Este sistema ayuda a comprender un posible contexto funcional para la evolución de las mandíbulas, aunque no debe interpretarse como una secuencia demostrada de “succión a mordida”. Los primeros vertebrados ya poseían una serie de arcos faríngeos cartilaginosos separados por hendiduras y asociados con músculos, vasos y nervios. En los gnatóstomos, el arco anterior se transformó evolutivamente en el arco mandibular, cuyos componentes dorsales y ventrales pudieron articularse entre sí. La aparición de una articulación semejante a una bisagra permitió que fuerzas musculares antes empleadas principalmente en la dinámica faríngea participaran también en cerrar la boca, sujetar alimento y modificar activamente la abertura oral.
La selección natural pudo favorecer configuraciones que mejoraban tanto la captura por succión como el control mecánico de las presas. Una abertura oral móvil permite variar rápidamente el volumen de la boca, orientar estructuras alimentarias y ejercer mordida sobre objetos relativamente grandes. La mandíbula puede entenderse así como una cooptación y especialización de elementos faríngeos preexistentes, no como una estructura creada desde cero. Sin embargo, la evidencia embriológica, anatómica y fósil apoya la relación de las mandíbulas con los arcos faríngeos anteriores, pero todavía no establece una única ruta evolutiva simple.
No hay comentarios:
Publicar un comentario