El problema no es solo nutricional, sino político y económico. Las industrias de ultraprocesados pueden presentar estos paquetes como soluciones “sociales”, “económicas” o “modernas”, cuando en realidad muchas veces benefician más a contratistas y proveedores que a la salud pública. En países con una agroindustria azucarera fuerte, como Colombia, el riesgo es mayor porque existe capacidad económica para publicidad, lobby y presión sobre regulaciones. La propia agroindustria de la caña colombiana reporta una estructura importante, con miles de cultivadores y plantas productoras, mientras Colombia cuenta con normas recientes para promover entornos alimentarios saludables y advertencias sobre productos procesados y ultraprocesados.
La historia muestra que estas influencias no son imaginarias: documentos analizados en JAMA Internal Medicine indican que la Sugar Research Foundation financió investigaciones que desplazaron la atención desde el azúcar hacia la grasa y el colesterol en el debate sobre enfermedad coronaria. Por eso, una política alimentaria escolar no debería basarse en empaques bonitos, postrecitos o bebidas dulces, sino en comida real: fruta entera, huevo, arepa, avena, queso, legumbres, yogur natural sin azúcar y agua. El niño necesita nutrientes, no solo calorías baratas.
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