Las espículas pueden estar formadas por sílice o carbonato de calcio, según el grupo de esponjas. Su función no es mover el cuerpo como un hueso articulado, sino reforzarlo y defenderlo. Al sobresalir como agujas microscópicas o visibles, vuelven la superficie áspera, punzante y difícil de consumir. Un depredador que intente morder una esponja puede encontrar un tejido incómodo, rígido o irritante. Por eso, la parte dura de la esponja no solo sostiene: también funciona como una barrera física contra peces, moluscos y otros animales que podrían alimentarse de ella en arrecifes, fondos rocosos o ambientes marinos profundos.
Esta defensa es importante porque las esponjas no pueden huir. Viven fijas al sustrato y dependen de estrategias pasivas para sobrevivir: filtrar alimento, producir sustancias químicas y construir un esqueleto resistente. Las espículas de la imagen se integran con la masa porosa del cuerpo, como si fueran andamios y púas al mismo tiempo. Gracias a ellas, la esponja conserva su volumen, mantiene abiertos sus canales de agua y reduce el riesgo de ser devorada. Así, un animal aparentemente sencillo muestra una solución biológica eficaz: convertir su propio soporte interno en protección externa permanente.
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