En los monogéneos, por ejemplo, pueden diferenciarse un prohaptor anterior y un opistohaptor posterior. El primero ayuda a sujetarse cerca de la región oral; el segundo suele ser más complejo y puede incluir ganchos, barras, pinzas o ventosas. Estas piezas duras penetran o abrazan tejidos como piel, branquias o mucosas. En otros tremátodos, la ventosa oral rodea la boca y el acetábulo se ubica en posición ventral. Su función combinada permite alimentarse, resistir desprendimientos y conservar una orientación corporal adecuada.
Aunque estos animales son blandos, su forma se mantiene por tegumento, mesénquima, músculos y soporte hidrostático. La pared corporal flexible transmite la fuerza muscular hacia las ventosas y ganchos, haciendo posible una fijación firme sin necesidad de esqueleto óseo. El tegumento también protege contra enzimas, fricción e inmunidad del huésped. Así, el sistema esquelético funcional de estos parásitos combina presión interna, tejidos elásticos y pequeñas piezas endurecidas. Su éxito no está en correr o nadar rápido, sino en permanecer adheridos, alimentarse y reproducirse dentro o sobre otro organismo.
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