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En las plantas
verdes ocurren dos procesos dependientes del intercambio gaseoso: la
fotosíntesis y la respiración celular aeróbica. En la respiración
celular, la planta utiliza moléculas orgánicas reducidas, como azúcares
y lípidos, que almacenan alta energía química. Estas moléculas son
oxidadas con ayuda del oxígeno atmosférico, lo que permite obtener
energía celular, principalmente en forma de ATP, además de producir dióxido
de carbono y agua. Para el tema de la ventilación organísmica, es
decir, el intercambio de gases entre un ser vivo y su ambiente, esto significa
que la respiración celular se asocia con ingreso de oxígeno y emisión de
dióxido de carbono.
En la fotosíntesis,
el intercambio gaseoso ocurre en sentido contrario. La planta incorpora dióxido
de carbono desde el ambiente y, con ayuda de la luz solar y del agua,
fabrica azúcares y libera oxígeno molecular como producto de desecho.
Por tanto, durante la fotosíntesis hay entrada de CO₂ y salida de O₂.
Esto no significa que la planta “solo respire al revés”, sino que realiza dos
procesos distintos: la fotosíntesis construye materia orgánica usando energía
luminosa, mientras la respiración celular degrada parte de esa materia para
obtener energía utilizable.
Figura 1. [Modelo
simple de la respiración aeróbica]. La respiración celular aeróbica
usa glucosa y oxígeno molecular para producir ATP, dióxido
de carbono y agua. En animales, esto obliga a captar O₂ del ambiente y
eliminar CO₂ como desecho. La ventilación mueve esos gases, mientras la
circulación los distribuye. Así, pulmones, branquias o tráqueas sostienen el
metabolismo energético celular.
Figura 2. [Resumen
de la fotosíntesis]. La fotosíntesis también requiere intercambio
gaseoso, usando los mismos gases que la respiración aeróbica, pero en dirección
inversa. La planta capta dióxido de carbono y libera oxígeno
molecular. Con luz y agua fabrica glucosa, fijando carbono en
materia orgánica. Parte del oxígeno se reutiliza en respiración celular, pero
el excedente sostiene la atmósfera oxigenada.
En las plantas,
ambos procesos no están perfectamente equilibrados a escala planetaria. Si todo
el oxígeno producido por la fotosíntesis fuera consumido inmediatamente
por la respiración de plantas, animales, hongos y microorganismos, la atmósfera
no conservaría niveles elevados de O₂. Una parte del oxígeno producido es
reutilizada por las propias plantas, otra es consumida por organismos aeróbicos
y otra participa en la oxidación de minerales de la corteza terrestre. Sin
embargo, cuando parte del carbono orgánico queda enterrado o retirado
temporalmente de la descomposición, queda un excedente relativo de oxígeno en
la atmósfera. Por eso, la concentración actual de oxígeno atmosférico depende
del equilibrio histórico entre fotosíntesis, respiración, descomposición,
enterramiento de carbono y oxidación de materiales terrestres.
Dormir con una planta al lado
Las raíces,
los tallos y las hojas realizan respiración celular aeróbica
durante el día y la noche, pero sus tasas de consumo de oxígeno suelen
ser mucho menores que las de la mayoría de los animales. La fotosíntesis,
en cambio, solo ocurre cuando hay luz suficiente, y durante ella las hojas
intercambian grandes volúmenes de gases: incorporan dióxido de carbono y
liberan oxígeno molecular. Cada hoja está adaptada para regular sus
propias necesidades gaseosas mediante superficies internas húmedas, espacios de
aire y estomas. De esta diferencia surge el mito popular de que dormir
con una planta al lado es peligroso porque “roba” el oxígeno de la habitación.
En realidad, la demanda biológica de oxígeno de una planta doméstica
durante la noche es muy baja comparada con la de un animal. Dormir con un
perro, un gato o con otra persona consume mucho más oxígeno que dormir con una
planta en la habitación.
Figura 3. [Dormir
con plantas]. Dormir con plantas no es peligroso por consumo de oxígeno,
ya que su respiración nocturna es mínima frente a la de animales o personas.
Los riesgos reales dependen del manejo: exceso de humedad, moho,
alergias, plantas tóxicas para mascotas o niños, y agua estancada en macetas o
floreros, que puede criar mosquitos como Aedes aegypti.
Intercambio de gases en plantas no vasculares
Las plantas no
vasculares, como muchos musgos y hepáticas, presentan una organización
corporal pequeña, delgada y muy dependiente de la humedad ambiental. Esto les
ofrece una ventaja: gran parte de su superficie puede participar directamente
en el intercambio gaseoso, sin necesidad de órganos respiratorios
especializados. Al vivir cerca del agua o en ambientes húmedos, el oxígeno,
el dióxido de carbono y el vapor de agua pueden moverse por
difusión a través de sus tejidos superficiales. Sin embargo, esta estrategia
también tiene un costo: si el ambiente se seca, el agua se evapora rápidamente
desde las mismas superficies que permiten el intercambio de gases. Por eso, estas
plantas suelen ser pequeñas, de baja demanda metabólica y muy sensibles a la desecación.
Al igual que los animales, no fijan directamente el nitrógeno atmosférico,
por lo que sus gases más importantes son oxígeno, dióxido de carbono y vapor de
agua.
Intercambio de gases en plantas vasculares
Las plantas
vasculares enfrentan un problema evolutivo distinto. Para sobrevivir en
ambientes terrestres más secos, desarrollaron una cutícula protectora
que reduce la pérdida de agua por evaporación. Esta cubierta cerosa fue clave
para la vida en tierra firme, porque evita que los tejidos se deshidraten
rápidamente. Sin embargo, también limita el paso libre de gases a través de la
superficie corporal. Si toda la planta estuviera completamente sellada, no
podría incorporar CO₂ para la fotosíntesis ni eliminar el O₂
producido en exceso; tampoco podría intercambiar gases asociados a la
respiración celular. Para resolver este conflicto, las zonas verdes de las
plantas presentan estomas, pequeños poros regulables que permiten la
entrada y salida de gases sin dejar la superficie permanentemente abierta.
Los estomas
funcionan como válvulas microscópicas controladas por células especializadas
llamadas células oclusivas. Cuando se abren, permiten la entrada de dióxido
de carbono hacia los tejidos fotosintéticos y la salida de oxígeno y
vapor de agua. Cuando se cierran, reducen la pérdida hídrica, especialmente en
condiciones de calor, sequía o baja humedad. A diferencia de los animales, las
plantas no poseen un sistema circulatorio integrado al intercambio gaseoso: el xilema
transporta agua y minerales, y el floema distribuye azúcares, pero los
gases no son llevados por una sangre equivalente. Cada hoja, tallo verde o raíz
joven regula localmente su propio intercambio gaseoso. Así, la planta resuelve
el equilibrio entre fotosíntesis, respiración celular y
conservación de agua mediante una combinación de cutícula, estomas, tejidos
internos aireados y control fisiológico de la apertura estomática.
Tejido vivo y superficies de intercambio gaseoso
En las plantas,
la distancia que deben recorrer los gases por difusión suele ser
relativamente corta, porque la mayoría de los tejidos metabólicamente activos
se encuentra cerca de superficies internas o externas conectadas con el aire. A
diferencia de muchos animales, las plantas no necesitan un sistema circulatorio
especializado para transportar oxígeno y dióxido de carbono hacia
cada célula. En las hojas, esto es evidente: el dióxido de carbono entra
por los estomas, circula por los espacios internos del tejido y llega a
las células fotosintéticas. Allí puede ser usado en la fotosíntesis,
mientras que el oxígeno producido se difunde hacia el exterior.
En los tallos,
la situación es más variable. En tallos jóvenes existen muchas células vivas
cerca de la superficie, como las de la epidermis, la corteza, el floema
y algunos tejidos parenquimáticos. En tallos leñosos, una parte importante del
interior, especialmente el xilema maduro, está formada por células
muertas que funcionan como soporte y conducción de agua. Esto reduce la demanda
metabólica interna, porque no todo el volumen del tallo está compuesto por
tejido vivo que necesite respirar intensamente. Aun así, las células vivas del
tallo requieren intercambio gaseoso, y este puede realizarse mediante lenticelas,
espacios intercelulares y zonas no completamente impermeabilizadas.
La organización del
parénquima también facilita el intercambio de gases. Sus células no
están compactadas como ladrillos sellados, sino separadas por espacios
intercelulares llenos de aire. Esto permite que el oxígeno, el dióxido de
carbono y el vapor de agua se desplacen con relativa rapidez dentro del tejido
vegetal. Los gases se difunden mucho más rápido en un medio gaseoso que en un
medio líquido; sin embargo, antes de entrar a una célula viva, deben
disolverse en la fina película acuosa que recubre sus paredes celulares. Así,
la planta combina cámaras internas de aire, superficies húmedas, estomas y
tejidos poco compactos para mantener el intercambio gaseoso sin depender de
pulmones, branquias ni sangre.
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