Durante la segunda
mitad del siglo XIX, los microscopistas comenzaron a descubrir que la reproducción
celular era mucho más compleja de lo que parecía. Las células no se
dividían simplemente en dos partes: ciertas estructuras del núcleo
experimentaban cambios ordenados que parecían garantizar su distribución entre
las células hijas. Al mismo tiempo, los investigadores de la herencia
biológica intentaban explicar por qué los descendientes se parecían a sus
progenitores y cómo podían transmitirse determinadas características entre
generaciones.
Dos líneas de
investigación ofrecían respuestas diferentes. Los estudios de fecundación
y desarrollo embrionario permitían observar directamente el
comportamiento de las células reproductoras, mientras que los experimentos
de hibridación proporcionaban regularidades matemáticas sobre la
transmisión de caracteres. Sin embargo, todavía faltaba demostrar qué relación
existía entre las estructuras celulares observables y los factores hereditarios
propuestos mediante los cruzamientos.
Las investigaciones
de Oscar Hertwig, Édouard van Beneden y Theodor Boveri
aportaron evidencias sobre la participación del núcleo, la reducción del
número de cromosomas y su importancia para el desarrollo embrionario.
Paralelamente, la recuperación de los trabajos de Gregor Mendel
alrededor de 1900 proporcionó nuevas herramientas para estudiar la herencia.
Estas investigaciones coincidieron en una pregunta fundamental: ¿podían los
cromosomas representar el soporte material de los factores hereditarios?
(Laubichler & Davidson, 2008; Gliboff, 2025).
Primeras observaciones de la fertilización manipulada
La fecundación
es el proceso mediante el cual se unen los componentes reproductores de dos gametos
y se origina una nueva célula, denominada cigoto. Actualmente sabemos
que este proceso permite combinar información genética de ambos progenitores.
Sin embargo, durante el siglo XIX todavía existían dudas sobre la contribución
del espermatozoide y del óvulo al desarrollo del nuevo organismo.
La diferencia de
tamaño entre ambos gametos era considerable. El óvulo contiene abundante citoplasma,
reservas y estructuras necesarias para iniciar el desarrollo embrionario,
mientras que el espermatozoide suele ser mucho más pequeño. Esta diferencia
podía llevar a pensar que el gameto femenino aportaba casi todos los
componentes importantes. Para comprobarlo, los investigadores necesitaban
observar qué ocurría durante la unión de ambas células.
Los erizos de
mar resultaron especialmente útiles para estos estudios. Estos animales
liberan sus gametos al agua, donde puede producirse la fecundación externa.
Los investigadores podían recoger óvulos y espermatozoides, mezclarlos en
condiciones controladas y observar las primeras divisiones celulares mediante
el microscopio óptico. Además, muchos óvulos de erizo de mar son
suficientemente transparentes para permitir el seguimiento de los cambios
internos.
Durante la década
de 1870, Oscar Hertwig (1849-1922) investigó la fecundación de los
erizos de mar. Sus observaciones mostraron que el núcleo del espermatozoide
participaba directamente en la formación del nuevo organismo. En particular,
reconoció la importancia de los componentes nucleares masculino y femenino, que
posteriormente se relacionarían con la transmisión de la información
hereditaria.

Figura
1. [Oscar
Hertwig] (1849-1922) fue un embriólogo y anatomista
alemán que investigó la fecundación en erizos de mar. Demostró la
participación de los núcleos del óvulo y espermatozoide en la formación
del cigoto. También estudió la segmentación embrionaria, las capas
germinales y el desarrollo dental. Sus descubrimientos contribuyeron
a fundamentar la embriología experimental y la posterior teoría
cromosómica de la herencia.
Estos
descubrimientos plantearon una cuestión fundamental: si el espermatozoide era
tan pequeño, ¿por qué su participación resultaba indispensable? La respuesta no
podía encontrarse únicamente en la cantidad de citoplasma aportado. Los núcleos
de los gametos contenían estructuras cuya contribución era esencial para el
desarrollo.
El embriólogo
alemán Theodor Boveri (1862-1915) continuó investigando este problema.
En 1889 desarrolló experimentos utilizando óvulos de erizo de mar cuyo núcleo
había sido eliminado o separado de parte del citoplasma. Su intención era
estudiar hasta qué punto las características del embrión dependían del material
nuclear o de los componentes citoplasmáticos.
Boveri trabajó con
células reproductoras de diferentes especies de erizos de mar, algunas de las
cuales producían embriones con características distinguibles. La idea consistía
en comparar el desarrollo de los embriones obtenidos mediante distintas combinaciones
de material celular. Aunque las primeras interpretaciones de estos experimentos
presentaban limitaciones, contribuyeron a establecer nuevas preguntas sobre el
papel del núcleo en el desarrollo (Laubichler & Davidson, 2008).
Uno de sus
experimentos posteriores más conocidos consistió en estudiar la polispermia,
fenómeno que ocurre cuando más de un espermatozoide penetra en un mismo óvulo.
En circunstancias normales, después de la entrada del primer espermatozoide se
activan mecanismos que impiden o dificultan la entrada de otros. Estos
mecanismos ayudan a conservar una composición cromosómica adecuada en el
cigoto.
Cuando entran dos
espermatozoides se produce una situación denominada dispermia. En un
organismo diploide, cada gameto normalmente aporta un conjunto haploide
de cromosomas. Si un óvulo recibe dos espermatozoides, puede contener tres
conjuntos cromosómicos en lugar de los dos habituales. Esta condición
corresponde a una posible triploidía, representada como 3n.
Sin embargo, el
problema observado por Boveri no dependía exclusivamente del número total de
cromosomas. En los erizos de mar, los espermatozoides también aportan
componentes relacionados con la organización del centrosoma, estructura
que participa en la formación del huso mitótico. Cuando penetraban
varios espermatozoides, podían formarse polos adicionales de división.
En una mitosis
normal, el huso posee dos polos principales, entre los cuales se
distribuyen los cromosomas. En determinados embriones originados mediante
dispermia, Boveri observó configuraciones anormales con cuatro polos. Esta
situación producía divisiones celulares irregulares, porque los cromosomas
podían repartirse en más de dos direcciones.

Figura
2. [El
erizo de mar] Paracentrotus lividus es un equinodermo utilizado
en investigaciones de fecundación y embriología. Oscar Hertwig
estudió la unión de los pronúcleos y la formación del cigoto. Sus
óvulos transparentes permiten observar la segmentación embrionaria,
las mitosis y el desarrollo de larvas equinoplúteo. Actualmente
facilita investigaciones sobre cromosomas, diferenciación celular
y efectos ambientales en la reproducción marina.
Como consecuencia,
las células hijas recibían combinaciones cromosómicas diferentes.
Algunas conservaban determinados cromosomas, mientras que otras carecían de
ellos o recibían copias adicionales. Este desequilibrio podía impedir que los
embriones completaran adecuadamente su desarrollo.
Para comprender la
importancia del experimento debemos distinguir entre dos posibilidades. Si
todos los cromosomas fueran funcionalmente equivalentes, bastaría con recibir
una cantidad determinada de material nuclear. En cambio, si diferentes
cromosomas desempeñaban funciones distintas, perder algunos de ellos produciría
consecuencias que no podrían compensarse simplemente aumentando la cantidad de
otros.
Las observaciones
de Boveri favorecieron esta segunda interpretación: la identidad de los
cromosomas y su distribución equilibrada eran importantes para el desarrollo
embrionario. Sus investigaciones contribuyeron a reconocer que los
cromosomas no eran estructuras intercambiables y que su organización podía
tener consecuencias biológicas específicas (Laubichler & Davidson, 2008).
Este resultado
representó un avance decisivo. Los investigadores ya no estudiaban únicamente
la apariencia de las estructuras nucleares, sino también los efectos que podían
producir las alteraciones experimentales en su distribución. La embriología
experimental comenzó así a proporcionar evidencias sobre la importancia
funcional de los cromosomas.
Primeros modelos biológicos en la biología celular
Además de los
erizos de mar, los científicos del siglo XIX utilizaron otros organismos para
estudiar la reproducción celular. Entre ellos se encontraban diversos nematodos,
gusanos de cuerpo alargado que podían presentar características particularmente
favorables para la observación microscópica.

Figura
3. [Theodor
Boveri] (1862-1915) fue un embriólogo alemán, pionero de la citogenética.
Investigó la fecundación, los centrosomas y la distribución de
los cromosomas en embriones de erizo de mar. Sus experimentos
demostraron la importancia de la individualidad cromosómica para el desarrollo
embrionario. Contribuyó a formular la teoría cromosómica de la herencia
y anticipó explicaciones genéticas sobre el cáncer.
La elección de un organismo
modelo no suele ser accidental. Los investigadores buscan especies cuyas
características permitan observar con claridad el fenómeno que desean estudiar.
Para investigar la distribución de los cromosomas resultaban especialmente
útiles las células que contenían pocos cromosomas, de tamaño relativamente
grande y fáciles de distinguir durante la división.
Uno de los
organismos empleados fue un nematodo parásito de caballos denominado
históricamente Ascaris megalocephala, actualmente relacionado con el
género Parascaris. Sus células reproductoras permitían observar
estructuras cromosómicas mediante los instrumentos disponibles durante el siglo
XIX.
En determinadas
formas cromosómicas de estos nematodos, las células diploides poseen
cuatro cromosomas, mientras que los gametos haploides contienen dos.
Esta situación puede representarse mediante las expresiones 2n = 4 y n
= 2, respectivamente.
El símbolo n
representa el número de cromosomas de un conjunto haploide. Por su parte, 2n
representa dos conjuntos, como ocurre en las células diploides de numerosos
animales. Durante la fecundación, los conjuntos cromosómicos procedentes
de ambos gametos contribuyen a restablecer el número diploide característico de
la especie.
En 1883, el
investigador belga Édouard van Beneden (1846-1910) estudió
cuidadosamente estos fenómenos. Sus observaciones permitieron reconocer que los
gametos presentaban un número reducido de cromosomas y que, después de la
fecundación, los conjuntos aportados por ambos progenitores estaban presentes
en la nueva célula.
Esta conclusión
permitió relacionar dos procesos que anteriormente podían parecer
independientes: la reducción cromosómica durante la formación de gametos
y la restauración del número diploide durante la fecundación.
Consideremos una
especie hipotética cuyas células somáticas contienen cuatro cromosomas. Durante
la formación de los gametos, el número cromosómico se reduce de cuatro a dos.
Posteriormente, cuando dos gametos participan en la fecundación, sus conjuntos cromosómicos
contribuyen a formar un cigoto con cuatro cromosomas.
\(n+n=2n\)
Si cada gameto
contiene dos cromosomas, la relación puede expresarse como:
\(2+2=4\)
Esta regularidad
responde una pregunta importante: ¿por qué el número de cromosomas no se
duplica indefinidamente con cada generación?
Supongamos que los
gametos conservaran los cuatro cromosomas de las células diploides. Si ambos
aportaran cuatro cromosomas durante la fecundación, el cigoto recibiría ocho.
En la generación siguiente, si nuevamente se transmitiera la totalidad del
número cromosómico, la cantidad podría continuar aumentando.
La meiosis
evita normalmente este problema mediante la reducción del número cromosómico
antes de la fecundación. En la primera división meiótica se separan los cromosomas
homólogos, mientras que en la segunda se separan las cromátidas hermanas.
El resultado habitual es la formación de células haploides.
Los científicos del
siglo XIX todavía estaban construyendo una explicación completa de estas
divisiones. August Weismann reconoció la importancia teórica de la
reducción cromosómica para mantener la continuidad hereditaria entre
generaciones. Sin embargo, la descripción de la meiosis fue el resultado de
investigaciones realizadas por diferentes científicos, y no puede atribuirse
exclusivamente a una persona.

Figura 4. El nematodo [Ascaris
megalocephala], nombre histórico aplicado a dos formas
reconocidas como especies distintas, permitió observar la fecundación,
la meiosis y las divisiones celulares. Van Beneden describió la
contribución de progenitores. Boveri estudió la herencia, los centrosomas
y la segmentación. Parascaris sigue siendo un modelo biológico
para investigar la diminución de cromatina durante el desarrollo
embrionario y la segregación de cromosomas.
El trabajo de Van
Beneden resultó fundamental porque relacionó las observaciones microscópicas
con una regularidad numérica. Mientras los estudios de mitosis mostraban
cómo se distribuía el material nuclear entre las células hijas, las
investigaciones sobre los gametos permitían comprender por qué la reproducción
sexual no provocaba un aumento continuo del número de cromosomas (Cremer &
Cremer, 2006).
Todos pasan por alto a Mendel en el siglo XIX
Mientras los microscopistas
investigaban la estructura y división de las células, los estudios sobre la herencia
seguían un camino diferente. En 1865, Gregor Mendel (1822-1884) presentó
sus investigaciones sobre la transmisión de caracteres en plantas de guisante, Pisum
sativum. Sus resultados fueron publicados al año siguiente bajo el título
alemán Versuche über Pflanzen-Hybriden, que puede traducirse como Experimentos
sobre hibridación de plantas.
Mendel había
realizado cruzamientos controlados para estudiar características como la
forma y el color de las semillas. Sus experimentos permitieron identificar
regularidades matemáticas en la descendencia. Estas proporciones sugerían que
los caracteres dependían de factores hereditarios que podían
transmitirse sin perder necesariamente su identidad.
Sin embargo, sus
investigaciones no permitían observar directamente aquellos factores. Mendel
podía establecer modelos sobre su comportamiento y contrastarlos con los
resultados de los cruzamientos, pero desconocía su composición química y su
localización dentro de las células.
Durante décadas se
difundió la idea de que sus descubrimientos habían permanecido completamente
olvidados. Según esta narración, Mendel fue un investigador incomprendido cuyo
trabajo únicamente adquirió importancia después de 1900. Sin embargo, las investigaciones
históricas muestran una situación más compleja.
El artículo de
Mendel circuló entre determinadas instituciones científicas y fue conocido por
algunos investigadores. Su influencia fue limitada, pero no puede afirmarse que
nadie tuviera acceso a sus resultados. Además, sus trabajos formaban parte de
una tradición de hibridación vegetal relacionada con la agricultura, el
mejoramiento de plantas y la investigación de la reproducción.
Una dificultad
importante consistía en que los científicos no estudiaban siempre los mismos
tipos de caracteres. Algunos investigadores examinaban la variación continua,
presente en características como la estatura, donde existe una gran diversidad
de valores intermedios. Los caracteres seleccionados por Mendel, en cambio,
podían organizarse en categorías relativamente definidas.
Esta diferencia
contribuyó a que sus resultados no fueran reconocidos inmediatamente como una
explicación general de la herencia. Aunque actualmente sabemos que los
principios mendelianos participan también en la transmisión de muchos
caracteres complejos, todavía faltaban conocimientos para establecer esa
relación.
Alrededor de 1900,
tres botánicos publicaron investigaciones que contribuyeron a recuperar el
interés por las regularidades descritas por Mendel: Hugo de Vries
(1848-1935), Carl Correns (1864-1933) y Erich von
Tschermak-Seysenegg (1871-1962).
Tradicionalmente se
los conoce como los tres redescubridores de Mendel, pero sus
contribuciones no fueron idénticas. Los historiadores han discutido cuánto
conocía cada uno sobre la publicación original y hasta qué punto interpretaron
sus resultados de la misma manera.
El papel de
Tschermak ha sido particularmente debatido. Algunas investigaciones señalan que
su interpretación inicial no coincidía plenamente con la de Correns y De Vries.
También se ha destacado la participación de su hermano Armin von
Tschermak-Seysenegg, quien intervino en el contexto científico de aquellas
publicaciones (Simunek et al., 2011).
Por tanto, el
llamado redescubrimiento de Mendel no fue simplemente la recuperación
inesperada de un artículo desconocido. También representó un cambio en las
preguntas científicas, los métodos experimentales y la importancia concedida a
las proporciones hereditarias.
La difusión del
mendelismo permitió formular nuevos problemas. Si los caracteres dependían de
factores que se transmitían de manera organizada, ¿qué eran físicamente esos
factores? ¿Dónde se encontraban? ¿Por qué determinados factores se separaban
durante la formación de los gametos?
Estas preguntas
comenzaron a conectar los experimentos de cruzamiento con los
descubrimientos de la citología, proporcionando nuevas oportunidades
para investigar la naturaleza material de la herencia (Gliboff, 2025).
La búsqueda de la naturaleza física de los factores mendelianos
Al comenzar el
siglo XX, los investigadores disponían de dos conjuntos de evidencias que
parecían guardar una relación fundamental. Por un lado, los experimentos
mendelianos indicaban que determinados caracteres podían transmitirse
mediante factores hereditarios con comportamientos regulares. Por otro, los
estudios de meiosis y fecundación mostraban que los cromosomas
experimentaban una distribución organizada durante la reproducción.
La semejanza era
especialmente importante porque los factores hereditarios propuestos por
Mendel debían separarse durante la formación de los gametos. De manera
comparable, los cromosomas homólogos también se separaban durante la
primera división meiótica.
Esta
correspondencia permitió formular una nueva pregunta: ¿podrían los factores
mendelianos encontrarse físicamente en los cromosomas?
La posibilidad
resultaba atractiva, pero todavía necesitaba demostración. Observar los
cromosomas mediante el microscopio no permitía identificar directamente los
factores responsables del color de una semilla o de cualquier otro carácter.
Era necesario relacionar las predicciones hereditarias con el
comportamiento de las estructuras celulares.
Los científicos
disponían de dos procedimientos complementarios. Mediante los cruzamientos
experimentales podían predecir qué características aparecerían en la
descendencia y con qué frecuencia. Mediante la microscopía podían
observar la distribución de los cromosomas durante las divisiones celulares.
La comparación
entre ambas líneas de investigación permitió considerar que los cromosomas
podían constituir el soporte físico de la herencia. Sin embargo,
reconocer una semejanza entre dos fenómenos no equivalía a demostrar que uno
explicara al otro. Era necesario formular hipótesis capaces de producir
predicciones verificables.
También comenzó a
transformarse el vocabulario científico. En 1909, Wilhelm Johannsen
introdujo el término gen para designar una unidad hereditaria, evitando
atribuirle inicialmente una estructura material específica. Esto era importante
porque la existencia de una regularidad hereditaria no implicaba conocer
todavía su naturaleza química.
El concepto de gen
continuaría modificándose conforme avanzaran las investigaciones sobre los
cromosomas y la transmisión de caracteres. En sus comienzos, representaba una
unidad explicativa de la herencia, no una molécula de estructura conocida
(Portin & Wilkins, 2017).
De este modo, la
investigación biológica comenzó a establecer relaciones entre dos niveles de
explicación: el nivel celular, donde podían observarse los cromosomas, y
el nivel hereditario, donde podían identificarse regularidades mediante
los cruzamientos. La posibilidad de demostrar experimentalmente esa conexión se
convirtió en uno de los problemas centrales de la genética de comienzos del
siglo XX.
Referencias bibliográficas
Cremer, T., &
Cremer, C. (2006). Rise, fall and resurrection of chromosome territories: A
historical perspective. Part I. The rise of chromosome territories. European
Journal of Histochemistry, 50(3), 161–176. https://www.ejh.it/ejh/article/view/989
Gliboff, S. (2025).
Rediscovering and unrediscovering Gregor Mendel: His life, times, and
intellectual context. Cold Spring Harbor Perspectives in Biology, 17(4),
a041812. https://doi.org/10.1101/cshperspect.a041812
Laubichler, M. D.,
& Davidson, E. H. (2008). Boveri's long experiment: Sea urchin merogones
and the establishment of the role of nuclear chromosomes in development. Developmental
Biology, 314(1), 1–11. https://doi.org/10.1016/j.ydbio.2007.11.024
Portin, P., &
Wilkins, A. (2017). The evolving definition of the term “gene”. Genetics,
205(4), 1353–1364. https://doi.org/10.1534/genetics.116.196956
Simunek, M., Hossfeld, U., & Wissemann, V. (2011). ‘Rediscovery’ revised: The cooperation of Erich and Armin von Tschermak-Seysenegg in the context of the ‘rediscovery’ of Mendel's laws in 1899–1901. Plant Biology, 13(6), 835–841. https://doi.org/10.1111/j.1438-8677.2011.00491.x
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