Regresar a [Sistema esquelético]
Cuando se habla de esqueleto,
resulta fácil imaginar una estructura rígida formada por huesos, cartílago,
placas calcáreas o una cubierta externa endurecida. Sin embargo, desde el punto
de vista biomecánico, un esqueleto puede definirse de manera más amplia como un
sistema que mantiene la forma corporal, proporciona soporte mecánico,
ofrece resistencia contra la cual pueden actuar los músculos y permite
transmitir fuerzas al ambiente. Muchos animales de cuerpo blando cumplen estas
funciones mediante un esqueleto hidrostático, en el que la resistencia
no procede principalmente de piezas sólidas, sino de la presión ejercida sobre
un fluido prácticamente incompresible encerrado por una pared corporal
deformable. La contracción muscular modifica las dimensiones del cuerpo, pero
no puede reducir significativamente su volumen, de manera que una disminución
en una dimensión obliga al aumento de otra (Kier, 2012).
Por tanto, afirmar
que un nemátodo o una lombriz carece de un esqueleto rígido no significa
que carezca de una forma corporal definida, ni que su cuerpo sea una
masa blanda incapaz de generar fuerzas precisas. Todo lo contrario: la
interacción entre presión interna, músculos, tejidos
conjuntivos, cutículas y cavidades corporales puede generar estructuras
sorprendentemente estables. El animal puede endurecer temporalmente una región,
alargarla, acortarla, ensancharla o curvarla sin incorporar articulaciones
rígidas. Los esqueletos hidrostáticos permiten, además, distribuir fuerzas a lo
largo del cuerpo y transformar contracciones musculares relativamente simples
en movimientos complejos. Esta lógica mecánica aparece tanto en nemátodos como
en anélidos, aunque ambos grupos la implementan de maneras muy diferentes
(Kier, 2012).
Nemátodos
Los nemátodos
presentan un cuerpo generalmente cilíndrico, alargado y no segmentado. Su
organización básica puede entenderse como un sistema de “tubo dentro de un
tubo”: externamente se encuentra la pared corporal, mientras que
internamente se disponen el tubo digestivo y los órganos reproductores,
separados de aquella por un pseudoceloma lleno de fluido. La presión de
este fluido, combinada con las propiedades mecánicas de la pared corporal,
contribuye decisivamente al mantenimiento de la forma. De hecho, la presión
hidrostática permite que un nemátodo conserve su sección aproximadamente
circular y resista fuerzas ambientales que, de otro modo, tenderían a
deformarlo o aplastarlo (Kiontke & Fitch, 2013; Basyoni & Rizk, 2016).
La superficie
externa está revestida por una cutícula extracelular rica en colágeno,
secretada por la epidermis subyacente. La cutícula no debe entenderse
simplemente como una envoltura protectora: forma parte integral del sistema
esquelético hidrostático. Su arquitectura fibrosa controla las
deformaciones posibles del cuerpo y transmite las fuerzas producidas por la
musculatura. Estudios biomecánicos muestran que tanto la estructura de la
cutícula como la presión pseudocelómica contribuyen a la rigidez y a
las proporciones características del animal; alteraciones en las proteínas de
la cutícula pueden producir nemátodos anormalmente largos, cortos, delgados o
gruesos, demostrando que la forma corporal está mecánicamente regulada y no es
simplemente consecuencia pasiva del contenido interno (Basyoni & Rizk,
2016).
Una particularidad
fundamental de los nemátodos es que su pared corporal posee principalmente músculos
longitudinales, distribuidos en bandas. Carecen del sistema bien
desarrollado de músculos circulares que caracteriza a muchos anélidos. Como
consecuencia, no pueden ejecutar una locomoción peristáltica típica mediante la
alternancia entre contracciones circulares y longitudinales. En cambio, cuando
los músculos longitudinales de un lado se contraen mientras los del lado
opuesto se relajan, el cuerpo se curva. La alternancia sucesiva entre ambos
lados produce las conocidas ondas sinusoidales u ondulatorias que
recorren el animal (Kiontke & Fitch, 2013).
En este mecanismo,
los músculos no trabajan contra huesos ni contra un exoesqueleto articulado,
sino contra la cutícula sometida a tensión y la presión interna del
pseudoceloma. La cavidad llena de líquido constituye así un elemento
resistente que permite convertir una contracción longitudinal localizada en una
curvatura del cuerpo. El sistema funciona de manera análoga a un cilindro
flexible presurizado: puede doblarse, pero ofrece resistencia al colapso. Esa
resistencia explica por qué el nemátodo mantiene una geometría corporal
característica incluso mientras se retuerce vigorosamente. En Caenorhabditis
elegans, por ejemplo, el cuerpo conserva suficiente rigidez hidrostática
para transmitir las fuerzas musculares a regiones adyacentes y generar ondas
locomotoras ordenadas.
Figura 1. [Caenorhabditis
elegans] es un nematodo microscópico usado como modelo
biológico para estudiar genética, desarrollo, neurobiología y
envejecimiento. Vive en suelos húmedos y se alimenta de bacterias. No
tiene huesos: mantiene su forma mediante cutícula, presión interna, esqueleto
hidrostático y músculos longitudinales, generando ondulaciones para
moverse, alimentarse y reproducirse rápidamente en laboratorio.
La eficiencia del
movimiento depende también del medio externo. Los nemátodos terrestres,
bentónicos o habitantes de películas de agua normalmente necesitan ejercer
fuerzas contra partículas del suelo, superficies vegetales, sedimentos u otros
objetos. Cada curvatura empuja contra el sustrato y la reacción mecánica
resultante impulsa el cuerpo. Al trasladarse a un medio líquido abierto, la
misma musculatura puede producir ondulaciones, pero la interacción física con
el entorno cambia y la eficiencia puede disminuir. Esto explica por qué muchos
nemátodos asociados al suelo parecen “agitarse” cuando son suspendidos en una
cantidad abundante de agua, aunque distintas especies han desarrollado patrones
locomotores adaptados a ambientes particulares. La forma de desplazamiento, por
tanto, emerge de una interacción entre el sistema neuromuscular, la mecánica
corporal y las propiedades físicas del ambiente.
Algunas especies
también poseen crestas, espinas, ornamentaciones cuticulares o estructuras
adhesivas que aumentan la tracción. Estas características no reemplazan al
esqueleto hidrostático, sino que mejoran la transferencia de la fuerza generada
internamente hacia el sustrato. Incluso existen nemátodos capaces de utilizar
puntos de contacto sucesivos con objetos ambientales para impulsarse mediante
curvaturas localizadas, demostrando que la aparente simplicidad del plan
corporal nematodo admite estrategias locomotoras considerablemente variadas.
Anélidos
En los anélidos,
el principio hidrostático alcanza un grado de especialización diferente. El
cuerpo se encuentra dividido en segmentos, y en numerosos grupos el
celoma está subdividido mediante tabiques internos. El fluido celómico
contenido en cada compartimiento puede funcionar aproximadamente como una
unidad hidrostática local. Esto permite modificar la forma de determinados
segmentos sin deformar necesariamente todo el cuerpo al mismo tiempo. La metamería,
por consiguiente, no representa solo una repetición anatómica: proporciona una
ventaja mecánica fundamental para coordinar movimientos regionales (Kristan,
2018).
La mayoría de los
anélidos dispone de músculos circulares y longitudinales que funcionan
como antagonistas. Cuando se contraen los músculos circulares de un segmento,
disminuye su diámetro; debido a que el volumen del fluido celómico cambia muy
poco, el segmento se alarga. Cuando se contraen los músculos
longitudinales, ocurre lo contrario: el segmento se acorta y ensancha.
La propagación ordenada de estas modificaciones genera ondas de movimiento que
pueden utilizarse para reptar, excavar o nadar. Así, un animal sin huesos puede
producir regiones alternativamente largas y estrechas o cortas y gruesas con
notable precisión (Kier, 2012; Quillin, 1998).
Poliquetos
Los poliquetos
proporcionan uno de los ejemplos clásicos de integración entre segmentación,
esqueleto hidrostático y estructuras locomotoras externas. En muchas
especies, cada segmento presenta parapodios provistos de quetas que
pueden funcionar como superficies de apoyo, pequeñas paletas o elementos de
tracción. La musculatura modifica la forma de los segmentos, mientras los
parapodios transmiten las fuerzas al agua o al sustrato. Dependiendo de la especie,
pueden producirse ondas corporales, movimientos serpentiformes, reptación
mediante parapodios o combinaciones de estas estrategias.
Algunas especies
presentan además una modificación particularmente interesante: producen tubos
protectores en los que permanecen de manera sedentaria. En los serpúlidos,
esos tubos pueden estar biomineralizados con carbonato de calcio,
principalmente calcita, aragonita o mezclas de ambas. El tubo constituye una
estructura rígida externa que proporciona protección y anclaje, aunque el
cuerpo del gusano que permanece en su interior sigue dependiendo de tejidos
blandos y mecanismos hidrostáticos. Por tanto, la presencia de una estructura
calcárea accesoria no transforma al anélido en un animal dotado de un
endoesqueleto rígido comparable al de los vertebrados; representa más bien una
combinación entre una arquitectura corporal hidrostática y una estructura
protectora mineralizada (Vinn, 2021).
Figura 2. [Los
poliquetos] de Annelida tienen cuerpo segmentado, esqueleto
hidrostático y quetas rígidas. Las quetas no son patas: sirven para
anclaje, defensa, percepción y movimiento, pero no son extremidades
articuladas. Muchos poseen parapodios y pueden endurecer mandíbulas
con quitina, proteínas, minerales o metales, combinando flexibilidad, presión
interna y piezas duras para alimentarse, desplazarse y sobrevivir.
Oligoquetos
Los oligoquetos,
entre ellos las lombrices de tierra, muestran quizás el ejemplo más intuitivo
de locomoción mediante un esqueleto hidrostático. La contracción coordinada de
los músculos circulares y longitudinales genera ondas peristálticas que
recorren el cuerpo. Cuando una región se alarga y adelgaza, puede avanzar hacia
delante; posteriormente, la contracción longitudinal la acorta y engrosa. Las quetas
actúan como pequeños puntos de anclaje que aumentan la fricción contra el suelo
y reducen el deslizamiento hacia atrás.
La coordinación
entre estas fases convierte el cuerpo en una sucesión de anclajes temporales
y regiones móviles. Durante la excavación, los segmentos ensanchados pueden
ejercer presiones radiales considerables contra las paredes de una galería.
Experimentos con Lumbricus terrestris han demostrado que el fluido
interno presurizado permite mantener la postura, antagonizar la musculatura y
transmitir fuerzas hacia el ambiente, precisamente las funciones que en otros
animales desempeña un esqueleto rígido (Quillin, 1998, 1999).
Figura 3. [Las
lombrices de tierra] de Annelida son blandas, pero su metamerismo
mantiene visibles los segmentos. La firmeza depende del esqueleto hidrostático:
líquido del celoma, cutícula, músculos circulares y
longitudinales. Al contraerse, cada segmento se alarga o acorta. Las quetas
anclan el cuerpo al suelo, permitiendo excavar, airear y reciclar materia
orgánica subterránea, contribuyendo al ecosistema y su fertilidad.
Esta mecánica
también explica por qué las lombrices pueden atravesar grietas estrechas sin
perder su organización corporal. Su cuerpo no carece de estructura:
posee una estructura deformable cuya geometría puede modificarse activamente.
La segmentación permite distribuir esas deformaciones a lo largo del animal y
convertir una serie de cambios locales de longitud y diámetro en desplazamiento
neto.
Hirudíneos
En los hirudíneos,
como las sanguijuelas, el principio hidrostático se conserva, pero la
organización interna difiere de la observada en las lombrices. Los espacios
celómicos están considerablemente reducidos y transformados, mientras
que el cuerpo contiene una proporción importante de músculo y tejido
conjuntivo. Por ello, el organismo se comporta biomecánicamente como una
estructura relativamente compacta y deformable más que como una sucesión de
amplias cámaras celómicas independientes.
Los músculos
circulares, longitudinales, oblicuos y dorsoventrales interactúan con los
tejidos internos y con la presión corporal para modificar la longitud, anchura
y curvatura del animal. Modelos experimentales del esqueleto hidrostático de
sanguijuelas muestran que el mantenimiento aproximadamente constante del
volumen corporal permite predecir buena parte de sus cambios de forma durante
la elongación y la contracción (Skierczynski et al., 1996).
Las ventosas
anterior y posterior añaden otra dimensión a esta mecánica. Durante la
locomoción terrestre, una ventosa puede permanecer fijada mientras el cuerpo se
alarga; posteriormente se fija el extremo opuesto y el cuerpo vuelve a
acortarse, produciendo el característico movimiento de “oruga”. Otras
sanguijuelas nadan mediante ondas corporales generadas por contracciones
coordinadas de la musculatura longitudinal.
Figura 4. [Las
sanguijuelas] de Annelida comparten metamerismo con
los oligoquetos, pero sus segmentos externos forman ánulos y su cuerpo
es más compacto. Mantienen forma con esqueleto hidrostático, músculos y
tejido conectivo. A diferencia de lombrices, reducen quetas y usan
ventosas. Algunas poseen mandíbulas quitinosas o probóscide para
perforar piel, succionar sangre y secretar anticoagulantes.
En conjunto,
nemátodos y anélidos muestran que la rigidez no es un requisito
indispensable para poseer un esqueleto funcional. Un cuerpo puede mantener
una forma precisa y generar fuerzas controladas mediante presión, líquidos
incompresibles, fibras conjuntivas y musculatura organizada. Los esqueletos
hidrostáticos no son versiones incompletas de los esqueletos óseos: representan
una solución biomecánica diferente. Su principal ventaja es precisamente
combinar soporte y deformabilidad, permitiendo que el mismo sistema que
conserva la forma corporal pueda cambiarla activamente para reptar, excavar,
nadar, anclarse o atravesar espacios estrechos.
Referencias
Basyoni, M. M. A.,
& Rizk, E. M. A. (2016). Nematodes ultrastructure: Complex systems and
processes. Journal of Parasitic Diseases, 40(4), 1130–1140. DOI:
10.1007/s12639-015-0707-8.
Kier, W. M. (2012).
The diversity of hydrostatic skeletons. Journal of Experimental Biology, 215(8),
1247–1257. DOI: 10.1242/jeb.056549.
Kiontke, K., &
Fitch, D. H. A. (2013). Nematodes. Current Biology, 23(19), R862–R864.
DOI: 10.1016/j.cub.2013.08.009.
Quillin, K. J.
(1998). Ontogenetic scaling of hydrostatic skeletons: Geometric, static stress
and dynamic stress scaling of the earthworm Lumbricus terrestris. Journal
of Experimental Biology, 201(12), 1871–1883. DOI: 10.1242/jeb.201.12.1871.
Quillin, K. J.
(1999). Kinematic scaling of locomotion by hydrostatic animals: Ontogeny of
peristaltic crawling by the earthworm Lumbricus terrestris. Journal
of Experimental Biology, 202(6), 661–674. DOI: 10.1242/jeb.202.6.661.
Skierczynski, B.
A., Wilson, R. J., Kristan, W. B., Jr., & Skalak, R. (1996). A model of the
hydrostatic skeleton of the leech. Journal of Theoretical Biology, 181(4),
329–342. DOI: 10.1006/jtbi.1996.0135.
Vinn, O. (2021).
Biomineralization in polychaete annelids: A review. Minerals, 11(10),
1151.
No hay comentarios:
Publicar un comentario