La lengua es un órgano muscular móvil ubicado en el piso de la cavidad oral, compuesto principalmente por músculo estriado esquelético y recubierto por una mucosa especializada. Su estructura incluye fibras intrínsecas, que modifican su forma (aplanarla, alargarla o
ensancharla), y fibras extrínsecas, que la desplazan dentro de la boca. Está anclada
al hueso hioides y parcialmente a la mandíbula, lo que le permite actuar con gran precisión y
fuerza controlada.
Figura
1. [Jenny
Clack] (1947–2020) fue una paleontóloga británica experta en la transición
de peces a tetrápodos. En Cambridge estudió fósiles como Acanthostega
e Ichthyostega, demostrando que los primeros tetrápodos aún eran
principalmente acuáticos. Sus investigaciones transformaron la comprensión de
la evolución de las extremidades y de la conquista del medio terrestre por los
vertebrados.
Figura
2. El [hueso
hioides], suspendido en el cuello entre mandíbula, lengua, laringe y
faringe. Aunque suele omitirse en dibujos escolares del esqueleto, es
esencial para la deglución, la fonación, la masticación y la protección
respiratoria. Sirve como anclaje muscular móvil, eleva la laringe al tragar y
conecta sistemas óseo, muscular, digestivo y respiratorio.
Funcionalmente, la lengua participa en la manipulación del alimento, la formación del bolo alimenticio y el inicio de la deglución. Además, alberga receptores del gusto distribuidos en papilas gustativas, contribuyendo a la percepción sensorial química. En humanos y otros mamíferos, también desempeña
un papel fundamental en la fonación, al modular el flujo de aire y articular sonidos
dentro del tracto vocal. Así, aunque es un órgano aparentemente simple, constituye
una pieza central en la integración de funciones digestivas, sensoriales y
comunicativas.
Figura
3. La [lengua
humana] es un órgano muscular altamente móvil formado por músculos
intrínsecos y extrínsecos, capaces de modificar su forma y posición. Participa
en la masticación, formación y deglución del bolo alimenticio, además de
albergar receptores del gusto. También es esencial en la articulación
del habla, colaborando con labios y paladar para producir sonidos y
comunicación compleja.
Figura
4. La rana arborícola captura insectos mediante una [lengua
protráctil adhesiva] anclada anteriormente. El aparato hioideo impulsa
y retrae la lengua con gran rapidez, mientras secreciones mucosas aseguran la
presa. Sus ojos elevados y visión binocular mejoran la precisión. Los dedos con
discos adhesivos reflejan adaptación arbórea, integrando locomoción, percepción
y depredación eficiente.
Superficie o epitelio de la lengua
La superficie de la
lengua en vertebrados varía según el ambiente, dieta y función
predominante. En anfibios acuáticos o semiaquáticos predominan lenguas húmedas
y secretoras, con epitelios poco queratinizados y abundantes células
mucosas que ayudan en la captura y humectación del alimento. En ambientes
secos, como en muchos reptiles, aparecen lenguas más queratinizadas,
resistentes a la desecación y al desgaste mecánico. Tortugas terrestres
muestran fuerte queratinización, mientras las acuáticas conservan superficies
más blandas y secretoras.
Algunas lenguas se
especializan principalmente en la quimiosensación. En serpientes, la
lengua bífida recoge partículas químicas del aire y las transfiere al órgano
vomeronasal, funcionando más como herramienta sensorial que alimentaria.
Otras presentan funciones mecánicas marcadas: en aves y mamíferos existen
papilas queratinizadas que ayudan a manipular, retener y transportar el
alimento, resistiendo abrasión constante.
Finalmente, ciertos
vertebrados desarrollaron lenguas altamente protráctiles para capturar
presas. En camaleones, por ejemplo, la lengua combina secreciones adhesivas y
una estructura muscular especializada que permite proyectarla rápidamente sobre
insectos. Así, la diversidad lingual refleja adaptaciones evolutivas precisas
entre anatomía, ecología y comportamiento alimentario.
Órgano del gusto limitado
La lengua es un órgano sensorial del gusto, pero su papel es más limitado de lo que sugiere la creencia
popular. La mayor parte de lo que percibimos como “sabor” depende en realidad
del olfato retronasal, es decir, de las moléculas volátiles que
ascienden desde la cavidad oral hacia la cavidad nasal durante la masticación y la deglución. El
sistema gustativo detecta solo un conjunto relativamente reducido de cualidades
básicas —dulce, salado, ácido, amargo y umami— mediante quimiorreceptores especializados ubicados en los botones gustativos.
El conocido “mapa
de la lengua” que asigna regiones exclusivas a cada sabor es incorrecto.
Los botones gustativos están ampliamente distribuidos en la
superficie lingual, aunque con variaciones de densidad. Se concentran
principalmente en tres tipos de papilas gustativas: las papilas
fungiformes (dispersas sobre todo en la parte anterior), las papilas
circunvaladas (dispuestas en una fila posterior en forma de V) y las papilas
foliadas (en los bordes laterales). Sin embargo, cada región puede
detectar múltiples modalidades gustativas; no existen zonas estrictamente
especializadas para un solo sabor.
Las papilas
filiformes, que son las más abundantes, no contienen botones gustativos y
cumplen una función principalmente mecánica, ayudando a manipular y
retener el alimento. Las diferencias morfológicas entre papilas —filiformes,
fungiformes, foliadas y circunvaladas— reflejan más bien variaciones en función
estructural y en densidad de receptores, no una segregación cualitativa de
sabores. En conjunto, la lengua actúa como un detector químico general,
mientras que la percepción compleja del “sabor” emerge de la integración
entre gusto, olfato, textura y
temperatura dentro del sistema nervioso central.
Figura 5. La [lengua
bífida] de los varanos y otros escamosos funciona
principalmente como órgano de quimiorrecepción. Sus puntas recogen
partículas químicas que son llevadas al órgano vomeronasal, permitiendo
detectar presas, feromonas y direcciones de olor. Este sistema sensorial
altamente especializado complementa visión y olfato, siendo especialmente
eficiente en lagartos y serpientes.
Definición evolutiva de la lengua
La lengua, entendida como una estructura
del piso oral, no posee un origen filogenético único comparable al de la mandíbula
o los dientes. En distintos vertebrados han surgido órganos parecidos
por convergencia evolutiva, es decir, soluciones funcionales semejantes
con orígenes anatómicos diferentes. En peces óseos existen elevaciones
basihiales, “del piso de la boca”, poco móviles; en condrictios,
como los tiburones, predominan soportes cartilaginosos rígidos; y en lampreas
aparece un “pistón lingual” raspador. Sin embargo, estas estructuras no son
necesariamente homólogas entre sí, sino adaptaciones distintas para soporte
oral, raspado o manipulación alimentaria.
La lengua
muscular verdadera surge en el linaje de los tetrápodos, asociada a
la reorganización del aparato hioideo durante la transición hacia la
vida terrestre. Esta lengua no aparece como un órgano aislado, sino como una
transformación de la musculatura hipobranquial, originalmente vinculada
a la ventilación faríngea y branquial. En los amniotas, sus precursores
musculares se relacionan con los somitas occipitales y quedan inervados
por el nervio hipogloso. Su organización básica combina músculos
intrínsecos, que modifican la forma de la lengua, y músculos extrínsecos,
que la desplazan dentro de la cavidad oral.
Un somita
occipital es uno de los bloques embrionarios segmentados de mesodermo
situados en la región posterior de la cabeza, cerca de donde se formará la base
del cráneo; estos somitas producen células precursoras musculares que migran
hacia la región mandibular y faríngea para formar gran parte de la musculatura
de la lengua en los amniotas. El nervio hipogloso, o par craneal
XII, es el nervio motor que inerva la mayoría de esos músculos linguales,
permitiendo movimientos precisos como protruir, retraer, elevar, aplanar o
curvar la lengua. En conjunto, somitas occipitales y nervio hipogloso
muestran que la lengua no surge solo como una estructura superficial de la
boca, sino como un órgano muscular profundo, organizado durante el desarrollo
embrionario y conectado directamente con el sistema nervioso para controlar su
movilidad.
Figura
6. El [nervio
hipogloso] o par craneal XII controla los músculos de la lengua,
esenciales para masticación, deglución, habla y limpieza bucal. Sus lesiones
causan debilidad, atrofia, desviación lingual, disartria y disfagia.
Puede afectarse por traumatismos, tumores, cirugías, accidentes
cerebrovasculares, infecciones o enfermedades neurodegenerativas, mostrando la
conexión entre sistema nervioso, boca, hioides y digestión inicial.
A partir de ese
patrón común, la lengua se diversificó según las necesidades de cada clado. En
muchos anfibios, la musculatura lingual es relativamente simple, pero
suficiente para la captura rápida de presas. En reptiles como los camaleones,
el aparato lingual se especializa para la protrusión balística,
almacenando energía elástica y proyectando la lengua a gran velocidad. En mamíferos,
especialmente en Homo sapiens, la lengua alcanza una organización mucho
más fina, capaz de realizar manipulación precisa del alimento,
participar en la deglución y permitir la fonación articulada.
Figura 7. [Tetrapoda]agrupa a los vertebrados con extremidades
y sus descendientes: anfibios, reptiles, aves y mamíferos. Antes hubo
tetrapodomorfos pisciformes como Eusthenopteron, Panderichthys y Tiktaalik,
con rasgos intermedios. Tetrápodos tempranos como Acanthostega e Ichthyostega
muestran dedos y vida acuática. La transición pez anfibio fue gradual,
por eso la frontera taxonómica es difícil de trazar, sin una separación
evolutiva brusca y sencilla.
Reconstruir la
evolución temprana de la lengua es difícil porque está formada principalmente
por tejido muscular y mucosa, materiales con muy bajo potencial
de fosilización. A diferencia de los huesos mandibulares o dentales, la
lengua rara vez deja evidencia directa en el registro fósil. Por ello,
su historia debe inferirse mediante anatomía comparada, embriología
y estudio de organismos actuales. Los lisanfibios modernos, como las
ranas, son especialmente útiles porque muestran cómo el aparato hioideo puede
reorganizarse entre fases acuáticas larvales y adultos terrestres.
Las lenguas de los anfibios
En los anfibios, la evolución de la lengua verdadera está ligada a la transformación del aparato hioideo.
Figura 8. Aunque la separación de la hiomandíbula en columela y aparato hioideo marca filogenéticamente una condición necesaria para la aparición de la lengua tetrapoda, no implica que la lengua muscular surgiera inmediatamente. Probablemente evolucionó después, cuando el hioides se reorganizó para sostener músculos linguales útiles en captura, manipulación alimentaria y deglución terrestre.
En renacuajos de Lithobates catesbeianus y otros anuros, el segundo arco faríngeo ya se diferencia en columela y aparato hioideo, pero este sistema larval todavía no sostiene una lengua muscular funcional. Su papel principal está relacionado con la ventilación bucofaríngea, el soporte del piso oral acuático y la vida larval en el agua. Esto sugiere que la separación entre columela y hioides ocurrió antes de la aparición de una lengua plenamente activa, y que la lengua muscular móvil surgió después, como una adaptación asociada a la transición hacia la vida terrestre.
En los peces, la alimentación depende sobre todo de la succión acuática, un mecanismo eficaz porque el agua transmite fuerzas con facilidad. Al expandir la cavidad bucal, el pez genera un gradiente de presión que arrastra agua y presas hacia la boca. En tierra, ese sistema pierde eficiencia porque el aire es menos denso y ofrece menor resistencia hidrodinámica. Por eso, en los tetrápodos la lengua aparece como una innovación funcional para capturar alimento, manipular presas, formar el bolo alimenticio y facilitar la deglución en un medio seco. Las lenguas verdaderas se asocian a un hioides más móvil, con expansión del basihial, desarrollo de ceratohiales, reducción de arcos branquiales posteriores y nuevas inserciones musculares.
Como el tejido muscular casi nunca fosiliza, la evolución temprana de la lengua debe inferirse a partir del hioides fosilizado y de la comparación con vertebrados actuales. En anfibios adultos como Rana temporaria, reptiles escamados y camaleones como Chamaeleo calyptratus, el aparato hioideo muestra grados variables de especialización lingual. En mamíferos como Homo sapiens, el hueso hioides está suspendido por músculos y no articula rígidamente con el cráneo, lo que permite movimientos finos relacionados con deglución, fonación y manipulación oral. En fósiles, una posible lengua funcional se infiere por la reducción branquial, la expansión del basihial, marcas de inserción muscular y pérdida de articulaciones típicas de suspensión branquial.
Las lenguas de amniotas diápsidos
Los reptiles ocupan ambientes muy diversos, desde agua dulce y marina hasta regiones terrestres secas, húmedas o con fuertes cambios de temperatura. Esa diversidad se refleja en la histología de la lengua, especialmente en la estratificación y queratinización del epitelio, que protegen contra la desecación, el desgaste mecánico y ciertas condiciones ambientales. Además, muchos reptiles presentan papilas gustativas tanto en la lengua como en el epitelio gingival, mientras que sus glándulas salivales suelen estar separadas de la lengua.
Figura 9. La [lengua
proyectable de camaleones] y anuros es un ejemplo de evolución
convergente: linajes distintos desarrollaron soluciones similares para
capturar insectos a distancia. En camaleones, músculos y tejidos elásticos
impulsan la lengua; en anuros, el aparato hioideo permite su inversión
rápida. Aunque los mecanismos difieren, la función depredadora es equivalente.
En las serpientes,
la lengua cumple sobre todo una función quimiosensorial, no alimentaria.
Su forma bífida y sus movimientos rápidos permiten capturar moléculas
odoríferas del aire y llevarlas al órgano vomeronasal de Jacobson. Como
muchas serpientes carecen de paladar secundario completo, la lengua puede
transferir directamente estas señales químicas hacia la región sensorial. Así,
detección química y mordida quedan funcionalmente conectadas.
En los camaleones,
en cambio, la lengua está especializada para la captura activa de presas.
Su epitelio contiene abundantes células secretoras mucosas y serosas que
favorecen la adhesión. El aparato lingual combina hioides, músculo
acelerador, músculo hiogloso y elementos colágenos elásticos,
permitiendo una proyección balística extremadamente rápida, con aceleraciones
superiores a 41 g y una potencia mayor a la que el músculo produciría por sí
solo.
En tortugas y
lagartos, la lengua muestra adaptaciones según el ambiente. Las tortugas de
agua dulce poseen epitelios linguales no queratinizados y secretorios, mientras
que tortugas terrestres y marinas presentan epitelios más queratinizados y
menos secretores. En lagartos también existen diferencias regionales: el ápice
puede estar queratinizado, la raíz no queratinizada y la zona intermedia
mostrar una transición gradual. Así, la lengua reptiliana refleja un ajuste
fino entre ambiente, alimentación y función sensorial o
mecánica.
Las lenguas de amniotas cocodrilianos, dinosaurios y aves
En cocodrilianos
como el caimán, la lengua presenta una aparente excepción ecológica: aunque son
reptiles predominantemente acuáticos, su epitelio lingual está
fuertemente queratinizado. Esto sugiere que la queratinización no
depende solo de la humedad del hábitat, sino también del volumen de la
lengua, la exposición durante estancias en tierra y la necesidad de
proteger el tejido contra la desecación y el desgaste.
En aves, la
lengua también muestra una marcada queratinización, especialmente en la
cara ventral, donde aparece la llamada uña lingual. Muchas especies
poseen papilas queratinizadas, procesos finos y estructuras endurecidas
que cooperan con el pico para retener, fragmentar o manipular el alimento. En
aves piscívoras, estas proyecciones ayudan a sujetar presas resbaladizas,
mientras que en especies que consumen alimentos duros funcionan junto a
serraciones del pico.
Figura 10. En los patos, la lengua posee un
epitelio estratificado y queratinizado que resiste el roce con
sedimentos y alimento acuático formando [pseudodientes
linguales]. Sus proyecciones córneas o pseudodientes linguales
colaboran con las láminas del pico para filtrar agua, retener partículas
comestibles y dirigirlas al esófago. Así, pico y lengua forman un sistema
especializado de alimentación acuática.
En cuanto a los dinosaurios,
la evidencia directa es limitada porque la lengua rara vez fosiliza. Sin
embargo, el estudio del aparato hioideo sugiere que muchos dinosaurios
no avianos, especialmente terópodos, tenían lenguas simples y poco móviles,
probablemente ancladas al piso oral. En ornitisquios herbívoros pudo existir
mayor manipulación intraoral. En las aves modernas, descendientes de terópodos,
el hioides se elongó y diversificó, permitiendo lenguas más móviles y
especializadas.
Las lenguas de los amniotas mamíferos
En los mamíferos,
el epitelio oral es generalmente estratificado, pero la queratinización
se concentra sobre todo en la región dorsal de la lengua, donde cumple una
función protectora frente al desgaste producido por la masticación. A
diferencia de muchos reptiles, esta queratinización no depende solo de la
sequedad ambiental, sino también de las exigencias mecánicas de la
alimentación. La lengua trabaja junto con los dientes en la captura,
manipulación y procesamiento del alimento.
Figura 11. La [lengua
de los félidos] posee papilas filiformes muy queratinizadas,
orientadas hacia atrás, que le dan textura áspera. Estas estructuras funcionan
como una herramienta de raspado, capaz de desprender carne adherida al
hueso y dirigirla hacia la garganta. También sirven para el acicalamiento,
removiendo pelo, suciedad y parásitos del pelaje.
Figura 12. La [lengua
de la jirafa] es larga, musculosa y prensil, alcanzando hasta 40–50
cm. Su color oscuro, rico en melanina, ayuda a protegerla del sol. Presenta
epitelio resistente y parcialmente queratinizado, útil contra espinas de
acacias. Funciona junto con labios y paladar para seleccionar hojas,
sosteniendo su estrategia alimentaria en sabanas africanas.
Figura 13. La [lengua
del oso hormiguero] es larga, cilíndrica, protráctil y especializada en
capturar hormigas y termitas. Puede extenderse más de 50 cm y se asocia
a un aparato hioideo elongado. Sus secreciones salivales pegajosas
adhieren insectos rápidamente. Compensa la ausencia de dientes y define su
estrategia alimentaria insectívora.
En roedores
como ratas y ratones, la queratinización dorsal es intensa y afecta
especialmente a las papilas filiformes, adaptadas al consumo de
alimentos duros. Estas papilas suelen inclinarse hacia la raíz de la lengua, lo
que facilita retener y desplazar el alimento hacia la faringe. En algunos
mamíferos también se especializan para el acicalamiento, soportando
fuerzas mecánicas fuertes.
En mamíferos
marinos como lobos marinos, delfines y nutrias marinas, las papilas
filiformes varían en desarrollo, pero la queratinización lingual sigue
presente. En felinos, las papilas forman pequeños garfios queratinizados
orientados hacia atrás, útiles para raspar carne de las presas y para el aseo.
Incluso en gatos domésticos, esta rigidez puede raspar la piel humana.
Las papilas
gustativas de los mamíferos se distribuyen ampliamente en superficies
dorsales y laterales de la lengua. Las glándulas salivales mayores están
separadas de la lengua, mientras que glándulas menores, como la glándula de
Ebner, lavan los surcos de papilas gustativas para renovar los estímulos
químicos. En humanos, el uso de manos y la cocción reducen la dependencia
mecánica de una lengua fuertemente queratinizada.
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