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viernes, 8 de mayo de 2026

Figura. Malos refrigerios escolares

Estos productos pueden parecer una “solución” práctica para la alimentación infantil, pero como dieta diaria son problemáticos porque concentran azúcares añadidos, harinas refinadas, grasas de baja calidad, saborizantes y pocos alimentos frescos. En una bandeja así hay varios productos empacados dulces o semidulces que pueden aportar energía rápida, pero poca fibra, baja saciedad y escasa diversidad real de micronutrientes. En niños, el consumo frecuente de azúcares libres se asocia con aumento de peso no saludable y caries dental; por eso la OMS recomienda reducirlos a menos del 10 % de la energía diaria, e idealmente por debajo del 5 %. 

El problema no es solo nutricional, sino político y económico. Las industrias de ultraprocesados pueden presentar estos paquetes como soluciones “sociales”, “económicas” o “modernas”, cuando en realidad muchas veces benefician más a contratistas y proveedores que a la salud pública. En países con una agroindustria azucarera fuerte, como Colombia, el riesgo es mayor porque existe capacidad económica para publicidad, lobby y presión sobre regulaciones. La propia agroindustria de la caña colombiana reporta una estructura importante, con miles de cultivadores y plantas productoras, mientras Colombia cuenta con normas recientes para promover entornos alimentarios saludables y advertencias sobre productos procesados y ultraprocesados. 

La historia muestra que estas influencias no son imaginarias: documentos analizados en JAMA Internal Medicine indican que la Sugar Research Foundation financió investigaciones que desplazaron la atención desde el azúcar hacia la grasa y el colesterol en el debate sobre enfermedad coronaria. Por eso, una política alimentaria escolar no debería basarse en empaques bonitos, postrecitos o bebidas dulces, sino en comida real: fruta entera, huevo, arepa, avena, queso, legumbres, yogur natural sin azúcar y agua. El niño necesita nutrientes, no solo calorías baratas.

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