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viernes, 8 de mayo de 2026

Figura. Un buen desayuno

Las hojuelas de maíz nacieron en el ambiente religioso y médico del sanatorio de Battle Creek, dirigido por John Harvey Kellogg, dentro de una cultura adventista que asociaba salud, templanza y alimentación sencilla. Originalmente, estos cereales eran alimentos simples, secos y poco condimentados, pensados para una dieta ascética, vegetariana y “limpia”, no como golosinas infantiles. Después, Will Keith Kellogg vio su potencial comercial y la industria transformó ese alimento sobrio en un producto masivo de desayuno, cada vez más asociado a publicidad, rapidez y dulzor.

El problema no es que toda hojuela de maíz sea mala, sino que muchas versiones infantiles fueron cargadas con azúcar añadido, colorantes, saborizantes y mascotas llamativas para volverlas más atractivas. Esta transformación coincidió con una época en la que la industria del azúcar influyó en el debate nutricional: documentos históricos muestran que la Sugar Research Foundation financió en 1965 una revisión que señaló principalmente a la grasa y el colesterol como causas de enfermedad coronaria, mientras minimizaba el papel de la sacarosa, sin declarar claramente ese patrocinio.

Por eso, el desayuno infantil “americano” basado en cereal ultradulce, leche y jugos debe tratarse con cuidado. En la dieta colombiana, hay alternativas económicas y más balanceadas: arepa con huevo y queso bajo en sal, calentado moderado con fríjol y arroz, avena cocida con fruta, changua, caldo de costilla ocasional, huevo perico con arepa, yogur natural con banano o papaya, o pan integral con queso campesino. La clave es preferir alimentos reales, con proteína, fibra, grasas saludables y bajo contenido de azúcares añadidos.

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