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Las enfermedades
del tracto digestivo comprenden un conjunto amplio de alteraciones que
afectan la ingestión, digestión, absorción y eliminación de los alimentos.
Pueden comprometer órganos como el esófago, el estómago, el intestino
delgado, el colon, el hígado, la vesícula biliar y el páncreas. Sus causas
incluyen infecciones, inflamación crónica, trastornos autoinmunes,
desequilibrios de la microbiota, obstrucciones, tumores, malos hábitos
alimentarios y consumo excesivo de alcohol o medicamentos irritantes. Entre sus
manifestaciones más frecuentes se encuentran dolor abdominal, náuseas, vómito,
diarrea, estreñimiento, reflujo, sangrado digestivo y pérdida de peso. La
prevención depende de una alimentación equilibrada, adecuada hidratación,
higiene en la manipulación de alimentos, actividad física y consulta médica
oportuna. El diagnóstico temprano permite tratar complicaciones, proteger la
función intestinal y conservar el equilibrio general del organismo.
Región bucal
Las enfermedades de
la región bucal incluyen alteraciones de labios, lengua, encías,
dientes, paladar, mejillas y mucosa oral. Entre las más comunes se encuentran
la caries, la gingivitis, la periodontitis, las aftas, el
herpes labial, la candidiasis oral y la halitosis. Estas afecciones pueden
alterar la masticación, la deglución, el habla y la
percepción del sabor, además de comprometer la función protectora inicial del
sistema digestivo. Sus causas más frecuentes se relacionan con mala higiene
oral, consumo elevado de azúcares, sequedad bucal, tabaquismo,
traumatismos, infecciones y enfermedades sistémicas.
Las enfermedades de
las encías afectan los tejidos de soporte, protección y
fijación de los dientes. La gingivitis es una inflamación superficial
caracterizada por enrojecimiento, hinchazón y sangrado,
especialmente durante el cepillado. Suele originarse por acumulación de placa
bacteriana, formada por microorganismos, restos alimentarios y
sustancias salivales adheridas a la superficie dental. Si no se controla, puede
progresar hacia periodontitis, una enfermedad más profunda que destruye hueso,
ligamentos y tejido gingival, provocando movilidad dental y posible pérdida de
piezas.
Figura 1. La [endodoncia]
es una especialidad odontológica que trata enfermedades de la pulpa dental
mediante procedimientos como el tratamiento de conducto. Permite aliviar
dolor, controlar infecciones, conservar dientes naturales y evitar extracciones
innecesarias. Su importancia social está en mejorar la salud bucal y la calidad
de vida. Como opción laboral, ofrece demanda, especialización tecnológica y trabajo
clínico independiente o institucional estable.
Las lesiones de la mucosa
oral comprenden aftas, úlceras, irritaciones traumáticas,
quemaduras, mordeduras e infecciones virales o micóticas. Las aftas son
lesiones pequeñas, dolorosas y redondeadas, con centro blanquecino,
borde rojizo y aparición frecuente en lengua, mejillas o encías
internas. El herpes labial produce vesículas, ardor y dolor
cerca de los labios, generalmente asociado al virus del herpes simple. Estas
alteraciones pueden dificultar la alimentación, la fonación y la
higiene cotidiana, especialmente cuando causan dolor intenso o recurrencia
frecuente.
También son importantes la caries
dental, la candidiasis oral y la halitosis, porque reflejan
desequilibrios locales del ecosistema bucal. La caries dental es una enfermedad muy común que ocurre cuando
las bacterias de la boca forman una película pegajosa llamada placa
bacteriana sobre los dientes. Estas bacterias utilizan los azúcares
de los alimentos y bebidas para producir ácidos, los cuales atacan
lentamente el esmalte dental, que es la capa dura y protectora del
diente. Al comienzo, la caries puede verse como una mancha blanca, amarilla
o marrón, pero si avanza puede formar una cavidad o “hueco” en el
diente. Por eso, aunque al principio no siempre produce dolor, debe
tratarse a tiempo para evitar daños más profundos.
Cuando la caries
progresa, los ácidos atraviesan el esmalte y llegan a la dentina,
una capa más interna y sensible. En esta etapa pueden aparecer molestias al
consumir alimentos fríos, calientes o dulces, porque la
dentina comunica mejor los cambios del exterior hacia el interior del diente.
Si la lesión continúa, puede alcanzar la pulpa dental, donde se
encuentran nervios y vasos sanguíneos. Esto puede causar dolor intenso,
inflamación, infección e incluso la pérdida de la pieza dental. Además, una
caries no tratada puede afectar la masticación, el sueño, la
concentración escolar y la alimentación diaria.
La prevención de la
caries dental depende principalmente de hábitos sencillos pero
constantes. Es importante cepillarse los dientes con crema fluorada,
limpiar entre los dientes con seda dental y reducir el consumo frecuente
de bebidas azucaradas, dulces pegajosos y paquetes ultraprocesados.
También ayuda tomar agua, comer frutas enteras, evitar picar azúcar
durante todo el día y visitar al odontólogo para controles periódicos.
El flúor fortalece el esmalte y lo hace más resistente al ataque ácido,
mientras que una buena higiene elimina la placa antes de que cause daño. Cuidar
los dientes no es solo cuestión de estética, sino de salud, alimentación
y bienestar general.
Figura 2. El [cepillado
diario] con flúor elimina restos, reduce placa bacteriana y
protege el esmalte. La seda dental limpia espacios interdentales
donde el cepillo no llega, y el enjuague complementa la higiene. Moderar
dulces y bebidas azucaradas evita ambientes ácidos que favorecen caries.
Estos hábitos fortalecen dientes, encías y salud bucal general en estudiantes y
adultos cuando se practican con constancia.
El cepillo
dental recomendado para la mayoría de las personas es de cerdas suaves,
no duro, porque limpia la placa bacteriana sin lastimar las encías ni
desgastar el esmalte. Un cepillo de cerdas duras puede parecer más
eficaz, pero si se usa con fuerza puede causar sangrado, retracción de
las encías, sensibilidad dental y daño progresivo en la superficie del diente.
Lo más importante no es cepillar con fuerza, sino usar una técnica correcta:
movimientos suaves, circulares o de barrido, durante al menos dos
minutos, cubriendo dientes, encías y lengua. Para estudiantes de 11 a 15 años,
lo ideal es usar un cepillo de cabeza pequeña, cerdas suaves y crema
dental con flúor, cambiándolo cada tres meses o antes si las cerdas se
abren.
Región esofágico-estomacal
Las enfermedades de
la región esofágico-estomacal afectan principalmente el esófago,
el cardias y el estómago, órganos encargados de transportar,
recibir y procesar inicialmente los alimentos. Sus alteraciones pueden producir
ardor, dolor, náuseas, vómito, sensación de llenura, dificultad
para tragar o molestias en la parte superior del abdomen. Algunas enfermedades
aparecen por exceso de ácido gástrico, debilidad del esfínter esofágico
inferior, infecciones, irritación por medicamentos, consumo de alcohol, mala
alimentación o inflamación de la mucosa digestiva. Aunque muchas molestias son
pasajeras, los síntomas frecuentes deben atenderse porque pueden indicar daño
persistente en la mucosa, el tejido protector que recubre internamente
estos órganos.
Una enfermedad
frecuente es el reflujo gastroesofágico, que ocurre cuando el contenido
ácido del estómago asciende hacia el esófago. Esto causa pirosis
o “agrieras”, regurgitación, sabor ácido en la boca, tos, ronquera o sensación
de quemadura detrás del pecho. Cuando el reflujo se repite durante mucho
tiempo, puede convertirse en enfermedad por reflujo gastroesofágico,
irritando la mucosa esofágica y produciendo esofagitis. Si no se
controla, puede favorecer úlceras, estrechamiento del esófago y cambios
celulares conocidos como esófago de Barrett, especialmente en personas
con reflujo crónico.
Figura 3. La [gastroenterología]
es la especialidad médica que atiende enfermedades del aparato digestivo,
incluyendo esófago, estómago, intestinos, hígado, vesícula, vías biliares y
páncreas. Su importancia social está en aliviar síntomas, prevenir
complicaciones, detectar lesiones tempranas y orientar hábitos
saludables. Laboralmente, ofrece trabajo en clínicas, hospitales, endoscopia,
investigación, docencia y consulta privada, combinando ciencia, tecnología,
prevención y servicio médico especializado integral humano.
Figura 4. [Barry
Marshall] fue un médico australiano que, junto con Robin Warren,
demostró que Helicobacter pylori causa gastritis y úlceras. Al beber un
cultivo bacteriano, desarrolló gastritis y luego se curó con antibióticos.
Su descubrimiento transformó la gastroenterología, permitió tratar
millones de pacientes y les dio el Premio Nobel de Medicina en 2005 por
unir observación clínica microbiología y perseverancia científica.
En el estómago son
importantes la gastritis y la úlcera péptica, dos enfermedades
relacionadas con daño en la mucosa gástrica. La gastritis consiste en
inflamación del revestimiento del estómago, y puede asociarse con
infección por Helicobacter pylori, uso frecuente de antiinflamatorios,
alcohol o irritantes digestivos. La úlcera péptica es una lesión más profunda,
parecida a una herida interna, que puede aparecer en el estómago o en el
duodeno. Sus síntomas incluyen dolor epigástrico, ardor, náuseas,
llenura rápida y, en casos graves, sangrado digestivo o vómito con sangre.
La prevención de
estas enfermedades depende de proteger la mucosa digestiva y evitar
agresiones repetidas al esófago y al estómago. Conviene moderar alimentos muy grasosos,
picantes o ácidos si producen molestias, evitar automedicarse con
antiinflamatorios, no acostarse inmediatamente después de comer y mantener
horarios alimentarios regulares. También ayudan la hidratación, el
control del peso, la reducción de bebidas azucaradas o gaseosas y la consulta
médica si hay dolor persistente, vómito repetido, dificultad para tragar,
pérdida de peso o sangrado. En estudiantes, reconocer estos signos permite
diferenciar una molestia ocasional de una posible enfermedad digestiva
que requiere atención profesional.
Región intestinal
Las enfermedades de
la región intestinal afectan el intestino delgado, el intestino
grueso y estructuras asociadas como el apéndice. Esta región
participa en la absorción de nutrientes, la recuperación de agua,
la formación de heces y la relación con la microbiota intestinal,
que ayuda a mantener el equilibrio digestivo. Entre sus alteraciones más
frecuentes se encuentran la diarrea, el estreñimiento, la gastroenteritis,
las parasitosis, el síndrome de intestino irritable, la enfermedad
celíaca, la apendicitis, la diverticulitis y las enfermedades
inflamatorias intestinales. Sus síntomas comunes incluyen dolor abdominal,
gases, cólicos, distensión, náuseas, cambios en las deposiciones
y presencia de sangre o moco en las heces.
Las enfermedades
infecciosas del intestino suelen producir diarrea, vómito,
fiebre, dolor abdominal y riesgo de deshidratación. Pueden originarse
por virus, bacterias, parásitos o alimentos y agua
contaminados. En estudiantes, estas infecciones se relacionan con mala higiene,
consumo de alimentos mal lavados, cocción insuficiente o contacto con
superficies contaminadas. La prevención depende del lavado de manos, el
consumo de agua segura, la limpieza de alimentos, la separación entre
productos crudos y cocidos, y la adecuada refrigeración. En estos casos,
la hidratación es fundamental, porque el cuerpo pierde agua y sales
minerales mediante las deposiciones líquidas y el vómito.
Figura 5. La [teniasis]
es una infección intestinal causada por Taenia al comer carne
contaminada mal cocida. En el intestino, el parásito adulto libera huevos
en las heces. Con Taenia solium, esos huevos pueden causar
cisticercosis, formando quistes en tejidos. En cerebro produce
neurocisticercosis con convulsiones, cefalea y epilepsia; en corazón puede
alterar la función cardíaca. Prevención: higiene, saneamiento y cocción
adecuada.
Las infecciones
parasitarias intestinales clásicas son enfermedades causadas por protozoos,
helmintos o “lombrices” que viven dentro del aparato digestivo y
aprovechan los nutrientes del huésped. Entre las más conocidas están la giardiasis,
la amebiasis, la ascariasis, la oxiuriasis y la teniasis.
Estos parásitos pueden entrar al cuerpo por consumo de agua contaminada,
alimentos mal lavados, manos sucias, contacto con tierra contaminada o
ingestión accidental de huevos microscópicos. Sus síntomas varían según el
parásito, pero pueden incluir diarrea, dolor abdominal, gases, náuseas,
pérdida de apetito, picazón anal, cansancio y, en algunos casos, bajo peso o
retraso en el crecimiento. La giardiasis, por ejemplo, puede causar
diarrea, gases, dolor abdominal, náuseas, deshidratación y heces grasosas o
malolientes.
Algunos parásitos
se comportan de manera particular dentro del intestino. La Ascaris
lumbricoides es una lombriz intestinal grande que puede vivir en el
intestino delgado; muchas infecciones son leves, pero cuando hay muchos gusanos
pueden aparecer dolor abdominal, tos durante la migración larvaria,
desnutrición e incluso obstrucción intestinal. La oxiuriasis, causada
por oxiuros o Enterobius vermicularis, es común en niños y produce picazón
perianal, sobre todo durante la noche, porque las hembras ponen huevos
alrededor del ano. La teniasis, asociada con tenias o solitarias, puede
adquirirse al consumir carne de res o cerdo mal cocida con formas larvarias del
parásito, mientras que la amebiasis suele relacionarse con alimentos o
agua contaminados con quistes de Entamoeba.
La prevención de
estas infecciones depende de interrumpir el ciclo de transmisión entre heces,
suelo, agua, alimentos y manos. Para estudiantes, las medidas más
importantes son lavarse las manos después de ir al baño y antes de
comer, beber agua potable, lavar frutas y verduras, cocinar bien las
carnes, usar calzado en suelos contaminados y evitar llevarse objetos sucios a
la boca. También es importante mantener uñas cortas, limpiar baños, lavar ropa
interior y sábanas cuando hay oxiuros, y no automedicarse con antiparasitarios
sin orientación profesional. Si aparecen diarrea persistente, pérdida de
peso, sangre en las heces, dolor abdominal fuerte, vómito repetido o signos de
deshidratación, se debe consultar al personal de salud para realizar
exámenes de materia fecal y recibir tratamiento adecuado.
También existen
enfermedades intestinales no infecciosas, como el síndrome de intestino
irritable, la enfermedad celíaca y las enfermedades inflamatorias
intestinales. El síndrome de intestino irritable produce dolor abdominal
asociado con diarrea, estreñimiento o ambos, aunque no suele
causar sangrado ni pérdida de peso por sí mismo. La enfermedad celíaca ocurre
cuando el consumo de gluten desencadena daño en el intestino delgado,
dificultando la absorción de nutrientes y causando diarrea crónica,
gases, distensión, estreñimiento o bajo crecimiento. Las enfermedades
inflamatorias intestinales, como la enfermedad de Crohn y la colitis
ulcerosa, producen inflamación persistente, dolor, diarrea, cansancio y, en
algunos casos, sangre en las heces.
Algunas
enfermedades intestinales requieren atención rápida, especialmente la apendicitis,
que causa dolor abdominal, pérdida del apetito, náuseas, vómito, fiebre,
estreñimiento o diarrea. Si no se trata, puede complicarse por ruptura del apéndice
e infección de la cavidad abdominal. La diverticulitis, aunque es más
frecuente en adultos, aparece cuando pequeñas bolsas del colon se
inflaman y producen dolor, fiebre, náuseas y cambios en las deposiciones. Para
cuidar la región intestinal conviene mantener una dieta con fibra, beber
agua, realizar actividad física, evitar la automedicación y consultar si
hay sangre, dolor intenso, fiebre persistente, vómito repetido, pérdida
de peso o signos de deshidratación.
Región glandular visceral
La región
glandular visceral del aparato digestivo reúne al hígado, la vesícula
biliar, las vías biliares y el páncreas, órganos que
producen, almacenan o conducen secreciones indispensables para la digestión y
el metabolismo. El hígado fabrica la bilis, procesa nutrientes,
neutraliza toxinas y participa en el equilibrio de la sangre. La vesícula
biliar almacena y concentra la bilis, mientras los conductos biliares
la llevan hacia el duodeno. El páncreas cumple una doble función:
produce enzimas digestivas para degradar alimentos y libera hormonas
como la insulina, necesaria para regular la glucosa sanguínea.
Figura 6. La parasitología estudia parásitos,
transmisión, diagnóstico y control de enfermedades. En Colombia es socialmente
importante por agua contaminada, saneamiento deficiente, clima tropical
y vectores. Atiende infecciones por Giardia, Entamoeba, Ascaris,
Taenia, Plasmodium, Leishmania y Trypanosoma cruzi.
Su campo laboral incluye laboratorios, hospitales, investigación, vigilancia
epidemiológica, control de vectores y programas comunitarios de salud pública,
con impacto educativo y preventivo.
La hepatitis
es una inflamación del hígado que puede deberse a virus, alcohol,
medicamentos, toxinas o alteraciones autoinmunes. Las hepatitis virales más
conocidas son hepatitis A, hepatitis B y hepatitis C;
algunas se transmiten por alimentos o agua contaminada, mientras otras se
relacionan con sangre u otros fluidos corporales. Sus síntomas pueden incluir cansancio,
fiebre, náuseas, dolor abdominal, orina oscura, heces claras e ictericia,
que es la coloración amarilla de piel y ojos. Cuando la inflamación se vuelve
crónica, puede producir fibrosis, cirrosis y pérdida progresiva de
función hepática.
Los cálculos
biliares son depósitos endurecidos que se forman en la vesícula biliar
cuando la bilis contiene demasiado colesterol, demasiada bilirrubina o
pocas sales biliares. Muchas personas pueden tenerlos sin síntomas, pero si
bloquean un conducto biliar, la bilis se acumula y aparece un cólico
biliar, con dolor intenso en la parte superior derecha del abdomen. También
pueden causar náuseas, vómito, inflamación de la vesícula o colecistitis.
Cuando un cálculo obstruye el colédoco, puede aparecer ictericia,
fiebre, orina oscura y heces pálidas, señales de alteración en el flujo normal
de bilis.
La pancreatitis
es la inflamación del páncreas, y puede aparecer cuando las enzimas
digestivas se activan antes de llegar al intestino y empiezan a dañar el
propio tejido pancreático. Una causa importante son los cálculos biliares,
porque pueden bloquear la zona donde se unen el conducto biliar y el conducto
pancreático, impidiendo la salida normal de las secreciones. Sus síntomas
incluyen dolor abdominal intenso que puede irradiarse hacia la espalda,
náuseas, vómito, fiebre, pulso rápido y pérdida de peso. Si se vuelve crónica,
puede afectar la digestión de grasas, causar diarrea, desnutrición y daño
progresivo del órgano.
La ulceración
relacionada con esta región suele observarse en el estómago o el duodeno,
muy cerca de la salida de la bilis y del jugo pancreático. Las úlceras
pépticas son heridas abiertas en la mucosa digestiva y se asocian
principalmente con infección por Helicobacter pylori o uso prolongado de
antiinflamatorios no esteroideos. Pueden causar dolor abdominal, ardor,
náuseas, llenura rápida, eructos, sangrado digestivo o vómito con sangre.
Aunque no pertenecen estrictamente al árbol biliar, son importantes porque el duodeno,
el esfínter de Oddi, la bilis y las enzimas pancreáticas funcionan en una misma
zona anatómica.
La diabetes
mellitus se relaciona con la función endocrina del páncreas,
especialmente con las células que producen insulina. Esta hormona
permite que la glucosa pase desde la sangre hacia las células para ser
usada como fuente de energía. En la diabetes, el cuerpo no produce suficiente
insulina, no la utiliza adecuadamente o ambas cosas, por lo que la glucosa
permanece elevada en la sangre. Sus consecuencias pueden incluir sed
excesiva, aumento de la orina, cansancio, visión borrosa, pérdida de peso y
alteraciones en vasos sanguíneos, nervios, riñones y retina. Además, una
pancreatitis crónica puede dañar células pancreáticas productoras de insulina y
favorecer diabetes secundaria.
Cáncer
El cáncer
digestivo puede aparecer en cualquier parte del aparato digestivo,
desde la boca, el esófago, el estómago y los intestinos,
hasta el hígado, la vesícula biliar, el páncreas, el colon
y el recto. Anatómicamente, estas regiones están formadas por mucosas,
glándulas, conductos, vasos sanguíneos y tejidos de sostén que se
renuevan constantemente. Cuando algunas células acumulan daños en su ADN,
pierden el control normal de división, evaden señales de muerte celular y
forman una masa llamada tumor. Fisiológicamente, este crecimiento
anormal puede obstruir el paso de alimentos, alterar la digestión,
causar sangrados, invadir tejidos cercanos o diseminarse por la sangre y
la linfa hacia otros órganos, proceso conocido como metástasis.
Figura 7. La [oncología]
es la especialidad que estudia, diagnostica y trata el cáncer causado
por células con ADN alterado, crecimiento descontrolado, invasión y
metástasis. Integra quimioterapia, inmunoterapia, cirugía, radioterapia,
biopsias, imágenes y estudios moleculares. Su importancia social está en
prevenir, detectar temprano, aliviar síntomas, mejorar calidad de vida y
acompañar pacientes en hospitales, clínicas, investigación, docencia, cuidados
paliativos y salud pública.
Las causas del cáncer
digestivo no suelen ser únicas, sino resultado de la combinación entre genética,
ambiente, dieta, infecciones e inflamación crónica. En el estómago, la
infección persistente por Helicobacter pylori puede favorecer gastritis
atrófica, úlceras y cambios celulares precancerosos; en el esófago, el
reflujo crónico puede lesionar la mucosa y favorecer el esófago de Barrett; en
el hígado, las hepatitis virales crónicas, el alcohol y la cirrosis
aumentan el riesgo de transformación maligna. En el colon y el recto,
algunos cánceres se originan a partir de pólipos, pequeñas masas que pueden
crecer lentamente antes de volverse peligrosas. También aumentan el riesgo el tabaquismo,
el consumo de alcohol, la obesidad, el sedentarismo, el bajo consumo de fibra,
las carnes procesadas, antecedentes familiares y ciertas enfermedades
inflamatorias intestinales.
Figura 8. [Helicobacter pylori] es una bacteria
espiral que coloniza la mucosa gástrica y resiste el ácido mediante ureasa.
Se transmite sobre todo en la infancia por vías oral-oral, fecal-oral,
agua o alimentos contaminados. Aunque muchas personas están infectadas, solo
algunas desarrollan gastritis, úlceras o cáncer por diferencias en
cepas, inmunidad, genética, dieta, tabaquismo e inflamación crónica
persistente.
Los cuidados y la prevención
buscan reducir daños sobre la mucosa digestiva, detectar lesiones
tempranas y mantener un metabolismo saludable. Para disminuir el riesgo se
recomienda evitar el tabaco, limitar el alcohol, mantener un peso
adecuado, realizar actividad física, consumir frutas, verduras,
legumbres y fibra, moderar alimentos ultraprocesados, carnes procesadas, exceso
de sal y comidas muy ahumadas. También es importante tratar infecciones como Helicobacter
pylori cuando el médico lo indique, vacunarse contra la hepatitis B,
controlar hepatitis crónicas, consultar ante sangre en heces, vómito con
sangre, pérdida de peso inexplicada, dolor persistente, dificultad para tragar
o cambios prolongados en las deposiciones. En adultos, el tamizaje de cáncer
colorrectal desde los 45 años permite encontrar pólipos o cáncer temprano,
cuando el tratamiento suele ser más eficaz.
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