La
imagen muestra a una persona con la lengua extendida, lo que permite
destacar su movilidad y versatilidad funcional. La lengua humana es un órgano
muscular compuesto principalmente por músculo estriado esquelético,
organizado en fibras intrínsecas y extrínsecas. Las fibras intrínsecas
modifican su forma —acortarla, ensancharla o aplanarla— mientras que las
extrínsecas la desplazan dentro de la cavidad oral. Esta capacidad explica cómo
puede protruirse, elevarse o retraerse con precisión. Además, la lengua
participa en la expresión facial y comunicación no verbal, como en
gestos lúdicos o señales emocionales. Su superficie está recubierta por mucosa
especializada que protege y facilita el contacto con alimentos.
En
el ámbito digestivo, la lengua cumple funciones esenciales en la manipulación
y formación del bolo alimenticio. Durante la masticación, mueve el alimento
entre los dientes y lo mezcla con saliva. Posteriormente, impulsa el bolo hacia
la faringe iniciando la deglución voluntaria. También alberga papilas
gustativas que contienen receptores del sentido del gusto, capaces de
detectar estímulos químicos como dulce, salado, ácido, amargo y umami. Estas
señales se transmiten a través de nervios craneales hacia el sistema nervioso
central, contribuyendo a la percepción sensorial y selección de alimentos.
En
el plano comunicativo, la lengua es fundamental para la articulación del
habla. Modula el flujo de aire proveniente de los pulmones y colabora con
labios, dientes y paladar para producir sonidos consonánticos y vocálicos.
Movimientos finos y coordinados permiten diferenciar fonemas y estructurar
palabras. Así, más allá de su aparente simplicidad, la lengua integra funciones
digestivas, sensoriales y lingüísticas, constituyendo un órgano clave en la
biología y cultura humanas.
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