La base de cada coral es la combinación entre un pólipo vivo y un saco protector endurecido. Ese saco puede mineralizarse con carbonato de calcio, formando paredes rígidas que sostienen al animal y lo protegen del oleaje, depredadores y sedimentos. Aunque a simple vista observamos montañas amarillas, rosadas, anaranjadas o violetas, cada estructura macroscópica nace de unidades pequeñas repetidas. Los pólipos se multiplican, permanecen conectados y producen nuevas capas de esqueleto, de modo que la colonia crece como una arquitectura biológica compartida, porosa y resistente, capaz de modificar todo el paisaje submarino.
La diversidad de formas del arrecife refleja distintas estrategias de vida. Los corales ramificados elevan sus puntas hacia la luz y el movimiento del agua; los corales masivos resisten mejor golpes y corrientes fuertes; los tubulares y columnares aumentan superficie disponible para pólipos. En muchos corales, la relación con zooxantelas fotosintéticas aporta azúcares y favorece el crecimiento del esqueleto. Así, la imagen permite comparar dos modos cnidarios: la medusa, flexible y sostenida por presión interna, y el pólipo coralino, fijo, colonial y capaz de construir exoesqueletos complejos que forman hábitats para innumerables especies marinas, desde peces pequeños hasta crustáceos, moluscos, algas y microorganismos asociados al arrecife, generando refugio, alimento y zonas de reproducción para comunidades enteras.
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