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Las esponjas
o poríferos son animales acuáticos muy antiguos, con cuerpos simples,
porosos y adaptados a la filtración. A diferencia de otros animales, no poseen
órganos verdaderos, músculos, nervios ni un sistema digestivo interno; sin
embargo, sí presentan una organización corporal eficaz para mover agua,
capturar partículas alimenticias y mantenerse fijas al sustrato. Su cuerpo
funciona como una red viva de canales, cámaras y células especializadas. Dentro
de esa organización, el sistema esquelético cumple una función central:
mantiene la forma del animal, da soporte a sus células, evita que el cuerpo
colapse por el flujo constante de agua y, en muchas especies, también participa
en la defensa contra depredadores o daños mecánicos (Brusca & Brusca, 2003;
Ruppert et al., 2004).
Los elementos
esqueléticos de las esponjas pueden clasificarse en dos grandes tipos: orgánicos
e inorgánicos. El esqueleto orgánico está formado principalmente por
fibras de colágeno, especialmente una forma conocida como espongina.
El esqueleto inorgánico, en cambio, está formado por estructuras minerales
llamadas espículas, que pueden estar compuestas de dióxido de silicio
o de carbonato de calcio. Esta combinación de materiales permite una
gran variedad de formas corporales: algunas esponjas son blandas, flexibles y
casi gelatinosas; otras son rígidas, ásperas o incluso cortantes. Por eso,
aunque parezcan organismos simples, sus esqueletos muestran una diversidad
estructural considerable dentro de los animales invertebrados (Brusca &
Brusca, 2003; Hooper & Van Soest, 2002).
Figura 1. [Organización
corporal básica de una esponja]. Las esponjas son
animales filtradores con óstios, espongiocele y ósculo,
por donde circula el agua. Sus coanocitos mueven el flujo con flagelos y
capturan alimento con microvellosidades. El mesohilo contiene amebocitos
y espículas de sílice, que sostienen y protegen el cuerpo. Así, toda la
esponja funciona como sistema de filtración, circulación, defensa y soporte sin
órganos verdaderos complejos internos propios.
En una esponja, el
esqueleto no forma huesos, placas articuladas ni una columna interna como en
los vertebrados. Más bien aparece distribuido dentro del mesohilo, una
matriz gelatinosa ubicada entre las capas celulares externas e internas del
cuerpo. En ese mesohilo se encuentran células móviles, fibras, espículas,
sustancias extracelulares y células relacionadas con digestión, transporte
interno y reparación. La estructura esquelética sirve como punto de anclaje
para células como los coanocitos, encargados de generar corrientes de
agua y capturar alimento, y para los amebocitos, células móviles que
transportan nutrientes, participan en defensa y pueden diferenciarse en otros
tipos celulares. Así, el esqueleto de las esponjas no es una simple armazón
pasiva: está integrado a la alimentación, la circulación interna, la defensa y
la reproducción (Ruppert et al., 2004; Hickman et al., 2017).
El colágeno
es una proteína estructural ampliamente distribuida en los animales. En los
mamíferos, por ejemplo, forma parte de la piel, tendones, cartílagos y otros
tejidos conectivos; su pérdida o desorganización se asocia con pérdida de
elasticidad y aparición de arrugas durante el envejecimiento. En las esponjas,
el colágeno también cumple una función de sostén, pero aparece dentro de un
cuerpo mucho más simple. Puede encontrarse como fibras dispersas en el mesohilo
o como redes más organizadas que mantienen unidas las células del animal. La
cantidad, distribución y organización de estas fibras afectan la consistencia
del cuerpo: una esponja con mayor cantidad de colágeno será más firme; una con
menos fibras será más blanda y gelatinosa (Brusca & Brusca, 2003; Ruppert
et al., 2004).
La espongina
es una forma especializada de colágeno asociada clásicamente al esqueleto
orgánico de muchas demosponjas, es decir, miembros de la clase Demospongiae.
En sentido estricto, conviene reservar el término espongina para la red
extracelular de fibras orgánicas que sostiene el cuerpo de ciertas esponjas, en
lugar de usarlo como sinónimo general de cualquier colágeno presente en los
poríferos. Esta red puede funcionar como una especie de “andamiaje” externo a
las células, semejante en función a una malla flexible. En algunas especies, la
espongina domina la estructura corporal; en otras, aparece combinada con
espículas minerales. Esa combinación ofrece a la vez flexibilidad y
resistencia, como ocurre en muchos materiales compuestos de la naturaleza
(Brusca & Brusca, 2003; Müller, 2003).
Además de sostener
el cuerpo adulto, la espongina también puede participar en estructuras
reproductivas resistentes. Un ejemplo son las gémulas, formas de
reproducción asexual presentes especialmente en esponjas de agua dulce. Las
gémulas permiten sobrevivir a condiciones desfavorables, como sequías, bajas
temperaturas o cambios extremos del ambiente. Están formadas por una masa de
células capaces de regenerar una nueva esponja, protegidas por una envoltura
resistente que puede contener espongina y espículas. En ambientes tropicales
con estación seca marcada, algunas esponjas de agua dulce producen gémulas al
final de la estación lluviosa, permanecen latentes durante el periodo difícil y
reinician el crecimiento cuando vuelve el agua (Ruppert et al., 2004; Brusca
& Brusca, 2003).
Figura 2. [Espículas
proyectadas como estructuras rígidas de defensa]. Las espículas son
estructuras duras de sílice o carbonato de calcio que sostienen y
protegen a las esponjas. Al proyectarse como agujas, vuelven la
superficie áspera, rígida o irritante para depredadores. Como las esponjas no
pueden huir, convierten su propio esqueleto en defensa externa,
manteniendo forma, canales de filtración y supervivencia.
Las espículas
son piezas microscópicas o macroscópicas que forman el esqueleto mineralizado
de muchas esponjas. Pueden tener forma de agujas, estrellas, bastones, ganchos,
radios o estructuras ramificadas. En algunas especies aparecen dispersas; en
otras se organizan como verdaderas redes internas. Su función no es solamente
sostener: también pueden dificultar que peces, moluscos u otros animales
consuman la esponja, porque vuelven su cuerpo áspero, punzante o poco
apetecible. En la superficie de algunas especies, las espículas sobresalen como
pequeñas agujas defensivas. En otras, se ubican dentro del mesohilo y refuerzan
la arquitectura corporal sin proyectarse demasiado al exterior (Uriz et al.,
2003; Hooper & Van Soest, 2002).
Figura 3. [Esqueletos
minerales de sílice y carbonato de calcio en esponjas]. Los esqueletos
minerales de las esponjas suelen formarse con sílice o carbonato
de calcio, creando espículas duras que sostienen, protegen y mantienen
abiertos los canales de filtración. Estas estructuras actúan como andamiajes
internos y defensas contra depredadores. En Demospongiae, predomina la espongina,
una red orgánica de colágeno más flexible, pero igualmente útil para
conservar forma, firmeza y organización corporal básica.
Los esqueletos
minerales de las esponjas están estrechamente relacionados con su
clasificación. Las esponjas calcáreas, clase Calcarea, producen
espículas de carbonato de calcio, generalmente en forma de calcita o
aragonita. Las demosponjas, clase Demospongiae, pueden presentar
espículas de sílice, fibras de espongina, o una combinación de ambas,
aunque algunas especies han reducido o perdido parte de estos elementos. Las
esponjas de vidrio, clase Hexactinellida, producen espículas silíceas
muy características, muchas veces organizadas en redes geométricas complejas.
Estas diferencias muestran que el esqueleto no solo sostiene el cuerpo, sino
que también permite reconocer relaciones evolutivas entre grandes grupos de
poríferos (Brusca & Brusca, 2003; Hooper & Van Soest, 2002).
La formación de
espículas depende de células especializadas llamadas esclerocitos. Estas
células se encuentran en el mesohilo y participan en la síntesis, depósito y
organización de los materiales minerales. En algunas especies, un esclerocito
puede formar una espícula pequeña; en otras, varias células cooperan para
construir una sola espícula de mayor tamaño o complejidad. El proceso exige
control celular preciso, porque la forma final de la espícula no es accidental.
Su geometría depende de señales internas, proteínas moldeadoras, disponibilidad
de minerales y herencia evolutiva de cada linaje. Por eso, las espículas son
tan útiles en taxonomía: su forma, tamaño y disposición ayudan a identificar
grupos de esponjas (Uriz et al., 2003; Hooper & Van Soest, 2002).
En las espículas de
dióxido de silicio, la construcción suele comenzar con un eje orgánico
interno. Sobre ese eje se deposita sílice hidratada, formando capas sucesivas
que aumentan el grosor de la espícula. Este proceso de biomineralización es
notable porque ocurre en condiciones biológicas suaves, dentro de un organismo
vivo y sin necesidad de temperaturas o presiones extremas. Las esponjas
silíceas logran organizar el mineral de manera precisa mediante moléculas
orgánicas que guían la formación del esqueleto. En las esponjas de vidrio, las
espículas pueden unirse formando estructuras rígidas, elegantes y resistentes,
similares a entramados de cristal natural (Müller, 2003; Uriz et al., 2003).
Figura 4. [Formas
cristalinas del carbonato de calcio]. Los cristales de calcita
y aragonita están formados por carbonato de calcio, pero tienen
estructuras internas diferentes. La calcita es más estable y suele conservarse
mejor; la aragonita forma agujas o fibras menos estables que pueden
transformarse en calcita con el tiempo. En organismos marinos influyen en conchas,
corales, fósiles, biomineralización, resistencia y preservación
geológica de esqueletos duros antiguos marinos.
En las espículas de
carbonato de calcio, el proceso es distinto. Las esponjas calcáreas
depositan el mineral en forma cristalina, generalmente como calcita o
aragonita. Estas espículas pueden formarse dentro de células o bajo control
celular estrecho, y cada una puede comportarse como un cristal individual
producido por el organismo. Aunque el carbonato de calcio también aparece en
conchas de moluscos, corales y esqueletos de equinodermos, en las esponjas
cumple una función adaptada a un cuerpo filtrador y poroso. El resultado es una
estructura ligera, resistente y suficiente para sostener tejidos blandos sin
impedir el paso del agua a través del cuerpo (Brusca & Brusca, 2003;
Ruppert et al., 2004).
La diversidad de
materiales esqueléticos en las esponjas demuestra que no existe una
única manera de construir soporte biológico. Un animal puede sostenerse
mediante huesos, cartílagos, conchas, cutículas, fluidos internos o, como en
este caso, fibras de colágeno y espículas minerales. En los poríferos,
esta solución está íntimamente ligada a su modo de vida sésil y filtrador. Como
permanecen fijos al sustrato, necesitan resistir corrientes, evitar
deformaciones excesivas y mantener abiertos sus canales acuíferos. Si el cuerpo
colapsara, el flujo de agua disminuiría y la alimentación se vería
comprometida. Por ello, el esqueleto de las esponjas sostiene tanto la forma
corporal como la fisiología de filtración.
Figura 5. [Esponja
natural vs sintéticas]. Las esponjas sintéticas surgieron para
reemplazar esponjas naturales, pero generan impactos ambientales. Las de pulpa
aumentaron tala de bosques y las plásticas dependen del petróleo.
Durante fabricación, uso y desecho pueden liberar sustancias carcinógenas,
partículas y residuos persistentes. Como no se biodegradan fácilmente,
contaminan suelos, aguas y ecosistemas. Por eso conviene preferir materiales
durables, reutilizables, compostables y de menor impacto.
Referencias
Brusca, R. C.,
& Brusca, G. J. (2003). Invertebrates (2.ª ed.). Sinauer Associates.
Hickman, C. P.,
Roberts, L. S., Keen, S. L., Larson, A., Eisenhour, D. J., & I’Anson, H.
(2017). Integrated principles of zoology (17.ª ed.). McGraw-Hill
Education.
Hooper, J. N. A.,
& Van Soest, R. W. M. (Eds.). (2002). Systema Porifera: A guide to the
classification of sponges. Springer.
Müller, W. E. G.
(2003). Silicatein-mediated biosilica formation in sponges. Progress in
Molecular and Subcellular Biology, 33, 195–221.
Ruppert, E. E.,
Fox, R. S., & Barnes, R. D. (2004). Invertebrate zoology: A functional
evolutionary approach (7.ª ed.). Brooks/Cole.
Uriz, M. J., Turon,
X., Becerro, M. A., & Agell, G. (2003). Siliceous spicules and skeleton
frameworks in sponges: Origin, diversity, ulrastructural patterns, and
biological functions. Microscopy Research and Technique, 62(4), 279–299.
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