascularizadas y encapsuladas. Estas producen complejas mezclas de toxinas proteicas, incluyendo metaloproteinasas, fosfolipasas A₂, neurotoxinas y hemotoxinas, que se inyectan mediante colmillos solenoglifos. Desde el punto de vista evolutivo, estas glándulas derivan de glándulas salivales ancestrales, evidenciando cómo una estructura digestiva puede convertirse en un sofisticado sistema predatorio y defensivo.

La evolución de la saliva venenosa no se limita a Viperidae. En la familia Elapidae, como Naja naja o Micrurus mipartitus, las glándulas de veneno también derivan de tejido salival, aunque sus toxinas son predominantemente neurotóxicas y se inyectan mediante colmillos proteroglifos. Incluso en lagartos como Heloderma suspectum, las glándulas mandibulares producen secreciones tóxicas que fluyen por surcos dentales. Estos casos muestran múltiples eventos de innovación funcional dentro de los escamosos, donde la saliva pasa de ser un fluido lubricante a convertirse en un arma bioquímica compleja.

Enlace a la [Figura: Glándulas salivales en mamíferos]

En mamíferos, las glándulas salivales mayores alcanzan un alto grado de organización anatómica y regulación fisiológica, pero rara vez evolucionan hacia sistemas venenosos. Sin embargo, existen excepciones como algunas musarañas del género Blarina, cuya saliva neurotóxica puede paralizar presas pequeñas. En la mayoría de los mamíferos, la saliva cumple funciones de digestión enzimática inicial (por ejemplo, mediante amilasa salival), protección antimicrobiana, amortiguación del pH y mantenimiento de la integridad epitelial. En conjunto, las glándulas salivales bucales representan un sistema altamente versátil cuya evolución abarca desde simples mecanismos de lubricación hasta complejas adaptaciones químicas asociadas a la depredación, defensa y procesamiento alimentario.

Enlace a la [Figura: Glándulas salivales humanas]

Capsula nasal y senos paranasales

 La cápsula nasal es el armazón estructural cartilaginoso u óseo que rodea y protege el epitelio olfativo y delimita el espacio interno del sistema nasal. En vertebrados basales era predominantemente cartilaginosa; en mamíferos como Homo sapiens está integrada en el complejo óseo del cráneo, especialmente en el hueso etmoides, la lámina cribosa, el vómer y el cartílago septal. Su función es sostener los tejidos sensoriales y mantener la arquitectura interna donde circula el aire.

La cavidad nasal es el espacio interno comprendido entre las narinas externas y las coanas. Está revestida por epitelio respiratorio y, en regiones específicas, por epitelio olfativo. En mamíferos presenta estructuras laminares llamadas cornetes o conchas nasales, que aumentan enormemente la superficie interna para la humidificación, calentamiento y filtración del aire. En humanos estos cornetes están bien desarrollados; en cánidos como Canis lupus familiaris son aún más complejos, lo que mejora la eficiencia olfativa.

Paranasal Sinuses | Springer Nature Link

Enlace a la [Figura: Senos paranasales]

Un epitelio es un tejido de revestimiento compuesto por capas de células estrechamente unidas que cubren superficies externas del cuerpo y tapizan cavidades internas y conductos. Su función depende de su localización y de sus adaptaciones estructurales: algunos epitelios son protectores, como el epitelio estratificado queratinizado de la piel, que forma una barrera córnea contra la desecación y el daño mecánico; otros son glandulares, especializados en la secreción de sustancias como moco, enzimas u hormonas; otros son absorbentes, como el epitelio intestinal, optimizado para el intercambio de nutrientes; y algunos son sensitivos, como el epitelio olfativo, que contiene receptores capaces de detectar estímulos químicos. Así, el epitelio no es un tejido uniforme, sino un sistema altamente diverso cuya forma y función reflejan las exigencias del ambiente y del órgano donde se encuentra.

Los senos paranasales son cavidades neumáticas excavadas dentro de ciertos huesos del cráneo —como el frontal, maxilar y esfenoides en humanos— que se comunican con la cavidad nasal. Están revestidos por mucosa respiratoria y cumplen funciones de reducción del peso craneal, resonancia vocal y regulación térmica del aire. No son estructuras primarias del plan vertebrado, sino expansiones secundarias derivadas de la cavidad nasal, particularmente desarrolladas en muchos mamíferos.

Los tabiques nasales dividen la cavidad nasal en compartimentos. El principal es el tabique nasal medio, compuesto por cartílago en la porción anterior y por el etmoides y el vómer en la región posterior. Además, los cornetes actúan como subdivisiones internas que generan turbulencia y aumentan la superficie mucosa. Estas estructuras optimizan la eficiencia respiratoria y la percepción olfativa, y su grado de complejidad varía según el linaje y la ecología.

La nariz propiamente dicha corresponde a la porción externa visible del sistema nasal en mamíferos. En perros y otros cánidos, la superficie externa —el rinario— es húmeda debido a secreciones constantes de glándulas nasales y al lamido frecuente. Esta humedad mejora la captura de moléculas odorantes, aumentando la sensibilidad olfativa. En humanos, la superficie nasal externa está cubierta por piel queratinizada relativamente seca; la humidificación ocurre principalmente dentro de la cavidad nasal, no en el exterior.

Enlace a la [Figura: Fosas nasales en los cetáceos]

En ballenas (orden Cetacea), la anatomía se modifica radicalmente: las narinas se desplazan dorsalmente formando el espiráculo, la cavidad nasal se adapta a la respiración aérea en medio acuático y se pierde la función olfativa en la mayoría de los odontocetos, mientras que los misticetos conservan cierto grado de capacidad olfativa. Así, aunque las estructuras básicas —cápsula, cavidad y aberturas nasales— son homólogas entre mamíferos, su morfología y fisiología reflejan adaptaciones profundas al ambiente terrestre, aéreo o acuático.

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