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“Deja de decirle a
Dios que hacer con sus dados” Niels Bohr.
La teoría
cinética de los gases postula que un gas está formado por una colección
de entidades diminutas —moléculas o átomos— que se mueven obedeciendo
las leyes de Newton. El comportamiento dinámico de estas partículas
explica y permite predecir las propiedades de estado de un
gas, como la presión, la temperatura y el volumen.
Figura 1. [Tatiana
Afanásieva] fue una científica rusa clave en matemáticas,
física teórica y termodinámica.
Estudió conceptos como energía, entropía,
temperatura y equilibrio, colaborando con Paul
Ehrenfest. También aportó a la enseñanza científica, explicando con rigor ideas
sobre gases, movimiento molecular
y mecánica estadística.
Presupuestos
La teoría
cinética, como toda construcción deductiva, descansa sobre un conjunto de
supuestos simples que permiten describir con claridad el comportamiento de un
gas.
Figura
2. El [modelo
cinético] representa un gas como partículas en
movimiento aleatorio dentro de un recipiente. Sus choques contra las paredes
explican la presión, mientras su movimiento
se relaciona con la temperatura. Las colisiones son
elásticas y el volumen molecular se considera despreciable, permitiendo
entender el comportamiento gaseoso y la ecuación del gas
ideal.
a- El primero afirma que un gas está formado por partículas
extremadamente pequeñas —moléculas o átomos— cuyo volumen propio es
tan reducido que, aun sumado, resulta despreciable frente al espacio total
disponible. Una forma de imaginarlo es pensar en un enorme salón vacío con unas
pocas canicas dispersas: aunque estén presentes, no “llenan” realmente el
espacio. De ese modo, la distancia promedio entre partículas
es mucho mayor que el tamaño de cada una.
b- El segundo supuesto sostiene que todas las
partículas poseen la misma masa, lo cual simplifica notablemente su
tratamiento colectivo. En la realidad, por supuesto, existen diferencias entre
sustancias —basta comparar el hidrógeno y el nitrógeno, cuyas masas molares
relativas son muy distintas—, pero al analizar un gas desde la perspectiva
cinética esto deja de ser un obstáculo. Cuando reemplazamos unidades atómicas
por gramos sobre mol, y luego distribuimos esa masa entre un número
de Avogadro de partículas, la masa asignada a cada entidad individual
se vuelve tan pequeña que las diferencias relativas entre unas moléculas y
otras resultan insignificantes.
En términos
absolutos, si pensamos en la masa de una sola molécula de hidrógeno o de
nitrógeno medida en gramos, ambas son prácticamente indistinguibles. Por esta
razón, estos gases —y muchos otros— pueden modelarse como gases ideales con
gran precisión.
c- El tercero añade que el número de
partículas es tan grande que su comportamiento individual deja de ser
relevante, y solo importa el conjunto. Un ejemplo mental útil es observar una
multitud desde lejos: no seguimos a cada persona, pero sí reconocemos patrones
globales como el flujo o la densidad del grupo.
e- El cuarto postulado indica que las
partículas se desplazan rápidamente y chocan constantemente entre
ellas y contra las paredes del contenedor. Estas colisiones son perfectamente
elásticas, como si las moléculas fueran pequeñas esferas rebosantes que
rebotan sin deformarse ni perder energía.
f- Finalmente, el quinto supuesto establece
que, fuera de esos choques, las partículas no ejercen fuerzas entre sí;
no se atraen ni se repelen. Imaginemos pelotas muy pulidas deslizándose sin
rozamiento en un espacio amplio, interactuando solo cuando se tocan.
Con estas ideas
simples pero poderosas, la teoría cinética consigue conectar el mundo invisible
de las partículas con las propiedades macroscópicas que medimos en la práctica.
Consecuencias de los presupuestos
Los modelos
básicos de la teoría cinética parten de varios supuestos que simplifican el
comportamiento del gas. En primer lugar, los efectos relativistas se
consideran despreciables, de modo que las velocidades de las partículas
están muy por debajo de la velocidad de la luz. Del mismo modo, los
efectos cuánticos también se consideran insignificantes: la separación
promedio entre partículas es mucho mayor que su longitud de onda
térmica de Broglie, lo que permite tratarlas como objetos clásicos sin
necesidad de recurrir a estadísticas cuánticas.
Como consecuencia
directa de estos dos puntos, la dinámica del gas puede describirse
mediante mecánica clásica, lo que implica que las ecuaciones de movimiento
son reversibles en el tiempo y siguen las leyes de Newton sin
correcciones adicionales. Además, la teoría cinética establece que la
energía cinética promedio de las partículas depende únicamente de
la temperatura absoluta, aunque su definición de temperatura
—basada en el movimiento molecular— no coincide exactamente con la definición
termodinámica tradicional.
Se asume también
que el tiempo que dura una colisión entre una molécula y la
pared del recipiente es insignificante comparado con el intervalo entre
colisiones consecutivas, y que la influencia de la gravedad sobre las
moléculas es tan pequeña que puede despreciarse. Si bien los
desarrollos más modernos relajan varios de estos supuestos y se apoyan en
la ecuación de Boltzmann, nuestro propósito aquí no es adentrarnos
en esas generalizaciones. Existen múltiples caminos para profundizar en la
teoría cinética, pero nos limitaremos al tratamiento elemental que aparece en
libros de texto y a las consecuencias prácticas que se derivan de él.
Historia de la teoría cinética
Hacia
el 50 a. C., el filósofo romano Lucrecio propuso
que los cuerpos macroscópicos, aunque parecieran inmóviles, estaban formados
por átomos en continuo movimiento, rebotando unos contra otros a
gran velocidad, una intuición sorprendentemente cercana a la que muchos siglos
después recuperaría James Clerk Maxwell en el siglo XIX. Surge
entonces la pregunta: ¿por qué no centrarnos en Demócrito o Leucipo,
quienes también hablaron de átomos? La razón es que Lucrecio no solo afirmó su
existencia, sino que añadió una dimensión dinámica, sugiriendo que
estos átomos se desplazaban y chocaban, anticipando el espíritu de la teoría
cinética.
Mientras la teoría
atómica se interesa en la naturaleza, estructura y existencia del
átomo, la teoría cinético-molecular se enfoca específicamente
en cómo se mueven esos átomos y moléculas, y cómo dicho
movimiento origina propiedades observables como la presión o la temperatura.
Este énfasis en la dinámica es lo que convierte a Lucrecio en un precursor más
directo de la visión moderna (Maxwell, 1867).
Sin embargo, esta
perspectiva atomista casi no prosperó durante muchos siglos. Con el dominio
intelectual del aristotelismo, la idea de partículas indivisibles en movimiento
constante fue considerada especulativa e incluso irrelevante, y no recuperó su
fuerza hasta que la ciencia renacentista y, más tarde, la física del siglo XIX
permitieron reinterpretar y formalizar aquellas intuiciones antiguas en el
marco matemático que hoy comprendemos como teoría cinética de los gases.
Constitución de un gas
En 1738 Daniel
Bernoulli publicó Hydrodynamica, que sentó las bases para la teoría
cinética de los gases. En este trabajo, Bernoulli postuló el argumento de
que los gases consisten en un gran número de moléculas que se mueven en
todas direcciones, que su impacto sobre una superficie provoca la presión
del gas y que su energía cinética media determina la temperatura del gas. La
teoría no fue aceptada de inmediato, en parte porque aún no se había
establecido la conservación de la energía, y no era obvio para los físicos cómo
las colisiones entre moléculas podían ser perfectamente elásticas.
Figura 3. [Daniel
Bernoulli] fue un científico del siglo XVIII formado en medicina,
matemáticas y física. Su
aporte central fue el principio de Bernoulli, que relaciona presión,
velocidad y energía en fluidos. También contribuyó
a la hidrodinámica, la elasticidad, la probabilidad y la
estadística, mostrando cómo los modelos matemáticos explican fenómenos reales.
En 1856,
August Krönig, probablemente tras haber leído un artículo de
Waterston, propuso un modelo cinético de gas muy sencillo que
consideraba únicamente el movimiento traslacional de las
partículas. Su planteamiento constituyó uno de los primeros intentos de
describir el comportamiento gaseoso desde la dinámica molecular.
En 1857,
Rudolf Clausius desarrolló una versión más amplia y
sofisticada de esta teoría. Además del movimiento de traslación,
incorporó los movimientos rotacionales y vibracionales de
las moléculas, corrigiendo así las limitaciones del modelo de Krönig. En este
mismo trabajo introdujo un concepto fundamental para la física estadística:
el camino libre medio, que representa la distancia promedio
recorrida por una partícula entre colisiones sucesivas (Clausius, 1857).
Velocidades moleculares
En 1859,
tras estudiar un artículo de Clausius sobre la difusión molecular, el físico
escocés James Clerk Maxwell formuló la distribución de
velocidades moleculares que hoy lleva su nombre. Con ella describió la
proporción de moléculas que poseen una determinada velocidad dentro de un
intervalo específico. Se considera que esta formulación constituye la primera
ley estadística de la física. Maxwell también presentó el primer argumento
mecánico según el cual las colisiones entre moléculas conducen a la igualación
de temperaturas, estableciendo así una tendencia natural hacia el equilibrio
térmico. En su breve pero influyente artículo de 1873, Molecules,
Maxwell escribió: “Se nos dice que un ‘átomo’ es un punto material rodeado de
‘fuerzas potenciales’, y que cuando las ‘moléculas voladoras’ chocan
repetidamente contra un cuerpo sólido producen lo que llamamos presión del aire
y de otros gases”.
En 1871, Ludwig
Boltzmann amplió el logro de Maxwell y formuló la distribución
de Maxwell-Boltzmann, pieza central de la teoría cinética y de la física
estadística. Fue también el primero en establecer la célebre relación logarítmica
entre entropía y probabilidad, fundamento conceptual de la termodinámica
estadística. En sus últimos años, Boltzmann dedicó enormes esfuerzos a defender
sus teorías, a menudo en medio de fuertes controversias académicas.
Su relación con
algunos colegas en Viena fue difícil, especialmente con Ernst Mach,
quien desde 1895 ocupó la cátedra de filosofía e historia de las ciencias. Ese
mismo año, Georg Helm y Wilhelm Ostwald presentaron
en Lübeck una postura energética radical: consideraban la energía,
y no la materia, como el componente fundamental del universo. Aunque esta
visión ganó cierta influencia, la posición de Boltzmann terminó imponiéndose
entre los físicos, respaldada por quienes defendían la realidad de las teorías
atómicas (Planck, 1896).
Figura 4. [James
Clerk Maxwell] fue un físico escocés clave en la física
matemática, la teoría cinética y el
electromagnetismo. Unificó electricidad, magnetismo
y luz mediante sus ecuaciones, demostrando que la luz es una onda
electromagnética. Su trabajo abrió camino a la relatividad,
la física moderna y tecnologías como radio, radar y telecomunicaciones.
La realidad del átomo y el anti-atomismo
La teoría
cinética de los gases de Boltzmann partía de una premisa que hoy
parece obvia: la existencia real de átomos y moléculas. Sin
embargo, en el contexto intelectual de finales del siglo XIX, esta afirmación
resultaba profundamente polémica. Numerosos filósofos alemanes, así como
científicos influyentes como Ernst Mach y el químico
físico Wilhelm Ostwald, rechazaban la idea de entidades invisibles
e indivisibles. Para ellos, la ciencia debía limitarse estrictamente a lo
observable. En este ambiente hostil, la teoría de Boltzmann parecía demasiado
dependiente de hipótesis “metafísicas”, lo que generó un intenso debate acerca
de la validez misma de su enfoque.
Figura 5. [Ludwig
Boltzmann] fue el arquitecto de la mecánica estadística,
conectando átomos, moléculas,
energía, temperatura y probabilidad. Su fórmula relacionó entropía
con configuraciones microscópicas, dando base física a la termodinámica. Aunque
enfrentó rechazo por defender el atomismo, sus ideas fueron confirmadas tras su
muerte y hoy son pilares de la física moderna.
Durante la década
de 1890, Boltzmann intentó mediar entre ambos bandos formulando una postura de
compromiso. Para ello recurrió a la teoría de Hertz, que
consideraba los átomos como modelos mentales, imágenes conceptuales
necesarias para hacer ciencia, pero no necesariamente reales. Con esta
estrategia, los científicos atomistas podían seguir
interpretando tales modelos como descripciones verdaderas de la naturaleza,
mientras que los anti-atomistas podían verlos simplemente como
herramientas matemáticas útiles sin pretensiones ontológicas. Sin embargo, esta
solución conciliadora no logró satisfacer plenamente a ninguno de los grupos:
los atomistas la consideraban demasiado ambigua, y los anti-atomistas seguían
desconfiando de cualquier teoría que requiriera entidades no observables.
Mientras tanto,
Ostwald y otros defensores de la llamada “termodinámica pura” emprendieron
un esfuerzo sistemático para desacreditar tanto la teoría cinética como
la mecánica estadística. Consideraban especialmente problemática la
interpretación estadística de Boltzmann acerca de la segunda ley de la
termodinámica, pues sustituía el carácter absoluto de la ley por una
descripción probabilística del comportamiento molecular. Para estos
científicos, la termodinámica debía permanecer libre de especulaciones
atomistas. La controversia persistió durante años y generó profundas tensiones
académicas, pero finalmente la visión de Boltzmann prevalecería cuando nuevas
evidencias experimentales demostraran la realidad de los átomos, consolidando
así los fundamentos de la física moderna.
Filosofía y experimentos sobre la realidad del átomo
Hacia el
cambio de siglo, la ciencia de Boltzmann se vio amenazada por una nueva
objeción filosófica. Algunos físicos —incluido el estudiante de Mach, Gustav
Jaumann— sostenían que todo el comportamiento electromagnético debía
interpretarse como un fenómeno continuo, sin necesidad de postular
átomos o moléculas, y que, del mismo modo, todo el comportamiento físico era en
última instancia electromagnético. Este movimiento intelectual, que
ganó fuerza alrededor de 1900, deprimió profundamente a Boltzmann, pues parecía
anunciar el fin de su teoría cinética y de su interpretación
estadística de la segunda ley de la termodinámica.
Tras la renuncia de
Mach en Viena en 1901, Boltzmann regresó a su cátedra decidido a convertirse él
mismo en filósofo para refutar las objeciones filosóficas dirigidas a su
física. Sin embargo, pronto volvió a desanimarse. En 1904, durante una
conferencia de física en St. Louis, la mayoría de los científicos presentes
seguía rechazando el atomismo; Boltzmann ni siquiera fue invitado a la sección
de física y quedó relegado a una mesa titulada “matemáticas aplicadas”.
Desde allí atacó con dureza la filosofía, usando argumentos que presentaba como
darwinianos, aunque en realidad cercanos a la teoría de Lamarck sobre
la herencia de características adquiridas: sostenía que los científicos
“heredaban” la mala filosofía del pasado y que superar tal herencia intelectual
resultaba extremadamente difícil. En 1905 mantuvo una extensa correspondencia
con el filósofo austro-alemán Franz Brentano, con la esperanza de
fortalecer su dominio de la filosofía para refutar su influencia en la ciencia,
pero también este camino terminó decepcionándolo.
En 1906, el
deterioro de su estado mental lo obligó a renunciar a su cargo, mostrando
síntomas que hoy serían compatibles con un trastorno bipolar (Cercignani,
2000). Cuatro meses después, el 5 de septiembre de 1906, Boltzmann murió por
suicidio mientras estaba de vacaciones con su esposa e hija en Duino, cerca de
Trieste, entonces parte del Imperio austrohúngaro. Irónicamente, la aceptación general
de la realidad del átomo llegaría apenas unos cuatro años más
tarde, gracias al trabajo de Jean Perrin (Bigg, 2008; Perrin,
1901, 1909, 1911, 1913), validando de manera contundente las ideas que
Boltzmann había defendido toda su vida.
Referencias
Bigg, C. (2008). Evident atoms: visuality in Jean Perrin’s Brownian
motion research. Studies in History and Philosophy of Science Part A, 39(3),
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Cercignani, C., & Ruelle, D. (1999). Ludwig Boltzmann: the man who
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Feuer, L. S. (1970). Ernst Mach: The Unconscious Motives of an
Empiricist. American Imago, 27(1), 12-40.
Gyenis, B. (2017). Maxwell and the normal distribution: A colored story
of probability, independence, and tendency toward equilibrium. Studies
in History and Philosophy of Science Part B: Studies in History and Philosophy
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Krönig, A. K. (1856). Grundzüge einer theorie der gase. AW
Hayn.
Maddox, J. (2002). Maxwell's demon: Slamming the door. Nature, 417(6892),
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Mahon, B. (2015). The man who changed everything: the life of
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Maxwell, J. C. (1860). II. Illustrations of the dynamical theory of
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Maxwell, J. C. (1860). On the motions and collisions of perfectly
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Maxwell, J. C. (1867). IV. On the dynamical theory of gases. Philosophical
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Perrin, J. (1901).
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Perrin, J.
(1909). Mouvement brownien et réalité moléculaire. Annales de chimie
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Perrin, J. (1911).
La réalité des molécules. Revue scientifique, 25(16),
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Perrin, J.
(1913). Les atomes. Félix Alcan.
Planck, M. (1896).
Gegen die neuere Energetik. Annalen der Physik, 293(1),
72-78.
Ponomarev, L. I., & Kurchatov, I. V. (2021). The quantum dice. CRC Press.
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