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miércoles, 25 de febrero de 2026

Figura. Lenguas bífidas


La imagen muestra un varano, similar al dragón de Komodo (Varanus komodoensis), con la lengua bífida extendida. Esta lengua dividida en dos puntas es característica de los escamosos del clado Squamata, que incluye lagartos y serpientes. A diferencia de la lengua muscular humana, aquí funciona principalmente como órgano sensorial químico. Su superficie está cubierta por secreciones ricas en lípidos y mucopolisacáridos, capaces de atrapar partículas odoríferas presentes en el aire o sobre el sustrato. Cuando el animal retrae la lengua, cada punta deposita las moléculas recogidas en aberturas situadas en el paladar, que conducen al órgano vomeronasal o órgano de Jacobson.

El órgano vomeronasal es una estructura especializada en la quimiorrecepción direccional, permitiendo detectar feromonas, rastros de presas y señales ambientales. La bifurcación lingual cumple un papel clave, ya que cada punta recoge información de lados ligeramente distintos, facilitando la comparación espacial. Este mecanismo permite al animal determinar la dirección de una fuente química con notable precisión. En varanos como el dragón de Komodo, esta capacidad es esencial para localizar carroña o presas a grandes distancias. En serpientes, la lengua bífida es aún más delgada y rápida, optimizando la captura de partículas suspendidas en el aire.

Este sistema sensorial no se limita a varanos; está ampliamente distribuido en lagartos, serpientes y otros escamosos, aunque con variaciones en tamaño y frecuencia de protrusión. En contraste, otros reptiles como tortugas y cocodrilos presentan lenguas menos especializadas para quimiorrecepción aérea. La lengua bífida representa así una innovación evolutiva que transformó el aparato oral en una herramienta sensorial altamente eficiente, complementando la visión y el olfato tradicional en estos vertebrados.

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