El hueso esponjoso, también llamado trabecular, ocupa gran parte del interior de las epífisis y otras regiones sometidas a cargas distribuidas. Está formado por una red tridimensional de finas placas y columnas denominadas trabéculas, separadas por amplios espacios internos. Estas trabéculas no se disponen al azar, sino que tienden a orientarse siguiendo las principales líneas de tensión mecánica, permitiendo resistir fuerzas con una cantidad relativamente pequeña de material. Los espacios entre ellas pueden contener médula ósea, vasos sanguíneos y tejido conjuntivo. Por ello, el hueso esponjoso combina ligereza, resistencia y capacidad para disipar impactos.
Ambos tipos funcionan de manera integrada. Una estructura completamente compacta sería demasiado pesada, mientras una estructura totalmente esponjosa perdería resistencia frente a determinadas cargas. El esqueleto resuelve este problema combinando una corteza compacta externa con un interior trabecular más ligero. La proporción entre ambos cambia según la función del hueso, la edad, la actividad física y la remodelación ósea. Además, las trabéculas pueden reorganizarse en respuesta al uso mecánico, mientras el hueso compacto modifica su espesor y densidad. Esta arquitectura jerárquica permite que los huesos mantengan una excelente relación entre masa, resistencia, elasticidad y soporte corporal.
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