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miércoles, 22 de julio de 2026

El átomo de Bohr

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El modelo atómico de Bohr es una representación fisicomatemática del átomo propuesta en 1913 por el físico danés Niels Bohr. Este modelo describe el átomo como un núcleo central positivo, alrededor del cual los electrones pueden ocupar únicamente ciertas órbitas permitidas, cada una asociada con un valor definido de energía. Mientras un electrón permanece en una de estas órbitas, no absorbe ni emite radiación; la luz aparece solamente cuando el electrón cambia de un estado energético a otro.

Un dibujo de un hombre con un traje de color negro

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Figura 1. [Niels Bohr] desarrolló el modelo atómico que introdujo niveles de energía cuantizados para explicar los espectros del hidrógeno. Su trabajo impulsó el nacimiento de la mecánica cuántica y el principio de complementariedad. Recibió el Premio Nobel de Física en 1922 y se convirtió en una de las figuras más influyentes de la física moderna.

Figura 2. [Hertha Sponer] fue una física alemana especializada en espectroscopia molecular. Sus investigaciones ayudaron a comprender la estructura y los niveles de energía de las moléculas. Desarrolló el método de Birge-Sponer para estimar energías de disociación molecular y promovió la aplicación de la mecánica cuántica a la química, convirtiéndose en una pionera de la física molecular.

Superficialmente, el modelo de Bohr parece muy semejante al modelo nuclear de Rutherford. En ambos suelen dibujarse electrones como pequeñas esferas que giran alrededor de un núcleo, de manera parecida a los planetas alrededor del Sol. Sin embargo, esta semejanza pertenece principalmente a las ilustraciones. Los dibujos atómicos son apenas iconos didácticos que intentan representar lo que realmente son modelos físicos y matemáticos. El modelo de Bohr no debe entenderse solamente como una imagen planetaria, sino como un conjunto de postulados, relaciones algebraicas y restricciones aplicadas al movimiento del electrón.

En el modelo de Rutherford, el electrón podía moverse, en principio, a cualquier distancia del núcleo y poseer cualquier valor de energía. En el modelo de Bohr, por el contrario, únicamente se permiten determinados radios, velocidades y energías. El electrón se mueve clásicamente mientras permanece en una de sus órbitas circulares permitidas, pero no puede ocupar posiciones energéticas intermedias entre ellas. Cuando cambia de nivel, realiza un salto cuántico sin recorrer una trayectoria clásica continua entre la órbita inicial y la final.

Por esta razón, no sería exacto afirmar que los electrones del modelo de Bohr permanecen inmóviles. Dentro de cada órbita permitida se supone que realizan un movimiento circular uniforme. Lo verdaderamente novedoso ocurre durante la transición: el modelo no describe un desplazamiento gradual a través del espacio situado entre dos órbitas. El electrón desaparece de un estado y aparece en otro, de una forma que, desde la intuición cotidiana, puede compararse con una especie de teletransportación cuántica. Esta comparación resulta útil como imagen didáctica, aunque no debe confundirse con la teletransportación de objetos macroscópicos.

El problema heredado de Rutherford

El modelo nuclear de Rutherford había explicado los resultados del experimento de la lámina de oro al establecer que casi toda la masa y la carga positiva del átomo estaban concentradas en un núcleo diminuto. Sin embargo, no podía explicar la estabilidad de los electrones. Según el electromagnetismo clásico, toda carga eléctrica acelerada debe emitir radiación. Como un electrón que describe una órbita circular cambia constantemente de dirección, se encuentra acelerado y debería perder energía de manera continua.

Al perder energía, el electrón tendría que describir una espiral cada vez más pequeña hasta precipitarse sobre el núcleo. El átomo sería, por tanto, inherentemente inestable. Además, durante su caída el electrón emitiría radiación con una sucesión continua de frecuencias, produciendo un espectro continuo. Ninguna de estas predicciones coincidía con las observaciones: los átomos eran estables y los gases excitados producían espectros formados por líneas discretas.

Figura 3. [Modelo atómico de Bohr] los electrones ocupan niveles de energía cuantizados alrededor del núcleo. Al absorber energía saltan a niveles superiores; al regresar, emiten un fotón. Estas transiciones producen líneas específicas en el espectro de emisión del hidrógeno, demostrando que la energía electrónica no cambia de manera continua, sino discreta.

 

El modelo de Rutherford había revelado dónde se encontraba la carga positiva, pero no explicaba cómo podían organizarse los electrones ni por qué emitían solamente determinados colores. Para resolver estas dificultades se necesitaba combinar el átomo nuclear con las nuevas ideas sobre la cuantización de la energía.

Figura 4. [Colapso electrónico: la rotación y el color]: un electrón en movimiento circular posee aceleración porque cambia de dirección. Al ser una carga acelerada, debería emitir radiación electromagnética continua, perder energía y acercarse en espiral al núcleo. Esta predicción contradice la estabilidad atómica y motivó el surgimiento de la teoría cuántica moderna para describir niveles energéticos discretos estables.

Las líneas espectrales del hidrógeno

Durante el siglo XIX, los científicos descubrieron que cada elemento gaseoso producía un patrón particular de líneas luminosas cuando era excitado mediante calor o electricidad. El hidrógeno, el elemento más sencillo, mostraba varias líneas visibles claramente diferenciadas. Estas líneas no se distribuían al azar, sino que parecían seguir una regularidad matemática.

En 1885, el matemático suizo Johann Jakob Balmer encontró una expresión empírica capaz de reproducir las longitudes de onda de las líneas visibles del hidrógeno. Balmer no propuso una estructura atómica que explicara su fórmula; simplemente identificó una relación numérica extraordinariamente precisa entre los datos experimentales. Su trabajo mostró que detrás del espectro del hidrógeno existía un orden matemático que todavía no podía interpretarse físicamente. (LeMoyne College)

Pocos años después, el físico sueco Johannes Rydberg generalizó este tipo de relaciones mediante una fórmula que permitía organizar diferentes series espectrales. En su forma moderna, la expresión relaciona el inverso de la longitud de onda con la diferencia entre los inversos de dos números enteros elevados al cuadrado. Los números enteros aparecían una y otra vez en los espectros, pero antes de Bohr nadie sabía qué realidad física representaban. (Semantic Scholar)

Figura 5. [Picos del espectro de cuerpo negro]. Según la ley de Wien, al aumentar T, λₘₐₓ se desplaza hacia longitudes de onda menores. Los cuerpos fríos emiten principalmente infrarrojo; los muy calientes emiten más luz visible y tienden al azul. La ley de Planck explica correctamente estas curvas mediante energía cuantizada en intercambios discretos.

Figura 6. [Cuerpo próximo al cuerpo negro] La figura muestra una cavidad con un pequeño orificio que se aproxima a un cuerpo negro. La radiación que entra experimenta múltiples reflexiones y es casi totalmente absorbida por paredes oscuras y rugosas. Al calentar la cavidad, el orificio emite radiación térmica con un espectro continuo determinado principalmente por la temperatura. Este montaje permite estudiar emisión, absorción, radiancia espectral y equilibrio térmico experimental.

Las fórmulas de Balmer y Rydberg describían correctamente los resultados, pero carecían de una explicación mecánica. Era como poseer la respuesta matemática sin comprender el problema que la producía. La gran contribución de Bohr consistió en demostrar que esos números enteros podían interpretarse como estados permitidos del electrón dentro del átomo de hidrógeno.

La radiación de cuerpo negro y la cuantización

Otro antecedente decisivo surgió del estudio de la radiación de cuerpo negro, es decir, la radiación emitida por un objeto ideal capaz de absorber toda la energía electromagnética que recibe. Los modelos clásicos describían razonablemente la radiación de frecuencias bajas, pero predecían una emisión ilimitada de energía en la región ultravioleta. Este resultado absurdo fue conocido como la catástrofe ultravioleta.

En 1900, Max Planck consiguió reproducir los resultados experimentales suponiendo que la materia no emitía ni absorbía energía de cualquier magnitud, sino en cantidades discretas llamadas cuantos. La energía de cada cuanto era directamente proporcional a la frecuencia de la radiación: E = hf.

En esta relación, E representa la energía, f la frecuencia y h la constante de Planck. La propuesta rompía con la física clásica, en la cual la energía podía variar continuamente. Planck había introducido una discontinuidad fundamental: determinados intercambios energéticos solo podían ocurrir en paquetes completos.

El efecto fotoeléctrico

En 1905, Albert Einstein extendió la idea de Planck para explicar el efecto fotoeléctrico, fenómeno en el que la luz puede expulsar electrones de una superficie metálica. Los experimentos mostraban que la emisión de electrones dependía principalmente de la frecuencia de la luz y no solamente de su intensidad. Por debajo de cierta frecuencia mínima, ningún electrón era liberado, aunque la iluminación fuera muy intensa.

Einstein propuso que la propia luz estaba formada por cuantos de energía, posteriormente llamados fotones. Cada fotón transportaba una energía determinada por su frecuencia. Un fotón podía entregar esa energía a un electrón y expulsarlo del metal, siempre que superara la energía necesaria para liberarlo. Aumentar la intensidad incrementaba el número de fotones, mientras que aumentar la frecuencia elevaba la energía individual de cada uno.

Figura 7. [Efecto fotoeléctrico: luz, electrones y energía]. El efecto fotoeléctrico ocurre cuando luz de frecuencia suficiente libera electrones de un metal. La frecuencia umbral determina si hay emisión; aumentar la intensidad produce más electrones solo después de superarla. Una frecuencia mayor entrega fotones más energéticos y aumenta la energía cinética. El fenómeno confirmó la cuantización de la energía y fundamentó explicación cuántica de Einstein sobre la luz.

La explicación del efecto fotoeléctrico reforzó la idea de que la energía se intercambiaba de manera discontinua. Bohr aplicó este principio al átomo: si la luz era emitida o absorbida en paquetes discretos, quizá los electrones también podían poseer únicamente ciertos valores de energía.

La respuesta de Bohr

En 1913, Niels Bohr publicó la primera parte de su trabajo Sobre la constitución de átomos y moléculas. Allí combinó el núcleo de Rutherford, la mecánica clásica, la fuerza electrostática y la hipótesis cuántica de Planck para construir un modelo matemático del átomo de hidrógeno. (uni-tuebingen.de)

Bohr comenzó imaginando un electrón de carga negativa atraído por un núcleo positivo. Desde el punto de vista mecánico, esta atracción electrostática proporciona la fuerza necesaria para mantener al electrón en una órbita circular. Por tanto, una parte del modelo se basa en el movimiento circular uniforme, semejante al que aparece en la mecánica de Newton.

Sin embargo, Bohr introdujo una restricción que no procedía de la física clásica: el electrón no podía moverse en cualquier órbita. Solo eran posibles aquellas en las que su momento angular tomaba determinados valores discretos. Esta condición puede expresarse como: m v r = n ℏ

Aquí, m representa la masa del electrón, v su velocidad, r el radio de la órbita, n un número entero positivo y la constante reducida de Planck. El número n pasó a denominarse posteriormente número cuántico principal.

La aparición de un número entero significaba que no existía una sucesión continua de órbitas posibles. El electrón podía ocupar la primera, la segunda, la tercera o una órbita superior, pero no podía permanecer entre dos de ellas. Cada órbita estaba asociada con un radio definido y una energía específica.

Los estados estacionarios

Bohr denominó estados estacionarios a las órbitas permitidas. Mientras el electrón permanecía en una de ellas, no emitía radiación, aunque se encontrara acelerado por su movimiento circular. Este postulado contradecía directamente el electromagnetismo clásico, pero era necesario para explicar la estabilidad del átomo.

La palabra estacionario puede producir confusión. No significa que el electrón esté quieto, sino que el estado conserva una energía constante. El electrón continúa moviéndose alrededor del núcleo según la mecánica empleada por Bohr, pero su movimiento no provoca una pérdida continua de energía. De este modo, el átomo puede permanecer estable indefinidamente.

El estado con menor energía corresponde a n = 1 y recibe el nombre de estado fundamental. Los estados con valores superiores de n poseen mayor energía y se denominan estados excitados. Cuanto mayor sea el número cuántico principal, mayor será el radio permitido y menor será la intensidad con la que el electrón permanece ligado al núcleo.

Los saltos cuánticos

El electrón puede cambiar de un estado estacionario a otro mediante un salto cuántico. Si absorbe una cantidad adecuada de energía, pasa desde un nivel inferior hasta uno superior. Si desciende desde un nivel superior hasta uno inferior, emite un fotón cuya energía coincide exactamente con la diferencia entre ambos estados: ΔE = E – Eo = h f

Figura 8. [El salto cuántico] describe el cambio discontinuo de un electrón entre estados permitidos. No sigue una trayectoria clásica intermedia: cambia del estado inicial al final al absorber o emitir un fotón. Estas transiciones explican los espectros de líneas atómicos. En sistemas grandes, la interacción ambiental produce decoherencia cuántica, haciendo que el comportamiento parezca continuo y clásico para nuestra experiencia cotidiana macroscópica.

La frecuencia de la luz emitida o absorbida no puede tomar cualquier valor, porque depende de la diferencia entre dos energías permitidas. Esta fue la clave para explicar los espectros discontinuos. Cada línea espectral corresponde a una transición particular entre dos estados energéticos.

Figura 9. [Niveles de energía del átomo de hidrógeno en el modelo de Bohr]. El modelo de Bohr indica que el electrón del hidrógeno solo ocupa niveles de energía definidos. n = 1 es el estado basal; n ≥ 2 corresponde a estados excitados. Los cambios entre niveles ocurren mediante absorción o emisión de fotones. Cuando n tiende a ∞, ocurre la ionización y el electrón queda libre. Estas transiciones explican las líneas espectrales observadas.

Durante el salto, el modelo de Bohr no ofrece una trayectoria intermedia. No describe al electrón alejándose gradualmente del núcleo ni atravesando todas las posiciones comprendidas entre dos órbitas. Solamente establece un estado inicial y un estado final. Por eso el salto puede compararse didácticamente con una teletransportación, aunque en sentido estricto se trata de una transición entre estados cuánticos y no del traslado instantáneo de una partícula clásica.

En la formulación original, tampoco se ofrece una descripción detallada del tiempo o del mecanismo interno de la transición. Esta ausencia fue una de las características más extrañas del modelo: Bohr conservó órbitas clásicas, pero las conectó mediante procesos que la mecánica clásica no podía representar.

La explicación del espectro del hidrógeno

Cuando Bohr calculó las energías permitidas del átomo de hidrógeno, obtuvo una relación dependiente del inverso del cuadrado de un número entero. Al calcular la energía liberada durante una transición y relacionarla con la frecuencia del fotón, consiguió deducir matemáticamente la fórmula espectral asociada con Rydberg.

Por primera vez, las regularidades de Balmer y Rydberg dejaron de ser simples coincidencias numéricas. Los números enteros representaban niveles energéticos permitidos. Las líneas de Balmer correspondían a transiciones en las que el electrón terminaba en el nivel n = 2, mientras que otras series podían interpretarse mediante transiciones hacia distintos niveles finales.

El modelo también permitió calcular correctamente el radio del átomo de hidrógeno, su energía de ionización y la constante de Rydberg con base en constantes físicas conocidas. Este éxito fue extraordinario, porque conectaba la espectroscopía con una estructura concreta del átomo. Bohr había convertido una fórmula empírica en una consecuencia de un modelo físico.

Un modelo clásico y cuántico a la vez

El modelo de Bohr ocupa una posición intermedia en la historia de la física. No es enteramente clásico porque introduce valores discretos, estados estacionarios y saltos cuánticos. Tampoco es una teoría cuántica moderna, porque conserva electrones como partículas localizadas que siguen órbitas circulares definidas.

Su estructura puede entenderse como una combinación de dos lenguajes incompatibles. Para calcular el movimiento dentro de cada órbita, Bohr empleó la mecánica clásica y la fuerza electrostática. Para seleccionar las órbitas y explicar las transiciones, impuso reglas cuánticas externas. El modelo funcionaba, pero no explicaba por qué la naturaleza debía obedecer precisamente esas restricciones.

Esta combinación permitió resolver el átomo de hidrógeno sin disponer todavía de una teoría general de la materia cuántica. Fue una solución provisional, poderosa y conceptualmente audaz, construida mediante la unión de ideas que aún no formaban un sistema completamente coherente.

Limitaciones del modelo

El primer límite del modelo de Bohr es que funciona adecuadamente sobre todo para el hidrógeno y para especies con un solo electrón, como He⁺ o Li²⁺. Cuando se aplica a átomos con varios electrones, las repulsiones entre ellos hacen que las predicciones pierdan precisión.

El modelo tampoco explica correctamente las intensidades de las líneas espectrales. Puede predecir muchas de sus posiciones, pero no determina de manera general cuáles transiciones serán más probables ni cuánta intensidad tendrá cada línea.

Además, las líneas espectrales que parecían simples se dividían al examinarse con instrumentos de mayor resolución. Esta estructura fina exigía considerar correcciones relativistas y formas orbitales más complejas. Arnold Sommerfeld amplió el modelo entre 1915 y 1916 al introducir órbitas elípticas y números cuánticos adicionales, pero estas modificaciones no resolvieron sus problemas fundamentales.

El modelo también presentaba dificultades para explicar el efecto Zeeman, producido por la acción de un campo magnético, y el efecto Stark, originado por un campo eléctrico. Tampoco incorporaba adecuadamente el espín del electrón, el principio de exclusión ni la organización electrónica completa de los elementos.

Su dificultad más profunda era conceptual. Bohr suponía que el electrón seguía una órbita definida, pero no explicaba por qué esas órbitas eran estables ni qué ocurría físicamente durante un salto. Los postulados conseguían reproducir los resultados, pero parecían reglas añadidas especialmente para impedir el colapso del átomo.

La transitoriedad del modelo

El modelo de Bohr dominó buena parte de la discusión sobre la estructura atómica durante aproximadamente una década. Desde su publicación en 1913 hasta el surgimiento de la mecánica cuántica moderna entre 1925 y 1927, fue ampliado, debatido y aplicado a numerosos problemas. No desapareció de manera repentina, pero fue reemplazado progresivamente por las teorías de Werner Heisenberg, Erwin Schrödinger, Max Born, Wolfgang Pauli y otros físicos.

En la mecánica cuántica moderna, los electrones ya no se describen mediante órbitas circulares con posiciones y trayectorias definidas. Se representan mediante estados cuánticos y funciones matemáticas que permiten calcular probabilidades. La idea de órbita fue sustituida por la de orbital, que no representa un camino recorrido, sino una distribución relacionada con la probabilidad de encontrar al electrón.

Aunque su vigencia como teoría fundamental fue relativamente breve, el modelo de Bohr tuvo una influencia enorme. Introdujo de forma convincente la cuantización dentro de la estructura atómica, explicó el espectro del hidrógeno y sirvió como puente entre la física clásica y la mecánica cuántica.

El prestigio de Niels Bohr

El éxito del modelo convirtió rápidamente a Niels Bohr en una de las figuras centrales de la física del siglo XX. En 1922 recibió el Premio Nobel de Física por sus investigaciones sobre la estructura de los átomos y la radiación emitida por ellos. (NobelPrize.org)

Su prestigio le permitió consolidar en Copenhague uno de los centros intelectuales más importantes para el desarrollo de la teoría cuántica. Científicos jóvenes de numerosos países acudieron allí para discutir los problemas de la nueva física. Aunque su modelo de 1913 fue superado, Bohr continuó participando activamente en la construcción e interpretación de la mecánica cuántica.

El modelo atómico de Bohr debe entenderse, por tanto, como una teoría transitoria, pero no como un fracaso. Su valor histórico reside precisamente en haber mostrado que las reglas clásicas no podían aplicarse sin modificaciones al interior del átomo. Al relacionar los niveles energéticos con las líneas espectrales, Bohr abrió un camino que transformó nuestra comprensión de la materia.

Sus órbitas circulares ya no forman parte de la descripción cuántica actual, pero los niveles de energía, los números cuánticos y las transiciones electrónicas continúan siendo conceptos esenciales. El modelo fue una escalera que la ciencia necesitó para alcanzar una teoría más profunda: una vez utilizada, algunas de sus partes pudieron abandonarse, pero sin ella habría sido mucho más difícil llegar a la mecánica cuántica moderna.

Referencias

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Bohr, N. (1913c). On the constitution of atoms and molecules. Part III: Systems containing several nuclei. The London, Edinburgh, and Dublin Philosophical Magazine and Journal of Science, 26(155), 857–875. https://doi.org/10.1080/14786441308635031

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