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Los peces óseos
u osteíctios constituyen uno de los dos grandes linajes actuales de vertebrados
mandibulados, junto con los condrictios. Comprenden a los actinopterigios,
que reúnen la mayor diversidad de peces modernos, y a los sarcopterigios,
linaje que incluye celacantos, peces pulmonados y tetrápodos. Su origen se
remonta al Silúrico, hace más de 420 millones de años, aunque la
separación entre osteíctios y condrictios debió ocurrir todavía antes. Los
primeros osteíctios no poseían desde el comienzo todas las características de
los peces óseos modernos; mostraban combinaciones de hueso dérmico,
endoesqueleto mineralizado, espinas de las aletas y mandíbulas compartidas
parcialmente con otros gnatóstomos paleozoicos. Durante el Silúrico tardío ya
aparecen formas como Andreolepis, Lophosteus y Guiyu, que
permiten reconocer progresivamente el establecimiento del patrón osteíctio
(Brazeau & Friedman, 2015; Zhu et al., 2009).
Los osteíctios no
evolucionaron directamente de los placodermos ni de los acantodios
conocidos. Los placodermos representan principalmente diversos gnatóstomos
del tallo, próximos a la condición ancestral anterior a la separación de
los grandes linajes modernos, mientras numerosos acantodios se encuentran más
cercanamente relacionados con el linaje de los condrictios. Por ello,
estos grupos deben interpretarse como ramas vecinas que ayudan a reconstruir la
anatomía ancestral, y no como escalones consecutivos de una cadena evolutiva.
La transición hacia Osteichthyes implicó una reorganización progresiva del dermatocráneo,
mandíbulas, suspensión mandibular, opérculo, dentición y endoesqueleto, con
pérdidas, fusiones y adquisiciones distribuidas de manera desigual entre los
primeros linajes (Brazeau & Friedman, 2015; Kardong, 2019).
Durante el Devónico,
iniciado hace aproximadamente 419 millones de años, los peces óseos
experimentaron una gran radiación evolutiva y quedaron claramente
establecidos tanto los actinopterigios como diversas ramas de
sarcopterigios. El desarrollo de un complejo dermatocráneo, huesos
operculares que cubrían las branquias, mandíbulas con numerosos elementos
móviles y diferentes formas de quinesia craneana permitió explotar una
enorme variedad de recursos alimentarios. Desde este momento, ambos grandes
linajes siguieron trayectorias distintas: los actinopterigios desarrollaron una
extraordinaria diversidad de mecanismos de succión y protrusión mandibular,
mientras los sarcopterigios conservaron y modificaron estructuras craneales que
posteriormente resultarían fundamentales en la evolución de los tetrápodos
(Kardong, 2019).
Peces de aleta radiada
Los actinopterigios
o peces de aletas radiadas constituyen uno de los dos grandes linajes de Osteichthyes,
junto con los sarcopterigios. No deben considerarse simplemente el linaje “más
antiguo” de los peces óseos, pues ambos grupos se separaron tempranamente
dentro de la historia evolutiva de los osteíctios. Los actinopterigios
tempranos presentaban generalmente ojos relativamente grandes, cápsulas
nasales pequeñas, mandíbulas alargadas provistas de dientes y un sistema de
huesos operculares que cubría la cámara branquial. En contraste con numerosos
condrictios modernos, donde el rostro puede proyectarse ampliamente por delante
de la boca, en muchos actinopterigios la región mandibular llega prácticamente hasta
el extremo anterior de la cabeza. El arco hioideo participa además de
manera importante en la suspensión mandibular y en la expansión de la cavidad
bucofaríngea (Kardong, 2019). El patrón general descrito por Kardong destaca
asimismo la proliferación de huesos dérmicos faciales y operculares y la extraordinaria
radiación posterior del grupo.
El componente más
difícil de seguir comparativamente es el dermatocráneo. En los peces de
aletas radiadas proliferaron numerosos huesos dérmicos alrededor del
rostro, techo craneal, órbita, paladar y aparato opercular. Entre ellos
aparecen premaxilar, maxilar, nasal, frontal, parietal, lacrimal, yugal,
opercular, preopercular, subopercular, interopercular y extrascapulares,
aunque el número exacto y las relaciones entre estas piezas cambian
considerablemente entre linajes. Esta multiplicación, pérdida y fusión de
elementos dificulta establecer homologías simples con placodermos o acantodios.
Algunos huesos característicos de los peces, especialmente los de la serie
opercular y extrascapular, desaparecieron posteriormente durante la
evolución de los tetrápodos (Kardong, 2019).
Figura 1. [Los actinopterigios] presentan una enorme diversidad de formas
craneales derivadas de variaciones en mandíbulas, hocico, opérculo y
suspensorio. Su elevada quinesia craneana permite succión, protrusión y
mordidas especializadas. Estas modificaciones favorecen distintos nichos
alimentarios y ecológicos. Así, cambios en huesos y músculos producen una
extraordinaria radiación adaptativa en los peces de aletas radiadas.
La diversidad de
mandíbulas de los actinopterigios está estrechamente relacionada con la enorme
variedad de estrategias alimentarias que estos peces han desarrollado.
Existen formas capaces de triturar conchas, cortar tejidos, raspar superficies,
capturar presas mediante embestida, filtrar partículas o producir una intensa alimentación
por succión. Esta última es especialmente importante en teleósteos. La
rápida expansión de la cavidad bucofaríngea disminuye momentáneamente su
presión respecto al agua exterior, creando un gradiente de presión que
acelera agua y presa hacia la boca. No se produce un vacío absoluto: la
corriente aparece porque el agua circundante se desplaza hacia la región de
menor presión generada por el aumento de volumen de la cavidad oral (Wainwright
et al., 2007). DOI
La capacidad para
producir ese aumento de volumen depende de una secuencia coordinada de
elevación del neurocráneo, descenso mandibular, retracción y depresión del
aparato hioideo, abducción del suspensorio y movimiento del opérculo. En muchos
teleósteos, además, el premaxilar puede proyectarse anteriormente, acercando la
abertura oral a la presa justo antes de que el flujo de agua alcance su máxima
velocidad. La movilidad del maxilar y el premaxilar forma sistemas de palancas
y mecanismos de cuatro barras, y diferentes formas de protrusión de la
mandíbula superior evolucionaron repetidamente dentro de los teleósteos
(Westneat, 2004). PubMed
Figura 2. [Diversidad
craneal de los teleósteos]. Los teleósteos conservan un mismo
patrón craneal básico, pero modifican ampliamente premaxilar, maxilar,
opérculo y mandíbulas según su dieta. Algunas especies favorecen succión,
otras fuerza de mordida, precisión o alcance. Esta diversidad demuestra cómo
variaciones en huesos homólogos pueden generar cráneos muy distintos y
una gran radiación adaptativa asociada con diferentes estrategias
alimentarias y nichos ecológicos.
Esta enorme movilidad explica por qué algunos cráneos de actinopterigios se encuentran entre los sistemas esqueléticos más complejos de los vertebrados. Sin embargo, esa complejidad no debe interpretarse como una “cumbre” evolutiva. Una gran cantidad de piezas independientes es ventajosa cuando permite convertir pequeños movimientos musculares en desplazamientos rápidos y coordinados, pero otros linajes obtienen ventajas mediante la reducción o fusión de elementos. Dentro de los actinopterigios puede reconocerse una tendencia recurrente hacia la liberación funcional de huesos previamente más restringidos, permitiendo que participen en nuevas combinaciones mecánicas relacionadas con alimentación y ventilación. Kardong señala precisamente esta creciente liberación de componentes como una de las pocas tendencias generalizables en un grupo de extraordinaria diversidad craneal.
Figura 3. [La alimentación por succión] en teleósteos combina elevación del neurocráneo, descenso mandibular, retracción del aparato hioideo y expansión del suspensorio. Esto aumenta rápidamente el volumen bucal y reduce la presión interna. El premaxilar puede protruir hacia la presa, mientras el agua entra con ella y luego es expulsada por las branquias, mostrando una extraordinaria quinesia craneana.
La mandíbula inferior también requiere una precisión terminológica. El cartílago de Meckel continúa formando un importante soporte embrionario y estructural, pero no se transforma simplemente en un supuesto “hueso mental”. En muchos peces óseos, su región posterior se relaciona con elementos endocondrales como el articular, mientras numerosos huesos externos de la mandíbula —entre ellos el dentario, angular y surangular— pertenecen al dermatocráneo. De modo semejante, el antiguo palatocuadrado no persiste como una única barra cartilaginosa adulta: distintas regiones contribuyen a huesos endocondrales como el cuadrado, metapterigoides y autopalatino, dependiendo del linaje. El resultado es una mandíbula compuesta por piezas con historias embrionarias y filogenéticas diferentes.
La cintura pectoral participa también en la alimentación de una manera más importante de lo que su posición postcraneal sugiere. En muchos actinopterigios, la cintura dérmica se conecta con la región posterior del cráneo mediante huesos como el postemporal. El músculo esternohioideo utiliza esta región como anclaje y retrae el aparato hioideo, contribuyendo a expandir el piso de la boca; paralelamente, músculos epaxiales e hipaxiales pueden elevar el neurocráneo o transmitir fuerzas desde el tronco. Así, la alimentación por succión no es una acción exclusiva de “los músculos de la cabeza”: implica un sistema integrado entre cráneo, hioides, cintura pectoral, columna vertebral y musculatura corporal (Camp, 2019). PubMedEsta conexión
resulta especialmente visible en peces menos derivados, donde el neurocráneo
puede elevarse respecto a una cintura pectoral relativamente estable
mientras la mandíbula gira sobre el suspensorio. En teleósteos más
especializados, parte de la función puede desplazarse hacia sistemas de huesos
faciales mucho más móviles. La anatomía comparada muestra, por tanto, que
diferentes especies redistribuyen la misma tarea —expandir rápidamente la boca—
entre módulos craneales y postcraneales diferentes. Los estudios
biomecánicos actuales consideran precisamente estas cadenas de transmisión de
fuerza como una de las razones fundamentales de la diversidad funcional de los
actinopterigios (Camp, 2019; Westneat, 2004).
Peces de aleta lobulada
Los sarcopterigios
constituyen el segundo gran linaje de osteíctios y comprenden actualmente a celacantos,
peces pulmonados y tetrápodos. En los peces pulmonados tempranos se produjo
una profunda reorganización del aparato alimentario. El palatocuadrado quedó
firmemente integrado con el neurocráneo, disminuyendo la movilidad relativa
de la mandíbula superior, mientras se desarrollaron superficies dentarias
adaptadas al procesamiento de alimentos resistentes. La durofagia, es
decir, el consumo de presas protegidas por conchas o exoesqueletos, apareció
muy tempranamente en la evolución de los dipnoos. Fósiles devónicos como Youngolepis
y Diabolepis muestran una reorganización del paladar y de los campos
dentarios que anticipa las placas trituradoras de los peces pulmonados
posteriores (Cui et al., 2022). Nature
Las placas
dentarias no son simplemente dientes grandes fusionados al azar. Constituyen
superficies especializadas de trituración, asociadas con mandíbulas
relativamente cortas y una transmisión eficiente de fuerza hacia el paladar. En
los dipnoos modernos, la alimentación combina mordida, manipulación
intraoral y transporte hidráulico del alimento. Esta condición ilustra una
estrategia opuesta a la gran protrusión mandibular de muchos teleósteos: en
lugar de maximizar movilidad anterior, el sistema favorece estabilidad,
fuerza y trituración repetida. La arquitectura craneal puede, por tanto,
alcanzar soluciones funcionales distintas incluso dentro de Osteichthyes (Cui
et al., 2022).
Otros
sarcopterigios fósiles, especialmente diversos tetrapodomorfos devónicos,
poseían mandíbulas robustas con dientes cónicos cuya dentina presentaba un
intenso plegamiento interno denominado plicidentina. Históricamente
estos dientes fueron llamados “laberintodontos” por el aspecto laberíntico de
sus paredes en sección. El término es útil como descripción histológica, pero
“Labyrinthodontia” no representa actualmente un grupo taxonómico natural.
Ejemplos como Eusthenopteron muestran grandes dientes sobre el dentario,
vómer, palatino y ectopterigoides, adecuados para sujetar presas, mientras
el dermatocráneo conserva numerosas semejanzas generales con el patrón de otros
osteíctios (Kardong, 2019).
Los celacantos,
incluidos fósiles como Macropoma lewesiensis y las especies actuales del
género Latimeria, pertenecen a Actinistia y no deben confundirse con los
antiguos “ripidistios” en sentido estricto. Su anatomía craneal conserva una
característica extraordinaria: el neurocráneo se encuentra dividido en una unidad
etmoesfenoidal anterior y una unidad ótico-occipital posterior.
Entre ambas existe una articulación intracraneal. En buena parte de los
primeros sarcopterigios existió alguna forma de división semejante, mientras en
los peces pulmonados y en los primeros tetrápodos el neurocráneo terminó
consolidándose progresivamente como una unidad más continua (Dutel et al., 2019).
Nature
Figura 4. [En
Latimeria], el cráneo
sarcopterigio combina reducción y reorganización de huesos con una notable articulación
intracraneal entre las unidades etmoesfenoidal y ótico-occipital.
La región cefálica permanece asociada con hioides, opérculo y cintura
pectoral. En los linajes hacia los tetrápodos, estas conexiones
disminuyeron, favoreciendo fusión craneal, pérdida de elementos y el
desarrollo de una región cervical móvil.
Tradicionalmente se
interpretó esta articulación como un dispositivo destinado principalmente a elevar
el hocico durante la apertura de la boca y aumentar así la succión. La
biomecánica moderna ha modificado esa interpretación. En Latimeria, un músculo
basicraneal atraviesa funcionalmente la región de la articulación y puede
producir flexión entre las dos unidades craneales. Modelos tridimensionales
indican que el sistema contribuye significativamente a incrementar la fuerza
de mordida, en lugar de actuar simplemente como una bisagra destinada a
aumentar la abertura oral. La variación de esta articulación entre diferentes
sarcopterigios fósiles pudo haber permitido estrategias alimentarias distintas
sin requerir transformaciones radicales de la mandíbula inferior (Dutel et al.,
2015). PubMed
El cráneo del
celacanto sigue estando asociado con un complejo sistema formado por pterigoides,
cuadrado, simpléctico, hiomandíbula, mandíbula y aparato hioideo. La
articulación intracraneal funciona dentro de esta cadena y no de manera
aislada. Los modelos clásicos de la mecánica de Latimeria representan
precisamente el desplazamiento coordinado de estas unidades durante la apertura
bucal. Además, investigaciones recientes sobre la musculatura de los celacantos
han mostrado que varias reconstrucciones históricas de sus músculos craneales
eran incorrectas, recordando que incluso organismos estudiados durante décadas
pueden modificar nuestra interpretación de la evolución funcional del cráneo
(Datovo & Johnson, 2025). PubMed Central (PMC)
Figura 5. [Quinesia
craneana en latimeria]. En los sarcopterigios, la cintura
pectoral se integra funcionalmente con el aparato hioideo, la mandíbula
y el neurocráneo durante la alimentación. En celacantos, esta relación
acompaña una articulación intracraneal móvil. En los tetrapodomorfos,
la conexión entre cráneo y cintura escapular se redujo progresivamente,
permitiendo mayor independencia cefálica y favoreciendo la aparición de una región
cervical móvil en los primeros tetrápodos.
La cintura
pectoral conserva en estos peces una estrecha relación anatómica con la
región posterior de la cabeza. No debe decirse simplemente que “refuerza la
mordida”: funciona como punto de anclaje y transmisión de fuerzas para músculos
relacionados con el hioides, piso bucal y movimientos cefálicos. Esta
conexión entre cabeza y cintura escapular resulta evolutivamente muy importante
porque durante la transición hacia los tetrápodos comenzó a desaparecer. Al
separarse la cintura pectoral del cráneo se originó una región cervical móvil,
permitiendo que la cabeza se desplazara con mayor independencia respecto al
tronco. La pérdida de huesos operculares, la reducción de varios elementos
dérmicos y la consolidación progresiva del neurocráneo acompañaron esa
reorganización, mientras estructuras antes dedicadas a la ventilación acuática
fueron cooptadas para nuevas funciones en respiración aérea, alimentación y
audición.
Referencias
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Dutel, H., Herbin, M., Clément, G., & Herrel, A. (2015). Bite force
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Wainwright, P. C., Carroll, A. M., Collar, D. C., Day, S. W., Higham, T.
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https://doi.org/10.1093/icb/icm032
Westneat, M. W. (2004). Evolution of levers and linkages in the feeding
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