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martes, 27 de enero de 2026

Los leones no son felinos

¿Has escuchado que los gatos son “grandes felinos”? Aunque suena razonable, esa afirmación es falsa desde el punto de vista científico. Decir que los leones son felinos en el mismo sentido que los gatos domésticos es parecido a decir que los seres humanos somos chimpancés calvos: compartimos similitudes y un origen común, pero no somos lo mismo. En biología, las clasificaciones no se hacen por tamaño o apariencia, sino por parentesco evolutivo, es decir, por cómo las especies están relacionadas a lo largo del tiempo.

Un dibujo de un perro y un gato

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Figura 1. Enlace a la descripción.

Los leones y los llamados felinos verdaderos comparten un ancestro común, una especie antigua que los científicos identifican como el primer félido. Observa que la terminación -ido en félido no es casual: en biología se usa para nombrar una familia biológica, un grupo amplio que reúne especies emparentadas, pero no idénticas. Así, pertenecer a la misma familia significa compartir ciertas características y un origen, no ser la misma especie. Cada una siguió su propio camino evolutivo, adaptándose a distintos ambientes y desarrollando rasgos diferentes, como el tamaño, la forma de cazar o el comportamiento.

Categorías taxonómicas

Antes de continuar, es importante aclarar algo fundamental: las categorías taxonómicas que has escuchado —como familia, género u orden— son en realidad acuerdos creados por los seres humanos para organizar la enorme diversidad de la vida, un poco como cuando ordenamos libros en estanterías o usamos índices en un cuaderno. La complejidad biológica del mundo natural casi siempre supera nuestros mejores intentos de clasificarlo. Por eso, las clasificaciones de los seres vivos forman una rama de la biología muy compleja y en constante cambio, que refleja la naturaleza de la ciencia: cuestionarse a sí misma todo el tiempo para mejorar sus explicaciones.

Figura 2. Enlace a la descripción.

Hoy en día, muchos taxónomos —es decir, biólogos especializados en clasificar organismos— prefieren usar el concepto de clado en lugar de depender tanto de categorías tradicionales. Un clado es un grupo de seres vivos que descienden de un ancestro común. Aunque sigan sonando más conocidas palabras como reino, filo, clase, orden, familia, género y especie, en el fondo todas representan clados. La idea es que cada grupo refleje un parentesco real y no solo una semejanza superficial. Por ejemplo, los tetrápodos (vertebrados con cuatro extremidades) tienen apéndices anteriores que son estructuralmente semejantes porque provienen de un mismo origen evolutivo, pero cumplen funciones distintas: manos para agarrar, patas para caminar, alas para volar o aletas para nadar. Esto muestra cómo la evolución conserva la estructura básica, aunque cambie su función con el tiempo.

Dos ramas de una familia

En el caso de los félidos —y recalcando de nuevo la terminación -ido, propia de una familia biológica—, este grupo se divide en dos grandes ramas evolutivas. Una de ellas corresponde a los panterinos, conocidos popularmente como grandes félidos, donde se incluyen animales como leones, tigres y jaguares. La otra rama agrupa a los felinos verdaderos o pequeños félidos, como el gato doméstico, los linces y los pumas. Esta división no se basa solo en el tamaño, sino en diferencias profundas en su historia evolutiva, su anatomía y su comportamiento.

Un leopardo con la boca abierta

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Figura 3. Enlace a la descripción.

Los paleontólogos estiman que estas dos ramas se separaron hace varios millones de años, cuando los primeros félidos se expandían por regiones de Eurasia. A partir de ese momento, cada linaje siguió un camino distinto: los panterinos desarrollaron características como la capacidad de rugir, mientras que los felinos verdaderos conservaron otras adaptaciones, como un maullido más agudo y una estructura diferente del hueso hioides. Esto refuerza una idea clave: aunque todos pertenezcan a la familia Felidae, no todos los félidos son “felinos” en el mismo sentido, y menos aún se puede decir que un león sea simplemente un “gato grande”.

¿Qué es un panterino?

Un panterino es un miembro de una de las dos grandes ramas evolutivas dentro de la familia Felidae. Los panterinos se distinguen de los felinos verdaderos por varias características anatómicas y evolutivas, pero la más conocida es que algunos pueden rugir, algo que los gatos domésticos no pueden hacer. Esta capacidad está relacionada con la estructura del hueso hioides y de la laringe. Los panterinos no son simplemente “gatos grandes”, sino un linaje evolutivo propio, con una historia distinta que comenzó hace millones de años, cuando sus ancestros se separaron de los de los pequeños felinos.

 Dentro de los panterinos existen dos ramas principales. La primera corresponde a los neofelisios, que incluye a las panteras nebulosas, consideradas una forma más primitiva dentro del grupo. Las especies vivas de este grupo son: Neofelis nebulosa (pantera nebulosa) y Neofelis diardi (pantera nebulosa de Sunda). La segunda rama es la de las panteras verdaderas, pertenecientes al género Panthera, e incluye a: Panthera leo (león), Panthera tigris (tigre), Panthera pardus (leopardo), Panthera onca (jaguar) y Panthera uncia (leopardo de las nieves). Todas estas especies comparten un ancestro común, pero cada una ha desarrollado adaptaciones propias según su ambiente y forma de vida.

Figura 4. Enlace a la descripción.

Figura 5. Enlace a la descripción.

Figura 6. Enlace a la descripción.

Aunque a veces parecen más “primitivos” por su gran tamaño y fuerza, esto es una idea engañosa. Los panterinos (subfamilia Pantherinae) son, en realidad, más recientes desde el punto de vista evolutivo que los felinos verdaderos o pequeños felinos. Los estudios genéticos indican que los panterinos se separaron del resto de los félidos a partir de un ancestro común hace aproximadamente 4 a 5 millones de años. Con el tiempo, este linaje se especializó en la caza de presas grandes, desarrollando cuerpos robustos, mandíbulas poderosas y adaptaciones en la laringe que, en varias especies, permiten rugir. Desde su origen en Eurasia, los panterinos se expandieron ampliamente, llegando incluso a América del Norte, donde vivieron grandes especies hoy extintas junto a las actuales.

Durante millones de años, América del Sur y Australia permanecieron aisladas de estos grandes depredadores porque quedaron separadas de los mamíferos placentarios del norte. En ese aislamiento evolucionaron otros cazadores, muy distintos pero funcionalmente parecidos. En América del Sur dominaron los marsupiales de dientes de sable, como Thylacosmilus, famoso por sus enormes colmillos curvados, y Anachlysictis, un depredador marsupial cuyos fósiles han sido hallados en Colombia. Esta situación cambió cuando se formó el Istmo de Panamá, hace unos 3 millones de años, permitiendo el llamado Gran Intercambio Biótico Americano. Entonces, panteras y otros grandes félidos placentarios, como los pumas, invadieron el sur y desplazaron progresivamente a estos antiguos cazadores marsupiales, transformando para siempre los ecosistemas del continente.

Hoy, la historia evolutiva de los grandes félidos se cruza con un desafío nuevo y urgente: el cambio climático, causado en gran parte por actividades humanas como la deforestación, el cambio en el uso del suelo, la ganadería extensiva y el uso de combustibles fósiles. En Colombia, el jaguar (Panthera onca), el mayor félido de América, depende de grandes extensiones continuas de bosque para cazar y reproducirse. Sin embargo, la tala de selvas para abrir pastizales ganaderos y cultivos fragmenta su hábitat, especialmente en regiones biogeográficas como la Amazonia, el Chocó biogeográfico y el Caribe. Al perder conectividad entre ecosistemas, los jaguares quedan aislados, aumentan los conflictos con comunidades humanas y se debilita su papel como depredadores tope, esenciales para el equilibrio ecológico.

Situaciones similares ocurren en otros continentes. En Kenia, los leones (Panthera leo) enfrentan sequías más frecuentes asociadas al cambio climático, lo que reduce las poblaciones de herbívoros de las que dependen y empuja a los leones a acercarse al ganado, generando conflictos con las personas. En el extremo opuesto del planeta, en Rusia, el tigre de Amur (Panthera tigris altaica) sufre los efectos del calentamiento global en bosques fríos, donde los cambios en la nieve, los incendios y la disponibilidad de presas alteran ecosistemas que tardaron miles de años en formarse. Estos ejemplos muestran que los panterinos no solo son el resultado de una larga historia evolutiva, sino también indicadores de la salud de los ecosistemas: cuando ellos desaparecen, el impacto se siente tanto en la naturaleza como en las comunidades humanas que dependen de ella.

Depredadores tope o ápex

Un depredador tope es aquel que se encuentra en la cima de la red alimentaria y que, por lo tanto, no tiene depredadores naturales en su ecosistema. Su importancia va mucho más allá de cazar presas: regula poblaciones y mantiene el equilibrio ecológico. Cuando un depredador tope desaparece, ocurre lo que los ecólogos llaman una cascada trófica, es decir, una cadena de cambios que se propaga por todo el ecosistema. Un ejemplo clásico es el de los lobos en Parque Nacional Yellowstone. Cuando los lobos fueron eliminados, las poblaciones de grandes herbívoros aumentaron sin control y comenzaron a sobreexplotar la vegetación, especialmente en riberas y valles.

El resultado fue sorprendente: al desaparecer árboles y arbustos, cambiaron los paisajes, se erosionaron los suelos, se alteraron los cursos de los ríos y muchas otras especies —aves, insectos y pequeños mamíferos— perdieron su hábitat. Cuando los lobos fueron reintroducidos, no solo disminuyó el número de herbívoros, sino que estos cambiaron su comportamiento, evitando permanecer demasiado tiempo en un mismo lugar. La vegetación se recuperó, los ríos estabilizaron sus cauces y el ecosistema comenzó a reorganizarse. Este caso muestra que, aunque los grandes herbívoros puedan parecernos tiernos o inofensivos, sus poblaciones también deben ser reguladas. Sin depredadores tope, incluso un paisaje completo puede transformarse radicalmente, demostrando que la naturaleza funciona como un sistema interconectado, donde cada pieza cumple un papel clave.

En el contexto colombiano, existe una sabiduría ancestral que resume muy bien esta idea: “tierra sin agua no vale”. Nuestros abuelos entendían que el valor de la tierra no depende solo de lo que se siembra en ella, sino de que el agua siga fluyendo, limpia y constante, desde las montañas hasta los valles. La eliminación de los grandes depredadores de las selvas —como el jaguar— rompe ese equilibrio. Al desaparecer el depredador tope, las poblaciones de grandes herbívoros aumentan sin control y sobreexplotan la vegetación, especialmente cerca de ríos y quebradas. Esto provoca erosión del suelo, pérdida de cobertura vegetal y el deterioro de nacimientos de agua y arroyos que son vitales para las comunidades humanas aguas abajo en Colombia.

El problema no es el animal “feroz”, sino perder su función ecológica. Matar a un jaguar solo porque da miedo puede parecer una solución inmediata, pero a largo plazo empobrece el territorio. Sin depredadores que regulen el ecosistema, la tierra pierde su capacidad de retener agua, se vuelve menos fértil y deja de prestar servicios ecosistémicos esenciales, como la regulación del clima local, la protección de los suelos y el abastecimiento hídrico. Así, proteger a los grandes depredadores no es solo una cuestión de conservar especies emblemáticas, sino de cuidar el agua, la productividad de la tierra y la vida de las personas que dependen de esos ecosistemas. La ciencia moderna confirma lo que el conocimiento tradicional ya sabía: cuidar la naturaleza es cuidarnos a nosotros mismos.

¿Qué es un felino verdadero?

Un felino verdadero es un miembro de la otra gran rama evolutiva dentro de la familia Felidae, conocida como Felinae. Este grupo incluye a la mayoría de los gatos actuales, desde el gato doméstico hasta especies silvestres como los linces, ocelotes, servales y pumas. A diferencia de los panterinos, los felinos verdaderos no pueden rugir, porque su hueso hioides está completamente osificado y su laringe es menos flexible. En su lugar, emiten otros sonidos como maullidos, ronroneos, bufidos y chillidos, lo que refleja una historia evolutiva distinta. Los felinos verdaderos no son una versión “menor” de los grandes félidos, sino un linaje propio, con una enorme diversidad de tamaños, comportamientos y estrategias de caza.

Aunque a menudo se dice que los felinos verdaderos son solo depredadores medianos o pequeños, esta idea es incompleta. Algunos miembros de este grupo han convergido evolutivamente hacia la caza de presas grandes, ocupando nichos ecológicos muy similares a los de los panterinos. El mejor ejemplo es el puma, un felino verdadero que puede cazar animales tan grandes como venados y que cumple el papel de depredador tope en amplias regiones donde no hay jaguares o leones. Esto demuestra que la diferencia entre panterinos y felinos verdaderos no está en la “importancia” ecológica, sino en su historia evolutiva y anatomía. Ambos grupos han producido cazadores altamente eficientes, adaptados a distintos ambientes, desde selvas y sabanas hasta montañas y desiertos, recordándonos que la evolución no sigue una sola forma de éxito, sino muchos caminos distintos para cumplir funciones similares.

Los felinos verdaderos se separaron de los panterinos hace aproximadamente entre 12 y 11 millones de años, cuando ambos clados aún estaban formados por animales pequeños o medianos, parecidos a gatos grandes salvajes primitivos. En ese momento no existían ni leones ni pumas poderosos: esas formas aparecieron mucho después. A partir de esa separación, la evolución siguió múltiples caminos. Algunas líneas de felinos verdaderos se mantuvieron pequeñas y ágiles; otras convergieron hacia tamaños intermedios, como los linces; algunas evolucionaron hacia grandes cazadores de presas mayores, como los pumas; y otras siguieron trayectorias muy particulares, como los guepardos, especializados en la velocidad extrema. Esto muestra que la evolución no avanza “en línea recta”, sino que explora distintas soluciones según el ambiente y el modo de vida.

Desde el punto de vista evolutivo, los felinos verdaderos (Felinae) se organizan en varios clados, es decir, ramas de un árbol evolutivo, todas descendientes de un ancestro común. Estas ramas no representan “niveles” de tamaño ni de importancia, sino trayectorias evolutivas distintas. Siguiendo el orden del árbol filogenético, uno de los primeros clados que se reconoce es el de los caracales. Este clado incluye al serval, al caracal y al gato dorado africano. Son felinos adaptados a sabanas y ambientes abiertos, con patas largas, gran capacidad de salto y una caza basada en la velocidad y la precisión.

A continuación aparece el clado de los ocelotes, un grupo muy diverso que evolucionó principalmente en América. Aquí se incluyen el gato andino, el ocelote, el margay, el gato de las pampas, el tigrillo u oncilla, el tigrillo del sur, el gato de Geoffroy y el kodkod. Este clado muestra cómo, a partir de un mismo origen, los felinos se adaptaron a selvas, bosques, montañas y matorrales, ocupando distintos nichos ecológicos como depredadores medianos altamente especializados.

Figura 7. Enlace a la descripción.

Más adelante se encuentra el clado del gato de la bahía, formado por felinos asiáticos estrechamente ligados a los bosques densos. En este grupo están el gato marmolado, el gato de la bahía de Borneo y el gato dorado asiático. Son especies poco conocidas y difíciles de observar, pero muy importantes para entender la diversidad evolutiva de los felinos en Asia.

Figura 8. Enlace a la descripción

Figura 9. Enlace a la descripción.

Luego aparece el clado de los linces, compuesto por el lince rojo, el lince canadiense, el lince euroasiático y el lince ibérico. Estos felinos se caracterizan por su adaptación a climas templados y fríos, con patas largas, orejas con penachos y un oído muy desarrollado. Evolucionaron para cazar presas medianas en ambientes boscosos y nevados, mostrando una clara especialización ecológica.

Después se reconoce el clado del puma, uno de los más llamativos, porque demuestra que los felinos verdaderos no son solo depredadores pequeños o medianos. En este clado se incluyen el guepardo, el jaguarundi y el puma. Aunque el guepardo siguió un camino evolutivo muy particular, especializado en la velocidad, el puma evolucionó hacia la caza de presas grandes, cumpliendo en muchos ecosistemas el papel de depredador tope, de forma similar a los grandes panterinos.

Finalmente, aparecen dos clados relacionados con felinos de menor tamaño. El primero es el clado del gato leopardo, que incluye al gato de Pallas, el gato manchado rojizo, el gato de cabeza plana, el gato pescador, el gato leopardo y el gato leopardo de Sunda. El último es el clado de los gatos domésticos y silvestres, donde se encuentran el gato montés africano, el gato montés europeo, el gato montés chino, el gato de la jungla, el gato de patas negras, el gato del desierto y el gato doméstico.

En conjunto, este árbol evolutivo muestra que los felinos verdaderos no forman un grupo simple ni uniforme. A partir de ancestros pequeños, la evolución produjo una gran diversidad de formas, desde pequeños cazadores especializados hasta depredadores capaces de regular ecosistemas enteros. No se trata de “gatos grandes” o “gatos pequeños”, sino de clados con historias evolutivas distintas, todos igualmente valiosos para comprender la biodiversidad.

El cambio climático, impulsado por el uso de combustibles fósiles, el incremento del CO₂ atmosférico, la deforestación, la ganadería y el cambio en el uso del suelo, está transformando profundamente los ecosistemas donde viven muchos felinos verdaderos. En Colombia, estos impactos son evidentes en regiones biogeográficas como la Amazonia, el Chocó, la Orinoquía y el Caribe, donde la pérdida y fragmentación de los bosques reducen los territorios del puma, los ocelotes y los gatos silvestres nativos. Al disminuir la cobertura vegetal y alterarse los ciclos del agua, también cambian las poblaciones de presas, lo que obliga a estos felinos a desplazarse, aislarse o entrar en conflicto con comunidades humanas. La consecuencia es doble: se debilitan funciones ecológicas esenciales, como el control de roedores y herbívoros medianos, y se afectan servicios ecosistémicos de los que dependen las personas, como la regulación hídrica y la estabilidad de los suelos.

En contraste, el gato doméstico ha seguido una trayectoria completamente distinta. Gracias a su asociación con los seres humanos, se ha expandido por casi todos los ambientes del planeta, incluso en zonas donde existen felinos silvestres nativos. Esta expansión ha tenido un alto costo ecológico, ya que el gato doméstico se ha convertido en una de las principales amenazas para la biodiversidad, especialmente para las aves cantoras y otros pequeños animales. A diferencia del puma, el ocelote o los gatos silvestres, que forman parte del equilibrio natural de sus ecosistemas, los gatos domésticos introducidos actúan como depredadores invasores, cazando incluso cuando no necesitan alimento. Esto pone en evidencia un contraste importante: mientras los felinos silvestres enfrentan el cambio climático y la pérdida de hábitat, una especie asociada al ser humano se expande a costa de muchas otras, recordándonos que la conservación también depende de cómo convivimos con los animales domésticos.

Y ¿los tigres dientes de sable?

En realidad, el tigre dientes de sable no existe… al menos no como tigre. No hubo tigres (Panthera tigris) ni panteras verdaderas que evolucionaran colmillos de sable. El nombre es un error popular que mezcla dos ideas distintas: por un lado, los tigres actuales, y por otro, varios félidos extintos que desarrollaron colmillos largos y curvados. Lo correcto no es hablar de “tigres” ni siquiera de un solo tipo de animal, sino de félidos de dientes de sable, un conjunto de linajes distintos que evolucionaron esa característica de manera independiente, en distintos momentos y lugares.

A partir de félidos primitivos como Proailurus y Pseudaelurus —formas antiguas, pequeñas y generalistas— surgieron múltiples ramas. Algunas dieron origen a los felidos modernos (Felinae y Pantherinae), pero otras evolucionaron hacia formas muy especializadas. Entre estas están los macairodontinos, los verdaderos felinos de dientes de sable, que no forman un solo grupo simple, sino varios linajes distintos. Aparecen, por ejemplo, ramas como Machairodontinae, Hyperailurictis y Smilodon o Styfelis y otros géneros cercanos, cada una con combinaciones propias de tamaño corporal, fuerza y longitud de colmillos. Algunas especies eran cazadores gigantes, otras medianas, y muchas solo se conocen por fósiles fragmentarios.

Lo importante es que este tipo de anatomía —colmillos largos, cráneos robustos, mandíbulas muy abiertas— evolucionó varias veces, no una sola. Incluso hubo otros mamíferos no felinos, como ciertos marsupiales, que desarrollaron formas sorprendentemente parecidas. Esto es un ejemplo claro de evolución convergente: linajes distintos llegan a soluciones similares cuando enfrentan problemas parecidos, como cazar presas grandes. Por eso, en lugar de decir “tigre” o incluso “felino” de dientes de sable de forma imprecisa, el término correcto y científico es félidos de dientes de sable, en plural.

En conjunto, esta historia muestra algo profundo sobre la evolución de los grandes depredadores. Los grandes félidos especializados en caza mayor no aparecieron una sola vez ni siguieron un camino lineal: han estado evolucionando de forma convergente una y otra vez. Esto hace que sus diferencias parezcan a veces casi caprichosas —colmillos largos, cuerpos más esbeltos o más robustos—, pero también explica sus similitudes. La evolución es azarosa en los detalles, pero necesaria en las funciones: a partir de ancestros intermedios relativamente pequeños, la selección natural volvió a producir, una y otra vez, grandes cazadores adaptados a dominar sus ecosistemas.

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