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miércoles, 25 de febrero de 2026

Figura. La lengua humana

 

La imagen muestra a una persona con la lengua extendida, lo que permite destacar su movilidad y versatilidad funcional. La lengua humana es un órgano muscular compuesto principalmente por músculo estriado esquelético, organizado en fibras intrínsecas y extrínsecas. Las fibras intrínsecas modifican su forma —acortarla, ensancharla o aplanarla— mientras que las extrínsecas la desplazan dentro de la cavidad oral. Esta capacidad explica cómo puede protruirse, elevarse o retraerse con precisión. Además, la lengua participa en la expresión facial y comunicación no verbal, como en gestos lúdicos o señales emocionales. Su superficie está recubierta por mucosa especializada que protege y facilita el contacto con alimentos.

En el ámbito digestivo, la lengua cumple funciones esenciales en la manipulación y formación del bolo alimenticio. Durante la masticación, mueve el alimento entre los dientes y lo mezcla con saliva. Posteriormente, impulsa el bolo hacia la faringe iniciando la deglución voluntaria. También alberga papilas gustativas que contienen receptores del sentido del gusto, capaces de detectar estímulos químicos como dulce, salado, ácido, amargo y umami. Estas señales se transmiten a través de nervios craneales hacia el sistema nervioso central, contribuyendo a la percepción sensorial y selección de alimentos.

En el plano comunicativo, la lengua es fundamental para la articulación del habla. Modula el flujo de aire proveniente de los pulmones y colabora con labios, dientes y paladar para producir sonidos consonánticos y vocálicos. Movimientos finos y coordinados permiten diferenciar fonemas y estructurar palabras. Así, más allá de su aparente simplicidad, la lengua integra funciones digestivas, sensoriales y lingüísticas, constituyendo un órgano clave en la biología y cultura humanas.

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