El estudio de la herencia biológica ha sido
fundamental para el desarrollo de las civilizaciones humanas desde los
comienzos de la agricultura y la ganadería. Mucho antes del
descubrimiento de los genes, nuestros antepasados observaron que
determinadas características de las plantas y los animales podían
transmitirse de padres a hijos. Gracias a estas observaciones comenzaron a
reproducir organismos que presentaban características deseables, como mayor
tamaño, abundancia de frutos, facilidad de manejo o menor agresividad. Este
proceso se conoce como domesticación y constituye una de las primeras
aplicaciones prácticas del conocimiento sobre la herencia (Doebley et
al., 2006).
La domesticación ocurre cuando los seres humanos influyen
durante numerosas generaciones en la reproducción de una población,
favoreciendo la transmisión de ciertas características hereditarias. Por
ejemplo, los primeros agricultores podían conservar las semillas de las
plantas que producían cosechas abundantes, mientras que los ganaderos preferían
reproducir animales más dóciles. Aunque desconocían el funcionamiento del ADN,
estaban modificando gradualmente la frecuencia de variantes genéticas
presentes en aquellas poblaciones. Este mecanismo recibe el nombre de selección
artificial, porque las características favorecidas dependen de las
decisiones humanas.
Uno de los ejemplos más conocidos es el banano,
perteneciente al género Musa. Muchos bananos silvestres producen frutos
que contienen numerosas semillas grandes y duras, rodeadas por
cantidades relativamente pequeñas de pulpa comestible. En cambio, los
bananos cultivados comercialmente presentan frutos carnosos, generalmente sin
semillas duras desarrolladas. Estas diferencias se relacionan con procesos de hibridación,
poliploidía y selección de plantas capaces de producir frutos sin una
fecundación normal. La poliploidía ocurre cuando las células poseen más
de dos conjuntos completos de cromosomas, mientras que la partenocarpia
permite desarrollar frutos sin semillas formadas mediante fecundación (Perrier
et al., 2011).

Figura 1. [Domesticación
del banano]. Los bananos silvestres del género Musa poseen numerosas
semillas duras y poca pulpa comestible. Mediante selección artificial,
hibridación y poliploidía, surgieron variedades cultivadas con frutos carnosos
y sin semillas funcionales. Su reproducción vegetativa facilita el cultivo,
pero reduce la diversidad genética, aumentando la vulnerabilidad frente a
enfermedades. Conservar sus parientes silvestres favorece el mejoramiento
genético (Perrier et al., 2011).
Otro ejemplo extraordinario es el maíz, cuyo nombre
científico es Zea mays. Esta planta pertenece a la familia de las gramíneas,
también llamada Poaceae, que incluye importantes cereales como el arroz,
el trigo y la cebada. Las investigaciones genéticas indican que
el maíz fue domesticado en México hace aproximadamente 9000 años, a
partir de poblaciones silvestres de teosinte, especialmente relacionadas
con Zea mays subsp. parviglumis (Matsuoka et al., 2002).
El teosinte presenta estructuras reproductivas
pequeñas, con pocos granos protegidos por cubiertas endurecidas. Por el
contrario, el maíz domesticado produce grandes mazorcas con numerosos
granos relativamente expuestos y unidos a una estructura central. Estas
transformaciones fueron favorecidas durante miles de años por la selección
de plantas que producían alimentos más fáciles de recolectar, almacenar y
consumir.

Figura 2. [Domesticación
del maíz]. El maíz moderno (Zea mays) procede del teosinte
silvestre, domesticado hace aproximadamente 9000 años en México. Mediante selección
artificial, los agricultores favorecieron mazorcas grandes y granos
comestibles. Cambios en los genes tb1 y tga1 modificaron la ramificación y las
cubiertas de los granos. El teosinte conserva diversidad genética valiosa para
el mejoramiento agrícola (Matsuoka et al., 2002).
La selección también modificó la arquitectura vegetal,
es decir, la disposición de tallos, ramas, hojas y estructuras reproductivas.
En el maíz moderno, determinadas características favorecen que la planta
concentre recursos en la producción de mazorcas grandes. Algunos de estos
cambios están relacionados con genes que regulan el desarrollo, como teosinte
branched1, implicado en la ramificación del tallo (Doebley et al., 2006).
Sin embargo, la domesticación no significa que todos los
organismos cultivados sean superiores a sus antepasados. Muchas poblaciones
silvestres conservan variantes genéticas que permiten resistir sequías,
plagas y enfermedades. Por esta razón, los científicos estudian a
los parientes silvestres de los cultivos para recuperar características útiles
mediante programas de mejoramiento genético.
La cría selectiva y la aplicación de la ciencia
La cría selectiva, también denominada selección
artificial, consiste en elegir aquellos organismos que presentan
determinadas características deseables y permitir que se reproduzcan con
mayor frecuencia que otros individuos. Su objetivo es aumentar la presencia de
esos rasgos en las siguientes generaciones. Este procedimiento se ha utilizado
durante milenios, pero sus resultados se hicieron más predecibles cuando
comenzó a desarrollarse la genética científica (Doebley et al., 2006).
Imaginemos un agricultor que cultiva cien plantas de frijol.
Algunas producen pocas vainas, mientras otras desarrollan numerosas vainas con
semillas grandes. Si el agricultor conserva únicamente las semillas de las
plantas más productivas, estará aplicando un proceso de selección artificial.
Si las diferencias observadas tienen una base hereditaria, parte de las
nuevas plantas podría presentar una mayor productividad.

Figura 3. [Del
lobo al perro]. El lobo gris (Canis lupus) es un depredador grande que vive
en manadas familiares y coopera durante la caza. Su domesticación aprovechó
estas capacidades sociales, favoreciendo la convivencia humana. El husky
siberiano conserva semejanzas anatómicas con el lobo, pero presenta
modificaciones producto de la selección artificial, especialmente en su
comportamiento cooperativo y adaptación al trabajo (Range &
Marshall-Pescini, 2022).

Figura 4. [Domesticación
del uro] El uro (Bos primigenius) fue un enorme bovino silvestre,
antepasado del ganado doméstico. Su domesticación comenzó hace aproximadamente
10 000 años, mediante selección artificial de animales más dóciles. Surgieron
linajes especializados en producir carne, leche y realizar trabajos agrícolas.
Los cambios afectaron su anatomía, comportamiento y diversidad genética. El
último uro conocido murió en Polonia en 1627 (Park et al., 2015).
No obstante, seleccionar organismos por su apariencia no
garantiza que sus descendientes presenten exactamente las mismas
características. El fenotipo, es decir, el conjunto de características
observables, depende tanto del genotipo como de las condiciones
ambientales. Una planta puede crecer mucho porque recibió abundante agua y
fertilizantes, sin poseer necesariamente variantes genéticas que produzcan
mayor crecimiento.
Por esta razón, los programas modernos de mejoramiento
vegetal comparan varias generaciones, estudian el rendimiento bajo
diferentes condiciones y utilizan procedimientos estadísticos para identificar
las características que realmente pueden transmitirse mediante la reproducción.
En la ganadería, la selección artificial permitió
desarrollar razas de animales especializadas en distintas funciones. Algunas
poblaciones bovinas fueron seleccionadas por su producción de leche,
mientras otras se favorecieron por su desarrollo muscular. En las ovejas
se seleccionaron características relacionadas con la producción de lana,
y en los perros se favorecieron numerosas combinaciones de tamaño,
comportamiento y capacidades sensoriales.
La selección puede aumentar la productividad, pero también
presenta riesgos. Cuando se reproduce repetidamente un número reducido de
individuos, puede disminuir la diversidad genética de una población.
Esto puede favorecer la consanguinidad, aumentar la aparición de ciertos
trastornos hereditarios y reducir la capacidad de adaptación frente a
cambios ambientales.
Actualmente, la genética permite utilizar herramientas como
la selección asistida por marcadores moleculares, que consiste en
identificar regiones del ADN relacionadas con características útiles. De
esta manera, los investigadores pueden seleccionar plantas o animales sin
esperar necesariamente a que todas las características aparezcan durante la
edad adulta.
El mejoramiento genético tiene aplicaciones económicas
importantes, porque contribuye a aumentar la producción de alimentos,
mejorar la calidad de los cultivos y reducir determinadas pérdidas agrícolas.
Sin embargo, sus objetivos también incluyen la seguridad alimentaria, el
bienestar animal, la conservación de la biodiversidad y el desarrollo de
sistemas agrícolas sostenibles (Doebley et al., 2006).
La cría selectiva en el contexto de Mendel y Darwin
Durante el siglo XIX, la cría selectiva ya era una
práctica ampliamente conocida entre agricultores, ganaderos y naturalistas
europeos. Los procedimientos para cruzar plantas y observar las características
de sus descendientes existían mucho antes de los experimentos de Gregor
Mendel. Sin embargo, todavía no se comprendían las reglas que gobernaban la
transmisión hereditaria, especialmente cuando los descendientes
presentaban características diferentes de las de sus padres.

Figura
5. [Charles
Darwin] (1809–1882) fue un naturalista británico nacido en Inglaterra.
Estudió en Edimburgo y Cambridge. Durante el viaje del HMS Beagle (1831–1836),
investigó la diversidad biológica, los fósiles y la distribución de especies.
En 1859 publicó El origen de las especies, donde desarrolló la teoría de la
evolución por selección natural, fundamentada en la variación hereditaria, la
supervivencia y la reproducción diferencial.
Charles Darwin (1809-1882) estudió cuidadosamente los
resultados de la selección artificial para desarrollar sus explicaciones
sobre la evolución. Observó que los criadores podían modificar las
características de animales y plantas mediante la reproducción selectiva. Estas
observaciones contribuyeron a formular su teoría de la selección natural,
publicada en 1859, según la cual determinadas características hereditarias
pueden favorecer la supervivencia y el éxito reproductivo de los
organismos en su ambiente (Berry & Browne, 2022).
Darwin realizó numerosos experimentos de cruzamiento
entre plantas, incluyendo variedades con diferencias evidentes en el color
de sus flores. Uno de sus principales intereses consistía en comprender por qué
algunos descendientes presentaban características intermedias entre sus
progenitores, mientras otros conservaban rasgos claramente diferenciados.
El 6 de febrero de 1866, Darwin escribió una carta a Alfred
Russel Wallace, naturalista que había desarrollado independientemente una
explicación de la evolución mediante selección natural. En esta correspondencia
mencionó sus experimentos con dos variedades de arveja dulce, Lathyrus
odoratus, conocidas como Painted Lady y Purple.

Figura 6. [Variedades
de arveja dulce]. Charles Darwin cruzó variedades de arveja dulce (Lathyrus
odoratus) con flores rosadas y violetas, observando descendientes que
conservaban características de sus progenitores, sin mezclarse necesariamente.
El color floral depende de genes que regulan las antocianinas. Estos
experimentos cuestionaron la herencia por mezcla y anticiparon principios de la
genética mendeliana, relacionados con la transmisión de alelos (Berry &
Browne, 2022).
Darwin explicó que había realizado un cruzamiento
entre ambas variedades, cuyas flores presentaban coloraciones considerablemente
diferentes. Para su sorpresa, obtuvo descendientes con las características de
una u otra variedad, incluso dentro de una misma vaina, pero sin observar las
coloraciones intermedias que esperaba encontrar.
Esta observación resultaba importante porque cuestionaba la
idea de que todas las características hereditarias debían mezclarse
necesariamente durante la reproducción. En lugar de obtener siempre una
apariencia intermedia, algunos descendientes parecían conservar características
diferenciadas de sus progenitores.
Darwin relacionó estas observaciones con otros fenómenos
biológicos, como la aparición de machos y hembras dentro de una misma
descendencia y determinadas diferencias observadas entre poblaciones de
mariposas. Sin embargo, todavía no disponía de una explicación que permitiera
predecir matemáticamente las proporciones de los distintos resultados (Darwin,
1866).
Por su parte, Gregor Mendel (1822-1884) desarrollaba
experimentos con el guisante común, Pisum sativum, en el
monasterio de Santo Tomás, situado en Brno, actual República Checa. A
diferencia de Darwin, Mendel seleccionó deliberadamente características que
podían organizarse en categorías discretas, como semillas lisas o
rugosas y flores violetas o blancas.
Otra diferencia fundamental fue su utilización de conteos
sistemáticos y proporciones matemáticas. En lugar de limitarse a
describir las características de unas pocas plantas, Mendel examinó numerosos
descendientes y comparó la frecuencia con la que aparecían determinados rasgos.
El trabajo de Mendel fue presentado en 1865 y publicado en
1866, el mismo año de la correspondencia de Darwin con Wallace. Aunque sus
investigaciones abordaban problemas relacionados, no existe evidencia sólida de
que Darwin conociera adecuadamente los resultados de Mendel durante su vida
(Berry & Browne, 2022).
Los experimentos de ambos científicos contribuyeron a
comprender diferentes aspectos de la biología. Darwin explicó cómo las variaciones
hereditarias podían participar en los cambios evolutivos de las
poblaciones, mientras Mendel identificó patrones regulares de transmisión de
caracteres entre generaciones.
La cría selectiva depende de factores de ambos progenitores
Mucho antes de Mendel, diferentes investigadores habían
observado que los descendientes podían heredar características de ambos
progenitores. Esta conclusión cuestionaba las antiguas explicaciones que
atribuían exclusivamente al padre el principio responsable de las
características del nuevo organismo.
Durante el siglo XVIII, el botánico alemán Joseph
Gottlieb Kölreuter (1733-1806) realizó investigaciones experimentales sobre
la hibridación vegetal, especialmente mediante cruzamientos entre
plantas de diferentes variedades o especies cercanas. Sus estudios demostraron
que la reproducción podía producir híbridos, organismos resultantes de
la combinación de materiales reproductivos procedentes de progenitores
genéticamente diferentes.

Figura 7. [Domesticación
y feralización del cerdo]. El cerdo doméstico y el jabalí pertenecen a la
especie Sus scrofa. La domesticación favoreció animales dóciles y
productivos mediante selección artificial. La feralización ocurre cuando los
cerdos regresan a la vida silvestre, donde la selección natural favorece nuevas
adaptaciones. Pueden cruzarse con jabalíes, generando híbridos fértiles e
intercambiando información genética mediante flujo genético (Frantz et al.,
2015).
Una de las técnicas importantes fue el cruzamiento
recíproco, que consiste en intercambiar las funciones reproductivas de dos
plantas durante experimentos complementarios. Por ejemplo, en un primer
experimento se puede utilizar una planta de flores rojas como progenitor
masculino y una planta de flores blancas como progenitor femenino.
En un segundo experimento se invierte la combinación: la
planta de flores blancas aporta el polen, mientras que la planta de
flores rojas proporciona los óvulos. Posteriormente se comparan las
características de los descendientes obtenidos en ambos cruzamientos.
Si los resultados son semejantes, pueden indicar que ambos
progenitores aportan información hereditaria importante para determinar
el rasgo estudiado. Sin embargo, algunos caracteres presentan diferencias entre
cruzamientos recíprocos, debido a fenómenos como la herencia citoplasmática,
los efectos maternos o determinados mecanismos relacionados con los
cromosomas sexuales.
Los experimentos de Kölreuter también permitieron estudiar
la fertilidad de los híbridos, la aparición de características
intermedias y el fenómeno conocido como vigor híbrido o heterosis,
que ocurre cuando determinados descendientes presentan un crecimiento o
rendimiento superior al de sus progenitores (Goulet et al., 2017).
Actualmente sabemos que, durante la reproducción sexual,
cada progenitor aporta normalmente la mitad del material genético nuclear
del descendiente. En los animales, esto ocurre mediante la unión del
espermatozoide y el óvulo. En las plantas con flores, el proceso incluye la
transferencia del polen hacia las estructuras reproductoras femeninas y la
posterior fecundación.
Los gametos se forman mediante un proceso de división
celular denominado meiosis, que reduce a la mitad el número de
cromosomas. Cuando ocurre la fecundación, se restablece el número
característico de cromosomas de la especie.
Sin embargo, recibir cantidades equivalentes de ADN
nuclear no significa que todos los rasgos dependan por igual de ambos
progenitores. La expresión de las características depende de los alelos,
las interacciones entre genes y numerosos mecanismos de regulación genética.
Las investigaciones sobre la hibridación demostraron que la reproducción
vegetal podía estudiarse mediante experimentos controlados. Estos avances
prepararon el camino para los trabajos de Mendel y para el posterior desarrollo
de la genética experimental.
La herencia continua contra la herencia discreta
Durante el siglo XIX existían diferentes explicaciones sobre
la manera en que los caracteres hereditarios pasaban de una generación a
la siguiente. Una de las más extendidas era la herencia por mezcla,
según la cual las características de ambos progenitores se combinaban
permanentemente en sus descendientes, de forma semejante a dos pinturas de
colores diferentes.
Por ejemplo, si una planta producía flores rojas y
otra presentaba flores blancas, podía suponerse que sus descendientes
tendrían necesariamente flores rosadas. Esta explicación parecía razonable
porque muchas características de los organismos presentan valores intermedios
entre los de sus padres.
El problema principal consistía en considerar que los factores
hereditarios se mezclaban de manera irreversible. Si esto fuera cierto, las
diferencias entre los organismos tenderían a disminuir constantemente durante
las generaciones, dificultando la conservación de la variabilidad genética
necesaria para la evolución (Berry & Browne, 2022).
La situación puede comprenderse mediante una comparación con
pinturas. Cuando mezclamos pintura roja con pintura blanca obtenemos un color
rosado. Sin embargo, no podemos recuperar fácilmente los colores originales
separando la mezcla. Los antiguos modelos de herencia por mezcla
suponían que algo semejante ocurría con los materiales hereditarios.
Los experimentos de Mendel demostraron que determinados
caracteres siguen un comportamiento diferente. Por ejemplo, al cruzar
variedades de guisantes con semillas lisas y semillas rugosas,
los resultados podían explicarse mediante la transmisión de unidades
hereditarias que conservaban su identidad entre generaciones.
Actualmente denominamos genes a las unidades de
información hereditaria y alelos a sus diferentes variantes. Cada
individuo diploide posee generalmente dos alelos para cada gen nuclear, uno
procedente de cada progenitor. Durante la meiosis, esos alelos se
separan y pueden transmitirse a diferentes descendientes.
En determinados casos, un alelo dominante puede
determinar el fenotipo observado cuando está acompañado de un alelo recesivo.
Por esta razón, una característica puede desaparecer aparentemente durante una
generación y reaparecer posteriormente.
Este comportamiento constituye un ejemplo de herencia
discreta, porque las características estudiadas pueden clasificarse en
categorías claramente diferenciadas. Otros ejemplos sencillos incluyen ciertos
colores de flores y algunas diferencias en la forma de las semillas.
Sin embargo, no todas las características biológicas
presentan categorías tan evidentes. La estatura, la masa corporal
y muchas diferencias en la pigmentación muestran una distribución
continua, con numerosos valores intermedios entre los extremos.
Este fenómeno se denomina variación continua y suele
relacionarse con la herencia poligénica, en la cual numerosos genes
contribuyen a determinar una característica. Además, las condiciones
ambientales pueden modificar su expresión.
Por ejemplo, la estatura humana depende de numerosas variantes
genéticas, pero también está influida por la alimentación y las condiciones
de salud durante el crecimiento. La existencia de valores intermedios no
significa que los genes se mezclen y pierdan su identidad. Cada variante puede
transmitirse siguiendo mecanismos hereditarios definidos (Visscher & Wray,
2016).
También existen fenómenos como la dominancia incompleta,
en la cual los individuos heterocigotos presentan un fenotipo intermedio. En
algunas plantas, el cruzamiento entre flores rojas y blancas puede producir
flores rosadas sin que los alelos originales desaparezcan.
La relación entre genética mendeliana y variación
continua fue aclarada posteriormente mediante investigaciones matemáticas.
En 1918, Ronald Fisher demostró que numerosos genes de efectos pequeños podían
producir características continuas, aun cuando sus alelos se transmitieran
mediante mecanismos mendelianos.
Esta explicación permitió desarrollar la genética
cuantitativa, una rama de la biología que estudia características medibles,
como el tamaño, el rendimiento agrícola y la producción de leche. La genética
cuantitativa utiliza herramientas matemáticas y estadísticas para analizar cómo
contribuyen los genes y el ambiente a las diferencias entre individuos
(Visscher, 2019).
En los experimentos de mejoramiento agrícola, distinguir
entre herencia discreta y herencia continua resulta fundamental.
Los caracteres discretos pueden estudiarse mediante proporciones entre
categorías, mientras que los caracteres continuos requieren mediciones,
promedios, distribuciones de frecuencia y otros procedimientos estadísticos.
La dificultad histórica no consistía simplemente en que los
naturalistas desconocieran las matemáticas. El problema era identificar
características apropiadas, diseñar cruzamientos controlados, estudiar
suficientes descendientes y reconocer las regularidades que se ocultaban detrás
de la diversidad observada.
Los experimentos de Mendel fueron importantes precisamente
porque reunieron estas condiciones. Sus resultados permitieron formular
explicaciones matemáticas de la segregación de los alelos,
proporcionando herramientas que posteriormente transformarían el estudio de la reproducción,
la herencia biológica y la variación de los organismos.
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