Probablemente, las primeras secreciones lácteas surgieron como fluidos nutritivos y protectores producidos por tejidos glandulares de la región ventral, quizá relacionados inicialmente con la protección de huevos o crías. En los monotremas, como ornitorrincos y equidnas, todavía no existen pezones verdaderos: la leche se libera sobre zonas glandulares de la piel. En cambio, en los terios —marsupiales y placentarios— las glándulas mamarias se agruparon en regiones especializadas con pezones, permitiendo una succión más eficiente. Esta transición ocurrió durante el Mesozoico, aunque las glándulas no fosilizan directamente.
Desde el punto de vista digestivo, la leche materna es el primer alimento completo: aporta proteínas, grasas, azúcares, vitaminas, minerales, anticuerpos y oligosacáridos que alimentan bacterias mutualistas. Así se establece una primera impronta bacteriana en el intestino de la cría, favoreciendo una microbiota saludable. Culturalmente, los humanos extendieron esta relación con la leche mediante fermentados como yogur, kéfir y kumis, este último asociado a pueblos nómadas de la estepa que fermentaban leche de yegua para conservarla y hacerla más digestible.
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