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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Figura. Las sanguijuelas

Las sanguijuelas pertenecen a Annelida, dentro de Clitellata, igual que los oligoquetos como las lombrices. Ambos grupos conservan metamerismo, es decir, un cuerpo organizado en segmentos repetidos. Sin embargo, en los oligoquetos los segmentos externos suelen corresponder de manera más clara con divisiones internas. En las sanguijuelas, esa relación se complica porque cada segmento verdadero puede subdividirse externamente en varios anillos superficiales, llamados ánulos, dando apariencia de mayor segmentación. Por eso su cuerpo parece muy repetitivo, aunque el número real de segmentos internos es más limitado.

A diferencia de muchas lombrices, las sanguijuelas han perdido o reducido mucho las quetas, y dependen más de ventosas anterior y posterior para fijarse, desplazarse y alimentarse. Su forma se mantiene gracias a un esqueleto hidrostático modificado: el fluido interno, los músculos circulares, longitudinales y dorsoventrales, junto con tejido conectivo, permiten que el cuerpo sea firme pero flexible. Esta organización les permite contraerse, alargarse, aplanarse y adherirse con precisión al cuerpo de un huésped, algo fundamental para especies depredadoras o hematófagas.

Las sanguijuelas hematófagas han evolucionado piezas especializadas para penetrar la piel de sus víctimas. Algunas poseen mandíbulas quitinosas con pequeños dentículos, capaces de cortar la piel como diminutas sierras. Otras presentan una probóscide protráctil que perfora tejidos y succiona sangre. Además, secretan anticoagulantes, anestésicos y enzimas que facilitan la alimentación. Así, comparadas con los oligoquetos, las sanguijuelas conservan el plan segmentado de los anélidos, pero lo transforman en un cuerpo más compacto, adhesivo, muscular y especializado para fijarse, perforar, alimentarse y sobrevivir como depredadoras o parásitas externas.

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