En los herbívoros no rumiantes, como el conejo, aparece un estómago simple, pero un ciego muy grande. Esta cámara funciona como un sitio de fermentación postestomacal, donde la microbiota intestinal ayuda a degradar parte de la fibra vegetal. Los herbívoros rumiantes, como el ciervo, llevan esta especialización aún más lejos: poseen un estómago compuesto con rumen, retículo, omaso y abomaso, además de intestinos largos. En ellos, la fermentación preestomacal permite aprovechar mejor la celulosa, una molécula abundante en plantas que los vertebrados no pueden digerir por sí solos.
En los carnívoros, como el zorro, el intestino delgado y el colon son más cortos, y el ciego es pequeño o reducido a una estructura semejante al apéndice. Esto ocurre porque la carne se digiere con mayor rapidez que el material vegetal fibroso, sin necesidad de grandes cámaras fermentadoras. La comparación muestra una regla general: cuanto más rica en fibra es la dieta, más largo y compartimentalizado tiende a ser el tracto digestivo; cuanto más basada en tejidos animales es la dieta, más corto y directo suele ser el sistema.
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