El proceso que agrupa segmentos en regiones funcionales se denomina tagmosis. En los insectos se distinguen cabeza, tórax y abdomen; en numerosos arácnidos aparecen prosoma y opistosoma; en muchos crustáceos varios segmentos cefálicos y torácicos se fusionan formando un cefalotórax. Estas diferencias no representan planes corporales completamente nuevos, sino modificaciones del mismo esquema segmentado. Los genes Hox y otros reguladores del desarrollo controlan la identidad regional de los segmentos, activando programas distintos según su posición. Así, un segmento puede formar estructuras sensoriales, otro piezas bucales y otro patas locomotoras, manteniendo una base genética y anatómica compartida.
La conservación del bauplan artrópodo demuestra que la evolución suele trabajar modificando estructuras preexistentes. Una langosta, una araña, un escarabajo o un ciempiés parecen muy diferentes, pero todos comparten cutícula externa, segmentación corporal, articulaciones, musculatura asociada al exoesqueleto y regiones especializadas. La diversidad surge principalmente de cambiar el número, tamaño y función de esos módulos. Este principio explica el extraordinario éxito evolutivo del grupo: un mismo sistema estructural puede adaptarse a caminar, nadar, excavar, capturar presas, volar o percibir estímulos, sin abandonar su arquitectura fundamental. La variación, por tanto, ocurre sobre un marco corporal profundamente conservado a lo largo de millones de años.
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