[Introducción a las ciencias naturales]
Sección 1
A finales del siglo XIX, las epidemias
seguían diezmando poblaciones enteras en Europa y otras regiones del mundo.
Enfermedades como la tuberculosis, la difteria y la peste
bubónica evocaban temores tan profundos como los de la Edad Media. Aunque
la medicina había avanzado en anatomía y cirugía, persistía una gran
incertidumbre sobre cómo se contraían y, sobre todo, cómo se
transmitían estas enfermedades. Esta última pregunta resultaba
particularmente compleja. Algunos pensadores racionalistas sostenían que las
enfermedades eran consecuencia de factores hereditarios o de los
llamados miasmas, es decir, vapores insalubres provenientes de materia
en descomposición. Sin embargo, en amplios sectores de la sociedad aún
predominaba la idea de que las epidemias eran un castigo divino, una
manifestación del juicio moral sobre las comunidades humanas.

Figura 1. [Robert Koch] fue un microbiólogo alemán que
demostró que enfermedades como el carbunco eran causadas por bacterias,
formulando los postulados de Koch. Su rivalidad con Pasteur,
similar a la de Hooke y Newton, impulsó avances experimentales y
consolidó la teoría germinal, mostrando cómo la competencia
científica acelera el progreso.
En medio de este panorama, surgió una corriente
distinta, impulsada por la curiosidad científica y el desarrollo de
instrumentos como el microscopio. Algunos investigadores comenzaron a
sospechar que organismos invisibles al ojo humano podían estar implicados en la
enfermedad. Esta intuición no era completamente nueva, pero ahora adquiría un
sustento experimental incipiente. La historia de esta transformación está
marcada por la interacción —y en muchos sentidos la rivalidad— entre dos
figuras fundamentales: Louis Pasteur en Francia y Robert Koch en
el mundo germánico. Aunque no eran enemigos personales en un inicio, el
contexto político de la época, especialmente tras la guerra franco-prusiana
(1870–1871), hizo que sus trayectorias científicas se interpretaran también
como expresiones de competencia nacional.
En 1872, Louis Pasteur, con cerca de
cincuenta años, ya era una figura reconocida internacionalmente. Sus
investigaciones sobre la fermentación habían demostrado que procesos
como la transformación del vino y la cerveza no eran fenómenos espontáneos ni
resultado de “fuerzas vitales”, sino consecuencia de la acción de microorganismos
específicos. Este hallazgo no solo revolucionó la industria alimentaria,
sino que también abrió la posibilidad de que procesos biológicos invisibles
estuvieran detrás de fenómenos más complejos, como las enfermedades. Sin
embargo, su vida personal atravesaba momentos difíciles: había sufrido un accidente
cerebrovascular que le dejó secuelas motoras, y además había perdido a tres
de sus cinco hijos. En ese contexto, Pasteur decidió solicitar al gobierno
francés la posibilidad de retirarse de sus obligaciones docentes para dedicarse
plenamente a la investigación médica, convencido de que los microbios
podían ser la clave para entender las enfermedades infecciosas.

Figura 2. Una [célula bacteriana] es procariota, sin núcleo
definido. Posee membrana celular, pared celular y a veces cápsula.
En el citoplasma se encuentra el nucleoide con ADN y plásmidos.
Los ribosomas sintetizan proteínas. Puede tener pili y flagelos
para adherencia y movimiento. Su estructura simple es altamente eficiente y
adaptable.
Mientras tanto, en el reino de Prusia, que pronto
se consolidaría como el Imperio alemán, un médico rural trabajaba en
condiciones mucho más modestas. Robert Koch no tenía el prestigio de
Pasteur ni acceso a grandes laboratorios, pero compartía la misma inquietud
fundamental: ¿podían los microorganismos ser la causa directa de ciertas
enfermedades? En su práctica diaria atendía a campesinos, pero también
observaba con atención lo que ocurría en los animales de la región. En aquellos
años, brotes esporádicos de una enfermedad conocida como carbunco
(ántrax) afectaban gravemente a los rebaños, provocando la muerte rápida de
vacas, ovejas y otros animales.
Desde el punto de vista sintomatológico, el
carbunco se manifestaba con signos dramáticos: fiebre alta, debilidad extrema,
hemorragias internas y externas, y una muerte que podía ocurrir en cuestión de
horas o pocos días. En animales, era común observar sangrado por orificios
naturales y una rápida descomposición del cadáver. En humanos, cuando ocurría
la infección —por contacto con animales enfermos o sus productos— podía
presentarse como lesiones cutáneas negras (de ahí el nombre “carbunco”),
infecciones pulmonares graves o cuadros intestinales severos. En esa época, sin
embargo, nadie sabía con certeza qué causaba la enfermedad, ni cómo
prevenirla o tratarla eficazmente. Las explicaciones oscilaban entre el
ambiente, la “mala sangre” o incluso factores sobrenaturales.
Koch comenzó a examinar la sangre de animales
infectados utilizando el microscopio y encontró en ella pequeños cuerpos
alargados: bacterias que estaban ausentes en los animales sanos. Esta
observación sugería una correlación, pero no demostraba aún una relación
causal. Para probar que estas bacterias eran efectivamente la causa del
carbunco, era necesario cumplir una serie de condiciones: aislar el
microorganismo, cultivarlo fuera del organismo y luego introducirlo en un
animal sano para ver si reproducía la enfermedad. El problema era técnico:
¿cómo cultivar bacterias en condiciones controladas, sin que otras formas de
vida las contaminaran?

Figura 3. [Émile Roux] fue un microbiólogo francés y
colaborador de Pasteur. Estudió la difteria, demostrando que sus
efectos se deben a una toxina bacteriana, lo que permitió crear el suero
antidiftérico. Trabajó en el Instituto Pasteur, contribuyendo al
desarrollo de la bacteriología, la inmunología y la medicina
moderna.
Durante meses, Koch buscó una solución
experimental. Finalmente, encontró una estrategia ingeniosa. Descubrió que el humor
acuoso del ojo de animales muertos, especialmente de vacas, proporcionaba
un medio casi ideal para el crecimiento bacteriano. Este líquido era rico en
nutrientes y, además, relativamente estéril, lo que impedía la
competencia con otros microorganismos. Utilizando este medio, Koch logró
observar cómo las bacterias del carbunco no solo sobrevivían, sino que se
multiplicaban y formaban estructuras resistentes, conocidas hoy como esporas,
capaces de persistir en el ambiente durante largos periodos.
Con este método, Koch dio un paso decisivo: pudo cultivar
las bacterias in vitro y luego inocularlas en animales sanos, reproduciendo
la enfermedad de manera controlada. Este experimento constituyó una de las
primeras demostraciones claras de que un microorganismo específico podía
ser la causa de una enfermedad concreta. A partir de estos trabajos, Koch
desarrollaría más adelante sus famosos postulados, criterios que
permiten establecer la relación causal entre un patógeno y una enfermedad.
Tal como ocurre en
la actualidad, el ganado representaba una riqueza fundamental para las
economías rurales del siglo XIX, por lo que experimentar directamente con estos
animales resultaba costoso y poco viable. Por esta razón, Robert Koch
recurrió a animales de laboratorio, en particular conejos, como
modelo experimental. Al inocularlos con las bacterias aisladas del carbunco,
logró reproducir la enfermedad de manera consistente. Este resultado fue
extraordinario: por primera vez, un médico rural, sin el respaldo de
grandes instituciones, demostraba experimentalmente que un microorganismo
específico podía causar una enfermedad concreta. Cuando publicó sus
hallazgos, muchos colegas prusianos reconocieron la importancia del
descubrimiento, pero también surgieron críticas, especialmente desde sectores
académicos más consolidados. Entre los críticos más influyentes se encontraba Louis
Pasteur, quien cuestionó inicialmente la solidez metodológica de los
experimentos de Koch.
La controversia
tenía paralelos con conflictos anteriores en la historia de la ciencia, como el
de Hooke y Newton. En este caso, la intuición de que los microorganismos
podían causar enfermedades ya estaba presente en el trabajo de Pasteur, pero
fue Koch quien aportó la evidencia experimental directa. A esto se
sumaba un contexto político tenso: apenas unos años antes, en 1870, Francia y
Prusia habían entrado en guerra. El Segundo Imperio francés, liderado
por Napoleón III, fue derrotado rápidamente por las fuerzas prusianas
bajo el mando de Otto von Bismarck. En solo semanas, Francia sufrió una
derrota contundente y perdió territorios estratégicos como Alsacia y Lorena.
Este conflicto nacional exacerbó las tensiones científicas, de modo que la
rivalidad entre Pasteur y Koch no solo era académica, sino también
simbólicamente nacional.
En el fondo,
Pasteur comprendía la validez de los resultados de Koch, pero centró sus
críticas en la metodología experimental. Consideraba que los
procedimientos de Koch, realizados en condiciones limitadas, podían mejorarse
con técnicas más refinadas. Decidido a poner a prueba las afirmaciones, Pasteur
replicó los experimentos introduciendo innovaciones como las diluciones
seriadas, que permitían aislar cultivos bacterianos más puros. A diferencia
de Koch, Pasteur contaba con un laboratorio bien equipado y un equipo de
asistentes dedicados. Entre ellos destacaba Émile Roux, quien colaboró
activamente en estos estudios. Los resultados obtenidos por Pasteur confirmaron
lo esencial: la bacteria del carbunco era capaz de transmitir la
enfermedad en animales sanos, reforzando así la hipótesis microbiana.
Sin embargo,
Pasteur no se conformó con demostrar la causalidad. Quería entender por qué
el carbunco aparecía de forma recurrente en ciertas épocas del año,
especialmente en verano, y en regiones donde parecía volverse endémico. Para
ello, emprendió trabajos de campo, observando directamente las prácticas
agrícolas y ganaderas. Durante estas investigaciones, se encontró con prácticas
que consideró alarmantes: los cadáveres de animales infectados eran enterrados
sin tratamiento adecuado, lo que permitía la persistencia del agente
infeccioso en el suelo. Esta observación fue clave para comprender la dinámica
ambiental de la enfermedad.
Mientras tanto,
Koch continuaba avanzando en paralelo. Uno de sus descubrimientos más
importantes fue la identificación de las esporas bacterianas,
estructuras altamente resistentes que permiten a ciertas bacterias sobrevivir
en condiciones adversas durante largos periodos. Estas esporas podían
permanecer latentes en el suelo y reactivarse cuando las condiciones eran
favorables. Pasteur, por su parte, complementó esta idea al observar que las lombrices
de tierra podían actuar como vectores indirectos, transportando las esporas
desde los cadáveres enterrados hasta la superficie. Allí, el ganado sano podía
ingerirlas accidentalmente al alimentarse, reiniciando el ciclo de infección.
Este conjunto de
hallazgos permitió construir una explicación mucho más completa del carbunco:
no solo se conocía su agente causal, sino también su mecanismo de
persistencia y transmisión en el ambiente. Lo notable es que estos avances
no fueron el resultado de un esfuerzo aislado, sino de una dinámica de competencia
y colaboración indirecta entre Pasteur y Koch. Aunque su relación estuvo
marcada por tensiones, críticas y rivalidades, el intercambio —aunque fuera
conflictivo— aceleró enormemente el progreso científico.

Figura 4. La [dilución seriada] es una técnica que
reduce progresivamente la concentración de una muestra mediante transferencias
sucesivas, permitiendo obtener concentraciones controladas de
microorganismos. En el siglo XIX, fue clave para Pasteur y su escuela,
ya que ayudó a resolver el problema de la contaminación, permitiendo
aislar poblaciones bacterianas puras. Esto facilitó demostrar la
relación entre microorganismos específicos y enfermedades, fortaleciendo
la teoría germinal. Además, permitió estudiar la virulencia al
aplicar distintas concentraciones en animales, contribuyendo al desarrollo de vacunas
y tratamientos. Así, se convirtió en una herramienta central para una medicina
basada en experimentos controlados y reproducibles.
En pocos años, esta
interacción dio lugar a una serie de descubrimientos fundamentales que sentaron
las bases de la microbiología moderna. Así, el “tira y afloje” entre
estos dos científicos no fue un obstáculo, sino un motor del conocimiento. La
rivalidad entre Pasteur y Koch ilustra cómo la ciencia progresa no solo
mediante acuerdos, sino también a través de la crítica, la réplica y la
mejora continua de métodos. En este proceso, lo que estaba en juego no era
únicamente el prestigio individual o nacional, sino la construcción de un nuevo
paradigma: la idea de que las enfermedades tienen causas naturales
específicas, que pueden identificarse, estudiarse y eventualmente
controlarse. Y aunque este fue solo el comienzo, los descubrimientos que
surgieron de esta interacción transformarían de manera irreversible la medicina
y la salud pública.
Sección 2
En 1880, con suficiente prestigio acumulado gracias a sus
investigaciones sobre el carbunco, Robert Koch pudo trasladarse a Berlín
como consejero gubernamental y trabajar en un laboratorio mucho más avanzado
que el que había tenido como médico rural. Este cambio no fue solo geográfico,
sino metodológico: por primera vez disponía de recursos, instrumentos y
colaboradores que le permitían abordar un problema mucho más amplio, el origen
de las enfermedades humanas. Sin embargo, para lograrlo no bastaba con
observar microorganismos al microscopio; era necesario demostrar de manera
rigurosa que un organismo específico causaba una enfermedad específica. Esto
implicaba desarrollar técnicas que permitieran aislar, cultivar y reproducir
bacterias en condiciones controladas, algo que en ese momento aún no estaba
resuelto.
Hasta entonces, los
cultivos bacterianos se realizaban principalmente en medios líquidos,
como caldos nutritivos. Estos permitían que las bacterias se multiplicaran
rápidamente, pero presentaban una limitación crítica: todos los microorganismos
presentes en una muestra crecían mezclados, formando una suspensión turbia en
la que era imposible distinguir especies individuales. En consecuencia, no se
podía saber si una enfermedad era causada por un solo tipo de bacteria o por
una combinación de varias. A esto se sumaba un problema aún más serio: la contaminación.
Las bacterias del ambiente —presentes en el aire, en los instrumentos o incluso
en el propio investigador— podían introducirse fácilmente en los cultivos,
alterando los resultados. Sin una forma de separar poblaciones puras, cualquier
conclusión quedaba en entredicho, lo que dificultaba establecer relaciones
causales firmes.

Figura 5. Los [cultivos bacterianos] modernos usan agar,
introducido por Fanny Hesse, por su estabilidad. Muchas bacterias son quisquillosas,
por lo que los medios se enriquecen. Ejemplos: Mycobacterium tuberculosis
(tuberculosis), Neisseria gonorrhoeae (gonorrea) y Haemophilus
influenzae. Estas adaptaciones permiten su crecimiento y hacen del
cultivo una herramienta esencial en diagnóstico e investigación.
Otro obstáculo
importante era el uso de medios naturales, especialmente de origen
vegetal, como extractos de frutas o tubérculos. Aunque estos podían nutrir
microorganismos, tendían a favorecer el crecimiento de bacterias asociadas a la
descomposición vegetal, no necesariamente aquellas responsables de
enfermedades humanas. Esto introducía un sesgo experimental: los cultivos no
representaban fielmente los patógenos que se querían estudiar. Frente a estos
problemas, Koch introdujo una innovación decisiva: el uso de medios sólidos
basados en gelatina. Al solidificar el medio, las bacterias dejaban de
dispersarse libremente y comenzaban a crecer en colonias localizadas,
cada una originada a partir de una célula individual. Esto permitía, por
primera vez, visualizar, separar y seleccionar tipos específicos de
bacterias. Aunque la técnica aún enfrentaba desafíos, como la sensibilidad de
la gelatina a la temperatura y a la degradación bacteriana, representó un
cambio fundamental: transformó la microbiología de una práctica descriptiva en
una ciencia experimental capaz de aislar causas concretas.
El 5 de mayo de
1881, Louis Pasteur se dispuso a hacer pública su vacuna contra el carbunco,
en un momento en el que la medicina aún no comprendía del todo el origen de las
enfermedades infecciosas. La idea de la vacunación no era nueva: desde finales
del siglo XVIII, Edward Jenner había demostrado que la viruela vacuna,
una forma leve de la enfermedad, podía proteger contra la viruela humana,
mucho más letal. Sin embargo, Jenner no pudo explicar el mecanismo detrás de
este fenómeno; su práctica se basaba en la observación empírica más que en una
teoría biológica. Pasteur, en cambio, buscaba una explicación dentro de la
emergente teoría germinal, proponiendo que las enfermedades eran
causadas por microorganismos específicos y que la inmunización
funcionaba porque introducía una versión atenuada de estos agentes,
capaz de entrenar al organismo sin provocar la enfermedad grave.
A pesar de su
prestigio, Pasteur no estaba exento de críticas. Uno de sus opositores más
conocidos fue el veterinario Rossignol, quien lo desafió públicamente a
demostrar la eficacia de su método. El reto consistía en atenuar la bacteria
del carbunco y utilizarla como vacuna en un experimento abierto, frente a
testigos y prensa. Pasteur aceptó el desafío, en parte por convicción
científica y en parte por su carácter firme y competitivo. Preparó dos grupos
de animales: uno vacunado con la bacteria debilitada y otro no vacunado.
Posteriormente, ambos grupos fueron expuestos a la forma virulenta del
patógeno. El resultado fue contundente: los animales vacunados sobrevivieron,
mientras que los no vacunados enfermaron y murieron, confirmando la hipótesis
de Pasteur de manera espectacular.

Figura 6. [Edward Jenner] desarrolló en 1796 la primera vacuna
contra la viruela usando viruela vacuna, iniciando la medicina
preventiva. Su método, basado en causas naturales, enfrentó oposición de
creencias y de quienes lucraban con remedios milagrosos. Este conflicto
persiste hoy entre la evidencia científica y la desinformación.
Desde la
perspectiva actual, este tipo de demostración pública plantea problemas
éticos y metodológicos. Hoy en día, los ensayos biomédicos siguen
protocolos estrictos: se realizan primero en modelos animales controlados,
con condiciones cuidadosamente diseñadas, y solo después de múltiples
validaciones se avanza hacia estudios más amplios. La exposición mediática
directa y el riesgo experimental sin controles previos serían considerados
inapropiados. Sin embargo, en el contexto del siglo XIX, el experimento de
Pasteur tuvo un impacto enorme, no solo por su éxito científico, sino porque
convenció a la opinión pública y a la comunidad médica de que las enfermedades
podían prevenirse mediante intervención científica, consolidando así una
nueva forma de entender la medicina basada en la experimentación y la
evidencia.
El 8 de agosto
de 1881, Louis Pasteur fue invitado a Londres para participar en un
congreso internacional de medicina, llegando en un momento de gran
reconocimiento tras el éxito de su vacuna contra el carbunco. Su
presencia fue recibida con entusiasmo por la comunidad científica europea, que
veía en él a uno de los principales impulsores de la teoría germinal de la
enfermedad. La ovación que recibió fue notable, incluso por parte de
científicos alemanes, en un contexto político aún marcado por tensiones entre
Francia y Alemania tras la guerra franco-prusiana. Sin embargo, este
reconocimiento también generó incomodidades: Robert Koch, quien ya había
realizado aportes fundamentales en el aislamiento de bacterias, percibió como
una afrenta el hecho de no ser mencionado por Pasteur en sus agradecimientos.
En ese mismo
congreso, el cirujano británico Joseph Lister, pionero de la antisepsia,
desempeñó un papel clave como mediador entre ambas tradiciones científicas.
Lister comprendía la importancia tanto de los trabajos de Pasteur como de los
avances técnicos de Koch, especialmente en lo relacionado con el cultivo de
bacterias en medios sólidos, que permitía aislar microorganismos de forma
precisa. Consciente de que la consolidación de la microbiología dependía de
integrar estos enfoques, Lister invitó a Pasteur a presenciar una demostración
del método de Koch, donde se mostraban colonias bacterianas claramente
separadas y cultivadas de manera controlada.

Figura 7. [Joseph Lister] fue un cirujano británico que introdujo la antisepsia
usando ácido carbólico para prevenir infecciones quirúrgicas, inspirado en la
teoría germinal. Enfrentó críticas, pero sus métodos redujeron la mortalidad y
transformaron la higiene médica. Su legado perdura en prácticas modernas
de esterilización y en la marca Listerine, nombrada en su honor.
El encuentro tuvo
un efecto profundo en Pasteur. Acostumbrado a sus propios métodos
experimentales, quedó sorprendido por la precisión técnica y la claridad
visual que ofrecían los cultivos desarrollados en el laboratorio de Koch. La
posibilidad de aislar bacterias específicas con tal grado de control
representaba un avance metodológico decisivo. A pesar de la rivalidad
existente, Pasteur tuvo que reconocer la habilidad experimental de Koch,
admitiendo implícitamente la importancia de su enfoque. Este episodio ilustra
cómo, incluso en medio de tensiones personales y nacionales, la ciencia avanza
mediante el reconocimiento mutuo de evidencias y técnicas, integrando
contribuciones diversas en un cuerpo de conocimiento común.
Sin embargo, cuando
Pasteur y Koch se conocieron personalmente, lejos de suavizarse, su
rivalidad se intensificó. Las diferencias no eran solo científicas, sino
también nacionales y personales, en una Europa aún marcada por tensiones
políticas entre Francia y Alemania. Koch, convencido de la solidez de su
enfoque experimental, decidió elevar la apuesta hacia un problema mucho más
complejo y relevante: una enfermedad humana devastadora, la tuberculosis.
Esta enfermedad afectaba de manera desproporcionada a la clase obrera,
especialmente en barrios urbanos hacinados, donde las condiciones sanitarias
eran precarias. En algunos sectores, la mortalidad infantil asociada a la
tuberculosis podía alcanzar cifras cercanas al 60%, convirtiéndola en
una de las principales causas de muerte del siglo XIX.
El desafío técnico
era enorme. A diferencia de otras bacterias, el agente de la tuberculosis crece
extremadamente lento y es difícil de observar con técnicas microscópicas
convencionales. Koch enfrentó este problema recurriendo a uno de los
desarrollos industriales más avanzados de Alemania en ese momento: la tecnología
de colorantes químicos. Utilizando tinciones específicas, logró diferenciar
visualmente la bacteria de la tuberculosis del resto del material biológico
presente en las muestras. Estas técnicas permitían resaltar microorganismos
particulares bajo el microscopio, haciendo visible lo que antes pasaba
desapercibido. Gracias a esta innovación metodológica, Koch pudo no solo
observar el microorganismo, sino también asociarlo consistentemente con
los tejidos enfermos.
El resultado fue un
avance decisivo: la identificación del agente causal de la tuberculosis,
posteriormente conocido como el bacilo de Koch (Mycobacterium
tuberculosis). Este descubrimiento fue rápidamente difundido y celebrado en
la prensa científica y general europea, consolidando a Koch como una
figura central en la microbiología. Más allá del reconocimiento personal, el
hallazgo representó una prueba contundente de que enfermedades humanas
complejas podían ser explicadas por agentes específicos identificables,
reforzando la teoría germinal. Así, la competencia entre Pasteur y Koch, lejos
de ser un obstáculo, se convirtió en un motor que aceleró el desarrollo de
herramientas, conceptos y evidencias que transformarían la medicina moderna.
En septiembre de
1882, Robert Koch y Louis Pasteur volvieron a encontrarse, esta vez en Suiza,
durante un congreso internacional de higiene. A diferencia de encuentros
anteriores, Koch ya no era un investigador periférico, sino una figura
consolidada tras la identificación del bacilo de la tuberculosis, uno de
los mayores logros de la medicina del siglo XIX. Ahora se presentaba como el contrapeso
alemán frente a la enorme influencia de Pasteur, cuya fama pública y
prestigio institucional lo habían convertido en una auténtica celebridad
científica. El congreso, más que un simple espacio académico, se transformó en
un escenario donde se enfrentaban dos estilos de hacer ciencia, dos tradiciones
nacionales y dos formas de entender la validación del conocimiento.
Durante las
discusiones, Pasteur utilizó su mayor experiencia en escenarios públicos
para cuestionar aspectos del trabajo de Koch. Su carisma, sumado a una
notable habilidad dialéctica, le permitía construir argumentos
persuasivos y dominar el debate oral. Pasteur no solo defendía sus ideas, sino
que también sabía cómo presentarlas de manera convincente ante audiencias
amplias, lo que le daba ventaja en estos espacios. Sus críticas no eran
necesariamente un rechazo total al trabajo de Koch, pero sí buscaban señalar
debilidades metodológicas o interpretativas, reforzando su propia posición
dentro de la microbiología emergente.

Figura 8. Los [microscopios Zeiss] del siglo XIX,
mejorados por Ernst Abbe, dieron alta precisión óptica,
favoreciendo a los científicos alemanes como Robert Koch. Permitieron
observar bacterias y estructuras celulares con detalle, consolidando la teoría
celular. Gracias a ellos se distinguieron procariotas y eucariotas,
transformando la comprensión de la organización de la vida.
Koch, por su parte,
adoptó una postura distinta. Menos interesado en la retórica pública, sostuvo
que sus respuestas no debían darse en el terreno de la oratoria, sino en el de
la evidencia científica. Declaró que respondería mediante publicaciones
detalladas en revistas médicas, donde los resultados pudieran ser
examinados críticamente por la comunidad especializada. Esta diferencia marcó
un contraste profundo: mientras Pasteur dominaba el espacio público y la
persuasión directa, Koch apostaba por la validación escrita, reproducible y
técnica. Este episodio refleja cómo la ciencia no solo avanza por
descubrimientos, sino también por formas distintas de argumentar, comunicar
y legitimar el conocimiento dentro de la comunidad científica.
Sección 3
En el verano de 1883, la aparición de
una grave epidemia de cólera en El Cairo ofreció a Robert Koch
y Louis Pasteur, así como a las comunidades científicas de Alemania y
Francia, una oportunidad de enfrentarse directamente en el terreno más
exigente: el de la investigación en campo. La enfermedad se propagaba
con rapidez en condiciones sanitarias precarias, alcanzando cifras alarmantes
de hasta 500 muertes diarias, lo que generó pánico y urgencia por
encontrar su causa. Francia contaba con una ventaja logística significativa, ya
que ejercía una fuerte influencia política en Egipto, lo que facilitaba el
envío de misiones médicas y el acceso a zonas afectadas.
Sin embargo, Pasteur, ya cercano a los 60
años y con problemas de salud previos, no estaba en condiciones de realizar
un viaje tan exigente ni de exponerse directamente al contagio. En su lugar,
envió a uno de sus colaboradores más cercanos, Émile Roux, junto con
otros miembros de su escuela. Por su parte, los alemanes organizaron una
expedición paralela encabezada por el propio Koch, quien buscaba aplicar
sus métodos de aislamiento y observación bacteriana directamente sobre la
epidemia. Así, ambas tradiciones científicas se encontraron en el mismo
escenario geográfico, pero con enfoques distintos, compitiendo por identificar
el agente causal del cólera y consolidar su prestigio internacional.

Figura 9. Louis Thuillier, discípulo de Pasteur, murió de
cólera investigando epidemias, evidenciando los riesgos de la
microbiología temprana. Casos similares incluyen a Carrión, Lazear,
Ricketts y Stokes, quienes murieron estudiando enfermedades
infecciosas. Sus sacrificios permitieron comprender la transmisión y
desarrollar estrategias de prevención, transformando la medicina
moderna.
La expedición francesa sufrió un golpe devastador
con la muerte de Louis Thuillier, uno de los discípulos más prometedores
de Pasteur, quien contrajo la enfermedad durante la investigación. Su
fallecimiento evidenció el alto riesgo que implicaba el estudio de las enfermedades
infecciosas en esa época, cuando aún no existían protocolos de bioseguridad
ni tratamientos efectivos. Para Pasteur, la pérdida fue profundamente personal;
Thuillier no era solo un colaborador, sino casi un hijo intelectual, y su
muerte lo afectó intensamente, recordándole el costo humano de la ciencia en
contextos epidémicos.
A pesar de las tensiones entre ambos países y de la
rivalidad entre sus líderes científicos, se produjo un gesto significativo: Koch
y su equipo asistieron a las exequias de Thuillier y rindieron honores.
Este acto reflejó que, más allá de las disputas por el reconocimiento, existía
un respeto compartido por el trabajo científico y por quienes arriesgaban su
vida en la búsqueda del conocimiento. El episodio ilustra cómo la ciencia del
siglo XIX no solo avanzaba mediante competencia, sino también a través de
momentos de reconocimiento mutuo y humanidad, incluso en medio de
profundas divisiones políticas y personales.

Figura 10. El agua contaminada transmite enfermedades
como cólera y fiebre tifoidea, como demostró Koch en la
India. Hervir el agua 1–3 minutos elimina microorganismos, aunque no
químicos. Estas enfermedades se propagan por vía fecal-oral, por lo que
el acceso a agua potable segura es clave para prevenir epidemias.
Con la moral
disminuida tras la muerte de Thuillier y los obstáculos logísticos en
Egipto, la misión francesa se retiró, dejando el campo libre a Robert Koch.
Sin embargo, cuando la epidemia comenzó a ceder, Koch no regresó a Alemania.
Con autorización de la embajada británica, decidió continuar la
investigación en la India, donde el cólera seguía activo. Allí cambió de
estrategia: en lugar de centrarse solo en el paciente, analizó el entorno,
especialmente el agua. Observó prácticas cotidianas —como lavar ropa
contaminada río arriba— que favorecían la contaminación de las fuentes de agua
potable. Este giro hacia la ecología de la enfermedad resultó decisivo para
entender su transmisión.
Tras semanas de
trabajo sistemático, Koch logró aislar un bacilo curvado en forma de
coma en los intestinos de los enfermos, hoy conocido como Vibrio cholerae.
El hallazgo vinculaba de manera consistente el microorganismo con la enfermedad
y con el circuito hídrico que la propagaba. Fue un éxito mayor: Koch
consolidaba un programa de investigación capaz de identificar agentes
causales de enfermedades antiguas mediante aislamiento, tinción y cultivo.
El reconocimiento fue inmediato en Europa, acompañado de nombramientos
académicos —como su cátedra en Berlín— y una fama comparable a la de
Pasteur, ahora como su principal contraparte científica.
Mientras tanto, Louis
Pasteur percibía una desventaja estratégica: necesitaba un logro
equivalente en una enfermedad humana de gran impacto. Eligió la rabia,
transmitida por mordeduras de perros, zorros, lobos y otros mamíferos. La
enfermedad cursa con una fase inicial de entumecimiento local, seguida,
tras semanas o meses, de una fase neurológica grave con alucinaciones, hidrofobia
(dolor al intentar beber), convulsiones y una agresividad característica
que facilita su transmisión por mordidas. En el siglo XIX, contraer
rabia equivalía casi siempre a una muerte segura, lo que llevaba a las
comunidades a sacrificar animales sospechosos y aislar a los infectados.
La larga latencia
entre la infección y los síntomas neurológicos ofrecía a Pasteur una
oportunidad inédita. A diferencia de otras vacunas que deben aplicarse antes
del contagio, la rabia abría la posibilidad de una profilaxis postexposición:
intervenir después de la mordedura, pero antes de que el virus alcanzara
el sistema nervioso.

Figura 11. El microscopio electrónico (década de 1930)
supera a los ópticos de Leeuwenhoek, Hooke y Zeiss al usar
electrones, logrando resoluciones nanométricas. Permite observar virus y
estructuras celulares internas. A estas escalas no hay color real, ya
que los objetos son menores que la luz visible; las imágenes son en escala
de grises o coloreadas artificialmente.
Uno de los
problemas más complejos en el estudio de la rabia es que, a diferencia
de muchas enfermedades abordadas en el siglo XIX, no es causada por una
bacteria visible al microscopio, sino por una entidad mucho más pequeña y de
naturaleza distinta: un virus. En la época de Pasteur, los virus
eran completamente invisibles para la tecnología disponible, lo que impedía
observarlos directamente o cultivarlos como se hacía con bacterias. Esto
obligaba a los investigadores a trabajar mediante inferencia indirecta,
utilizando tejidos infectados y observando los efectos biológicos en animales. Existía
un enorme riesgo experimental: cualquier error en la manipulación de muestras,
especialmente con jeringas contaminadas, podía significar una infección
inevitable y una muerte casi segura. El laboratorio se convertía así en un
espacio de alta peligrosidad, donde el conocimiento avanzaba al límite de la
seguridad personal.
A pesar de estas
dificultades, el trabajo de Pasteur y su equipo avanzó con rapidez. Mediante un
proceso de atenuación, lograron debilitar el agente infeccioso de la
rabia utilizando médulas espinales de animales infectados, generalmente
conejos, que eran desecadas progresivamente para reducir su virulencia. Este
procedimiento permitía estimular la respuesta inmunológica en animales
sin causar la enfermedad completa. Los experimentos iniciales en mamíferos
pequeños y perros fueron prometedores, y para el 6 de julio de 1885
ya se habían vacunado con éxito decenas de animales. Sin embargo, la transición
hacia la aplicación en humanos implicaba un salto enorme, tanto científico como
ético. La noticia de estos avances comenzó a difundirse, y pronto llegó al
laboratorio una mujer procedente de Alsacia, una región recientemente
cedida al Imperio alemán tras la guerra franco-prusiana. Su hijo, Joseph
Meister, había sido mordido gravemente por un perro sospechoso de rabia.
Desesperada, recorrió largas distancias hasta París, suplicando ayuda.
La madre
comprendía, con notable claridad para su tiempo, que su hijo enfrentaba una
situación de todo o nada. Sin intervención, la rabia implicaba una
muerte casi segura; con el tratamiento experimental de Pasteur, existía al
menos una posibilidad. Pasteur y su colaborador Émile Roux intentaron
explicarle que el procedimiento aún estaba en una fase experimental temprana,
sin garantías de éxito. Sin embargo, la alternativa —no hacer nada— equivalía a
aceptar la muerte del niño. Esta presión moral llevó a Pasteur a considerar
seriamente el caso. Factores personales también influyeron: la memoria de sus
propias pérdidas familiares por enfermedades infecciosas, así como el deseo de
demostrar la capacidad de la medicina científica francesa. Roux, por su
parte, se mostró más cauteloso. Conocía profundamente la rabia, pues había
trabajado extensamente en ella, y temía que un fracaso público destruyera el
prestigio del laboratorio y comprometiera futuros avances. El dilema planteado
era un clásico problema de bioética: arriesgar una vida en el presente
para potencialmente salvar muchas en el futuro.

Figura 12. El caso de Joseph Meister evidencia que la
vacunación puede ser la única defensa frente a enfermedades como la rabia.
Enfermedades como sarampión o poliomielitis parecen lejanas, pero
resurgen si baja la vacunación. Brotes como el de Samoa (2019)
demuestran que la inmunización colectiva es esencial para evitar
consecuencias graves.
Antes de proceder,
Pasteur buscó indicios clínicos que sugirieran que el niño estaba efectivamente
infectado, como el adormecimiento, hormigueo o sensación de quemazón en
la zona de la mordedura. Considerando la gravedad de las heridas, concluyó que
el riesgo era extremadamente alto. Dado que él no era médico clínico, recurrió
al doctor Jacques-Joseph Grancher, quien podía supervisar las
inyecciones. Durante más de dos semanas, el niño recibió una serie de
inoculaciones con médula de conejo infectada, comenzando con formas
altamente atenuadas y progresando hacia preparaciones menos debilitadas. Este
esquema buscaba entrenar gradualmente el sistema inmunológico antes de que el
virus alcanzara el sistema nervioso central. El resultado fue exitoso: el niño
no desarrolló la enfermedad. Sin embargo, el procedimiento no estuvo exento de
controversia. La decisión de aplicar un tratamiento experimental en un humano
sin ensayos previos formales ha sido ampliamente debatida. Aun así, el caso de
Joseph Meister marcó un punto de inflexión histórico, demostrando que
era posible intervenir incluso después de la exposición a una enfermedad letal,
y consolidando la vacunación como una herramienta central de la medicina
moderna.
Continuara
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