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martes, 18 de agosto de 2026

La tingua azul

 La tingua azul, calamoncillo americano o pollona azul, Porphyrio martinica, es un rállido vistoso de los humedales tropicales de América. En Colombia recibe el nombre de tingua azul y aparece tanto en tierras bajas como en humedales andinos durante sus movimientos estacionales. En Bogotá suele observarse entre octubre y marzo, cuando individuos migratorios llegan desde regiones más cálidas y, debido a vuelos nocturnos, algunos terminan agotados o desorientados en tejados, patios y parques. Globalmente se considera de Preocupación Menor por su amplia distribución, pero depende de pantanos vegetados y es vulnerable a amenazas locales. No debe tratarse como mascota: necesita descanso, atención especializada y liberación en hábitat apropiado (Secretaría Distrital de Ambiente, 2017).

Taxonómicamente pertenece al dominio Eukaryota, reino Animalia, filo Chordata, clase Aves, orden Gruiformes, familia Rallidae, género Porphyrio y especie P. martinica. Linneo la describió en 1766. El nombre Porphyrio deriva del griego porphyrios, “vestido de púrpura” o “purpúreo”, una referencia a los colores intensos de las gallinetas de este grupo. El epíteto martinica significa “de Martinica”, isla caribeña asociada con el origen del nombre. El género Porphyrio reúne calamones y gallinetas grandes, de pico robusto, escudo frontal y dedos largos. Dentro de las aves se relaciona con rascones, fochas, polluelas y gallaretas; comparte con ellos el cuerpo lateralmente comprimido y la adaptación a humedales, pero se distingue por su plumaje iridiscente y capacidad para caminar sobre plantas flotantes. Anteriormente fue situada en Porphyrula, hoy considerado sinónimo de Porphyrio (South American Classification Committee, 2016).

Mide cerca de 33 centímetros y posee una apariencia inconfundible. El adulto combina cabeza, cuello, pecho y vientre azul violáceos con dorso verde brillante; el escudo frontal es azul claro y el pico rojo, amarillo hacia la punta. Las patas, extraordinariamente largas, son amarillo intenso y terminan en dedos extensos que distribuyen el peso sobre nenúfares, lodo y vegetación flotante. Bajo la cola presenta blanco contrastante. Las alas son relativamente cortas y redondeadas, aunque permiten vuelos migratorios prolongados; en el suelo camina con paso alto y algo inestable. Los juveniles carecen de los tonos púrpura: muestran plumaje café predominante, pico menos coloreado y menor tamaño. Los polluelos nacen cubiertos de plumón negro. Estas diferencias de edad facilitan evitar la competencia visual entre crías y adultos, pero también hacen que juveniles desorientados sean confundidos con aves domésticas o especies distintas (Observatorio Ambiental de Bogotá, 2017).

La especie ocupa pantanos, marismas de agua dulce, lagunas, estanques, canales, arrozales y orillas con vegetación acuática densa. Se alimenta y se reproduce donde existen plantas emergentes, flotantes y sumergidas, especialmente cuando forman una plataforma continua sobre el agua. Su distribución abarca el sudeste de Estados Unidos, México, Centroamérica, el Caribe y extensas regiones de Sudamérica; algunas poblaciones son residentes tropicales y otras migran según estación, latitud, lluvias y disponibilidad de humedales. En Colombia, los movimientos conectan llanos, costas y altiplanos, por lo que los humedales urbanos pueden funcionar como escalas, no como destinos aislados. La conectividad es decisiva: un ave capaz de volar largas distancias todavía requiere puntos seguros para alimentarse, esconderse y recuperar energía. La eliminación de una laguna intermedia puede interrumpir una ruta migratoria completa y aumentar accidentes en ambientes construidos (Corpoboyacá, 2020).

La reproducción ocurre en pantanos cálidos y vegetados. La pareja construye un nido flotante o semisuspendido, formado por tallos, hojas y otras fibras vegetales, oculto sobre agua inundada. La puesta contiene comúnmente entre cinco y diez huevos crema, marcados con manchas castañas; ambos adultos participan en incubación, que dura aproximadamente entre 25 y 30 días. Los polluelos son precociales, nadan y acompañan pronto a los padres, aunque necesitan protección y alimento durante su desarrollo. El nido elevado reduce el acceso de ciertos depredadores terrestres, pero queda expuesto a variaciones bruscas del nivel del agua, oleaje, limpieza de vegetación y contaminación. La defensa del territorio incluye posturas, llamadas guturales y persecuciones contra intrusos. En una especie migratoria, la reproducción exitosa depende también de que los adultos encuentren suficientes recursos antes y después de viajar. Por ello, los humedales de reproducción y los de escala forman un mismo sistema ecológico, aunque estén separados por cientos de kilómetros (Taylor, 2020).

Porphyrio martinica es omnívora. Consume semillas, hojas, frutos, brotes y raíces de plantas acuáticas y terrestres, además de insectos, arañas, moluscos, gusanos, peces pequeños, ranas y renacuajos. Puede depredar huevos y polluelos de otras aves, comportamiento que revela su posición como consumidor de varios niveles dentro de las redes tróficas. Al alimentarse entre macrófitas transporta semillas y contribuye a la dinámica de la vegetación; al mismo tiempo, es presa de rapaces, serpientes, mamíferos carnívoros y grandes peces. Su presencia depende de comunidades vegetales que sostienen invertebrados y refugio, por lo que funciona como indicador de humedales con estructura compleja. Durante migración, el agotamiento reduce su capacidad de escapar, y la iluminación artificial la atrae hacia zonas urbanas donde choca contra estructuras o cae en superficies sin agua. Las personas que la encuentran deben reducir ruido y manipulación, mantenerla lejos de mascotas y reportarla a autoridades ambientales, sin intentar domesticarla (Policía Nacional de Colombia, 2015).

Las amenazas principales actuales también son drenaje y relleno de humedales, contaminación, pesticidas, pérdida de vegetación, expansión urbana, perros y gatos. El cambio climático altera lluvias y niveles de agua. Proteger corredores, restaurar plantas nativas, controlar vertimientos y reducir iluminación nocturna permite disminuir accidentes, conservar rutas migratorias y sostener poblaciones saludables.

Referencias

Corpoboyacá. (2020). Cómo ayudar a la tingua azul (Porphyrio martinica). https://www.corpoboyaca.gov.co/noticias/como-ayudar-a-la-tingua-azul-porphyrio-martinica/

Observatorio Ambiental de Bogotá. (2017). Recomendaciones a los ciudadanos si encuentran una tingua azul. https://oab.ambientebogota.gov.co/recomendaciones-a-los-ciudadanos-si-encuentran-una-tingua-azul/

Policía Nacional de Colombia. (2015). Recibamos a las tinguas migratorias con amor. https://chat.policia.gov.co/contenido/recibamos-las-tinguas-migratorias-con-amor

South American Classification Committee. (2016). Change the spelling of Porphyrio martinicus to Porphyrio martinica. American Ornithological Society. https://www.museum.lsu.edu/~Remsen/SACCprop698.htm

Taylor, B. (2020). Purple gallinule (Porphyrio martinica). En Birds of the World. Cornell Lab of Ornithology. https://birdsoftheworld.org/bow/species/purgal1/

La tingua pico rojo,

 La tingua pico rojo, Gallinula galeata, también llamada gallareta de pico rojo o polla gris, es un ave acuática ampliamente distribuida en América. En Colombia ocupa lagunas, humedales, canales, embalses y orillas vegetadas, incluso dentro de ciudades como Bogotá. Su presencia suele ser visible donde existen aguas tranquilas y plantas emergentes, aunque se refugia con rapidez entre juncos cuando percibe peligro. A escala global está catalogada como especie de Preocupación Menor, pues posee una distribución extensa y poblaciones todavía numerosas; sin embargo, esa categoría no elimina los riesgos locales causados por la degradación de humedales. La conservación de sus poblaciones urbanas depende de mantener agua de calidad, cobertura vegetal y conectividad entre cuerpos de agua (BirdLife International, 2016).

Taxonómicamente pertenece al dominio Eukaryota, reino Animalia, filo Chordata, clase Aves, orden Gruiformes, familia Rallidae, género Gallinula y especie G. galeata. Fue descrita por Martin Hinrich Carl Lichtenstein en 1818, originalmente con otra combinación científica. Gallinula es un diminutivo latino de gallina y significa “pequeña gallina”, nombre apropiado por su marcha alta, su modo de picotear y sus vocalizaciones semejantes a cacareos. El epíteto galeata procede del latín galeatus, “provisto de casco”, y se refiere al escudo frontal rojo que cubre la base del pico. Dentro de las aves, integra los gruiformes y los rállidos, parentesco que comparte con rascones, polluelas, fochas y calamones. No es un pato: sus dedos carecen de membranas o lóbulos, aunque le permiten nadar, caminar sobre barro blando y apoyarse en vegetación flotante (Taylor, 2020).

El género Gallinula agrupa gallaretas de tamaño mediano, cola corta, cuerpo comprimido lateralmente y pies de dedos muy largos. Esas características facilitan el tránsito por marismas densas, donde un ave de patas palmadas se hundiría o produciría demasiado movimiento. Gallinula galeata mide aproximadamente entre 30 y 38 centímetros; los sexos son similares, aunque el macho suele ser algo mayor. El adulto presenta dorso pardo oliváceo, cabeza, cuello, pecho y abdomen gris negruzco, una línea blanca lateral y plumas blancas bajo la cola. El pico y el escudo frontal son rojo intenso, con punta amarilla; las patas son amarillo verdosas. Cuando nada mueve la cabeza rítmicamente y, al levantar la cola, exhibe el blanco infracaudal como señal de alarma o comunicación. Los juveniles son pardos, más opacos y carecen inicialmente del escudo rojo definido (NatureWorks, 2026).

La especie se separó taxonómicamente de la gallineta común eurasiática, Gallinula chloropus, tras estudios que reconocieron diferencias genéticas, vocales y en la forma del escudo frontal. G. galeata es la representante americana del complejo y su rango se extiende desde Canadá y Estados Unidos, a través de Centroamérica, el Caribe y gran parte de Sudamérica, hasta Argentina y Chile. Las poblaciones de latitudes frías migran en otoño hacia regiones más templadas; en áreas tropicales muchas son residentes o realizan desplazamientos cortos según las lluvias y la disponibilidad de agua. En Colombia se registra desde tierras bajas hasta altitudes andinas, siempre que exista vegetación palustre suficiente. Tolera estanques artificiales y lagunas de tratamiento, pero su abundancia no debe confundirse con inmunidad ecológica: necesita bordes protegidos, plantas emergentes y lugares seguros para anidar, esconderse y alimentar a sus crías (NatureServe, 2026).

La reproducción se organiza alrededor de parejas territoriales. El nido es una copa profunda o plataforma voluminosa elaborada con tallos, hojas y hierbas acuáticas; suele estar oculto en vegetación emergente, sostenido sobre plantas o situado cerca del agua. La hembra deposita normalmente entre cinco y diez huevos crema, salpicados de manchas pardas, rojizas o violáceas. Ambos adultos incuban durante cerca de tres semanas y defienden vigorosamente el área contra otras gallaretas, patos u otras aves acuáticas. Los polluelos nacen cubiertos de plumón negro, son precociales y pueden nadar o seguir a los padres poco después de eclosionar. La atención biparental continúa durante varias semanas, y juveniles de camadas anteriores pueden ayudar a alimentar o vigilar a hermanos menores. Los niveles de agua y la densidad de vegetación influyen directamente sobre el éxito del nido: inundaciones, sequías o una limpieza mecánica pueden destruir una temporada reproductiva completa (NatureServe, 2026).

Gallinula galeata es omnívora. Consume semillas, hojas tiernas, raíces, algas y frutos caídos, pero también insectos, larvas, caracoles, gusanos, crustáceos, renacuajos y peces pequeños. Forrajea caminando sobre la orilla, nadando entre plantas, inclinando el cuerpo para alcanzar material sumergido o picoteando la superficie. Esta dieta flexible explica su capacidad para ocupar humedales naturales y construidos, aunque también facilita que incorpore contaminantes, plásticos o organismos asociados con aguas eutrofizadas. Forma parte de redes tróficas complejas: regula poblaciones de pequeños invertebrados y dispersa semillas, mientras huevos, polluelos y adultos son presas de rapaces, serpientes, tortugas, peces grandes y mamíferos carnívoros. Sus llamadas fuertes mantienen el contacto de las familias y delimitan territorios. Al compartir el hábitat con fochas, patos, garzas y rascones, compite por espacio, alimento y refugio, pero también aprovecha la heterogeneidad creada por esas comunidades (Cornell Lab of Ornithology, 2024).

Sus amenazas incluyen drenaje y relleno de humedales, urbanización, contaminación por aguas residuales, pesticidas, eutrofización, extracción de vegetación y alteración de niveles hídricos. Tráfico, perros, gatos y recreación sin manejo incrementan el estrés y la mortalidad. En áreas agrícolas, fertilizantes y plaguicidas alteran las comunidades de invertebrados. El cambio climático intensifica sequías e inundaciones, reduce refugios y modifica la reproducción. Por ello, la tolerancia de esta gallareta no justifica reemplazar humedales diversos por estanques pobres, contaminados y aislados.

Referencias

BirdLife International. (2016). Gallinula galeata. The IUCN Red List of Threatened Species. https://www.iucnredlist.org/species/62120280/

Cornell Lab of Ornithology. (2024). Common gallinule: Gallinula galeata. All About Birds. https://www.allaboutbirds.org/guide/Common_Gallinule

NatureServe. (2026). Gallinula galeata: Common gallinule. NatureServe Explorer. https://explorer.natureserve.org/Taxon/ELEMENT_GLOBAL.2.872346/Gallinula_galeata

NatureWorks. (2026). Common gallinule. New Hampshire PBS. https://natureworks.nhpbs.org/animals/common-gallinule/

Taylor, B. (2020). Common gallinule (Gallinula galeata). En Birds of the World. Cornell Lab of Ornithology. https://birdsoftheworld.org/bow/species/comgal1/

La tingua bogotana

Regresar a [Fauna y flora de Colombia].

 La tingua bogotana o rascón andino, Rallus semiplumbeus, es un ave endémica de Colombia y uno de los vertebrados más representativos, aunque difíciles de observar, de los humedales altoandinos. Depende de agua somera, vegetación emergente y franjas terrestres poco perturbadas. No es una focha ni una gallina acuática: pertenece a un linaje especializado en internarse entre juncos, desplazarse sin ser detectado y comunicarse mediante llamadas fuertes. Está clasificada globalmente como En Peligro porque su área de ocupación es pequeña, fragmentada y sometida a pérdidas continuas de calidad ambiental (BirdLife International, 2021). Conservarla exige proteger los espejos de agua, la arquitectura vegetal que los rodea y la conectividad ecológica entre humedales.

Taxonómicamente pertenece al dominio Eukaryota, reino Animalia, filo Chordata, clase Aves, orden Gruiformes, familia Rallidae, género Rallus y especie R. semiplumbeus. Sclater la describió en 1856. El nombre genérico Rallus procede del latín medieval empleado para los rascones, relacionado con el francés rale; semiplumbeus combina semi, “a medias”, y plumbeus, “plomizo”, por el gris semejante al plomo de su plumaje. Se sitúa entre los gruiformes, grupo que incluye grullas, trompeteros y aves de humedal. Los rállidos forman una radiación de cuerpos comprimidos lateralmente, patas fuertes, dedos alargados y hábitos furtivos, adaptada para atravesar vegetación densa más que para nadar en agua abierta, y un vuelo generalmente corto (Taylor & Sharpe, 2020).

El género Rallus reúne rascones de pico largo, cuerpo esbelto. Sus especies suelen exhibir dorso listado, cara o pecho grisáceos y flancos barrados; esos tonos fragmentan la silueta entre tallos. Rallus semiplumbeus mide 25 centímetros. Presenta dorso pardo oliváceo con estrías negras, hombros rojizos, y cara, garganta, pecho y vientre gris pizarra. Los flancos negros muestran barras blancas. El pico largo, curvado, y las patas son rojos; las alas permiten vuelos bajos, breves. La forma comprimida del tronco y el control de las patas le permiten caminar entre juncos sin abrir corredores. Por eso se detecta más por su voz áspera y territorial que por observación directa (Rosselli et al., 2016).

Su distribución está restringida al altiplano cundiboyacense, Cundinamarca y Boyacá, entre 2.500 y 3.100 metros sobre el nivel del mar. Se propuso la subespecie R. s. peruvianus desde ejemplar atribuido a Perú en 1886, pero su procedencia es incierta y no representa una población conocida. La subespecie nominal, R. s. semiplumbeus, es la única población confirmada. Ocupa lagunas, pantanos, embalses, humedales urbanos, rurales y bordes encharcados de páramo. Tiene afinidad por juncales de Schoenoplectus californicus, combinados con espadañas Typha, vegetación flotante, plantas emergentes enraizadas y agua poco profunda. Sesenta por ciento de los registros ocurrió en juncales de Schoenoplectus, evidencia de que requiere estructura vegetal, no agua disponible (Rosselli et al., 2016).

La reproducción ocurre todo el año, con evidencias de nidos en Jaboque, Fúquene y el lago de Tota. La pareja construye una plataforma ovalada entre juncos o masas de Typha, Scirpus y plantas emergentes, junto a agua somera cercana. Puede incorporar hojas, tallos secos e kikuyo. La hembra pone cuatro huevos crema, con manchas azuladas y puntos oscuros. Ambos adultos incuban y defienden el territorio; los polluelos son precociales, nacen con plumón oscuro y abandonan pronto el nido guiados por los padres. Ante amenazas, los adultos vocalizan, se esconden y ejecutan distracciones. Parches extensos y conectados reducen el riesgo de que una perturbación destruya nido, alimento y refugio (Benítez-Castañeda et al., 2024).

El rascón consume invertebrados acuáticos, larvas de insectos, gusanos, moluscos y organismos del sustrato. Complementa su dieta con renacuajos, ranas, peces muertos y material vegetal. Forrajea en horas crepusculares, en bordes de vegetación y la ronda hídrica. Su alimentación contribuye al flujo de energía entre comunidades del humedal, aunque lo expone a contaminantes acumulados en agua o presas. Es presa de rapaces, perros y ofidios; se documentó depredación por el gavilán caminero, Rupornis magnirostris. Las parejas mantienen territorios de 0,1 a 0,45 hectáreas según calidad local y responden a intrusos con llamadas persistentes. Comparte hábitat con fochas, gallaretas, patos, garzas, anfibios y plantas que ofrecen cobertura, alimento y sustrato adicional (Pérez-Guevara & Botero-Delgadillo, 2020).

La amenaza principal es la transformación de los humedales mediante drenaje, relleno, urbanización, agricultura, ganadería, minería y expansión. La reducción de juncales elimina alimentación, reproducción y escape. En Bogotá, vías, cerramientos inadecuados, fragmentación del suelo y vertimientos de aguas residuales aíslan poblaciones. La eutrofización altera la vegetación, mientras residuos y escombros degradan el borde húmedo. Quemas, extracción, pastoreo intenso y presencia de perros y gatos aumentan la mortalidad y el fracaso reproductivo. El cambio climático añade sequías, lluvias extremas y pulsos hídricos capaces de exponer o inundar nidos. Estas presiones se refuerzan: un humedal contaminado y fragmentado pierde resiliencia, sostiene individuos y limita la dispersión entre localidades (Renjifo et al., 2016).

La protección requiere recuperar hidrología, controlar vertimientos, conservar vegetación nativa y mantener conectividad regional. No basta con construir senderos: el manejo debe priorizar juncales continuos, zonas de amortiguación sin perros, monitoreo, control invasor y educación comunitaria. La tingua bogotana funciona como especie paraguas al beneficiar a aves acuáticas, anfibios, invertebrados y plantas de pantano. El monitoreo científico permite reconocer territorios, épocas de anidación y tendencias poblacionales preventivamente. Su conservación expresa una decisión sobre la región que se desea habitar: una que trate los humedales como lotes vacíos, o una que reconozca sistemas vivos esenciales para el agua, la biodiversidad y la memoria ecológica de la cordillera Oriental.

Referencias

Benítez-Castañeda, H. D., Zuluaga-Bonilla, J., Ruiz Agudelo, O. Y., Patiño Hernández, M., & Ospina-Carrillo, A. (2024). Historia natural del rascón andino (Rallus semiplumbeus): Revisión y observaciones inéditas. Ciencia Latina Revista Científica Multidisciplinar, 8(2), 7739–7768. https://doi.org/10.37811/cl_rcm.v8i3.11215

BirdLife International. (2021). Rallus semiplumbeus. The IUCN Red List of Threatened Species. https://www.iucnredlist.org/species/22692482/199129240

Pérez-Guevara, M., & Botero-Delgadillo, E. (2020). Uso de hábitat y comportamiento del rascón andino (Rallus semiplumbeus) en el humedal La Conejera, Colombia. Ornitología Neotropical, 31, 1–4. https://journals.sfu.ca/ornneo/index.php/ornneo/article/view/554

Renjifo, L. M., Amaya, A. M., Burbano-Girón, J., & Velásquez-Tibatá, J. (Eds.). (2016). Libro rojo de aves de Colombia. Volumen II. Pontificia Universidad Javeriana e Instituto Humboldt. https://www.minambiente.gov.co/direccion-de-bosques-biodiversidad-y-servicios-ecosistemicos/libros-rojos/

Rosselli, L., Morales-Rozo, A., & Amaya-Espinel, J. (2016). Rallus semiplumbeus. En L. M. Renjifo et al. (Eds.), Libro rojo de aves de Colombia. Volumen II. Pontificia Universidad Javeriana e Instituto Humboldt. https://birdscolombia.com/2025/02/01/rascon-bogotano-bogota-rail-rallus-semiplumbeus-e/

Taylor, B., & Sharpe, C. J. (2020). Bogotá rail (Rallus semiplumbeus). En Birds of the World. Cornell Lab of Ornithology. https://birdsoftheworld.org/bow/species/bograi1/

viernes, 7 de agosto de 2026

Resumen de las propiedades coligativas, ley de Henry y volatilidad

Regresar a [Propiedades de las disoluciones]

Las propiedades coligativas son cambios observables en una disolución causados por la presencia de un soluto. Su característica central es que dependen principalmente de la cantidad efectiva de entidades químicas dispersas en el disolvente y no de su identidad particular. Por ello, una disolución acuosa de glucosa, urea o cloruro de sodio puede producir efectos semejantes si contiene la misma concentración efectiva de partículas, aunque sus fórmulas, enlaces y propiedades químicas sean muy diferentes.

La explicación profunda está relacionada con la movilidad y la energía de las partículas del disolvente. En un líquido puro, las moléculas del disolvente poseen cierta libertad para desplazarse, escapar hacia la fase gaseosa, organizarse en una red sólida o atravesar una membrana semipermeable. Al añadir un soluto, esas moléculas encuentran entidades adicionales que ocupan espacio, modifican las interacciones locales y reducen su tendencia neta a participar en esos procesos. No se trata necesariamente de que el soluto “pegue” físicamente todas las moléculas del agua, sino de que disminuye la actividad química del disolvente: hay una menor proporción de moléculas de disolvente disponibles para escapar, congelarse o equilibrar diferencias de concentración.

Las cuatro propiedades coligativas clásicas son el descenso de la presión de vapor, la elevación del punto de ebullición, el descenso del punto de congelación y la presión osmótica. Todas pueden comprenderse como consecuencias de la misma idea: una disolución posee un disolvente con menor tendencia a cambiar de fase o a desplazarse hacia otra región que el disolvente puro. La diferencia no depende de una propiedad misteriosa de cada sustancia, sino de cuántas partículas efectivas se encuentran presentes en una cantidad determinada de disolvente.

Volatilidad

La volatilidad es la tendencia de una sustancia a pasar desde una fase condensada, líquida o sólida, hacia la fase gaseosa. A presión y temperatura fijas, una sustancia más volátil mantiene una mayor cantidad de materia como vapor respecto de la materia que permanece en las fases líquida o sólida. Con frecuencia son volátiles las sustancias covalentes moleculares, formadas entre no metales, pues sus partículas suelen estar unidas por fuerzas intermoleculares relativamente débiles. También existen compuestos covalentes de metales muy electronegativos o en estados de oxidación elevados con no metales; un caso conocido es el tetróxido de osmio, OsO₄, que presenta una volatilidad considerable.

Como no es posible contar directamente las entidades gaseosas que pasan desde una muestra líquida o sólida, la volatilidad se determina mediante parámetros indirectos. El más empleado es la presión de vapor, es decir, la presión que ejercen las partículas que han escapado hacia la fase gaseosa dentro de un recipiente cerrado. Un manómetro permite medir esta presión: a la misma temperatura, la sustancia que genera una presión de vapor más alta contiene más partículas en fase gaseosa y, por tanto, es más volátil. También puede describirse el vapor mediante el volumen que ocupa, aunque este valor depende de las condiciones y del recipiente empleado.

Figura 1. [Volatilidad]. Los cuatro manómetros idealizados comparan la volatilidad de líquidos puros mediante el volumen de vapor representado. Aunque todos se equilibran contra una presión atmosférica cercana a 1 atm, el dibujo usa la expansión gaseosa como indicador indirecto. El recipiente con mayor volumen de vapor corresponde a la sustancia más volátil (Q); el de menor volumen, a la menos volátil de todas.

En las figuras con una columna de mercurio, se observa el desplazamiento del líquido entre los brazos del manómetro. Esa diferencia de altura no representa directamente el volumen del vapor, sino la diferencia de presión ejercida por él. Cuanto mayor sea el desplazamiento de la columna, mayor será la presión de vapor de la sustancia. Así, tanto una presión interna elevada como una mayor cantidad de vapor en condiciones comparables indican que más materia ha pasado a la fase gaseosa; por ello, la sustancia presenta mayor volatilidad.

La volatilidad también cambia con la temperatura y la presión externa, aunque no debe confundirse con el punto de ebullición. Una sustancia puede pasar gradualmente a la fase gaseosa a cualquier temperatura mediante evaporación; sin embargo, al aumentar la temperatura, más partículas poseen energía suficiente para escapar y aumenta su presión de vapor. Por ello, la volatilidad es inversamente proporcional al punto de ebullición: una sustancia más volátil suele hervir a menor temperatura. Además, al disminuir la presión externa, se facilita tanto la ebullición como el paso de partículas hacia la fase gaseosa; en consecuencia, la volatilidad aumenta.

Una sustancia líquida se evapora por completo más rápido que otra cuando presenta mayor presión de vapor y, por tanto, mayor volatilidad, bajo las mismas condiciones de temperatura y presión.

Ley de Henry

Aunque la ley de Henry no es una propiedad coligativa, se relaciona con ellas porque ambas estudian el equilibrio entre una fase gaseosa y una fase acuosa. Las propiedades coligativas indican que un soluto no volátil disminuye la presión de vapor del disolvente, es decir, reduce su tendencia a escapar hacia el gas. La ley de Henry, en cambio, describe qué ocurre con un gas que está sobre una disolución: al aumentar su presión parcial, aumenta la cantidad de gas que puede permanecer disuelta en el agua. Por tanto, una presión mayor favorece que más partículas gaseosas entren en la fase acuosa y disminuye la proporción que permanece libre como vapor.

En las evaluaciones de estado no suele ser necesario aplicar la fórmula de la ley de Henry ni usar constantes. Basta interpretar las figuras: si aumenta la presión ejercida por un gas sobre el líquido, más partículas son empujadas y retenidas dentro de la fase acuosa. Una representación con muchas partículas en la parte superior indica una menor disolución relativa; una figura donde más partículas aparecen sumergidas representa una mayor solubilidad del gas. La idea clave es sencilla: a mayor presión del gas, mayor cantidad de partículas disueltas en el agua.

Figura 2. En la [ley de Henry] (izquierda), una baja presión atmosférica favorece un aumento en la presión de vapor, lo que provoca que el soluto volátil escape, ya que su solubilidad disminuye. Por el contrario (derecha), cuando la presión aumenta, contrarrestando la presión de vapor, el equilibrio favorece la disolución del gas, lo que hace que las sustancias regresen al estado líquido, lo que se interpreta como un aumento en la solubilidad.

Descenso en la presión de vapor

La presión de vapor es la presión ejercida por las partículas que han escapado desde la superficie de un líquido hacia la fase gaseosa cuando se alcanza un equilibrio dinámico. Incluso a temperatura ambiente, algunas moléculas de agua poseen suficiente energía cinética para vencer parcialmente las fuerzas intermoleculares y abandonar el líquido. Al mismo tiempo, otras moléculas de vapor regresan a la superficie. Cuando ambas velocidades se igualan, se establece el equilibrio líquido-vapor.

Si se disuelve una sustancia no volátil, como azúcar o sal, disminuye la fracción de superficie ocupada por moléculas de disolvente y se reduce la tendencia global de estas a escapar. En consecuencia, la disolución presenta una presión de vapor menor que la del disolvente puro a la misma temperatura. Esta es la primera propiedad coligativa: el soluto disminuye la facilidad con que el disolvente alcanza la fase gaseosa.

La palabra importante aquí es proporción. Una pequeña cantidad de soluto produce un efecto pequeño; una mayor concentración efectiva de partículas produce una disminución más marcada de la presión de vapor. Por esta razón, un soluto que genera varios iones puede provocar un efecto coligativo mayor que una sustancia molecular que permanece como una sola entidad en la disolución.

Diagrama

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Figura 3. [El diagrama de punto triple] es un tipo de diagrama de fases que relaciona presión y temperatura para mostrar los estados sólido, líquido y gas de una sustancia. El punto triple indica la coexistencia simultánea de las tres fases en equilibrio, mientras que el punto crítico marca el límite donde desaparece la distinción entre líquido y gas.

Figura 4. [La curva de calentamiento] es una forma simplificada del diagrama de fases a presión constante. Los tramos inclinados representan una sola fase, mientras que las mesetas indican cambios de fase, donde la temperatura permanece constante. Estas regiones reflejan resistencia al cambio, ya que el sistema requiere energía y tiempo para reorganizar su estructura molecular.

Figura 5. [La ley de Raoult y agua de mar]. La ley de Raoult explica que una mayor salinidad neta reduce la presión de vapor del agua. Esta salinidad incluye NaCl y otras sales disueltas, como sulfatos y cloruros. Por ello, mares más salinos, como el mar Rojo, evaporan menos, hierven a mayor temperatura y se congelan a menor temperatura que aguas menos salinas.

Desplazamiento de temperaturas críticas

La elevación ebulloscópica es el aumento del punto de ebullición de una disolución respecto al disolvente puro. La ebullición ocurre cuando la presión de vapor iguala la presión externa; como un soluto no volátil reduce la tendencia del disolvente a escapar, se necesita una temperatura mayor para alcanzar esa condición. En cambio, el descenso crioscópico es la disminución del punto de congelación de una disolución. El disolvente debe enfriarse más para formar una estructura sólida estable.

Ambos fenómenos dependen de un mismo principio: las entidades disueltas modifican la movilidad y el equilibrio de las partículas del disolvente. En la ebullición, el soluto disminuye la cantidad de moléculas capaces de pasar a la fase gaseosa; en el congelamiento, dificulta que las moléculas se ordenen en una red cristalina. Por ello, una mayor concentración efectiva de partículas produce mayor elevación del punto de ebullición y mayor descenso del punto de congelación.

Diagrama

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Figura 6. [Aumento ebulloscópico y depresión crioscópica]. Para evitar confusiones, las temperaturas del solvente y de la disolución se tratan como estados del mismo sistema. La temperatura inicial corresponde al solvente puro y la final a la disolución, lo que permite aplicar la función diferencia ΔT. Solo así es válido restar temperaturas, ya que el álgebra exige igual identidad para operar magnitudes.

Presión osmótica

La ósmosis aparece cuando dos regiones con distinta concentración están separadas por una membrana semipermeable. Esta membrana permite el paso del disolvente, pero limita o impide el paso del soluto. Si un lado contiene disolvente puro y el otro una disolución, el disolvente tiende a desplazarse hacia la región donde hay mayor concentración efectiva de partículas disueltas.

Ese desplazamiento no ocurre porque el soluto “succione” el agua como una esponja. Ocurre porque el sistema busca equilibrar la actividad del disolvente en ambos lados de la membrana. La entrada de disolvente diluye la solución más concentrada y reduce la diferencia entre las dos regiones. La presión osmótica es la presión externa mínima que debe aplicarse sobre la disolución para impedir ese flujo neto de disolvente.

Figura 7. [Ósmosis y tonicidad]. En soluciones isotónicas, el agua entra y sale de las células sin cambiar de forma apreciable su volumen. En medios hipotónicos, el agua ingresa, causa hinchamiento y puede provocar lisis; en medios hipertónicos, sale y produce arrugamiento o plasmólisis. Para resistir estas tensiones, los organismos emplean paredes celulares, transporte activo, vacuolas contráctiles y solutos compatibles para ajustar su equilibrio interno.

La presión osmótica resulta especialmente importante en células, organismos vivos, conservación de alimentos, desalinización y tratamientos médicos. Una solución demasiado concentrada puede extraer agua de las células; una solución demasiado diluida puede favorecer su entrada excesiva. En todos estos casos, el efecto depende de la concentración neta de partículas, especialmente de iones y moléculas que no atraviesan libremente la membrana.

Modelo matemático

El modelo matemático de las cuatro propiedades coligativas parece complejo porque presenta cuatro ecuaciones con constantes independientes. Estas son necesarias cuando se desean calcular valores finales de presión, temperatura o presión osmótica. Sin embargo, en ejercicios de comparación relativa —por ejemplo, determinar qué disolución posee mayor propiedad coligativa— puede emplearse una sola relación: la cantidad total de entidades efectivas presentes en la disolución. Esta idea extiende la ley de Proust a las especies producidas al disolver o ionizar un soluto. Según el [Axioma del factor de Van’t Hoff] forma [1], esta cantidad puede expresarse como nef = i · n, donde n representa la cantidad de sustancia inicial e i indica cuántas partículas efectivas produce cada unidad fórmula.

La misma relación funciona para las cuatro propiedades: a mayor concentración de partículas efectivas, más marcado será el descenso de la presión de vapor, mayor la elevación ebulloscópica, mayor el descenso crioscópico y mayor la presión osmótica. La glucosa posee idealmente i = 1 porque permanece como moléculas individuales; el NaCl posee i = 2 en el modelo ideal porque origina Na⁺ y Cl⁻. Por ello, una disolución ideal de glucosa de 2 mol/L tendría una concentración efectiva cercana a 2 mol/L de entidades, comparable con una disolución ideal de NaCl de 1 mol/L, que también genera aproximadamente 2 mol/L de partículas. En la realidad, la solvatación y las interacciones entre iones pueden reducir el valor efectivo de i para el NaCl, por ejemplo hasta cerca de 1.9.

Así, antes de buscar constantes o aplicar ecuaciones extensas, conviene comparar i · c, es decir, la concentración efectiva de entidades. El énfasis final dependerá de la propiedad estudiada, pero el razonamiento inicial es común: más partículas dispersas producen un cambio coligativo más intenso.

Referencias

 Atkins, P., de Paula, J., & Keeler, J. (2023). Atkins’ physical chemistry (12.ª ed.). Oxford University Press.

Campbell, N. A., Urry, L. A., Cain, M. L., Wasserman, S. A., Minorsky, P. V., & Orr, R. B. (2021). Biology: A global approach (12.ª ed.). Pearson.

Flowers, P., Theopold, K., Langley, R., & Robinson, W. R. (2019). Chemistry 2e. OpenStax. https://openstax.org/details/books/chemistry-2e

Millero, F. J. (2013). Chemical oceanography (4.ª ed.). CRC Press.

Chang, R., & Overby, J. (2025). Chemistry (15.ª ed.). McGraw Hill.

Brown, T. E., LeMay, H. E., Bursten, B. E., Murphy, C. J., Woodward, P. M., & Stoltzfus, M. W. (2023). Chemistry: The central science (15.ª ed.). Pearson.





























Figura. La ley de Raoult y agua de mar

La ley de Raoult permite comprender por qué el agua de mar posee una presión de vapor menor que el agua pura. Cuando se disuelven sales, disminuye la fracción molar del agua: una proporción menor de moléculas de agua queda disponible en la superficie para pasar a la fase gaseosa. Por eso, a la misma temperatura, el agua marina evapora menos que el agua pura y necesita alcanzar una temperatura mayor para que su presión de vapor iguale la presión atmosférica y ocurra la ebullición. La gráfica representa esta idea de manera comparativa: la curva asociada con mayor concentración de soluto alcanza 760 mmHg a una temperatura más alta.

La salinidad neta expresa la cantidad total de sales disueltas, no solamente de cloruro de sodio, NaCl. Aunque el NaCl es la sal predominante, el agua marina contiene también cloruros, sulfatos, magnesio, calcio, potasio, bicarbonatos y otras especies iónicas. El promedio de los océanos es cercano a 35 g de sales por cada kilogramo de agua de mar, equivalente a una salinidad aproximada de 35 ‰. Sin embargo, cada mar tiene condiciones particulares: el mar Báltico suele presentar salinidades bajas, entre aproximadamente 2 y 8 ‰; el mar Negro ronda 17–18 ‰; el mar Mediterráneo alcanza cerca de 38 ‰; y el mar Rojo puede superar 40 ‰ por su intensa evaporación y limitada renovación de agua.

En términos coligativos, no importa únicamente la masa total de sales, sino la concentración efectiva de entidades que producen al disolverse. Las sales del agua marina se separan en iones, por lo que generan más partículas que una sustancia molecular disuelta en igual cantidad. Así, una salinidad neta mayor reduce más la presión de vapor, eleva ligeramente el punto de ebullición y disminuye el punto de congelación. La ley de Raoult funciona como modelo conceptual: el agua de mar real no es una disolución ideal, pero conserva la tendencia esencial mostrada en la figura: más sales disueltas implican menor volatilidad del agua y mayor temperatura necesaria para hervir.

Figura. Ósmosis y tonicidad

Las células mantienen un volumen relativamente estable cuando se encuentran en una solución isotónica, es decir, cuando la concentración efectiva de solutos es semejante dentro y fuera de la membrana. Aunque el agua atraviesa continuamente la membrana por ósmosis, entra y sale en proporciones equivalentes, por lo que no existe un cambio neto importante en el tamaño celular. Este equilibrio resulta esencial para conservar la forma, el funcionamiento de las proteínas y la concentración interna de sustancias necesarias para el metabolismo.

En una solución hipotónica, el medio externo posee menor concentración de solutos que el interior celular. Por ello, el agua tiende a entrar a la célula, aumentando su volumen y su presión interna. Las células animales, al no poseer una pared rígida, pueden hincharse y llegar a romperse; este proceso se denomina lisis celular. En cambio, las células vegetales resisten mejor la entrada de agua gracias a su pared celular, que limita la expansión y genera turgencia. En una solución hipertónica ocurre lo contrario: el exterior contiene más solutos, el agua sale de la célula y esta se arruga. En células vegetales, la membrana puede separarse parcialmente de la pared celular, fenómeno llamado plasmólisis.

Para resistir estas tensiones tónicas, los seres vivos han desarrollado mecanismos de osmorregulación. Algunas células controlan activamente el transporte de iones y moléculas mediante proteínas de membrana, compensando los cambios del medio externo. Los organismos de agua dulce, por ejemplo, pueden expulsar el exceso de agua mediante vacuolas contráctiles. Además, ciertas células de ambientes extremos acumulan solutos compatibles, sustancias que elevan la concentración interna sin alterar de manera grave sus procesos bioquímicos. Así, la tonicidad no solo explica el movimiento del agua: también muestra cómo las células ajustan su composición interna para conservar su integridad, equilibrio y supervivencia.

Figura. La volatilidad

En la representación se observan cuatro manómetros idealizados que comparan el vapor producido por distintos líquidos puros y volátiles. La porción líquida de cada recipiente parece permanecer prácticamente igual porque la cantidad de materia que pasa a la fase gaseosa es muy pequeña frente a la cantidad total de líquido. Aun así, esa fracción basta para formar un vapor identificable y comparar la volatilidad de las sustancias. La imagen supone que los vapores se expanden contra la presión atmosférica hasta alcanzar el equilibrio; por ello, cada sistema termina con una presión externa e interna cercana a 1 atm.

Esta condición vuelve el ejercicio algo confuso. Estrictamente, los cuatro vapores no presentan diferentes presiones finales, pues todos se equilibran con la misma presión atmosférica. Lo que cambia en la figura es el volumen de vapor ocupado por la misma cantidad relativa de líquido vaporizado. En un montaje experimental cerrado, la volatilidad suele determinarse mediante la presión de vapor: una sustancia más volátil ejerce mayor presión porque mantiene más entidades en la fase gaseosa. Pero, en esta representación didáctica, el parámetro visible no es la presión, sino la expansión o el volumen que alcanza el vapor al equilibrarse con el exterior.

Por tanto, el ejercicio debe interpretarse a partir de la volatilidad, aunque el dibujo use volúmenes como evidencia indirecta. La sustancia cuyo vapor ocupa el mayor espacio gaseoso es la más volátil, pues representa aquella que deja pasar mayor cantidad de materia desde la fase líquida hacia el gas. En cambio, la sustancia con el menor volumen de vapor es la menos volátil, porque menos partículas consiguen escapar de la fase líquida. Así, al ordenar P, Q, R y S, debe observarse cuál presenta mayor expansión de vapor: ese será el orden de mayor a menor volatilidad, equivalente, en un recipiente cerrado comparable, a mayor o menor presión de vapor..

miércoles, 5 de agosto de 2026

Conductividad de una disolución

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La conductividad eléctrica es la capacidad de una sustancia para permitir el transporte ordenado de carga eléctrica cuando se aplica una diferencia de potencial. Su símbolo habitual es κ y su unidad en el Sistema Internacional es el siemens por metro, S/m. Una sustancia conduce cuando posee partículas capaces de responder al campo eléctrico y desplazarse de manera coordinada. Según el material, estos portadores pueden ser electrones, iones positivos, iones negativos o, en ciertos sólidos, huecos electrónicos. La conductividad no depende solamente de que existan partículas cargadas: también depende de cuántas haya por unidad de volumen, de la carga que posean y de qué tan libremente puedan moverse.

Un dibujo de una persona con traje y corbata

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Figura 1. [Jaroslav Heyrovský] fue un químico checo que creó la polarografía, técnica para analizar sustancias mediante cambios de corriente eléctrica y voltaje. Estudió en Praga y Londres, y trabajó con el electrodo de mercurio de gotas. En 1959 recibió el Premio Nobel de Química. Su método impulsó el análisis de iones, reacciones de oxidación-reducción y muestras químicas complejas.

Un grupo de jóvenes con traje de color negro

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Figura 2. [Mária Telkes] fue una científica húngaro-estadounidense, pionera de la energía solar. Diseñó un destilador solar portátil para producir agua potable y participó en la Dover Sun House, calentada con energía solar. Investigó el almacenamiento térmico mediante sulfato de sodio decahidratado y desarrolló patentes sobre desalinización, cocinas solares y materiales sostenibles.

Es necesario diferenciar la conductividad de otras magnitudes próximas. La conductancia describe qué tan fácilmente circula la corriente a través de una muestra concreta y depende de sus dimensiones; por ejemplo, un recipiente más ancho permite el paso de más corriente que uno muy estrecho, incluso si contienen la misma disolución. La conductividad específica, κ, es una propiedad propia del material o de la disolución. Por su parte, la conductividad molar relaciona la capacidad de conducción con la cantidad de electrolito disuelto. Esta última resulta especialmente útil para comparar disoluciones de diferente concentración y comprender lo que muestra la gráfica de una sal como el sulfato de magnesio.

La conducción eléctrica tampoco es una propiedad fija e invariable. La temperatura, la presión, la concentración, el estado físico y la estructura microscópica modifican la movilidad de los portadores de carga. Un metal puede conducir muy bien en estado sólido; una sal cristalina puede ser aislante cuando sus iones permanecen atrapados en una red rígida, pero conductora al fundirse o disolverse en agua. El agua pura conduce poco, mientras una disolución de sal, ácido o base puede hacerlo con mucha mayor facilidad. Comprender qué partículas se desplazan permite explicar estas diferencias sin reducir la conductividad a una simple etiqueta de “conductor” o “aislante”.

Tipos de conductividad eléctrica

La conductividad metálica es la característica de metales como cobre, aluminio, plata o hierro. En estos materiales, los electrones de valencia no permanecen asociados exclusivamente a un átomo particular, sino que ocupan estados electrónicos extendidos por toda la red metálica. Cuando se conecta una pila, esos electrones responden al campo eléctrico y se produce una corriente. Por esta razón, los cables eléctricos se construyen con metales: no necesitan disolverse ni sufrir una reacción química para transportar carga. Sin embargo, la resistencia de un metal suele aumentar al calentarlo, porque las vibraciones de sus átomos dificultan el movimiento ordenado de los electrones.

Figura 3. En los metales, la [corriente eléctrica] surge del desplazamiento neto, lento, de electrones deslocalizados. La señal eléctrica se establece rápidamente porque se propaga el campo eléctrico, no porque un electrón atraviese todo el cable. La carga equivalente describe la misma cantidad de carga transferida en cada sección, aunque intervengan electrones distintos.

La conductividad semiconductora se presenta en sustancias como silicio, germanio y numerosos materiales empleados en dispositivos electrónicos. Estos sólidos no se comportan como buenos conductores metálicos ni como aislantes perfectos. Su conductividad puede aumentar por acción de la temperatura, la luz o la incorporación controlada de impurezas químicas. En este caso pueden intervenir electrones y huecos, que representan regiones de la estructura sólida donde falta un electrón y que se comportan como portadores de carga positiva. Los transistores, los paneles solares y numerosos sensores dependen de esta capacidad de controlar el movimiento de carga mediante la composición y la estructura del material.

La conductividad iónica ocurre cuando cationes y aniones pueden cambiar de posición. Se presenta en sales fundidas, algunos sólidos especializados y, sobre todo, en disoluciones de electrolitos. En una sal fundida como el cloruro de sodio líquido, los iones Na⁺ y Cl⁻ ya no están fijos en una red cristalina rígida, por lo que pueden desplazarse. En una disolución acuosa, los iones son rodeados por moléculas de agua y pueden migrar cuando se aplica un campo eléctrico. Esta conducción es fundamental en baterías, electrólisis, corrosión, celdas electroquímicas y análisis de aguas.

Existen además fenómenos más particulares, como la superconductividad, en la cual ciertos materiales presentan resistencia prácticamente nula bajo condiciones específicas de temperatura y campo magnético. Aunque este fenómeno pertenece principalmente a la física de materiales, sirve para recordar que la conducción depende de cómo se comportan las partículas a escala microscópica. En química, los casos más relevantes para comprender sustancias y reacciones son la conducción gaseosa y la conducción iónica en disoluciones.

Conductividad en gases poco densos y tubos de descarga

En condiciones normales, los gases suelen ser malos conductores. Un recipiente lleno de aire, neón o argón contiene átomos y moléculas eléctricamente neutros; por ello, no existen suficientes partículas cargadas que transporten una corriente sostenida. Sin embargo, la situación cambia dentro de un tubo de descarga. Si se reduce la presión del gas y se aplica una diferencia de potencial elevada entre dos electrodos, algunos electrones pueden acelerarse y chocar contra las partículas gaseosas con suficiente energía para arrancarles electrones.

Este proceso se denomina ionización. A partir de átomos o moléculas inicialmente neutros se forman electrones libres y cationes. También pueden originarse partículas excitadas, es decir, especies cuyos electrones han absorbido energía sin abandonar completamente el átomo. El gas se convierte entonces parcialmente en un plasma, una mezcla de partículas neutras, electrones, cationes y especies excitadas. Como ahora existen portadores de carga móviles, el tubo permite el paso de corriente eléctrica.

Figura 4. En un [tubo de descarga], los electrones viajan del cátodo al ánodo y pueden moverse mucho más rápido que la lenta deriva electrónica en un metal. La corriente convencional tiene sentido opuesto. La carga equivalente expresa cuánta carga transporta cada portador. El campo eléctrico acelera y organiza esos movimientos dentro del gas parcialmente ionizado del tubo.

La presión baja es decisiva para que la descarga se mantenga. Cuando el gas es demasiado denso, los electrones chocan tan frecuentemente que no consiguen acelerar lo suficiente entre un choque y otro. Cuando el gas es excesivamente poco denso, hay muy pocas partículas disponibles para producir y sostener la ionización. Existe, por tanto, un intervalo de presión en el cual el gas puede conducir con eficacia. Este equilibrio depende también del voltaje aplicado, del tipo de gas y de la distancia entre los electrodos.

Los tubos de neón, las lámparas fluorescentes y ciertos espectrómetros aprovechan este fenómeno. Cuando una especie excitada regresa a un estado de menor energía, emite radiación electromagnética. Como cada elemento posee niveles de energía característicos, la luz emitida puede revelar su identidad química. La conducción gaseosa no consiste en que un gas neutro se vuelva metálico, sino en la formación temporal de una mezcla ionizada cuyas partículas cargadas responden al campo eléctrico.

Conductividad en disoluciones acuosas

La conductividad acuosa aparece cuando una disolución contiene iones móviles. El agua pura presenta una conductividad baja porque solamente posee cantidades muy pequeñas de H₃O⁺ y OH⁻, generadas por su autoionización. Al disolver un ácido, una base o una sal, la cantidad de especies cargadas aumenta y la disolución puede transportar corriente con mayor facilidad. Por ejemplo, el cloruro de sodio disuelto produce Na⁺(aq) y Cl⁻(aq), mientras el sulfato de magnesio puede producir Mg²⁺(aq) y SO₄²⁻(aq).

Los símbolos “(aq)” indican que los iones se encuentran en un medio acuoso. No significa que estén desnudos ni aislados: cada ion queda rodeado por moléculas de agua orientadas según sus cargas parciales. El oxígeno del agua, con densidad electrónica relativamente alta, se orienta hacia los cationes; los hidrógenos, relativamente deficientes en densidad electrónica, se orientan hacia los aniones. Este proceso recibe el nombre de hidratación, una forma particular de solvatación. La capa de hidratación estabiliza los iones, pero también influye en su tamaño efectivo y en su movilidad.

Cuando se aplica una diferencia de potencial, los cationes hidratados se desplazan hacia el electrodo negativo, llamado cátodo, mientras los aniones hidratados se dirigen hacia el electrodo positivo, llamado ánodo. Aunque las dos clases de iones se mueven en sentidos opuestos, ambas contribuyen al mismo sentido de la corriente convencional. Un ion positivo que avanza hacia el electrodo negativo y un ion negativo que avanza hacia el electrodo positivo equivalen, desde el punto de vista eléctrico, al transporte continuo de carga en una sola dirección.

Dentro de la disolución no circulan electrones libres como en un cable de cobre. Los electrones pueden transferirse en las superficies de los electrodos durante las reacciones de oxidación y reducción, pero el líquido mantiene la corriente mediante la migración de especies químicas cargadas. Esta diferencia explica por qué una celda electroquímica necesita tanto un circuito metálico externo como una disolución o puente salino interno: los electrones transportan carga por el metal y los iones preservan la neutralidad eléctrica dentro de la fase líquida.

Concentración, solubilidad y cantidad de iones

La solubilidad es la cantidad máxima de soluto que puede disolverse en una cantidad determinada de disolvente bajo condiciones definidas de temperatura y presión. Si se añade una sal soluble al agua, sus partículas pueden separarse e interactuar con las moléculas del disolvente. Mientras continúe disolviéndose, aumenta la concentración de especies presentes en la fase acuosa. Cuando se alcanza la saturación, el exceso de soluto permanece como sólido y ya no incrementa de manera apreciable la cantidad de iones disueltos.

En una disolución diluida de MgSO₄, los iones Mg²⁺ y SO₄²⁻ están relativamente separados entre sí. Cada uno posee su capa de hidratación y experimenta menos interferencia directa de los demás iones. Al añadir inicialmente más sal, aumenta el número de portadores de carga por unidad de volumen. Por esta razón, la conductividad específica suele aumentar al comienzo: hay más iones capaces de responder al campo eléctrico y contribuir a la corriente.

Sin embargo, no basta con contar partículas. Una disolución muy concentrada contiene más iones, pero cada ion encuentra un entorno más congestionado. Las capas de hidratación pueden solaparse, las interacciones electrostáticas se vuelven más intensas y el medio puede adquirir mayor viscosidad. En consecuencia, los iones encuentran mayor dificultad para desplazarse. La relación entre concentración y conducción resulta, por tanto, de una competencia entre dos efectos: el aumento de la cantidad de portadores y la disminución de su movilidad.

Figura 5. [Conductividad molar]. Una disolución ideal diluida contiene partículas suficientemente separadas para interactuar poco, de modo semejante al límite de un gas ideal. Esta aproximación permite relacionar la fase gaseosa con la disuelta mediante la ley de Henry. En electroquímica, la carga equivalente conserva el balance de electrones entre semirreacciones; los electrones presentan velocidad de deriva lenta, mientras el campo eléctrico se propaga rápidamente.

La gráfica debe leerse considerando esta competencia. Si representa conductividad molar, el valor suele ser máximo para la disolución idealmente diluida. En ese límite, cada unidad fórmula del electrolito aporta iones que se mueven con muy poca influencia de otras especies cargadas. Al aumentar la concentración, la conductividad molar disminuye porque, aunque el volumen contenga más iones, cada mol de electrolito contribuye menos eficientemente a la conducción. La disolución de baja concentración no conduce necesariamente más corriente total que una disolución moderadamente concentrada; conduce con mayor eficiencia por cada cantidad equivalente de electrolito añadido.

Factor de van’t Hoff y movilidad iónica

El factor de van’t Hoff, i, representa el número efectivo de partículas que un soluto origina en disolución en comparación con una sustancia que no se disocia. En un modelo ideal, el sulfato de magnesio se expresa como MgSO₄ → Mg²⁺ + SO₄²⁻. Por cada unidad fórmula se originan dos especies iónicas, de modo que su valor ideal sería i = 2. Este factor ayuda a explicar por qué los electrolitos producen efectos importantes sobre propiedades como el descenso crioscópico, la presión osmótica y la conductividad: generan más partículas que una sustancia molecular no electrolítica disuelta a la misma concentración.

Pero i = 2 no garantiza que la conductividad real sea exactamente el doble de la correspondiente a un soluto molecular. La conducción depende también de la carga iónica y, sobre todo, de la movilidad. Mg²⁺ transporta una carga positiva equivalente a dos cargas elementales, mientras SO₄²⁻ transporta una carga negativa equivalente a dos cargas elementales. Sin embargo, ambos se encuentran hidratados y experimentan fuerzas de atracción con otros iones. La carga elevada favorece el transporte de carga por cada ion, pero también intensifica las interacciones electrostáticas que pueden reducir la libertad de movimiento.

En una disolución concentrada de MgSO₄ pueden formarse pares iónicos o asociaciones temporales entre Mg²⁺ y SO₄²⁻. Cuando ambos se aproximan mucho, la carga neta del conjunto puede ser cercana a cero. Una entidad de este tipo contribuye menos a la conducción que dos iones libres que se desplazan independientemente. Además, las interacciones entre iones de carga doble son más intensas que entre iones de carga simple, por lo que las desviaciones respecto al comportamiento ideal pueden ser importantes.

Por ello, la disolución ideal o de concentración muy baja representa el caso más favorable para la conductividad molar. Los iones están suficientemente separados para actuar casi de manera independiente, sus capas de hidratación interfieren menos entre sí y la asociación iónica es menos probable. A medida que aumenta la concentración, la cantidad total de iones puede elevar la conductividad específica hasta cierto punto, pero la eficiencia de cada mol de electrolito disminuye por la pérdida de movilidad y por la aparición de interacciones no ideales.

Iones, electrones y rapidez del fenómeno eléctrico

Un electrón posee una carga de −1,602 176 634 × 10⁻¹⁹ C, mientras un protón posee la misma magnitud con signo positivo. Los iones transportan múltiplos enteros de esa carga elemental: Na⁺ transporta +1e, Cl⁻ transporta −1e, Mg²⁺ transporta +2e y SO₄²⁻ transporta −2e, mientras que los moles transportan valores equivalentes a la constante de Faraday de esas mismas cargas. En las reacciones electroquímicas de los electrodos, los electrones se transfieren en paquetes de esta magnitud elemental; no existe la transferencia de fracciones arbitrarias de un electrón.

En la fase acuosa, sin embargo, no son electrones libres los que recorren el líquido. Los portadores son iones solvatados, entidades químicas completas rodeadas por moléculas de agua. Su velocidad de deriva es lenta: con campos eléctricos habituales, puede encontrarse en escalas de micrómetros o milímetros por segundo. Los iones no cruzan instantáneamente la celda; avanzan gradualmente mientras chocan, se reorientan y permanecen solvatados. Esa lentitud material no impide que una corriente se establezca casi de inmediato al cerrar un circuito.

En un metal, los electrones también poseen una velocidad de deriva relativamente baja, aunque realizan movimientos térmicos rápidos y desordenados. La rapidez con que se enciende una lámpara no corresponde al viaje de un electrón individual desde la pila hasta el bombillo. Lo que se propaga velozmente por el circuito es el cambio del campo eléctrico, a una fracción importante de la velocidad de la luz. La comparación correcta no es “iones lentos contra electrones instantáneos”, sino partículas con velocidades de deriva bajas frente a una perturbación electromagnética que se transmite muy rápidamente.

En una celda electroquímica, ambos mecanismos se complementan. Los electrones viajan por el conductor metálico externo y participan en las reacciones de los electrodos. Los iones hidratados se mueven por la disolución y evitan que se acumulen cargas desequilibradas en cada compartimiento. Así, la conductividad acuosa puede comprenderse como un proceso en el cual la concentración, la solubilidad, el factor de van’t Hoff, la hidratación y la movilidad iónica determinan qué tan eficazmente una disolución transporta carga eléctrica.

Referencias

Atkins, P., de Paula, J., & Keeler, J. (2023). Atkins’ physical chemistry (12.ª ed.). Oxford University Press.

Bard, A. J., Faulkner, L. R., & White, H. S. (2022). Electrochemical methods: Fundamentals and applications (3.ª ed.). Wiley.

International Union of Pure and Applied Chemistry. (s. f.). Conductivity. En Compendium of Chemical Terminology (Gold Book). https://goldbook.iupac.org/terms/view/C01245

Lemelson-MIT Program. (s. f.). Maria Telkes. Massachusetts Institute of Technology. https://lemelson.mit.edu/resources/maria-telkes

Nobel Prize Outreach. (1959). Jaroslav Heyrovský – Biographical. The Nobel Prize. https://www.nobelprize.org/prizes/chemistry/1959/heyrovsky/biographical/

Figura. Conductividad molar

En una disolución ideal o suficientemente diluida, las partículas de soluto están tan separadas que sus interacciones mutuas son pequeñas. Por ello, cada especie se comporta casi como si estuviera sola en el disolvente, de manera análoga a las moléculas de un gas ideal, que se consideran independientes salvo durante choques breves. Esta analogía no significa que una disolución sea literalmente un gas ni que pueda aplicarse sin más la ecuación de gas ideal al líquido. Significa que el comportamiento del soluto se aproxima a un límite simple, donde su actividad depende casi proporcionalmente de su concentración.

Este límite permite comprender la ley de Henry. Cuando un gas está poco concentrado en agua, su presión parcial en equilibrio es aproximadamente proporcional a su fracción molar o concentración disuelta. La ecuación de los gases ideales puede emplearse para describir el gas de la fase gaseosa, relacionando presión, volumen, cantidad de sustancia y temperatura; después, la ley de Henry conecta esa presión con la cantidad que permanece disuelta. A concentraciones mayores, las interacciones entre iones, moléculas y capas de hidratación producen desviaciones respecto de este comportamiento ideal. En conductividad molar, una disolución diluida favorece la movilidad porque los iones interfieren menos entre sí.

El concepto de carga equivalente es esencial en las reacciones electroquímicas. No debe imaginarse que el electrón liberado en una semirreacción es exactamente el mismo electrón que llega a la otra, especialmente cuando los electrodos están lejos. La oxidación y la reducción intercambian cantidades equivalentes de carga: si una semirreacción libera dos cargas elementales por cada unidad reaccionante, la otra debe consumir esa misma cantidad total. En el conductor metálico, los electrones presentan una velocidad de deriva lenta; sí, este desplazamiento neto recibe ese nombre. Lo que se establece rápidamente es el campo eléctrico, que reorganiza los electrones ya presentes en todo el circuito. Dentro de la disolución, los iones hidratados migran y conservan la neutralidad eléctrica.

Figura. Tubos de descarga

 
En un tubo de descarga, los electrones salen del cátodo y son acelerados hacia el ánodo por una diferencia de potencial elevada. Cada electrón es una partícula con masa, carga negativa y trayectoria propia; puede chocar con átomos del gas, producir ionización o excitar especies que emiten luz. La carga equivalente, en cambio, no es una partícula adicional ni una sustancia que viaje separada del electrón. Es una forma de representar cuánto efecto eléctrico transporta una partícula. Un electrón porta una carga de −e; un ion Mg²⁺ porta +2e. Decir que se mueve una carga equivalente permite comparar transportes realizados por partículas diferentes sin confundirlas con electrones.

La corriente eléctrica se define por la cantidad de carga que atraviesa una sección por unidad de tiempo. Por convenio, se representa como si una carga positiva se desplazara desde el potencial positivo hacia el negativo. Por eso, en la figura la corriente convencional va del ánodo al cátodo, aunque los electrones del haz viajen físicamente desde el cátodo hacia el ánodo. El campo eléctrico creado entre los electrodos ejerce una fuerza sobre cada carga: empuja electrones en sentido contrario al campo y acelera iones positivos en su mismo sentido. Así, el campo organiza el movimiento de los portadores y permite describir la continuidad de la corriente mediante cargas equivalentes.

En este caso sí puede afirmarse que los electrones del haz pueden alcanzar velocidades mucho mayores que la velocidad de deriva de los electrones en un metal. Dentro del tubo existe vacío parcial, por lo que los electrones recorren trayectorias relativamente largas entre choques y ganan energía al ser acelerados. En un metal, los electrones también responden al campo, pero sufren colisiones frecuentes con la red cristalina; su desplazamiento neto suele ser muy lento. Sin embargo, esta comparación no significa que la electricidad “viaje” más rápido solo porque los electrones sean más rápidos: la propagación del campo electromagnético por un circuito ocurre velozmente en ambos casos.

Figura. Electricidad

 En los metales, suele afirmarse que la electricidad consiste en un flujo de electrones desde la pila hasta el dispositivo. La idea es útil como primera aproximación, pero resulta incompleta si se interpreta como una corriente de electrones que recorre rápidamente todo el cable. La imagen distingue entre la red metálica, formada por iones positivos prácticamente fijos, y los electrones deslocalizados, que pueden responder al campo eléctrico aplicado. Estos electrones sí presentan un desplazamiento neto, llamado velocidad de deriva, pero es muy lento: normalmente del orden de milímetros por segundo. Por ello, cuando se enciende una lámpara, no es necesario esperar a que un electrón individual viaje desde la batería hasta el bombillo.

Lo que se establece casi inmediatamente a lo largo del circuito es el campo eléctrico. Este campo organiza un pequeño desplazamiento colectivo de los electrones ya presentes en cada región del conductor. La rapidez de propagación de esa perturbación eléctrica puede ser una fracción importante de la velocidad de la luz, mientras que cada electrón avanza lentamente y choca repetidamente con la estructura del metal. Por tanto, no es correcto imaginar la corriente como una fila de partículas que atraviesa el cable a gran velocidad; pero tampoco es correcto afirmar que los electrones no se mueven. En un metal, ellos son los portadores materiales de la carga y su movimiento neto produce la corriente eléctrica.

La expresión carga equivalente permite describir el fenómeno sin seguir la trayectoria de cada electrón. Si por una sección del cable pasa cierta cantidad de carga durante un segundo, una cantidad equivalente atraviesa las demás secciones del circuito, aunque no sean exactamente los mismos electrones los que recorren toda la distancia. La carga se transfiere en paquetes cuyo valor básico corresponde a la carga elemental, igual en magnitud a la carga de un electrón. Así, la conducción metálica combina dos escalas: electrones con deriva lenta y una señal eléctrica que se organiza muy rápido.

Figura. Mária Telkes

 Mária Telkes (1900–1995) fue una biofísica, química e inventora húngaro-estadounidense, conocida como la “Reina del Sol” por sus aportes al aprovechamiento de la energía solar. Nació el 12 de diciembre de 1900 en Budapest, Hungría, y estudió física química en la Universidad de Budapest, donde obtuvo su doctorado en 1924. Ese mismo año emigró a Estados Unidos para trabajar en el campo de la investigación médica y científica. Durante sus primeros años estudió procesos de conversión de energía en organismos vivos, especialmente la relación entre el calor, la radiación y las funciones biológicas. Su formación interdisciplinaria le permitió aplicar principios de la termodinámica, la electroquímica y la ciencia de materiales a problemas concretos de la vida cotidiana.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Telkes trabajó para la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico de Estados Unidos. Allí diseñó un destilador solar portátil para obtener agua potable a partir de agua de mar, pensado para pilotos y marinos que sobrevivían a naufragios. El dispositivo empleaba la radiación solar para evaporar el agua y condensarla posteriormente, separándola de las sales disueltas. Miles de unidades fueron incorporadas a equipos de emergencia. Más adelante se vinculó con el Instituto Tecnológico de Massachusetts, donde investigó sistemas de calefacción solar. Su mayor desafío consistió en almacenar el calor captado durante el día para usarlo en la noche, sin depender constantemente de combustibles fósiles.

En 1948 participó en el diseño de la Dover Sun House, una de las primeras viviendas experimentales calentadas principalmente con energía solar. El sistema usaba sulfato de sodio decahidratado, una sustancia capaz de absorber y liberar grandes cantidades de energía durante sus cambios de estado. Este tipo de almacenamiento se conoce como calor latente. Aunque el proyecto enfrentó dificultades técnicas, demostró que era posible pensar la vivienda desde fuentes renovables. Telkes registró numerosas patentes, desarrolló cocinas solares, sistemas de desalinización y materiales térmicos, y defendió durante décadas una ciencia orientada hacia soluciones sostenibles. Su legado anticipó tecnologías actuales de energía renovable, almacenamiento térmico y aprovechamiento eficiente de la radiación solar.