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jueves, 7 de mayo de 2026

Proceso digestivo en vertebrados. La garganta vertebrada

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La garganta puede definirse como la región anatómica de transición situada entre la cavidad bucal, la cavidad nasal, la laringe y el esófago, donde se cruzan estructuras relacionadas con la alimentación, la respiración, la fonación, el olfato retronasal y la comunicación con el oído medio. En el estudio del sistema digestivo suele pasarse rápidamente por esta zona, como si solo fuera un corredor hacia el esófago y el estómago, lugares donde aparentemente ocurre la “verdadera” acción digestiva. Sin embargo, esta es una visión incompleta, porque antes de que el alimento llegue al estómago debe ser orientado, impulsado y separado cuidadosamente de la vía respiratoria. La garganta no es un simple tubo de paso, sino una región de coordinación anatómica extremadamente delicada.

Esta complejidad se debe a que en la garganta interactúan el sistema digestivo y el sistema ventilatorio. El alimento debe pasar desde la boca hacia el esófago, mientras el aire debe circular desde la cavidad nasal o bucal hacia la laringe, la tráquea y los pulmones. En los vertebrados pulmonados, esta convivencia genera riesgos evidentes: cualquiera que se haya atorado con comida ha experimentado las consecuencias de una coordinación fallida entre deglución y respiración. Durante la deglución, estructuras como la epiglotis, la laringe, el hioides y la faringe deben actuar de manera sincronizada para evitar que el alimento entre en la vía aérea. Por esta razón, la garganta merece una discusión más profunda, no solo como antesala del tubo digestivo, sino como una región donde convergen evolución, respiración, alimentación, protección y comunicación sonora.

Faringe

 Ya hemos señalado que la faringe de los cordados primitivos no surgió como un conducto respiratorio pulmonar, sino como una cesta filtradora perforada por múltiples hendiduras. En tunicados como Ciona intestinalis, la faringe funciona como un aparato de filtración donde el agua atraviesa numerosas aberturas faríngeas sostenidas por barras estructurales. En los primeros vertebrados, esta región se esqueletiza mediante una serie de arcos faríngeos articulados, compuestos por cartílago y posteriormente hueso. En los gnatóstomos tempranos, como Placodermi o tiburones actuales (Carcharhinus leucas), los dos primeros arcos adquieren destinos especializados: el primer arco origina la mandíbula (palatocuadrado y cartílago de Meckel), mientras que el segundo arco forma la hiomandíbula, inicialmente implicada en la suspensión mandibular. Los arcos posteriores permanecen asociados a la ventilación branquial.

Figura 1. [Faringe en los peces]. En los peces, la faringe funciona como cámara de ventilación branquial, no solo como paso digestivo. El agua entra por la boca, cruza las branquias sostenidas por arcos branquiales y permite el intercambio gaseoso: el oxígeno difunde hacia la sangre y el dióxido de carbono sale al agua mediante un epitelio vascularizado.

A medida que seguimos la transición evolutiva desde peces hacia tetrápodos, observamos una reducción progresiva de los arcos branquiales funcionales. En peces óseos como Oncorhynchus mykiss, varios arcos sostienen branquias activas y participan en la ventilación acuática. Sin embargo, en los tetrápodos tempranos como Acanthostega gunnari, aunque aún existían estructuras branquiales, comienza una reorganización asociada a la respiración aérea. En los anfibios modernos, por ejemplo Lithobates catesbeianus, las larvas (renacuajos) poseen arcos branquiales funcionales, pero durante la metamorfosis estos se reducen o se reconfiguran, coincidiendo con la pérdida de branquias externas y el establecimiento definitivo de la respiración pulmonar.

Con la consolidación de la vida terrestre, la faringe deja de funcionar como cámara branquial abierta y se transforma en un conducto compartido entre las vías digestiva y respiratoria. No obstante, los arcos faríngeos no desaparecen simplemente; en lugar de ello, se reutilizan estructuralmente. En anfibios adultos y amniotas, varios elementos derivados de los arcos posteriores se integran en el aparato hioideo y en las estructuras de soporte de la lengua y la laringe. Este fenómeno ilustra un principio evolutivo recurrente: la exaptación, donde una estructura pierde su función original pero es reclutada para una nueva.

Laringe

La laringe puede entenderse como una reorganización especializada de la región posterior de la faringe, situada en la intersección entre la vía aérea y el esófago. En tetrápodos, elementos derivados de los arcos faríngeos contribuyen a formar los cartílagos laríngeos. En mamíferos como Homo sapiens, los cartílagos tiroides, cricoides y aritenoides derivan en parte de estos arcos modificados, y permiten regular el paso del aire hacia los pulmones y la producción de sonido. En anfibios como Rhinella marina, la laringe también desempeña un papel clave en la fonación, mostrando cómo estructuras originalmente vinculadas a la ventilación branquial se transformaron en componentes de un aparato acústico.

En consecuencia, la evolución de la faringe en vertebrados no implica un simple cierre o pérdida de hendiduras, sino una reconfiguración profunda del aparato faríngeo. Lo que comenzó como una cesta filtradora en tunicados terminó dando origen a la mandíbula, al aparato hioideo, a la laringe y a estructuras asociadas con la respiración aérea y la fonación. Este proceso, observable al comparar peces como Salmo salar, anfibios como Ambystoma mexicanum y mamíferos como Canis lupus familiaris, evidencia cómo los arcos faríngeos cambiaron de función sin desaparecer, desplazándose desde la ventilación branquial hacia la respiración pulmonar y la producción de sonido en los tetrápodos terrestres.

Figura 2. [Figura: Destino de los arcos branquiales]. El aparato hioideo y laríngeo humano deriva de antiguos arcos faríngeos. El hioides sostiene lengua y laringe; los cartílagos tiroides, cricoides, aritenoides y la epiglotis protegen la vía aérea y permiten la fonación. Las cuerdas vocales vibran dentro de la glotis, transformando antiguos soportes branquiales en estructuras del habla.

Además del aparato hioideo, varios elementos derivados de los arcos faríngeos se transforman profundamente en los tetrápodos y dan origen a componentes clave de la laringe. Estas estructuras ya no sostienen branquias, sino que participan en la respiración aérea, la protección de la vía respiratoria y, en muchos linajes, en la fonación. Su reorganización representa uno de los ejemplos más claros de exaptación evolutiva dentro del complejo faríngeo.

Los cartílagos aritenoides derivan principalmente del cuarto y sexto arcos faríngeos (según la segmentación clásica en amniotas). Se sitúan en la región posterior de la laringe y actúan como puntos de inserción para los músculos que controlan la apertura y cierre de la glotis. En mamíferos como Homo sapiens, los aritenoides son esenciales para tensar y aproximar las cuerdas vocales, regulando la producción de sonido. En anfibios anuros como Rhinella marina, estructuras homólogas permiten la vibración laríngea que produce sus característicos cantos reproductivos.

El cartílago cricoides, también derivado en gran parte del sexto arco faríngeo, forma un anillo completo en la base de la laringe. Su función principal es mantener la permeabilidad de la vía aérea y servir como base estructural para la articulación con los aritenoides. En mamíferos como Canis lupus familiaris, el cricoides actúa como soporte rígido que impide el colapso del conducto respiratorio durante la inspiración forzada. Evolutivamente, representa la transformación de barras branquiales posteriores en un marco estabilizador de la vía aérea.

El cartílago tiroides, asociado también a los arcos cuarto y sexto, constituye la estructura más prominente de la laringe en mamíferos. En humanos forma la conocida “nuez” o prominencia laríngea. Su función es proteger las cuerdas vocales y proporcionar inserción a los músculos que ajustan la tensión vocal. Aunque no tiene equivalente directo en peces branquiales, su origen embrionario se rastrea hasta el mesénquima de los arcos faríngeos posteriores, lo que evidencia la continuidad evolutiva de estas estructuras.

Los cartílagos corniculados, pequeños elementos situados sobre los aritenoides en mamíferos, también derivan del complejo de los arcos posteriores y ayudan a reforzar la región superior de la laringe. Contribuyen a la estabilidad estructural durante la fonación y la deglución. En especies con vocalizaciones complejas, como Pan troglodytes o Homo sapiens, su presencia forma parte del delicado sistema que modula el flujo aéreo y la vibración de los pliegues vocales.

La epiglotis, aunque no es un cartílago derivado de un arco único de forma simple, se desarrolla a partir del mesénquima asociado a los arcos tercero y cuarto. Su función es crucial en la protección contra la aspiración: durante la deglución, la epiglotis se pliega sobre la entrada laríngea, desviando el alimento hacia el esófago. En mamíferos como Equus caballus o Homo sapiens, este mecanismo permite separar funcionalmente la respiración y la ingestión, reduciendo el riesgo de atragantamiento.

Figura 3. La [La Larínge] regula el paso del aire entre faringe y tráquea, protege la vía respiratoria durante la deglución y produce sonido mediante cuerdas vocales y glotis. La epiglotis desvía el alimento hacia el esófago. Si ocurre atragantamiento, la tos o la maniobra de Heimlich expulsan el objeto aumentando presión pulmonar y flujo aéreo forzado salvador en emergencias graves potencialmente mortales.

Figura 4. [Maniobra de Heimlich]. La epiglotis puede fallar porque la garganta cruza la vía digestiva y la vía respiratoria. Al hablar, reír o tragar mal, el alimento puede bloquear la glotis y detener la respiración. La maniobra de Heimlich comprime el abdomen, eleva el diafragma y expulsa aire por la tráquea para desalojar el objeto.

Adicionalmente, el aparato hioideo, derivado en gran parte del segundo arco faríngeo y de porciones de arcos posteriores, actúa como plataforma de inserción para la lengua, la laringe y los músculos suprahioideos e infrahioideos. En reptiles como Iguana iguana, el hioides sostiene la base lingual; en mamíferos como Homo sapiens, su suspensión muscular permite movimientos finos asociados a la deglución y la fonación. Así, lo que en peces como Salmo salar fueron soportes branquiales, en tetrápodos terrestres se convirtieron en componentes esenciales del aparato respiratorio superior y del sistema vocal, ilustrando la profunda transformación funcional de los arcos faríngeos a lo largo de la evolución vertebrada.

La laringe y el aparato fonador

La laringe es una estructura cartilaginosa y muscular situada en la región anterior del cuello, en la transición entre la faringe y la tráquea. Funcionalmente actúa como una válvula reguladora del flujo aéreo, un órgano fonador y un mecanismo protector que impide la aspiración de alimento hacia las vías respiratorias inferiores. Anatómicamente está compuesta por cartílagos (tiroides, cricoides, aritenoides y corniculados, entre otros), ligamentos y músculos intrínsecos y extrínsecos que permiten modificar la apertura glótica y la tensión de los pliegues vocales. Aunque en peces la región faríngea posterior estaba dedicada principalmente a la ventilación branquial, en los tetrápodos esta porción se reorganiza para constituir la laringe, marcando una transición funcional desde la respiración acuática hacia la respiración aérea.

Los destinos de los arcos branquiales en tetrápodos se reparten entre la faringe y la laringe tras la pérdida de la función branquial. El primer arco origina la mandíbula; el segundo arco contribuye al aparato hioideo y al estribo del oído medio; los arcos tercero, cuarto y sexto participan en la formación del esqueleto laríngeo y en elementos de soporte faríngeo. Así, estructuras que en peces como Salmo salar sostenían filamentos branquiales pasan, en mamíferos como Homo sapiens, a formar parte del cartílago tiroides, cricoides y aritenoides, o a integrarse en el aparato hioideo que sostiene la lengua y la base faríngea. De este modo, la región faríngea ancestral no desaparece, sino que se redistribuye funcionalmente: una parte mantiene su papel como conducto común respiratorio-digestivo, mientras otra se especializa como laringe, órgano clave para la fonación y la regulación de la vía aérea en los vertebrados terrestres.

La fisiología del aparato fonador en los tetrápodos —especialmente en los mamíferos— depende de la integración coordinada entre la respiración pulmonar, la laringe, el aparato hioideo, la lengua, el paladar y las cavidades de resonancia supralaríngeas. El proceso comienza con la ventilación pulmonar: el aire expulsado desde los pulmones asciende por la tráquea y alcanza la laringe, donde se localizan las estructuras fundamentales para la producción sonora. Sin flujo aéreo espiratorio no hay fonación; la presión subglótica generada por la musculatura respiratoria es el motor físico del sonido.

En la laringe se encuentran las llamadas cuerdas vocales —también denominadas pliegues vocales— que no son “cuerdas” en sentido estricto, sino repliegues de mucosa que contienen el ligamento vocal y el músculo vocal (porción del músculo tiroaritenoideo). Estas estructuras se insertan anteriormente en el cartílago tiroides y posteriormente en los cartílagos aritenoides, derivados de los arcos faríngeos posteriores. Cuando los músculos intrínsecos laríngeos aproximan los aritenoides, las cuerdas vocales se tensan y el aire que pasa entre ellas provoca su vibración periódica, generando una onda sonora primaria. La frecuencia de vibración —y por tanto el tono— depende de la longitud, tensión y masa de los pliegues vocales, lo que explica diferencias entre sexos, edades y especies.

Figura 5. La [fonación humana] ocurre en la laringe, región vinculada con respiración y deglución. El aire pulmonar vibra los pliegues vocales y la boca modula el sonido. El canto clasifica voces como bajo, tenor, contralto o soprano. Estos procesos biológicos crean comunicación, emoción, memoria colectiva y cohesión social mediante ritmo, melodía y participación comunitaria en grupos humanos diversos y ceremonias cotidianas.

El cartílago cricoides actúa como base estructural de la laringe, manteniendo la apertura del conducto respiratorio y permitiendo la articulación fina con los aritenoides. Los cartílagos corniculados refuerzan la región posterior superior, contribuyendo a la estabilidad durante la vibración. La epiglotis, por su parte, cumple una función protectora más que fonadora: durante la deglución se pliega para impedir la entrada de alimento en la vía aérea, pero durante la fonación permanece elevada permitiendo el paso controlado del aire.

Una vez generado el sonido en la laringe, este asciende hacia las cavidades supralaríngeas —faringe, cavidad oral y cavidad nasal— donde es modificado por resonancia. Aquí intervienen el aparato hioideo y la lengua, que ajustan la forma y el volumen de la cavidad oral. En humanos (Homo sapiens), la movilidad refinada de la lengua —gracias a su musculatura intrínseca y extrínseca— permite articular fonemas diferenciados. El paladar blando regula la apertura hacia la cavidad nasal: si desciende, el sonido adquiere componente nasal; si se eleva, dirige el flujo exclusivamente por la cavidad oral.

Figura 6. [Cuerdas bucales]. La laringe humana combina hioides, cartílago tiroides, cricoides, epiglotis, ligamentos y músculos intrínsecos. La epiglotis protege la tráquea durante la deglución, mientras los pliegues vocales vibran con el aire pulmonar para producir sonido. Los músculos laríngeos abren o cierran la glotis, regulando respiración, fonación, tono e intensidad vocal.

En sentido amplio, además de las cuerdas vocales, existen otras estructuras que participan en la modulación sonora, a veces denominadas de forma coloquial “cuerdas bucales”, aunque el término anatómico correcto sigue siendo pliegues vocales laríngeos. En algunos mamíferos no humanos, como Canis lupus o Pan troglodytes, la fonación es más limitada en articulación fina pero puede implicar modificaciones en la cavidad oral y en sacos laríngeos accesorios. En anfibios anuros como Rhinella marina, la laringe produce vibraciones que luego se amplifican en sacos vocales, estructuras derivadas de la mucosa faríngea que funcionan como resonadores externos. Así, el aparato fonador no es una única estructura, sino un sistema integrado donde pulmones, laringe, hioides, lengua y cavidades resonantes actúan coordinadamente para transformar flujo aéreo en sonido estructurado.

Modificaciones de la faringe

 En la mayoría de los tetrápodos la laringe se sitúa en la porción posterior de la faringe, de modo que el aire pasa desde la cavidad nasal o bucal hacia la faringe y luego desciende por la laringe hacia la tráquea. Sin embargo, en muchas serpientes (clado Serpentes), la disposición anatómica presenta una modificación notable: la glotis —la abertura laríngea— puede proyectarse hacia adelante y abrir prácticamente en el piso de la cavidad bucal, en lugar de permanecer retraída en la faringe posterior. Esta adaptación permite que, durante la deglución de presas voluminosas, la serpiente mantenga una vía aérea funcional aun cuando la boca y la faringe estén ocupadas por el alimento.

En especies como Python regius o Boa constrictor, cuando el animal engulle una presa grande, la laringe se desplaza anteriormente y sobresale entre las ramas mandibulares, quedando por delante del bolo alimenticio. De este modo, la glotis permanece expuesta al aire exterior mientras el resto de la cavidad oral y faríngea está distendida por la presa. Esta disposición evita la asfixia durante un proceso de deglución que puede prolongarse varios minutos u horas, dependiendo del tamaño del alimento.

Figura 7. [Tráquea en las serpientes]. Las serpientes pueden tragar presas enteras gracias a la quinesis craneana, mandíbulas móviles y expansión corporal. Durante la deglución, la faringe queda ocupada por la presa, pero la glotis y la parte anterior de la tráquea se proyectan hacia adelante, permitiendo respirar mientras ingullen. Esta adaptación evita la asfixia durante una alimentación prolongada.

Esta especialización está íntimamente relacionada con la quinesis craneana característica de las serpientes. Gracias a la movilidad independiente de los huesos del cráneo —incluyendo la separación funcional de las ramas mandibulares y la articulación flexible del cuadrado— la cavidad bucal puede expandirse extraordinariamente. Pero esa misma expansión comprometería la ventilación si la laringe permaneciera fija en la faringe posterior. La capacidad de protrusión laríngea resuelve este problema funcional, integrando respiración y deglución en un sistema altamente adaptado a la ingestión de presas enteras.

Así, en serpientes la reorganización del eje boca–faringe–laringe ilustra nuevamente cómo estructuras derivadas de los arcos faríngeos no solo cambiaron de función a lo largo de la evolución, sino que continúan modificándose dentro de linajes específicos. La laringe, originalmente parte de la región faríngea branquial, se convierte aquí en un conducto móvil adelantado que garantiza la continuidad respiratoria durante la alimentación extrema, demostrando la plasticidad funcional del aparato faríngeo en los vertebrados.

Conducto de Eustaquio, membrana timpánica y oído interno

La primera hendidura faríngea o región espiracular representa una de las conexiones antiguas entre la faringe y el exterior en los vertebrados acuáticos. En peces como los tiburones aparece como el espiráculo, una abertura situada entre el arco mandibular y el arco hioideo; en muchos linajes ya no funciona como una branquia principal, sino como una estructura reducida o secundaria. Durante la evolución de los vertebrados terrestres, esta región fue reorganizada y reclutada para la audición. En lugar de servir para el paso de agua hacia las branquias, comenzó a participar en la transmisión de vibraciones aéreas mediante una membrana timpánica y un huesecillo auditivo llamado columela o estribo, derivado de la antigua hiomandíbula.

Diagrama

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Figura 8. [Anatomía del oído]. El oído humano se divide en oído externo, oído medio y oído interno. El canal auditivo lleva sonidos al tímpano; los huesecillos martillo, yunque y estribo amplifican vibraciones. La trompa de Eustaquio conecta con la faringe. La cóclea transforma vibraciones en señales nerviosas y los canales semicirculares regulan el equilibrio.

Conviene precisar que el conducto de Eustaquio no deriva exactamente de la hendidura externa, sino de la primera bolsa faríngea, una evaginación interna de la faringe embrionaria. Esta bolsa forma el receso tubotimpánico, que dará origen a la cavidad del oído medio y a la tuba auditiva o conducto de Eustaquio. Por eso, aunque el oído medio parezca una estructura aislada, conserva una conexión directa con la nasofaringe. Esta continuidad explica por qué el aparato digestivo, respiratorio, fonador y auditivo están comunicados por conductos: la faringe actúa como centro anatómico común. También explica por qué una infección respiratoria, una inflamación de garganta o una congestión nasal pueden afectar el oído medio, provocando presión, dolor u otitis.

Para completar el sistema auditivo debe mencionarse el oído interno, llamado también laberinto interno o laberinto membranoso, alojado dentro del laberinto óseo del cráneo. Su parte auditiva principal es la cóclea, conocida popularmente como “caracol” por su forma enrollada. La cóclea está llena de líquido y contiene células sensoriales capaces de transformar vibraciones amplificadas por el tímpano, la columela o los huesecillos auditivos en señales nerviosas. Pero el oído interno no solo escucha: también contiene el aparato vestibular, formado por utrículo, sáculo y canales semicirculares, que detectan gravedad, posición de la cabeza y aceleración. Así, una antigua región faríngea vinculada a las branquias terminó integrada en un sistema que combina audición, equilibrio, respiración, deglución y fonación.

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