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El esqueleto
apendicular humano está constituido por las cinturas óseas y los
huesos de las extremidades superiores e inferiores. En anatomía
comparada, cada extremidad de los tetrápodos responde al patrón general
denominado quiridio, mientras que una cintura es el conjunto de
estructuras que conecta ese quiridio con el esqueleto axial. La cintura
escapular o pectoral sostiene las extremidades superiores y establece su
conexión con el tórax; la cintura pélvica, por su parte, transmite el
peso corporal hacia las extremidades inferiores mediante su unión con el sacro.
En conjunto, el esqueleto apendicular adulto comprende 126 huesos,
especializados tanto en la locomoción como en la manipulación del
ambiente (Betts et al., 2022).
Figura 1. [El esqueleto apendicular] incluye
huesos clave como húmero, radio, cúbito, fémur, tibia, fíbula, carpos,
metacarpos, tarsos y falanges. Sus lesiones frecuentes comprenden fracturas
del fémur, radio, tibia, escafoides y fracturas por estrés. El uso
repetido modifica el hueso mediante remodelación, pudiendo causar engrosamiento
cortical, deformidades, hallux valgus, osteofitos y desgaste
articular progresivo que alteran la biomecánica normal de las extremidades.
Las extremidades
humanas presentan una clara especialización funcional asociada con el bipedalismo
habitual. Las extremidades superiores dejaron de desempeñar un papel
indispensable en el soporte del peso durante la locomoción y adquirieron una
extraordinaria libertad de movimiento, mientras que las inferiores se
especializaron en soporte, equilibrio, propulsión y transmisión del peso
corporal. Esta diferenciación no implica que otros primates empleen brazos
y piernas exclusivamente para trepar; sus repertorios locomotores son diversos.
Sin embargo, entre los primates actuales, el ser humano destaca por una
locomoción terrestre basada normalmente en una postura bípeda erguida y
por liberar las manos de una función locomotora obligatoria (Harcourt-Smith
& Aiello, 2004).
La diferencia
también se refleja en la forma en que ambas cinturas se relacionan con el eje
corporal. La cintura escapular está conectada directamente al esqueleto
axial fundamentalmente mediante las articulaciones esternoclaviculares,
lo que proporciona gran movilidad al hombro. La pelvis, en cambio, forma una
estructura mucho más estable mediante las articulaciones sacroilíacas,
la sínfisis púbica y numerosos ligamentos. Así, la extremidad superior
favorece movilidad y precisión, mientras que la inferior favorece estabilidad
y generación de fuerza (Betts et al., 2022).
Apéndices superiores humanos
La cintura
escapular: la cintura
pectoral o escapular está constituida, a cada lado del cuerpo, por una escápula
y una clavícula. La escápula es un hueso plano aproximadamente
triangular situado en la región posterior del tórax, mientras que la clavícula
es un hueso alargado con forma general de S que se extiende desde el esternón
hasta el acromion de la escápula. La clavícula funciona como un soporte
que mantiene lateralmente el hombro y transmite fuerzas desde la extremidad
superior hacia el tronco. La escápula, por su parte, proporciona una extensa
superficie para la inserción de músculos responsables de la movilidad y
estabilización del hombro (Betts et al., 2022).
Existe dimorfismo
sexual en la morfología de la clavícula, pero no debe reducirse a afirmar
que las clavículas femeninas son siempre rectas y las masculinas siempre
curvas. Las diferencias son promedios estadísticos y presentan un
considerable solapamiento entre poblaciones e individuos. Estudios forenses
recientes muestran que variables como la longitud máxima, la circunferencia
de la diáfisis y las dimensiones de los extremos esternal y acromial pueden
diferir entre muestras masculinas y femeninas. Un estudio publicado en 2026
encontró clavículas masculinas, en promedio, de mayores dimensiones, pero estos
patrones dependen de la población estudiada y no permiten clasificar de
manera infalible a una persona individual únicamente por este hueso (Ghorpade
et al., 2026).
Figura 2. [La cintura escapular],
formada por clavículas y escápulas, presenta diferencias promedio de tamaño
y robustez entre sexos, aunque existe amplio solapamiento individual. Sus
lesiones frecuentes incluyen fracturas de clavícula, luxaciones
acromioclaviculares y escápula alada. Entre las anomalías destacan deformidad
de Sprengel, displasia cleidocraneal y discinesia escapular, además de
entesopatías y remodelación ósea asociadas con sobrecarga mecánica
repetitiva del hombro.
El quiridio
superior: el hueso proximal
de la extremidad superior es el húmero, cuya cabeza redondeada se
articula con la cavidad glenoidea de la escápula, formando la
articulación glenohumeral del hombro. Esta articulación posee un extraordinario
rango de movimiento, aunque esa movilidad implica una menor estabilidad
ósea y hace necesaria la participación de músculos, tendones y ligamentos para
conservar la congruencia articular. El extremo distal del húmero participa en
la articulación del codo con los huesos del antebrazo: el radio y
la ulna o cúbito.
Desde el punto de
vista de la anatomía comparada, el quiridio puede dividirse en tres
regiones. El estilopodio contiene un solo hueso, el húmero; el zeugopodio
contiene radio y ulna; y el autopodio comprende la muñeca y la mano. En
el autopodio humano existen ocho huesos carpianos, distribuidos en dos
filas, cinco metacarpianos que forman gran parte del soporte óseo de la
palma y catorce falanges. Los dedos segundo a quinto poseen tres
falanges —proximal, media y distal—, mientras que el pulgar posee únicamente
dos. La gran movilidad del pulgar y su capacidad de oposición son
fundamentales para las múltiples formas de prensión y manipulación
características de la mano humana (Betts et al., 2022).
Figura 3. [Lesiones de las extremidades superiores]. Las
extremidades superiores pueden sufrir luxaciones de hombro, lesiones del
manguito rotador, epicondilitis, bursitis y esguinces. El uso
repetitivo favorece síndrome del túnel carpiano, tenosinovitis,
entesopatías y remodelación ósea. Entre las alteraciones congénitas destacan sindactilia,
polidactilia, clinodactilia, sinostosis radioulnar y deformidad
de Madelung, capaces de afectar movilidad, fuerza, sensibilidad, coordinación y
función manual de forma variable según su gravedad clínica.
La mano humana no
evolucionó de manera aislada. La liberación progresiva de las extremidades
superiores de las exigencias de la locomoción terrestre permitió que la
selección actuara sobre combinaciones anatómicas relacionadas con la prensión
de precisión, la manipulación y el uso de herramientas. Sin embargo, la
mano conserva claramente el patrón anatómico compartido con otros tetrápodos,
de modo que húmero, radio, ulna, carpos, metacarpos y falanges poseen homólogos
en otros vertebrados terrestres.
Apéndices inferiores humanos
La cintura
pelviana: la pelvis ósea
proporciona soporte al tronco, protege diversos órganos y transmite el peso
corporal hacia las extremidades inferiores. Cada hueso coxal resulta de
la fusión durante el desarrollo del ilion, isquion y pubis.
Posteriormente, los dos coxales se unen anteriormente mediante la sínfisis
púbica y posteriormente se articulan con el sacro, formando un
anillo óseo particularmente resistente. Esta organización contrasta con la
mayor movilidad de la cintura escapular y constituye una adaptación fundamental
para soportar las fuerzas generadas durante la bipedestación, marcha y
carrera (Betts et al., 2022; Gruss & Schmitt, 2015).
Figura 4. [La
pelvis humana] muestra uno de los mayores dimorfismos sexuales
del esqueleto: la femenina suele ser más amplia y adaptada al parto,
aunque existe solapamiento entre sexos. Ambos pueden sufrir fracturas
pélvicas, lesiones sacroilíacas y acetabulares. En mujeres son más
frecuentes la osteoporosis, disfunción del suelo pélvico y diástasis
púbica; en hombres predominan más algunas lesiones traumáticas de alta energía.
La pelvis humana
muestra un dimorfismo sexual marcado, especialmente después de la
pubertad. En promedio, la pelvis femenina adulta presenta una entrada
pélvica más amplia, un ángulo subpúbico mayor y modificaciones en
dimensiones relevantes para el canal del parto. Sin embargo, no existe
una separación absoluta entre dos formas pélvicas y hay considerable variación
individual y poblacional. Estudios del desarrollo han mostrado que las
trayectorias de crecimiento pélvico de niños y niñas son relativamente semejantes
antes de la pubertad, pero divergen posteriormente. En las mujeres, las
dimensiones obstétricas aumentan durante la edad reproductiva, fenómeno
relacionado parcialmente con la acción de hormonas sexuales, incluido el
estradiol (Huseynov et al., 2016).
La forma de la
pelvis humana tampoco puede explicarse únicamente por el parto. Su evolución
está relacionada simultáneamente con las exigencias mecánicas del bipedalismo,
el crecimiento y desarrollo, la termorregulación, la masa corporal y las
demandas obstétricas. Por ello, actualmente se evita interpretar su anatomía
como un simple compromiso entre una pelvis estrecha para caminar y una pelvis
ancha para parir. La evolución pélvica refleja una interacción mucho más compleja
entre diferentes presiones biológicas (Gruss & Schmitt, 2015).
El quiridio
inferior: en la superficie
lateral de cada hueso coxal se encuentra el acetábulo, cavidad en la que
encaja la cabeza del fémur para formar la articulación de la cadera. El
fémur constituye el estilopodio del miembro inferior y es el hueso más
grande del cuerpo humano. Su extremo distal participa en la articulación de la
rodilla con la tibia, mientras que la fíbula o peroné discurre
paralela a esta. La tibia es considerablemente más robusta porque transmite
gran parte del peso corporal; la fíbula es más delgada y participa
especialmente en la estabilización de la pierna y el tobillo.
En la región
anterior de la rodilla se localiza la patela o rótula, un hueso
sesamoideo incluido dentro del tendón del músculo cuádriceps femoral. Su
función no consiste simplemente en proteger la rodilla: también modifica el
brazo de palanca del aparato extensor y aumenta la eficacia mecánica de la extensión
de la pierna. Distalmente aparecen siete huesos tarsianos, cinco metatarsianos
y catorce falanges. Al igual que en la extremidad superior, el patrón puede
describirse como estilopodio, zeugopodio y autopodio, lo que pone en
evidencia la profunda homología existente entre ambas extremidades.
Figura 5. [Las lesiones extremidades inferiores]soportan grandes cargas y son
vulnerables a fracturas, esguinces y lesiones del tobillo. En
futbolistas destacan la rotura del ligamento cruzado anterior, lesiones
de meniscos, tendinopatía patelar y daños musculares. También aparecen
fracturas por estrés, periostitis tibial, fascitis plantar y lesiones
del tendón de Aquiles. La prevención requiere fortalecimiento,
propiocepción, recuperación y control progresivo de las cargas.
El pie humano
se diferencia considerablemente de la condición prensil presente en muchos
otros primates. El hallux está alineado con los demás dedos en lugar de
permanecer ampliamente divergente y participa en la fase final de propulsión
durante la marcha. Los dedos laterales son relativamente cortos, mientras
que la arquitectura de los huesos, ligamentos y tejidos blandos contribuye a
formar los arcos longitudinales y transversales del pie. Estas
características permiten absorber energía, mantener estabilidad y transmitir
fuerzas eficientemente durante el desplazamiento bípedo (Fernández et al.,
2018).
Las falanges de los
pies humanos son, por tanto, relativamente reducidas respecto de las de
primates con mayor capacidad prensil, pero no deben considerarse simplemente
estructuras vestigiales. Continúan interviniendo en el equilibrio, el
contacto con el suelo y la propulsión. La transformación del pie dentro de la
evolución de los homininos fue además un proceso mosaico, en el que
diferentes regiones adquirieron las características asociadas con el
bipedalismo en distintos momentos evolutivos (Fernández et al., 2018).
Articulaciones
Las articulaciones
son regiones anatómicas en las que se relacionan dos o más huesos o, en
determinados casos, hueso y cartílago. No es correcto definirlas simplemente
como puntos donde los huesos se encuentran “sin realizar contacto”, ya que la
naturaleza del contacto depende del tipo de articulación. Estructuralmente
pueden clasificarse en fibrosas, cartilaginosas y sinoviales.
Funcionalmente también pueden clasificarse según el movimiento permitido en sinartrosis,
prácticamente inmóviles; anfiartrosis, con movilidad limitada; y diartrosis,
libremente móviles (Betts et al., 2022).
Articulaciones fibrosas
Las articulaciones
fibrosas mantienen los huesos unidos mediante tejido conectivo fibroso
y carecen de una cavidad articular. Se dividen en suturas, sindesmosis y
gonfosis. Las suturas aparecen entre los huesos del cráneo; las sindesmosis
conectan huesos mediante ligamentos o membranas interóseas, como ocurre entre
radio y ulna o entre tibia y fíbula; y las gonfosis fijan las raíces de los
dientes a sus alvéolos mediante el ligamento periodontal (Betts et al.,
2022).
Durante la
infancia, varias regiones del cráneo presentan zonas relativamente amplias de tejido
conectivo, conocidas como fontanelas, que permiten cierta
deformación durante el nacimiento y dejan espacio para el rápido crecimiento
del encéfalo. Con el crecimiento, estas regiones disminuyen y se desarrollan
las suturas características del cráneo adulto. Aunque las suturas son esencialmente
inmóviles, sus propiedades mecánicas contribuyen a distribuir las fuerzas
aplicadas sobre el cráneo.
Articulaciones cartilaginosas
Las articulaciones
cartilaginosas unen estructuras mediante cartílago y tampoco
presentan una cavidad sinovial. Existen dos tipos principales: sincondrosis
y sínfisis. En una sincondrosis, la unión se produce mediante cartílago
hialino; un ejemplo temporal aparece en las placas epifisarias de
los huesos durante el crecimiento. También existe una sincondrosis permanente
entre la primera costilla y el esternón (Betts et al., 2022).
Las sínfisis
emplean principalmente fibrocartílago, material capaz de resistir
fuerzas de compresión, tracción y flexión. La sínfisis púbica une los
dos coxales, mientras que los discos intervertebrales unen los cuerpos
de vértebras adyacentes. Individualmente, estas articulaciones permiten
movimientos pequeños; sin embargo, la suma de esos movimientos a lo largo de la
columna vertebral permite una movilidad considerable del tronco. Por esta
razón, no debe considerarse a todas las articulaciones cartilaginosas como
completamente inmóviles (Betts et al., 2022).
Articulaciones sinoviales
Las articulaciones
sinoviales constituyen el tipo más frecuente y móvil del cuerpo. Su
característica distintiva es la existencia de una cavidad articular que
separa las superficies de los huesos. Estas superficies están revestidas por cartílago
articular hialino, cuya baja fricción facilita el movimiento y distribuye
las fuerzas de compresión. Alrededor de la articulación existe una cápsula
articular, formada externamente por tejido conectivo fibroso y revestida
internamente por la membrana sinovial (Betts et al., 2022).
La membrana produce
líquido sinovial, que participa en la lubricación de la
articulación y en la nutrición del cartílago articular, tejido que carece de
vasos sanguíneos propios. La estabilidad se complementa mediante ligamentos,
músculos y tendones. Dependiendo de su geometría, las articulaciones sinoviales
permiten distintas combinaciones de flexión, extensión, rotación, abducción,
aducción y circunducción. El codo funciona principalmente como una
articulación de tipo bisagra, mientras que hombro y cadera poseen
configuraciones esferoideas que permiten movimientos en múltiples ejes (Betts
et al., 2022).
Esta gran movilidad
implica compromisos mecánicos. La articulación del hombro, por ejemplo,
sacrifica parte de su estabilidad ósea para conseguir un amplio rango de
movimiento y depende considerablemente de músculos y tendones para mantenerse
estable. La cadera, aunque también es esferoidea, posee un acetábulo más
profundo y una arquitectura ligamentaria muy resistente, adecuada para
transmitir el peso corporal durante la locomoción.
Ligamentos
Un ligamento
es una banda o lámina de tejido conectivo denso, constituida
principalmente por fibras de colágeno, que contribuye a conectar y
estabilizar estructuras. En las articulaciones, los ligamentos suelen unir hueso
con hueso, limitando movimientos excesivos y guiando el movimiento dentro
de rangos mecánicamente seguros. Pueden localizarse fuera de la cápsula
articular, integrarse en ella o encontrarse en posiciones intracapsulares. Los
ligamentos no son simples cuerdas pasivas: responden a la tensión y trabajan
conjuntamente con músculos, tendones y receptores propioceptivos para mantener
la estabilidad articular (Betts et al., 2022).
Las lesiones
ligamentarias se conocen generalmente como esguinces. Pueden variar
desde distensiones microscópicas hasta rupturas parciales o completas
capaces de comprometer gravemente la estabilidad de una articulación. La
recuperación depende del ligamento lesionado, su vascularización, la extensión
del daño y las condiciones mecánicas del tejido. Algunos ligamentos
intraarticulares, como el ligamento cruzado anterior, presentan una
capacidad relativamente limitada de reparación espontánea; investigaciones
histológicas continúan relacionando parte de esta dificultad con las
características particulares de su vascularización (Akhil et al., 2024).
Los tendones
presentan una organización semejante debido a su abundancia de fibras de
colágeno, pero cumplen una función diferente: conectan principalmente músculo
con hueso y transmiten al esqueleto las fuerzas producidas por la
contracción muscular. Tanto tendones como ligamentos presentan un metabolismo
relativamente lento y una organización especializada de su matriz
extracelular; por ello, las lesiones graves pueden requerir tiempos prolongados
de remodelación y rehabilitación. No obstante, su capacidad de reparación varía
considerablemente según el tejido, su localización y el tipo de lesión, por lo
que no resulta apropiado afirmar que todos los tendones y ligamentos poseen
exactamente la misma capacidad regenerativa (Chalidis et al., 2023).
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