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La garganta
puede definirse como la región anatómica de transición situada entre la
cavidad bucal, la cavidad nasal, la laringe y el esófago, donde se cruzan
estructuras relacionadas con la alimentación, la respiración, la fonación,
el olfato retronasal y la comunicación con el oído medio. En el estudio
del sistema digestivo suele pasarse rápidamente por esta zona, como si solo
fuera un corredor hacia el esófago y el estómago, lugares donde
aparentemente ocurre la “verdadera” acción digestiva. Sin embargo, esta es una
visión incompleta, porque antes de que el alimento llegue al estómago debe ser
orientado, impulsado y separado cuidadosamente de la vía respiratoria. La
garganta no es un simple tubo de paso, sino una región de coordinación
anatómica extremadamente delicada.
Esta complejidad se
debe a que en la garganta interactúan el sistema digestivo y el sistema
ventilatorio. El alimento debe pasar desde la boca hacia el esófago,
mientras el aire debe circular desde la cavidad nasal o bucal hacia la laringe,
la tráquea y los pulmones. En los vertebrados pulmonados, esta convivencia
genera riesgos evidentes: cualquiera que se haya atorado con comida ha
experimentado las consecuencias de una coordinación fallida entre deglución y
respiración. Durante la deglución, estructuras como la epiglotis, la laringe,
el hioides y la faringe deben actuar de manera sincronizada para
evitar que el alimento entre en la vía aérea. Por esta razón, la garganta
merece una discusión más profunda, no solo como antesala del tubo digestivo,
sino como una región donde convergen evolución, respiración, alimentación,
protección y comunicación sonora.
Faringe
Ya hemos señalado que la faringe de
los cordados primitivos no surgió como un conducto respiratorio pulmonar, sino
como una cesta filtradora perforada por múltiples hendiduras.
En tunicados como Ciona intestinalis, la faringe funciona como un
aparato de filtración donde el agua atraviesa numerosas aberturas faríngeas
sostenidas por barras estructurales. En los primeros vertebrados, esta región
se esqueletiza mediante una serie de arcos faríngeos
articulados, compuestos por cartílago y posteriormente hueso. En los
gnatóstomos tempranos, como Placodermi o tiburones actuales (Carcharhinus
leucas), los dos primeros arcos adquieren destinos especializados: el primer
arco origina la mandíbula (palatocuadrado y cartílago
de Meckel), mientras que el segundo arco forma la hiomandíbula,
inicialmente implicada en la suspensión mandibular. Los arcos posteriores
permanecen asociados a la ventilación branquial.
Figura
1. [Faringe
en los peces]. En los peces, la faringe funciona como
cámara de ventilación branquial, no solo como paso digestivo. El agua
entra por la boca, cruza las branquias sostenidas por arcos
branquiales y permite el intercambio gaseoso: el oxígeno difunde
hacia la sangre y el dióxido de carbono sale al agua mediante un epitelio
vascularizado.
A medida que seguimos la transición evolutiva desde peces
hacia tetrápodos, observamos una reducción progresiva de los arcos
branquiales funcionales. En peces óseos como Oncorhynchus mykiss,
varios arcos sostienen branquias activas y participan en la ventilación
acuática. Sin embargo, en los tetrápodos tempranos como Acanthostega
gunnari, aunque aún existían estructuras branquiales, comienza una
reorganización asociada a la respiración aérea. En los anfibios
modernos, por ejemplo Lithobates catesbeianus, las larvas
(renacuajos) poseen arcos branquiales funcionales, pero durante la metamorfosis estos
se reducen o se reconfiguran, coincidiendo con la pérdida de branquias externas
y el establecimiento definitivo de la respiración pulmonar.
Con la consolidación de la vida terrestre, la faringe deja
de funcionar como cámara branquial abierta y se transforma en un conducto
compartido entre las vías digestiva y respiratoria. No obstante, los arcos
faríngeos no desaparecen simplemente; en lugar de ello, se reutilizan
estructuralmente. En anfibios adultos y amniotas, varios elementos
derivados de los arcos posteriores se integran en el aparato hioideo y
en las estructuras de soporte de la lengua y la laringe. Este fenómeno ilustra
un principio evolutivo recurrente: la exaptación, donde una
estructura pierde su función original pero es reclutada para una nueva.
Laringe
La laringe puede entenderse como una
reorganización especializada de la región posterior de la faringe, situada en
la intersección entre la vía aérea y el esófago. En tetrápodos, elementos
derivados de los arcos faríngeos contribuyen a formar los cartílagos laríngeos.
En mamíferos como Homo sapiens, los cartílagos tiroides, cricoides
y aritenoides derivan en parte de estos arcos modificados, y permiten regular
el paso del aire hacia los pulmones y la producción de sonido. En anfibios
como Rhinella marina, la laringe también desempeña un papel clave
en la fonación, mostrando cómo estructuras originalmente vinculadas a la
ventilación branquial se transformaron en componentes de un aparato acústico.
En consecuencia, la evolución de la faringe en vertebrados
no implica un simple cierre o pérdida de hendiduras, sino una reconfiguración
profunda del aparato faríngeo. Lo que comenzó como una cesta filtradora en
tunicados terminó dando origen a la mandíbula, al aparato hioideo, a la laringe
y a estructuras asociadas con la respiración aérea y la fonación. Este proceso,
observable al comparar peces como Salmo salar, anfibios como Ambystoma
mexicanum y mamíferos como Canis lupus familiaris,
evidencia cómo los arcos faríngeos cambiaron de función sin desaparecer,
desplazándose desde la ventilación branquial hacia la respiración pulmonar y la
producción de sonido en los tetrápodos terrestres.
Figura 2. [Figura:
Destino de los arcos branquiales]. El aparato hioideo y laríngeo
humano deriva de antiguos arcos faríngeos. El hioides sostiene lengua
y laringe; los cartílagos tiroides, cricoides, aritenoides
y la epiglotis protegen la vía aérea y permiten la fonación.
Las cuerdas vocales vibran dentro de la glotis, transformando
antiguos soportes branquiales en estructuras del habla.
Además del aparato hioideo, varios elementos
derivados de los arcos faríngeos se transforman profundamente
en los tetrápodos y dan origen a componentes clave de la laringe.
Estas estructuras ya no sostienen branquias, sino que participan en la respiración
aérea, la protección de la vía respiratoria y, en muchos
linajes, en la fonación. Su reorganización representa uno de los
ejemplos más claros de exaptación evolutiva dentro del complejo faríngeo.
Los cartílagos aritenoides derivan
principalmente del cuarto y sexto arcos faríngeos (según la
segmentación clásica en amniotas). Se sitúan en la región posterior de la
laringe y actúan como puntos de inserción para los músculos que controlan
la apertura y cierre de la glotis. En mamíferos como Homo
sapiens, los aritenoides son esenciales para tensar y aproximar las cuerdas
vocales, regulando la producción de sonido. En anfibios anuros como Rhinella
marina, estructuras homólogas permiten la vibración laríngea que produce
sus característicos cantos reproductivos.
El cartílago cricoides, también derivado en gran
parte del sexto arco faríngeo, forma un anillo completo en la base
de la laringe. Su función principal es mantener la permeabilidad de la
vía aérea y servir como base estructural para la articulación con los
aritenoides. En mamíferos como Canis lupus familiaris, el cricoides
actúa como soporte rígido que impide el colapso del conducto respiratorio
durante la inspiración forzada. Evolutivamente, representa la transformación de
barras branquiales posteriores en un marco estabilizador de la vía aérea.
El cartílago tiroides, asociado también a los
arcos cuarto y sexto, constituye la estructura más prominente de la laringe en
mamíferos. En humanos forma la conocida “nuez” o prominencia laríngea. Su
función es proteger las cuerdas vocales y proporcionar inserción a los músculos
que ajustan la tensión vocal. Aunque no tiene equivalente directo
en peces branquiales, su origen embrionario se rastrea hasta el mesénquima de
los arcos faríngeos posteriores, lo que evidencia la continuidad evolutiva de
estas estructuras.
Los cartílagos corniculados, pequeños elementos
situados sobre los aritenoides en mamíferos, también derivan del complejo de
los arcos posteriores y ayudan a reforzar la región superior de la laringe.
Contribuyen a la estabilidad estructural durante la fonación y la deglución. En
especies con vocalizaciones complejas, como Pan troglodytes o Homo
sapiens, su presencia forma parte del delicado sistema que modula el flujo
aéreo y la vibración de los pliegues vocales.
La epiglotis, aunque no es un cartílago derivado
de un arco único de forma simple, se desarrolla a partir del mesénquima
asociado a los arcos tercero y cuarto. Su función es crucial en la protección
contra la aspiración: durante la deglución, la epiglotis se pliega sobre la
entrada laríngea, desviando el alimento hacia el esófago. En mamíferos
como Equus caballus o Homo sapiens, este mecanismo
permite separar funcionalmente la respiración y la ingestión, reduciendo el
riesgo de atragantamiento.
Figura 3. La
[La
Larínge] regula el paso del aire entre faringe y tráquea,
protege la vía respiratoria durante la deglución y produce sonido
mediante cuerdas vocales y glotis. La epiglotis desvía el
alimento hacia el esófago. Si ocurre atragantamiento, la tos o la
maniobra de Heimlich expulsan el objeto aumentando presión pulmonar y
flujo aéreo forzado salvador en emergencias graves potencialmente mortales.
Figura 4. [Maniobra
de Heimlich]. La epiglotis puede fallar porque la garganta
cruza la vía digestiva y la vía respiratoria. Al hablar, reír o
tragar mal, el alimento puede bloquear la glotis y detener la
respiración. La maniobra de Heimlich comprime el abdomen, eleva el diafragma
y expulsa aire por la tráquea para desalojar el objeto.
Adicionalmente, el aparato hioideo, derivado en
gran parte del segundo arco faríngeo y de porciones de arcos
posteriores, actúa como plataforma de inserción para la lengua,
la laringe y los músculos suprahioideos e infrahioideos. En
reptiles como Iguana iguana, el hioides sostiene la base lingual;
en mamíferos como Homo sapiens, su suspensión muscular permite
movimientos finos asociados a la deglución y la fonación. Así, lo que en peces
como Salmo salar fueron soportes branquiales, en tetrápodos
terrestres se convirtieron en componentes esenciales del aparato respiratorio
superior y del sistema vocal, ilustrando la profunda transformación funcional
de los arcos faríngeos a lo largo de la evolución vertebrada.
La laringe y el aparato fonador
La laringe es una estructura cartilaginosa
y muscular situada en la región anterior del cuello, en la transición entre
la faringe y la tráquea. Funcionalmente actúa como
una válvula reguladora del flujo aéreo, un órgano fonador y
un mecanismo protector que impide la aspiración de alimento
hacia las vías respiratorias inferiores. Anatómicamente está compuesta por
cartílagos (tiroides, cricoides, aritenoides y corniculados, entre otros),
ligamentos y músculos intrínsecos y extrínsecos que permiten modificar la
apertura glótica y la tensión de los pliegues vocales. Aunque en peces la
región faríngea posterior estaba dedicada principalmente a la ventilación
branquial, en los tetrápodos esta porción se reorganiza para constituir la
laringe, marcando una transición funcional desde la respiración acuática hacia
la respiración aérea.
Los destinos de los arcos branquiales en
tetrápodos se reparten entre la faringe y la laringe tras
la pérdida de la función branquial. El primer arco origina la
mandíbula; el segundo arco contribuye al aparato hioideo y al
estribo del oído medio; los arcos tercero, cuarto y sexto participan
en la formación del esqueleto laríngeo y en elementos de soporte faríngeo. Así,
estructuras que en peces como Salmo salar sostenían filamentos
branquiales pasan, en mamíferos como Homo sapiens, a formar parte
del cartílago tiroides, cricoides y aritenoides, o a integrarse en el aparato
hioideo que sostiene la lengua y la base faríngea. De este modo, la región
faríngea ancestral no desaparece, sino que se redistribuye funcionalmente: una
parte mantiene su papel como conducto común respiratorio-digestivo, mientras
otra se especializa como laringe, órgano clave para la fonación y la regulación
de la vía aérea en los vertebrados terrestres.
La fisiología del aparato fonador en los
tetrápodos —especialmente en los mamíferos— depende de la integración
coordinada entre la respiración pulmonar, la laringe,
el aparato hioideo, la lengua, el paladar y
las cavidades de resonancia supralaríngeas. El proceso comienza con la ventilación
pulmonar: el aire expulsado desde los pulmones asciende por la tráquea y
alcanza la laringe, donde se localizan las estructuras
fundamentales para la producción sonora. Sin flujo aéreo espiratorio no hay
fonación; la presión subglótica generada por la musculatura respiratoria es el
motor físico del sonido.
En la laringe se encuentran las llamadas cuerdas vocales —también denominadas pliegues vocales— que no son “cuerdas” en sentido estricto, sino repliegues de mucosa que contienen el ligamento vocal y el músculo vocal (porción del músculo tiroaritenoideo). Estas estructuras se insertan anteriormente en el cartílago tiroides y posteriormente en los cartílagos aritenoides, derivados de los arcos faríngeos posteriores. Cuando los músculos intrínsecos laríngeos aproximan los aritenoides, las cuerdas vocales se tensan y el aire que pasa entre ellas provoca su vibración periódica, generando una onda sonora primaria. La frecuencia de vibración —y por tanto el tono— depende de la longitud, tensión y masa de los pliegues vocales, lo que explica diferencias entre sexos, edades y especies.
Figura 5. La
[fonación
humana] ocurre en la laringe, región vinculada con respiración
y deglución. El aire pulmonar vibra los pliegues vocales y la
boca modula el sonido. El canto clasifica voces como bajo, tenor,
contralto o soprano. Estos procesos biológicos crean comunicación, emoción,
memoria colectiva y cohesión social mediante ritmo, melodía y participación
comunitaria en grupos humanos diversos y ceremonias cotidianas.
El cartílago cricoides actúa como base estructural de la laringe, manteniendo la apertura del conducto respiratorio y permitiendo la articulación fina con los aritenoides. Los cartílagos corniculados refuerzan la región posterior superior, contribuyendo a la estabilidad durante la vibración. La epiglotis, por su parte, cumple una función protectora más que fonadora: durante la deglución se pliega para impedir la entrada de alimento en la vía aérea, pero durante la fonación permanece elevada permitiendo el paso controlado del aire.
Una vez generado el sonido en la laringe, este asciende
hacia las cavidades supralaríngeas —faringe, cavidad oral y cavidad nasal—
donde es modificado por resonancia. Aquí intervienen el aparato hioideo y
la lengua, que ajustan la forma y el volumen de la cavidad oral. En
humanos (Homo sapiens), la movilidad refinada de la lengua —gracias a su
musculatura intrínseca y extrínseca— permite articular fonemas diferenciados.
El paladar blando regula la apertura hacia la cavidad nasal:
si desciende, el sonido adquiere componente nasal; si se eleva, dirige el flujo
exclusivamente por la cavidad oral.
Figura 6. [Cuerdas
bucales]. La laringe humana combina hioides, cartílago
tiroides, cricoides, epiglotis, ligamentos y músculos
intrínsecos. La epiglotis protege la tráquea durante la
deglución, mientras los pliegues vocales vibran con el aire pulmonar
para producir sonido. Los músculos laríngeos abren o cierran la glotis,
regulando respiración, fonación, tono e intensidad vocal.
En sentido amplio, además de las cuerdas vocales, existen
otras estructuras que participan en la modulación sonora, a veces denominadas
de forma coloquial “cuerdas bucales”, aunque el término anatómico
correcto sigue siendo pliegues vocales laríngeos. En algunos mamíferos no
humanos, como Canis lupus o Pan troglodytes, la
fonación es más limitada en articulación fina pero puede implicar
modificaciones en la cavidad oral y en sacos laríngeos accesorios. En anfibios
anuros como Rhinella marina, la laringe produce vibraciones que
luego se amplifican en sacos vocales, estructuras derivadas de la
mucosa faríngea que funcionan como resonadores externos. Así, el aparato
fonador no es una única estructura, sino un sistema integrado donde pulmones,
laringe, hioides, lengua y cavidades resonantes actúan coordinadamente para
transformar flujo aéreo en sonido estructurado.
Modificaciones de la faringe
En la mayoría de los tetrápodos la laringe se
sitúa en la porción posterior de la faringe, de modo que el aire
pasa desde la cavidad nasal o bucal hacia la faringe y luego desciende por la
laringe hacia la tráquea. Sin embargo, en muchas serpientes (clado Serpentes),
la disposición anatómica presenta una modificación notable: la glotis —la
abertura laríngea— puede proyectarse hacia adelante y abrir prácticamente en
el piso de la cavidad bucal, en lugar de permanecer retraída en la
faringe posterior. Esta adaptación permite que, durante la deglución de presas
voluminosas, la serpiente mantenga una vía aérea funcional aun cuando la boca y
la faringe estén ocupadas por el alimento.
En especies como Python regius o Boa
constrictor, cuando el animal engulle una presa grande, la laringe se
desplaza anteriormente y sobresale entre las ramas mandibulares, quedando por
delante del bolo alimenticio. De este modo, la glotis permanece expuesta al
aire exterior mientras el resto de la cavidad oral y faríngea está distendida
por la presa. Esta disposición evita la asfixia durante un
proceso de deglución que puede prolongarse varios minutos u horas, dependiendo
del tamaño del alimento.
Figura 7. [Tráquea
en las serpientes]. Las serpientes pueden tragar presas enteras
gracias a la quinesis craneana, mandíbulas móviles y expansión corporal.
Durante la deglución, la faringe queda ocupada por la presa, pero
la glotis y la parte anterior de la tráquea se proyectan hacia
adelante, permitiendo respirar mientras ingullen. Esta adaptación evita la
asfixia durante una alimentación prolongada.
Esta especialización está íntimamente relacionada con
la quinesis craneana característica de las serpientes. Gracias
a la movilidad independiente de los huesos del cráneo —incluyendo la separación
funcional de las ramas mandibulares y la articulación flexible del cuadrado— la
cavidad bucal puede expandirse extraordinariamente. Pero esa misma expansión
comprometería la ventilación si la laringe permaneciera fija en la faringe
posterior. La capacidad de protrusión laríngea resuelve este problema
funcional, integrando respiración y deglución en un sistema altamente adaptado
a la ingestión de presas enteras.
Así, en serpientes la reorganización del eje boca–faringe–laringe ilustra
nuevamente cómo estructuras derivadas de los arcos faríngeos no
solo cambiaron de función a lo largo de la evolución, sino que continúan
modificándose dentro de linajes específicos. La laringe, originalmente parte de
la región faríngea branquial, se convierte aquí en un conducto móvil adelantado
que garantiza la continuidad respiratoria durante la alimentación extrema,
demostrando la plasticidad funcional del aparato faríngeo en los vertebrados.
Conducto de Eustaquio, membrana timpánica y oído interno
La primera
hendidura faríngea o región espiracular representa una de las conexiones
antiguas entre la faringe y el exterior en los vertebrados acuáticos. En
peces como los tiburones aparece como el espiráculo, una abertura
situada entre el arco mandibular y el arco hioideo; en muchos
linajes ya no funciona como una branquia principal, sino como una estructura
reducida o secundaria. Durante la evolución de los vertebrados terrestres, esta
región fue reorganizada y reclutada para la audición. En lugar de servir
para el paso de agua hacia las branquias, comenzó a participar en la
transmisión de vibraciones aéreas mediante una membrana timpánica y un
huesecillo auditivo llamado columela o estribo, derivado de la
antigua hiomandíbula.
Figura 8. [Anatomía
del oído]. El oído humano se divide en oído externo,
oído medio y oído interno. El canal auditivo lleva sonidos
al tímpano; los huesecillos martillo, yunque y estribo
amplifican vibraciones. La trompa de Eustaquio conecta con la faringe.
La cóclea transforma vibraciones en señales nerviosas y los canales
semicirculares regulan el equilibrio.
Conviene precisar
que el conducto de Eustaquio no deriva exactamente de la hendidura
externa, sino de la primera bolsa faríngea, una evaginación interna de
la faringe embrionaria. Esta bolsa forma el receso tubotimpánico,
que dará origen a la cavidad del oído medio y a la tuba auditiva
o conducto de Eustaquio. Por eso, aunque el oído medio parezca una
estructura aislada, conserva una conexión directa con la nasofaringe.
Esta continuidad explica por qué el aparato digestivo, respiratorio,
fonador y auditivo están comunicados por conductos: la faringe
actúa como centro anatómico común. También explica por qué una infección
respiratoria, una inflamación de garganta o una congestión nasal pueden afectar
el oído medio, provocando presión, dolor u otitis.
Para completar el
sistema auditivo debe mencionarse el oído interno, llamado también laberinto
interno o laberinto membranoso, alojado dentro del laberinto óseo
del cráneo. Su parte auditiva principal es la cóclea, conocida
popularmente como “caracol” por su forma enrollada. La cóclea está llena
de líquido y contiene células sensoriales capaces de transformar vibraciones
amplificadas por el tímpano, la columela o los huesecillos
auditivos en señales nerviosas. Pero el oído interno no solo escucha:
también contiene el aparato vestibular, formado por utrículo, sáculo
y canales semicirculares, que detectan gravedad, posición de la cabeza y
aceleración. Así, una antigua región faríngea vinculada a las branquias
terminó integrada en un sistema que combina audición, equilibrio,
respiración, deglución y fonación.
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