Entre sus presas aparecen hormigas diminutas de los géneros Brachymyrmex spp. y Paratrechina spp., llamadas de forma general hormigas pequeñas u hormigas locas en varios contextos tropicales. Estas viven en hojarasca, suelo húmedo, troncos y microhábitats del bosque, donde recogen sustancias químicas de cadenas alimentarias vegetales y microbianas. Sin embargo, para la batracotoxina más potente, la fuente mejor propuesta no es una sola hormiga, sino pequeños escarabajos Melyridae, posiblemente Choresine spp.. La rana consume esas presas, resiste sus alcaloides y los secuestra en la piel, sin quedar intoxicada.
Así, la rana venenosa dorada transforma la selva colombiana en una farmacia viviente: cada hormiga, termita o escarabajo puede aportar moléculas que refuerzan su defensa. En cautiverio, cuando recibe grillos y moscas sin esos compuestos, pierde gran parte de su toxicidad, lo que confirma la importancia de la dieta silvestre. Este caso muestra una relación ecológica compleja: el depredador no destruye el veneno de su presa, sino que lo reutiliza. Por eso, proteger el bosque significa conservar también sus insectos, su hojarasca y las rutas químicas que sostienen a Phyllobates terribilis en libertad permanente, propias del sotobosque húmedo, donde sobreviven estas redes ecológicas, tróficas y químicas delicadas y dependen de una humedad constante durante todo el año entero.
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