La capacidad de producir hueso dentro del integumento ha aparecido repetidamente en la evolución. Los osteodermos de cocodrilos se desarrollan dentro de la dermis formando una armadura dorsal, mientras que los armadillos poseen placas óseas dérmicas independientes cubiertas por epidermis queratinizada. Estas estructuras evolucionaron de manera independiente y no forman parte del dermatocráneo, pero demuestran que la frontera entre piel y esqueleto no es tan absoluta como parece intuitivamente. Incluso en humanos existen alteraciones como la heteroplasia ósea progresiva, en la que aparece osificación heterotópica inicialmente en dermis y tejido subcutáneo. Por tanto, el tejido conectivo dérmico conserva potencial para participar en procesos de formación ósea bajo determinadas condiciones.
El cráneo de Eusthenopteron ilustra especialmente bien esta historia. Su cráneo compuesto integra tres sistemas con distintos antecedentes evolutivos: condrocráneo, esplacnocráneo y dermatocráneo. El esplacnocráneo forma componentes mandibulares y faríngeos; el condrocráneo comprende las unidades etmoesfenoidal y ótico-occipital; y el dermatocráneo constituye gran parte de la cubierta superficial. Cuando estos sistemas se ensamblan, sus límites quedan parcialmente ocultos y producen una unidad anatómica aparentemente continua. Así, el cráneo vertebrado adulto representa un mosaico evolutivo construido mediante superposición, incorporación, reducción y fusión de componentes originalmente distintos.
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