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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Figura. Espículas proyectadas como estructuras rígidas de defensa.

La imagen muestra una esponja marina de cuerpo rojizo, fijada sobre el fondo rocoso, con una superficie cubierta por numerosos poros, cavidades y proyecciones finas. Aunque parece blanda y simple, su cuerpo posee una arquitectura interna sostenida por elementos duros. En la parte superior se observan prolongaciones semejantes a agujas, que representan espículas proyectadas hacia el exterior. Estas estructuras forman parte del esqueleto de la esponja y ayudan a mantener la forma del animal mientras el agua entra por sus poros, circula por canales internos y sale después de la filtración, cargada de desechos y gases.

Las espículas pueden estar formadas por sílice o carbonato de calcio, según el grupo de esponjas. Su función no es mover el cuerpo como un hueso articulado, sino reforzarlo y defenderlo. Al sobresalir como agujas microscópicas o visibles, vuelven la superficie áspera, punzante y difícil de consumir. Un depredador que intente morder una esponja puede encontrar un tejido incómodo, rígido o irritante. Por eso, la parte dura de la esponja no solo sostiene: también funciona como una barrera física contra peces, moluscos y otros animales que podrían alimentarse de ella en arrecifes, fondos rocosos o ambientes marinos profundos.

Esta defensa es importante porque las esponjas no pueden huir. Viven fijas al sustrato y dependen de estrategias pasivas para sobrevivir: filtrar alimento, producir sustancias químicas y construir un esqueleto resistente. Las espículas de la imagen se integran con la masa porosa del cuerpo, como si fueran andamios y púas al mismo tiempo. Gracias a ellas, la esponja conserva su volumen, mantiene abiertos sus canales de agua y reduce el riesgo de ser devorada. Así, un animal aparentemente sencillo muestra una solución biológica eficaz: convertir su propio soporte interno en protección externa permanente.

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