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El intestino
delgado se define como la región del tubo digestivo situada entre el
estómago y el intestino grueso, especializada en completar la digestión
química y realizar la mayor parte de la absorción de nutrientes. A
diferencia de la creencia popular, no es una región pasiva que simplemente
“recibe” sustancias ya digeridas; por el contrario, es un órgano altamente
activo, con funciones digestivas, absortivas, endocrinas e inmunológicas. Su mucosa
intestinal, formada por epitelio, lámina propia, muscular
de la mucosa y sustancias de recubrimiento como moco y glucocálix,
cambia de forma y función a medida que avanzamos por sus distintas regiones.
Figura 1. [Mucosa de varias regiones del sistema digestivo]. El esófago posee epitelio protector; el estómago presenta fosas y glándulas gástricas. En duodeno y yeyuno aparecen vellosidades, criptas y glándulas para digestión y absorción. En el íleon destacan nódulos linfáticos; en el colon hay criptas, pero no vellosidades.
Regiones de un intestino delgado estándar
En humanos, el intestino
delgado se divide en tres secciones principales: duodeno, yeyuno
e íleon. La región interna por donde circula el alimento parcialmente
digerido se denomina lumen o luz intestinal. Aunque parezca estar
“dentro” del cuerpo, desde el punto de vista biológico el lumen digestivo
se considera todavía un espacio externo, porque las sustancias que contiene no
han cruzado la barrera epitelial. Solo cuando los nutrientes atraviesan
la mucosa intestinal e ingresan al líquido intersticial, a la sangre
o a la linfa, pueden considerarse realmente incorporados al organismo.
Figura 2. [Anatomía
del intestino delgado]. El intestino delgado posee pliegues
circulares, vellosidades y glándulas intestinales que
aumentan la superficie de absorción. Cada vellosidad contiene capilares
sanguíneos y un vaso quilífero o lacteal: la sangre recibe glucosa
y aminoácidos, mientras la linfa transporta lípidos. Las placas
de Peyer vigilan inmunológicamente el lumen intestinal.
El duodeno es la primera región del intestino delgado y recibe el quimo ácido
procedente del estómago. Está estrechamente asociado al páncreas, al hígado
y a la vesícula biliar, pues allí desembocan los jugos pancreáticos
y la bilis. Su primera función es neutralizar la acidez del quimo
mediante bicarbonato pancreático, evitando que el ácido dañe la mucosa y
produzca lesiones como úlceras duodenales. Su segunda función es
continuar la digestión molecular mediante enzimas pancreáticas,
como amilasas, lipasas, proteasas y nucleasas. En
este sentido, el duodeno puede entenderse como una región digestiva
fundamental: mientras el estómago realiza una digestión ácida más
general, el duodeno completa el proceso con enzimas mucho más
específicas.
El yeyuno es la región principal de absorción de nutrientes. Su mucosa
presenta numerosos pliegues circulares, vellosidades intestinales
y microvellosidades, estructuras que aumentan enormemente la superficie
disponible para el intercambio. Las vellosidades intestinales son
proyecciones microscópicas de la mucosa que contienen capilares sanguíneos y
vasos linfáticos, llamados vasos quilíferos, hacia los cuales pasan
nutrientes absorbidos. Las microvellosidades son prolongaciones aún más
pequeñas de la membrana apical de las células epiteliales, formando el llamado borde
en cepillo, donde se ubican enzimas finales y transportadores de membrana.
La absorción no
ocurre por simples “agujeros” en la pared intestinal, sino mediante mecanismos
selectivos de transporte a través de membrana. Algunas sustancias cruzan
por difusión simple, otras por difusión facilitada, otras
mediante transporte activo y otras por cotransporte asociado a iones
como el sodio. Los monosacáridos y aminoácidos pasan
principalmente hacia la sangre, mientras que muchos lípidos son
reensamblados en el epitelio y enviados hacia la linfa como quilomicrones.
Así, el yeyuno funciona como una frontera dinámica entre el mundo externo del
lumen y el cuerpo real.
El íleon es la última región del intestino delgado. Aunque también absorbe
nutrientes, se especializa especialmente en recuperar sales biliares y
absorber vitamina B-12, indispensable para la formación de glóbulos
rojos y el funcionamiento del sistema nervioso. Además, contiene abundante
tejido inmunológico organizado en placas de Peyer, formadas por nódulos
linfáticos que vigilan el contenido intestinal. Esta función es esencial
porque el lumen contiene alimento, microorganismos y moléculas extrañas. El íleon
ayuda a mantener el equilibrio entre tolerar la microbiota intestinal
normal y responder frente a patógenos o proliferaciones bacterianas anormales.
Microbiota normal
La microbiota
intestinal normal es el conjunto de bacterias, arqueas, hongos
y otros microorganismos que viven en el lumen intestinal y sobre la mucosa
sin causar enfermedad. No conviene decir que sin ella el intestino es
completamente inútil, porque el epitelio intestinal todavía puede
absorber agua, sales, azúcares, aminoácidos y lípidos;
pero sí es cierto que un intestino sin microbiota saludable funciona de
manera incompleta. Estos microorganismos ayudan a fermentar fibra vegetal,
producir ácidos grasos de cadena corta, sintetizar algunas vitaminas,
entrenar al sistema inmune y competir contra patógenos.
Entre las especies
y grupos más importantes de la microbiota intestinal temprana están Bifidobacterium
longum subsp. infantis, Bifidobacterium breve, Bifidobacterium
bifidum y algunas especies de Lactobacillus, favorecidas por la leche
materna, especialmente por sus oligosacáridos, que actúan como prebióticos.
Estas bacterias contribuyen a formar una barrera intestinal saludable,
entrenan al sistema inmune y dificultan la proliferación de patógenos.
En alimentos fermentados no azucarados, como yogur natural o kumis
bajo en azúcar, pueden encontrarse microorganismos útiles como Lactobacillus
delbrueckii subsp. bulgaricus, Streptococcus thermophilus, Lactobacillus
acidophilus, Lacticaseibacillus casei y Bifidobacterium animalis
subsp. lactis. Su beneficio depende de que el producto conserve cultivos
vivos y no esté cargado de azúcares añadidos.
La presencia de
bacterias en nuestras tripas se explica mediante la simbiosis, es
decir, una relación estrecha entre organismos de especies distintas. Existen
tres tipos principales: el mutualismo, cuando ambos organismos se
benefician, como ocurre con muchas bacterias intestinales que reciben alimento
y, a cambio, producen ácidos grasos de cadena corta, vitaminas o
protección contra patógenos; el comensalismo, cuando una especie se
beneficia y la otra no recibe daño ni ventaja clara; y el parasitismo,
cuando un organismo se beneficia perjudicando al hospedador. La microbiota
intestinal normal es principalmente mutualista o comensal, aunque puede
alterarse y permitir el crecimiento de bacterias oportunistas capaces de causar
enfermedad.
Cuando la microbiota se altera por antibióticos, mala alimentación, infecciones o dietas pobres en fibra, pueden aparecer problemas como diarrea, inflamación, gases, estreñimiento o mayor susceptibilidad a infecciones intestinales. Para favorecer su recuperación se recomienda consumir alimentos con probióticos y prebióticos. Los probióticos aportan microorganismos vivos beneficiosos, como ocurre en el yogur natural, el kumis o algunos alimentos fermentados. Los prebióticos, en cambio, son fibras que alimentan a esas bacterias, presentes en frutas, verduras, legumbres, avena y cereales integrales.
Figura 3. El amamantamiento define al clado Mammalia,
cuyos miembros producen leche mediante glándulas mamarias. En terios,
estas glándulas se agruparon en pezones para una succión eficiente. La
leche aporta nutrientes, anticuerpos y oligosacáridos que
favorecen la microbiota intestinal. Culturalmente, originó fermentados
como yogur, kéfir y kumis.
El problema es que buena parte de la industria alimentaria ha convertido productos originalmente útiles, como el yogur o el kumis, en postres azucarados. Cuando contienen exceso de azúcar añadido, jarabes, saborizantes y colorantes, pueden perder parte de su valor nutricional y favorecer dietas que dañan el equilibrio metabólico. Por eso, es preferible elegir yogur natural, kumis bajo en azúcar o versiones sin azúcar añadido, y combinarlos con alimentos ricos en fibra. Así, la salud intestinal no depende solo de “tomar bacterias”, sino de alimentar correctamente a todo el ecosistema microbiano del intestino.
Anatomía comparada de los intestinos
Desde un punto de
vista taxonómico, las tres grandes regiones del intestino —intestino
delgado, intestino grueso y regiones terminales asociadas, como recto
o cloaca según el grupo— se encuentran relativamente conservadas entre
los vertebrados. Lo que cambia de manera notable no es tanto la
existencia de estas regiones, sino su longitud relativa, su grado de
plegamiento, el desarrollo de ciegos intestinales y la presencia de
cámaras especializadas para procesar ciertos tipos de alimento. En general, los
depredadores tienden a poseer intestinos más cortos, porque la carne
y otros tejidos animales son ricos en proteínas, lípidos y
nutrientes relativamente fáciles de digerir. En cambio, los herbívoros
suelen requerir intestinos más largos, porque el tejido vegetal contiene celulosa,
hemicelulosa y otras fibras resistentes que exigen más tiempo de
retención y mayor superficie de procesamiento.
La dificultad
central de la dieta vegetal es que los vertebrados no producen por sí
mismos enzimas capaces de romper eficazmente la celulosa. Para
aprovecharla, dependen de microorganismos simbióticos que realizan fermentación.
Por eso muchos herbívoros han desarrollado cámaras adicionales o regiones
ampliadas donde viven esas comunidades microbianas. En algunos casos, la
fermentación ocurre antes del estómago glandular verdadero, como en los rumiantes,
donde el rumen, el retículo y el omaso funcionan como
regiones no glandulares altamente especializadas del estómago compuesto.
Aunque tradicionalmente se habla de “cuatro estómagos”, en realidad se trata de
un estómago dividido en compartimentos. En otros animales, la fermentación
ocurre después del estómago, en cámaras postestomacales como el ciego
o el colon, como sucede en caballos, conejos y muchos roedores.
Figura 4. [Longitud
del sistema digestivo]. El tamaño del intestino depende de la dieta.
Los herbívoros poseen intestinos largos y ciegos prominentes para
fermentar celulosa mediante microbiota. Los rumiantes
además tienen rumen y estómago compuesto. En cambio, los carnívoros
presentan intestinos cortos y ciego pequeño o ausente, porque la carne
se digiere más fácilmente.
También existen
casos particulares en linajes que no son los herbívoros terrestres clásicos. En
las ballenas barbadas, por ejemplo, el sistema digestivo conserva un estómago
multicameral, herencia de sus ancestros artiodáctilos, aunque su dieta
actual se basa en kril, pequeños crustáceos y otros organismos marinos
filtrados con las barbas. Esto muestra que una estructura digestiva
puede conservarse por historia evolutiva y luego ajustarse a nuevas funciones.
En otros vertebrados, como aves herbívoras o granívoras, la digestión combina buche,
proventrículo, molleja y ciegos intestinales, separando
almacenamiento, digestión química, trituración mecánica y fermentación parcial.
Así, la evolución digestiva no produce una sola solución, sino múltiples
combinaciones anatómicas para resolver el mismo problema: extraer energía de
alimentos difíciles.
Un caso
especialmente llamativo es el del panda gigante (Ailuropoda
melanoleuca), un mamífero perteneciente al orden Carnivora que
adoptó una dieta casi totalmente basada en bambú. Su anatomía conserva
muchas características de un ancestro carnívoro, incluido un intestino
relativamente corto y una capacidad limitada de fermentación en
comparación con herbívoros especializados. Para compensar esta ineficiencia, el
panda debe comer grandes cantidades de bambú durante muchas horas al día y
descansar el resto del tiempo para ahorrar energía. Su famoso “falso pulgar”,
derivado de un hueso sesamoideo agrandado, le permite manipular los tallos con
precisión, casi como si tuviera un sexto dedo. Por eso su imagen de animal
lento, glotón y somnoliento no es simple ternura: refleja una tensión evolutiva
real entre una dieta herbívora reciente y un sistema digestivo todavía
poco especializado para procesarla.
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