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Las grandes
glándulas anexas del sistema digestivo, representadas principalmente por el
hígado, el páncreas y la vesícula biliar, cumplen
funciones esenciales porque producen, almacenan o liberan sustancias que
permiten transformar los alimentos en nutrientes aprovechables.
Sistema portal hepático
El sistema porta
hepático es la ruta venosa que lleva al hígado la sangre procedente
del tubo digestivo antes de que esta entre plenamente a la circulación general.
Después de la digestión, los nutrientes atraviesan el lumen intestinal y
llegan a las microvellosidades de los enterocitos, ubicadas en la
superficie de las vellosidades del intestino delgado. Allí, moléculas como glucosa,
aminoácidos, agua, sales minerales y vitaminas hidrosolubles cruzan el
epitelio intestinal y pasan hacia los capilares sanguíneos de cada vellosidad.
Desde esos
capilares, la sangre rica en nutrientes absorbidos pasa a pequeñas
vénulas intestinales, luego a venas mayores y finalmente a la vena porta
hepática. Esta vena no lleva la sangre directamente al corazón, sino
primero al hígado, lo cual es fundamental porque los materiales
absorbidos desde el intestino pueden incluir tanto sustancias útiles como
compuestos potencialmente tóxicos. Por eso, el hígado funciona como una
estación de procesamiento, regulación y control antes de permitir que la sangre
continúe hacia el resto del cuerpo.
Figura 1. El [sistema porta hepático] lleva sangre del aparato
digestivo al hígado para procesar nutrientes y toxinas. Puede enfermar
por cirrosis, trombosis o hipertensión portal, causando várices, ascitis
y sangrados. Para cuidarlo, conviene proteger el hígado: evitar alcohol
excesivo, mantener peso saludable, hacer ejercicio, vacunarse contra hepatitis,
controlar diabetes y consultar ante ictericia, sangrado abdominal, fatiga
severa o heces negras.
Dentro del hígado,
la sangre portal se distribuye por los sinusoides hepáticos, pequeños
espacios vasculares donde entra en contacto estrecho con los hepatocitos. Allí
se regula la concentración de glucosa, se almacenan nutrientes como glucógeno,
se modifican aminoácidos, se procesan vitaminas y se detoxifican sustancias
extrañas. También se eliminan o transforman compuestos procedentes de la
digestión, medicamentos, alcohol y productos bacterianos. De esta manera, el
hígado no solo recibe nutrientes, sino que decide cómo almacenarlos,
transformarlos o liberarlos.
Después de
atravesar los sinusoides, la sangre sale por las venas centrales de los
lobulillos hepáticos, continúa hacia las venas hepáticas y finalmente
desemboca en la vena cava inferior, desde donde llegará al corazón. Esta
ruta describe el camino principal de los nutrientes hidrosolubles desde las microvellosidades
intestinales hasta la circulación general. Sin embargo, los lípidos de
cadena larga siguen una vía distinta: se empaquetan en quilomicrones,
entran primero al sistema linfático y luego alcanzan la sangre sistémica, sin
pasar inicialmente por la vena porta hepática.
El hígado
El hígado es
el órgano interno más grande del ser humano y, si se compara con todos los
órganos del cuerpo, solo es superado en extensión por la piel. Además,
posee una notable capacidad de regeneración, lo que le permite recuperar
parte de su volumen funcional después de una lesión o una resección parcial.
Durante la vida fetal, el hígado participa en la eritropoyesis, es
decir, en la producción de glóbulos rojos; posteriormente, en la vida adulta,
contribuye al procesamiento y reciclaje de componentes derivados de la
degradación de los eritrocitos, aunque esta función también involucra al
bazo y a la médula ósea. Una de sus funciones más importantes es actuar
como centro metabólico y de depuración: recibe sangre rica en nutrientes desde
el intestino por medio del sistema de la vena porta hepática, y sangre
oxigenada por la arteria hepática, lo que explica su intensa
vascularización. Gracias a esta doble irrigación, el hígado transforma
nutrientes, neutraliza sustancias tóxicas, almacena glucógeno, vitaminas
y minerales, y sintetiza moléculas esenciales como proteínas plasmáticas y
lipoproteínas.
Figura 2. El [árbol
hepato-pancreático-biliar] conecta hígado, vesícula, páncreas
y duodeno para conducir bilis y jugo pancreático. Sus
alteraciones incluyen cálculos biliares, colecistitis, coledocolitiasis,
colangitis, estenosis, quistes, atresia y tumores.
Una obstrucción puede causar ictericia, heces pálidas, dolor,
pancreatitis y mala digestión de grasas, porque afecta
simultáneamente el drenaje biliar y la secreción pancreática,
ambos controlados por el esfínter de Oddi duodenal.
Como glándula
digestiva, el hígado produce la bilis, una secreción fundamental
para la digestión de las grasas. La bilis no digiere químicamente los lípidos
como lo hacen las enzimas, pero sí los emulsiona, es decir, los divide
en gotas más pequeñas y aumenta su superficie de contacto para que las enzimas
pancreáticas actúen con mayor eficiencia. También participa en la eliminación
de sustancias de desecho, entre ellas la bilirrubina, pigmento derivado
de la degradación de la hemoglobina. El hígado interviene además en el
metabolismo de los lípidos mediante la síntesis y regulación de lipoproteínas
como LDL y HDL. Las LDL transportan colesterol y otros lípidos
desde el hígado hacia los tejidos, mientras que las HDL participan en el
transporte inverso del colesterol, recuperándolo desde los tejidos y las
paredes vasculares para llevarlo nuevamente al hígado. Por esta razón, el
hígado no solo cumple una función digestiva, sino también una función central
en el metabolismo energético y en el equilibrio químico de la sangre.
En los vertebrados,
el hígado es un órgano voluminoso, generalmente situado en la región anterior
del cuerpo y asociado al tubo digestivo. Aunque su forma varía según el grupo
animal, conserva una organización funcional semejante: en las serpientes, por
ejemplo, es alargado para adaptarse al cuerpo tubular; en mamíferos se ubica
bajo el diafragma y queda parcialmente protegido por las costillas. A nivel
microscópico, está formado por cordones o láminas de hepatocitos,
separados por espacios vasculares llamados sinusoides, donde circula la sangre
procedente de la vena porta y de la arteria hepática. La bilis producida por
los hepatocitos se recoge en pequeños canalículos biliares, que se unen
progresivamente hasta formar conductos biliares mayores. En la mayoría de los
vertebrados, esta bilis se almacena en la vesícula biliar, órgano que no
es una glándula verdadera, sino una estructura de almacenamiento y
concentración, pues extrae agua de la bilis y la vuelve más densa antes de
liberarla hacia el intestino. Sin embargo, la vesícula biliar está ausente en
algunos grupos, como ciertos peces, muchas aves y algunos mamíferos.
Cuando el alimento
pasa del estómago al duodeno, primera porción del intestino delgado, se
activan mecanismos hormonales que regulan la liberación de bilis y jugo
pancreático. La llegada de grasas y proteínas estimula la secreción de colecistoquinina
o CCK, hormona que viaja por la sangre y provoca la contracción de la vesícula
biliar. Al mismo tiempo, favorece la apertura del esfínter de Oddi,
también llamado esfínter hepatopancreático, permitiendo que la bilis y las
secreciones pancreáticas ingresen al duodeno. Allí, los ácidos biliares
actúan como detergentes biológicos: dispersan las grasas en pequeñas gotículas
y facilitan su digestión y absorción. Después de cumplir su función, gran parte
de las sales biliares se reabsorbe en el intestino y regresa al hígado por la
circulación porta, en un ciclo conocido como circulación enterohepática. Cuando
se altera el equilibrio entre colesterol, sales biliares y otros componentes de
la bilis, pueden formarse cálculos biliares, estructuras sólidas que
obstruyen los conductos y provocan dolor e inflamación. Estos cálculos suelen
originarse por la cristalización del colesterol y son más frecuentes en mujeres
que en hombres.
El páncreas
Embriológica y evolutivamente, el páncreas
y el hígado pueden considerarse órganos hermanos, porque ambos se
originan como evaginaciones asociadas al tubo digestivo anterior. El páncreas
se desarrolla a partir de dos primordios independientes, cada uno relacionado
inicialmente con su propio conducto hacia el intestino, condición que todavía
puede observarse en varias especies de peces. En muchos otros vertebrados,
incluidos los tetrápodos, estos primordios se fusionan y forman un órgano
único, aunque la disposición de sus conductos puede variar. En humanos, el conducto
pancreático desemboca en el duodeno y se relaciona estrechamente con el
conducto biliar común en la región del esfínter de Oddi; en otros tetrápodos,
como caballos y perros, pueden conservarse conductos pancreáticos adicionales o
parcialmente independientes.
Figura 3. El [páncreas]
es una glándula mixta: exocrina porque libera enzimas y bicarbonato
al duodeno para digerir carbohidratos, grasas, proteínas y
ácidos nucleicos; endocrina porque sus islotes de Langerhans secretan insulina,
glucagón, somatostatina y polipéptido pancreático. Así coordina digestión,
neutralización del quimo ácido, absorción intestinal y regulación de la glucosa
sanguínea, integrando alimentación y metabolismo corporal en un solo órgano
funcional.
El jugo
pancreático cumple una función digestiva central porque contiene una mezcla
alcalina rica en enzimas capaces de degradar proteínas, lípidos,
carbohidratos y ácidos nucleicos. Su alcalinidad ayuda a neutralizar el quimo
ácido que llega desde el estómago al duodeno, protegiendo la mucosa intestinal
y creando un pH adecuado para la acción enzimática. Entre sus enzimas
principales se encuentran la tripsina, la quimotripsina, la carboxipeptidasa
y la elastasa, todas relacionadas con la digestión de proteínas. Muchas
de ellas se producen como zimógenos inactivos, como el tripsinógeno y el
quimotripsinógeno, para evitar que el páncreas se autodigiera. Cuando el
tripsinógeno llega al duodeno, la enteropeptidasa lo activa y permite iniciar
una cascada proteolítica cuidadosamente regulada.
Además de las proteasas,
el páncreas produce lipasa, amilasa pancreática y nucleasas.
La lipasa rompe triglicéridos en ácidos grasos y glicerol, permitiendo que
estos componentes sean absorbidos por los enterocitos del duodeno y el yeyuno.
Luego, los lípidos se reorganizan en quilomicrones, estructuras semejantes a
micelas biológicas que pasan primero al sistema linfático y después a la
circulación sanguínea. La amilasa pancreática continúa la degradación de
carbohidratos que no fueron digeridos por la amilasa salival, mientras que las
nucleasas degradan moléculas como ADN y ARN en fragmentos más pequeños. Así, el
páncreas no actúa sobre un solo tipo de nutriente, sino sobre casi toda la
materia orgánica absorbible de los alimentos.
La porción exocrina
del páncreas está formada por células acinares, organizadas en pequeños
racimos que secretan enzimas hacia conductos internos conectados con el
duodeno. Esta secreción debe regularse con precisión, porque las enzimas
pancreáticas, especialmente las proteasas de serina, son potencialmente
peligrosas si se activan antes de llegar al intestino. Cuando esta regulación
falla, puede aparecer pancreatitis, una inflamación en la que el propio tejido
pancreático comienza a ser lesionado por sus enzimas digestivas. Por ello, la
secreción pancreática depende de señales nerviosas y hormonales coordinadas
entre cerebro, estómago e intestino, de modo que las enzimas se liberen cuando
existe alimento disponible y el esfínter de Oddi permite su paso hacia el
duodeno.
La vesícula biliar
La vesícula
biliar, llamada a veces de forma imprecisa glándula biliar, no
produce la bilis, sino que la almacena, concentra y libera cuando el intestino
la necesita. La bilis se forma en el hígado y viaja por los
conductos hepáticos hasta llegar al conducto biliar común. Cuando no hay
digestión activa, parte de esa bilis se desvía hacia la vesícula, donde
permanece temporalmente. Allí se concentra mediante absorción de agua y sales,
de modo que queda lista para actuar cuando el alimento, especialmente rico en
grasas, llegue al duodeno.
La función
principal de la bilis es facilitar la digestión de los lípidos.
Las grasas no se mezclan bien con el agua del contenido intestinal, por lo que
tienden a formar grandes gotas. Las sales biliares actúan como
emulsificantes: fragmentan esas gotas en partículas más pequeñas y aumentan la
superficie disponible para la acción de la lipasa pancreática. De esta
manera, la vesícula biliar no digiere directamente los alimentos, pero permite
que las enzimas pancreáticas trabajen con mayor eficacia sobre triglicéridos,
ácidos grasos y otros compuestos lipídicos.
Figura 4. Las [cirugías
biliares] tratan obstrucciones e inflamaciones de la vesícula y
conductos. La colecistectomía retira la vesícula, generalmente por laparoscopia;
la CPRE extrae cálculos del colédoco. Las “piedritas” se
forman cuando la bilis contiene exceso de colesterol o bilirrubina,
o cuando la vesícula se vacía mal, causando dolor, ictericia, infección,
pancreatitis y complicaciones digestivas si obstruyen el flujo biliar.
La liberación de
bilis ocurre cuando el quimo llega al duodeno y estimula señales
hormonales, especialmente la colecistoquinina. Esta hormona provoca la
contracción de la vesícula biliar y la relajación del esfínter de Oddi,
permitiendo que la bilis entre al intestino. Allí se mezcla con el jugo
pancreático, que es alcalino y ayuda a neutralizar la acidez procedente del
estómago. Así, bilis y secreción pancreática funcionan de manera coordinada:
una prepara las grasas para su digestión y la otra aporta las enzimas que las
degradan.
Además de
participar en la digestión, la bilis permite eliminar sustancias de
desecho, como pigmentos derivados de la degradación de la hemoglobina. Entre
ellos se encuentra la bilirrubina, responsable en parte del color
característico de las heces. Cuando el flujo biliar se obstruye, pueden aparecer
problemas como dolor, mala absorción de grasas, heces pálidas o acumulación de
bilirrubina. Por eso, aunque la vesícula biliar no sea indispensable para
vivir, cumple una función importante en la regulación digestiva, especialmente
durante comidas abundantes en grasas.
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