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martes, 28 de julio de 2026

Del átomo aislado al enlace químico

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Una vez comprendida la distribución electrónica de los átomos individuales, surge una cuestión fundamental: ¿por qué algunos átomos se enlazan entre sí mientras que otros, como los gases nobles, permanecen casi siempre separados? También es necesario explicar por qué las moléculas presentan determinadas geometrías, por qué ciertos enlaces son más largos o más fuertes que otros y cómo la reorganización de los electrones modifica la energía del sistema. Las estructuras de Lewis permiten representar los electrones de valencia y predecir muchas fórmulas químicas, pero no describen de manera completa la distribución espacial de los electrones ni las diferencias energéticas entre enlaces aparentemente semejantes.

Por ejemplo, las moléculas de hidrógeno, H–H, y flúor, F–F, contienen enlaces covalentes sencillos con simetría sigma. Sin embargo, sus longitudes y energías de enlace son diferentes. El enlace H–H es relativamente corto y fuerte, mientras que el enlace F–F es más largo y sorprendentemente débil. Estas diferencias no pueden explicarse únicamente señalando que ambos átomos comparten un par electrónico. También deben considerarse el tamaño de los orbitales, la eficacia del solapamiento, la repulsión entre los núcleos, la repulsión entre electrones y, en el caso del flúor, las intensas repulsiones entre sus numerosos pares no enlazantes.

Para alcanzar una descripción más completa del enlace covalente es necesario recurrir, al menos cualitativamente, a la mecánica cuántica. En química general se emplean principalmente dos modelos: la teoría del enlace de valencia y la teoría de orbitales moleculares. Ambas parten de la descripción cuántica de los electrones, pero organizan la información de manera diferente. Ninguna ofrece, en sus versiones elementales, una representación absoluta de todos los fenómenos moleculares; sin embargo, utilizadas conjuntamente, permiten interpretar la formación de enlaces, la geometría molecular, el magnetismo y numerosas propiedades espectroscópicas.

Teoría del enlace de valencia

La teoría del enlace de valencia conserva, en buena medida, la imagen de los átomos individuales dentro de una molécula. Según este modelo, un enlace covalente se forma cuando dos orbitales atómicos se solapan y alojan un par de electrones con espines opuestos. Los electrones enlazantes se encuentran principalmente en la región comprendida entre los núcleos, donde su carga negativa atrae simultáneamente a ambos núcleos positivos. Esta atracción reduce la energía potencial del sistema y estabiliza la molécula frente a los átomos separados.

La teoría de orbitales moleculares, en cambio, combina los orbitales atómicos para formar orbitales extendidos sobre toda la molécula. En esta representación, los electrones no se asignan necesariamente a un enlace localizado entre dos átomos, sino a orbitales moleculares que pueden abarcar varios núcleos. Este modelo explica con particular eficacia fenómenos como el magnetismo del oxígeno, la deslocalización electrónica y la existencia de orbitales enlazantes y antienlazantes. La teoría del enlace de valencia resulta especialmente útil para visualizar enlaces localizados, hibridación y geometrías, mientras que la teoría de orbitales moleculares ofrece una descripción más global de la distribución electrónica.

La formación de la molécula de hidrógeno, H₂, constituye el ejemplo más sencillo para introducir la teoría del enlace de valencia. Cada átomo de hidrógeno posee un electrón en un orbital 1s, cuya distribución esférica representa la probabilidad de encontrarlo alrededor del núcleo. Cuando los dos átomos están muy separados, sus interacciones son prácticamente despreciables y la energía del sistema puede tomarse como una referencia arbitraria. A medida que se aproximan, los orbitales 1s comienzan a solaparse y aumenta la probabilidad de encontrar ambos electrones en la región internuclear.

Figura 1. [Paul Dirac] fue un físico teórico británico y uno de los fundadores de la mecánica cuántica. Formuló la ecuación de Dirac, que integró la relatividad especial y explicó el espín electrónico, además de predecir la antimateria. Recibió el Premio Nobel de Física en 1933 junto con Erwin Schrödinger.

Figura 2. [Hendrika Johanna van Leeuwen] fue una física teórica neerlandesa destacada por sus estudios sobre el magnetismo. Demostró que la física clásica no puede explicar las propiedades magnéticas de la materia, resultado conocido como teorema de Bohr–Van Leeuwen. Fue profesora en Delft y una pionera de la participación femenina en la física académica.

El incremento de la densidad electrónica entre los núcleos produce una atracción electrostática que disminuye la energía potencial del sistema. Si durante el acercamiento se libera energía, la molécula resultante queda en un estado más estable que los átomos separados. La distancia a la cual la energía alcanza su valor mínimo corresponde a la longitud de enlace de equilibrio. En ese punto existe un balance entre las atracciones núcleo-electrón y las repulsiones electrón-electrón y núcleo-núcleo.

Si los núcleos se acercan más allá de la distancia de equilibrio, la energía aumenta rápidamente. Este incremento no se debe únicamente a la repulsión electrostática entre los núcleos positivos, sino también a la compresión de las distribuciones electrónicas y a restricciones cuánticas relacionadas con el principio de exclusión de Pauli. La curva de energía potencial adquiere entonces una pendiente fuertemente ascendente. En condiciones químicas ordinarias, esta barrera impide que los núcleos se aproximen hasta distancias nucleares. En las estrellas, la fusión nuclear puede ocurrir gracias a temperaturas y presiones extremas, combinadas con el efecto de túnel cuántico; este fenómeno pertenece a la física nuclear y no debe confundirse con la formación de un enlace químico.

Figura 3. [Energía vs distancia de enlace]. La energía potencial de H₂ depende de la distancia entre sus núcleos. Cuando los átomos se aproximan, la energía disminuye hasta alcanzar en E₂ una distancia de equilibrio estable. Si están demasiado separados no existe enlace, y si se acercan excesivamente predominan las repulsiones. La molécula se forma porque alcanza una configuración de menor energía.

La profundidad del mínimo de la curva representa aproximadamente la energía de disociación del enlace. Cuanto más profundo sea ese mínimo, mayor cantidad de energía será necesaria para separar los átomos. La posición horizontal del mínimo corresponde a la longitud de enlace: un mínimo situado a menor distancia indica un enlace más corto. De esta manera, la teoría cuántica permite relacionar la estructura molecular con magnitudes experimentales como la energía y la distancia de enlace.

La diferencia entre los enlaces H–H y F–F no depende simplemente de que el núcleo del flúor posea una carga positiva mayor. En H₂, los pequeños orbitales 1s se solapan eficazmente y los átomos carecen de electrones internos y pares no enlazantes. En F₂, los orbitales 2p son más grandes y difusos, y cada átomo de flúor conserva tres pares de electrones no enlazantes. La proximidad de estos pares genera repulsiones importantes que debilitan el enlace F–F. Por tanto, la energía y la longitud de un enlace resultan del equilibrio entre múltiples interacciones electrónicas y nucleares.

En términos generales, un enlace químico se forma cuando la disposición conjunta de los átomos posee una energía menor que la correspondiente a los átomos separados. Sin embargo, no basta con afirmar que los electrones atraen a los núcleos: también deben considerarse el solapamiento orbital, las repulsiones electrónicas, las cargas nucleares, el tamaño atómico, la simetría de los orbitales y las restricciones impuestas por la mecánica cuántica.

Enlaces covalentes sigma y pi

Los enlaces covalentes pueden clasificarse, según la simetría de su distribución electrónica, en enlaces sigma (σ) y enlaces pi (π). Esta distinción resulta fundamental para comprender la estructura de los enlaces sencillos, dobles y triples, así como la rotación molecular y la rigidez de determinadas estructuras. El nombre del enlace no depende exclusivamente del tipo de orbital atómico involucrado, sino de la simetría que presenta la densidad electrónica alrededor del eje internuclear.

Enlace sigma: Un enlace sigma se forma mediante el solapamiento frontal de dos orbitales a lo largo del eje que une los núcleos. Puede originarse por la combinación de orbitales s–s, s–p, p–p o de orbitales híbridos. La densidad electrónica se concentra principalmente en la región internuclear y presenta simetría cilíndrica alrededor del eje de enlace. Todos los enlaces covalentes sencillos poseen un único enlace sigma.

En los enlaces dobles y triples también existe solamente un enlace sigma; los enlaces adicionales son de tipo pi. Generalmente, el solapamiento frontal que origina el enlace sigma es más eficaz que el solapamiento lateral característico del enlace pi. Por esta razón, los enlaces sigma suelen constituir la contribución individual más fuerte dentro de un enlace múltiple. No obstante, la fuerza total de un enlace depende de los átomos involucrados, de sus orbitales y de las repulsiones presentes, por lo que no todos los enlaces sigma tienen la misma energía.

La simetría cilíndrica de un enlace sigma permite, en principio, la rotación alrededor del eje internuclear sin destruir el solapamiento. Sin embargo, la rotación real de una molécula también puede estar limitada por impedimentos estéricos, interacciones entre grupos vecinos, conjugación electrónica o geometrías cíclicas. Por ello, es más preciso afirmar que un enlace sigma aislado permite rotación que señalar que todos los enlaces sencillos rotan completamente libres.

Figura 4. [El enlace sigma] se forma mediante el solapamiento frontal de orbitales y concentra la densidad electrónica entre los núcleos. Solo describe enlaces covalentes, no interacciones iónicas. Presenta simetría cilíndrica, permite rotación como un tornillo y suele ser más estable y menos energético que un enlace pi. Es la representación más cercana a la línea de Lewis.

Enlace pi: Un enlace pi se forma mediante el solapamiento lateral de orbitales que poseen lóbulos situados a ambos lados del eje internuclear, normalmente orbitales p no hibridados. La densidad electrónica enlazante se distribuye por encima y por debajo del eje que une los núcleos, mientras que un plano nodal atraviesa dicho eje. En este plano, la probabilidad asociada al orbital pi es nula. Aunque suele representarse mediante dos regiones separadas, ambas pertenecen a un único orbital enlazante continuo.

La denominación pi se relaciona históricamente con los orbitales p, cuyas orientaciones permiten este tipo de solapamiento. Sin embargo, algunos orbitales d también pueden formar interacciones pi, especialmente en compuestos de metales de transición. En química general, los casos más comunes aparecen en los enlaces dobles y triples entre átomos de carbono, nitrógeno u oxígeno.

Un enlace doble está compuesto por un enlace sigma y un enlace pi, mientras que un enlace triple contiene un enlace sigma y dos enlaces pi mutuamente perpendiculares. Como el solapamiento lateral suele ser menos eficaz que el frontal, un enlace pi individual acostumbra ser más débil que un enlace sigma comparable. Sin embargo, un enlace doble completo es más fuerte que el enlace sencillo correspondiente, y un enlace triple suele ser aún más fuerte, aunque la energía total no equivale simplemente a la suma de enlaces aislados.

Figura 5. [Enlace pi]. Aunque la figura procede de la teoría de orbitales moleculares, el interés principal es el orbital π enlazante, esencial en la teoría del enlace de valencia. Este posee dos grandes lóbulos alrededor de ambos átomos. Pueden interpretarse como regiones de alta probabilidad electrónica o como una onda de materia compartida por el par enlazante.

La rotación alrededor de un enlace pi interrumpiría el paralelismo de los orbitales y reduciría su solapamiento. Por ello, los enlaces dobles restringen fuertemente la rotación y producen estructuras relativamente rígidas. Esta característica explica la existencia de isómeros geométricos, como las formas cis y trans. La restricción rotacional no significa que el enlace pi sea siempre extremadamente inestable, sino que su ruptura o reorganización requiere una cantidad definida de energía y puede contribuir a la reactividad de las moléculas insaturadas.

En la determinación de la geometría molecular mediante modelos elementales, cada enlace múltiple se cuenta como una sola región electrónica porque los enlaces sigma y pi conectan los mismos dos átomos y siguen el mismo eje internuclear. No obstante, los electrones pi sí afectan la distribución electrónica, la longitud de enlace, la rigidez molecular, la polarizabilidad y la reactividad. Por tanto, no deben considerarse irrelevantes, sino integrados dentro de una misma región de enlace.

Teoría de repulsión de pares electrónicos de la capa de valencia

La teoría de repulsión de pares electrónicos de la capa de valencia, conocida como TRPECV o VSEPR, es un modelo cualitativo utilizado para predecir la geometría de numerosas moléculas covalentes. Parte de una idea sencilla: las regiones de densidad electrónica que rodean al átomo central se repelen entre sí y adoptan una distribución espacial que minimiza esas repulsiones. Estas regiones pueden corresponder a enlaces sencillos, dobles o triples, así como a pares de electrones no enlazantes.

Figura 6. La TRPECV predice la [geometría molecular] según la repulsión entre regiones de densidad electrónica alrededor del átomo central. Estas regiones incluyen enlaces y pares libres, que se separan al máximo. Los pares libres repelen con mayor intensidad, reducen los ángulos y modifican la forma. El modelo distingue entre geometría electrónica y molecular.

Aunque la TRPECV suele enseñarse junto con la hibridación de orbitales, ambos modelos no son equivalentes ni dependen estrictamente uno del otro. La TRPECV predice la disposición geométrica a partir del número de dominios electrónicos alrededor del átomo central. La hibridación, por su parte, es una construcción matemática de la teoría del enlace de valencia que combina orbitales atómicos para producir nuevos orbitales orientados en direcciones compatibles con determinadas geometrías. En consecuencia, la geometría puede predecirse mediante TRPECV sin realizar primero una hibridación.

El procedimiento comienza con la construcción de una estructura de Lewis razonable. A partir de ella se identifica el átomo central y se cuentan las regiones de densidad electrónica que lo rodean. Cada enlace sencillo, doble o triple se considera una región, mientras que cada par no enlazante constituye otra. Con esta información se determina la geometría electrónica, es decir, la disposición de todas las regiones alrededor del centro molecular. Posteriormente se establece la geometría molecular, que describe únicamente la posición de los átomos y no muestra directamente los pares no enlazantes.

La notación habitual del modelo es AXₘEₙ, donde A representa el átomo central, X los átomos enlazados y E los pares de electrones no enlazantes. Una especie AX₂ sin pares libres suele ser lineal; AX₃, trigonal plana; AX₄, tetraédrica; AX₅, bipiramidal trigonal; y AX₆, octaédrica. Cuando aparecen pares no enlazantes, estos ocupan parte del espacio y modifican los ángulos de enlace, dando origen a geometrías como angular, piramidal trigonal, balancín o cuadrada plana.

Las repulsiones no poseen todas la misma intensidad. En términos generales, la interacción entre dos pares no enlazantes es mayor que la existente entre un par no enlazante y un par enlazante, y esta última supera a la repulsión entre dos pares enlazantes. Los pares no enlazantes se encuentran atraídos principalmente por un solo núcleo y suelen ocupar una región espacial más extensa. Por ello, comprimen los ángulos formados entre los enlaces vecinos.

La TRPECV es una regla heurística, no una teoría cuántica completa. Funciona especialmente bien para muchas moléculas de los elementos representativos, pero presenta limitaciones en compuestos de metales de transición, moléculas con electrones deslocalizados y especies cuyos orbitales tienen energías muy próximas. Aun así, su sencillez la convierte en una herramienta extremadamente útil para relacionar las estructuras de Lewis con la forma tridimensional de las moléculas.

Hibridación de orbitales

La hibridación es un modelo perteneciente a la teoría del enlace de valencia. Consiste en combinar matemáticamente orbitales atómicos de un mismo átomo para formar un conjunto de orbitales híbridos equivalentes y orientados en direcciones determinadas. Estos orbitales permiten representar enlaces localizados compatibles con las geometrías observadas experimentalmente.

En el modelo más sencillo, dos regiones electrónicas suelen asociarse con hibridación sp y geometría lineal; tres regiones, con sp² y geometría trigonal plana; y cuatro regiones, con sp³ y geometría tetraédrica. En cursos introductorios también se emplean las denominaciones sp³d y sp³d² para cinco y seis regiones electrónicas. Sin embargo, en muchas moléculas hipervalentes modernas estas descripciones deben interpretarse con cautela, pues la participación real de orbitales d puede ser mucho menor de lo sugerido por el modelo elemental.

Para aplicar conjuntamente la estructura de Lewis, la TRPECV y la hibridación puede seguirse una secuencia ordenada. Primero se cuentan los electrones de valencia y se construye una estructura de Lewis. Después se identifica el átomo central y se determina el número de enlaces y pares no enlazantes. A continuación se cuentan los dominios electrónicos y se predicen la geometría electrónica y la geometría molecular. Finalmente, si resulta útil, se asigna una hibridación compatible con esa disposición y se distinguen los enlaces sigma y pi.

Figura 7. [La hibridación] combina funciones de onda atómicas para formar orbitales híbridos orientados hacia otros átomos. En sp³, un orbital s y tres p producen cuatro orbitales equivalentes, con lóbulos mayores favorables al solapamiento sigma. En sp² y sp permanecen orbitales p sin hibridar, capaces de formar enlaces pi y explicar geometrías moleculares y enlaces múltiples con distintas orientaciones espaciales posibles.

La combinación de estos modelos permite comprender de manera cualitativa la organización tridimensional de muchas moléculas. Sin embargo, debe recordarse que las cajas, flechas, orbitales híbridos y pares localizados son representaciones simplificadas. La estructura electrónica real está descrita por funciones de onda y distribuciones de densidad que pueden extenderse sobre varios átomos. Los modelos químicos no reproducen directamente toda la realidad cuántica, pero permiten organizar la evidencia experimental y realizar predicciones útiles sobre la geometría, la energía y la reactividad molecular.

Referencias

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miércoles, 22 de julio de 2026

El átomo de Bohr

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El modelo atómico de Bohr es una representación fisicomatemática del átomo propuesta en 1913 por el físico danés Niels Bohr. Este modelo describe el átomo como un núcleo central positivo, alrededor del cual los electrones pueden ocupar únicamente ciertas órbitas permitidas, cada una asociada con un valor definido de energía. Mientras un electrón permanece en una de estas órbitas, no absorbe ni emite radiación; la luz aparece solamente cuando el electrón cambia de un estado energético a otro.

Un dibujo de un hombre con un traje de color negro

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Figura 1. [Niels Bohr] desarrolló el modelo atómico que introdujo niveles de energía cuantizados para explicar los espectros del hidrógeno. Su trabajo impulsó el nacimiento de la mecánica cuántica y el principio de complementariedad. Recibió el Premio Nobel de Física en 1922 y se convirtió en una de las figuras más influyentes de la física moderna.

Figura 2. [Hertha Sponer] fue una física alemana especializada en espectroscopia molecular. Sus investigaciones ayudaron a comprender la estructura y los niveles de energía de las moléculas. Desarrolló el método de Birge-Sponer para estimar energías de disociación molecular y promovió la aplicación de la mecánica cuántica a la química, convirtiéndose en una pionera de la física molecular.

Superficialmente, el modelo de Bohr parece muy semejante al modelo nuclear de Rutherford. En ambos suelen dibujarse electrones como pequeñas esferas que giran alrededor de un núcleo, de manera parecida a los planetas alrededor del Sol. Sin embargo, esta semejanza pertenece principalmente a las ilustraciones. Los dibujos atómicos son apenas iconos didácticos que intentan representar lo que realmente son modelos físicos y matemáticos. El modelo de Bohr no debe entenderse solamente como una imagen planetaria, sino como un conjunto de postulados, relaciones algebraicas y restricciones aplicadas al movimiento del electrón.

En el modelo de Rutherford, el electrón podía moverse, en principio, a cualquier distancia del núcleo y poseer cualquier valor de energía. En el modelo de Bohr, por el contrario, únicamente se permiten determinados radios, velocidades y energías. El electrón se mueve clásicamente mientras permanece en una de sus órbitas circulares permitidas, pero no puede ocupar posiciones energéticas intermedias entre ellas. Cuando cambia de nivel, realiza un salto cuántico sin recorrer una trayectoria clásica continua entre la órbita inicial y la final.

Por esta razón, no sería exacto afirmar que los electrones del modelo de Bohr permanecen inmóviles. Dentro de cada órbita permitida se supone que realizan un movimiento circular uniforme. Lo verdaderamente novedoso ocurre durante la transición: el modelo no describe un desplazamiento gradual a través del espacio situado entre dos órbitas. El electrón desaparece de un estado y aparece en otro, de una forma que, desde la intuición cotidiana, puede compararse con una especie de teletransportación cuántica. Esta comparación resulta útil como imagen didáctica, aunque no debe confundirse con la teletransportación de objetos macroscópicos.

El problema heredado de Rutherford

El modelo nuclear de Rutherford había explicado los resultados del experimento de la lámina de oro al establecer que casi toda la masa y la carga positiva del átomo estaban concentradas en un núcleo diminuto. Sin embargo, no podía explicar la estabilidad de los electrones. Según el electromagnetismo clásico, toda carga eléctrica acelerada debe emitir radiación. Como un electrón que describe una órbita circular cambia constantemente de dirección, se encuentra acelerado y debería perder energía de manera continua.

Al perder energía, el electrón tendría que describir una espiral cada vez más pequeña hasta precipitarse sobre el núcleo. El átomo sería, por tanto, inherentemente inestable. Además, durante su caída el electrón emitiría radiación con una sucesión continua de frecuencias, produciendo un espectro continuo. Ninguna de estas predicciones coincidía con las observaciones: los átomos eran estables y los gases excitados producían espectros formados por líneas discretas.

Figura 3. [Modelo atómico de Bohr] los electrones ocupan niveles de energía cuantizados alrededor del núcleo. Al absorber energía saltan a niveles superiores; al regresar, emiten un fotón. Estas transiciones producen líneas específicas en el espectro de emisión del hidrógeno, demostrando que la energía electrónica no cambia de manera continua, sino discreta.

 

El modelo de Rutherford había revelado dónde se encontraba la carga positiva, pero no explicaba cómo podían organizarse los electrones ni por qué emitían solamente determinados colores. Para resolver estas dificultades se necesitaba combinar el átomo nuclear con las nuevas ideas sobre la cuantización de la energía.

Figura 4. [Colapso electrónico: la rotación y el color]: un electrón en movimiento circular posee aceleración porque cambia de dirección. Al ser una carga acelerada, debería emitir radiación electromagnética continua, perder energía y acercarse en espiral al núcleo. Esta predicción contradice la estabilidad atómica y motivó el surgimiento de la teoría cuántica moderna para describir niveles energéticos discretos estables.

Las líneas espectrales del hidrógeno

Durante el siglo XIX, los científicos descubrieron que cada elemento gaseoso producía un patrón particular de líneas luminosas cuando era excitado mediante calor o electricidad. El hidrógeno, el elemento más sencillo, mostraba varias líneas visibles claramente diferenciadas. Estas líneas no se distribuían al azar, sino que parecían seguir una regularidad matemática.

En 1885, el matemático suizo Johann Jakob Balmer encontró una expresión empírica capaz de reproducir las longitudes de onda de las líneas visibles del hidrógeno. Balmer no propuso una estructura atómica que explicara su fórmula; simplemente identificó una relación numérica extraordinariamente precisa entre los datos experimentales. Su trabajo mostró que detrás del espectro del hidrógeno existía un orden matemático que todavía no podía interpretarse físicamente. (LeMoyne College)

Pocos años después, el físico sueco Johannes Rydberg generalizó este tipo de relaciones mediante una fórmula que permitía organizar diferentes series espectrales. En su forma moderna, la expresión relaciona el inverso de la longitud de onda con la diferencia entre los inversos de dos números enteros elevados al cuadrado. Los números enteros aparecían una y otra vez en los espectros, pero antes de Bohr nadie sabía qué realidad física representaban. (Semantic Scholar)

Figura 5. [Picos del espectro de cuerpo negro]. Según la ley de Wien, al aumentar T, λₘₐₓ se desplaza hacia longitudes de onda menores. Los cuerpos fríos emiten principalmente infrarrojo; los muy calientes emiten más luz visible y tienden al azul. La ley de Planck explica correctamente estas curvas mediante energía cuantizada en intercambios discretos.

Figura 6. [Cuerpo próximo al cuerpo negro] La figura muestra una cavidad con un pequeño orificio que se aproxima a un cuerpo negro. La radiación que entra experimenta múltiples reflexiones y es casi totalmente absorbida por paredes oscuras y rugosas. Al calentar la cavidad, el orificio emite radiación térmica con un espectro continuo determinado principalmente por la temperatura. Este montaje permite estudiar emisión, absorción, radiancia espectral y equilibrio térmico experimental.

Las fórmulas de Balmer y Rydberg describían correctamente los resultados, pero carecían de una explicación mecánica. Era como poseer la respuesta matemática sin comprender el problema que la producía. La gran contribución de Bohr consistió en demostrar que esos números enteros podían interpretarse como estados permitidos del electrón dentro del átomo de hidrógeno.

La radiación de cuerpo negro y la cuantización

Otro antecedente decisivo surgió del estudio de la radiación de cuerpo negro, es decir, la radiación emitida por un objeto ideal capaz de absorber toda la energía electromagnética que recibe. Los modelos clásicos describían razonablemente la radiación de frecuencias bajas, pero predecían una emisión ilimitada de energía en la región ultravioleta. Este resultado absurdo fue conocido como la catástrofe ultravioleta.

En 1900, Max Planck consiguió reproducir los resultados experimentales suponiendo que la materia no emitía ni absorbía energía de cualquier magnitud, sino en cantidades discretas llamadas cuantos. La energía de cada cuanto era directamente proporcional a la frecuencia de la radiación: E = hf.

En esta relación, E representa la energía, f la frecuencia y h la constante de Planck. La propuesta rompía con la física clásica, en la cual la energía podía variar continuamente. Planck había introducido una discontinuidad fundamental: determinados intercambios energéticos solo podían ocurrir en paquetes completos.

El efecto fotoeléctrico

En 1905, Albert Einstein extendió la idea de Planck para explicar el efecto fotoeléctrico, fenómeno en el que la luz puede expulsar electrones de una superficie metálica. Los experimentos mostraban que la emisión de electrones dependía principalmente de la frecuencia de la luz y no solamente de su intensidad. Por debajo de cierta frecuencia mínima, ningún electrón era liberado, aunque la iluminación fuera muy intensa.

Einstein propuso que la propia luz estaba formada por cuantos de energía, posteriormente llamados fotones. Cada fotón transportaba una energía determinada por su frecuencia. Un fotón podía entregar esa energía a un electrón y expulsarlo del metal, siempre que superara la energía necesaria para liberarlo. Aumentar la intensidad incrementaba el número de fotones, mientras que aumentar la frecuencia elevaba la energía individual de cada uno.

Figura 7. [Efecto fotoeléctrico: luz, electrones y energía]. El efecto fotoeléctrico ocurre cuando luz de frecuencia suficiente libera electrones de un metal. La frecuencia umbral determina si hay emisión; aumentar la intensidad produce más electrones solo después de superarla. Una frecuencia mayor entrega fotones más energéticos y aumenta la energía cinética. El fenómeno confirmó la cuantización de la energía y fundamentó explicación cuántica de Einstein sobre la luz.

La explicación del efecto fotoeléctrico reforzó la idea de que la energía se intercambiaba de manera discontinua. Bohr aplicó este principio al átomo: si la luz era emitida o absorbida en paquetes discretos, quizá los electrones también podían poseer únicamente ciertos valores de energía.

La respuesta de Bohr

En 1913, Niels Bohr publicó la primera parte de su trabajo Sobre la constitución de átomos y moléculas. Allí combinó el núcleo de Rutherford, la mecánica clásica, la fuerza electrostática y la hipótesis cuántica de Planck para construir un modelo matemático del átomo de hidrógeno. (uni-tuebingen.de)

Bohr comenzó imaginando un electrón de carga negativa atraído por un núcleo positivo. Desde el punto de vista mecánico, esta atracción electrostática proporciona la fuerza necesaria para mantener al electrón en una órbita circular. Por tanto, una parte del modelo se basa en el movimiento circular uniforme, semejante al que aparece en la mecánica de Newton.

Sin embargo, Bohr introdujo una restricción que no procedía de la física clásica: el electrón no podía moverse en cualquier órbita. Solo eran posibles aquellas en las que su momento angular tomaba determinados valores discretos. Esta condición puede expresarse como: m v r = n ℏ

Aquí, m representa la masa del electrón, v su velocidad, r el radio de la órbita, n un número entero positivo y la constante reducida de Planck. El número n pasó a denominarse posteriormente número cuántico principal.

La aparición de un número entero significaba que no existía una sucesión continua de órbitas posibles. El electrón podía ocupar la primera, la segunda, la tercera o una órbita superior, pero no podía permanecer entre dos de ellas. Cada órbita estaba asociada con un radio definido y una energía específica.

Los estados estacionarios

Bohr denominó estados estacionarios a las órbitas permitidas. Mientras el electrón permanecía en una de ellas, no emitía radiación, aunque se encontrara acelerado por su movimiento circular. Este postulado contradecía directamente el electromagnetismo clásico, pero era necesario para explicar la estabilidad del átomo.

La palabra estacionario puede producir confusión. No significa que el electrón esté quieto, sino que el estado conserva una energía constante. El electrón continúa moviéndose alrededor del núcleo según la mecánica empleada por Bohr, pero su movimiento no provoca una pérdida continua de energía. De este modo, el átomo puede permanecer estable indefinidamente.

El estado con menor energía corresponde a n = 1 y recibe el nombre de estado fundamental. Los estados con valores superiores de n poseen mayor energía y se denominan estados excitados. Cuanto mayor sea el número cuántico principal, mayor será el radio permitido y menor será la intensidad con la que el electrón permanece ligado al núcleo.

Los saltos cuánticos

El electrón puede cambiar de un estado estacionario a otro mediante un salto cuántico. Si absorbe una cantidad adecuada de energía, pasa desde un nivel inferior hasta uno superior. Si desciende desde un nivel superior hasta uno inferior, emite un fotón cuya energía coincide exactamente con la diferencia entre ambos estados: ΔE = E – Eo = h f

Figura 8. [El salto cuántico] describe el cambio discontinuo de un electrón entre estados permitidos. No sigue una trayectoria clásica intermedia: cambia del estado inicial al final al absorber o emitir un fotón. Estas transiciones explican los espectros de líneas atómicos. En sistemas grandes, la interacción ambiental produce decoherencia cuántica, haciendo que el comportamiento parezca continuo y clásico para nuestra experiencia cotidiana macroscópica.

La frecuencia de la luz emitida o absorbida no puede tomar cualquier valor, porque depende de la diferencia entre dos energías permitidas. Esta fue la clave para explicar los espectros discontinuos. Cada línea espectral corresponde a una transición particular entre dos estados energéticos.

Figura 9. [Niveles de energía del átomo de hidrógeno en el modelo de Bohr]. El modelo de Bohr indica que el electrón del hidrógeno solo ocupa niveles de energía definidos. n = 1 es el estado basal; n ≥ 2 corresponde a estados excitados. Los cambios entre niveles ocurren mediante absorción o emisión de fotones. Cuando n tiende a ∞, ocurre la ionización y el electrón queda libre. Estas transiciones explican las líneas espectrales observadas.

Durante el salto, el modelo de Bohr no ofrece una trayectoria intermedia. No describe al electrón alejándose gradualmente del núcleo ni atravesando todas las posiciones comprendidas entre dos órbitas. Solamente establece un estado inicial y un estado final. Por eso el salto puede compararse didácticamente con una teletransportación, aunque en sentido estricto se trata de una transición entre estados cuánticos y no del traslado instantáneo de una partícula clásica.

En la formulación original, tampoco se ofrece una descripción detallada del tiempo o del mecanismo interno de la transición. Esta ausencia fue una de las características más extrañas del modelo: Bohr conservó órbitas clásicas, pero las conectó mediante procesos que la mecánica clásica no podía representar.

La explicación del espectro del hidrógeno

Cuando Bohr calculó las energías permitidas del átomo de hidrógeno, obtuvo una relación dependiente del inverso del cuadrado de un número entero. Al calcular la energía liberada durante una transición y relacionarla con la frecuencia del fotón, consiguió deducir matemáticamente la fórmula espectral asociada con Rydberg.

Por primera vez, las regularidades de Balmer y Rydberg dejaron de ser simples coincidencias numéricas. Los números enteros representaban niveles energéticos permitidos. Las líneas de Balmer correspondían a transiciones en las que el electrón terminaba en el nivel n = 2, mientras que otras series podían interpretarse mediante transiciones hacia distintos niveles finales.

El modelo también permitió calcular correctamente el radio del átomo de hidrógeno, su energía de ionización y la constante de Rydberg con base en constantes físicas conocidas. Este éxito fue extraordinario, porque conectaba la espectroscopía con una estructura concreta del átomo. Bohr había convertido una fórmula empírica en una consecuencia de un modelo físico.

Un modelo clásico y cuántico a la vez

El modelo de Bohr ocupa una posición intermedia en la historia de la física. No es enteramente clásico porque introduce valores discretos, estados estacionarios y saltos cuánticos. Tampoco es una teoría cuántica moderna, porque conserva electrones como partículas localizadas que siguen órbitas circulares definidas.

Su estructura puede entenderse como una combinación de dos lenguajes incompatibles. Para calcular el movimiento dentro de cada órbita, Bohr empleó la mecánica clásica y la fuerza electrostática. Para seleccionar las órbitas y explicar las transiciones, impuso reglas cuánticas externas. El modelo funcionaba, pero no explicaba por qué la naturaleza debía obedecer precisamente esas restricciones.

Esta combinación permitió resolver el átomo de hidrógeno sin disponer todavía de una teoría general de la materia cuántica. Fue una solución provisional, poderosa y conceptualmente audaz, construida mediante la unión de ideas que aún no formaban un sistema completamente coherente.

Limitaciones del modelo

El primer límite del modelo de Bohr es que funciona adecuadamente sobre todo para el hidrógeno y para especies con un solo electrón, como He⁺ o Li²⁺. Cuando se aplica a átomos con varios electrones, las repulsiones entre ellos hacen que las predicciones pierdan precisión.

El modelo tampoco explica correctamente las intensidades de las líneas espectrales. Puede predecir muchas de sus posiciones, pero no determina de manera general cuáles transiciones serán más probables ni cuánta intensidad tendrá cada línea.

Además, las líneas espectrales que parecían simples se dividían al examinarse con instrumentos de mayor resolución. Esta estructura fina exigía considerar correcciones relativistas y formas orbitales más complejas. Arnold Sommerfeld amplió el modelo entre 1915 y 1916 al introducir órbitas elípticas y números cuánticos adicionales, pero estas modificaciones no resolvieron sus problemas fundamentales.

El modelo también presentaba dificultades para explicar el efecto Zeeman, producido por la acción de un campo magnético, y el efecto Stark, originado por un campo eléctrico. Tampoco incorporaba adecuadamente el espín del electrón, el principio de exclusión ni la organización electrónica completa de los elementos.

Su dificultad más profunda era conceptual. Bohr suponía que el electrón seguía una órbita definida, pero no explicaba por qué esas órbitas eran estables ni qué ocurría físicamente durante un salto. Los postulados conseguían reproducir los resultados, pero parecían reglas añadidas especialmente para impedir el colapso del átomo.

La transitoriedad del modelo

El modelo de Bohr dominó buena parte de la discusión sobre la estructura atómica durante aproximadamente una década. Desde su publicación en 1913 hasta el surgimiento de la mecánica cuántica moderna entre 1925 y 1927, fue ampliado, debatido y aplicado a numerosos problemas. No desapareció de manera repentina, pero fue reemplazado progresivamente por las teorías de Werner Heisenberg, Erwin Schrödinger, Max Born, Wolfgang Pauli y otros físicos.

En la mecánica cuántica moderna, los electrones ya no se describen mediante órbitas circulares con posiciones y trayectorias definidas. Se representan mediante estados cuánticos y funciones matemáticas que permiten calcular probabilidades. La idea de órbita fue sustituida por la de orbital, que no representa un camino recorrido, sino una distribución relacionada con la probabilidad de encontrar al electrón.

Aunque su vigencia como teoría fundamental fue relativamente breve, el modelo de Bohr tuvo una influencia enorme. Introdujo de forma convincente la cuantización dentro de la estructura atómica, explicó el espectro del hidrógeno y sirvió como puente entre la física clásica y la mecánica cuántica.

El prestigio de Niels Bohr

El éxito del modelo convirtió rápidamente a Niels Bohr en una de las figuras centrales de la física del siglo XX. En 1922 recibió el Premio Nobel de Física por sus investigaciones sobre la estructura de los átomos y la radiación emitida por ellos. (NobelPrize.org)

Su prestigio le permitió consolidar en Copenhague uno de los centros intelectuales más importantes para el desarrollo de la teoría cuántica. Científicos jóvenes de numerosos países acudieron allí para discutir los problemas de la nueva física. Aunque su modelo de 1913 fue superado, Bohr continuó participando activamente en la construcción e interpretación de la mecánica cuántica.

El modelo atómico de Bohr debe entenderse, por tanto, como una teoría transitoria, pero no como un fracaso. Su valor histórico reside precisamente en haber mostrado que las reglas clásicas no podían aplicarse sin modificaciones al interior del átomo. Al relacionar los niveles energéticos con las líneas espectrales, Bohr abrió un camino que transformó nuestra comprensión de la materia.

Sus órbitas circulares ya no forman parte de la descripción cuántica actual, pero los niveles de energía, los números cuánticos y las transiciones electrónicas continúan siendo conceptos esenciales. El modelo fue una escalera que la ciencia necesitó para alcanzar una teoría más profunda: una vez utilizada, algunas de sus partes pudieron abandonarse, pero sin ella habría sido mucho más difícil llegar a la mecánica cuántica moderna.

Referencias

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Bohr, N. (1913b). On the constitution of atoms and molecules. Part II: Systems containing only a single nucleus. The London, Edinburgh, and Dublin Philosophical Magazine and Journal of Science, 26(153), 476–502. https://doi.org/10.1080/14786441308634993

Bohr, N. (1913c). On the constitution of atoms and molecules. Part III: Systems containing several nuclei. The London, Edinburgh, and Dublin Philosophical Magazine and Journal of Science, 26(155), 857–875. https://doi.org/10.1080/14786441308635031

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Pais, A. (1991). Niels Bohr’s times: In physics, philosophy, and polity. Oxford University Press.

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Rydberg, J. R. (1890). Recherches sur la constitution des spectres d’émission des éléments chimiques. Kungliga Svenska Vetenskapsakademiens Handlingar, 23(11), 1–177.

Sommerfeld, A. (1916). Zur Quantentheorie der Spektrallinien. Annalen der Physik, 356(17), 1–94. https://doi.org/10.1002/andp.19163561702.




























lunes, 13 de julio de 2026

El átomo de Rutherford

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La radioactividad es el fenómeno mediante el cual ciertos núcleos atómicos inestables se transforman espontáneamente y emiten radiación en forma de partículas o energía electromagnética. A diferencia de una reacción química, que reorganiza los electrones externos sin alterar la identidad esencial de los elementos, una desintegración radiactiva modifica directamente el núcleo y puede convertir un elemento en otro. Este proceso ocurre de manera espontánea y no necesita calentamiento, iluminación ni intervención externa. Su velocidad se caracteriza mediante la actividad radiactiva y la vida media, parámetros que permiten describir cuántos núcleos se desintegran y cuánto tarda una muestra en perder parte de su actividad.

Figura 1. [Maria Skłodowska Curie] fue una física y química polaca-francesa, pionera en el estudio de la radioactividad. Descubrió el polonio y el radio, acuñó el término radioactividad y desarrolló aplicaciones médicas de los rayos X. Fue la primera persona en recibir dos Premios Nobel en disciplinas científicas diferentes.

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Figura 2. [Ernest Rutherford] fue un físico y químico neozelandés considerado el padre de la física nuclear. Clasificó las radiaciones alfa y beta, propuso el modelo nuclear del átomo tras el experimento de la lámina de oro y recibió el Premio Nobel de Química en 1908. Sus investigaciones transformaron la comprensión de la materia.

La radiación

El descubrimiento comenzó en 1896, cuando Henri Becquerel estudiaba sales de uranio inspirado por el reciente hallazgo de los rayos X. Becquerel esperaba que la luz solar activara la emisión de radiación, pero observó que las sales de uranio oscurecían placas fotográficas incluso cuando permanecían guardadas en la oscuridad. Esto demostró que la radiación no dependía de una fuente externa, sino que procedía espontáneamente del propio material. Poco después, Maria Skłodowska Curie denominó este fenómeno radioactividad y, junto con Pierre Curie, descubrió que minerales como la pechblenda presentaban una actividad mayor que la del uranio puro. Esta observación condujo al descubrimiento del polonio y el radio, elementos intensamente radiactivos.

El estudio de la radioactividad abrió dos caminos que transformaron el modelo atómico. El primero se concentró en los electrones, especialmente a partir de los experimentos con rayos catódicos, la carga eléctrica y la interacción entre materia y luz. Esta ruta conduciría al descubrimiento del electrón, la cuantización de la energía, los espectros atómicos y la configuración electrónica. El segundo camino se concentró en el núcleo, porque las emisiones radiactivas revelaban que dentro del átomo existía una región capaz de liberar partículas y enormes cantidades de energía. Desde entonces, el átomo dejó de considerarse una esfera indivisible y comenzó a entenderse como un sistema compuesto por una corteza electrónica y un núcleo central.

Figura 3.  La [dispersión Rutherford-Villard] permitió distinguir tres emisiones radiactivas mediante placas eléctricas: la radiación beta, negativa y muy desviable; la alfa, positiva y menos desviable; y la gamma, sin carga y rectilínea. Esta clasificación reveló diferencias de masa, carga y penetración, impulsando el estudio del núcleo atómico.

La dispersión Rutherford-Villard

Un paso decisivo fue la clasificación de las emisiones realizada por Ernest Rutherford. Al hacer pasar la radiación por campos eléctricos y magnéticos, observó que una parte se desviaba en un sentido y otra en el sentido contrario. Llamó radiación alfa a la emisión positiva, pesada y poco penetrante, y radiación beta a la emisión negativa, ligera y mucho más desviable. Posteriormente se comprendió que las partículas alfa son núcleos de helio y que las partículas beta corresponden, en muchos casos, a electrones emitidos desde el núcleo. Esta separación mediante campos permitió reconocer que la radioactividad no era una radiación única, sino una mezcla de emisiones con distinta masa, carga, penetración y comportamiento físico.

En 1900, Paul Villard identificó una tercera radiación extraordinariamente penetrante que no se desviaba mediante campos eléctricos o magnéticos. Rutherford la denominó posteriormente radiación gamma. A diferencia de las emisiones alfa y beta, los rayos gamma no poseen carga eléctrica ni masa en reposo, pues consisten en radiación electromagnética de altísima energía. Así, la clasificación Rutherford-Villard estableció tres grandes familias: alfa, beta y gamma. La radiación alfa presenta gran capacidad de ionización, pero recorre distancias cortas; la beta posee penetración intermedia; y la gamma atraviesa materiales con mayor facilidad, aunque puede atenuarse mediante capas densas de plomo, acero u hormigón. Esta clasificación fue esencial para estudiar experimentalmente el interior del átomo.

La importancia de la llamada dispersión Rutherford-Villard radica en que permitió utilizar las radiaciones como sondas de la estructura atómica. La desviación de partículas cargadas revelaba su relación entre carga y masa, mientras que su capacidad de penetración permitía inferir cómo interactuaban con la materia. Las partículas alfa, por ser relativamente masivas y positivas, resultaron especialmente útiles en el célebre experimento de la lámina de oro.

Figura 4. El [experimento de la lámina de oro] mostró que la mayoría de las partículas alfa atraviesan el átomo, algunas se desvían y muy pocas rebotan. Rutherford concluyó que casi toda la masa y la carga positiva se concentran en un núcleo pequeño y denso, estableciendo el modelo nuclear del átomo.

El modelo atómico nuclear

La clasificación de las radiaciones alfa, beta y gamma proporcionó una herramienta extraordinaria para explorar el interior del átomo. Entre todas ellas, las partículas alfa resultaban especialmente útiles porque poseían una gran masa, carga positiva y una elevada energía cinética. Ernest Rutherford comprendió que estas partículas podían emplearse como pequeñas "sondas" capaces de revelar cómo se distribuía la carga eléctrica dentro del átomo. Con este propósito, entre 1908 y 1911, bajo la dirección de Ernest Rutherford, sus colaboradores Hans Geiger y Ernest Marsden realizaron una serie de experimentos que pasarían a la historia como los experimentos de Geiger-Marsden o experimentos de la lámina de oro. Su objetivo era poner a prueba el entonces aceptado modelo atómico de Thomson, según el cual el átomo era una esfera de carga positiva difusa en cuyo interior se encontraban incrustados los electrones, semejantes a pasas dentro de un pastel.

El montaje experimental era aparentemente sencillo. Una fuente radiactiva emitía partículas alfa que eran colimadas mediante una pequeña abertura para formar un haz estrecho y bien definido. Este haz incidía sobre una lámina extremadamente delgada de oro, elegida porque podía fabricarse con apenas unos cientos de átomos de espesor sin romperse. Alrededor de la lámina se colocaba una pantalla recubierta con sulfuro de zinc, material que emitía pequeños destellos de luz cuando era impactado por una partícula alfa. Observando cuidadosamente estos destellos era posible determinar el ángulo con el que cada partícula abandonaba la lámina. Según el modelo de Thomson, las partículas alfa, mucho más pesadas que los electrones y sometidas únicamente a una carga positiva distribuida de manera uniforme, debían atravesar la lámina prácticamente en línea recta, experimentando apenas ligerísimas desviaciones.

Los resultados fueron sorprendentes. La inmensa mayoría de las partículas alfa atravesaba la lámina sin desviarse, confirmando que el átomo está formado casi por completo por espacio vacío. Sin embargo, una pequeña fracción sufría desviaciones importantes y, de manera aún más inesperada, unas pocas partículas rebotaban casi 180°, regresando hacia la fuente emisora. Rutherford expresó su asombro comparando el fenómeno con disparar un proyectil de gran calibre contra un pañuelo de papel y que este rebotara hacia el tirador. Aunque estadísticamente era un evento muy raro, resultaba imposible explicarlo mediante el modelo de Thomson. La única interpretación razonable era que prácticamente toda la masa y toda la carga positiva del átomo se encontraban concentradas en una región central extremadamente pequeña y muy densa.

De esta manera nació el modelo atómico nuclear de Rutherford. El átomo dejó de concebirse como una esfera maciza de carga positiva para convertirse en un sistema formado por un diminuto núcleo positivo, donde se concentra casi toda la masa, rodeado por una amplia región prácticamente vacía ocupada por los electrones. El núcleo representa solo una fracción diminuta del volumen total del átomo, pero contiene la mayor parte de su masa. Esta nueva visión transformó completamente la física y la química, proporcionando el fundamento para comprender la radioactividad, las reacciones nucleares, la existencia de los isótopos y, posteriormente, el desarrollo de la teoría cuántica. El experimento de la lámina de oro se convirtió así en uno de los experimentos más influyentes de toda la historia de la ciencia, pues marcó el nacimiento de la física nuclear moderna y del concepto de átomo moderno que continúa siendo la base de nuestro conocimiento actual.

Figura 5. El [modelo atómico de Rutherford]estableció que el átomo posee un núcleo pequeño, denso y positivo rodeado por electrones. Explicó el experimento de la lámina de oro, pero presentó un problema: según la física clásica, los electrones deberían emitir radiación continuamente, perder energía y hacer inestable al átomo, contradiciendo las observaciones.

Límites del modelo atómico nuclear

El modelo atómico nuclear de Rutherford representó un avance extraordinario en la historia de la ciencia, pero también fue una teoría transitoria. Aunque explicó correctamente que casi toda la masa y la carga positiva del átomo se concentran en un pequeño núcleo, todavía dejaba numerosas preguntas sin respuesta. En particular, Rutherford sabía que la masa del núcleo era mayor que la que podía justificarse únicamente con las cargas positivas que contenía. En aquella época aún no se conocía la verdadera estructura interna del núcleo ni la existencia de los neutrones, por lo que este problema permaneció sin resolver durante varios años. Como ya estudiamos en la unidad de Introducción a la Química, el descubrimiento posterior de los protones y neutrones permitió comprender la composición nuclear y constituyó la base para conceptos tan importantes como la masa molar y la existencia de los isótopos.

Sin embargo, el mayor desafío del modelo de Rutherford no se encontraba en el núcleo, sino en los electrones. Rutherford los imaginó como partículas clásicas que orbitaban alrededor del núcleo de manera semejante a los planetas alrededor del Sol. Este modelo parecía razonable desde el punto de vista mecánico, pero entraba en conflicto con el electromagnetismo clásico. Una carga eléctrica acelerada, como un electrón que describe una trayectoria circular, debe emitir continuamente radiación electromagnética. Al perder energía de forma constante, el electrón debería disminuir progresivamente el radio de su órbita hasta precipitarse sobre el núcleo en una fracción extremadamente pequeña de tiempo. En consecuencia, los átomos serían inherentemente inestables, algo que contradice por completo la realidad.

Además, este modelo predecía que la energía emitida durante la caída del electrón sería continua, produciendo un espectro continuo de radiación. Sin embargo, los experimentos mostraban exactamente lo contrario: los átomos emiten y absorben únicamente determinadas longitudes de onda, formando espectros discretos compuestos por líneas bien definidas. Esta discrepancia marcó el fracaso del modelo clásico y abrió el camino hacia una nueva descripción de la materia basada en la teoría cuántica. Pero antes de comprender cómo los electrones ocupan niveles de energía cuantizados, primero debemos responder una pregunta fundamental: ¿qué es la luz y qué es un espectro? Esa será precisamente la siguiente lección.

Referencias

Becquerel, H. (1896). Sur les radiations émises par phosphorescence. Comptes Rendus de l'Académie des Sciences, 122, 420–421.

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Geiger, H., & Marsden, E. (1909). On a diffuse reflection of the α-particles. Proceedings of the Royal Society A, 82(557), 495–500. https://doi.org/10.1098/rspa.1909.0054

Kragh, H. (2012). Niels Bohr and the quantum atom: The Bohr model of atomic structure 1913–1925. Oxford University Press.

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Rutherford, E. (1913). Radioactive substances and their radiations. Cambridge University Press.

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Además, para un libro de bachillerato resulta recomendable complementar las fuentes históricas con textos modernos:

Atkins, P., & Jones, L. (2023). Principios de química: Los caminos del descubrimiento (8.ª ed.). Editorial Médica Panamericana.

Brown, T. L., LeMay, H. E., Bursten, B. E., Murphy, C., Woodward, P., & Stoltzfus, M. (2024). Química: La ciencia central (15.ª ed.). Pearson.

Chang, R., & Goldsby, K. A. (2023). Química (14.ª ed.). McGraw-Hill.

Petrucci, R. H., Herring, F. G., Madura, J. D., & Bissonnette, C. (2021). Química general: Principios y aplicaciones modernas (12.ª ed.). Pearson.