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lunes, 28 de septiembre de 2026

Figura. Los actinopterigios

Los actinopterigios (exceptuando a 22) muestran una extraordinaria diversidad de formas craneales, resultado de la modificación de un mismo plan básico mediante cambios en mandíbulas, hocico, suspensorio, opérculo y huesos dérmicos. Algunos presentan cabezas cortas y profundas, adecuadas para producir grandes fuerzas de mordida; otros desarrollan hocicos muy alargados que aumentan el alcance durante la captura. También existen cráneos comprimidos lateralmente, formas extremadamente robustas y configuraciones con boca pequeña o muy expandible. Esta variedad refleja la relación directa entre forma del cráneo, tipo de alimento y estrategia de captura, más que diferencias fundamentales en el origen de sus componentes.

Una parte importante de esta diversidad procede de la elevada quinesia craneana. En muchos teleósteos, el premaxilar y el maxilar pueden desplazarse respecto del neurocráneo, mientras el suspensorio, aparato hioideo y mandíbula inferior actúan de manera coordinada. Un hocico largo puede favorecer emboscadas rápidas o captura a distancia; una cabeza ancha puede albergar musculatura potente; una boca protráctil permite acercar súbitamente la abertura oral a una presa; y una cavidad bucal expandible favorece la alimentación por succión. Incluso formas aparentemente extravagantes, como caballitos de mar, peces aguja o peces abisales, conservan componentes homólogos reorganizados para funciones diferentes.

Esta plasticidad evolutiva explica por qué los actinopterigios ocupan prácticamente todos los nichos acuáticos imaginables. Cráneos estrechos y puntiagudos favorecen la penetración rápida en el agua; mandíbulas cortas y profundas incrementan la ventaja mecánica para triturar; bocas orientadas hacia arriba, abajo o adelante permiten explotar diferentes posiciones de alimento. En peces filtradores, depredadores, raspadores o trituradores, los mismos huesos pueden cambiar de tamaño, perderse, fusionarse o adquirir nuevas articulaciones. La diversidad craneal de los actinopterigios representa así un caso excepcional de radiación adaptativa, donde pequeñas modificaciones de conexiones óseas y musculares producen grandes diferencias en alimentación, locomoción y ecología.

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