La separación de los órganos sensoriales proporciona varias ventajas. La amplia distancia entre las narinas incrementa el espacio sobre el cual pueden compararse señales químicas, favoreciendo la localización direccional de olores. La superficie inferior del cefalofolio alberga numerosas ampollas de Lorenzini, electrorreceptores capaces de detectar débiles campos eléctricos producidos por músculos y nervios de otros animales. Distribuir estos receptores sobre una superficie extensa aumenta el área examinada mientras el tiburón desplaza la cabeza sobre el fondo. La separación lateral de los ojos también amplía considerablemente el campo visual y, en algunas especies, permite un área importante de visión binocular.
El aparato mandibular permanece relativamente compacto debajo de esta enorme plataforma sensorial. El palatocuadrado, el cartílago de Meckel y las hiomandíbulas conservan una suspensión móvil semejante a la de otros tiburones modernos, permitiendo protrusión mandibular durante la captura. El cefalofolio también modifica la hidrodinámica: al desplazarse por el agua genera fuerzas de sustentación y momentos de giro que pueden facilitar cambios rápidos de dirección. Así, la peculiar forma craneal del tiburón martillo integra percepción química, electrorrecepción, visión, maniobrabilidad y alimentación en una sola especialización anatómica.
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