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viernes, 25 de septiembre de 2026

Figura. El cartílago

El cartílago permanece en varias regiones del esqueleto humano donde se necesita una combinación de soporte, flexibilidad y resistencia a la compresión. En la nariz, forma parte de la estructura que mantiene abiertos los conductos respiratorios y da forma a la porción externa nasal sin recurrir a hueso rígido. En las orejas, especialmente en el pabellón auricular, predomina un cartílago más flexible que permite deformación sin fractura. Estas propiedades dependen de una matriz extracelular rica en colágeno, proteoglicanos y agua, dentro de la cual se alojan los condrocitos.

En la caja torácica, los cartílagos costales conectan las costillas con el esternón y proporcionan elasticidad al tórax. Gracias a ellos, la pared torácica puede modificar ligeramente su volumen durante la respiración, permitiendo la expansión y retracción asociadas con los movimientos pulmonares. Esta disposición también ayuda a absorber fuerzas mecánicas y evita que toda la región anterior del tórax se comporte como una estructura completamente rígida. Por eso, el cartílago cumple aquí una función diferente a la del hueso: no busca máxima dureza, sino una combinación de resistencia y deformabilidad.

Los principales cartílagos humanos no pertenecen todos al mismo tipo histológico. El cartílago hialino participa en la nariz, los cartílagos costales y muchas superficies articulares, mientras el cartílago elástico es característico del pabellón auricular. Además, existe fibrocartílago en estructuras como los discos intervertebrales y la sínfisis púbica. Esta diversidad demuestra que el cartílago no es simplemente un “hueso blando”, sino un tejido especializado con funciones propias. Su escasa vascularización directa limita su capacidad de reparación, pero su matriz le permite resistir compresión, flexión y deformación repetida en regiones sometidas a movimiento constante.

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