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jueves, 24 de septiembre de 2026

Figura. Las babosas marinas

Las babosas marinas muestran hasta dónde puede llegar la reducción evolutiva de la concha en los gastrópodos. Muchos linajes adultos han perdido por completo la concha externa, mientras otros conservan únicamente restos internos o estructuras transitorias durante el desarrollo. Esta pérdida favoreció cuerpos más flexibles, capaces de desplazarse entre grietas, algas, corales y otros microhábitats complejos. En numerosos nudibranquios, el dorso desarrolla ceratas, papilas o expansiones del manto que aumentan la superficie corporal y pueden participar en la respiración, defensa y camuflaje. La ausencia de una armadura mineral rígida fue compensada mediante nuevas estrategias anatómicas, fisiológicas y químicas.

Una de las defensas más frecuentes es el aposematismo, caracterizado por colores intensos y patrones contrastantes que advierten a los depredadores sobre sustancias tóxicas, desagradables o estructuras defensivas. Algunas especies producen sus propios metabolitos secundarios, mientras otras obtienen compuestos químicos directamente de las esponjas, cnidarios u otros organismos que consumen. Ciertos nudibranquios incluso almacenan nematocistos de sus presas dentro de las ceratas y los reutilizan para su propia protección. Esta estrategia se conoce como cleptocnidia. La enorme variedad de colores observada no es meramente ornamental: constituye parte de una compleja interacción entre depredación, dieta, señalización y selección natural.

Un caso extraordinario es Glaucus atlanticus, una babosa marina pelágica que flota invertida cerca de la superficie oceánica y depreda organismos como Physalia physalis. Sus largas ceratas azules almacenan nematocistos obtenidos de las presas, proporcionando una defensa particularmente eficaz. Otros grupos emplean camuflaje, secreciones irritantes o combinaciones de varias estrategias. Las babosas marinas demuestran así que perder la concha no significó quedar indefensas: la evolución sustituyó una barrera mineral por sistemas de defensa basados en toxicidad, coloración, comportamiento y estructuras corporales especializadas. Esta diversificación explica por qué formas sin concha han prosperado en arrecifes, fondos costeros y ambientes pelágicos, ocupando nichos ecológicos marinos distintos.

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