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Antes de estudiar el sistema esquelético de los
vertebrados, conviene detenerse en los materiales que lo forman. El
esqueleto no es una estructura inerte, sino un conjunto de tejidos vivos y
dinámicos cuya resistencia depende de la interacción entre células,
matriz extracelular y componentes minerales. Sus dos tejidos fundamentales
son el cartílago y el tejido óseo. Ambos pertenecen a los tejidos
conjuntivos especializados, pero difieren profundamente en vascularización,
composición, capacidad de reparación y comportamiento mecánico. El
cartílago obtiene buena parte de su flexibilidad de una matriz rica en colágeno,
proteoglicanos y agua, mientras que el hueso añade una importante fase
mineral, capaz de soportar grandes cargas. Esta asociación entre
componentes orgánicos y minerales convierte al esqueleto en un material
compuesto biológico, diferente de otros sistemas esqueléticos presentes
entre los animales (Brusca et al., 2016).
El hueso a nivel químico
El hueso está formado por una matriz orgánica,
dominada principalmente por colágeno tipo I, reforzada mediante una fase
mineral de fosfatos de calcio. En 1926, Willem de Jong mostró mediante difracción
de rayos X que la fase mineral ósea poseía una estructura semejante a la apatita
geológica, descubrimiento que impulsó el estudio químico moderno del hueso.
Posteriormente se comprobó que las apatitas biológicas son
considerablemente más pequeñas y menos cristalinas que muchos cristales
geológicos. Actualmente sabemos, además, que el mineral óseo no corresponde a
una hidroxiapatita perfectamente pura y estequiométrica, sino a una apatita
biológica nanocristalina con numerosas sustituciones iónicas y defectos
estructurales que modifican su solubilidad, reactividad y comportamiento
fisiológico (Rey et al., 2009; Wopenka & Pasteris, 2005). (PubMed
Central (PMC))
La familia mineral de las apatitas puede
representarse mediante la fórmula general Ca₅(PO₄)₃X, donde X puede
corresponder, entre otros iones, a OH⁻, F⁻ o Cl⁻. La hidroxiapatita
ideal posee la composición Ca₁₀(PO₄)₆(OH)₂, mientras que la fluorapatita
puede expresarse como Ca₁₀(PO₄)₆F₂. En el hueso verdadero, sin embargo,
aparecen sustituciones por carbonato, magnesio, sodio y otros iones.
Estas irregularidades son biológicamente importantes porque facilitan la remodelación
mineral. Las propiedades mecánicas del hueso tampoco dependen
exclusivamente de la dureza de la apatita: emergen de la arquitectura entre cristales
minerales, fibras de colágeno, agua y proteínas no colágenas. El mineral
proporciona principalmente rigidez y resistencia a la compresión,
mientras el colágeno aporta resistencia a la tracción y cierta elasticidad
(Posner, 1985; Rey et al., 2009). (Wiley
Online Library)
Figura
1. Las apatitas son minerales de fosfato de calcio cuya
estructura admite fluoruro, cloruro o hidroxilo, originando fluorapatita,
clorapatita e hidroxiapatita. Su composición puede variar por sustituciones
iónicas. La apatita fue nombrada por Werner en 1786. Biológicamente, la hidroxiapatita
constituye el principal mineral de huesos y dientes de los vertebrados,
donde se combina con colágeno formando un material resistente y
dinámico.
Los tejidos dentales mineralizados también contienen
apatitas, aunque en proporciones y disposiciones diferentes. El esmalte
dental es el tejido más intensamente mineralizado del cuerpo humano, pero
no constituye hueso ni es producido por osteoblastos; se desarrolla mediante
células especializadas llamadas ameloblastos. El fluoruro puede
incorporarse parcialmente a los cristales del esmalte y favorecer la remineralización.
La sustitución parcial de grupos hidroxilo por fluoruro disminuye la solubilidad
frente a medios ácidos, aunque hoy se considera incorrecto imaginar que el
beneficio anticaries consiste simplemente en convertir todo el esmalte en
fluorapatita. Intervienen principalmente procesos superficiales y ciclos de desmineralización
y remineralización. Por otra parte, una exposición excesiva al fluoruro
durante el desarrollo puede producir fluorosis dental y, a
concentraciones mucho mayores y prolongadas, fluorosis esquelética
(Pajor et al., 2019). (PubMed
Central (PMC))
El hueso como célula y tejido
Las características del hueso y del cartílago
dependen principalmente de su matriz extracelular. Aunque sus células
ocupan una proporción relativamente pequeña del tejido, controlan la síntesis,
mantenimiento, mineralización y degradación de esa matriz. El hueso debe
entenderse, por tanto, como un tejido en permanente construcción y
remodelación. En él intervienen principalmente osteoblastos, osteocitos y
osteoclastos, mientras en el cartílago destacan condroblastos y
condrocitos. Estas poblaciones tienen orígenes y funciones diferentes, pero
interactúan con señales mecánicas, hormonales y metabólicas para mantener las
propiedades del esqueleto (Downey & Siegel, 2006; Florencio-Silva et al.,
2015). (PubMed)
Condroblasto. Los condroblastos son células
jóvenes formadoras de cartílago derivadas de progenitores mesenquimales.
Producen colágeno y proteoglicanos, secretando progresivamente la matriz
característica del tejido. Cuando una célula queda rodeada por la matriz que ha
producido, madura y recibe el nombre de condrocito. La distinción
representa así diferentes estados funcionales relacionados con el desarrollo
del cartílago.
Condrocito. El condrocito es la célula madura
característica del cartílago. Se encuentra alojado dentro de una laguna
y mantiene la matriz que lo rodea mediante síntesis y degradación controlada de
sus componentes. En el cartílago hialino predominan el colágeno tipo
II, los proteoglicanos y el agua. El cartílago articular adulto carece de
vasos sanguíneos, nervios y linfáticos; por ello, nutrientes y gases deben
desplazarse mediante difusión a través de la matriz, característica
relacionada con su limitada capacidad de reparación (Sophia Fox et al., 2009).
(PubMed
Central (PMC))
Figura
2. [Los lácteos y el hueso]. Los lácteos aportan calcio, fósforo y
proteínas necesarios para la mineralización ósea. Estos nutrientes
pueden incorporarse a la apatita biológica del hueso, depositada sobre
una matriz de colágeno. Sin embargo, su aprovechamiento depende también
de vitamina D, hormonas, actividad física y remodelación ósea. Los
lácteos ayudan, pero no son la única fuente de minerales para mantener huesos
saludables.
Osteoblasto. Los osteoblastos son las
principales células formadoras de hueso y proceden de progenitores
mesenquimales. Se disponen sobre las superficies donde ocurre formación ósea y
secretan osteoide, una matriz orgánica rica en colágeno tipo I y
proteínas especializadas. Posteriormente participan en el proceso que permite
depositar la fase mineral. Su intensa función secretora explica la presencia de
abundante retículo endoplasmático rugoso y aparato de Golgi. Al
finalizar su actividad, algunos se transforman en células de revestimiento,
otros sufren apoptosis y una parte queda encerrada en la matriz,
diferenciándose en osteocitos (Florencio-Silva et al., 2015). (PubMed
Central (PMC))
Osteocito. Los osteocitos son antiguos
osteoblastos incorporados dentro del tejido mineralizado. Ocupan lagunas
osteocíticas y producen prolongaciones que atraviesan pequeños canalículos,
formando una extensa red de comunicación. Esta red no debe confundirse con los conductos
de Havers, que son estructuras mayores donde circulan vasos sanguíneos y
nervios. Los osteocitos funcionan especialmente como mecanosensores:
detectan las deformaciones generadas por la actividad física y participan en la
regulación de osteoblastos y osteoclastos, convirtiéndose en elementos
centrales de la homeostasis y remodelación ósea (Robling & Bonewald,
2020). (PubMed Central
(PMC))
Osteoplasto o laguna osteocítica. El término osteoplasto
designa la pequeña cavidad de la matriz donde reside cada osteocito. Desde ella
parten numerosos canalículos óseos ocupados por las prolongaciones
celulares. Este sistema permite el intercambio de nutrientes, metabolitos y
señales químicas entre células separadas por una matriz intensamente
mineralizada.
Fibroblasto. Los fibroblastos son células
fundamentales del tejido conjuntivo y sintetizan colágeno, fibras y
otros componentes extracelulares. Participan intensamente en la cicatrización
y reparación tisular, particularmente formando matrices provisionales sobre
las que posteriormente pueden actuar células especializadas. No deben
confundirse, sin embargo, con osteoblastos o condroblastos: los fibroblastos no
son las células específicas encargadas de producir hueso mineralizado o
cartílago especializado.
Osteoclasto. Los osteoclastos son grandes
células multinucleadas responsables de la resorción ósea. A diferencia
de los osteoblastos, proceden del linaje hematopoyético monocito-macrófago.
Se adhieren fuertemente a la matriz mediante moléculas como la integrina
αvβ3, crean un compartimento cerrado y acidificado contra el hueso y
liberan enzimas capaces de degradar su componente orgánico. Las depresiones
producidas durante este proceso reciben el nombre de lagunas de Howship.
Formación y resorción constituyen procesos complementarios del mantenimiento
esquelético, no actividades independientes (Downey & Siegel, 2006;
Florencio-Silva et al., 2015). (PubMed)
El tejido óseo permanece sometido a una remodelación
constante. La actividad física, las microlesiones, las hormonas, la
disponibilidad mineral y el envejecimiento modifican el equilibrio entre
formación y resorción. Los osteocitos detectan buena parte de las cargas
mecánicas y producen señales que regulan a osteoblastos y osteoclastos. Por
esta razón, el ejercicio habitual favorece el mantenimiento de la masa y
arquitectura óseas, mientras la inmovilización prolongada o la
microgravedad pueden incrementar la pérdida de tejido. El proceso puede
imaginarse coloquialmente como una inspección permanente de costos
estructurales: mantener hueso exige calcio, fósforo, proteínas y energía,
por lo que el organismo conserva y refuerza especialmente aquellas regiones
sometidas a demandas mecánicas relevantes.
Tejidos óseos y cartilaginosos
El hueso y el cartílago son tejidos conjuntivos vivos
con abundante matriz extracelular, pero presentan organizaciones histológicas
muy diferentes. En el hueso compacto, una de las unidades estructurales
características es el osteón o sistema de Havers, formado por laminillas
concéntricas de matriz mineralizada alrededor de un conducto central
vascularizado. Entre las laminillas aparecen osteocitos alojados en lagunas
y comunicados mediante canalículos. Sin embargo, no todo el hueso está
organizado mediante osteones: el hueso esponjoso forma trabéculas y
muchas de sus regiones carecen de osteones completos.
El cartílago, por su parte, no posee osteones. Una
unidad funcional utilizada en su estudio es el condrón, constituido por
uno o varios condrocitos junto con su matriz pericelular inmediata.
Especialmente en el cartílago articular adulto, las células aparecen dispersas
dentro de una matriz avascular. Esta diferencia es fundamental: el hueso posee
una intensa vascularización, mientras el cartílago depende
principalmente de la difusión de nutrientes, lo que ayuda a explicar su
capacidad de regeneración comparativamente limitada (Sophia Fox et al., 2009).
(PubMed
Central (PMC))
Figura
3. [El
hueso y el cartílago] poseen abundante matriz extracelular,
pero difieren en organización. El hueso contiene osteocitos, osteones
y vasos sanguíneos, mientras el cartílago alberga condrocitos en
lagunas más visibles y carece de vascularización directa. Por ello, el hueso se
remodela con mayor rapidez, mientras el cartílago destaca por su flexibilidad,
amortiguación y resistencia a la compresión.
La matriz cartilaginosa combina fibras de colágeno
con grandes proteoglicanos capaces de atraer y retener agua. Bajo
compresión, el desplazamiento del líquido y la resistencia de la red molecular
permiten distribuir las cargas sin destruir el tejido. Existen diferentes
variantes: el cartílago hialino constituye superficies articulares y
numerosos moldes esqueléticos durante el desarrollo; el cartílago elástico
incorpora fibras elásticas que aumentan su deformabilidad; y el fibrocartílago
posee haces abundantes de colágeno que permiten soportar simultáneamente tensión
y compresión. En el cartílago articular, el agua puede representar la mayor
parte del peso húmedo, mientras el colágeno y los proteoglicanos determinan
buena parte de sus propiedades mecánicas. (PubMed
Central (PMC))
En el tejido óseo, la matriz orgánica experimenta una
mineralización progresiva mediante apatita biológica. Los cristales
aumentan notablemente la resistencia frente a compresión, mientras la red de
colágeno evita que el tejido se comporte como un mineral quebradizo. El
resultado es un material compuesto jerárquico, cuyas propiedades
dependen de la proporción y organización de ambos componentes. El grado de
mineralización puede variar según la edad del tejido, velocidad de
remodelación, región anatómica, estado hormonal, nutrición y carga mecánica.
Por ello, ni el hueso ni el cartílago deben entenderse como simples materiales
de construcción: ambos son tejidos metabólicamente activos cuya estructura
cambia a lo largo de la vida en respuesta a las exigencias del organismo (Rey
et al., 2009; Florencio-Silva et al., 2015). (PubMed Central (PMC))
Bibliografía
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