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El cráneo de los
vertebrados es una estructura compuesta formada por tres grandes
componentes con historias evolutivas distintas: condrocráneo,
esplancnocráneo y dermatocráneo. El condrocráneo constituye
inicialmente una plataforma cartilaginosa asociada con el encéfalo y los
principales órganos sensoriales; el esplancnocráneo deriva
fundamentalmente del esqueleto de los arcos faríngeos, mientras que el dermatocráneo
comprende huesos dérmicos que, a lo largo de la evolución, se incorporaron a la
superficie y las paredes del cráneo. En conjunto, estos tres sistemas forman
una unidad anatómica funcional, aunque cada uno conserva evidencias de un
origen diferente (Kardong, 2019).
El origen temprano
del cráneo está sometido a un importante sesgo de fosilización. El
cartílago se conserva mucho peor que el hueso mineralizado, por lo que la
ausencia de estructuras craneales claramente fosilizadas no demuestra
necesariamente que estuvieran ausentes en el organismo vivo. Vertebrados
cámbricos como Haikouichthys ercaicunensis muestran una región cefálica
diferenciada, ojos y elementos vinculados al esqueleto axial, pero buena parte
de su anatomía debe reconstruirse a partir de impresiones de tejidos blandos.
Por ello, la evolución inicial del cráneo debe interpretarse mediante la
integración de paleontología, anatomía comparada, embriología y filogenética,
y no como una secuencia lineal en la que cada nuevo grupo simplemente añade
componentes al anterior (Shu et al., 2003; Kardong, 2019).
Figura 1. [Los
ostracodermos] fueron diversos vertebrados agnatos fósiles
protegidos por un dermatoesqueleto mineralizado. Algunas formas, como Hemicyclaspis
y Drepanaspis, tenían cuerpos aplanados asociados al fondo acuático,
mientras Pteraspis y Anglaspis eran más hidrodinámicos. Su
diversidad demuestra que, antes de las mandíbulas, ya existían distintas
estrategias de protección, locomoción, alimentación y percepción sensorial.
Los ostracodermos
Los ostracodermos constituyen un conjunto histórico de vertebrados fósiles sin mandíbulas caracterizados por la presencia de un importante esqueleto dérmico mineralizado. El término no corresponde actualmente a un clado natural, sino a diferentes linajes de vertebrados agnatos del Paleozoico que ocupan distintas posiciones dentro del tallo evolutivo de los vertebrados mandibulados. Entre ellos se encuentran heterostracos, anáspidos, galeáspidos y osteostracos, todos ellos con diferentes configuraciones del cráneo, del aparato branquial y de la armadura dérmica (Brazeau & Friedman, 2015).
Figura 2. [Hemicyclaspis] fue un osteostraco
agnato con un amplio escudo cefálico dérmico, boca ventral y ojos
dorsolaterales. Su cabeza protegida contrastaba con un cuerpo más flexible
cubierto por pequeñas escamas. Las aletas pectorales mejoraban
estabilidad y maniobrabilidad, mientras la alimentación dependía de corrientes
de agua que incorporaban partículas y pequeños organismos del fondo hacia
la región bucofaríngea.
Figura 3. [Ventilación y alimentación de Hemicyclaspis]. Los ostracodermos como Hemicyclaspis empleaban una bomba bucofaríngea que generaba presión negativa, aspirando agua y partículas hacia la boca. Este sistema ayuda a entender el contexto evolutivo de las mandíbulas: los arcos faríngeos anteriores, ya asociados con musculatura y ventilación, fueron cooptados y articulados, permitiendo mejorar la captura por succión, controlar presas y desarrollar posteriormente una mordida activa.
Figura 4. [Los
anáspidos] fueron vertebrados agnatos de cuerpo alargado,
flexible e hidrodinámico, cubierto por pequeñas escamas dérmicas.
Carecían de mandíbulas articuladas y utilizaban la cavidad
bucofaríngea para ventilación y alimentación. La reducción de grandes
placas favoreció movilidad, propulsión y maniobrabilidad, mostrando una
temprana diversificación entre protección, respiración, alimentación y
locomoción.
Figura 5. [El cráneo de los anáspidos]. Los anáspidos
como Pterolepis poseían un esplacnocráneo dedicado principalmente
al soporte de la faringe y las branquias. Una cesta branquial
cartilaginosa, músculos viscerales y poros externos regulaban el flujo de
agua para respiración y alimentación. El cuerpo combinaba escamas
dérmicas, cartílago interno y musculatura segmentaria, anticipando la
posterior cooptación de arcos faríngeos para formar mandíbulas.
Los ostracodermos aparecen en el registro fósil desde el Ordovícico y alcanzaron su mayor diversidad durante el Silúrico y el Devónico, aproximadamente entre hace 470 y 360 millones de años, antes de desaparecer hacia el final del Devónico. Sus restos se han encontrado principalmente en el hemisferio norte: existen importantes yacimientos en Escocia, Gales, Inglaterra, región báltica, Svalbard, Siberia, Ucrania, Canadá y Estados Unidos, mientras los galeáspidos se conocen especialmente de China y Vietnam. Wiley Online Library Algunos de los ejemplares históricos más importantes se conservan en el Natural History Museum de Londres, que alberga fósiles como Cephalaspis lyelli y numerosos heterostracos británicos y europeos, y en el Swedish Museum of Natural History de Estocolmo, donde se encuentran colecciones procedentes de Svalbard y del Ártico canadiense. El Yale Peabody Museum también conserva importantes agnatos ordovícicos de la formación Harding Sandstone de Colorado y Wyoming. Museo de Historia Natural
En muchos de estos animales, la cabeza estaba protegida por un escudo cefálico dérmico constituido por tejido óseo mineralizado. Esta armadura cubría principalmente las regiones dorsal y lateral de la cabeza y dejaba aberturas para los ojos, órganos olfatorios y estructuras sensoriales. En osteostracos como Hemicyclaspis, el cráneo era ancho y aplanado dorsoventralmente, con la boca situada en posición ventral. En los lados del escudo se encontraban campos sensoriales asociados probablemente con el sistema de línea lateral y posiblemente con mecanismos de electrorecepción, características compatibles con una estrecha relación con el fondo acuático (Kardong, 2019).
La anatomía de Hemicyclaspis sugiere un modo de vida relacionado con el sustrato acuático. La boca y las aberturas branquiales se encontraban ventralmente, protegidas por la amplia armadura dorsal. La alimentación probablemente dependía de corrientes de agua generadas a través de la cavidad bucofaríngea, mediante las cuales pequeñas partículas y organismos podían ser incorporados a la boca. El agua atravesaba posteriormente la faringe, circulaba sobre las superficies respiratorias y abandonaba el cuerpo a través de las aberturas branquiales. La ausencia de mandíbulas articuladas limitaba la capacidad para cortar o triturar alimentos grandes, pero permitía diferentes estrategias de filtración, raspado o succión (Kardong, 2019).
Los anáspidos muestran una organización diferente. En ellos, la armadura dérmica estaba compuesta por numerosas escamas mineralizadas pequeñas en lugar de grandes placas fusionadas. Su cuerpo era generalmente más fusiforme, los ojos se encontraban lateralmente y la boca se desplazaba hacia una posición más anterior. Estas características sugieren animales con una natación relativamente más activa. La disminución de grandes placas cefálicas habría reducido masa y permitido una mayor flexibilidad corporal, aunque el aparato faríngeo continuaba organizado mediante una serie de arcos relacionados con la respiración.
Ciclóstomos
Los ciclóstomos
comprenden los dos grandes linajes actuales de vertebrados sin mandíbulas: lampreas
y mixinos. Aunque conservan la ausencia de mandíbulas verdaderas, no deben
considerarse reproducciones vivientes de los primeros vertebrados. Ambos grupos
han experimentado cientos de millones de años de evolución independiente y
presentan numerosas especializaciones anatómicas. La evidencia molecular y
genómica moderna apoya fuertemente la monofilia de Cyclostomata, es
decir, que lampreas y mixinos forman un grupo natural que constituye el grupo
hermano de los gnatóstomos (Kuratani, 2021; Marlétaz et al., 2024).
Figura 6. [Los
ciclóstomos] comprenden mixinos y lampreas, los únicos
vertebrados actuales sin mandíbulas. Ambos poseen cuerpo anguiliforme,
esqueleto principalmente cartilaginoso y branquias asociadas a la
faringe. Los mixinos destacan por sus tentáculos sensoriales y glándulas
mucosas; las lampreas, por su disco oral raspador y siete pares de
aberturas branquiales. Son linajes modernos altamente especializados.
Figura 7. [El
cráneo de los ciclóstomos]. En los ciclóstomos, gran parte
del esqueleto cefálico y faríngeo deriva de la cresta neural,
mientras el mesodermo contribuye principalmente al neurocráneo posterior
y cápsulas óticas. La comparación entre lampreas larvales, adultas y mixinos
muestra profundas reorganizaciones durante desarrollo y evolución,
especialmente en la cesta branquial, aparato oral y esplacnocráneo, sin
representar una secuencia lineal de primitividad.
Las lampreas
presentan un aparato oral especializado con estructuras queratinizadas capaces
de fijarse, raspar o procesar alimento según la especie. Los mixinos poseen un
mecanismo lingual provisto de estructuras queratinosas utilizadas para
desgarrar tejidos. En ambos casos, el esqueleto craneal es principalmente
cartilaginoso, pero su organización difiere de la observada en los primeros
vertebrados fósiles. Estas especializaciones demuestran que la ausencia de
mandíbulas no implica necesariamente una anatomía simple.
La interpretación
histórica de los mixinos como animales completamente carentes de vértebras
también ha cambiado. En especies como Eptatretus burgeri se han
identificado pequeños elementos cartilaginosos vertebriformes asociados con la
región caudal y derivados del esclerotomo. Estos restos sugieren que el
ancestro común de los vertebrados poseía un programa de desarrollo axial
posteriormente reducido en gran parte del cuerpo de los mixinos (Ota et al.,
2011). La aparente simplicidad de ciertos caracteres de los ciclóstomos puede
representar, por tanto, pérdidas secundarias o reorganizaciones
especializadas y no necesariamente estados ancestrales.
Referencias
Brazeau, M. D.,
& Friedman, M. (2015). The origin and early phylogenetic history of jawed
vertebrates. Nature, 520, 490–497. https://doi.org/10.1038/nature14438
Brazeau, M. D.,
Giles, S., Dearden, R. P., Jerve, A., Ariunchimeg, Y., Zorig, E., Sansom, R.,
Guillerme, T., & Castiello, M. (2020). Endochondral bone in an Early
Devonian ‘placoderm’ from Mongolia. Nature Ecology & Evolution, 4,
1477–1484. https://doi.org/10.1038/s41559-020-01290-2
Kardong, K. V.
(2019). Vertebrates: Comparative anatomy, function, evolution (8th ed.).
McGraw-Hill Education.
Kuratani, S.
(2021). Evo-devo studies of cyclostomes and the origin and evolution of jawed
vertebrates. Current Topics in Developmental Biology, 141, 207–239. https://doi.org/10.1016/bs.ctdb.2020.11.011
Marlétaz, F.,
Timoshevskaya, N., Timoshevskiy, V. A., et al. (2024). The hagfish genome and
the evolution of vertebrates. Nature, 627, 811–820. https://doi.org/10.1038/s41586-024-07070-3
Ota, K. G.,
Fujimoto, S., Oisi, Y., & Kuratani, S. (2011). Identification of
vertebra-like elements and their possible differentiation from sclerotomes in
the hagfish. Nature Communications, 2, 373. https://doi.org/10.1038/ncomms1355
Qiao, T., King, B.,
Long, J. A., Ahlberg, P. E., & Zhu, M. (2016). Early gnathostome phylogeny
revisited: Multiple method consensus. PLoS ONE, 11(9), e0163157. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0163157
Shu, D.-G., Morris,
S. C., Han, J., Zhang, Z.-F., Yasui, K., Janvier, P., Chen, L., Zhang, X.-L.,
Liu, J.-N., Li, Y., & Liu, H.-Q. (2003). Head and backbone of the Early
Cambrian vertebrate Haikouichthys. Nature, 421, 526–529. https://doi.org/10.1038/nature01264
Zhu, Y.-A., Li, Q., Lu, J., Chen, Y., Wang, J., Gai, Z., Zhao, W., Wei, G., Yu, Y., Ahlberg, P. E., & Zhu, M. (2022). The oldest complete jawed vertebrates from the early Silurian of China. Nature, 609, 954–958. https://doi.org/10.1038/s41586-022-05136-8
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