Antes de desprenderse de la armadura antigua ocurre la apólisis, durante la cual la epidermis se separa de la cutícula vieja y comienza a secretar una nueva. Posteriormente ocurre la ecdisis, cuando el animal rompe y abandona el exoesqueleto anterior. La nueva cutícula permanece inicialmente blanda, flexible y plegada, permitiendo que el cuerpo incorpore agua o aire y aumente rápidamente su volumen. Durante estas horas el artrópodo posee poca protección y sus apéndices tienen menor resistencia mecánica, por lo que muchas especies permanecen escondidas e inmóviles mientras completan esta fase vulnerable.
Una vez alcanzado el tamaño correspondiente al nuevo estadio, la cutícula comienza a endurecerse mediante esclerotización y, en algunos grupos, mineralización. Las proteínas cuticulares forman enlaces adicionales, aumentando la rigidez, mientras crustáceos pueden incorporar carbonato de calcio. Cuando el proceso termina, el animal vuelve a quedar encerrado dentro de una armadura resistente, pero conserva espacio interno para crecer hasta la siguiente muda. Por eso el crecimiento de los artrópodos es discontinuo: alterna periodos de aumento de masa dentro de una cubierta relativamente estable con episodios de ecdisis y expansión. La misma adaptación que proporciona protección obliga, entonces, a atravesar repetidamente una etapa de extraordinaria vulnerabilidad. Este ciclo constituye una de las consecuencias fisiológicas más importantes de evolucionar un esqueleto externo rígido, segmentado y articulado.
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