Buscar este blog

Translate

viernes, 8 de mayo de 2026

Proceso digestivo en vertebrados. Hígado y páncreas

Regresar al índice de [Digestión]

Las grandes glándulas anexas del sistema digestivo, representadas principalmente por el hígado, el páncreas y la vesícula biliar, cumplen funciones esenciales porque producen, almacenan o liberan sustancias que permiten transformar los alimentos en nutrientes aprovechables.

Sistema portal hepático

El sistema porta hepático es la ruta venosa que lleva al hígado la sangre procedente del tubo digestivo antes de que esta entre plenamente a la circulación general. Después de la digestión, los nutrientes atraviesan el lumen intestinal y llegan a las microvellosidades de los enterocitos, ubicadas en la superficie de las vellosidades del intestino delgado. Allí, moléculas como glucosa, aminoácidos, agua, sales minerales y vitaminas hidrosolubles cruzan el epitelio intestinal y pasan hacia los capilares sanguíneos de cada vellosidad.

Desde esos capilares, la sangre rica en nutrientes absorbidos pasa a pequeñas vénulas intestinales, luego a venas mayores y finalmente a la vena porta hepática. Esta vena no lleva la sangre directamente al corazón, sino primero al hígado, lo cual es fundamental porque los materiales absorbidos desde el intestino pueden incluir tanto sustancias útiles como compuestos potencialmente tóxicos. Por eso, el hígado funciona como una estación de procesamiento, regulación y control antes de permitir que la sangre continúe hacia el resto del cuerpo.

Figura 1. El [sistema porta hepático] lleva sangre del aparato digestivo al hígado para procesar nutrientes y toxinas. Puede enfermar por cirrosis, trombosis o hipertensión portal, causando várices, ascitis y sangrados. Para cuidarlo, conviene proteger el hígado: evitar alcohol excesivo, mantener peso saludable, hacer ejercicio, vacunarse contra hepatitis, controlar diabetes y consultar ante ictericia, sangrado abdominal, fatiga severa o heces negras.

Dentro del hígado, la sangre portal se distribuye por los sinusoides hepáticos, pequeños espacios vasculares donde entra en contacto estrecho con los hepatocitos. Allí se regula la concentración de glucosa, se almacenan nutrientes como glucógeno, se modifican aminoácidos, se procesan vitaminas y se detoxifican sustancias extrañas. También se eliminan o transforman compuestos procedentes de la digestión, medicamentos, alcohol y productos bacterianos. De esta manera, el hígado no solo recibe nutrientes, sino que decide cómo almacenarlos, transformarlos o liberarlos.

Después de atravesar los sinusoides, la sangre sale por las venas centrales de los lobulillos hepáticos, continúa hacia las venas hepáticas y finalmente desemboca en la vena cava inferior, desde donde llegará al corazón. Esta ruta describe el camino principal de los nutrientes hidrosolubles desde las microvellosidades intestinales hasta la circulación general. Sin embargo, los lípidos de cadena larga siguen una vía distinta: se empaquetan en quilomicrones, entran primero al sistema linfático y luego alcanzan la sangre sistémica, sin pasar inicialmente por la vena porta hepática.

El hígado

El hígado es el órgano interno más grande del ser humano y, si se compara con todos los órganos del cuerpo, solo es superado en extensión por la piel. Además, posee una notable capacidad de regeneración, lo que le permite recuperar parte de su volumen funcional después de una lesión o una resección parcial. Durante la vida fetal, el hígado participa en la eritropoyesis, es decir, en la producción de glóbulos rojos; posteriormente, en la vida adulta, contribuye al procesamiento y reciclaje de componentes derivados de la degradación de los eritrocitos, aunque esta función también involucra al bazo y a la médula ósea. Una de sus funciones más importantes es actuar como centro metabólico y de depuración: recibe sangre rica en nutrientes desde el intestino por medio del sistema de la vena porta hepática, y sangre oxigenada por la arteria hepática, lo que explica su intensa vascularización. Gracias a esta doble irrigación, el hígado transforma nutrientes, neutraliza sustancias tóxicas, almacena glucógeno, vitaminas y minerales, y sintetiza moléculas esenciales como proteínas plasmáticas y lipoproteínas.

Figura 2. El [árbol hepato-pancreático-biliar] conecta hígado, vesícula, páncreas y duodeno para conducir bilis y jugo pancreático. Sus alteraciones incluyen cálculos biliares, colecistitis, coledocolitiasis, colangitis, estenosis, quistes, atresia y tumores. Una obstrucción puede causar ictericia, heces pálidas, dolor, pancreatitis y mala digestión de grasas, porque afecta simultáneamente el drenaje biliar y la secreción pancreática, ambos controlados por el esfínter de Oddi duodenal.

Como glándula digestiva, el hígado produce la bilis, una secreción fundamental para la digestión de las grasas. La bilis no digiere químicamente los lípidos como lo hacen las enzimas, pero sí los emulsiona, es decir, los divide en gotas más pequeñas y aumenta su superficie de contacto para que las enzimas pancreáticas actúen con mayor eficiencia. También participa en la eliminación de sustancias de desecho, entre ellas la bilirrubina, pigmento derivado de la degradación de la hemoglobina. El hígado interviene además en el metabolismo de los lípidos mediante la síntesis y regulación de lipoproteínas como LDL y HDL. Las LDL transportan colesterol y otros lípidos desde el hígado hacia los tejidos, mientras que las HDL participan en el transporte inverso del colesterol, recuperándolo desde los tejidos y las paredes vasculares para llevarlo nuevamente al hígado. Por esta razón, el hígado no solo cumple una función digestiva, sino también una función central en el metabolismo energético y en el equilibrio químico de la sangre.

En los vertebrados, el hígado es un órgano voluminoso, generalmente situado en la región anterior del cuerpo y asociado al tubo digestivo. Aunque su forma varía según el grupo animal, conserva una organización funcional semejante: en las serpientes, por ejemplo, es alargado para adaptarse al cuerpo tubular; en mamíferos se ubica bajo el diafragma y queda parcialmente protegido por las costillas. A nivel microscópico, está formado por cordones o láminas de hepatocitos, separados por espacios vasculares llamados sinusoides, donde circula la sangre procedente de la vena porta y de la arteria hepática. La bilis producida por los hepatocitos se recoge en pequeños canalículos biliares, que se unen progresivamente hasta formar conductos biliares mayores. En la mayoría de los vertebrados, esta bilis se almacena en la vesícula biliar, órgano que no es una glándula verdadera, sino una estructura de almacenamiento y concentración, pues extrae agua de la bilis y la vuelve más densa antes de liberarla hacia el intestino. Sin embargo, la vesícula biliar está ausente en algunos grupos, como ciertos peces, muchas aves y algunos mamíferos.

Cuando el alimento pasa del estómago al duodeno, primera porción del intestino delgado, se activan mecanismos hormonales que regulan la liberación de bilis y jugo pancreático. La llegada de grasas y proteínas estimula la secreción de colecistoquinina o CCK, hormona que viaja por la sangre y provoca la contracción de la vesícula biliar. Al mismo tiempo, favorece la apertura del esfínter de Oddi, también llamado esfínter hepatopancreático, permitiendo que la bilis y las secreciones pancreáticas ingresen al duodeno. Allí, los ácidos biliares actúan como detergentes biológicos: dispersan las grasas en pequeñas gotículas y facilitan su digestión y absorción. Después de cumplir su función, gran parte de las sales biliares se reabsorbe en el intestino y regresa al hígado por la circulación porta, en un ciclo conocido como circulación enterohepática. Cuando se altera el equilibrio entre colesterol, sales biliares y otros componentes de la bilis, pueden formarse cálculos biliares, estructuras sólidas que obstruyen los conductos y provocan dolor e inflamación. Estos cálculos suelen originarse por la cristalización del colesterol y son más frecuentes en mujeres que en hombres.

El páncreas

Embriológica y evolutivamente, el páncreas y el hígado pueden considerarse órganos hermanos, porque ambos se originan como evaginaciones asociadas al tubo digestivo anterior. El páncreas se desarrolla a partir de dos primordios independientes, cada uno relacionado inicialmente con su propio conducto hacia el intestino, condición que todavía puede observarse en varias especies de peces. En muchos otros vertebrados, incluidos los tetrápodos, estos primordios se fusionan y forman un órgano único, aunque la disposición de sus conductos puede variar. En humanos, el conducto pancreático desemboca en el duodeno y se relaciona estrechamente con el conducto biliar común en la región del esfínter de Oddi; en otros tetrápodos, como caballos y perros, pueden conservarse conductos pancreáticos adicionales o parcialmente independientes.

Figura 3. El [páncreas] es una glándula mixta: exocrina porque libera enzimas y bicarbonato al duodeno para digerir carbohidratos, grasas, proteínas y ácidos nucleicos; endocrina porque sus islotes de Langerhans secretan insulina, glucagón, somatostatina y polipéptido pancreático. Así coordina digestión, neutralización del quimo ácido, absorción intestinal y regulación de la glucosa sanguínea, integrando alimentación y metabolismo corporal en un solo órgano funcional.

El jugo pancreático cumple una función digestiva central porque contiene una mezcla alcalina rica en enzimas capaces de degradar proteínas, lípidos, carbohidratos y ácidos nucleicos. Su alcalinidad ayuda a neutralizar el quimo ácido que llega desde el estómago al duodeno, protegiendo la mucosa intestinal y creando un pH adecuado para la acción enzimática. Entre sus enzimas principales se encuentran la tripsina, la quimotripsina, la carboxipeptidasa y la elastasa, todas relacionadas con la digestión de proteínas. Muchas de ellas se producen como zimógenos inactivos, como el tripsinógeno y el quimotripsinógeno, para evitar que el páncreas se autodigiera. Cuando el tripsinógeno llega al duodeno, la enteropeptidasa lo activa y permite iniciar una cascada proteolítica cuidadosamente regulada.

Además de las proteasas, el páncreas produce lipasa, amilasa pancreática y nucleasas. La lipasa rompe triglicéridos en ácidos grasos y glicerol, permitiendo que estos componentes sean absorbidos por los enterocitos del duodeno y el yeyuno. Luego, los lípidos se reorganizan en quilomicrones, estructuras semejantes a micelas biológicas que pasan primero al sistema linfático y después a la circulación sanguínea. La amilasa pancreática continúa la degradación de carbohidratos que no fueron digeridos por la amilasa salival, mientras que las nucleasas degradan moléculas como ADN y ARN en fragmentos más pequeños. Así, el páncreas no actúa sobre un solo tipo de nutriente, sino sobre casi toda la materia orgánica absorbible de los alimentos.

La porción exocrina del páncreas está formada por células acinares, organizadas en pequeños racimos que secretan enzimas hacia conductos internos conectados con el duodeno. Esta secreción debe regularse con precisión, porque las enzimas pancreáticas, especialmente las proteasas de serina, son potencialmente peligrosas si se activan antes de llegar al intestino. Cuando esta regulación falla, puede aparecer pancreatitis, una inflamación en la que el propio tejido pancreático comienza a ser lesionado por sus enzimas digestivas. Por ello, la secreción pancreática depende de señales nerviosas y hormonales coordinadas entre cerebro, estómago e intestino, de modo que las enzimas se liberen cuando existe alimento disponible y el esfínter de Oddi permite su paso hacia el duodeno.

La vesícula biliar

La vesícula biliar, llamada a veces de forma imprecisa glándula biliar, no produce la bilis, sino que la almacena, concentra y libera cuando el intestino la necesita. La bilis se forma en el hígado y viaja por los conductos hepáticos hasta llegar al conducto biliar común. Cuando no hay digestión activa, parte de esa bilis se desvía hacia la vesícula, donde permanece temporalmente. Allí se concentra mediante absorción de agua y sales, de modo que queda lista para actuar cuando el alimento, especialmente rico en grasas, llegue al duodeno.

La función principal de la bilis es facilitar la digestión de los lípidos. Las grasas no se mezclan bien con el agua del contenido intestinal, por lo que tienden a formar grandes gotas. Las sales biliares actúan como emulsificantes: fragmentan esas gotas en partículas más pequeñas y aumentan la superficie disponible para la acción de la lipasa pancreática. De esta manera, la vesícula biliar no digiere directamente los alimentos, pero permite que las enzimas pancreáticas trabajen con mayor eficacia sobre triglicéridos, ácidos grasos y otros compuestos lipídicos.

Imagen que contiene cuarto de hospital, persona, cuarto, escena

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Figura 4. Las [cirugías biliares] tratan obstrucciones e inflamaciones de la vesícula y conductos. La colecistectomía retira la vesícula, generalmente por laparoscopia; la CPRE extrae cálculos del colédoco. Las “piedritas” se forman cuando la bilis contiene exceso de colesterol o bilirrubina, o cuando la vesícula se vacía mal, causando dolor, ictericia, infección, pancreatitis y complicaciones digestivas si obstruyen el flujo biliar.

La liberación de bilis ocurre cuando el quimo llega al duodeno y estimula señales hormonales, especialmente la colecistoquinina. Esta hormona provoca la contracción de la vesícula biliar y la relajación del esfínter de Oddi, permitiendo que la bilis entre al intestino. Allí se mezcla con el jugo pancreático, que es alcalino y ayuda a neutralizar la acidez procedente del estómago. Así, bilis y secreción pancreática funcionan de manera coordinada: una prepara las grasas para su digestión y la otra aporta las enzimas que las degradan.

Además de participar en la digestión, la bilis permite eliminar sustancias de desecho, como pigmentos derivados de la degradación de la hemoglobina. Entre ellos se encuentra la bilirrubina, responsable en parte del color característico de las heces. Cuando el flujo biliar se obstruye, pueden aparecer problemas como dolor, mala absorción de grasas, heces pálidas o acumulación de bilirrubina. Por eso, aunque la vesícula biliar no sea indispensable para vivir, cumple una función importante en la regulación digestiva, especialmente durante comidas abundantes en grasas.

Referencias

Barrett, K. E., Barman, S. M., Brooks, H. L., & Yuan, J. X.-J. (2022). Ganong’s review of medical physiology (26th ed.). McGraw Hill.

Boron, W. F., & Boulpaep, E. L. (2023). Medical physiology (4th ed.). Elsevier.

Hall, J. E. (2021). Guyton and Hall textbook of medical physiology (14th ed.). Elsevier.

Hundt, M., Basit, H., & John, S. (2022). Physiology, bile secretion. En StatPearls. StatPearls Publishing. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK470209/

Jones, M. W., Hannoodee, S., & Young, M. (2022). Anatomy, abdomen and pelvis: Gallbladder. En StatPearls. StatPearls Publishing. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK459288/

Kamel-ElSayed, S. A., & Mukherjee, S. (2023). Physiology, pancreas. En StatPearls. StatPearls Publishing. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK459261/

Kaplan, D. E., Ripoll, C., Thiele, M., et al. (2024). AASLD practice guidance on risk stratification and management of portal hypertension and varices in cirrhosis. Hepatology, 79(5), 1180–1211. https://doi.org/10.1097/HEP.0000000000000647

Kardong, K. V. (2019). Vertebrates: Comparative anatomy, function, evolution (8th ed.). McGraw-Hill Education.

Mescher, A. L. (2021). Junqueira’s basic histology: Text and atlas (16th ed.). McGraw Hill.

Moore, K. L., Dalley, A. F., & Agur, A. M. R. (2023). Clinically oriented anatomy (9th ed.). Wolters Kluwer.

National Institute of Diabetes and Digestive and Kidney Diseases. (n.d.). Gallstones. National Institutes of Health. Recuperado el 8 de mayo de 2026, de https://www.niddk.nih.gov/health-information/digestive-diseases/gallstones

National Institute of Diabetes and Digestive and Kidney Diseases. (n.d.). Treatment for gallstones. National Institutes of Health. Recuperado el 8 de mayo de 2026, de https://www.niddk.nih.gov/health-information/digestive-diseases/gallstones/treatment

Patricia, J. J., & Dhamoon, A. S. (2022). Physiology, digestion. En StatPearls. StatPearls Publishing. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK544242/

Standring, S. (Ed.). (2021). Gray’s anatomy: The anatomical basis of clinical practice (42nd ed.). Elsevier.

Stevens, C. E., & Hume, I. D. (2004). Comparative physiology of the vertebrate digestive system (2nd ed.). Cambridge University Press.

Tholey, D., & Nguyen, M. (2026). Portal hypertension. MSD Manual Professional Edition. https://www.msdmanuals.com/professional/hepatic-and-biliary-disorders/approach-to-the-patient-with-liver-disease/portal-hypertension

Figura. Cirugías biliares

Las cirugías biliares se realizan cuando la vesícula biliar, los conductos biliares o el colédoco presentan obstrucciones, inflamación o infecciones. La operación más común es la colecistectomía, es decir, la extracción de la vesícula. Generalmente se hace por laparoscopia, mediante pequeñas incisiones, una cámara y pinzas quirúrgicas; en casos complicados puede requerirse cirugía abierta. Al retirar la vesícula, la bilis ya no se almacena allí, sino que fluye directamente desde el hígado hacia el intestino delgado. Esta cirugía suele indicarse cuando los cálculos causan dolor recurrente o complicaciones.

Otras intervenciones se dirigen a los conductos biliares. Si una “piedrita” baja desde la vesícula y se atasca en el colédoco, puede producir ictericia, colangitis o pancreatitis. En esos casos se usa con frecuencia la CPRE, o colangiopancreatografía retrógrada endoscópica, que permite entrar por la boca hasta el duodeno, localizar la obstrucción, cortar el esfínter de Oddi si es necesario y extraer el cálculo con canastillas o balones. También pueden realizarse drenajes, colocación de prótesis o exploración quirúrgica del conducto biliar cuando la obstrucción es compleja.

Las “piedritas” aparecen cuando la bilis pierde su equilibrio químico normal. Muchas están formadas por colesterol, especialmente cuando la bilis contiene demasiado colesterol, pocas sales biliares o la vesícula no se vacía bien. Otras se forman por exceso de bilirrubina, pigmento derivado de la degradación de glóbulos rojos. Factores como obesidad, pérdida rápida de peso, embarazo, edad, antecedentes familiares, ciertas dietas y algunas enfermedades hepáticas o sanguíneas aumentan el riesgo. Si el cálculo permanece silencioso, puede no requerir tratamiento; pero si bloquea un conducto, puede causar dolor intenso, fiebre, vómito, infección o inflamación grave. 

Figura. El páncreas

El páncreas es una glándula mixta porque funciona simultáneamente como órgano exocrino y endocrino. Su porción exocrina ocupa la mayor parte del órgano y está formada por acinos pancreáticos, pequeños racimos de células secretoras conectados a una red de conductos. Estas células producen jugo pancreático, una mezcla alcalina rica en enzimas digestivas que desemboca en el duodeno a través del conducto pancreático. Allí actúan la amilasa pancreática, que degrada carbohidratos; la lipasa, que rompe triglicéridos; y varias proteasas, como tripsina, quimotripsina y carboxipeptidasas, encargadas de fragmentar proteínas.

La función exocrina del páncreas depende de una regulación precisa, porque muchas de sus enzimas son potencialmente peligrosas. Las proteasas pancreáticas se producen como zimógenos inactivos, por ejemplo tripsinógeno y quimotripsinógeno, para evitar que el órgano se digiera a sí mismo. Cuando llegan al intestino delgado, la enteropeptidasa activa el tripsinógeno y desencadena una cascada digestiva. Además, las células ductales secretan bicarbonato, que neutraliza el quimo ácido procedente del estómago. Así, el páncreas protege la mucosa duodenal y crea un ambiente adecuado para la digestión de nutrientes.

Su porción endocrina está formada por los islotes de Langerhans, grupos celulares dispersos entre los acinos. Allí, las células beta secretan insulina, hormona que favorece la entrada de glucosa a las células y reduce la glucemia. Las células alfa producen glucagón, que eleva la glucosa sanguínea al estimular la liberación de reservas hepáticas. También existen células delta, productoras de somatostatina, y células PP, relacionadas con la regulación digestiva. Por eso, el páncreas integra digestión y metabolismo: descompone alimentos en el intestino y regula la disponibilidad de glucosa en la sangre.

Figura. Árbol hepato-pancreático-biliar

El árbol hepato-pancreático-biliar es el conjunto de conductos que conecta el hígado, la vesícula biliar, el páncreas y el duodeno. Su función normal es conducir la bilis desde los hepatocitos hacia los conductos biliares, almacenarla y concentrarla en la vesícula, y luego liberarla por el colédoco hasta el intestino delgado. Cerca del duodeno, este conducto suele relacionarse con el conducto pancreático, formando la región hepatopancreática controlada por el esfínter de Oddi, una válvula muscular que regula la salida de bilis y jugo pancreático e impide el reflujo hacia los conductos.

Sus enfermedades más frecuentes se relacionan con la obstrucción. Los cálculos biliares pueden quedar en la vesícula y causar colecistitis, o desplazarse al colédoco y producir coledocolitiasis. Cuando la bilis no puede circular, aparecen dolor abdominal, ictericia, orina oscura y heces pálidas. Si además las bacterias ascienden por los conductos, puede desarrollarse colangitis, una infección potencialmente grave. También existen anormalidades estructurales, como estrechamientos o estenosis, quistes del colédoco, atresia biliar en recién nacidos y variaciones anatómicas de los conductos, importantes durante cirugías o procedimientos endoscópicos.

La relación con el páncreas hace que una obstrucción biliar no sea solo un problema hepático. Si un cálculo bloquea la región donde desembocan el colédoco y el conducto pancreático, las enzimas pancreáticas pueden quedar retenidas y desencadenar pancreatitis aguda, con inflamación intensa del páncreas. También pueden aparecer disfunciones del esfínter de Oddi, tumores de la vía biliar, cáncer de páncreas o lesiones inflamatorias que comprimen los conductos. Por eso, este árbol debe entenderse como una unidad anatómica: una alteración pequeña en un conducto puede afectar simultáneamente la digestión de grasas, el drenaje de bilis y la secreción pancreática.

Figura. Sistema portal hepático

El sistema porta hepático es la red venosa que recoge sangre del estómago, intestinos, páncreas, bazo y vesícula biliar para llevarla primero al hígado, antes de que regrese a la circulación general. Su importancia consiste en que esa sangre llega cargada de nutrientes, pero también de sustancias potencialmente tóxicas absorbidas durante la digestión. Por eso, el hígado actúa como estación de procesamiento: transforma nutrientes, regula la glucosa, metaboliza lípidos y neutraliza compuestos dañinos. Cuando el tejido hepático se endurece por cirrosis, inflamación crónica o cicatrices, la sangre encuentra resistencia para atravesarlo y aumenta la presión dentro de la vena porta, fenómeno llamado hipertensión portal.

Las enfermedades del sistema porta suelen aparecer cuando se altera el flujo normal de sangre hacia el hígado. La causa más frecuente es la cirrosis, asociada a daño hepático prolongado por alcohol, hepatitis virales, hígado graso metabólico u otras enfermedades crónicas. La hipertensión portal puede producir várices en el esófago o el estómago, que son venas dilatadas con riesgo de sangrado; también puede causar ascitis, aumento del tamaño del bazo, retención de líquidos, mala nutrición y, en casos avanzados, encefalopatía hepática. Otra alteración importante es la trombosis portal, cuando un coágulo obstruye parcial o totalmente la vena porta.

Para mantener sano el sistema porta no basta con cuidar una vena: hay que proteger el hígado y el metabolismo general. Las medidas más importantes son evitar el consumo excesivo de alcohol, mantener un peso saludable, hacer actividad física, controlar diabetes y colesterol, vacunarse contra hepatitis cuando corresponda, evitar compartir agujas, practicar sexo seguro y no automedicarse con sustancias que puedan dañar el hígado. También conviene consultar si aparecen ictericia, abdomen hinchado, vómito con sangre, heces negras o cansancio extremo. En síntesis, el sistema porta se conserva mejor cuando se previenen las enfermedades hepáticas que obstruyen o endurecen el filtro natural del organismo. 

Proceso digestivo en vertebrados. El intestino grueso

Regresar al índice de [Digestión]

El intestino grueso se define como la región final del tubo digestivo, situada después del intestino delgado, especializada en la absorción de agua, recuperación de sales minerales, compactación de residuos y formación de heces. No todos los vertebrados diferencian claramente sus intestinos; por ejemplo, en lampreas no existe un estómago verdadero y el intestino es relativamente recto, con poca diferenciación regional. En muchos animales, el tramo final del tubo digestivo es un conducto simple que desemboca en una cloaca o en un ano. En mamíferos, en cambio, el intestino grueso suele diferenciarse en ciego, colon, recto y canal anal. A diferencia del intestino delgado, su mucosa carece de vellosidades intestinales, aunque conserva criptas o glándulas intestinales.

Figura 1. El [Sistema digestivo humano] transforma alimentos en nutrientes absorbibles y elimina residuos. Inicia en boca, faringe y esófago; continúa en el estómago, donde actúan ácido clorhídrico y pepsina. En el intestino delgado ocurre la mayor absorción; en el intestino grueso, la microbiota fermenta fibra, recupera agua y forma heces.

En humanos, el intestino grueso comienza en la región ileocecal, donde el íleon se comunica con el ciego mediante la válvula ileocecal. Desde allí continúa hacia el colon ascendente, colon transverso, colon descendente, colon sigmoideo, recto y ano. Cerca del ciego se encuentra el apéndice vermiforme, una prolongación reducida en humanos, pero no completamente inútil: contiene tejido linfoide y puede participar en funciones inmunológicas y en la conservación de parte de la microbiota intestinal. En muchos herbívoros, como conejos y roedores, el ciego es mucho más grande y funciona como cámara de fermentación postestomacal, donde bacterias simbióticas degradan materiales vegetales difíciles, como celulosa y otras fibras.

El intestino grueso no es un simple tubo de desecho. Su función principal es recuperar agua y electrolitos, especialmente sodio, mientras los residuos se compactan progresivamente hasta formar materia fecal. Además, la microbiota intestinal termina de fermentar restos no digeridos y produce sustancias útiles, como ácidos grasos de cadena corta y algunas vitaminas, entre ellas vitamina K y ciertas vitaminas del complejo B. Cuando el colon no absorbe suficiente agua, las heces permanecen líquidas y aparece diarrea, condición peligrosa porque puede causar pérdida de agua, sales minerales y alteración de la microbiota, llevando a deshidratación e incluso muerte en casos severos.

De forma inversa, si el tránsito intestinal es demasiado lento, el colon absorbe agua en exceso y se produce estreñimiento o constipación. Las heces se endurecen, aumentan la presión durante la evacuación y pueden favorecer fisuras anales, hemorroides o inflamación local. Por eso la fibra vegetal sigue siendo fundamental en humanos: aumenta el volumen fecal, retiene agua, estimula el peristaltismo y favorece una microbiota saludable. En general, la forma y longitud del intestino dependen mucho de la dieta: los carnívoros tienden a tener intestinos más cortos y simples, mientras que los herbívoros requieren intestinos más largos, ciegos desarrollados o cámaras fermentadoras. En Homo sapiens, el intestino refleja una dieta omnívora, no estrictamente herbívora; mientras que en el panda gigante, Ailuropoda melanoleuca, ocurre lo contrario: conserva un sistema digestivo propio de carnívoros, pero consume sobre todo bambú, por lo que debe comer durante muchas horas para obtener suficientes nutrientes.

Cecos y fermentación postestomacal y preestomacal

Los cecos son expansiones o bolsas del intestino ubicadas generalmente cerca de la unión entre el intestino delgado y el intestino grueso. En muchos herbívoros, estas estructuras alcanzan gran tamaño porque funcionan como cámaras de fermentación postestomacal, donde vive una microbiota simbiótica capaz de degradar parte de la fibra vegetal. En humanos, el ciego es pequeño y el apéndice vermiforme no debe considerarse simplemente “inútil”: posee tejido linfoide y puede participar en la protección inmunológica intestinal, aunque no cumple una gran función fermentadora como en otros mamíferos.

La razón de estas diferencias está en la dieta. Los carnívoros suelen tener intestinos más cortos, porque la carne y otros tejidos animales son relativamente fáciles de digerir mediante proteasas, lipasas y otras enzimas propias del vertebrado. En cambio, los herbívoros deben procesar alimentos ricos en celulosa, hemicelulosa y otros polisacáridos estructurales que las enzimas de los vertebrados no degradan directamente. Por eso necesitan más tiempo de retención, mayor longitud intestinal y cámaras donde la fermentación bacteriana pueda liberar compuestos aprovechables.

Existen dos estrategias principales: la fermentación preestomacal y la fermentación postestomacal. En la primera, propia de rumiantes como vacas, ovejas, cabras y ciervos, la fermentación ocurre antes del estómago glandular verdadero, en regiones no glandulares del estómago compuesto como rumen, retículo y omaso. En la segunda, propia de caballos, conejos, cerdos, koalas y muchos roedores, la fermentación ocurre después del estómago, sobre todo en el ciego y el colon. Ambas estrategias son soluciones evolutivas distintas al mismo problema: extraer energía de una pared vegetal difícil de romper.

 La fermentación preestomacal no siempre debe entenderse como un sistema exclusivo. En muchos herbívoros, especialmente en rumiantes, la mayor parte de la fermentación microbiana ocurre antes del estómago glandular verdadero, en cámaras como el rumen y el retículo; sin embargo, parte del material vegetal que escapa a esa primera fermentación puede seguir siendo procesado después, en el ciego y el colon. Por eso, en sentido funcional, algunos animales presentan una digestión dual, con una fermentación principal preestomacal y una fermentación secundaria postestomacal.

Esta organización tiene sentido porque la celulosa, la hemicelulosa y otros componentes de la fibra vegetal no se degradan de forma rápida ni completa en una sola etapa. Las cámaras anteriores permiten retener alimento, favorecer la rumia, multiplicar la microbiota simbiótica y producir ácidos grasos volátiles; pero el intestino grueso todavía puede recuperar energía adicional mediante fermentación residual. Así, el sistema digestivo herbívoro no funciona como una línea simple, sino como una red de compartimentos que prolongan el contacto entre alimento, microorganismos, agua, enzimas y mucosa para extraer la mayor cantidad posible de nutrientes.

Figura 2.  [Sistema digestivo de los mamíferos]. La figura muestra que el sistema digestivo de los mamíferos varía según la dieta. Carnívoros como visón y perro tienen intestinos cortos y simples; herbívoros como canguro, koala, conejo y cebra presentan regiones largas o especializadas para fermentación microbiana. Equidnas, pangolines y delfines poseen intestinos delgados relativamente largos.

Figura 3. [fermentadores mamíferos]. Los órganos fermentadores pueden ser preestomacales o postestomacales, según dónde predomine la acción microbiana. En caballos, la fermentación ocurre principalmente en ciego y colon. En rumiantes, domina el rumen antes del abomaso, con rumia y segunda masticación. Sin embargo, ambos modelos presentan fermentación dual, porque también procesan nutrientes antes y después del estómago, mediante cámaras especializadas y absorción intestinal eficiente.

En humanos, nuestra condición es mejor descrita como omnívora, no como una herencia herbívora pura. Aun así, la fibra vegetal sigue siendo indispensable porque estimula el peristaltismo, alimenta parte de la microbiota intestinal y ayuda a regular la consistencia de las heces. Cuando falta fibra, el tránsito se vuelve lento y puede aparecer estreñimiento; cuando se consume de forma excesiva o brusca, puede causar gases o diarrea. Así, aunque no podamos digerir directamente la celulosa, dependemos de ella como regulador mecánico, ecológico e intestinal.

Coprofagia

La coprofagia es el consumo de materia fecal propia o ajena. Aunque a primera vista parece un comportamiento repulsivo, en algunos animales tiene una función digestiva clara. En especies que realizan fermentación postestomacal, parte de la digestión microbiana ocurre después de la zona principal de absorción del intestino delgado. Esto genera un problema: algunos nutrientes liberados por la microbiota pueden quedar demasiado tarde en el tubo digestivo para ser absorbidos eficientemente. La coprofagia permite que ese material vuelva a pasar por el tracto digestivo y se aproveche mejor.

El ejemplo clásico son los conejos y otros lagomorfos, que realizan cecotrofia. Estos animales producen dos tipos de excretas: unas heces duras, pobres en nutrientes y destinadas a la eliminación, y unos cecotrofos blandos, ricos en bacterias, vitaminas y productos de fermentación. Los cecotrofos proceden del ciego y son ingeridos directamente, generalmente sin caer al suelo. De esta forma, el animal recupera vitaminas del complejo B, proteínas microbianas y otros compuestos que de otro modo se perderían.

En algunos peces también puede observarse consumo de materia fecal, aunque allí las funciones pueden variar. En ciertos contextos, puede servir para recuperar nutrientes parcialmente digeridos, especialmente en ambientes donde el alimento es escaso. En otros casos, los animales jóvenes pueden consumir o retirar desechos para reducir señales químicas que atraerían depredadores. Sin embargo, no debe generalizarse que todos los peces producen dos tipos de heces equivalentes a los cecotrofos de los conejos; esa distinción está mejor documentada en fermentadores postestomacales terrestres.

Figura 4. [Cecotrofía en conejos]. La coprofagia o cecotrofia permite al conejo recuperar nutrientes producidos en el ciego, pero también facilita la reinfección por parásitos. En conejos silvestres, coccidios como Eimeria contaminan heces, suelo y alimento. Por ello, la carne de cacería debe manipularse con guantes, eviscerarse cuidadosamente, cocinarse completamente o evitarse si hay riesgo sanitario, especialmente si el animal parece enfermo o encontrado muerto.

La coprofagia funcional debe distinguirse de la ingestión accidental o patológica de heces. En animales adaptados a ella, forma parte de un ciclo digestivo normal y permite extender el tiempo de aprovechamiento del alimento. En cambio, en especies donde no es una conducta habitual, puede indicar estrés, deficiencias nutricionales, hacinamiento o alteraciones del comportamiento. Desde el punto de vista evolutivo, la coprofagia muestra que la digestión no siempre termina cuando el alimento sale del cuerpo: en algunos herbívoros, una parte del proceso requiere una segunda pasada por el sistema digestivo.

Manejo de toxinas

Las plantas no son alimentos pasivos. Muchas producen metabolitos secundarios, sustancias que no participan directamente en funciones básicas como crecimiento o fotosíntesis, pero sirven para defensa contra herbívoros, hongos, bacterias o competidores. Entre estos compuestos se encuentran alcaloides, taninos, glucósidos, terpenos y otras moléculas capaces de generar sabor amargo, irritación, toxicidad, alteraciones digestivas o incluso cambios neurológicos. Desde la perspectiva del herbívoro, comer plantas no significa solo obtener energía: también implica enfrentar defensas químicas.

Los herbívoros generalistas, como muchos rumiantes, suelen manejar estas toxinas mediante una combinación de selección alimentaria, dilución y fermentación microbiana. La microbiota ruminal puede degradar o modificar algunos compuestos tóxicos antes de que sean absorbidos en grandes cantidades. Además, la rumia permite procesar lentamente el alimento, mezclarlo con saliva y regular cuánto material vegetal entra al sistema. Por eso muchos animales no comen una sola planta en exceso, sino que alternan especies vegetales para evitar acumular una toxina particular.

Otra estrategia fundamental es la detoxificación hepática. El hígado modifica muchas sustancias tóxicas mediante reacciones químicas que las vuelven más solubles o menos activas. Luego pueden eliminarse por la bilis, la orina o las heces. En este proceso también participan el intestino, el riñón y la microbiota intestinal. Sin embargo, este sistema tiene límites: si la dosis es muy alta, si el animal no está adaptado o si la toxina evade estas rutas, pueden aparecer intoxicaciones, daño hepático, alteraciones nerviosas o muerte.

Figura 5. La [Rana dardo dorada], Phyllobates terribilis, vive en selvas húmedas del Pacífico colombiano. Al comer hormigas y pequeños escarabajos con alcaloides, no muere envenenada: secuestra toxinas, especialmente batracotoxina, y las almacena en glándulas cutáneas. Su color aposemático advierte peligro. En cautiverio, sin esa dieta silvestre, pierde toxicidad defensiva, mostrando dependencia del bosque y sus insectos nativos.

La estrategia más extrema es el secuestro de toxinas, donde el animal no destruye el veneno, sino que lo almacena para defenderse. Un ejemplo famoso ocurre en algunas ranas dardo, que obtienen alcaloides tóxicos a partir de los artrópodos que consumen y los acumulan en la piel. Algo similar ocurre en ciertos insectos que secuestran compuestos de sus plantas hospedadoras. Así, las toxinas vegetales generan una carrera evolutiva: las plantas producen defensas químicas, los herbívoros desarrollan formas de evitarlas, neutralizarlas o reciclarlas, y algunos depredadores aprenden a reconocer esos animales como peligrosos.

Cloaca y ano

El proceso por el cual los restos fecales salen del cuerpo se denomina eliminación o egestión, y no debe confundirse con la excreción. La excreción corresponde a la salida de desechos metabólicos producidos por las células, como urea, dióxido de carbono y exceso de agua o sales, proceso realizado principalmente por riñones, pulmones y, en menor medida, la piel. En cambio, la eliminación fecal expulsa materiales no digeridos o no absorbidos del tubo digestivo. Aun así, el intestino grueso participa parcialmente en la excreción al eliminar sustancias como pigmentos biliares, derivados del metabolismo de la hemoglobina.

El órgano final encargado de la eliminación puede ser el ano o la cloaca, según el grupo animal. El ano es una abertura especializada para expulsar únicamente materia fecal, como ocurre en la mayoría de los mamíferos. La cloaca, en cambio, es una cámara común donde desembocan el sistema digestivo, el sistema urinario y el sistema reproductor. Por eso, en animales como aves, reptiles, anfibios y muchos peces, los residuos fecales, la orina y los productos reproductivos salen por una misma abertura. Esta diferencia anatómica refleja distintas formas de organizar la región terminal del cuerpo en los vertebrados.

En heces humanas, el color considerado normal suele ir de marrón claro a marrón oscuro, debido a la transformación de la bilis y la bilirrubina durante el tránsito intestinal. Cambios ocasionales pueden deberse a alimentos o medicamentos: verde por verduras o tránsito rápido; rojizo por remolacha o colorantes; negro por hierro o ciertos alimentos oscuros. Sin embargo, algunos colores son señales de alarma: heces negras tipo alquitrán o rojo brillante pueden indicar sangrado gastrointestinal; heces pálidas, grises o color arcilla pueden sugerir problemas en hígado, vesícula biliar o flujo de bilis; heces amarillas, grasosas y flotantes pueden relacionarse con mala absorción de lípidos. Si el cambio persiste o aparece con dolor, fiebre, diarrea intensa, vómito, deshidratación o sangre, debe consultarse atención médica.

En humanos, las heces activan instintos de repulsión y supervivencia porque pueden contener grandes cargas de microorganismos entéricos. La repulsión frente al olor fecal no es simple “asco cultural”: ayuda a evitar contacto con posibles patógenos transmitidos por vía fecal-oral, como cepas peligrosas de Escherichia coli, además de Salmonella, Shigella, Campylobacter, Vibrio cholerae, norovirus, rotavirus, Giardia y huevos de helmintos como la solitaria Taenia spp. Muchas infecciones ocurren por agua, comida, manos o superficies contaminadas con materia fecal. Los olores típicos, producidos por compuestos azufrados, aminas, indoles y otros productos de la fermentación bacteriana, funcionan como señales sensoriales de alejamiento: nos empujan a limpiar, lavarnos las manos, cocinar bien y separar residuos fecales de alimentos y agua potable.

Referencias

Barboza, P. S., Parker, K. L., & Hume, I. D. (2009). Integrative wildlife nutrition. Springer.

Centers for Disease Control and Prevention. (2025). Preventing tularemia. https://www.cdc.gov/tularemia/prevention/index.html

Daly, J. W., Garraffo, H. M., Spande, T. F., Jaramillo, C., & Rand, A. S. (1994). Dietary source for skin alkaloids of poison frogs (Dendrobatidae)? Journal of Chemical Ecology, 20, 943–955. https://doi.org/10.1007/BF02059589

Dumbacher, J. P., Wako, A., Derrickson, S. R., Samuelson, A., Spande, T. F., & Daly, J. W. (2004). Melyrid beetles (Choresine): A putative source for the batrachotoxin alkaloids found in poison-dart frogs and toxic passerine birds. Proceedings of the National Academy of Sciences, 101(45), 15857–15860. https://doi.org/10.1073/pnas.0407197101

Hall, J. E. (2021). Guyton and Hall textbook of medical physiology (14th ed.). Elsevier.

Harkness, J. E., Turner, P. V., VandeWoude, S., & Wheler, C. L. (2010). Harkness and Wagner’s biology and medicine of rabbits and rodents (5th ed.). Wiley-Blackwell.

Karasov, W. H., & Douglas, A. E. (2013). Comparative digestive physiology. Comprehensive Physiology, 3(2), 741–783. https://doi.org/10.1002/cphy.c110054

Kardong, K. V. (2019). Vertebrates: Comparative anatomy, function, evolution (8th ed.). McGraw-Hill Education.

Merck Veterinary Manual. (2024). Parasitic diseases of rabbits. Merck & Co. https://www.merckvetmanual.com/exotic-and-laboratory-animals/rabbits/parasitic-diseases-of-rabbits

Sakaguchi, E. (2003). Digestive strategies of small hindgut fermenters. Animal Science Journal, 74(5), 327–337. https://doi.org/10.1046/j.1344-3941.2003.00124.x

Saporito, R. A., Donnelly, M. A., Spande, T. F., & Garraffo, H. M. (2012). A review of chemical ecology in poison frogs. Chemoecology, 22, 159–168. https://doi.org/10.1007/s00049-011-0088-0

Stevens, C. E., & Hume, I. D. (2004). Comparative physiology of the vertebrate digestive system (2nd ed.). Cambridge University Press.

Van Soest, P. J. (1994). Nutritional ecology of the ruminant (2nd ed.). Cornell University Press.

Figura. La rana dardo dorada

La rana dardo dorada, Phyllobates terribilis, vive en selvas húmedas del Pacífico colombiano, especialmente en áreas bajas y lluviosas del Cauca. Su color amarillo, a veces naranja o verde menta, funciona como advertencia aposemática: anuncia que su piel contiene batracotoxina, un alcaloide capaz de alterar los canales de sodio en nervios y músculos. Lo notable es que la rana no fabrica todo ese veneno desde cero ni muere al adquirirlo; su fisiología lo tolera, lo transporta y lo almacena en glándulas cutáneas, convirtiendo alimento peligroso en defensa corporal. Allí permanece diurna, terrestre y visible.

Entre sus presas aparecen hormigas diminutas de los géneros Brachymyrmex spp. y Paratrechina spp., llamadas de forma general hormigas pequeñas u hormigas locas en varios contextos tropicales. Estas viven en hojarasca, suelo húmedo, troncos y microhábitats del bosque, donde recogen sustancias químicas de cadenas alimentarias vegetales y microbianas. Sin embargo, para la batracotoxina más potente, la fuente mejor propuesta no es una sola hormiga, sino pequeños escarabajos Melyridae, posiblemente Choresine spp.. La rana consume esas presas, resiste sus alcaloides y los secuestra en la piel, sin quedar intoxicada.

Así, la rana venenosa dorada transforma la selva colombiana en una farmacia viviente: cada hormiga, termita o escarabajo puede aportar moléculas que refuerzan su defensa. En cautiverio, cuando recibe grillos y moscas sin esos compuestos, pierde gran parte de su toxicidad, lo que confirma la importancia de la dieta silvestre. Este caso muestra una relación ecológica compleja: el depredador no destruye el veneno de su presa, sino que lo reutiliza. Por eso, proteger el bosque significa conservar también sus insectos, su hojarasca y las rutas químicas que sostienen a Phyllobates terribilis en libertad permanente, propias del sotobosque húmedo, donde sobreviven estas redes ecológicas, tróficas y químicas delicadas y dependen de una humedad constante durante todo el año entero.

Figura. Cecotrofia en conejos

La coprofagia del conejo no debe entenderse como simple ingestión de heces, sino como cecotrofia: el animal produce cecótrofos blandos, ricos en bacterias, vitaminas y aminoácidos, que son ingeridos directamente desde el ano. Este reciclaje permite recuperar nutrientes fabricados en el ciego, donde ocurre una intensa fermentación postestomacal. Como ya se explicó en el texto principal, esta estrategia aumenta el rendimiento de una dieta vegetal pobre; sin embargo, también crea una ruta perfecta para que ciertos parásitos vuelvan al tubo digestivo y mantengan su ciclo biológico dentro del hospedero.

En conejos silvestres, los más importantes son los coccidios del género Eimeria, cuyos ooquistes salen con las heces y pueden contaminar suelo, agua, alimento o material adherido al pelaje. Al ser ingeridos durante la alimentación o la cecotrofia, reinician infecciones intestinales o hepáticas; de hecho, la coccidiosis es común en conejos y se transmite por ingestión de ooquistes esporulados. También pueden circular huevos de nematodos, larvas y otros microorganismos asociados al ambiente fecal. Por eso, un conejo aparentemente sano puede ser portador, especialmente en poblaciones silvestres sometidas a hacinamiento, humedad o estrés, donde la contaminación del refugio favorece reinfecciones continuas.

Esta realidad importa cuando se consume carne de cacería. Aunque muchos parásitos intestinales no se transmiten igual que una infección bacteriana, el manejo del animal, sus vísceras y sus fluidos puede exponer al cazador a riesgos adicionales. La tularemia, asociada a conejos y liebres, puede infectar a las personas por contacto con tejidos animales, vectores, agua contaminada o aerosoles. Por prudencia, se recomienda usar guantes, evitar animales enfermos o encontrados muertos, retirar vísceras con cuidado, limpiar utensilios, separar la carne cruda y cocinarla completamente. Si no se garantiza ese manejo, es preferible evitarla.

Figura. Fermentadores mamíferos

Los órganos fermentadores de los herbívoros pueden ubicarse antes o después del estómago glandular, según el sitio principal donde actúan las comunidades microbianas. En los fermentadores postestomacales, como el caballo, el alimento se mastica una vez, atraviesa el esófago, pasa por el estómago y el intestino delgado, y llega luego al ciego y al colon. Allí ocurre la fermentación de celulosa, hemicelulosa y otros carbohidratos vegetales. Los productos resultantes, especialmente los ácidos grasos volátiles, son absorbidos en el intestino grueso. Este modelo permite procesar grandes volúmenes de forraje, aunque aprovecha menos la proteína microbiana formada.

En los rumiantes, como la gacela representada, la fermentación principal es preestomacal porque ocurre antes del verdadero estómago digestivo, el abomaso. El alimento entra primero al rumen y al retículo, donde bacterias, protozoos y hongos degradan fibras vegetales. Luego el bolo puede regresar a la boca para una segunda masticación, proceso llamado rumia, que aumenta la trituración y la superficie de ataque microbiano. Después pasa por omaso y abomaso, donde se absorbe agua y se inicia la digestión ácida. Esta organización permite aprovechar mejor los nutrientes microbianos, pero exige tránsito más lento y una fisiología digestiva compleja.

Sin embargo, la separación estricta entre fermentadores preestomacales y postestomacales simplifica demasiado el fenómeno. Muchos herbívoros poseen una fermentación dual, porque aunque tengan un sitio dominante, también conservan cámaras posteriores activas, como el ciego y el colon. En rumiantes, la imagen muestra fermentación intensa en el rumen, pero también actividad fermentativa en el ciego, con absorción de productos en el intestino grueso. En caballos, el sitio dominante es posterior, pero el estómago y el intestino anterior condicionan químicamente el sustrato. Por ello, resulta más preciso hablar de sistemas digestivos con predominio preestomacal o postestomacal, no de categorías absolutas.

Figura. Sistema digestivo de los mamíferos

La figura compara la variación del estómago y los intestinos en distintos mamíferos, mostrando que el plan digestivo no es uniforme, sino que cambia según la dieta, la historia evolutiva y la estrategia de procesamiento del alimento. En el ornitorrinco, el sistema aparece relativamente simple, con un intestino poco especializado y un estómago reducido; esto concuerda con una dieta probablemente basada en invertebrados acuáticos, como insectos y gusanos. En la equidna y el pangolín, ambos consumidores de hormigas o termitas, se observan intestinos delgados relativamente largos, útiles para procesar grandes cantidades de presas pequeñas.

En mamíferos carnívoros terrestres estrictos, como el visón y el perro, el tracto digestivo es más corto y menos especializado. Esto se debe a que la carne, rica en proteínas y lípidos, se digiere con mayor facilidad que el tejido vegetal fibroso. Aunque el perro puede consumir una dieta más flexible por domesticación, su diseño intestinal sigue siendo relativamente simple. En contraste, el delfín presenta un intestino delgado muy largo, adaptación relacionada con su dieta acuática y con el procesamiento de presas animales completas.

Los herbívoros muestran las modificaciones más marcadas. Canguros, koalas, perezosos, rinocerontes, conejos y cebras poseen regiones intestinales ampliadas o especializadas para favorecer la fermentación microbiana de la celulosa. En algunos, como el conejo, el ciego es importante; en otros, como el canguro o el rinoceronte, el sistema permite retener alimento vegetal durante más tiempo. Así, la figura evidencia una regla general: los alimentos animales requieren tubos más cortos, mientras que las dietas vegetales exigen mayor longitud, compartimentalización y apoyo de la microbiota.

Figura. Sistema digestivo humano

El sistema digestivo humano es el conjunto de órganos encargados de recibir el alimento, transformarlo en nutrientes, absorber esas sustancias útiles y eliminar los residuos no aprovechables. Inicia en la boca, donde los dientes realizan la digestión mecánica y la saliva humedece el alimento, formando el bolo alimenticio. La amilasa salival comienza la digestión de algunos carbohidratos. Luego el bolo pasa por la faringe y el esófago, donde movimientos de peristaltismo lo conducen hacia el estómago, incluso contra la gravedad.

En el estómago, el alimento se mezcla con ácido clorhídrico, moco y enzimas digestivas como la pepsina, que inicia la degradación de proteínas. Allí el bolo se convierte en quimo, una mezcla semilíquida que pasa lentamente al intestino delgado. En el duodeno, el quimo recibe bilis del hígado y la vesícula biliar, además de jugos pancreáticos del páncreas, ricos en enzimas como lipasas, proteasas y amilasas. Después, en el yeyuno y el íleon, ocurre la mayor parte de la absorción gracias a vellosidades y microvellosidades.

El material no absorbido llega al intestino grueso, formado por ciego, colon, recto y ano. Allí se recuperan agua y sales minerales, mientras la microbiota intestinal fermenta restos de fibra y produce sustancias útiles, como algunas vitaminas y ácidos grasos de cadena corta. A medida que se absorbe agua, los residuos se compactan y forman las heces. Finalmente, estas se almacenan en el recto y son expulsadas por el ano durante la defecación. Así, el sistema digestivo integra transporte, digestión, absorción, defensa inmunológica y eliminación.

Proceso digestivo en vertebrados. El intestino delgado y nutrientes

Regresar al índice de [Digestión]

Un nutriente es una sustancia química presente en los alimentos que el organismo puede incorporar, transformar y utilizar para mantener sus funciones vitales. Los nutrientes sirven para obtener energía, construir y reparar tejidos, regular procesos del metabolismo, sostener el funcionamiento del sistema inmune, producir moléculas corporales y mantener el equilibrio interno. Se clasifican en macronutrientes, como carbohidratos, lípidos y proteínas, que se requieren en mayor cantidad, y micronutrientes, como vitaminas y minerales, necesarios en pequeñas cantidades. También el agua es un nutriente esencial, porque participa en el transporte de sustancias, la regulación térmica y las reacciones químicas del cuerpo.

Figura 1. [Pirámide nutricional]. La pirámide nutricional es una guía educativa cambiante, no una regla única. Antes se centraba en calorías y porciones generales, pero hoy se valora más la calidad de los alimentos, su fibra, procesamiento, grasas, azúcares y efecto en el metabolismo. Las guías actuales priorizan verduras, frutas, legumbres, integrales, agua y menos ultraprocesados.

Los nutrientes y la digestión molecular

Cuando comemos, lo que vemos en el plato suele ser carne, harinas, verduras, frutas, grasas y líquidos. Sin embargo, esos materiales están formados por nutrientes que pueden clasificarse según su estructura molecular y su función en el organismo. En esta sección no profundizaremos en la química detallada de cada molécula, porque a este nivel no siempre aporta mucho observar dibujos complejos de cadenas de carbono. En cambio, intentaremos asociar estos nutrientes con experiencias más cercanas al paladar: dulzor, saciedad, textura, umami, acidez y aroma retronasal. Estas asociaciones no son perfectas, porque el sabor de un alimento depende de muchas sustancias mezcladas, pero ayudan a construir una idea general de cómo se relacionan nutrición, digestión y percepción sensorial.

Los carbohidratos son moléculas orgánicas formadas principalmente por carbono, hidrógeno y oxígeno, cuya función más conocida es aportar energía rápida o servir como material de reserva. Los carbohidratos monosacáridos y disacáridos, como glucosa, fructosa, sacarosa y lactosa, suelen asociarse con el poder edulcorante, es decir, con la capacidad de producir dulzor. La sacarosa del azúcar común y la lactosa de la leche son ejemplos cotidianos. Sin embargo, no todos los carbohidratos simples son intensamente dulces: la maltosa es menos dulce que la sacarosa, y algunos derivados como la celobiosa casi no forman parte de nuestra experiencia alimentaria común. Estos azúcares aparecen en alimentos como frutas, miel, leche, panes, cereales, tubérculos y productos elaborados con azúcar.

Figura 2. [No todos los postres son iguales]. No todos los postres son iguales: muchos surgieron como conservas deshidratadas, con baja actividad de agua, lo que limita el crecimiento de microorganismos. Sin embargo, concentran azúcares y energía. Si se consumen, son preferibles versiones artesanales como el bocadillo veleño, frente a productos industrializados con saborizantes, colorantes y exceso de azúcar.

Los polisacáridos son carbohidratos más grandes y complejos, formados por muchas unidades de azúcares enlazadas. Algunos, como el almidón, sí pueden ser digeridos por enzimas humanas y aportan energía; por eso alimentos como arroz, papa, yuca, maíz, trigo y avena son fuentes importantes de energía. Otros polisacáridos, como la celulosa, poseen enlaces que las enzimas de los vertebrados no pueden romper. Por eso pasan en gran parte sin absorberse, a menos que el animal posea un sistema especializado de fermentación microbiana. En humanos, estas fibras no son inútiles: regulan el ritmo del peristaltismo, alimentan parte de la microbiota intestinal y favorecen el funcionamiento del intestino grueso. Si falta fibra, el tránsito puede hacerse lento; si se consume en exceso de forma brusca, puede causar gases, distensión o diarrea.

Los lípidos son moléculas orgánicas poco solubles en agua, entre las que se incluyen grasas, aceites, fosfolípidos y colesterol. Cumplen funciones esenciales: almacenan energía, forman parte de las membranas celulares, participan en la producción de hormonas y permiten absorber vitaminas liposolubles como A, D, E y K. En términos palatables, las grasas suelen funcionar como amplificadores de sabor y textura: hacen que los alimentos sean más cremosos, persistentes y saciantes. Por eso una leche totalmente descremada puede sentirse más “vacía” o menos satisfactoria que una leche con algo de grasa. El problema aparece cuando algunos productos bajos en grasa compensan esa pérdida sensorial agregando exceso de azúcares, sal, saborizantes o aditivos para recuperar palatabilidad.

Los aminoácidos son las unidades básicas que forman las proteínas. Durante la digestión, las proteasas y peptidasas rompen proteínas en péptidos y aminoácidos, como leucina, lisina, valina, triptófano, glutamato y muchos otros. En términos de sabor, los aminoácidos y péptidos se asocian especialmente con el umami, una sensación sabrosa, profunda y persistente. Las carnes bien procesadas culinariamente —por cocción lenta, maduración, fermentación o dorado controlado— liberan más compuestos sabrosos y pueden sentirse más fáciles de comer. En cambio, carnes demasiado frescas, duras o mal preparadas pueden resultar menos agradables, más difíciles de masticar y, si están mal cocidas, incluso riesgosas por posibles microorganismos patógenos.

El umami no proviene solo de la carne. También aparece en alimentos vegetales y condimentos ricos en glutamato y otros compuestos sabrosos. El tomate aporta glutamato natural, especialmente cuando está maduro o concentrado en salsas; la cebolla desarrolla sabores dulces y umami al cocinarse lentamente; el ajo aporta compuestos azufrados que intensifican aromas; y alimentos como quesos curados, salsa de soya, hongos, caldos y fermentados aumentan la sensación de profundidad. La combinación entre aminoácidos, péptidos, grasas, azúcares caramelizados y aromas volátiles produce gran parte de la experiencia retronasal de una buena comida.

Figura 3. El oficio de [chef] nació ligado al servicio doméstico y clases subordinadas, pero hoy es una profesión técnica y creativa. La cocina moderna combina arte, artesanía, química orgánica y bioquímica alimentaria, transformando proteínas, carbohidratos y lípidos mediante calor, fermentación o emulsión. Un chef domina técnicas, higiene, sabor, nutrición y experiencia sensorial.

Las vitaminas son micronutrientes orgánicos que el cuerpo necesita en pequeñas cantidades para regular procesos metabólicos, inmunológicos, nerviosos y celulares. No aportan energía como los carbohidratos o las grasas, pero son indispensables para que el cuerpo funcione correctamente. Algunas también participan en experiencias de sabor. La vitamina C, o ácido ascórbico, se asocia con sabores ácidos presentes en frutas cítricas; algunos compuestos relacionados con vitaminas del grupo B pueden tener notas amargas; y ciertos alimentos ricos en vitaminas, como frutas maduras, verduras frescas o fermentados, combinan acidez, dulzor y aromas que modifican la percepción general del alimento. Así, comer no es solo ingerir moléculas: es interpretar químicamente el mundo mediante la digestión, el olfato, el gusto, la textura y la memoria alimentaria.

Enzimas clave

 Desde el inicio del intestino delgado, especialmente en el duodeno, actúan las enzimas que completan la digestión molecular del alimento. El páncreas exocrino libera amilasa pancreática, que rompe almidón en azúcares más pequeños; lipasa pancreática, que degrada triglicéridos en ácidos grasos y monoglicéridos; y varias proteasas, como tripsina, quimotripsina, elastasa y carboxipeptidasas, que fragmentan proteínas en péptidos y aminoácidos. Además, el epitelio intestinal posee enzimas del borde en cepillo, como lactasa, sacarasa, maltasa, aminopeptidasas y dipeptidasas, que terminan de convertir los nutrientes en moléculas absorbibles.

La activación de estas enzimas debe estar cuidadosamente controlada. Muchas proteasas pancreáticas se secretan como zimógenos, es decir, formas inactivas, para evitar que digieran el propio páncreas o la mucosa intestinal. El tripsinógeno se activa en tripsina gracias a la enteropeptidasa del borde intestinal; luego la tripsina activa otros zimógenos, como quimotripsinógeno, proelastasa y procarboxipeptidasas. La “desactivación” ocurre por dilución, degradación, cambios de pH, inhibidores enzimáticos y pérdida natural de actividad cuando las enzimas avanzan hacia regiones posteriores como el yeyuno y el íleon.

El funcionamiento enzimático puede explicarse con el modelo llave-cerradura, aunque hoy se entiende mejor como ajuste inducido. Cada enzima reconoce ciertos sustratos por la forma y propiedades químicas de su sitio activo: la lactasa actúa sobre lactosa, la sacarasa sobre sacarosa, la maltasa sobre maltosa, y las peptidasas sobre fragmentos de proteínas. En equilibrio, el duodeno neutraliza el quimo ácido con bicarbonato pancreático, las enzimas trabajan en un pH adecuado, el moco protege la pared intestinal, el peristaltismo mueve el contenido y el yeyuno e íleon absorben nutrientes sin dañar el tejido propio.

Cuando ese equilibrio falla, aparecen enfermedades. Si falta lactasa, la lactosa llega sin digerir al colon, donde la microbiota la fermenta y produce gases, dolor y diarrea. Si hay insuficiencia pancreática, las grasas y proteínas se digieren mal, causando mala absorción. Si el ácido del estómago, la pepsina o los jugos digestivos alcanzan una mucosa debilitada, puede aparecer una úlcera péptica, especialmente en estómago o duodeno. Sus causas frecuentes incluyen infección por Helicobacter pylori, uso excesivo de antiinflamatorios no esteroideos y pérdida de defensas mucosas. Así, la digestión depende de usar enzimas potentes sin permitir que destruyan el propio cuerpo.

Presentación del alimento

Los modos de presentación del alimento dependen de la cultura, la institución y el contexto social, pero también pueden modificar profundamente nuestra experiencia palatable. En lugares como penitenciarías, comedores escolares u hospitales, los alimentos suelen servirse separados en bandejas con divisiones, como si cada componente debiera permanecer aislado. Esta disposición produce una sensación de orden, higiene y control, pero puede empobrecer la experiencia sensorial. Expertos en química de los alimentos, bioquímica culinaria y percepción sensorial, como Harold McGee, Hervé This y Charles Spence, han mostrado que el sabor no depende solo de cada ingrediente por separado, sino de la interacción entre aromas, grasas, ácidos, azúcares, sales, texturas y estímulos retronasales.

Figura 4. [Un buen desayuno]. Las hojuelas de maíz nacieron como alimento simple y ascético en el sanatorio de Kellogg, pero luego fueron transformadas en cereales infantiles cargados de azúcar, publicidad y saborizantes. Aunque existen versiones menos dañinas, conviene preferir desayunos colombianos económicos y balanceados: arepa con huevo, avena, calentado, yogur natural, fruta y queso.

Separar completamente los alimentos puede arruinar parte de la amplificación de sabor. Muchos ingredientes no están diseñados para disfrutarse solos, sino para potenciar a otros. Esto ocurre con frecuencia en las ensaladas: el tomate aporta glutamato y acidez; la cebolla aporta compuestos azufrados y dulzor cuando está bien tratada; el limón o el vinagre aportan acidez; el aceite transporta aromas; la sal intensifica sabores; y las hierbas aportan moléculas volátiles. Por separado, algunos de estos elementos pueden sentirse demasiado intensos, ácidos, amargos o picantes. Pero mezclados con arroz, papa, carne, huevo, legumbres o pan, generan una experiencia más equilibrada, donde la fibra, los lípidos, los aminoácidos y los compuestos aromáticos trabajan juntos.

Un ejemplo típico de la cocina gourmet es una ensalada tibia con proteína y grasa integrada, como tomate, hojas verdes, queso, aceite de oliva, frutos secos y pollo, pescado o huevo. Allí la ensalada no aparece como castigo dietético ni como decoración aislada, sino como parte activa del plato: refresca, corta la grasa, aporta textura y mejora el aroma general. Por eso, aprender a comer bien no significa solo saber qué cocinar, sino también cómo combinarlo. A veces mezclar la comida, aunque se vea menos “ordenado”, mejora la digestión sensorial, la saciedad y el placer de comer. Esa decisión cotidiana no debería quedar siempre en manos de una bandeja dividida, una cafetería o una costumbre institucional, sino también en el criterio de quien aprende a alimentarse.

Exceso de nutrientes

El exceso de ciertos nutrientes siempre puede convertirse en un problema de salud, incluso cuando esos mismos nutrientes hacen más agradable la comida. El azúcar, las grasas, la sal, el glutamato y otros potenciadores activan sistemas de recompensa porque amplifican el sabor, la textura, la saciedad y la experiencia retronasal del alimento. El problema aparece cuando la industria alimentaria explota esta biología para fabricar productos hiperpalatables, es decir, alimentos diseñados para que resulte difícil comer solo una porción. Un alimento pobre en sabor propio puede volverse irresistible si se carga con azúcares añadidos, grasas refinadas, sal, aromas artificiales y potenciadores de umami. Así, el cuerpo responde a señales que evolutivamente indicaban energía o nutrientes valiosos, pero dentro de un contexto moderno de abundancia, bajo costo y consumo repetido.

Un caso histórico importante fue la influencia de la industria azucarera en el debate sobre enfermedad cardiovascular. En la década de 1960, la Sugar Research Foundation financió una revisión publicada en The New England Journal of Medicine que resaltó a la grasa y el colesterol como causas principales de enfermedad coronaria, mientras minimizaba el papel del azúcar. Los investigadores vinculados a ese trabajo fueron D. Mark Hegsted, Robert McGandy y Fredrick J. Stare, no necesariamente “falsos expertos”, sino científicos con un grave conflicto de interés que hoy exigiría declaración transparente. Este episodio muestra cómo una industria puede usar financiación, prestigio académico y comunicación pública para inclinar la interpretación científica a su favor.

Figura 5. [Malos refrigerios escolares]. Como dieta infantil diaria, estos productos son nocivos porque concentran azúcares añadidos, harinas refinadas, grasas de baja calidad y pocos micronutrientes. Aportan calorías rápidas, pero poca fibra y baja saciedad. Además, la industria azucarera puede presentarlos como soluciones sociales saludables, ocultando intereses comerciales y desplazando alternativas reales como fruta, huevo, avena, legumbres, yogur natural y agua.

Esa estrategia ayudó a consolidar una cultura alimentaria donde muchos productos “bajos en grasa” compensaron la pérdida de sabor agregando más azúcar. Esto fue especialmente visible en la industria del desayuno infantil, con cereales coloridos, mascotas animadas y mensajes de energía o diversión. Marcas como Frosted Flakes, Froot Loops, Trix, Cap’n Crunch o Honey Nut Cheerios usaron personajes atractivos para promover productos dulces ante niños. Estudios sobre publicidad alimentaria han mostrado que los cereales dirigidos a niños suelen tener más azúcar añadido que los dirigidos a adultos; un análisis citado por el Rudd Center encontró que los cereales infantiles contenían 57 % más azúcar que los de adultos.

El glutamato monosódico es la sal sódica del glutamato, un aminoácido asociado al sabor umami, presente naturalmente en alimentos como tomate, queso, hongos, soya y carnes. La FDA lo considera generalmente seguro en cantidades habituales, aunque algunas personas sensibles pueden reportar síntomas leves y transitorios con dosis altas, especialmente si se consume solo y en grandes cantidades. El problema práctico no es el glutamato aislado, sino su uso dentro de alimentos ultraprocesados cargados de sal, grasas, azúcares y aromas que fomentan consumo excesivo. Por eso la idea no es prohibirse para siempre unas papas fritas o un producto empaquetado, sino entenderlos como comida ocasional: tolerable de vez en cuando, pero perjudicial si se vuelve base diaria de la dieta.

Referencias

Belitz, H.-D., Grosch, W., & Schieberle, P. (2009). Food chemistry (4th ed.). Springer.

Berg, J. M., Tymoczko, J. L., Gatto, G. J., Jr., & Stryer, L. (2019). Biochemistry (9th ed.). W. H. Freeman.

Bray, G. A., Popkin, B. M., & Nielsen, S. J. (2004). Consumption of high-fructose corn syrup in beverages may play a role in the epidemic of obesity. The American Journal of Clinical Nutrition, 79(4), 537–543.

Congreso de Colombia. (2021). Ley 2120 de 2021: Por medio de la cual se adoptan medidas para fomentar entornos alimentarios saludables y prevenir enfermedades no transmisibles y se adoptan otras disposiciones. Diario Oficial.

Cummings, J. H., & Stephen, A. M. (2007). Carbohydrate terminology and classification. European Journal of Clinical Nutrition, 61(S1), S5–S18.

Damodaran, S., & Parkin, K. L. (Eds.). (2017). Fennema’s food chemistry (5th ed.). CRC Press.

Dejusticia. (2022, noviembre 24). Colombia por fin tendrá un impuesto saludable: ¿Por qué es un avance imperfecto? Dejusticia. (Dejusticia)

Dejusticia. (2022, octubre 4). Seis años y contando: el largo camino del impuesto a bebidas azucaradas en Colombia. Dejusticia. (Dejusticia)

Dejusticia. (2023, septiembre 10). Impuesto a bebidas azucaradas: saludablemente constitucional. Dejusticia. (Dejusticia)

Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales. (2023). Impuestos saludables. DIAN. (DIAN)

Food and Agriculture Organization of the United Nations. (2010). Fats and fatty acids in human nutrition: Report of an expert consultation. FAO.

Guyton, A. C., & Hall, J. E. (2021). Textbook of medical physiology (14th ed.). Elsevier.

Harris, J. L., Schwartz, M. B., Brownell, K. D., Sarda, V., Ustjanauskas, A., Javadizadeh, J., Weinberg, M., Munsell, C., Speers, S., Bukofzer, E., Cheyne, A., Gonzalez, P., Reshetnyak, J., Agnew, H., & Ohri-Vachaspati, P. (2009). Cereal FACTS: Evaluating the nutrition quality and marketing of children’s cereals. Rudd Center for Food Policy and Obesity.

Kardong, K. V. (2019). Vertebrates: Comparative anatomy, function, evolution (8th ed.). McGraw-Hill Education.

Kearns, C. E., Schmidt, L. A., & Glantz, S. A. (2016). Sugar industry and coronary heart disease research: A historical analysis of internal industry documents. JAMA Internal Medicine, 176(11), 1680–1685.

Kearns, C. E., Schmidt, L. A., & Glantz, S. A. (2016). Sugar industry and coronary heart disease research: A historical analysis of internal industry documents. JAMA Internal Medicine, 176(11), 1680–1685.

McGee, H. (2004). On food and cooking: The science and lore of the kitchen (Rev. ed.). Scribner.

Mescher, A. L. (2021). Junqueira’s basic histology: Text and atlas (16th ed.). McGraw-Hill Education.

Mialon, M., Gaitan Charry, D. A., Cediel, G., Crosbie, E., Scagliusi, F. B., & Pérez Tamayo, E. M. (2020). “I had never seen so many lobbyists”: Food industry political practices during the development of a new nutrition front-of-pack labelling system in Colombia. Public Health Nutrition, 24(9), 2737–2745. (PMC)

Ministerio de Salud y Protección Social. (2022). Alimentación saludable: Etiquetado frontal de advertencia. Ministerio de Salud y Protección Social. (MinSalud)

Ministerio de Salud y Protección Social. (2022). Resolución 2492 de 2022: Por la cual se modifican los artículos 2, 3, 16, 25, 32, 37 y 40 de la Resolución 810 de 2021. Ministerio de Salud y Protección Social. (MinSalud)

Monteiro, C. A., Cannon, G., Levy, R. B., Moubarac, J.-C., Louzada, M. L. C., Rauber, F., Khandpur, N., Cediel, G., Neri, D., Martinez-Steele, E., Baraldi, L. G., & Jaime, P. C. (2019). Ultra-processed foods: What they are and how to identify them. Public Health Nutrition, 22(5), 936–941.

Moss, M. (2013). Salt sugar fat: How the food giants hooked us. Random House.

Nelson, D. L., & Cox, M. M. (2021). Lehninger principles of biochemistry (8th ed.). W. H. Freeman.

Red PaPaz. (2019). Nuestros hijos expuestos de manera desproporcionada a publicidad de TV de comida chatarra y bebidas endulzadas. Red PaPaz. (Redpapaz)

Red PaPaz. (2022, noviembre 17). Productos ultraprocesados tendrán sellos de advertencia octagonales y la descripción “exceso en”. Red PaPaz. (Redpapaz)

Red PaPaz. (2025). Nutrición y alimentación. Red PaPaz. (Redpapaz)

Ross, M. H., & Pawlina, W. (2020). Histology: A text and atlas: With correlated cell and molecular biology (8th ed.). Wolters Kluwer.

Sánchez Arévalo, N. (2023, julio 12). Lobby disfrazado de ciencia: Las asociaciones académicas que defienden la comida chatarra. Vorágine. (Voragine)

Shepherd, G. M. (2012). Neurogastronomy: How the brain creates flavor and why it matters. Columbia University Press.

Small, D. M., & Prescott, J. (2005). Odor/taste integration and the perception of flavor. Experimental Brain Research, 166(3–4), 345–357.

Spence, C. (2017). Gastrophysics: The new science of eating. Viking.

This, H. (2006). Molecular gastronomy: Exploring the science of flavor. Columbia University Press.

Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano. (s. f.). Así fue el lobby en el Congreso contra la Ley de Etiquetado. CrossmediaLab. (Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano)

Vorágine. (2025). Compotas San Jorge and the tricks played by ultra-processed food producers to avoid warning labels. Vorágine. (Voragine)

World Health Organization. (2015). Guideline: Sugars intake for adults and children. World Health Organization.

World Health Organization. (2015). Guideline: Sugars intake for adults and children. World Health Organization.

World Health Organization. (2022). Fiscal policies to promote healthy diets: WHO guideline. World Health Organization.