El consumo de leche, yogur o queso no significa que sus minerales se conviertan directamente en hueso. Primero deben ser digeridos, absorbidos y regulados mediante mecanismos hormonales y metabólicos. La vitamina D favorece la absorción intestinal de calcio, mientras la hormona paratiroidea, la calcitonina y otras señales participan en el equilibrio entre depósito y movilización mineral. Los osteoblastos producen la matriz y favorecen su mineralización; los osteoclastos reabsorben hueso; y los osteocitos coordinan respuestas frente a las cargas mecánicas. Por ello, el estado del esqueleto depende también de actividad física, edad, hormonas, genética y nutrición general.
Los lácteos son una fuente práctica de calcio biodisponible, pero no son la única manera de mantener una mineralización adecuada. Pescados con espinas comestibles, algunas verduras, legumbres, semillas y alimentos fortificados también pueden aportar calcio y otros nutrientes. Además, consumir más calcio del necesario no produce automáticamente huesos más densos: la formación y conservación de la apatita ósea dependen del equilibrio entre aporte mineral, absorción, remodelación y estímulo mecánico. Durante el crecimiento, una disponibilidad suficiente de estos nutrientes favorece alcanzar una adecuada masa ósea, especialmente junto con ejercicio. En consecuencia, la relación entre lácteos y hueso es nutricional y fisiológica: aportan materiales útiles para fabricar y mantener la matriz mineral, pero su efecto depende del funcionamiento integrado del organismo.
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